A/N: Muchas gracias a todos los que han pasado a leer esta historia, la han empezado a seguir y, sobre todo, a EasternHare por su comentario. Contestaré todas las reviews por MP. En este capítulo aparecen o se mencionan a todos los personajes que tendrán un papel más o menos relevante en esta historia, así que espero que os guste.

Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen.

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El color de una sinfonía

Capítulo uno
Flor de cerezo

Sus dedos se deslizaron inconscientemente por los botones de su camisa blanca impoluta. Uno a uno, los fue abrochando hasta el cuello. De su cómoda, cogió el lazo de color azul que ató con maestría. Delante del espejo, forcejeó con él hasta que estuvo recto y observó su figura con detenimiento. Chasqueó la lengua, no muy conforme al ver el resultado y, finalmente, optó por meterse la camisa dentro de su falda de color negro, que alisó un par de veces más, asegurándose de que no se formara ni una sola arruga en la tela.

Salió de su habitación y solo tuvo que cruzar el pasillo para tocar con sus nudillos sobre la puerta de madera. No obtuvo respuesta, así que la abrió de par en par. Sus ojos se deslizaron por la habitación hasta que se detuvieron sobre la cama, donde un pequeño bulto estaba cubierto por las sábanas. Un leve bufido se escapó de su boca, pero, al final e inconscientemente, las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba.

—Despierta de una vez, dormilón —dijo acercándose hasta la cama, tomando asiento en ella. Con cariño, apartó un poco la sábana para poder acariciar con su mano derecha su esponjoso pelo castaño.

—Un poco más, Narumi —protestó una voz infantil, pero, por mucho que le suplicara, no iba a servir de nada.

—Vine hace unos diez minutos a despertarte, Kita. Ya estoy vestida y me gustaría desayunar contigo porque es nuestro primer día de clase—sonrió inocentemente. El pequeño apartó la sábana de su cara y la observó somnoliento, con un solo ojo abierto.

—Eres una pesada —protestó el crío.

—Seré una pesada, pero soy tu hermana mayor —se puso en pie y caminó hacia la puerta—. No tienes otra, así que te toca aguantarme —una risita se escapó de sus labios.

—¡Está bien! —gritó su hermano mientras ésta cerraba de nuevo la puerta para darle la intimidad necesaria y que comenzara a vestirse.

Entró al baño para observar con resignación su larga cabellera castaña alborotada. ¿Con quién demonios se había peleado aquella noche? Parecía que su cama había vuelto a ganarle la batalla durante su sueño, así que optó por mojar su cabello y, con paciencia, desenredó uno a uno sus mechones. En apenas dos semanas, su pelo había crecido tanto que, suelto, ya le llegaba prácticamente hasta los codos. Quizás debería habérselo cortado, ya que ella siempre lo había llevado por la barbilla, pero suponía que, después de todo, el largo de su cabellera era lo que menos importaba.

Caminó por el pasillo y descendió por las escaleras mientras seguía asegurándose de que su moño seguía en su sitio y ningún indeseable pelo decidía irse por su cuenta. Odiaba cuando eso sucedía y odiaba que cualquier cosa de su vida, por pequeña fuera, no estuviera en orden. Y eso pasaba incluso por detalles tan pequeños e insignificantes como aquel.

—Buenos días, señorita Narumi.

—Buenos días, Sakurai-san —respondió al saludo de la la asistenta de la familia nada más entrar a la cocina. El olor a la comida recién hecha había inundado por completo la habitación. Sus tripas rugieron al ver los platos sobre la enorme mesa de madera y tomó asiento, asegurándose de que su falda no se arrugara cuando lo hiciera.

—¿El señorito ya se ha levantado?

—Sí. Le ha costado, pero no creo que tarde en bajar —respondió mientras la mujer le servía un poco de café en una bonita taza de porcelana blanca decorada a mano.

—¿Puedes echarme un poco de leche templada? —la mujer asintió ante su petición y se apresuró a hacer lo que le habían pedido.

Narumi removió lentamente el café, esperando a que el terrón de azúcar que acababa de echar se disolviera por completo. Pocos minutos después, su hermano pequeño entró en la cocina dando los buenos días y empezando a devorar todo a su paso. Narumi le observó con curiosidad. El pequeño se había hecho la raya a un lado y había peinado su cabello con un poco de gomina. Aquello le hizo sonreír. Su hombrecito comenzaba a hacerse mayor y ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había comenzado a suceder eso.

—¿Y mamá? —quiso saber el niño, aún con la boca llena.

—Traga primero —le regañó, frunciendo el ceño.

—Perdón —el niño cerró los ojos, esforzándose por tragar todo el alimento que había en su boca. Tuvo que dar un sorbo a su vaso de leche para poder disolver el nudo que había comenzado a formarse en su garganta. Narumi le fulminó con la mirada, dado que no le gustaba que su hermano pequeño fuera tan ansioso a la hora de comer, pero el niño ni se inmutó.

—Salió pronto. Tiene mucho trabajo —respondió la asistenta, recogiendo algunos platos que iban quedando vacíos, sobre todo por el lado de Kita.

—No se despidió de mi anoche —protestó el pequeño con la boca pequeña. Su madre tenía la costumbre de entrar todas las noches en la habitación del pequeño para pasar tiempo con él tras su larga jornada laboral, pero parecía que, en aquella ocasión, se había olvidado.

—No te preocupes —Narumi extendió su brazo para acariciarle—. No es que la necesitemos tampoco —la chica sonrió, intentando reconfortar a su hermano, aunque aquellas palabras no habían tenido el efecto deseado. Sakurai, la asistenta, le miró de reojo con rostro preocupado, pero la chica prefirió ignorar lo que sucedía—. ¿Estás nervioso?

—¿Por qué iba a estarlo? —su hermano levantó la vista del plato y enarcó una ceja.

—Porque es el primer día de clase.

—No es como si tuviera que hacer nuevos amigos.

—¿Vas a seguir en el club de fútbol?

—¡Sí! Le he pedido a papá que me compre unas nuevas zapatillas.

—¿Otras nuevas? Te compró unas hace unos cuatro meses.

—Ya, pero es que ha salido un modelo nuevo.

—¿Y no te ha dicho papá que no debes gastar el dinero en tonterías?

—Eso solo te lo dice a ti —el niño se encogió de hombros—. Eres tú la que va a heredar su imperio. No yo.

—Lo sé. Pero eso no significa que puedas hacer un uso del dinero poco responsable.

—Lo dices precisamente tú, a la que papá le compró un violín que ni siquiera ha estrenado. Yo, al menos, voy a usar las zapatillas.

Narumi se quedó paralizada durante unos instantes cuando su hermano pequeño dijo aquello. Había sonado demasiado rudo, pero tampoco creía que debiera culparle, pues solo tenía diez años. Seguro que ni siquiera era consciente del daño que podían causar sus palabras, ni se habría parado a pensar antes de hablar. Era demasiado pequeño para darse cuenta de esas cosas. No obstante, una extraña sensación se instaló en su pecho y éste comenzó a dolerle. Kita decía aquello como si fuera fácil, como si intentar reemplazar a alguien que había sido sublime fuera algo sencillo. Pero no lo era. Por más que se esforzara, jamás conseguiría estar a la altura de Horaru.

—Está bien. Yo me voy ya —se puso finalmente en pie tras echar un vistazo a su reloj de muñeca. Tenía una media hora de camino al instituto y no quería llegar tarde en el primer día—. Cuando llegue a casa quiero que me cuentes todo lo que has hecho, Kita.

—Sí… —respondió su hermano con resignación.

—Ten. Te preparé el almuerzo.

—Gracias —de una zancada, cogió la caja que Sakurai le había preparado y salió al pasillo, de donde recogió su mochila del suelo tras ponerse la chaqueta gris de su uniforme.

1 de abril. Todos los estudiantes de Japón iniciaban un nuevo curso escolar y Matsuyama Narumi no era una excepción. El cielo ya había perdido prácticamente todos los tonos anaranjados del amanecer y había comenzado a tornarse azul, sobre el que había dibujado algunas nubes blancas que pintaban formas sobre el firmamento. La primavera se había instalado definitivamente en la ciudad de Tokyo, despertando la vida que solía acompañarla. Poco a poco, la naturaleza, que había estado dormida hasta hacía unas semanas, empezaba a mostrar su cara más hermosa. Las hojas de los árboles, verdes y brillantes, se mecían bajo el son de la suave brisa de la mañana. Muchos habían empezado a echar flor y los cerezos ya teñían los parques y jardines de un rosa intenso. Sin embargo, a pesar de todos los que había en la capital, su favorito se encontraba a la entrada de su instituto.

Se intentó aferrar con fuerza a uno de los barrotes del metro para no perder el equilibrio. Hombres de negocios, obreros, profesores o estudiantes como ella abundaban a aquellas horas en los transportes públicos. En un intento por escapar del mundanal ruido, rebuscó en su mochila, de donde sacó sus cascos, y dejó que la música de Chopin la embriagara por completo, haciendo que sus músculos se relajaran. Inconscientemente, movió su cabeza de arriba a abajo, al ritmo de la música. Las notas la absorbían, la hacían separarse de todo lo que la rodeaba, mientras repasaba en su mente las partituras que conformaban cada una de aquellas piezas. Como ya había sido habitual durante el curso anterior, estuvo a punto de pasarse de parada y bajó prácticamente a trompicones del vagón, movida en parte por la marea de gente que descendía también en su misma parada.

Le resultaba fácil distinguir a los alumnos de primero, no solo porque los de segundo y tercero solían ir acompañados de otros amigos, sino porque sus caras reflejaban malestar y nerviosismo. Eran como corderitos. Narumi podía entenderles. No era fácil empezar de cero en una nueva escuela, dejar atrás tus años anteriores e intentar hacer amigos. Para ello, la presión de empezar con buen pie superaba a más de uno. Todos debían pasar por lo mismo.

Poco a poco, las puertas de la academia Fukurodani comenzaron a hacerse cada vez más visibles. Era imposible escapar del bullicio de los estudiantes, amigos que se reencontraban después de las vacaciones de primavera y, en especial, los gritos de los componentes de los clubes, que buscaban nuevos miembros entre los alumnos de primero. Narumi se escabulló como pudo del ruido y se acercó hasta el enorme cerezo que presidia el patio principal del instituto. Se detuvo bajo su copa y levantó la vista. El sol se filtraba a través de las ramas, iluminando los rosados pétalos que, poco a poco, caían sobre el pavimento formando una bonita alfombra sobre el suelo. La suave brisa agitó las hojas y Narumi cerró los ojos, aspirando el dulce aroma de las flores.

—¡Hola! ¿Te interesaría unirte al club de bádminton?

Narumi abrió los ojos cuando su paz fue interrumpida y giró levemente su rostro hacia la izquierda. Un chico de cabello negro de punta, alto y delgado, sostenía un panfleto con una sonrisa.

—No, gracias —sonrió, declinando amablemente la oferta.

—¡Dale una oportunidad! Seguro que te gusta. Tenemos chicas en el equipo. Es mixto.

—Sí, lo s-

—Es bueno para los de primero entrar en un club —continuó el chico, ignorándola por completo—, ya sabes, por eso de la excelencia y el crecimiento como personas.

—Creo que te estaba intentando decir que ya lo sabe. ¿Y sabes por qué lo sabe? Porque es de segundo. Conoce la escuela —Narumi miró por encima del hombro del chico para descubrir quién estaba tras él—. ¡Hola, Narumi!

—¡Anri!

Dando varios saltitos, la chica, de cabello negro corto y piel morena, se acercó hasta Narumi para tomarle del brazo. La muchacha se lo apretó cariñosamente y se giró para hablar de nuevo al chico, que las miraba incrédulo.

—Ya puedes irte. Gracias por tu interés —Anri le hizo un gesto con la mano, indicándole que se marchara y, aunque dudó unos instantes, el muchacho, finalmente, dio media vuelta y se alejó de ellas—. ¡Te he echado mucho de menos, Naru-chan! —exclamó, abrazándola con fuerza.

—Pero si nos vimos hace dos días —Narumi no pudo evitar emitir una risita ante el entusiasmo de su amiga.

—Lo sé, ¿pero no te han parecido siglos? —la chica hizo un puchero— Por cierto —Anri se separó de Narumi y puso los brazos en jarras—, mi padre me ha pedido que te pregunte si estás disponible el próximo fin de semana.

—¿Para qué? —preguntó parpadeando varias veces, confusa.

—Tiene que completar varios pedidos y quiere saber si podías ayudarle —añadió Anri con la boca pequeña y mirando para otro lado—. Creo que te quiere más que a mí. Dice que haces la mejor crema de Tokyo.

—Eso no es verdad —Narumi no pudo evitar emitir una sonora carcajada—. Solo es que tú eres una pésima cocinera.

—¡Eh! Es muy difícil competir contra 'Doña perfecta'.

—No soy 'Doña perfecta'.

—¿En serio? —su amiga le señaló de arriba a abajo— Llevas el uniforme mejor planchado y mejor puesto que en los folletos de la escuela. Y tienes que enseñarme a hacer ese peinado. No tienes ni un pelo fuera de ese moño.

—Tienes el pelo corto.

—¿Y eso qué tiene que ver? Primero mi padre diciéndome 'Anri, no puedes hacer crema' y ahora vienes tú diciéndome 'Anri, no puedes hacerte un moño'.

—Eres demasiado dramática.

Narumi ajustó su mochila al hombro y comenzó a caminar hacia el edificio de la escuela. Anri protestó, puesto que, claramente, la chica no estaba respondiendo como esperaba, y corrió hacia ella para ponerse a su altura.

—¿Crees que el director habrá podido abrocharse la chaqueta de su traje? —preguntó Anri susurrándole al oído. Aquello hizo reír de nuevo a Narumi. El director de su instituto era un hombre al que era más que evidente que le sobraban unos cuantos kilos. Solía presumir siempre de que estaba a dieta y de la gran cantidad de ejercicio que hacía cada día, pero lo cierto era que todo el mundo en la escuela conocía que tenía un arsenal secreto de chocolatinas en el segundo cajón de su escritorio— Podríamos hacer una apuesta.

—Está bien… —Narumi se quedó pensativa unos segundos— Yo creo que se la habrá abrochado, aunque es muy posible que el botón ceda durante su discurso —Anri se carcajeó al escuchar aquello—. Y apuesto…

—¡Una barra de labios de nueva colección!

—¿Estás segura? —preguntó Narumi, mirándola de reojo.

—¡Pues claro! Porque voy a ganar esta apuesta. No se habrá podido abrochar la chaqueta. Ha tenido dos semanas enteras para comer lo que quiera y cuando quiera.

Narumi echó un último vistazo a su amiga mientras caminaban hacia el salón de actos y, después, miró al frente, dibujando una leve sonrisa en su rostro. Las puertas del edificio se abrieron de par en par y grupos de alumnos habían comenzado a tomar asiento, mientras otros observaban las listas colgadas en las paredes. Las dos chicas se acercaron, buscando sus nombres en ellas. Narumi deslizó su dedo por uno de los folios, no teniendo mucho éxito, pero supo que Anri si lo había tenido ya que la escuchó gemir.

—¡No estamos juntas en clase este año! —Narumi se acercó hasta su amiga para observar mejor la lista— Estoy en la clase cinco y tú, en la seis.

—Bueno, nuestras aulas están una al lado de la otra. Podremos comer juntas igualmente.

—Eso no me consuela en absoluto. ¿A quién escogeré de pareja en ciencias?

—No siempre fuimos pareja en ciencias —Narumi miró a su amiga negando con la cabeza. Era imposible. Pero, aun así, no podía evitar sonreír.

—Lo sé, pero ahora tendré que buscar otra nueva y sabes que odio hablar con los idiotas que asisten a esta escuela —un chico, que estaba consultando la lista al lado de ellas, se giró para fulminar a Anri con la mirada. Narumi rio nerviosa y agachó la cabeza un par de veces, intentando disculparse.

—Ya nos queda menos, así que ten paciencia.

—¡Tienes razón! —Anri apretó su puño con fuerza— Dos años más y seremos libres. No volveremos a este infierno llamado Fukurodani —acto seguido, Anri se dio media vuelta y caminó con determinación hacia los asientos, donde ya había varios estudiantes sentados.

Narumi sonrió mientras seguía a su amiga. Le gustaba el espíritu de Anri. Las dos eran muy diferentes en personalidad, quizá se por eso se complementaban tan bien. No obstante, había algo que las unía, su afán por pasar desapercibidas. No es que las dos hubieran tenido malas experiencias en anteriores cursos, pero Anri creía que la escuela no era su mundo y Narumi… Bueno, ella simplemente no quería llamar la atención porque creía que, así, su vida escolar sería mucho más fácil. Nada de distracciones.

—Odio a los tipos que están en clubes —protestó Anri, fulminando con la mirada a un pequeño grupo de chicos entre los que, uno en especial, estaba formando escándalo mientras los otros le miraban con resignación—. ¿Se puede ser más idiota que ellos?

Narumi asintió y volvió su vista hacia ellos. Todo el mundo en la escuela conocía al equipo de volleyball, especialmente porque el equipo no solo era actualmente el mejor de Tokyo, sino que también había participado los dos últimos años en el campeonato nacional, un logro al alcance de muy pocos. Aquellos dos años se correspondían con la entrada al equipo de Bokuto Kōtarō, posiblemente el chico más ruidoso de todo Fukurodani, y todo apuntaba a que, ese mismo año, conseguirían su tercera participación seguida en los Nacionales. Narumi sabía muy poco de él o qué era lo que hacía, pero era imposible no conocer su nombre, especialmente cuando uno de sus grandes amigos iba a su mismo curso y estaba en su misma clase por segundo año consecutivo.

Cuando el director puso un pie sobre el escenario, los alumnos que aún quedaban por sentar tomaron asiento y todo el mundo guardó silencio. El hombre se aclaró la garganta antes de hablar, pero, si no lo hubiera hecho, no habría pasado absolutamente nada, ya que no habrían perdido parte de su tiempo en un discurso tan superfluo como aquel. El director habló sobre la excelencia, la importancia de ser alguien en la vida y de cómo todos debían esforzarse al máximo para mantener a Fukurodani en lo más alto. Pero ahí estaba ella. Sentada en una silla de plástico, con las manos sobre sus rodillas y escuchando con atención todo lo que aquel hombre decía.

Su atención se desvió momentáneamente hacia su enorme barriga. Tuvo que contener una sonrisa de satisfacción al ver la chaqueta de su traje de color marrón abrochada, pero el botón estaba tan tirante que Narumi creía que en cualquier momento explotaría y saldría disparado hacia la cara de alguno de los alumnos que estaban sentados en primera fila. Por favor, que suceda, pensó mientras cruzaba los dedos.

Pero no pasó.. El universo, en general, no solía darle esa clase de satisfacciones, así que tampoco estuvo decepcionada por eso. Sin embargo, sí que notó la decepción en los ojos de Anri. Narumi abrió la boca para intentar animarla por haber perdido la apuesta, pero la chica le puso la mano en la boca para silenciarla, maldiciendo a su suerte y a las fuerzas del universo, que conspiraban contra ella. Narumi tuvo que contener una carcajada y más todavía cuando Anri se despidió de ella en los pasillos como si fuera la última vez que fueran a verse. Aunque a muchos pudiera molestarle el dramatismo de Anri, a Narumi le gustaba tener a alguien así en su vida, alguien que pudiera demostrar las emociones y sentimientos que tanto les faltaban a ciertos miembros de su propia familia.

Durante las clases, comprendió lo mucho que necesitaba regresar a la rutina después de dos semanas sin asistir a clases. No es que le gustara estudiar. A nadie le gusta, ¿verdad? Pero era algo que le mantenía ocupada, especialmente al no tener un club al que asistir. Desde que había comenzado la preparatoria, no se había planteado entrar en uno, por mucho que hubiera gente que le había insistido para ello. Debía reconocer que le había extrañado que Fujioka-sensei no se hubiera presentado en su clase para suplicarle que se uniera al club de música. Narumi le había rechazado el año pasado en numerosas ocasiones, pero el hombre no se había dado por satisfecho. Suponía que solo era cuestión de tiempo para que volviera a intentarlo.

—Creo que voy a unirme al club de literatura.

Narumi levantó la vista de su bento. Anri, que acababa de soltar tal bomba, se metió a la boca un trozo de pulpo como si no pasara nada. Las dos chicas estaban sentadas bajo el cerezo de la escuela durante la hora de la comida. Como bien habían prometido, no compartirían ya clase, pero eso no sería un impedimento para que comieran juntas.

—¿Tú? ¿En un club? Pero si los odias. ¿Qué ha pasado en estas pocas horas de clases para que decidas unirte?

—Matshushita-kun me lo ha pedido.

—¿Matshushita-kun? —preguntó Narumi enarcando una ceja. No es que el chico le cayera mal. A decir verdad, no le conocía, como al resto de estudiantes de su curso. No se había esforzado mucho por hacerlo, pero Matshushita Hiroto era la persona más competitiva del mundo en lo que a estudios se refería. Aunque Narumi no pretendía competir con él por los primeros puestos de la escuela, el chico insistía en crear esa rivalidad entre ellos.

—Sí. Al parecer dice que encajo en el perfil porque soy de las únicas personas de este instituto que puede hablar de literatura y no decir ninguna estupidez. Le he dicho que lo pensaré.

—No creo que debas pensarlo —Anri detuvo sus palillos a medio camino para observar con incredulidad a Narumi—. Tienes que unirte.

—¿Y eso me lo dices tú? —Anri la miró con resignación.

—Vale, quizás yo no sea el mejor ejemplo, pero creo que sería bueno para ti y para tu futuro. Además, la literatura te gusta, aunque no sea toda clásica… Y sabes que yo no puedo hablar mucho contigo de esos temas. Tú devoras libros, a mí me gusta leerlos con tranquilidad.

—Sí… Entonces quizá debería —Anri miró hacia arriba para observar las ramas del cerezo moverse al ritmo de la suave brisa de primavera—. ¿Qué haremos cuando el tiempo empeore? Ya no podremos venir a comer aquí.

—Pues comeremos en clase —Narumi se encogió de hombros.

—Lo dices como si fuera fácil. Habrá que pensar en qué clase y coger una mesa prestada para juntarlas.

—Ya lo pensaremos.

No le gustaba nada pensar, no le gustaba pensar en cosas que no fueran su futuro más inmediato y ese ya estaba completamente arreglado. Solo pensaba en visitar a su hermano todas las tardes y el resto era secundario. Para ser exactos, no planeaba su vida porque tendría que hacerlo en torno a esas visitas y, puestos a elegir, su hermano estaba por encima de cualquier otro plan.

La noticia de Anri de unirse al club de lectura mantuvo ocupados sus pensamientos durante el resto de clases. Por ello, se limitó a garabatear en una hoja sucia. Siempre había considerado a Anri demasiado divertida y especial como para tenerla solo a ella de amiga. No le gustaba que la chica se quedara solo con ella porque no le apetecía unirse a un club, porque le apetecía quedarse sentada en un rincón mientras otros eran los que se situaban en el centro, donde todos pudieran verles. Anri era distinta, pero daba igual las veces que se lo dijera. Su amiga decía que prefería la vida que tenía, aunque solo fuera con ella como amiga.

Al sonido de la campana que indicaba el final de las clases, Narumi recogió sus cosas y las ordenó cuidadosamente en su mochila. Se la colocó al hombro y se detuvo en su pupitre al descubrir la cabeza que asomaba por la puerta. Nakahara Takato se percató de que Narumi le había visto y el chico sonrió de forma infantil, rascándose la nuca avergonzado.

—¡Hey, Narumi! —el chico salió de detrás de la puerta y Narumi pudo verle por completo. En aquellas dos semanas, Takato no había cambiado absolutamente nada, aunque tenía su pelo negro más largo que de costumbre, pero seguía llevando la camisa por fuera del pantalón— Déjame adivinar... Última fila, tercer pupitre —Narumi sonrió por aquello. Takato la conocía desde hacía muchos años y sabía a la perfección cuál era su sitio favorito para sentarse en clase.

—Takato-kun —Narumi se acercó hasta él. Fue decir su nombre y el rostro del muchacho cambió. Su expresión alegre se volvió mucho más ruda, aunque Narumi pudo entrever cierto dolor en sus ojos.

—¿Desde cuándo me llamas Takato-kun? —Narumi miró para otro lado— Que ya no estemos juntos no quiere decir que no puedas llamarme Takato a secas.

—Ya… Pero es incómodo.

—¿Te parece incómodo? —preguntó tras unos segundos de silencio. El chico abrió los ojos de par en par y dio un paso hacia atrás, por lo que Narumi extendió su brazo y le aferró la camisa para evitar que se marchara. El chico se detuvo y sonrió con amabilidad— ¿Te encuentras bien?

Narumi no sabía qué responder. Nunca lo había sabido cada vez que Takato le hacía aquella pregunta y, seguramente, eso era lo que había terminado carcomiendo su relación.

—Nakahara.

—¡Akaashi! —el rostro de Takato cambió por completo. El muchacho saludó con la mano mostrando una amplia sonrisa, distraído momentáneamente por aquella persona. Narumi giró levemente la cabeza para percatarse de que Akaashi Keiji estaba de pie a su lado, bajo el quicio de la puerta.

—Oh… ¿He interrumpido algo? —los ojos de Akaashi apuntaban directamente hacia abajo. Narumi siguió su vista hasta darse cuenta de que seguía aferrando la camisa de Takato.

—¡Oh! ¡No, no! —Narumi soltó la prenda, sintiendo cómo sus mejillas ascendían de color.

—Solo estábamos hablando —Takato rio—. ¿Vas al entrenamiento?

—Sí.

—Empezáis fuerte, ¿eh? Espero que volváis a clasificaros para los Nacionales.

—Gracias —Akaashi agachó su cabeza en un gesto muy formal—. Espero que vosotros también.

—¡Eso no lo dudes! —Takato le guiñó el ojo— Tienes que contarme qué has hecho estas dos semanas —Akaashi asintió y se despidió con su mano. Los dos le observaron marcharse por el pasillo y, una vez le perdieron de vista, Takato se giró de nuevo hacia Narumi—. No respondiste a mi pregunta.

—Estoy… Estoy bien —Narumi sonrió y Takato asintió. No obstante, sabía que el chico no la había creído. Ya nunca lo hacía y no le culpaba por ello—. ¿Cómo vas a jugar ahora?

—¿Uh?

—Tienes el pelo más largo —Narumi extendió su brazo para tomar un mechón de su cabello, pero se detuvo a medio camino. Finalmente, dejó que su brazo volviera a caer inerte a su costado.

—Me he comprado una goma para el pelo. No solo voy a ser el mejor jugador del equipo, sino que ahora también seré el que tenga más estilo —Takato sonrió con tristeza al percatarse del gesto de Narumi—. Podrías venir a verme a algún entrenamiento.

—Tiene cosas más importantes que hacer, ¿sabes? —Narumi asomó su cabeza para ver quién había tras Takato. Anri estaba con los brazos en jarras—. Como, por ejemplo, estar conmigo.

—Yo también me alegro de verte Anri-san —Takato sonrió con malicia—. Solo estaba intentando ser amigable, un concepto que dudo que tú entiendas.

—Ya bueno, pues deja de ser amigable por el momento. Narumi es demasiado buena para decirte que te pierdas.

—Narumi no quería que yo me fuera.

—¿Eh? —Narumi parpadeó varias veces cuando los dos se giraron para mirarla, exigiendo una respuesta rápida— Takato no me estaba molestando.

—¿Ves? —el muchacho infló su pecho de orgullo y miró a Anri satisfecho, por lo que ésta bufó.

—Bueno, pues ya irá a verte dar pataditas a un balón otro día, pero no hoy.

—¡Anri! —protestó la chica mientras su amiga la tomaba del brazo y prácticamente la arrastraba por el pasillo. Narumi se giró para ver cómo Takato las miraba estupefacto y ésta sonrió de forma tímida, intentando que eso pareciera una disculpa— Puedes soltarme ya —habló de nuevo cuando las dos chicas salieron al campus de la escuela.

—En serio, no le soporto.

—Eso no es verdad —Narumi sonrió.

—Bueno, pero tengo que odiarle porque ya no estáis juntos. Es cuestión de elegir un bando.

—No tienes que elegir un bando. En este caso no lo hay.

—Da igual. Además —su amiga la apuntó con el dedo índice de forma acusatoria—, claramente no ha superado lo vuestro. Te estaba salvando de cometer una estupidez.

—No iba a cometer ninguna estupidez —las dos chicas atravesaron las puertas del instituto y caminaron calle abajo—. No iba a volver con él si es lo que estabas insinuando.

—Eso es porque no te has visto la cara. Sigue habiendo un rollito rato entre vosotros.

Narumi miró para otro lado. Takato seguía siendo alguien muy especial para ella, pero no creía que siguiera sintiendo lo mismo por él que hacía unos meses. Por otra parte, algo en su interior siempre le decía que no tenía que haber salido con él, que no debía haberlo hecho nunca. Esa vocecita en su cabeza terminó carcomiéndola por dentro, se distanció de Takato y la situación explotó entre ambos de la peor manera posible. Ellos se divertían juntos, lo pasaban realmente bien, pero sus remordimientos habían podido con ella. Y, aún así, Narumi sentía que cuando estaba con él tenían todavía muchas cosas que tratar.

La casa de la familia de Anri comenzaba a verse poco a poco con solo caminar durante unos minutos. Se trataba de una casa tradicional de dos plantas, pero la familia vivía solo en el piso de arriba, ya que la de abajo la usaban para el negocio familiar. Los padres de Anri tenían una panadería que hacía por encargo tartas y pasteles. El padre de Anri hacía los mejores panes del mundo y ya se había convertido en una tradición para ellas acercarse hasta allí para comer unos.

—¡Ya estoy aquí! —anunció Anri al entrar en la panadería, aunque su madre ya las había visto por el cristal de la tienda.

—¿Qué tal el primer día?

—¡No estamos juntas este año, mamá! —la chica abrazó a su madre con fuerza, haciéndola reír.

—No hace falta que te pongas así, Anri —la chica gimió mientras su madre le daba unas palmaditas en la espalda.

—Ya se lo he dicho yo —Narumi rodó los ojos.

—Quizá os animéis con esto. Los acabo de hornear para vosotras —el padre de Anri salió de un pequeño cuartito en el que preparaban el pan y los pasteles cuando era necesario. Dejó una bandeja sobre el mostrador y las dos chicas se acercaron hasta él para oler mejor el dulce aroma que desprendían—. Hay dos de melón y dos de curry, que sé que son tus favoritos, Narumi.

—¡Gracias, señor Hanazawa! —sus ojos se iluminaron.

—¡Quema! —protestó Anri mientras pasaba el pan de una mano a otra y, después, soplaba para enfriarlo.

—¿Qué esperabas? Están recién horneados —su padre la miró frunciendo el ceño, pero, acto seguido, se giró hacia Narumi, quien estaba sosteniendo el pan con una servilleta y soplaba—. Por cierto, Narumi, ¿podrías venir este fin de semana a ayudarme?

—Oh sí. Anri me lo ha dicho. No habrá problema.

—Me sabe muy mal… —el hombre suspiró— Sabes que no podemos pagarte.

—No importa, de verdad. Me gusta cocinar. Pero, ¿podría ser por la mañana?

—Sí, claro. Sé que las tardes las tienes ocupadas. Ya me lo dijo Anri.

Narumi miró de soslayo a Anri, quien masticaba con entusiasmo un trozo enorme de pan. Curvó ligermente la comisura de sus labios en una sonrisa y se giró para observar el reloj de pared. Ya eran casi las cuatro y media, así que terminó el pan de melón y cogió el de curry para dirigirse hacia la puerta.

—Tengo que irme.

—¿Ya? —preguntó Anri confusa.

—Sí. Tengo que decirle a mi hermano que he empezado las clases. Se me olvidó decírselo ayer, así que no quiero que se preocupe si ve que no he ido a visitarle en toda la mañana.

Narumi salió de la panadería sin obtener respuesta por parte de su amiga, quien la observó con cierta tristeza en los ojos. No obstante, Narumi sonrió, puesto que el pan de curry sería un gran compañero en su camino para visitar a su hermano. Los días de diario podía disfrutar de su compañía a solas, mientras que los fines de semana debía ingeniárselas para evitar encontrarse con su madre. Tenía muchas cosas que contarle, especialmente lo que había pasado con Takato y la teoría que Anri tenía de que el chico quería volver a salir con ella. De entre todas las cosas, lo que más le gustaría saber en esos momentos era cuál era su opinión al respecto.


"Todos los grandes hechos y todos los grandes pensamientos tienen un comienzo ridículo"
Albert Einstein


~ ¡Nos leemos!