Capítulo 1
La sangre brotaba por cada herida, inundando cada gaza que era puesta sobre la piel abierta. El ardor y el dolor eran casi insoportables, los sollozos que profería la garganta del herido eran acompañados de un suave temblor que recorría cada miembro de su cuerpo. Los recuerdos inundaban y nublaban su mente, creando alucinaciones casi tortuosas. Una en particular le hacía estremecer de pies a cabeza, aquella en la que una palanca se estrellaba contra su rostro, manejada por un payaso que tenía una lucha eterna con el murciélago de Gotham.
—¡Para, por favor, para! —el grito salió sin su autorización, lastimero, como el quejido de un ave herida.
Si había algo que caracterizaba a los chicos maravilla es que, al igual que el hombre que les había criado, jamás suplicaban. Pero la agonía era insoportable, ya no le importaba nada más que la idea de vivir, aunque eso significara suplicarle al desquiciado que sonreía de oreja a oreja.
Los gritos que acompañaban los suyos y se transformaban de a poco en carcajadas histéricas lo ensordecían. Su piel se erizó, mientras el payaso se colocaba sobre él, sentándose cerca de las costillas que debía tener rotas. Un quejido brotó de sus labios, acompañado de sangre que se esparció por sus labios y resbaló por su mentón, siguiendo el camino hacia su cuello hasta perderse en el uniforme de justiciero.
—¿Por qué me pides que pare? —inquirió el hombre, acariciando el rostro del chico con la palanca ya ensangrentada—. ¡Apenas estamos comenzando!
Un nuevo golpe terminó en su pómulo diestro creando una abertura más, profunda y dolorosa. A este siguió otro que podría o no haber desviado el tabique de su nariz. Sus dientes rechinaron al tercer golpe, producto de apretar con fuerza su mandíbula para evitar la vergüenza de otro sonido lastimero. Sin embargo, no fue suficiente, los golpes seguían mancillando su cuerpo y sus manos se retorcían en un intento vano por liberarse de las fuertes ataduras que bien podrían cortar su circulación en cualquier momento.
—Basta… —ya no había vida en su voz y su cuerpo comenzaba a debatirse entre la consciencia y la inconsciencia.
—¡Jason, quédate conmigo! —había alguien más, en la realidad, que intentaba tranquilizarlo.
El resurrecto no podía diferenciar entre el recuerdo y la vida real, pero el dolor seguía ahí, latente, volviéndolo loco. El ritmo cardíaco descendió antes de estabilizarse y el chico, que con dedos ágiles intentaba mantenerlo con vida, rezaba porque su viejo amigo no se escapara está vez de su lado. Sujetó el cuerpo de Jason, inmovilizándolo antes de inyectarle morfina suficiente para que los dolores se atenuaran y le permitiera seguir limpiando. El cuerpo de Todd se relajó en cuanto la droga entró en su torrente sanguíneo, los gritos y los quejidos cesaron, permitiéndole al otro seguir con su trabajo.
Las heridas eran profundas, hechas sin duda alguna por espadas. Una vez desinfectadas, suturarlas fue un procedimiento más sencillo. Cerró cada una con sumo cuidado, haciendo puntadas casi perfectas y que, con el tratamiento adecuado, dejarían una cicatriz poco visible. Vendó todo el torso, el brazo junto con el hombro izquierdo y parte del muslo derecho.
Colocó las pinzas y el hilo sobre la bandeja plateada al terminar, luego procedió a retirarse los guantes de látex ensangrentados. Su mirada viajó una vez más al cuerpo del antiguo Robin antes de salir de la habitación para dejarle descansar.
Siguió por el oscuro pasillo hasta dar con la sala, pequeña a pesar de tratarse de un departamento espacioso. El televisor estaba encendido con un volumen alto, proyectando una película de acción como una forma de acallar los gritos de Jason. Las luces estaban también apagadas en la estancia, pero eso no impidió que su vista visualizara a la segunda persona que había rescatado aquella noche.
En el sofá más grande se encontraba un bebé rodeado por algunos almohadones, quien agitaba sus manitas y trataba de observar su panorama, buscando al chico que le había sacado del Leviathan. Por el contrario, se encontró de nuevo con aquel hombre pelirrojo, quien con una cansada sonrisa lo tomó entre sus brazos. El nene no parecía asustado por los gritos o por el sonido de las balas y las explosiones en la película, pero sí se removió un poco al no reconocer al extraño que ahora le abrazaba.
Roy sabía que Jason no solía dar su vida por otras personas, a menos, claro estaba, que los individuos fueran importantes para él. No sabía cómo el ex Robin había terminado con un bebé, o por qué le había defendido de ninjas asesinos, pero sí sabía que cuidaría de aquel niño de ojos verdes hasta que el cuerpo de su amigo estuviera en buenas condiciones.
...
Jason abrió los ojos con pesadez, como si aquella pequeña acción requiriera de un esfuerzo monumental. Parpadeó algunas veces antes de acostumbrarse a la iluminación del lugar, sintiendo una repentina punzada en la cabeza ante toda la luz que le brindaba el sol matutino.
Observó la habitación con detenimiento, desde las paredes que oscilaban entre el color blanco y el champagne hasta la decoración minimalista. Seguidamente dirigió su atención hacia sí mismo, evaluando su condición. Había algunos vendajes en su abdomen, recién cambiados al parecer y uno más en su brazo. El cuerpo le dolía, pero ignoró cada punzada para ponerse de pie.
Se incorporó con cierto temor, esperando no caer estrepitosamente. Primero apoyó su pie derecho, inhalando antes de hacer lo mismo con el izquierdo. Cerró los ojos por instinto, esperando caer, sin embargo sus piernas fueran capaces de sostenerlo sin flaquear, o al menos así parecía. Avanzó con cuidado algunos pasos, aferrándose aun a la cama por si algo salía mal, cuando estuvo seguro de que no caería soltó su agarre con lentitud.
Se acercó hacia lo que debía ser un closet y, deslizando una puerta corrediza, obtuvo acceso a un guardarropa basto. Tomó un pantalón de chándal y una camiseta blanca, ignorando por completo la mezclilla y más aún los trajes en el fondo. Con ayuda de su brazo sano logró enfundarse en ambas prendas sin problema, aunque debía admitir que su hombro le había dado cierta molestia al introducir el brazo izquierdo en la manga.
Abandonó la habitación poco después, observando el lugar a detalle e intentando recordar cómo había llegado ahí. Ensimismado en sus propios pensamientos, no supo en qué momento sus pies lo llevaron en medio de un comedor, donde ya estaban colocados algunos cubiertos. Jason sólo dedicó algunos segundos a los utensilios metálicos y a la vajilla de cerámica, pues su atención fue captada por un enorme ventanal que daba directo a una espléndida vista de Star City y algunos de sus imponentes edificios.
Se perdió entre el sonido de la metrópoli, en los autos que avanzaban por las calles y avenidas, observó a las personas (las cuales lucían muy diminutas desde su posición) que caminaban hacia el trabajo o la escuela. Suspiró, sintiendo alguna especie de tranquilidad ante la imagen. Aislado por años en el Levithan y saliendo sólo a pueblos cercanos para hacerse cargo de algunas misiones, Jason en definitiva había extrañado las grandes ciudades, sobre todo aquellas que albergaban a gente llena de vida y a criminales por igual.
—Buenos días, bello durmiente.
La mirada del resurrecto abandonó el panorama de la ciudad y buscó a Roy, encontrándolo de inmediato a sus espaldas, con Damian dormido entre sus brazos.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —inquirió Todd, caminando despacio hacia el pelirrojo.
—Casi dos semanas. Creí que podrías morir en cualquier momento —hizo una pausa y después le miró con severidad—, por segunda vez.
—Larga historia —Jason esquivó la mirada, posándola en el bebé en su lugar, quien parecía extrañamente cómodo en el pecho del arquero.
—De acuerdo, pero tienes que decirme, ¿qué rayos haces con un niño? —Roy señaló a Damian con la cabeza—. ¿Es tuyo?
—¿Por qué no habría de serlo? —Todd sonrió antes de tomar a Damian de los brazos del chico, aunque éste no parecía estar seguro de si el cuerpo de su amigo resistiría el peso del bebé.
—Porque ninjas buscaban asesinarte y creo que es por él —explicó el pelirrojo—. Aunque creo que eso ya lo sabías.
Una semana y cinco días atrás Roy decidió patrullar cerca de los muelles, algo que incluso a Canario Negro le pareció peculiar. Harper, sintiendo una especie de corazonada, abandonó su puesto cerca del centro de la ciudad y se dirigió a las solitarias orillas de Star City. Supo de inmediato que había sido lo correcto, pues apenas sus pies pisaron el territorio, Arsenal se vio rodeado de figuras encapuchadas que no dudaron en intentar atravesarlo con sus espadas.
Se enfrascó en la pelea, dejándose llevar por la adrenalina en su torrente sanguíneo y su instinto. Esquivó y golpeó, preguntándose si era buena idea pedir refuerzos aunque eso significara encarar de nueva cuenta a Oliver. El pensamiento se esfumó en cuanto escuchó algo más por encima del bullicio que hacían las espadas chocando contra su armadura. El llanto de un bebé activó los instintos del arquero, quien no dudó en utilizar sus nuevas flechas explosivas para llegar hasta el sitio de donde provenían los insistentes lloriqueos.
Se encaminó hacia la orilla antes de detenerse de golpe, sorprendido ante la imagen frente a él. El aire abandonó los pulmones de Roy en cuanto lo vio, ensangrentado, herido y lo más importante de todo, vivo.
Jason perforó el pecho del último ninja, haciendo uso de una maestría impresionante al sostener al niño con el brazo libre. El pelirrojo se quedó petrificado unos segundos más, analizando el rostro del otro a detalle, buscando algún indicio de que estuviera equivocado. Las facciones habían cambiado sin duda alguna, creando un rostro más masculino y adulto. A excepción del mechón blanco que adornaba la cabellera negra, Roy podía afirmar que se encontraba ante el mismísimo Jason Todd, en carne y hueso.
Corrió hacia él, sintiendo unos inesperados deseos de golpearlo y después abrazarlo. No hizo ninguna de las dos cosas, tan solo tomó al niño que seguía llorando antes de mirar a su viejo amigo. Azul contra azul y los labios de Jason abriéndose para decir sólo una cosa:
—Cuida de él.
Roy tomó el cuerpo de Todd con fuerza para evitar que cayera, aunque con cierto temor al no estar seguro de la gravedad de sus heridas. Se apresuró a encender el comunicador y solicitar la presencia de Dinah de inmediato. Por primera vez en mucho tiempo se sorprendió a sí mismo rezando, suplicando en su interior que Jason no muriera antes de que la ayuda llegara.
Dinah llegó diez minutos después, conduciendo un auto que el pelirrojo no reconoció. Con la respiración errática, la rubia le ordenó al hijo adoptivo de Oliver que introdujera a Jason en el asiento trasero mientras ella sostenía al niño, calmándolo con una lenta nana.
La sangre comenzó a manchar los asientos de piel del auto, dejando un rastro que en definitiva no podrían borrar. Harper estuvo a punto de entrar en el asiento del conductor, Dinah lo detuvo con una mano sobre su hombro, negando con la cabeza.
—Yo lo haré —indicó la heroína, colocando al nene en los temblorosos brazos de Arsenal—, sólo dime a dónde ir.
Oficialmente Jason estaba muerto, llevarlo a un hospital significaría dar muchas explicaciones. Además, tenían a un menor de edad que no conocían, lo cual complicaba un poco más las cosas. El riesgo de ser detenidos era muy alto y Roy no necesitaba más problemas.
—A mi departamento —ordenó el chico tras meditarlo por unos segundos.
Dinah no hizo más preguntas, apenas estuvo en el asiento del conductor su pie se hundió en el acelerador. Esquivó autos y cruzó algunos semáforos en rojo, segura de que el dueño del precioso Mercedes-Benz tendría múltiples multas después de esa noche. Las luces de los locales y edificios pasaban junto a ellos como un borrón, brindándoles una leve idea de la velocidad a la que iban.
—¿Tienes lo necesario? —preguntó Dinah, mirando por el retrovisor antes de introducirse en un carril menos transitado.
—Creo que sí —respondió Roy, haciendo un recuento mental de su instrumental médico a la vez que luchaba con el bebé que se negaba a estar un minuto más en sus brazos, retorciéndose para que le soltara.
—¿Estás seguro? Aún podemos ir con Oliver…
—Muy seguro, sólo conduce —espetó—. Oliver no puede enterarse de esto bajo ningún motivo.
La mujer asintió, dando vuelta en la intersección siguiente. Entraron a una calle iluminada, donde no había más que departamentos de lujo y autos caros. El tacón de Canario Negro pasó hacia el freno al llegar frente a un edificio en particular, aquel de casi veinticinco pisos.
—¿Cómo lo subimos? —inquirió ella, quitándose el cinturón de seguridad.
—Sólo tenemos que llegar al elevador sin ser vistos.
La rubia abandonó primero al auto, quitándose el antifaz antes de entrar en el edificio. Para fortuna de ambos, el recibidor estaba solitario y el cuidador se encontraba quizá en su quinta siesta de la noche. Dinah regresó hasta Roy, tomando por segunda vez al bebé, quien no mostró tanta resistencia a ser sostenido por la rubia a diferencia del muchacho.
Lograron llegar hasta el departamento sin ser vistos u oídos. Cubiertos por la seguridad del lugar, el pelirrojo se deshizo de su traje de héroe antes de proceder con la curación de su amigo. Desapareció por el pasillo, dejando a la rubia y al nene en medio de la sala.
Dinah encendió el televisor y subió el volumen casi al tope. Meció al niño con delicadeza, haciendo uso de un instinto maternal que hasta ese momento no sabía que poseía, pegándolo a su pecho en cuanto los gritos de Jason comenzaron. Sin embargo, su comunicador se encendió, Oliver la necesitaba cuanto antes. A regañadientes colocó al bebé en el sofá, rodeándolo de algunos almohadones para evitar que éste cayera. Con inseguridad abandonó el lugar, prometiéndose que volvería en cuanto le fuera posible.
Roy no se percató del momento en que Dinah desapareció, su concentración estaba en las heridas y en lo que había ocurrido. Sin embargo, su amigo ignoraba la preocupación que él había sufrido o los desvelos en los últimos días debido a ello. Por unos momentos, el pelirrojo quiso borrar la sonrisa que ahora se extendía en el rostro de Todd.
—Eso no importa —contestó Jason con simpleza—. Él está bien y yo estoy bien. Te prometo que en cuanto pueda moverme me iré de aquí.
—Ni siquiera tienes dinero, ¿o sí?
—Mira… —Jason observó de nuevo al pequeño, percatándose por primera vez de las ropas que éste vestía. El hijo de Bruce portaba un pequeño conjunto en color azul que a cualquier madre le hubiera parecido adorable, e incluso el resurrecto lo pensó también. Agitó la cabeza, deshaciéndose del pensamiento y concentrándose en lo que quería decir—. Damian no es mi hijo, y tan pronto como me sea posible iré a dárselo a quien sí es su padre. Después de eso me las arreglaré para sostenerme por mi cuenta. Si es necesario tendré que…
—¿Robar? —Roy alzó una ceja, evaluando con detenimiento el rostro de Jason—. No es necesario que se vayan, son bienvenidos aquí. Incluso tú lo eres después de que dejes a… ¿Damian? Da igual, eres mi amigo y no dejaré que vuelvas a esa vida.
—Gracias —suspiró—. En verdad.
—No me lo agradezcas —la mirada del arquero se ensombreció—. Sigo odiándote un poco por fingir tu muerte, o lo que sea que haya sucedido contigo.
—Roy…
—Anda —le interrumpió—, vamos a desayunar. Tu interrogatorio no ha terminado.
Roy volvió a tomar a Damian, ganándose una mirada de molestia por parte de Jason. Desapareció por una puerta de vaivén que hasta ese momento el resurrecto no había notado, minutos después volvió con una charola llena de waffles. El resurrecto se aproximó a la mesa semi larga de color blanco, y aunque contaba con siete asientos (de un tono grisáceo casi negro bastante elegante) decidió tomar asiento a la cabeza.
Sintió cierto alivio en sus piernas cuando estuvo apoyado por completo en la silla, percatándose de que quizá faltaba más para su recuperación de lo que creía. El pelirrojo se sentó a su lado, acomodando a Damian entre sus brazos para tomar el desayuno sin problemas.
—La última vez que nos vimos aun vivías con Oliver —comentó Jason, colocando un waffle en su plato.
—Tuvimos algunos problemas y decidí independizarme —Roy no tocó la comida, se limitó a mirar a su acompañante, como si esperara algo por parte de éste.
—Entiendo. ¿Y qué paso con él y Dinah…? —Jason sabía lo que su amigo deseaba y trató de retrasar el momento tanto como le era posible.
—Sólo dilo, Jaybird —interrumpió, haciendo uso por primera vez de aquel apodo que Jason ni siquiera recordaba—. Sólo dime qué ocurrió contigo. ¿Por qué reapareciste aquí y no en Gotham?
—No es sencillo.
—Nada ha sido sencillo —Roy río con amargura antes de agregar—, no con nosotros al menos.
Era cierto. Si había una razón por la que ambos se habían vuelto amigos era esa precisamente, ambos eran problemas andantes. Años atrás ambos tenían conflictos con sus respectivos protectores, todo debido al mismo carácter impulsivo y rudo que poseían.
Jason podía confiar en él, tal y como en años anteriores, pero eso significaría adentrarlo en un asunto que no era suyo. No sería justo para el arquero hundirse en algo que él no había pedido, Todd lo sabía. Sin embargo, Roy adoraba los problemas. Aun sin que Jason se lo pidiera, el pelirrojo estaría a bordo en los peligros que la verdad conllevara.
—¿Por dónde debo empezar? —preguntó Jason, alzando una ceja con suavidad y abandonando la atención de su comida por completo para dirigirla hacia el otro.
—Sencillo —respondió el chico, meciendo un poco a Damian para evitar que despertara—, ¿cómo demonios conseguiste burlar a la muerte?
La explicación de su propia muerte y su resurrección causaron escalofríos en el antiguo Robin. Incluso aunque los recuerdos ya no solían ser tan dolorosos, las pesadillas le perseguían. En más de una ocasión había despertado, cubierto de sudor y con el cuerpo tembloroso, mientras Talia le miraba con curiosidad. Las imágenes de su asesinato seguían siendo tan vívidas como el primer día al igual que las de su resurrección.
La paz al fin encontrada después de todo el dolor le fue arrebatada en cuanto su cadáver fue expuesto a la magia del pozo de Lázaro. Recordaba de nuevo la agonía, mientras el líquido se filtraba en cada miembro de su cuerpo, regenerando y curando. El alarido que escapó de su garganta al abrir sus ojos por segunda vez a la vida fue desgarrador, un lamento que los presentes ignoraron. La primera imagen fue la del mismísimo demonio y su primogénita, quienes le miraban con atención, esperando otro de los efectos colaterales del resucitar: la locura. Aquella que se adueñaba de todo su ser, haciendo casi imposible que se diera cabida a otros sentimientos que se arremolinaban contra él.
La mujer, de brillantes ojos verdes, se acercó con una sonrisa tranquilizadora en su rostro. Jason no entendía las palabras que sus labios pronunciaban, pero hizo que parte de la tensión desapareciera junto con el dolor. Ella siguió hablando, en un idioma que él no reconoció, hechizándolo quizá. Sostuvo el cuerpo del adolescente, importándole poco que estuviera húmedo por las aguas del pozo.
—Te acostaste con ella —interrumpió el arquero, mirándole con picardía. No era un comentario, sino una afirmación. — ¿O me equivoco?
Todd se quedó pasmado por unos segundos, abriendo y cerrando la boca, incapaz de articular algo. Finalmente asintió y su amigo sonrió con cierta malicia. La mirada del pelirrojo se dirigió al nene que aun dormía en sus brazos, ajeno a lo que ocurría con su cuidador.
—¿Estás seguro de que no es tuyo?
—No lo es —la voz de Jason sonó segura, aunque sabía a la perfección que Talia podía haber sido muy capaz de engañarlo—, estoy seguro.
—Claro. Continua, Jaybird —el muchacho no pareció muy convencido, de igual modo hizo un ademán con la mano, invitándolo con ello a seguir hablando.
Al pasar del tiempo, su dolor menguó más no desapareció. Comenzó a entrenar junto con la liga de las sombras, quienes inesperadamente parecían tenderle la mano y querer ayudarle con el nuevo cambio que representaba la resurrección. Sobre todo Talia, quien parecía mostrar un interés mayor sobre él.
En cuanto llegó su cumpleaños número dieciocho, obtuvo el honor de yacer junto a ella. Se convirtió en su amante ocasional y su sirviente más fiel. Compartieron algunos secretos, como el bebé que la hija del demonio esperaba, producto de una violación hacia el hombre murciélago. Entrenaron e incluso se cuidaron las espaldas en medio del campo de batalla.
Pero Jason no era bueno acatando órdenes, el espíritu indócil se lo impedía. Su carácter no había muerto, sino resurgido peor que nunca. Decidió marcharse después de mucho tiempo meditándolo y le informó de ello a Talia una noche, cuando ambos cuerpos permanecían unidos. Ella accedió a que Jason partiera del Leviathan, no sin antes advertirle que la liga le estaría vigilando y le llamaría de ser necesario. Sin embargo, el día que decidió partir, fue el día en que el heredero de Ra's llegó al mundo.
—Él no estaba en el plan —Jason miraba al bebé con sentimientos entremezclados que incluso Roy no pudo descifrar—. Pero no podía dejarlo ahí, no después de saber cuál sería su destino.
Talia no tenía el poder de concebir, su vientre estaba muerto y era así por una razón. De algún modo, incluso la naturaleza sabía que aquella mujer no debía ser madre, y Jason también era testigo de ello.
—¿Por qué venir a Star City? —preguntó, sacando a Todd de sus pensamientos—. Hubiera sido más sencillo que Batman te echara una mano con los ninjas y de paso dejar a Damian con él.
—Creí que podría perderlos —explicó, encogiéndose de hombros—. Si llegaba a Star City podría ganar tiempo y esconderme hasta que las cosas se enfriaran un poco.
—No sé por qué razón Bruce morirá —comentó el pelirrojo, ganándose una mirada curiosa por parte de su acompañante—. Podría apostar a que le sorprenderá más saber que tiene un hijo biológico.
Jason rodó los ojos, sonriendo de todos modos.
—Si, como sea. ¿Puedo desayunar ahora?
—Adelante, Jaybird.
El resurrecto tomó un trozo del waffle con su tenedor y se lo llevó a la boca. Lo degustó con lentitud, saboreándolo y prosiguiendo casi de inmediato a tomar otro bocado. Había sido la primera vez que comía algo así en mucho tiempo. La dieta en el Levithan no tenía alimentos tan americanos como los waffles o los huevos con tocino, y debía admitir que los añoraba. Si bien podía tomar té a veces, tampoco había degustado algo como el café desde su resurrección, no supo en qué momento Roy le brindó una taza de aquel líquido pero se lo agradeció infinitamente en su interior.
—Tengo una última pregunta —dijo el arquero, después de haber terminado su último waffle.
—¿Si?
—¿Cuándo se lo dirás a Bruce?
Era una buena pregunta, una que no se había planteado hasta ese momento a decir verdad. Quizá lo haría en cuanto sus heridas sanaran, o tal vez cuando estuviera preparado para enfrentar a aquel hombre que alguna vez le había reconocido como su hijo. No lo sabía aún. Sus sentimientos con respecto a Bruce seguían siendo un torbellino confuso.
—Pronto —fue lo único que dijo antes de finalizar por completo su café.
Apenas la respuesta salió de sus labios se oyó el sonido de un timbre. Jason miró de inmediato hacia Roy, preguntándole en silencio qué debía hacer. Nadie podía saber que él estaba vivo o que Harper le estaba brindando asilo, mucho menos se debía saber la existencia de un niño que era descendiente biológico de Bruce Wayne.
—Creo que olvide decir que Dinah vendría hoy a desayunar—respondió el aludido con una sonrisa.
¡Hola a todos!
Lamento mucho la tardanza pero finalmente he aquí el primer capítulo. Espero de todo corazón que no se hayan confundido con esto, ya saben que si hay dudas pueden preguntar con toda la confianza del mundo. En fin, espero no tardar con la continuación y menos ahora que sé que esta historia tuvo tan buen recibimiento.
Bueno, ya saben que ustedes me leen en el siguiente capítulo y yo los leo en los comentarios.
¡Nos leemos!
