Sidestory 2

Maquillaje

Afrodita, aprendiz del Caballero de Cáncer y candidato a la armadura dorada de Piscis, miró con desconfianza la bañera de estilo romano que ocupaba el centro del recinto. ¿Por qué lo había llevado ahí el Patriarca?

Miró de reojo hacia la puerta. En caso de necesidad, podía correr para ponerse a salvo…

Arles le puso en las manos un paño y una muda de ropa. El niño contempló aquello sin comprender. El paño parecía nuevo… y la ropa, aunque se trataba de un sencillo uniforme de entrenamiento, también parecía nueva, y no solo eso: las telas con las que estaba confeccionado eran de una calidad superior a la habitual en la ropa de los aprendices. Él todavía no era un experto (llegaría a serlo con el paso de los años), pero ya sabía lo suficiente como para sospechar que Jacques, el encargado de confeccionar la ropa de los Caballeros Dorados, era quien había cosido aquello. ¿Qué podía estar pasando como para el Maestro Tejedor se rebajara a coserle ropa de entrenamiento a un simple aprendiz?

-Ahí hay jabón y esponjas –Arles señaló hacia la bañera-. Báñate, vístete y cuando estés presentable, búscame en mi despacho. No quiero ver una sola partícula de suciedad en esa cara. ¿Está claro?

Sin esperar respuesta, Arles se encaminó a la puerta.

-No –dijo Afrodita.

El Patriarca se detuvo en seco.

-¿"No"? ¿Has dicho "no", Afrodita, aprendiz de Piscis?

-Eso dije.

Arles giró para enfrentarlo. Su capa (blanca, inmaculada, como todo lo que se relacionaba con el Patriarca) pareció revolotear con la violencia del movimiento. Afrodita no pudo evitar que su mente revisara el contraste que debían estar haciendo en ese momento: el adulto limpio y resplandeciente en su ropaje sagrado; el niño desaliñado y sucio, con el cabello revuelto y la cara y ropa cubiertas de mugre.

Toda la Orden sabía de sobra que Afrodita estaba siempre cubierto de suciedad. Ni siquiera su propio Maestro se tomaba ya el trabajo de intentar cambiar eso. ¿Por qué ahora el líder de los Caballeros de Atenea se apartaba de sus importantes labores para algo tan trivial?

-¿Por qué? –demandó el Patriarca-. Dame una buena razón para no obedecerme.

Afrodita tragó saliva. Arles no era una persona que aceptara con tranquilidad una insubordinación.

-A Atenea solo le interesa que llegue a ser un guerrero. Mi apariencia personal es cosa mía.

-¿Eso crees, mocoso insolente?

El niño esperaba un golpe (esa sería la forma en que reaccionaría su Maestro), podía manejar eso, y estaba seguro de que el adulto no querría ensuciarse las vestiduras blancas golpeándolo demasiado, pero no sucedió lo que esperaba y tuvo que dejar escapar un grito de espanto cuando una fuerza invisible lo levantó en el aire. Alcanzó a pensar que debía tratarse de telequinesis, un segundo antes de que el poder de Arles lo sumergiera (vestido y calzado) en el agua.

Arles lo dejó emerger y llegar hasta el borde de la bañera, pero ahí lo inmovilizó de nuevo. Lenta y deliberadamente, se arrodilló frente a él, se recogió las mangas de la túnica, le apartó el cabello de la cara y tomó una esponja y el jabón.

-Hace años que quiero saber qué hay debajo de toda esa mugre –declaró-. Cierra los ojos.

Incapaz de oponer resistencia, Afrodita no tuvo más remedio que soportar lo mejor que pudo mientras Arles le frotaba la cara con la esponja enjabonada, enjuagaba y volvía a restregar hasta eliminar el último rastro de suciedad.

-Listo –dijo Arles, finalmente satisfecho-. Mírame.

Afrodita obedeció de mala gana y le dirigió una mirada sombría que no pareció afectar al Patriarca en lo absoluto.

-¿Quién te hizo esto? –preguntó Arles, siguiendo con un dedo el contorno de la cicatriz que marcaba la cara del chico-. No se hizo con fuego, ni con agua ni aceite hirviendo, es una quemadura provocada por un cosmos poderoso… ¿Es obra de Ixión?

-Sí –respondió Afrodita, y al decirlo sintió como un saco de piedras fuera retirado de su espalda. Era extraño, porque hasta ese momento no supo lo mucho que deseaba poder decirle a alguien sobre el maltrato continuo que sufrían Angello y él.

-¿Y esta manía por tener la cara sucia es para esconder la cicatriz? –continuó el Patriarca-. ¿No te han dicho que las cicatrices son parte del honor de un guerrero?

-¡Esta no es una cicatriz honorable! –estalló Afrodita-. ¡Yo tenía cinco años! ¡El Maestro me marcó y me impuso el nombre "Afrodita" para que no olvide nunca que soy un esclavo y que no podré volver nunca a mi casa!

Arles guardó silencio por unos instantes.

-Esta es tu casa ahora, Lucien.

-¿Usted… sabe mi nombre?

-¿Eso te sorprende?

-Todos parecen haberlo olvidado, menos Angello… y usted…

-Hum –Arles se puso de pie y dejó de inmovilizarlo-. Para la Orden, eres Afrodita, pero yo te llamaré Lucien en privado, si eso te agrada.

-¿Uh? -¿acaso estaba tratando de darle a entender que habría más conversaciones privadas después de esa? El Patriarca casi nunca interactuaba ni siquiera con los Caballeros de Oro, ¿por qué iba a molestarse en conversar de nuevo con un aprendiz?

-Eres el próximo Caballero de Piscis. Estás enterado de cuáles serán tus deberes una vez que obtengas la armadura, supongo.

Si acaso vivía lo suficiente para obtenerla… Pero el hombre frente a él hablaba como si fuera un hecho resuelto, como si nada más hubiera que esperar por la fecha correcta.

-L-la protección del palacio, de los accesos al palacio y d-de la persona del Patriarca –logró responder Afrodita.

-Bastante correcto, pero lo dijiste en otro orden: la seguridad del Patriarca es más importante que la del edificio, ¿no te parece?

-Er… sí, señor.

-Serás mi mano derecha y quiero que empieces ya con algunas de las funciones que corresponden al Caballero de Piscis. Pero para eso debes estar a la altura de tu responsabilidad y parte de eso es cuidar con esmero de tu apariencia personal. ¿Está claro?

-Sí, señor.

-Bien –Arles fue hacia la puerta-. Báñate, ponte la ropa limpia y, cuando estés presentable, búscame en mi despacho.

-Sí, señor.

-Santidad –corrigió Arles, con tono de paciencia que empieza a agotarse.

-Sí, Su Santidad.

-Mejor.


En su despacho, Arles reprimió con mucho esfuerzo el deseo de despedazar algo, o a alguien.

-¡Ese maldito Ixión! –exclamó furioso-. ¡Ojalá no fuera tan útil! ¡Quisiera poder darme el gusto de arrancarle la piel a tiras!

Por una vez, Saga estuvo de acuerdo con su lado maligno.

"Ese niño no podrá con la carga de ser un Caballero de Oro" murmuró. "Necesitará años de apoyo y consejo antes de que sea capaz de enfrentar a otras personas sin esconder la cicatriz. Ixión arruinó cualquier oportunidad que tuviera de…"

-¡No hace falta que me digas lo que ya sé! –interrumpió Arles-. Lo que necesito es un plan. Este niño tiene que tomar su lugar en la Orden tanto si puede como si no. Es hijo de Apolo, y si su padre llega a darse cuenta de lo que le hizo Ixión antes de que estemos preparados… No, todavía hay muchas cosas que arreglar y preparar antes de que podamos enfrentar guerras contra los dioses.

"Lo mejor que podrías hacer sería devolvérselo a su padre. Y entregar a Ixión para que el dios decida su suerte."

-Ajá, y perder a un Caballero que nos sirve de manera más o menos eficiente además de perder a un niño que tenía posibilidades de ser un aliado. Ah, y la diosa Afrodita podría reclamar también si enviamos al niño al Parnaso sin su autorización, con lo que entonces tendríamos problemas con dos dioses. No me estás ayudando, Saga.

"¿Qué otra cosa podríamos hacer? ¿Dejarlo usar una máscara como si fuera una amazona?"

-¡No seas ridículo!... Aunque… -la mirada de Arles se encontró con un bolsito de maquillaje que Dido había dejado olvidado en su última visita- Hum.

"¿Qué tramas?" preguntó Saga, inquieto.

-Tengo una idea, pero voy a necesitar tu colaboración.

"Sea lo que sea, la respuesta es no."

-¿No quieres escuchar mi idea?

"Sé que no será nada bueno."

-Como quieras. Solo me interesaba tu ayuda porque preferiría que hablaras con el niño; te aprecia mucho y confiará en ti más fácilmente… Pero si no quieres ayudar, me bastará con decirle que soy Kanon.

"¡¿Qué?!"

-Será muy sencillo y…

"¡No suplantarás a Kanon! ¡No voy a permitirlo!"

-¿Y cómo lo piensas evitar?

"…"

-Tienes dos opciones: sigues mis instrucciones o contemplas la magnífica actuación que haré fingiendo que soy tu querido y difunto hermano.


Perfectamente aseado, Afrodita consiguió llegar hasta el despacho del Patriarca escondiéndose en cada rincón para no ser visto. Sentía el corazón en la boca y estaba seguro de que caería muerto de vergüenza si alguien alcanzaba a ver su cicatriz.

Una vez que recibió permiso para entrar, se acercó al escritorio del Patriarca y esperó la siguiente orden con la mirada baja.

-Acércate.

La voz del Patriarca sonaba diferente y Afrodita lo miró intrigado. El Patriarca notó eso y, lentamente, se quitó el yelmo y la máscara.

-…¡¿Saga?! –exclamó Afrodita.

-Sí, soy yo. Tomé el lugar del Patriarca Shion luego de su muerte.

-Es… espléndido. ¿Pero por qué el cambio de nombre?

-Hay… razones para eso, pero no puedo decírtelas todavía. ¿Confías en mí?

-Con mi vida.

El niño había respondido sin tomarse siquiera un instante para pensarlo. Saga sonrió con tristeza, no era un buen momento para echarse a llorar ante esa fe inocente.

-Ven, siéntate. Hay algo que quiero intentar.

-¿De qué se trata?

Minutos después, Afrodita examinaba muy seriamente su imagen en un espejo.

Saga le había aplicado con sumo cuidado una ligera capa de base. Aunque el maquillaje cumplía su función y escondía casi por completo la cicatriz, no era del tono más adecuado (la piel de Afrodita era mucho más clara que la de Dido) y Arles estaba ya calculando que sería necesario llevarlo discretamente a Atenas para conseguirle sus propios cosméticos. Alguna vendedora los ayudaría con gusto si Afrodita consentía en hacerse pasar por niña durante un rato…

Entonces Afrodita los sorprendió a ambos al tomar el bolsito de Dido por cuenta propia y buscar dentro hasta dar con un lápiz labial cuyo color le gustó.

-¿Qué haces? –preguntó Saga.

-La cicatriz no se ve, pero ahora destacan las manchas que deja el veneno en mi boca.

Con soltura, Afrodita se aplicó el lápiz labial y estudió de nuevo su reflejo.

La perfección de sus rasgos estaba completa una vez más, pero Saga tuvo la impresión de que el remedio era peor que la enfermedad.

-Esto esconde la cicatriz, pero no es más que una máscara –declaró con tristeza.

-No importa –Afrodita le sonrió-. El Patriarca usa una máscara, ¿por qué no también el Caballero más cercano a él?

-Los demás se burlarán de ti.

-Seguro –Afrodita asumió un gesto petulante que lo transformó por completo, como si el niño atemorizado que Saga conocía no hubiera existido nunca-, pero pensarán que lo hago por vanidad, para resaltar mi belleza. No se les ocurrirá pensar que estoy tapando una imperfección.

-¿En serio prefieres que crean eso?

-No me importa lo que piensen en tanto no vean la cicatriz.


Un rato después, Saga se quedó en la puerta del despacho, mirando a Afrodita alejarse. Una alimentación deficiente había retrasado su crecimiento y el veneno de Medusa tenía efectos secundarios que acentuaban su apariencia frágil: aparentaba menos de sus doce años y era fácil pensar que no crecería mucho más (sería una sorpresa para todos, sobre todo para el propio Afrodita, lo mucho que crecería entre los 15 y los 20 años), pero en ese momento caminaba con paso firme y seguro, con la orgullosa determinación que caracterizaba a los Caballeros Dorados, la élite entre los defensores de Atenea.

-No hemos resuelto nada, solo empeoramos las cosas –dijo Saga, deprimido.

"Nadie lo obligó a aceptar nuestra idea" replicó Arles.

-Tu idea. Antes se escondía tras la suciedad. Ahora se esconde tras el maquillaje. Tuve que decirle que no podemos proporcionarle ropa nueva a Angello también porque Ixión podría tomarlo como una ofensa y no estamos en posición de perder el apoyo de un Caballero de Oro cuando Dhoko se niega a responder nuestros mensajes; le dije que nuestro poder tiene límites, que nuestra posición sería precaria si los Caballeros de Oro empezaran a cuestionarnos… Le dije, en resumidas cuentas, que no puedo protegerlo de alguien que lo maltrata y humilla a diario. ¿En qué hemos cambiado las cosas para él? Su situación sigue siendo la misma.

"Le dimos metas y motivaciones, y algo mucho más valioso."

-¿Qué?

"Cree que comparte un secreto con nosotros, que su máscara y la nuestra son parecidas. Ni siquiera hará falta que le pidamos que no diga nada a nadie: hará lo que sea para proteger nuestro secreto, porque piensa que confiamos en él."

-Pero eso no…

"La verdad no es importante, sino lo que él crea. Piensa que pusimos nuestra vida en sus manos sin pedirle nada a cambio, cree que lo consideramos valioso, y digno de ser tomado en cuenta, que pensamos que su existencia sobre la faz de la tierra tiene justificación. Está tan hambriento de afecto, de la clase que sea, que dedicará el resto de su vida a demostrar que tuvimos razón al confiar en él: un solo gesto de nuestra parte y él irá hasta el infierno y volverá, solo por complacernos."

-¡Eres un monstruo! –gimió Saga.

"Malagradecido. En lugar de alegrarte porque nuestro guardaespaldas será absolutamente leal a nosotros, me insultas."

-¡Yo no quería esto!

"¿No? Es cierto que al mocoso lo considerarán la vanidad personificada y se reirán de él en su propia cara, pero eso ya no le importará, porque tiene un motivo para estar orgulloso y eso bastará para sostenerlo. Créeme cuando te digo que va a agradecerte lo que hiciste hoy hasta el fin de sus días."

-Esto no es lo que yo quería –insistió Saga, al borde de las lágrimas-. Cuando te pedí que intentáramos convencerlo de lavarse la cara, jamás imaginé que terminarías haciéndole un daño todavía más grave que el que ya tenía…

"¡Qué fastidioso eres! ¡No hay manera de darte gusto!"

Arles le arrebató el control a Saga, volvió a ponerse la máscara y el yelmo, y regresó a trabajar.

fin