Como todas las de mi edad, era una chica de carácter inestable, así que después de lo ocurrido en la fiesta esperaba sumirme en un estado de profundo pesimismo. Pero, para mi sorpresa, me tomé el asunto con sorprendente entereza. Cierto era que no había visto la luz del sol durante el fin de semana, pero aquello fue debido a la vergüenza que pasé en la fiesta y no al hecho de que Ken me rechazara. Supongo que tengo un mecanismo de defensa oculto, que, en el fondo, sabía que no era el momento adecuado para hacer esa declaración.
Así que comencé la semana con optimismo, sintiendo que había alcanzado las expectativas idóneas; ni demasiado altas, para evitar futuras decepciones, ni demasiado bajas, a fin de tener las fuerzas necesarias para seguir luchando por Ken.
Dediqué una sonrisa ponzoñosa a la novia de Ken cuando pasé por su lado. Pobre necia, no duraría ni dos semanas hasta que Ken se diera cuenta de su mediocridad.
-Yolei, ¿dónde has estado? –me preguntó Yoko al verme.
Me senté en mi pupitre, colgué mi mochila y me dispuse a contarle con total tranquilidad lo sucedido, pero antes de que pudiera soltar palabra me interrumpió.
-¡Tengo que contarte algo! –exclamó, completamente radiante; me resultó decepcionante que solo me echara de menos por mi insólita capacidad de escucha-. Estoy con alguien.
-Oh, me alegro por ti, Yoko –respondí sin poder evitar sentirme ligeramente pisoteada-. ¿Quién es el afortunado?
Ella soltó una risita, se serenó rápidamente y bajó la cabeza para que solo lo pudiéramos oírlo nosotras dos.
-Davis Motomiya.
-¡Qué! –grité, poniéndome de pie, y dirigí la vista hacia el susodicho, que en ese instante se giró, mirándome estúpidamente mientras sostenía un lápiz entre los dientes. Me senté al notar que Yoko tocaba mi brazo, no sin antes lanzarle una mirada recriminatoria a Davis, quien, evidentemente, no consiguió descifrar el significado de mi expresión-. Pero si es idiota.
Quizás estaba siendo demasiado extrema. Bueno, no, no lo estaba, solo describía la realidad. Además, no me hacía ninguna gracia compartir las tardes de los viernes con él. Ya tenía suficiente con aguantarlo en clase.
-Para nada –se indignó Yoko-. Entre él y yo hay una conexión que tú no eres capaz de comprender. Estamos hechos el uno para el otro.
-No sabía que te tuvieras en tan baja autoestima.
-Oh, Yolei –dijo con fastidio-, sé que estás enfadada porque a ti te rechazó Ken, pero no tienes porqué pagarlo conmigo.
-Solo estaba siendo realista –me defendí-. Al igual que tú al decirme que no tenía ninguna posibilidad.
No volvimos a hablar durante el resto de la clase, ni si quiera nos dirigimos la mirada. Conozco a Yoko desde el jardín de infancia y tengo que decir que ya entonces su carácter rivalizaba con el mío en cuanto a cabezonería. Me parece que eso, junto con su insana tendencia a crearse expectativas desorbitadas, fue lo que hizo que nos convirtiésemos en las mejores amigas. Pero no sería justo para mi no añadir un matiz: mientras ella gozó de un trato consentido por parte de sus ricachones padres yo he tenido que comprobar por mí misma lo que es el sufirimiento al tener que trabajar en la tienda de mi madre cuando quería salir a divertirme (sanamente, por supuesto. Esto es algo que mi madre ha tardado en comprender). Así que mientras ella apoya sus esperanzas en su cara bonita, yo lo hago en el esfuerzo continuo. No la estoy pintando como la mejor persona del mundo, peor en el fondo es una buena amiga, solo que últimamente está algo atontada por culpa de los chicos. Esto se evidenció una vez más cuando informó al resto de las chicas (las cuales habíamos conocido este año y yo ni me había aprendido sus nombres) de su noviazgo con Davis, algo que inicialmente iba a mantener en secreto.
El chico fue hacia ella en cuanto lo mencionó, como un lobo a punto de devorar a un conejito; entonces las chicas acordaron que ambos formaban una pareja ideal y el rostro de Davis se tornó de un intenso rojo. Como ya he dicho antes, estoy segura de que el enrojecimiento de su rostro no se debe a los sentimientos de vergüenza, sino a su incontrolable lujuria. ¡Cómo me iba a creer yo que estuviera tan repentinamente enamorado de Yoko! El amor a primera vista de las películas no existe, se va intensificando poco a poco a medida que conoces a la persona, y estoy segura de ni si quiera conocía el nombre de mi amiga.
Acordamos salir en grupo con la abominable parejita por la tarde. Yo, como siempre, fui la primera en llegar, pues la puntualidad es una de las cosas que más valoro. Yoko, por el contrario, piensa ahora que es de mala educación llegar demasiado pronto. Creo que estas nuevas amigas me la están cambiando. ¡Qué tiene de educado hacer esperar a tu acompañante! Tuve que aguardar media hora a que llegaran las emperatrices del buen gusto. No tuve que preguntar el motivo de su tardanza: era más que obvio que todas habían perdido mucho tiempo con las minifaldas, los tacones y el maquillaje. Yo me quedé con la boca abierta al verlas. Parecían salidas del circo.
-¡Yolei! –Me saludó Yoko con una sonrisa. Seguramente el maquillaje se le habría metido por los oídos y le habría llegado al cerebro, haciéndolo olvidar todo lo acontecido en el colegio.
-Llevo media hora esperando –me quejé en silencio.
-Hemos estado arreglándonos un poco, como verás –respondió una de las chicas, que se asemejaba a un cruce entre una geisha y un zombie-. ¡Tenemos que ir a recoger a Davis, vamos!
Nos dirigimos al campo de fútbol. Yo sentía un poco de vergüenza porque había hombres que nos miraban constantemente. El resto de las chicas parecían encantadas; seguramente las tontas pensaban que atraían la atención por su belleza.
-Oye, Yoko, ¿no crees que os habéis pasado con el maquillaje? –Ataqué, aprovechando el buen ánimo de mi amiga.
-¿Cómo? –respondió Yoko, ligeramente asustada; pero al ver al resto vestidas de la misma manera recobró el tono -. Es como una chica de nuestra edad debe ir arreglada.
Me forzé a no contestarle algo realmente hiriente.
Davis esperaba sentado en una escalera, apoyando la cabeza sobre uno de sus brazos. Al parecer pensó que estaba soñando cuando llegamos, porque agitó la cabeza como si dudara de lo que veía ante él; lo único bueno de aquello era que Yoko estaba tan horrible que Davis no tendría la necesidad de abusar de ella.
Quizás era que estaba demasiado enfadada con Yoko como para ver con criticismo a Davis, ya que en esos momentos me parecía que estaba más nervioso que otra cosa.
Decidimos ir al cine a ver una película de terror. El título estaba escrito en lenguaje SMS para atraer a la audiencia infantil, pero a mí me parecía una imbecilidad. La película hacía honor al título (¿Pero no tenías una linterna? ¡Quítate los tacones, boba! ¿Por qué si estás tan asustada no te aseguras de mirar si hay alguien acechando en la siguiente habitación? ¡Si hasta se le ve la capa, está diciendo a gritos que te fijes en él!). El caso es que me aburría como una ostra y tenía envidia del resto de las chicas, que se lo pasaban a lo grande saltando en sus butacas y asustándose mutuamente. Giré la cabeza para ver a los dos tortolitos, que se habían sentado unas filas más atrás, y me alegré al descubrir que Davis estaba hundido en su butaca, con el rostro empalidecido y la boca ligeramente abierta. Si no hubiera estado Yoko, me habría burlado de él y luego hubiéramos acabado vaciándonos los cubos de palomitas en la cabeza. Mi amiga parecía ser la que más asustada estaba, porque gritaba como una posesa y se tapaba el rostro con las manos cada dos por tres. Todo era una patraña, por supuesto; Yoko veíamos películas de terror con asiduidad y ya no teníamos esa facilidad para asustarnos que si teníamos antes, cuando los pájaros de Hitchcock nos provocaban pesadillas nocturnas –bueno, y a mí me siguen acechando en mis sueños con sus miradas asesinas y afilados picos-, así que todo lo que hacía era para reclamar la atención de Davis. Pero aquella táctica resultó fallida, porque lo único que conseguía era asustar todavía más a Davis, que se hundía cada vez más en su asiento. Yo me lo pasaba en grande viendo como el chico sufría y mi amiga disfrutaba de esa conexión tan única y especial de la que hablaba.
-¡Qué miedo he pasado! –declaró Yoko cuando acabó la película, acercándose considerablemente a Davis, quien miraba compungido al suelo, tal vez recreando en su mente algunas de las imágenes más terroríficas de la película.-¿Tú has pasado miedo, Davis? –siguió Yoko, empezando a perder la paciencia.
-Eh –Davis levantó la vista-, no era tan terrorífica como me habían dicho.
-Eres tan valiente.
Davis rió por lo bajo.
-Chicas, tenemos que irnos un momento –anunció Yoko con entusiasmo, cogiendo el brazo de un sorprendido Davis.
La chica que parecía una geisha-zombie abrió la boca, captando un mensaje, y luego se giró lentamente hacia el resto de las chicas, con la boca todavía abierta. Estas las abrieron a su vez, quedándose completamente estáticas. Yo pensaba que estaban viendo quien de todas tenía los dientes más blancos, así que me asusté mucho cuando de repente empezaron a gritar como locas al ver que la pareja se perdía de vista detrás de un edificio, consiguiendo lo que la película no había hecho.
-¡No me puedo creer que lo vayan a hacer! –exclamó una embutida en algo parecido a un corsé mientras agitaba los brazos como una esquizofrénica. Por lo que había leído en sus carpetas de chicos guapos y desnudos, se llamaba Keiko..
-No creo que vayan a hacer "eso" –contesté como si fuera obvio-. Como mucho se darán un beso. No están preparados todavía.
-No, está claro que lo van a hacer –insistió la muchacha con una sonrisa incrédula y rodando sus ojos, como si hablara con una estúpida. No hace falta decir que odié completamente ese gesto -. ¡Estoy orgullosa de ella!
-Tienen catorce años –contesté.
-Precisamente por eso, Yolei, porque no somos unos niños –entonces la risa de la chica se volvió más burlona-. ¿A qué edad esperas hacerlo tú? ¿A los treinta?
-Pues cuando sea el momento –me enfurruñé-. No entiendo porqué perder la virginidad a los catorce años sea algo de lo que enorgullecerse.
Ella no contestó, pero miró a las demás y todas se rieron a la vez. De mí.
-Conozco a Yoko desde que iba al jardín de infancia y sé que no lo hará –respondí apretando los puños en un intento de no perder la calma-. Es lanzada, pero no para eso.
-Eso habrá que verlo –dijo con su envenenada simpatía.
No intercambiamos ninguna palabra hasta que vinieron ellos, solo alguna que otra mirada de desdén. Yo estaba pensando en lo que había dicho Keiko. Era cierto que sabía más cosas de Yoko que ellas, pero ahora había cambiado tanto… Deseé con todas mis fuerzas que no pasara eso, por el bienestar de mi amiga y para callarle la boca a Keiko.
Y así pasó, pero los motivos eran muy diferentes de los esperados. No lo habían hecho. Ni si quiera se habían dado un beso. Eso estaba muy claro porque ambos caminaban muy separados. Yoko estaba visiblemente enfurruñada, mientras que Davis se llevaba las manos a los bolsillos y se entretenía pateando una lata para no mirar a la chica, cosa que la enfureció todavía más.
Yo quería preguntarle qué había pasado, pero recordé que estaba cabreada con ella y me contuve. Las chicas la recibieron preocupadas, pero Yoko no soltó palabra.
-Eh, tú, ¿qué la has hecho? –ataqué a Davis en silencio, cuando las otras no nos miraban. Necesitaba que me lo reafirmara.
-Nada –respondió simplemente.
-¿Así que nada, eh? –sonreí-. Bien, porque como le hagas algo puedes ir despidiéndote de tus piernas.
-Tus amigas no piensan lo contrario –suspiró Davis-. Espera, ¿por qué tengo que hacerte caso?
-Porque soy una autoridad moral –respondí, quedándome muy satisfecha.
-Te lo tienes muy creído, Yolei –gruñó Davis.
-Puede ser. Pero al menos no me jacto de lo que no tengo como haces tú. Quizás esto te cause un trauma, Davis, pero Ken es mucho mejor jugador de futbol de lo que tú serás nunca.
Davis se volvió a quedar sin argumentos, como era de costumbre, así que tuvo que hacer uso de su imaginación y tirarme unas piedrecitas.
-¡Eh, para! –me quejé.
Cogí una piedrecita al vuelo y se la devolví, acertando entre los ojos.
-¡Hasta yo tengo más puntería que tú! –grité triunfante.
-Ahora verás –dijo cogiendo otro puñado de piedrecitas, pero justo cuando las iba a tirar se quedó congelado.
El resto de las chicas había dejado de cuchichear y ahora nos miraban con curiosidad. Davis y yo dejamos al instante nuestro jueguecito, porque Yoko había reiniciado la marcha echa un basilisco.
-¡Espera Yoko! –grité, pero sin atreverme a acercarme a ella, pues el resto la habían rodeado formando una barrera infranqueable que se desplazó con ella hasta perderse en las transitadas calles de Odaiba.
Pestañeé varias veces, sin creerme todavía la situación. Entonces me giré hacia Davis con enfado y le espeté:
-¡Ve y diles que es un malentendido!
-¿Qué? –El chico dio un paso atrás-. ¿Por qué yo?
-¡Eres su novio, tonto del bote!
-¿Pero no se suponía que tú querías que no fuera tras ella? –inquirió, confundido.
-No quería que hicierais eso, pero tampoco quiero que piense que tu y yo… -Me callé, pues incluso era inconcebible emplear las palabras.
¿Davis y yo? ¡Puaj!
