Summary completo:

Bella no tiene demasiado claro si abrazarle o, por el contrario, intentar asesinarle con un tenedor de plástico.

¿Lo mejor? No está sola, ya que ha ido a California acompañada por sus dos mejores amigas y está dispuesta a conquistar las playas de la zona y absorber los rayos del sol hasta estar totalmente bronceada.

¿Lo peor? Edward no solo le rompió el corazón una vez, dejándola plantada una semana antes de subir al altar, sino que parece dispuesto a que la trágica historia vuelva a repetirse ahora que se han reencontrado. ¿Serán posibles las segundas oportunidades?

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Aquí les traigo el segundo capitulo mis querid s^_^, para tenerlos contentos. ¡Estoy muy feliz por el apoyo! Cada fav, follow, veiw y review, es importante y emocionante para mí.

Disclaimer: Esta novela pertenece originalmente a Alice Kellen y los personajes son de la autoría de nuestra muy querida Stephenie Meyer. Yo solo la adapto a la saga Twilight.


―Es increíble, ¿cuántas posibilidades existen de que te cruces con tu ex prometido, teniendo en cuenta que en Estados Unidos hay más de 313 millones de personas? ―Rose abrió la cortinilla azul del salón, permitiendo que los débiles rayos matutinos penetrasen e iluminasen la acogedora estancia.

―Menos de un 1,01%. Necesitaría una calculadora para sacar los decimales correctos ―respondí pensativa, echa un ovillo en el sofá.

―Bella, no lo decía de un modo literal. No es necesario que calcules constantemente los porcentajes de todo ―me sirvió una taza de café.

― ¡Es el destino! ―gritó Ali, radiante de buena mañana. A ver, ¿cuántas personas cuando se despiertan tienen bucles perfectos en el pelo? Su cabello siempre era como una dichosa cascada brillante.

Rose terminó de preparar su café y se sentó junto a nosotras en el sofá. Señaló a Alice con el dedo, con su típica actitud de soy abogada, soy invencible, soy la lucha contra el mal.

―No olvides que la dejó ―recordó duramente. Seguramente pudo ver cómo mi corazón volvía a partirse en mil pedazos por la compungida expresión de mi cara―. Tranquila, Bella. Hemos hablado de esto muchas veces durante el último año. Lo tienes superado. Si sobreponerse a una ruptura fuese una oposición, tú saldrías la primera de la lista con matrícula de honor.

Bien, debo admitir que eso no era del todo cierto, aunque agradecía lo bien que Rose mentía, así podía creérmelo momentáneamente y sentirme una mujer fuerte e independiente.

En realidad, la ruptura me había dejado totalmente destrozada. No siempre me veo como la típica víctima, pero la situación que había tenido que vivir, cuanto menos, resultaba bastante irónica; o eso era lo que habitualmente solían decir mis compañeras de trabajo. Me explico:

Mi trabajo en una de las editoriales más prestigiosas de Nueva York, consistía en ser editora de la línea Red Rose, que era donde catalogábamos las novelas de temática romántica. Y básicamente me designaron el puesto porque había leído la mayoría de los libros románticos que existían en el mercado, desde clásicos hasta históricos e incluso eróticos. Todo. Era como una especie de esponja dispuesta a absorber cualquier historia con una buena dosis de amor.

Sin embargo, a pesar de mi pasión por el género, nunca me había considerado una persona excesivamente enamoradiza, básicamente porque un tal Edward Cullen me robó el corazón cuando apenas tenía ocho años, impidiendo que pudiese entregárselo a nadie más.

Edward era el mejor amigo de mi hermano mayor. La primera vez que vino con él a casa y lo vi, en fin, ya sabéis, miles de mariposas aletearon en mi estómago, sentí un nudo en la garganta y bla bla bla.

Fue todo muy idílico. El único problema era que él tenía cinco años más y, por consiguiente, me trataba como a una chiquilla mocosa, y probablemente bastante pesada, dado que mi juego preferido consistía en perseguirles a ambos allá donde fuesen e intentar, desesperadamente, inmiscuirme en sus vidas.

Cuando cumplí los doce, mis esperanzas aumentaron tras un episodio que ocurrió frente a mi casa. Un niño bastante repelente, llamado Frank Willes, se burló de mi pelo, asegurando que parecía un chico. En cierto modo tenía razón, dado que mi querida madre había decidido cortármelo ella misma, en el garaje, y el resultado había sido como si llevase un casco en la cabeza.

Edward estaba esperando en la puerta de casa a que mi hermano saliese para irse a dar una vuelta, apoyado en su motocicleta como si protagonizase un anuncio de desodorante masculino, y escuchó el comentario de Frank. Sin mediar una palabra, le cogió del brazo y lo arrastró unos metros más allá, impidiéndome oír la conversación que mantuvieron.

No sé qué le dijo exactamente, pero sí sé que durante dos cursos consecutivos, Frank se comportó como si fuese un eficiente sirviente y yo la mismísima reina de Inglaterra.

Poco después de que ocurriese aquel incidente, Edward se marchó a la universidad. Cinco años más tarde, yo también seguí ese mismo camino y me mudé a Nueva York.

No fue hasta que estaba a punto de terminar la carrera cuando nos encontramos en un pub del centro. Cuando le vi, sentado en una de las mesas y riendo junto a varios amigos, tuve que reconocerme a mí misma que seguía enamorada de él. Y que probablemente, siempre lo estaría.

No era un encaprichamiento meramente platónico e infantil. Yo sentía cada poro de mi piel vibrar cuando él estaba cerca; era una sensación tan intensa que daba vértigo. Cada uno de sus gestos me llamaba a gritos, su forma de caminar, su característica media sonrisa, el brillo inquieto de sus ojos…

Había estado con otros chicos, no lo niego. Tuve buena compañía durante el baile de graduación, en el instituto. Más tarde, ya en pleno apogeo universitario, salí con algunos durante cortas temporadas. Con unos me divertí, con otros tuve una conexión a un nivel más espiritual… pero con ninguno llegué a sentir ese vuelco en el estómago tan intenso que te deja casi sin aliento. Bueno, con uno sí. Con él. Con Edward.

El reencuentro fue algo brusco. Como estaba tan nerviosa no me atrevía a saludarle así que, cuando pasamos por su lado, Rose me dio un fuerte empujón ―ella siempre tan táctica―, lanzándome sobre él. Supongo que, al menos, debí impactarle, literalmente hablando.

Pasados unos instantes de confusión, me reconoció como la acosadora hermana de su mejor amigo ―eso era un poco humillante, conste en acta―, me invitó a una copa y estuvimos hablando hasta que nos echaron del local porque iban a cerrar. Una semana más tarde, me llamó preguntándome si quería acompañarle a un concierto de rock, asegurándome que tenía dos entradas y nadie con quien compartirlas. Sobra decir que ni siquiera recuerdo el nombre del grupo al que fuimos a ver, especialmente porque estuve sumamente ocupada mirándole embobada, pero sí sé que fue una de las mejores noches de mi vida.

A partir de ese día, comenzamos a quedar con más frecuencia. Normalmente, si era por la noche, Edward solía acompañarme hasta la puerta del minúsculo piso de estudiantes que, por aquel entonces, compartía con Rose. Una de las tantas noches que salimos, nos despedimos en el rellano y cerré la puerta cuando vi que él comenzaba a descender las escaleras del edificio para marcharse. Suspiré agotada, incapaz de moverme; siempre me sentía así tras estar con Edward, como si él fuese un furioso huracán que me arrebataba toda la energía.

Un minuto después, cuando todavía no me había movido de la puerta, llamaron al timbre. Pensé que se habría olvidado algo en mi bolso, pues habitualmente le guardaba alguna cosa, pero no me dio tiempo a preguntárselo. Lo único que vi, antes de que sus labios encontrasen los míos con desesperación, fue que el verde de sus ojos se había oscurecido, como el cielo cuando se avecina una tormenta.

Edward siempre conseguía que todo fuese sumamente intenso e inesperado. Siguió siendo así mucho tiempo después de aquel primer beso en la puerta de mi apartamento, incluso cuando ya llevábamos cuatro años saliendo juntos y más de uno conviviendo en un confortable piso a las afueras de Nueva York. El simple hecho de que me mirase, me hacía temblar por dentro. Pero todo aquello ya era historia, ¿no?

― ¿Por qué siempre tienes que ser tan fría? ―le reprochó Alice a Rose, antes de mirarme―. ¡Tengo una idea!, ¡deberíamos leer el horóscopo a ver qué dice!

―Sí, genial, un modo infalible para solucionar todos los problemas ―musitó Rose con ironía―. Y después podemos ir a comprar un poco de cuerno de unicornio para hacer la poción de la felicidad.

―Chicas, la realidad en más simple: no tengo ningún problema ―sonreí, esforzándome por aparentar despreocupación―. Seguramente no volveré a cruzarme con Edward. Estamos de vacaciones, ¡y me muero de ganas por estrenar mi nuevo biquini! Así pues, ¡en marcha!

Terminé de tomarme el café con leche y corrí hacia mi habitación, dispuesta a encontrar el fantástico biquini rojo, que había comprado la semana anterior, entre las docenas de prendas que había metido a presión en la maleta. Un día de playa, relajante y tranquilo, era exactamente lo que necesitaba para que todo volviese a la normalidad.

Estaba colocándome la parte superior del biquini, cuando llamaron al timbre de la puerta.

Quizá el señor Harrigan, el hombre que se encargaba del alquiler de los bungaló, se hubiese molestado al fin en traernos las toallas que le pedimos en cuanto llegamos.

El timbre sonó una segunda vez.

Me dirigí hacia el salón, al tiempo que enlazaba un último nudo en la zona del cuello, molesta porque ninguna de mis amigas se dignase a abrir la puerta.

―Oh, joder ―murmuré, tras toparme por segunda vez consecutiva con los verdes ojos de Edward en apenas unas horas.

A la luz del día, todavía tenía mejor aspecto. Una tortura, vamos. En secreto, cuando nos reencontramos con nuestras antiguas parejas, todas anhelamos descubrir que se han quedado medio calvos y les ha salido una prominente barriga inamovible, pero desgraciadamente no era el caso.

―Buenos días para ti también.

Sonrió y me miró descaradamente.

Entonces recordé que había abierto la puerta en biquini. Genial.

Era imbécil. ¿Por qué me estaba sonrojando? ¡Edward me había visto desnuda mil veces! En todo tipo de lugares, en todo tipo de posturas… Bien, eso no ayudaba a disipar el rubor que me cubría las mejillas.

―Estás increíble. En serio.

―Gracias. Tu madre no pensaba lo mismo ―escupí de pronto.

¿Qué narices me pasaba? Era como si un montón de pensamientos y recuerdos negativos invadiesen mi mente. Solo quería vomitar toda esa aura de maldad y cerrarle la puerta en las narices.

― ¿Cómo puedes acordarte ahora de eso? ―frunció el ceño―. Además, lo único que mi madre dijo fue que tenías un cuerpo curvilíneo.

―Lo cual se traduce por: eres una maldita vaca y no mereces estar con mi fantástico hijo.

Inconscientemente, me llevé una mano al estómago.

―Sigues comportándote como una psicópata.

Puse los ojos en blanco y sujeté con fuerza el marco de la puerta, hasta que se me quedaron los nudillos blancos.

―Vale, genial ―le mostré la sonrisa más falsa de mi repertorio de falsas sonrisas que solía utilizar a todas horas con mis compañeras de trabajo―. ¿Algún motivo especial al que debo el honor de que estés aquí?

―En realidad, sí ―curvó el labio hacia arriba y se le marcaron los hoyuelos―. Pensé que… dado el tiempo que ha pasado… podríamos… no sé, ¿salir a desayunar juntos?

―Un año, dos meses y catorce días.

― ¿Qué?

―El tiempo que ha pasado desde que rompimos.

―Ah, sí, vale ―se rascó la nuca distraído―. Lo que intentaba decir es que podríamos intentar ser amigos. En caso de que hayas superado lo que ocurrió, claro.

― ¡Por supuesto que sí! ―mi voz sonó ligeramente aguda, como si de un momento a otro fuese a cantar ópera―. Lo superé la sexta semana. Todo un logro, si tenemos en cuenta que el 80% de las mujeres tardan más de medio año en seguir adelante con sus vidas. Sí, el proceso fue… bastante tranquilo. Rosalie suele decir que saqué matrícula de honor en el examen de ruptura de pareja.

Reí con nerviosismo mientras él enarcaba las cejas. ¡Qué alguien me cerrase la boca, por favor!

Era como si no pudiese dejar de hablar. No sé por qué me desequilibraba tanto su presencia.

―Típico de Rosalie ―farfulló―. Tan adorable como de costumbre.

Nos sumimos en un silencio incómodo.

¿Qué se suponía que debía decir? ¡Eh, estás muy moreno! ¡En apenas unos años tendrás la piel llena de manchas, gilipollas! No, no parecía lo más adecuado.

Recurrí a las estadísticas. Es algo que nunca falla. ¿Te quedas sin tema de conversación? Di algo interesante, de algún asunto mundano con el que todos puedan sentirse identificados. Nadie comprueba finalmente si lo que has dicho es cierto o no. Además, a todo el mundo le apasionan los datos.

― ¿Sabes que la probabilidad de tener hemorroides es de una entre veinticinco?

Edward sonrió y sus ojos adquirieron un brillo fugaz bajo la luz del sol. El aire desapareció de mis pulmones y, durante unos instantes, me sentí extrañamente animada por haberle hecho feliz, como si estuviese participando en un programa de la televisión por cable y fuesen a darme puntos extra por mi hazaña o algo similar. Me obligué a recordar detalladamente lo mucho ―muchísimo― que le odiaba.

―Veo que sigues recurriendo a las estadísticas cuando te pones nerviosa ―comentó, sin dejar de sonreír―. Ahora que ya has roto el hielo con tu fórmula infalible… ¿desayunamos?

Cogí mucho aire de golpe.

Era una lástima que él conociese todos mis trucos.

― ¡Sí, perfecto! Espera aquí, salgo en un momento.

En cuanto cerré la puerta y me giré, descubrí a mis dos amigas espiándome deliberadamente.

Ambas fingieron no haberse percatado de lo ocurrido. Es más, Alice sostenía una revista al revés.

― ¿Vas a estrenar tu bonito biquini rojo o al final han surgido otros planes más interesantes? ―preguntó Rose con cierto retintín.

―No dramaticemos, tan solo es algo informal. Será rápido, estaré aquí antes de la hora de comer.

Caminé hacia la habitación y ambas me siguieron a toda velocidad.

― ¡Tengo razón!, ¡es el destino! ―Alice se llevó una mano al pecho―. Además, acabo de leer tu horóscopo, ¿quieres saber lo que dice? ―se colocó bien el escote de la camiseta y continuó hablando sin darme tiempo a contestar―. Asegura que algo increíble va a suceder en tu vida y que una persona de tu pasado tendrá mucho que ver con ese hecho.

―Hasta un mono manco podría escribir la sección de los horóscopos ―Rose rodó los ojos al tiempo que me arrebataba el veraniego vestido que acababa de sacar del armario―. No olvides que te partió el corazón. Puedes optar a algo mejor, Bella.

Me llevé los dedos al puente de la nariz y presioné con fuerza, intentando calmarme.

― ¿Crees que tengo intención de volver con él?

―Eso parece ―repiqueteó con el pie sobre el suelo, cruzada de brazos.

― ¡Y es tan romántico! ―Alice se dejó caer sobre la cama como en las películas adolescentes.

Hubiese estado bien, de no ser porque las tres teníamos ya veintisiete años y la escena parecía… ¿rara?

―No existe ni un 1% de probabilidades de que eso ocurra ―le aseguré―. Jamás le daría una segunda oportunidad. Confía en mí, Rose. Sé de lo que hablo.

Alice estaba tan apenada que pensé que lloraría de un momento a otro. Era como un cervatillo inocente en medio de una cacería. Vale, sí, admito que Bambi traumatizó mi infancia. Siempre quise denunciar a la compañía Disney por todos los daños irreparables que causó a mi cerebro.

― ¿Entonces por qué demonios quedas con él?

―Porque Edward piensa que no lo he superado, ¿lo entiendes? ―me metí el vestido azul por la cabeza y, tras alisarlo con las manos, me observé en el espejo de la habitación―. Me mira desde su altar de superioridad con esa sonrisita de idiota, convencido de que la ruptura fue por mi culpa y de que me merezco mi desgraciada vida. Tan solo quiero demostrarle lo increíblemente feliz que soy sin él. Es más, puede que hasta me invente que tengo novio.

― ¡Pero eso sería mentir! ―Alice abrazó con fuerza la almohada.

―Ali, eres muy madura ―farfulló Rose―. ¿Ves? Acabo de mentir. No pasa nada, todos lo hacemos constantemente ―me miró―. Me parece genial lo de decirle que tienes novio.

Me planteé no hacerlo, dado que no era buena señal que a Rosalie le gustase la idea. La quería mucho, pero en ocasiones era demasiado malévola ―como con Alice, por ejemplo―, seguramente porque tras tantos juicios e historias de papeleos se había ido convirtiendo en la típica abogada terrorífica. Y creedme, en los juzgados era temida hasta por los asesinos en serie. No tenía rival.

―Chicas, me tengo que ir ―cogí un pequeño bolso veraniego de muchos colorines―. Pasadlo bien en la playa. Llevo el móvil encima, por si necesitáis algo.

Alice comenzó a saltar en la cama. Sus enormes pechos ―naturales― se movían de un lado para otro de un modo hipnótico. Cualquier tío hubiese pagado más de cien pavos por ver semejante espectáculo.

― ¡Dale recuerdos a Edward de mi parte! ―exclamó.

―Claro, ¡lo haré!

Salí por la puerta, intentando no pensar en que la palabra más bonita que Edward le había dedicado a Alice había sido descerebrada. Por supuesto, mis amigas no tenían por qué saber lo mucho que él siempre las había detestado, ¿para qué meter cizaña? Un año atrás, cuando todavía estábamos juntos, solía fingir que Edward las apreciaba tanto como si fuesen sus hermanas pequeñas. Y ellas lo creían. Era una mentirosa sin remedio.

―Esto de esperarte durante horas mientras te arreglas me trae recuerdos ―musitó en cuanto avanzamos por el pedregoso camino de la entrada.

―A mí me trae recuerdos oírte protestar sobre lo mucho que tardo en arreglarme. Así que estamos en paz.

― ¿Te acuerdas de aquella vez que me quedé dormido en el sofá porque tenías que cambiarte los pendientes? Decías que no combinaban con el vestido que llevabas o no sé qué historia. Era demencial.

Tragué saliva despacio. Claro, por supuesto que no me había olvidado de aquella noche. No por los pendientes que finalmente escogí ―unos de color esmeralda, largos, con pequeñas incrustaciones de oro blanco―, sino porque fue el día que me propuso matrimonio.

Me engañó, asegurándome que cenaríamos en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, y pasé toda la tarde decidiendo qué modelo ponerme. Unas horas después, tras recorrer las calles de Nueva York en un coche de caballos a lo Carrie Bradshaw, descubrí que había preparado una cena romántica en Central Park, a la orilla del lago, con el típico mantel de picnic a cuadros rojos y blancos y velitas repartidas por todo el césped…

No era sano rememorar todo aquello, no.

Edward se subió a una moto que había aparcada en la acera y me miró sonriente.

― ¿Piensas robarla? ―reí tontamente.

―Es mía.

Esto… eh… no, no, no.

―Sabes lo mucho que odio las motocicletas ―dije entre dientes, pronunciando lentamente cada una de las palabras.

―Exacto. Esa es la razón por la que no tenía una cuando estábamos juntos ―apoyó el codo en el manillar―. Pero cuando lo dejamos pensé, ¿por qué narices no puedo tener algo que me encanta?

―Bien, me alegro por ti ―di un paso hacia atrás mientras balanceaba el bolsito de colores―. Ahora, si no te importa, me marcho a la playa con mis amigas. Qué pases un buen día, Edward.

Comencé a caminar de nuevo hacia el bungaló. Escuché el ronco sonido del motor al arrancar e instantes después él estaba a mi lado, montado en su fantástica y brillante motocicleta.

―Iré despacio, Bella ―me aseguró―. Iré tan despacio que pensarás que vamos en bicicleta.

―No. Imposible ―reí nerviosa―. ¿Sabes cuántas posibilidades hay de palmarla en un accidente de moto? ¡Infinitas!

― ¡Vamos, no seas gallina!

Presioné los labios, intentando no caer ante su provocación. Sabía cómo era Edward, me presionaba constantemente, enviando ondas de tensión hasta que finalmente me hacía estallar.

―Si lo que realmente te pasa es que no has superado lo nuestro, puedes decírmelo. Lo entiendo ―bajó el tono de voz―. De verdad que puedo comprenderlo, Bella. No te preocupes, con el tiempo lo verás todo de un modo diferente. Créeme, a mí me ocurrió.

¿Sabéis que la probabilidad de que la Tierra sufra el impacto letal de un asteroide en los próximos 100 años es de 1 entre 5.000? Si a esa ecuación le añadimos el hecho de que el mencionado asteroide debería caer sobre la cabeza de Edward, ¿cuáles son las posibilidades?

Dejé de caminar, cogí mucho aire de golpe y alzando una pierna en alto, me subí en la parte trasera de la motocicleta. Vibraba. De pronto, todo mi cuerpo vibraba, tanto por su presencia, como por el cacharro sobre el que acababa de montar. Era una sensación espeluznante. Edward se volvió, con una estúpida sonrisa de suficiencia, y me abrochó el casco. Antes de que pudiese incorporarse a la carretera, le pellizqué el brazo.

―Te advierto una cosa: si en algún instante, por pequeño que sea, sobrepasas los treinta kilómetros por hora…

― ¿Qué ocurrirá si lo hago? ―preguntó socarrón.

―No sé, no sé ―medité, llevándome un dedo a la barbilla―. Todavía tengo por casa ese video que grabamos… sí, ése en el que salíamos ambos con poca ropa.

― ¿En serio? ―se movió hacia atrás, hasta que su espalda chocó contra mi pecho―. ¿Y no podrías enviarme una copia?

―Sí, por supuesto. Y también otra a tu madre ―apunté―. Tengo entendido que le encantan las películas de acción. Además, así podrá criticar cada centímetro de mi cuerpo a conciencia. Puedes enseñarle a congelar la imagen en el video, para que me estudie desde todos los ángulos.

Edward soltó una carcajada y comenzamos a avanzar lentamente por la carretera, cerca de la cuneta, dejando que los demás coches nos adelantasen. Me esforcé por separarme todo lo posible de su cuerpo, pero no era una tarea sencilla dado el escaso espacio que había.

Casi me sorprendió que cumpliese su palabra. Durante todo el camino, mantuve la vista fija en la carretera, a pesar de que a la derecha se veía la preciosa zona de la costa, a la espera de que él acelerase de un momento a otro, lanzándonos a ambos por los aires. Pero no ocurrió. Cuando bajé de la moto, seguía viva. Era un milagro.

Entramos en un típico restaurante de playa y nos acomodamos en la terraza. El camarero saludó a Edward como si le conociese de toda la vida y ambos pedimos el desayuno popular que, en resumen, consistía en un sinfín de grasas saturadas y alrededor de tres mil calorías por cabeza.

Olía a sal marina y la brisa del mar soplaba ligeramente, revolviéndome el cabello. Debía admitir que el lugar tenía su encanto.

Edward apoyó los antebrazos sobre la mesa, cogió un palillo y comenzó a moverlo entre sus dedos. Había olvidado que, cuando estaba sentado, normalmente necesitaba tener algo en la mano. Cualquier cosa.

En ocasiones se entretenía con mi pelo, mientras veíamos una película, enroscando y desenroscando un mechón de cabello entre sus largos dedos.

Sacudí la cabeza, expulsando de golpe aquel recuerdo.

―Y dime, ¿qué tal está Cereza? ―preguntó.

Qué cuestión tan… interesante.

Cuando llevábamos un mes viviendo juntos, decidimos tener una mascota. Edward quería un gato, pero a mí mi parecía demasiada responsabilidad ―y ni hablar de tener un perro―, así que finalmente conseguimos llegar a un acuerdo, tras arduas discusiones que parecían no tener fin, y decidimos comprar un hámster.

Le llamamos Cereza. Nunca tuvimos claro si era hembra o macho, pero como su pelaje era totalmente de color blanco, se nos antojó como un signo de feminidad.

Lamentablemente, Cereza murió tres días después de que nuestra relación se rompiese. En serio.

Fue increíble. ¿Habéis visto esos artículos de periódico donde los dueños de algunos animales explican que éstos no pueden superar la marcha de un ser querido? Algo similar le ocurrió a Cereza.

Murió porque se atragantó con una de sus pipas. Y aunque nunca lo admitiré en voz alta, estoy segura en un 95% de que la culpa la tuvo Edward, porque fue él quien se largó, a fin de cuentas. Pobre Cereza.

Pobre.

―Está bien ―mentí―. Feliz en su jaula, como siempre. Comiendo sin parar.

Edward me miró fijamente mientras el camarero dejaba el ingente desayuno sobre la mesa. Cuando éste se marchó, comencé a untar un panecillo con mantequilla.

―Bella, estás mintiendo.

― ¿Qué?, ¿por qué dices eso? ―reí Una risa estrangulada, de esas que se te quedan atascadas en la garganta.

―Sé cuándo mientes. Dejas de pestañar.

― ¿perdona? Oh Dios, definitivamente no me conoces en absoluto. Tuvimos suerte de que surgiese esa… esa discusión imprevista y que canceláramos todos nuestros planes de futuro ―comencé a divagar―. ¿Sabes cuántas probabilidades hay de que alguna vez aciertes en algo que esté relacionado conmigo? ¡Ninguna!

Edward se frotó la incipiente barba.

―No te esfuerces. Sé a ciencia cierta que no pestañas mientras estás mintiendo. Y eso es exactamente lo que has hecho mientras hablabas de Cereza.

Negué con la cabeza, masticando un trozo de huevo frito.

―Al menos podréis tener la decencia de admitir que nuestro hámster la palmó.

―Dejó de ser nuestro en el momento que te marchaste. Y pasó a ser mi hámster. Y sí vale, ahora está en un lugar mejor con otros muchos roedores felices, ¡pero fue por tu culpa! No pudo superar la ruptura ―tosí atragantándome―. Contrariamente a lo que me ocurrió a mí, por supuesto.

Suspiró

―No hacía falta que lo dijeses en voz alta. Sé que cualquier desgracia que ocurra en tu vida siempre es por mi culpa ―se señaló a sí mismo con el dedo―. Soy omnipresente. Soy el único hombre capaz de asesinar hámsteres a distancia. Es un don que Dios me dio.

El desayuno me estaba dando ganas de vomitar. La situación me resultaba familiar. Típico de nosotros, salir a pasar un buen rato, al lugar más relajado sobre la faz de la tierra, y terminar discutiendo sobre quién mató a Cereza.

―Este sitio es genial. Muy bonito ―dije, intentando cambiar el rumbo de la conversación―. Así pues… ¿Cómo te trata la vida?, ¿A qué te dedicas ahora?

Y por ahora me referí precisamente a eso, ahora, no ayer o la semana anterior, dado que Edward solía cambiar de trabajo casi mensualmente, como poco, alegando que se aburría rápidamente de sus quehaceres. Como si los demás seres humanos nos levantásemos todos los días a las seis de la mañana pensando: ¡Ah, qué genial!, ¡Otro día más de maravilloso trabajo! ¡Espléndido! ¿Qué sorpresas me deparará el día? ¡No puedo esperar para subir al maloliente metro atestado de gente e ir al curro!.

¿Pero habría servido de algo decírselo? No. Es más, había sido uno de los temas por los que más discutimos. Según él, no comprendía su pasión, sus ansias de descubrir nuevos horizontes que explorar, sus… sus tonterías, básicamente.

―Tengo una empresa.

― ¿Cómo?

Me incliné sobre la mesa. Estaba segura de haber escuchado mal.

―En la empresa ofrecemos cursos de surf para turistas y residentes que quieren iniciarse en ese deporte ―detalló con un tono extrañamente profesional―. Y me gusta. No sabes cuánto. Te sorprenderá saber que abrí la empresa dos meses después de nuestra ruptura y… sigue en pie. El negocio no podría ir mejor.

Fruncí el ceño. Tenía que ser una broma.

― ¿Puedes volver a explicármelo todo?

Edward rió, satisfecho ante mi desconcierto.

Menudo idiota. Pues vale, pues bien por él. Tenía una empresa de surf, ¿…? Yo era editora de un prestigioso sello editorial. Pasaba veinte horas al día leyendo estúpidas novelas de amor que llenaban de fantasías y mentiras la cabeza de miles de mujeres inocentes.

Nota mental: ¿Cuántas vidas habría arruinado por culpa de las novelas que publicaba? ¿Cuántas mujeres ingenuas estarían ahora abrazando uno de esos libros, con lágrimas en los ojos, mientras miraban a sus incompetentes maridos tirados en el sofá con una cerveza en la mano?

―Ahora vamos a expandirnos un poco. Hace unas semanas, decidimos abrir una tienda enfocada a los deportes acuáticos. Así podremos recomendar a los clientes nuestros propios artículos. Todavía estamos buscando un local adecuado, pero la cosa marcha bien.

Proseguí comiendo, masticando lentamente el desayuno, temiendo que me saliese una ulcera o algo parecido. Pero me alegraba por él, ¡Claro que sí. Era genial que Edward hubiese seguido con su vida tan fácilmente. Estupendo. Solo había tenido que eliminarme de su entorno para que todo le fuese a las mil maravillas.

―Bella, ¿Estás bien?

―Sí claro.

― ¿Qué opinas de la empresa? Di algo, al menos.

―Oh, cierto ―me tapé la boca para tragar―. Creo que es increíble. Te lo mereces, en serio. Me alegro mucho por ti.

Edward dejó a un lado su servilleta y se recostó sobre el respaldo de la silla. La brisa del mar sacudía su cabello.

―No estás pestañando.

― ¡por supuesto que sí!

Batí las pestañas rápidamente y Edward rió. Tenía una sonrisa perfecta, de esas sinceras, esas que nacen de un modo natural y que van acompañadas de una mirada significativa. No se trataba de su irresistible sonrisa, aquella que ensayaba de buena mañana frente al espejo, ésta era la verdadera, la que tiempo atrás solía dedicarme cada día.

―Deberías haber creído en mí… en algún momento ―comenzó a decir, de pronto mostrándose más serio de lo que era habitual en alguien tan despreocupado como él―. Yo siempre te apoyé en todo. En todo ―repitió, perdido en sus pensamientos.

― ¡Yo creía en ti! ―protesté―. Es decir, casi siempre. No era fácil, ¿vale? Variabas de opinión constantemente, tenías ideas nuevas cada semana…

Nos quedamos ambos en silencio, incapaces de continuar hablando. El camarero trajo otra cestita de pan y la depositó delicadamente sobre la mesa.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí, sin decirnos nada, sin mirarnos, sin tocar el pan recién horneado, tan solo observando fijamente el ondulante mar y escuchando el melancólico sonido que las olas producían al romperse en la orilla.

En un momento dado, advertí que me sentía relajada a pesar de que Edward estaba enfrente y, durante unos segundos, creí ver cómo hubiese sido mi vida si todavía continuásemos juntos, pasando unas idílicas vacaciones en California, tan solo nosotros dos…

―Entonces, ¿tú estás bien? ―me sobresaltó cuando habló, sacándome de mis ensoñaciones. Sus ojos se clavaron en los míos―. ¿De verdad?

Me esforcé por pestañear.

― Sí. Estoy perfectamente.


¿Van agarrando ya el hilo? ¿Quién de los dos fue el que metió la pata? y el pobre Cereza muriendo por el abandono de Edward xd
Estaré actualizando pronto chic s, probablemente sea para el jueves o viernes.. A menos que reciba mucho incentivo y quizá me quede hoy hasta tarde para subir el tercero ;),jaja.

Los quiero n_n. ¿Review para mi?