Acto II: Influencia

No era posible que hace tres años atrás fuese una sombra de lo que sus antepasados alguna vez fueron. Pero eso sólo probaba que el aristócrata dentro del alto y delgado cuerpo de Draco Malfoy estaba renuente a morir. Si hace tres años se sentía triste, desolado y vencido, en ese momento disfrutaba de un segundo aire, y el nombre Astoria Greengrass tenía mucho que ver con aquel renovado espíritu.

Su familia estaba dividida. Después de la Batalla de Hogwarts, hubo una seria discusión familiar que duró meses. Narcissa insistía en alejarse de todo el maldito asunto de la magia hasta que la ignominia a la que la familia estaba sujeta se desvaneciese; Lucius no quería esperar para recapturar la antigua nobleza de su linaje. A Draco le importaba poco lo que decidieran sus padres: para él, su camino no estaba en alejarse del mundo mágico o en reencender la flama Malfoy. El truco estaba en buscar su propia gloria, hacer su propio nombre en el mundo mágico. Y Astoria, su actual esposa, jugó un papel crítico en su epopeya de ave fénix.

Sin embargo, los caminos que Draco debió elegir para dejar su nombre en la historia era, cuando menos, cuestionables. Y lo peor era que Astoria no tenía ni idea de lo que su marido planeaba. Ella había apoyado a Draco de manera incondicional, ella lo amaba de verdad, pero él sólo pretendía amar a su esposa. La única razón por la cual él estaba casado con ella era el acceso a la influencia de los padres de Astoria para conseguir recursos. Recursos que le iban a ayudar a grabar su apellido más que su nombre en los anales de la historia mágica.

Gracias a las conexiones que tenían los padres de su mujer, Draco consiguió poner un hombre dentro de Ministerio de la Magia, un espía que le suministraba información precisa y crucial acerca de todos los movimientos que se realizaban dentro de la institución gubernamental. Pero ese no era más que el primer paso. El segundo consistía en un montaje de tal envergadura que necesitaría establecer vínculos sociales y estratégicos con los dueños del único banco mágico de Inglaterra. Y los padres de Astoria no le decepcionaron, claro que ellos no tenían ni la más leve idea de lo que Draco estaba planeando. Sus suegros creían que estaba tratando de recuperar la gloria Malfoy de una manera pacífica y con intenciones benéficas, darle la vuelta a la tortilla en lo que respectaba a la reputación de su linaje.

Para Draco, la confianza era un arma de doble filo. Y como el Slytherin que era, él no iba a usar recursos que podrían estallarle en la cara. No iba a tomar riesgo alguno: todo debía estar calculado al milímetro, la mentira que estaba cocinando debía creerla todo el mundo, sin excepción. Cualquiera que supiese sus intenciones creería que estaba haciendo todo eso con un propósito ambicioso. De todos modos, altas ambiciones requerían altos sacrificios. Pero Draco no quería dominar el mundo mágico, no deseaba comandar las voluntades de millones de personas a lo largo y ancho del país. Su objetivo era simple, rayano en lo infantil.

Orden y caos.

"Si quieres crear orden, siembra el caos" era el adagio favorito de Draco. O al menos ese era su propósito superficial, porque en todo el esquema que estaba fabricando, había algo más personal, más cercano a su orgullo que a cualquier otra cualidad de él. Y por eso que el aristócrata en su interior se negaba a morir. Tenía asuntos pendientes con la sociedad mágica, con la sociedad que lo vio nacer y que lo llevó a su abrupta caída. Como consecuencia, su familia cayó en la disensión y en la ignominia, enconando a sus padres y creando un abismo del que podría no haber habido escape si no fuese por la buena voluntad de Daphne Greengrass de conseguirle una cita con su hermana. Ninguna de las hermanas Greengrass se había visto afectada por la guerra, pero Astoria sufría de un insoportable complejo de inferioridad gracias a su hermana mayor. Pero Draco soportó el carácter de su mujer, aunque sólo fuese para conseguir más influencia y disponer de más conexiones con otros aristócratas o un personaje de alto rango en el Ministerio. No estaba consciente de eso, pero su modus operandi era muy similar al de su padre durante la Primera Guerra.

Ese día, Draco estaba un poco cansado. Un trámite de importancia en la noche no era usual para él, pero en esa ocasión, era necesario. Uno de los gajes de tener un gran plan era cuidar cada detalle con esmero, porque por un detalle se podía venir todo abajo, tal como una grieta en un cimiento podía socavar un edificio completo. Pese a que no había visto algo diferente de lo normal, lo que venía a significar que todo iba de acuerdo con el plan, una persona inesperada había vuelto a molestarlo. No habría ningún problema si se tratara de otro individuo, pero no era el caso.

Tenía que actuar rápida y sigilosamente para neutralizar cualquier amenaza a sus esquemas.

Ese sujeto era peligroso, muy peligroso. Era la única persona en el país que podía sacar todos los trapos sucios a la luz, sin importar cuán cauteloso fuese con las menudencias del plan. Y, lo que hacía las cosas peor, estaba tratando de reparar su relación con ese individuo. Draco no quería ser su amigo: sólo lo hacía para mantener las apariencias y evitar los problemas.

Y con esa maniobra se ganó otro enemigo inesperado: la prensa.

Desde la primera vez que Draco intercambió palabra con este sujeto, el periódico y otras revistas estúpidas comenzaron a hacer especulaciones muy disparatadas sobre el tema. Cada vez que era entrevistado sobre el asunto, Draco respondía con monosílabos o con evasivas antes de transportarse a otro sitio. Aquello no hizo otra cosa que avivar los fuegos de las conjeturas.

Astoria apareció en la sala de estar. Llevaba una bandeja con té y unos panecillos. Lucía feliz. Draco pretendía estar despierto, pero en realidad se moría de sueño. Se le notaba en los ojos y en la postura que necesitaba un descanso muy largo. Su esposa notó de inmediato que él tenía que estar en la cama y no sentado en un sillón, leyendo el periódico con una expresión apropiada para alguien que hubiese bebido un vaso de vinagre de un trago.

—¿Mi amor? ¿Por qué no vas a la cama y duermes unas horas? No puedes estar forzando la vista con el sueño pesando sobre ti.

Draco miró a su mujer como si ella le hubiese dicho que se tirara de un puente.

—No puedo dormir, no con esta maldita noticia en todos los periódicos del país. ¡Mira!

Astoria tomó el periódico y contempló la primera plana.

—¿Es verdad? ¿Tienen razón los que escribieron la noticia?

—No…

—Entonces, ¿por qué te preocupas? Le das mucha importancia a lo que está escrito en esos periódicos, y sabes que no siempre es correcta la información que allí aparece. ¿Por qué no te tomas un té, comes unos panecillos y te hago un masaje antes que te quedes dormido? Si tienes suerte, hasta podrías disfrutar de una recompensa.

Draco captó la indirecta al vuelo. Otro de los beneficios de estar casado con una mujer como Astoria, era que ella siempre estaba dispuesta a complacerlo, ya sea en la cama o fuera de ella. Por supuesto, a él le gustaba más lo primero. Para Draco, el sexo sin amor existía, y lo estaba disfrutando todo el tiempo. Sólo alguien como él no se aburriría con eso, aunque hubiesen pasado años desde que contrajo matrimonio.

—Está bien —dijo Draco con un dejo de irritabilidad para que la charada fuese creíble. Astoria le sonrió y juntos partieron al segundo piso de la casa. El desenlace de aquello fue predecible.

Draco despertó al día siguiente. Astoria no estaba con él, pero imaginó que debía estar ocupándose de los deberes caseros, según él, como debía ser en una familia de alta alcurnia. Se vistió y cuando entró al comedor, se encontró con el desayuno listo. Era cierto que podría haber conseguido el mismo efecto con un elfo doméstico, pero éste no le iba a ayudar a conectar con familias poderosas e influyentes.

Una vez que llenó su estomago, consultó su agenda, buscando las tareas para ese día. A las dos de la tarde tenía que llegarle un reporte de su infiltrado en el Ministerio y una hora antes debía hacer lo mismo de uno de sus agentes, dado que otro ya fue capturado por esos malditos Aurors. Aunque, como recordó más tarde, esa era la idea.

Draco pasó el rato leyendo libros. Astoria había terminado de realizar sus labores y en ese momento se ocupaba de mantenerse al tanto de sus amistades y contactos, ayudando un poco con la labor de su esposo, sin saber cuáles eran sus verdaderas intenciones por supuesto. El primer reporte llegó y Draco no se sobresaltó para nada: ese suceso era de esperarse. El infiltrado del Ministerio llegó, sin embargo, con un trozo explosivo de información.

Era el momento de visitar a un antiguo enemigo.