La vida se burlaba de él sin piedad alguna. Desde que la conoció y hasta que se dio cuenta de que estaba enamorado, Obito Uchiha había intentado por más de diez años reunir la valentía suficiente para confesársele a su mejor amiga. Se había prometido hacerlo una vez alcanzara su promoción al rango jonin. Lo que debía ser un día magnífico, lo arruinó por su impaciencia, por no pensar bien las cosas. Esa tarde se sintió estúpido por algo que ya sabía, pero la última parte esperanzada de él le había dicho que debía intentarlo, que no era lo correcto seguir guardándoselo. Y Rin era tan buena amiga, que se apenó en aclararle que lo veía como a un amigo, como al "hermano que nunca tuvo", y que estaba enamorada de alguien más. No era necesario que le aclarara que ese alguien era Kakashi, al cual cada vez veía menos, constantemente requerido por Minato como una especie de joven asistente de toda hora.
Esa noche volvió tan amargado al barrio Uchiha, que incluso olvidó pasar por la casa de una ancianita a quien se le había ofrecido a hacerle los recados para la mañana siguiente. Anunció su llegada a la entrada, y miró los pergaminos de sus progenitores. Podían olvidarse de tener nietos, él había nacido para estar solo.
Se sentó y, a diferencia de lo que hacía pocos años atrás, se obligó a comer mecánicamente. No necesitaba encender las luces, no quería escapar de la oscuridad. Si las encendía, la soledad insoportable del que se suponía era su hogar le golpearía de manera insoportable, señalándole con crueldad la segunda silla en la que nunca se había sentado nadie, no al menos por genuino interés en su persona.
Los fideos fríos no necesitaban recalentarse, porque en esos momentos estaba realmente inapetente. Se obligaba a comer, debía mantener su cuerpo fuerte. El sabor y la temperatura no importaban. Tampoco había invitado nunca a Rin, avergonzado por la simpleza de su hogar. Ahora no lo haría jamás. No era como si tuviera a alguien con quien compartir la mesa.
Obito Uchiha ya no quería ver su mesa durante las comidas. Incluso había cambiado hacía años una grande que había heredado de sus padres, por un kotatsu que no le hiciera sentir el peso del espacio vacío. Sus padres habían compartido aquella mesa, porque eran una familia. Él ni siquiera tuvo la oportunidad de recordar esas épocas. No había nada que atesorar.
Dejó los palillos a un lado y se quedó inmóvil, la débil luz nocturna colándose levemente por la ventana que últimamente no se molestaba en cerrar. Había dejado de acumular cosas que pudieran interesarle. El azul frío era deprimente, pero Obito no podía separar sus ojos abiertos de la única luz que se asomaba entre las tinieblas, los ojos grandes congelados como si se tratara de un cadáver.
Normalmente allí era cuando se levantaba y lavaba la vajilla, pero esa noche no le apetecía. Había comido casi todo un plato que no le interesaba, ya había hecho suficiente por él. No lavaría ni ordenaría nada. Quería quedarse ahí, prendido del azul tenue, hundido en su propia miseria.
Pero cada vez que le pasaban esos momentos más y más recurrentes, una voz de alarma le decía en su interior que escapara, que huyera o que hiciera cualquier otra cosa en vez de estarse quieto.
A Obito cada vez le costaba más, cada vez lo quería lograr menos. Su sueño de ser Hokage le pareció una minucia, ya debería haber mostrado cualidades suficientes, y de todos modos esa noche sabía que no tendría el amor de Rin.
Rin.
Hokage.
Rin.
Hokage.
Rin.
Rin.
Rin.
De repente parpadeó, cayendo en la cuenta. Intentó levantarse, pero no pudo. O posiblemente no lo intentó, porque no quería.
Insultándose a sí mismo por enésima vez en el día, puso sus manos en la mesa y se obligó a incorporarse, como si el cuerpo le pesara. Caminó hacia la ventana y estiró la pierna, ya estaba demasiado grande como para seguir dando saltos de adolescente.
Por eso mismo, simplemente se aferró al techo y con una flexión de brazos, se izó. Una vez arriba, se recostó pesadamente, como si su agilidad hubiera desaparecido con el paso de los años. Miró a las estrellas con pesar, esa noche la luna era tapada por algunas nubes, por lo que la luminosidad se encontraba bastante disminuida. Igual que los ánimos de su corazón.
Mientras contemplaba el cielo y las pocas estrellas titilantes, finalmente se escaparon las primeras lágrimas que antes habían estado ausentes. Se sorprendió un poco al constatar que no habían sido más de tres o cuatro. Pronto, su rostro estaba totalmente seco de nuevo. Luego creyó comprender por qué no tenía más lágrimas en su interior.
Hacía años que lo sabía y se daba constantemente la cabeza contra la realidad. Era un tonto.
Obito miró las pocas estrellas visibles una vez más, entrecerrando los ojos. El azul era conmovedor siempre, pero esa noche no le impresionaba. No le impresionaba nada de la vida desenvolviéndose a su alrededor. Y estaba cansado como para tener más paciencia.
Antes de que se cumpliera la hora de ir a dormir, bajó molesto y se internó en la oscura casa. Obito ya no se quedaba bajo la paz de las estrellas tanto tiempo como antes.
Se cambió con tedio y se acostó en su futón, echándose algunos viejos trajes azules del clan encima para retener el calor. No pensaba cerrar la ventana, porque sentía que podía quedarse sin aire. Se abrazó con fuerza a la almohada y fue cerrando los ojos, durmiéndose pesadamente casi al instante. Obito no quería encontrarse esa noche con sus pensamientos. Tanto, que no fue consciente de que ciertas partes de su cuerpo atravesaban intermitentemente el espacio-tiempo de la realidad en la que vivía.
La mañana siguiente le trajo un malestar que le recordó a un viejo año oculto en su memoria. El halcón volvió a tirarle un pesado pergamino en la cabeza, y Obito no escatimó en insultos ante las desventajas de seguir durmiendo con la ventana abierta.
Leer esa noticia no fue de su agrado. Creyó que estaría al margen de la organización de los exámenes chūnin, pero allí se le requería, para volver a cuidar del trío de la Roca. De una patada hizo volar mantas y yukata por igual y se preparó un desayuno con huevos lo suficientemente calórico para soportar esa jornada. ¿Cómo podía ser que Minato no les avisara con antelación, y decidiera reservarse la noticia para la mañana de la llegada de sus visitantes? Apurado, buscó su frasco de gotas y lo midió según su peso, para entonces colocarse la correspondiente en cada ojo. Ya debía dejar atrás esa tonta costumbre de niño, hacía tiempo que tenía el sharingan con sus tres aspas. Apenas cayera la última gota, se olvidaría de ellas para siempre.
Salió apresurado, esa mañana llegaría temprano. No tenía intenciones de llegar tarde, a pesar de que tendría que volver a ver a Rin. Sería responsable con su trabajo.
Retrocedió unas decenas de metros en el camino, volviendo a la casa de la abuelita. Después de todo, no quería ver a Rin tan pronto. Golpeó la puerta, decidiendo anteponer el recado a toda obligación.
Ver la cara de Rin ponerse incómoda con su presencia, escuchar la expresión nerviosa de Minato y corroborar que dos de los chiquillos ya eran chūnin desde los diez años no contribuyó para nada a mejorar su humor. A pesar de que él mismo se había graduado a una edad temprana, su logro siempre fue opacado por la cantidad de veces en las que tropezó, al tiempo que Kakashi hizo una carrera fulgurante para ascender a jōnin.
Tampoco ayudaba tener que cuidar del mismo trío peligroso sólo con Rin debido a la falta de shinobi libres. Rogaba por que los niños no empezaran a salirle con idioteces como el amor, porque no iba a responder bien. Ya no tenía la mejor de las disposiciones de los años pasados.
El protocolo no fue tan estirado como la vez pasada. El Tsuchikage le sonrió levemente con la mirada en un gesto que no parecía amenazador, y se retiró a ver los exámenes con el Hokage. Mientras tanto, Rin se quedó con Akatsuchi, quien daría el examen, y Kurotsuchi, quien estaba muy entusiasmada y no paraba de gritarle a su amigo que les rompiera el culo a todos. A Obito ese examen no podía importarle menos por el nivel de apatía con el que había amanecido, pero aun así se sorprendió al corroborar que Deidara se acordaba bastante de él en específico.
Cuando el púber quiso retirarse del examen, Obito y Rin acordaron con una breve mirada que él le escoltaría.
Le siguió con las manos en los bolsillos, intentando recordar cómo se veía hacía seis años y evaluando qué tanto había crecido. Por lo visto, se estaba dejando crecer el cabello, ya que ahora pasaba del nivel de los hombros, y comenzaba a cultivar un particular medio flequillo. Al menos esa vez Deidara pasaba limpiamente de la altura de su rodilla, y ya no iba trotando y gritando por cuanto lugar nuevo se presentara ante sus ojos. Suspiró, al tener doce años no debería darle tanto trabajo como la primera vez.
–¿Te gusta el arte?– el chico se dio la vuelta, mirándolo a contraluz, luego de salir del edificio.
Obito se quedó pasmado.
–¿Qué?
Deidara rodó los infantiles ojos.
–Si te gusta el arte. Creo que el viejo lo odia, hm.
–No– largó inseguro.
–Todos dicen que sí. Pero luego no me escuchan. Tú sí vas a escucharme, hm.
Obito sintió un frío correr por su espalda. El mocoso podría ser que hubiese dejado de comportarse como un gritón malcriado, pero ahora mostraba claras señales de querer hablar una eternidad sobre un tema que no le interesaba en esos instantes.
Toda la tarde lo estuvo siguiendo, escuchando mudamente su monólogo. Deidara decía muchas cosas sobre el arte, totalmente obsesionado, pero no parecía tener las ideas del todo claras. Obito empezaba a desesperarse. ¿Qué quería ese chico de su vida? Si no lograr lo que tan tempranamente se propuso en la suya le estresaba, escuchar la particular plática de Deidara lo hacía aún más.
–Deidara, ¿acaso no eres un ninja?– se paró un momento, al borde del Bosque de la Muerte, mirando la bandana que por primera vez le cubría la frente. Recordó difusamente cuando, en un bosque parecido, un enano le gritó algo de que sería ninja y le patearía el trasero.
–Una cosa no quita a la otra, hm– zanjó. Quizás debía dar por cerrada esa pobre charla con Obito Uchiha, el tipo no parecía entender lo importante –. ¿Crees que ya hayan terminado?
Obito miró la posición del sol en el cielo. El crepúsculo se apropiaba rápidamente de la esfera celeste.
–Volvamos.
Los reclamos de Kurotsuchi, mezclados con los festejos de felicidad por los buenos resultados de Akatsuchi, no parecieron hacer gran mella en Deidara. Antes de la medianoche, los llevaron al hostal de las visitas importantes y los entregaron al cuidado de Kitsuchi. Una vez Deidara se hubo despedido de él, decidió desaparecer antes de tener que mediar palabras con Rin.
Al día siguiente llegó con el tiempo justo. Les habían ofrecido hospedarse cerca, pero no quería estar cerca de Rin en esos días. Su amiga se mostraba preocupada, pero Obito esperaba que entendiera que no estaba enojado con ella, y que la situación era temporal. Aunque en su fuero interno dudaba de ello.
Cuando ingresaron a la sala común, Kurotsuchi le estaba haciendo una llave en la espalda al grandote de Akatsuchi, mientras que Deidara gritaba algo de que el arte no podía ser para los viejos como Onoki, parado sobre la mesa del comedor.
Rin ingresó con una sonrisa, y Obito un poco perturbado.
La parte final del examen se daría en un solo encuentro que se extendería el tiempo que fuera necesario, sin dar lugar a descanso para los candidatos, por lo que los chicos ya se habían preparado desde temprano. Aun así, Akatsuchi se notaba nervioso, por lo que Rin se lo llevó a hablar a solas para intentar tranquilizarle. El chico estaba cada vez más pendiente de las palabras y el rostro de Rin, pero a diferencia de la costumbre, Obito no sintió la habitual punzada de celos. Se giró y al encontrarse con la mirada inquisidora de los otros dos, se colocó las dos últimas gotas en los ojos. El envase se había vaciado, y con él debía dejar atrás esa costumbre, como tantas otras cosas estaba dejando partir últimamente. Lo tiró en un cesto de la sala sin sentir nada en especial.
–¿Desde cuándo usas drogas oftálmicas?– Deidara bajó de la mesa de un salto, recogió la botellita del cesto y leyó las indicaciones, curioso.
Obito se quedó de una pieza. No lo podía creer. Unas simples gotas eran confundidas con sustancias ilícitas.
–¡E-ey! ¡¿De dónde sacas esas cosas?!– farfulló sonrosado.
Kurotsuchi se adelantó a responder por su amigo.
–A Deidara-nii le gustan los chicos drogadictos– resolvió, alzando sus manos y hombros.
–¡No es cierto, hm!– se defendió, sonrojándose con rapidez.
–Claro que es cierto. ¿No es así, Aka?– levantó la voz.
–¡No molestes!– Akatsuchi no quería que lo sacaran del momento donde una chica hermosa le daba consejos sobre algo que ya no escuchaba. En fin, su momento.
–¡Yo no soy un drogadicto!– Obito caminó apurado y le arrancó el frasco de las manos a Deidara, volviéndolo a tirar al cesto.
Rin interrumpió su plática para mirarlo con los ojos abiertos como platos. Perfecto, ahora había quedado peor aún. Rin no querría hablarle en meses.
Mientras le esquivaba la mirada consternado, pilló a Deidara volviendo a tomar las gotas y enfrascándose en la lectura de la etiqueta, por lo que se vio obligado a arrebatárselas una vez más y guardarse el frasquito en el chaleco táctico.
–¿Lo ves? A Deidara-nii le pueden los toxicómanos– Kurotsuchi le palmeó el hombro a su amigo.
Los ojos azules se movieron con incomodidad.
–¿Obito?– la voz de Rin sonó preocupada. ¿Obito había caído en las drogas por su rechazo? Apenas si hacían dos días de eso, no podía ser posible.
–¡Cállate tonta, hm!– farfulló Deidara tapándole la boca a su amiga, su reacción, anormalmente tardía.
Estaban a punto de irse a las manos, mientras que Rin lo miraba desconcertada, y Akatsuchi no se daba por enterado de que llegaría tarde. Obito se giró hacia la entrada, exhalando con fuerza.
–Vámonos, llegaremos tarde.
Cuando llegaron, se enteraron de que Akatsuchi pelearía en el último lugar de la primera ronda. A diferencia de lo que habría hecho él y su antiguo equipo, los de Iwa decidieron ir a dar una vuelta en búsqueda de algo para almorzar, en apariencia demasiado confiados como para tomar nota de posibles rivales de su edad.
Se atragantó cuando se enteró de que Deidara ya no era más requerido para misiones de rango D, habiendo contabilizado sólo cuatro de ellas en su corta vida. Rin lo felicitó y todos los de Iwa se mostraron altaneros, mientras él recordaba cómo había maldecido el número ochenta y seis durante sus primeros años como shinobi.
Deidara reparó de inmediato en su silencio.
–¿Cuántas misiones rango D has cumplido?
Obito frunció el ceño y masticó con más fuerza. Rin observó con alerta el duelo de miradas, pero prefirió tranquilizarse y confiar en la madurez de su amigo. Después de todo, Obito ya no era un niño.
–Tan pocas que ni siquiera tengo por qué recordarlo– respondió con mala cara.
Rin se tomó de la frente, ocultando un suspiro. Creía que Obito ya había dejado atrás las competiciones con otros varones, más si estos eran niños, pero quizás estaba equivocada.
–Más importante que eso– paró para tomar agua –. Voy a ser el próximo Hokage. La naturaleza de las misiones es algo que no me preocupa desde hace años– añadió con voz confiada.
Deidara achicó los ojos. Ambos recordaron cuando el pequeño le había dicho que, al convertirse en ninja, derrotaría a todos los shinobi, Obito incluido. Aceptó el reto.
–Ser kage es una estupidez, hm.
–Oh, ¿no querían ser kage los tres?– se burló de la infantil idea.
–¡Yo seré la próxima Tsuchikage! Sacaré al viejo terco de su puesto– interrumpió Kurotsuchi muy oronda.
Rin sonrió, simpatizando de inmediato con el anhelo de la niña.
–Cualquiera que sea la nieta del Tsuchikage tiene el lugar ganado– retrucó Akatsuchi, atorándose insanamente con arroz.
Kurotsuchi lo fulminó con la mirada.
–Yo voy a serlo gracias a mis habilidades y mi trabajo. ¡Nunca usaré la influencia de mi familia!
–¡Ánimos, Kurotsuchi!– exclamó Rin entusiasmada.
Obito aceptó que ya no podía verla como a una niña mimada. Al menos había madurado desde la primera vez que la conoció.
–Yo voy a ser el único ninja que haga arte con sus técnicas, hm– Deidara pasó de la fiesta y volvió a hablarle directamente –. Eso es mejor que ser kage.
–Tu sueño es extraño– confesó.
–Es mejor que un sueño convencional como el tuyo y el de Kurotsuchi– terminó de comer con una sonrisa.
Obito agradeció que Rin pagara la cuenta con rapidez.
Akatsuchi había pasado el examen, para alegría de todos, incluso del ánimo sombrío de Obito, que comenzó a mejorar con una barbacoa de festejo con Minato-sensei y los ninjas de Iwagakure. Lo único que le impacientaba era que Deidara se estaba convirtiendo en un obseso del arte. El chico no paraba de hablar sobre cuál sería la naturaleza del arte, pero como nadie de su aldea le prestaba oídos al asunto se había sentado a su lado y llevaba cerca de dos horas taladrándole la cabeza sobre arte, explosiones y lo geniales que eran las Bakuha Butai de Iwagakure.
En un principio estuvo bien, luego comenzó a cansarse, después, a admirar la constancia y pasión en alguien tan joven. Era lo que en Konoha llamaban la voluntad de fuego, pero Obito sabía que apenas Deidara creciera gran parte de ese entusiasmo se esfumaría, tal como estaba desapareciendo en él. Y con todo, no tenía corazón para destruir los infantiles sueños de Deidara. De todos modos, sospechaba que ese enano no se dejaría desanimar. El niño hablaba tanto de sus fijaciones, e intentaba hacerse entender con tanto lujo de detalles, que Obito llegó a sentir lástima por él. Aunque en un principio no lo parecía, Deidara también estaba solo en algún aspecto, al igual que él. Las preguntas recurrentes sobre qué tipo de arte podría gustarle a pesar de su patente desinterés lo corroboraban.
–¿No te interesaría compartir tus ideas con otros?– se le escapó con la segunda cerveza. Podía identificarse un poco con Deidara, pero eso no quitaba que el asunto ya era cansador.
Deidara interrumpió su discurso sobre las explosiones y apretó la boca en un gesto de molestia.
Él no era claro.
–¿Con Rin, al menos?– ellos y su sensei eran los únicos ninjas de Konoha en la gran cena. No se atrevería a enviarle ese chico explosivo a Minato, quien ya no podía disimular las ojeras, pero permanecía allí a riesgo de ofender a otros kage, presa de la terquedad y orgullo del Tsuchikage por el logro de su tercer discípulo. El crecimiento de Naruto, quien parecía tener tanta o incluso más energías que su madre, era algo que desgastaba cada vez más al Hokage.
–Ella no me llama la atención, hm.
Obito levantó sus cejas.
–Escuchó los sueños de Kurotsuchi toda la tarde.
Deidara lo miró componiendo una expresión de fastidio.
–Mira, sé que ser un kage te parece un sueño demasiado común. Puede incluso que lo sea– agachó la cabeza hasta quedar a la altura de su visión –. Pero no deja de ser un sueño, importante para todos los que idealizan algo, como tú cuando hablas de tu arte. No lo menosprecies por haber crecido bajo el ala de un Tsuchikage que te cae mal– Obito agradecía haber sido entrenado por Minato Namikaze. Incluso Kakashi, era bien sabido que deseaba con todas sus fuerzas enfrentar al que había sido su maestro –. ¿Entiendes para mí lo que significa poder ser Hokage? Si lo haces, apoya a tu amiga. Ella siempre te defiende– miró a Kurotsuchi, quien se estaba durmiendo arrullada por su abuelo.
Deidara se removió sobre su asiento, sensitivo como siempre. Obito le había regañado como ningún adulto solía hacerlo con él: sin violencia y sin desvalorizar su visión del arte. Tenía razón, pero no quería dársela.
–Onoki no me cae mal. Yo le caigo mal, hm– dijo abrazándose los pies desnudos, mientras se hamacaba y miraba a sus amigos.
Obito sonrió apacible, algo enternecido, como hacía tres días que no lo hacía. Le despeinó la coronilla.
–Créeme que él te quiere.
Deidara lo miró expectante, sin parpadear, como si quisiera leerle la mente.
–¿No me mientes?
Obito volvió a sonreírle, conmovido. Él también se había sentido no querido a la edad de Deidara, pero Minato-sensei, Kushina y Rin se encargaron de demostrarle lo equivocado que estaba. Y también Kakashi. Bueno, lo de Bakakashi lo retiraría por el momento.
–Es tan cierto como que voy a ser Hokage– decidió que no tomaría ni una gota de cerveza más.
Deidara le dio un buen golpe en el brazo.
Ya se estaba tardando, pensó Obito.
–¡No presumas, hm!
–¡Oye, mira quién lo dice!
–Tendrás que dejar las drogas primero, hm.
–¡E-e-ey!– estaba rojo de nuevo.
La partida se dio esta vez con fuertes emociones por parte de Rin, quien se había encariñado especialmente con Kurotsuchi y Akatsuchi. Los niños se despidieron esta vez, lo cual les hizo sentirse aliviados, el olvido de unos pequeños era algo para lo que no se sentirían preparados nunca.
Se quedaron agitando los brazos un buen tiempo. Cuando Obito bajó el suyo, dispuesto a volver por su sueño interrumpido, vio cómo Deidara se quedaba atrás de la comitiva, mirando expectante.
Deidara inspiró y se llevó las manos alrededor de la boca.
–¡Cuando vuelva tienes que ser el Hokage, hm!
Obito se sintió aturdido, pero Rin le dio un firme empujón que lo devolvió a su órbita.
–¡Prometido!– podría costarle creerlo, pero Deidara ya tenía más consciencia de lo importante que era ser kage para los shinobi.
En ese momento, se juró a sí mismo que no se concentraría en un amor no correspondido, y que pondría todas sus fuerzas para alcanzar a su sensei. Lo hizo de corazón, ignorando todas las complicaciones que su depresión le seguiría acarreando.
Aquí Obito tiene 22 años y Deidara 12. Obito obtuvo el mangekyo sharingan debido al rechazo de Rin :D :( #notengoperdón #tristeperocierto #lonecesitabaparaescribir
No desarrollé los exámenes porque quería centrarme en su segundo encuentro, y Deidara, pequeño geniecillo, los aprobó hace tiempo ya. Espero no se haya sentido forzado. Y Kurotsuchi es la nieta mimada, me encanta en ese papel (pero sigue siendo una peligrosa mente criminal).
Alphabetta, pastel y fics suenan como la mejor combinación *-* Me alegra que te guste una historia donde Obito no tenga ese pasado tan trágico, quería darle ese ambiente a la historia. Ahora que me doy cuenta, ni siquiera tiene las cicatrices, así que la barba debería crecerle en ambos lados :o #lodesconozco XD Obito es la flor que florece en la adversidad, así que superar a Kakashi, si bien tiene todo el potencial del mundo, le va a tomar bastante tiempo. ¡Espero que lo hayas disfrutado!
Paletas de abuelitas y halcones de arcilla para todo el mundo :D
