Solté una palabra mal sonante al cortar mi dedo con la hoja del libro. Diablos. Odiaba que eso mi sucediera. Lastimarme mientras estaba estudiando, no era en absoluto divertido, en sí, ninguna de las dos cosas de manera individual lo eran.

— Harvard — bufé por lo bajo, leyendo el logo de mi blusa. Me desperece casi con exageración. Los músculos me dolían, y tal vez ese era mi castigo por encontrarme en una de las universidades más prestigiosas de la nación.

La vida me había llevado hacia en donde esos momentos me encontraba. Yo, Isabella Swan, una chica de veintitrés años, hija de un prestigioso abogado, había logrado estudiar medicina en Harvard.

Suspire.

— ¡Bells! — escuche su melodiosa voz aterciopelada en perfecta sintonía con el timbre de la puerta. De verdad odiaba que hiciera eso, pero quién le podía decir algo a Edward Masen, el dios de la verdad, el maestro de la persuasión… Mi novio. — ¿Abrirás? — siguió preguntando a voz de grito, aun sin despegarse del timbre que emitía un molesto y agudo sonido.

Rodé los ojos.

No tarde mucho en abrir la puerta, sintiéndome enfurruñada por la perfecta y desaliñada imagen que presentaba él. Su sonrisa ladina, seguido por un tierno abrazo que pretendía dirigirnos dentro de la casa, cerrando la puerta tras nosotros, logró apaciguar un poco mi enojo.

— Estás helado — asegure, separándome de él, extendiendo mi mano para que me entregara su cazadora. Lo observe enarcar una de sus cejas divertido, pero aun así se limito a obedecer mi muda orden, y entregarme su cazadora. — ¿Te quedaste dormido, verdad? — adivine viendo como sus increíbles ojos esmeralda mostraban signos de sueño, exactamente y cómo lo hacían cada que acababa de despertarse.

— ¿Lo dices por mi cabello? — pregunto a la defensiva. Evite reír a su pregunta. Sería imposible afirmar o negar algo con su cabello naturalmente desordenado. Negué, rodeando su cuello con mis brazos. No puede evitar observarlo con sorna.

— No, genio. Tus ojos.

— ¿Mis hermosos ojos esmeraldas? — volvió a burlarse de aquellas estúpidas palabras que ahora me arrepentía de haber dicho en una de nuestras citas, al inicio de nuestra relación. Torcí el gesto, comenzando a sentir mi rostro arder. Sin necesidad de verme al espejo, podía asegurar que en ese momento me encontraba sonrojada.

Edward rió.

— No es gracioso — entrecerré mis ojos, observando los suyos. Sus manos tomaron mi rostro, haciéndome morisquetas para que riera, acercándose a cada segundo a mis labios. Sonreí, terminando de acortar la distancia entre nosotros. El primer beso, fue en mi mejilla izquierda, mientras un suave ˂˂Te extrañe˃˃ escapaba de sus labios. Cerré los ojos, esperando con paciencia a que sus labios hicieran contacto con los míos. Me beso con suavidad, acariciando el interior de mi boca con su lengua de forma lenta y sensual. Suspire, sintiendo como su aún fría mano intenta acariciaba mi cintura, subiendo cada vez más — Debemos estudiar — asegure, separándome de él, dirigiéndome hacia en donde minutos antes me encontraba estudiando. Me senté en la silla, volviendo a ojear mis apuntes.

Lo escuche gruñir por lo bajo. Supuse, estaría despeinando su cabello con frustración. Comprobé mis pensamientos al dirigirle una rápida mirada. Efectivamente, él se encontraba despeinándose nerviosamente.

Intente ignorarlo, volviendo a poner mi atención en los libros. Se escucharon sus pasos, para luego de un breve silencio, comenzar a escucharse la radio emitiendo una suave canción. Negué divertida. Segundos más tarde, sus brazos me rodeaban por detrás de la silla, cruzados sobre mi pecho. Seguí ojeando mis apuntes sin querer prestarle mucha atención, ahora mi prioridad eran los métodos utilizados en la antigua Grecia para la curación de enfermedades, eso no pareció molestarle a Edward que respiraba sobre mi cuello, rozando sus labios por mí piel.

— Edward — mascullé sintiendo sus labios recorrer la sensible piel de mi cuello. Él emitió un pequeño quejido, pero aun así no detuvo su labor, y yo, por mi parte, tampoco quería alejarme. — Has dicho que me ayudarías a estudiar. — me queje. No era la primera vez que Edward, luego de un año de relación, me había ayudado a estudiar para algún examen próximo, es decir, siendo él dos años mayor, y por ende, estar dos cursos por delante de mí, los temas que yo debía estudiar, él los conocía a la perfección. — Hazlo.

— No quiero — su tono de voz se asemejo al de un niño desafiando a su madre. Sonreí, volteando mi rostro, para poder observarlo por encima de mi hombro, increpándolo con la mirada. — Ya sabes los temas de memoria, Bells. Ambos sabemos que no necesitas que te ayude, si tan solo confiaras más en ti. — se lamento, tomando uno de mis libros para comenzar a pasar sus páginas sin prestarles atención. Fruncí el ceño. Nuevamente volvía a insistir con mi supuesta baja autoestima. Bien, admitía que a lo largo de mi vida había tenido complejos conmigo misma, pero, qué adolescente no los había tenido, además, el hecho de que me sintiera insegura en evaluaciones que solo ciento treinta de doscientos alumnos aprobaban, podría considerarse completamente normal.

Me cruce de brazos, intentando demostrarle cuán ofendida me había sentido por sus palabras a través de ese gesto. Él, sin embargo, no me presto demasiada atención, por el contrario, comenzó a separarse de mí, caminando de un lado a otro con mí libro, haciéndolo volar ligeramente por los aires al igual que un balón de futbol.

— Edward, mañana tengo un examen, así que deja de jugar y ayúdame. — mi suplica no surgió ningún efecto en él. Lentamente, me acerque hacia en dónde se encontraba, intentando arrebatarle mi libro. Mi primer intento falló. — Edward. — volví a quejarme luego de mi segundo intento fallido. Tras dedicarme una sonrisa traviesa, alzo sus manos, imposibilitándome de manera definitiva lograr alcanzar mi objetivo. Me sentí estúpida al encontrarme saltando en un tonto intento por alcanzarlo. Obviamente su casi metro ochenta de altura, le ayudaba demasiado al enfrentarse a mi metro sesenta y tres — ¡Edward! — exclame con sorpresa. En un rápido movimiento, y aprovechando que me encontraba saltando, uno de sus brazos había rodeado mi cintura, logrando levantarme unos centímetros del suelo, modificando mi posición de manera horizontal. Me sostuve de su cuerpo, precavida, por si él pretendía soltarme, pues si tan solo intentaba hacerlo, él caería conmigo. Yo me aseguraría de aquello.

Solté un suave y lastimero quejido al verme reincorporada en el suelo. Sus brazos me consolaron, aunque la verdad era que él era el causante de mi molestia, y de aquel ligero mareo que había arremetido contra mí en una de sus tantas vueltas conmigo a cuestas.

— Lo siento, cariño — Él volvió a esconder su rosto en mi cuello, comenzando a hacer un camino de besos húmedos en un intento de haces más real su disculpa. ¡Mentiroso! Solo estaba provocándome — No lo hare más — escuche un sonido sordo detrás de mí, supuse, era el libro que había sido lanzado por Edward en algún lugar de la sala. Gemí suavemente, estremeciéndome al sentir sus manos por debajo de mi blusa.

— Aún tienes las manos frías.

— Eso significa que necesito que alguien me brinde calor, y con ese alguien me refiero una hermosa castaña que en este momento me mira sensualmente con un brillo que… si no me equivoco, asegura que me hará sufrir por haberle arrebatado su material de estudio. ¿Qué dices?

— Tú también debes estudiar. — le dije, en un intento por convencerlo y convencerme a mi misma de ocupar esas horas solo en estudio, aunque siendo sincera conmigo misma, el estudio no tendría mucha importancia si él seguía recorriendo mi cuerpo con sus caricias y besos. Lo observe a los ojos, esperando a que me diera la razón, porque en esos momentos la voz de la razón era yo, y él debía de aceptarlo.

Edward, asintió, enarcando una de sus cejas, pensativo.

— ¿Qué tal estudiar la anotomía del cuerpo humano? En eso nos podríamos ayudar.

— Te odio — masculle casi pérdida, sintiendo sus ojos clavados en mí. Acaricie su estomago, observando como mi mano descendía hacia el botón de sus desgastados jeans, desabrochándolo, para luego bajar lentamente el cierre.

Sus manos no pudiendo evitar estar quietas, comenzaron acariciar mi cadera ascendiendo hacia mis senos. Reí silenciosamente al observar su rostro surcado por una graciosa sonrisa traviesa. Me quiete la blusa con un rápido movimiento, lanzándosela a la cabeza.

— Agresiva… Me gusta.

— Ya lograste tu cometido, ¿Ahora que más harás? — volví a reír arrebatándole mi blusa de sus manos, para lanzarla lejos de allí. Edward se cruzo de brazos sobre su pecho, observándome con diversión mientras caminaba un paso más cerca de mí, aquel mismo paso que yo me había alejado para obtener el espacio suficiente y así quitarme la blusa. Sonrió.

— Muchas… Te haré muchas cosas, Swan. — sus manos tomaron mis caderas, pegándome por completo a él. Exhalé un suspiro rebosante de felicidad sintiendo como sus labios ascendían por cuello hasta mi mandíbula, depositando suaves besos que lograban erizarme la piel. Me estremecí y exhalé un jadeo entrecortado cuando sus dientes atrapaban el lóbulo de mi oreja.

— Tengo una cama que estoy segura te encantara… — masculle, sosteniéndome de sus hombros. Sentí sus manos viajar hacia mi espalda, intentado desabrochar mi brasier

— No te creo. — reí quedamente, mirándolo a los ojos. Él, con su fingida expresión suspicaz, enarco una ceja, desafiante, a la espera de alguna ingeniosa respuesta de mi parte.

— Puedo demostrártelo si quieres — termine de desatar las cintillas de mis pantaloncillos de dormir que inmediatamente cayeron al suelo. Aun divertida por la expresión de Edward, me coloque de puntillas de pie, logrando alcanzar sus labios, no sin antes dirigirle una burlona mirada a mi novio. Usualmente yo no solía ser tan desinhibida en nuestros encuentros sexuales, pero por causa de los exámenes, y debido que hacía más de dos semanas no habíamos podido estas así, por esas mismas razones, mi yo más primitivo relucía.

Edward, bufo, en lo que sus manos tomaban fuertemente mis muslos, alzándome, y así logrando otorgarme mayor facilidad para besarlo a los labios sin necesidad de estirarme para hacerlo.

Aun sin dar por finalizado nuestro beso, Edward comenzó a dirigirnos hacia mi habitación. En momentos como estos, amaba vivir sin una compañera de piso que no estuviera rondando por la casa cuando yo y Edward estábamos prácticamente desnudos en algunas de las habitaciones, o al menos, en esta ocasión, cuando yo estuviera casi desnuda en el salón de el departamento

Uno…Dos…Tres…

No más de tres segundos pasaron hasta el momento exacto en el que sentí la mullida superficie del colchón hacer contacto con mi espalda, y a Edward, separarse de mí para quitarse su playera de manera rápida.

— Uh, eso fue sexy — no pude evitar bromear, apoyando el peso de mi cuerpo sobre mis antebrazos en un intento por observarlo mejor. Reí quedamente al recibir su playera en pleno rostro, dejando mi visión a oscuras. — ¡Oye! — volví a lanzar su playera hacia atrás, descubriéndome el rostro para volver a observarlo, ahora, Edward ya tampoco tenía sus viejos jeans. — Eso si me gusta — comente admirando como sus abdominales se contraían en el momento exacto en el que Edward arrastraba su cuerpo por el colchón hacia mi lado. Voltee mi cuerpo a uno de mis costados, apoyando mi cabeza en mi brazo, para poder observarlo mejor. Nuevamente, una de aquellas maravillosas sonrisas torcidas que tanto me encantaban, volvió a iluminar su rostro.

Su mano derecha comenzó a acariciar mí costado, descendiendo hacia mis muslos y volviendo a subir… una y otra vez. Gruñí peligrosamente, tomando el control mientras en un movimiento ya advertido para él, me colocaba a horcajadas de su cuerpo.

Sonreí internamente al escuchar como su melodiosa risa se iba trasformando en un suave gemido en el momento exacto en el que aproveche que su cabeza se encontraba inclinada hacia atrás para comenzar a mordisquear su mandíbula, descendiendo por su garganta hasta el hueso de su clavícula, succionando la piel de esa parte sensible de su cuerpo.

Sus manos, ansiosas por tocar cualquier retazo de mi piel, comenzaron a acariciar mi espalda, volviendo a intentar desabrochar mi sostén. Y realmente, si no conociera la cantidad exacta con las mujeres que Edward se había acostado, estaría segura que creería que era un completo novato en esto.

Aleje mi cuerpo del suyo, aun a horcajadas sobre él. Y así, mientras mordía mi labio inferior en un intento por no reírme de Edward, deslice mis manos hacia el broche de mi sostén para terminar de desabrocharlo y lanzarlo hacia el mismo lugar que minutos antes había terminado la playera del cobrizo que ahora me observaba avergonzado.

— Tus sostenes son como un maldito cubo rubik para mí, Bells — se quejó por lo bajo, y realmente me abstuve de comentar que con otras mujeres no le había parecido tan difícil, seguramente. Por lo que sabía debido al desplante que se había ganado Edward de una chica que nos encontramos en el campus, cuando los dos aun estábamos en la etapa de novios-amigos; Edward era una especie de experto en la cama. Un dios sexual, como había dicho aquella chica rubia de exageradas curvas. Y no es cómo si yo no hubiera tardado mucho en descubrir que ella tenía razón, pero de verdad… aun me molestaba recordar el número de chicas con las que Edward se había acostado. Maldita sea yo por exigirle tal estupidez. ¿En qué diablos estaba pensando?

Solté un gritito de sorpresa al sentir como el peso de Edward se abalanzaba sobre mí, volteándome rápidamente, quedando el arriba. Un suave brillo resplandeció en sus ojos, haciendo sonrojar estúpidamente mientras sentía un pudoroso impulso por voltear a mirar hacia otro lado. Aquello era algo de lo que jamás me acostumbraría. Nunca.

Aun no lograba entender cómo era capaz de poder ver desnudo a Edward y dejar que él me viera desnuda mí, sin sentir un poco de pudor, pero en cuanto él me observaba con sus hipnotizantes ojos esmeraldas y aquel fulgor resplandeciente de amor, todo sentimiento de timidez era aceptado por mi ser. Volvía a sentirme como si por primera vez seria tocada por un hombre, y aquello sí que había sucedido hacia ya mucho tiempo, porque aunque ahora quisiera lo contrario, Edward, no había sido mi primer hombre; y, ¡Diablos! Había veces en las que realmente deseaba en que él lo hubiera sido. Hubiera sido lindo tener mi primera vez con alguien a quién realmente amara…

— Me encanta cuando te sonrojas — admitió, succionando el lóbulo de mi oreja. Tense mi cuerpo, ladeando mi cuello para darle todo el acceso posible a esa parte. Sus manos en lentos movimientos seguros, comenzaron a deslizarse hacia abajo, hasta llegar el elástico de mi ropa interior, para terminar acariciándome por debajo. Gemí, levantando mis caderas, desesperada por que nos deshiciéramos de las pocas prendas que nos separaban para al fin poder tenerlo dentro de mí.

— Me veo como un tomate.

— A mí me gusta, cariño — aseguró mientras comenzaba a sentir su respiración agitarse al igual que la mía lo había hecho minutos atrás. Volví a gemir dolorosamente mientras sus caderas comenzaban a moverse, haciendo fricción contra las mías. Me sentí en el maldito infierno, morirme de placer, en cuanto su mano comenzó a acariciar uno de mis senos, mientras su boca se encargaba del otro, rodeándolo con su lengua para mordisquearlo de cuanto en cuanto.

— Edward… — Podía notar cuan excitado estaba él, por lo que sabía que si encontraba la forma de llevarlo a su límite, lograría que dejara de jugar conmigo, para que de una vez ambos jugáramos el uno con el otro. Aprovechándome de mi posición, enrede mis piernas alrededor de sus caderas, arqueándome un poco para ser yo ahora la que presionara nuestros sexos.

Acaricie su cabello, volviendo a guiar su rostro hacia el mío para poder besarlo con la inmediata necesidad e incluso urgencia, que había logrado despertar en mí.

Aun sin saber si sonreír de manera victoriosa o seguir intentando ver a Edward en el límite, no pude deleitarme escuchando como su gemido se trasformaba en un gruñido de frustración al notar como dejaba de intentar presionar nuestros sexos una y otra vez.

No tardamos mucho en deshacernos completamente de la ropa interior del él, que fue lanzada hacia algún lugar de la habitación, realmente no lo sabía, ni tampoco me importaba. Ahora, solo era consciente de cómo las manos de Edward acariciaban mi feminidad, logrando que me doblara del placer, sintiendo como sus dedos entraban y salían, llevándome cada vez más a la locura.

— Dios… Edward, no me tortures más — sollocé entre sus brazos, dirigiendo una de mis manos hacia su pene, acariciando por completo, intentando retribuirle todo el placer en el que él podía sumir, logrando que todo pensamiento racional desapareciera de mi mente, ayudándome a olvidarme incluso de mí nombre.

— Tranquila — susurro con la voz ronca, deslizando sus dedos fuera, observándome con sus hermosos ojos esmeraldas. Aun sin abandonar nunca su mirada, lo sentí posicionarse sobre mi entrada, cerrando los ojos, extasiado.

Gemí junto a él, en cuanto dio la primera estocada. Sus embestidas comenzaron siendo lentas y profundas; ahora, sus labios se encontraban posados en mi cuello donde lo mordía ligeramente.

La habitación se sumió en un océano de suspiros placenteros y gemidos descontrolados; y nuestras caderas, danzando en un lento vaivén que a cada minuto se hacía más veloz. Intentando refrenar mis gritos de placer, mordí fuertemente mi labio, enterrando mis uñas sobre las suave piel de su espalda tras cada rápida estocada.

Lo mire a los ojos a cada estocada que aumentaba de velocidad, siguiéndolo con el movimiento de mis caderas, siendo consciente que él también me miraba con la misma intensidad con la que yo lo miraba. Unió nuestros labios en un suave beso, aun sin dejar de moverse dentro, mientras yo le correspondía el beso tan suavemente como podía hacerlo, aun sumida en un extasías inexplicable.

Solo bastaron dos estocadas más para llegar al clímax, para ese momento yo sitia que lloraría de placer; Edward, tras un par de estocadas más me acompaño en la maravillosa cumbre del placer. Cerré los ojos, intentando regularizar mí agitada respiración, sintiendo como Edward salía lentamente de mí, para acotarse a mi lado.

Observe de soslayo como sonreía tiernamente, rodeando mi cintura con su brazo, acercándome aun más a su cuerpo completamente sudado, al igual que el mío.

Deposite un rápido beso sobre su hombro, apretándome más a su cuerpo mientras el frío aire del ambiente comenzaba a molestarme. Vi como se alejo un poco, estirando su mano para tomar un manta y cubrirnos a ambos con ella, para luego volver a abrazarme.

— Te dije que esto era más divertido que estudiar. — fanfarroneó a susurros en mi oído, jactándose de cuánta verdad había en sus palabras. Puse los ojos en blanco mientras picaba uno de sus costados, logrando que se removiera debido a las cosquillas. Reí quedamente. Él, pellizco mi trasero ganándose varias quejas de mi parte. — Me amas — respondió con calma. Asentí quedamente ante tal afirmación sintiendo mis ojos caer lentamente en el momento exacto en el que Edward comenzaba a acariciar mi cabello tiernamente

— Tengo que estudiar — alegue en un último intento por mantenerme despierta. Observando por entre mis pestañas cómo soltaba un suspiro resignado ante mi queja implícita. Volví a esconder mi rostro entre su pecho, contradiciendo completamente mis palabras.

— Solo duerme — murmuró depositando un beso en mi cabeza. Estire la comisura de mis labios, dispuesta a replicar… — En cuanto te despiertes, ambos nos pondremos a repasar, y te ayudare en todo lo que necesites —… pero como siempre él decía algo que me hacia amarlo cada vez más de lo que lo hacía un segundo antes.

— Mmm… ¿Te he dicho cuanto te amo?

— Me gusta escucharlo. — respondió con simpleza, siguiendo con sus lentas caricias sobre mi cabello hacia mi espalda, comenzando a trazar pequeños dibujos imaginarios. Sonreí, volviendo a cerrar mis ojos para comenzar a responder en susurros cansados…

— Te amo tanto que incluso llega a ser abrumador, Masen.

Edward Pov

Verano del 2003 – Harvard

Acelere mis pasos, apresurado por llegar a la cafetería. Carajo. Necesitaba con urgencia un poco de cafeína en mi organismo luego de soportar de manera estoica las clases del extravagante profesor de psicología. Ya siquiera podía recordar por qué razón habíamos comenzado un acalorado debate que había llegado a su fin con la intervención del decano y un amable comentario de mi parte llamándolo apático incompetente, al escuchar como él soltaba presuntuoso comentario afirmando que yo solo era estulto (*) demasiado joven como para contradecir sus palabras.

Sentí un fuerte empujón en mi hombro derecho, detrás de mí, que casi había logrado lanzarme hacia el césped. Perfecto, lo único que me faltaba para este día era haber comido un asqueroso y verde pedazo del césped para terminar de cagarme la existencia.

— ¡Edward! — volteé a ver cómo, James, con sus rubias hebras de niña, intentaba recuperar la respiración, sosteniéndose de mi hombro, como si aquella acción le ayudase aun más. No pude evitar rodar mis ojos, exasperado, aun sintiendo la irrebatible necesitad de ingerir una buena dosis de cafeína. — Joder. ¿Acaso no me escuchaste las trece veces anteriores que te grite?

Me encogí de hombros, la verdad era que no, no lo había hecho, tal vez debido al enojo por aquella estúpida clase, o lo más probable era que mi cerebro ya hubiese desarrollado una efectiva indiferencia hacia James, el tipo que mantenía continuamente a mi trasero en problemas. Mi mejor amigo.

— No realmente.

˂˂No realmente˃˃, ¿Qué jodidos se supone significa eso? — inquirió con un tono de voz molesto. Me encogí de hombros, no estado dispuesto a darle explicaciones por cada una de mis acciones, así como él no pudo explicar en quinto grado en donde había perdido mí guante de Softball. — Olvídalo — aseguró, observándome al rostro. No debió de prestar mucha atención como para notar cuán colérico me encontraba. — Solo quería preguntarte si has visto a Victoria — inquirió a modo de pregunta. No pude evitar carcajearme, recibiendo una molesta y fulminante mirada de fulminante de su parte.

— ¿Has corrido la mitad del campus, solo para preguntarme por un chica que siempre que la ves, o incluso le hablas, te manda a volar? — esta vez fue mi turno de preguntar. James asintió, impasible; y solo por unos momento sentí lastima por ese pobre desdichado que no hacía más que ser botado, por la exótica pelirroja, sin embargo solo me basto recordar el cómo ella lo botaba una y otra vez, para también recordar que aquellos dos eran una gran entretención para mí. — Eres raro — aseguré negando divertido, mirando el dedo medio que James me enseñaba con toda su magnificencia.

— ¡Qué va, Edward! — exclamo casi con emoción — En menos de una semana la tendré conmigo. Espera y veras…

— Llevas diciendo eso desde hace más de cinco meses James. La próxima semana… La próxima semana…

— Oh, vete al infierno, Cullen — me maldijo por lo bajo, avergonzado por la realidad de los hecho. Y fue realmente gracioso observarlo bajar la mirada enfurruñado con la pequeña piedrecilla que había comenzado a patear hacia delante.

Bostecé con cansancio, realmente anhelando tener un gran baso de café entre mis manos, no me importaba si provenía del maldito Starbucks (*) o de la misma cafetería del campus. Yo solo quería mi jodido café.

Cafetería… A decir verdad creó que siquiera me encontraba demasiado lejos de la cafetería, tal vez podría acercarme hacia allí. Observe hacia el Oeste, si mi memoria no fallaba había una cafetería por allí…

Sonreí casi con maldad al verme distraído por el fugo que irradiaba el rojo cabello de Victoria. Volví a dirigir mi vista hacia James quien aun pateaba la piedrecilla con molestia. Esto iba a ser divertido

— El infierno suena encantador — comenté sin más — Pero dime, ricitos de oro, ¿Quién estaría aquí para burlarse de ti cuando dentro de poco Victoria te grite, he? — la mirada confundida de James se conecto con la mía, aun burlona, para luego observar por detrás de mi hombro cómo una furiosa Victoria corría hacia en donde nos encontrábamos, tal vez, furiosa con James. Esa debía de ser la razón más probable… — Tu corres, yo te cubro… — susurré

— Hecho — masculló a modo de respuesta, preparándose para la que sería una larga persecución por parte de Victoria hacia él, para, posiblemente castrarlo por alguna estupidez que el rubio cometió.

— ¡James! ¡James Witherdale, quieto allí! — y como por arte de magia, y en contra de cada fibra de sus ser que seguramente le gritaba que corriera, James se quedo allí, estático, observando cómo Victoria aumentaba el ritmo de sus pasos, haciéndolos cada vez más rápidos.

Negué con tristeza, mi mejor amigo había perdido por completo su instinto de supervivencia. Me cruce de brazos, observando aquella escena con un poco más de curiosidad, Vicky había hecho dos grandes zancadas que la dejaron justo al lado de un anonado James. Ambos se observaron a los ojos, logrando que por un momento me sintiera completamente fuera de lugar. De verdad, para ella odiar a James, tenía una jodida conexión con él que era innegable, incluso para mí, que jamás le prestaría atención a su relación, es decir, por dios, no quería meterme en el peligroso terreno que significaba para mí la vida amorosa de mis dos mejores amigos, y mucho menos si aquella vida se trataba de ellos dos juntos. YO los apoyaría en lo que decidieran, si, pero jamás me metería entre ambos, ni como interlocutor, ni mediador. No. Nunca. Jamás.

— Si llegas a prestarte para su plan, estás muerto, James Witherdale.

El suave susurro siseante logro su cometido. Tanto James como yo a observamos con terror, porque, ¡Vamos! Era Vicky, ella era capaz de cortarte las pelotas mientras dormías y sonreírte al despertarte, por algo le teníamos respeto, por algo yo le tenía respeto, siquiera intentando coquetear con ella para llevármela a la cama, y es que bueno, James era otro asunto… pero realmente Vicky, pese a poseer todas la cualidad que necesitaba un chica con la cual quisiera tener sexo, me aterraba.

— Cl- a-ro — James carraspeo, avergonzado por su chillona afirmación. Enarque una ceja, divertido, incentivándolo a que hablara y no se quedara callado, deslumbrado por nuestra aterrorizante pelirroja. — Tenlo por seguro, linda, pero dime, ¿A quién se supone que debo rechazar?

— No a quién sino a qué, James.

— Diría que me lástima que pienses en mí como un qué, pero conociéndote, sé que tan perra puedes llegar a ser — ella moriría. Fije mi vista el Lauren quien parecía encontrarse allí desde hace algunos minutos, o por lo menos lo suficiente para escuchar a Victoria cosificarla. — Sin embargo, ahora has arruinado todo; James era mi única esperanza.

Intente, por unos breves instantes, entender que era lo que realmente sucedida. La fría y perfecta sonrisa de Lauren se mantenía impecable ante la mirada fulminante de Victoria. Aquello era extraño. Por lo que sabía, Vicky y Lauren eran amigas, por decirse de alguna manera, y es que aquello me había quedado muy claro en el momento en el que me acosté con Lauren, para luego soportar el enojo de la pelirroja por jugar con su amiga ¡Por favor! Ambos habíamos jugado esa noche, y estoy seguro, ambas terminamos muy satisfechos con ese juego.

Solo había sido sexo, y aquello quedo muy claro para ambos…

— ¡Puedes irte a…!

— ¡Hey! ¡Hey! ¡Hey! ¡Hey! Hey! — exclamó James, interrumpiendo a Vicky. Y lo agradecía, de verdad, escuchar insultar a Victoria era casi o más traumático que encontrar a tus padres teniendo sexo, bueno, creo haber escuchado decir a James algo por el estilo, pero no era una exageración, Vicky podía ser guarra en cuanto se lo proponía. Volví mi vista hacia el camino, recordándome a mí y la taza de café que en estos momentos podría encontrarse en mis manos de no ser por sesta estúpida situación — Puede alguna de ustedes dos decirme qué sucede aquí, ¿De qué demonios hablan? — asentí. Un café, un maldito y reconfortante café. — Díganos, nosotros podríamos encontrarle la solución o la respuesta a esto, sea lo que sea.

Sonreí ladinamente, haciendo un amague de saludo, comenzando a caminar lejos de aquella locura; por ahora solo quería un café, no una escena de Vicky y James, no sexo con Lauren, no cosas sin sentados, solo quería un jodido café.

— ¡Eddie! — gruñí por lo bajo, no solo por lo estúpido del apodo, que no solo Lauren, sino todos los que me conocían sabia que odiaba, sino porque no quería encontrarme allí. Todo indicaba que aquella situación se trataba de problemas entre faldas, y yo ya tenía suficiente con las mujeres que conformaban mi vida, sexual, amorosa e incluso social, no necesitaba agregarle uno ajeno. — Tú. Tú eres la solución.

Negué divertido, volteándome, deteniendo mi camino para observar los azules y apasionados ojos de Lauren, observarme. Le sonreí al notar como acomodaba sensualmente su cabello rubio detrás de su hombre, dejando a la vista su largo, bronceado y perfecto cuello. Sexy, a decir verdad, sin embargo para un hombre que ya la tuvo en su cama aquella escena ya era situación repetida… y aburrida.

— Has entendido mal, Lauren. Cuando James, insinuó que te ayudaría, jamás me incluí en sus planes, créeme.

— Oh, vamos, Ed. Necesito a alguien, un hombre, uno con la capacidad de seducir, y, ahora que lo pienso, quién mejor que tú, un hombre que ha tenido más mujeres en su cama que un actor porno en diez años de carrera. Te lo ruego, no hay nadie más capacitado que tú en esto, siquiera James

— Eso duele — aseguro el rubio aludido en apenas un murmullo, recibiendo un golpe por parte de la pelirroja. Reí ante aquella analogía, sin embargo, volvía retomar mi camino a la cafetería. Poco tardo para que, y como siempre, Vicky me siguiera situándose a mi derecha y James hiciera lo mismos, solo que a mi izquierda. Así había sido desde siempre, desde niños, y así sería por siempre.

— ¡Eddie Cullen! —

— Carajo, Lauren, qué te sucede — inquirí al sentir un fuerte empujón de su parte. Se notaba desesperada por que la escuchara, y aquello era raro. Usualmente Lauren no quería ser escuchada, no rogaba por serlo, ella simplemente te obligaba a escucharla. Era una jodida niñita de papá… Y yo era un jodido bastardo que no le daría el gusto.

— ¡Edward! — Chilló al ver como seguía con mi camino — Bien. Haz lo que quiera, pero de verdad, te aseguro que esto te agradara… Edward… Hazlo por los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos.

Tuve que obligar a mi mente a retroceder unos cuantos años atrás, ¿Los viejos tiempos? Eso si era difícil, pues para mí, existía más de uno. No sabía exactamente a qué se refería ella con eso, porque podría tratarse de nuestros tiempos en los que ambos solo teníamos sexo, aquellos en los que éramos amigos y ambos compartíamos más de un secreto, o aquellos en los que simplemente teníamos sexo desenfrenado.

Sí, bueno, no había mucho que elegir, pero realmente, y mucho antes de acostarme con ella, habíamos mantenido una tierna amistad… hasta que el sexo ocurrió.

— ¿De qué se trata? — inquirí, rendido. Una radiante sonrisa, como la que no le había visto esbozar en muchos años, adorno su rostro. Dio dos rápidos pasos hasta quedar casi pegada a mi cuerpo. No me moví, estaba acostumbrado a este tipo de acciones por parte de Lauren, muy acostumbrado — Si no hablas…

— De venganza

— ¿Venganza?

— Si. — Asintió — Mi padre fue estafado por un maldito viejo asqueroso.

— Entiendo. Pero entonces, ¿Qué se supone que quieras que haga yo, Lauren?

— Seducir, Edward. Solo debes seducir a la bastarda que ese hombre tiene como hija. Sedúcela, enamórala y destrúyela; déjala y dile que todo se trato de un juego, un juego auspiciado por los Mallory. Esa será mi venganza… No es la gran cosa, pero si lo suficiente como para destruir al tesoro más preciado de Charlie Swan, su hija, y por ende… a él.

— Estás comportándote como una psicópata — aseguro Victoria, observándome molesta. Sabía que le enfurecía que yo de verdad estuviera sopesando la posibilidad de acceder a aquella locura, sin embargo, cómo podría negarme. Lauren podía comportarse como una perra la mayoría del tiempo pero yo no podía negar que gracias a ella y su comprensión, en esos instantes, me encontraba donde me encontraba. No solo de debía una, le debía muchas…

— ¿Cómo se llama ella?

— Isabella Swan, aunque e averiguado que también es conocida por hacerse llamar Bella — escupió aquel nombre como si fuera la peor de las blasfemias. Quite sus manos hechas puños de mi casaca, acariciándolas levemente.

— ¿Bella Swan? ¿Bromeas, verdad? — Exclamó, James, extasiado — La conozco. Solía verla en la biblioteca. Es hermosa, el sueño de todo hombre, guapa, tierna, inocente, amable, sensual… ¡Auch! — se quejo ante el fuerte y doloroso golpe que recibió por parte de una celosa Victoria. Sonreí ante aquello, viéndolo sobarse el lugar exacto en donde ella lo había golpeado. Agradecí que Vicky poseyera una buena puntería, porque de otra manera, el adolorido hubiera sido yo. Si. Ese era el peligro de ir en medio — ¿Ahora qué hice, por qué me golpeas?

— Con que hermosa, ¿he? — inquirí. James asintió sin más, evitando soltar algún otro comentario que lograra que se ganase otro golpe. Suspire — Considéralo el ultimo favor, mi última cuota a pagar… por los viejos tiempos.

— ¡Sabia que aceptarías!

— Lauren — la interrumpí en su anticipado festejo — La seduciré y la dejare. Haré todo lo que has dicho antes, pero no quiero que te involucres… Te conozco, y sé que no pararas hasta no ver sangre, y créeme que aquí, en esto, no habrá sangre, siquiera por los viejos tiempos, ¿Lo entiendes?

— Acepto. No me meteré, pero debes cumplir tu parte del trato, Edward. Sin trucos, solo hacerlo.

— Lo haré — aseguré sin más.

— Edward, no juegues con fuego. — la suave advertencia de Victoria, y su mirada reprobatoria, por un instante hizo que quisiera replantearme aquella situación, pero no podía, le debía aquello a Lauren, y ahora, ya lo había prometido. — Recuerda que el fuego no hace más que quemar.

— No sucederá, Vick — sonreí arrogante — Lo peor que me podría pasar es que ella sea, después de todo, mala en la cama.

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No paso mucho para que esta vez, y para mi placer, nos dirigiéramos hacia la cafetería más lejana del campus. Por lo que sabía, y lo único que había dicho Lauren respecto al tema, en esa cafetería se encontraba la pequeña Isabella Swan.

La obra debe comenzar…

Había dicho ella, y yo no hice otra cosa que encogerme de hombros. Ciertamente no estaba muy seguro de aquello, pero se lo debía, y se lo había prometido, además, no sería muy distinto a hacer lo que siempre había con las mujeres: Jugar. Todos en el campus, o la gran mayoría, me conocían por ser un jodido jugador, y aquello nos les molestaba a las mujeres, porque ellas literalmente se lanzaban a mis brazos.

— Quiero un café — le murmuré a James quien asintió de acuerdo conmigo. Tanto James como Victoria, habían aceptado acompañarme a este lugar, nunca veníamos por esta parte del campus, pero, y gracias a su incondicionalidad como amigos, habían optado por acompañarme no solo al café sino también en esta locura…

— No participare de esto — bueno, al menos solo lo haría James, porque Vicky era otro tema. Ella me entendía, lo sabía, pero no por ello me apoyaba. — Me iré a sentar. James, pídenos un café. — y así fue como se alejo de nosotros. Bien, aquello significaba que más tarde querría arreglar cuentas conmigo… o con James. ¡Por todos los santos! Solo esperaba que fuera con James

— Es ella — me señalo mi rubio amigo con un movimiento de su cabeza. Volteé mis ojos hacia el lugar indicado, recordando las palabras de James. No pude. Simplemente no pude recordar las palabras de él para describir a la chica, ¿Había dicho hermosa? Pues no estaba equivocado. Era prácticamente un insulto, un certero golpe en el rostro para mí, haberme sabido ignorante de tal belleza.

No era como las demás con las que me acostaba, no era rubia, ni de curvas exuberantes y ojos claros, no, su belleza era más discreta, más humilde, pero no por ello menos deslumbrante.

Contemple aun con más curiosidad el oscuro color castaño de su cabello, sedoso y ondulado, resaltando incluso aun más la delicada blancura de su tersa piel. Sus ojos, dulces y adormilado, podía apostar que eran marrones, un marrón que haría a cualquier hombre perderse en ellos.

— Parece un ángel.

— Seguirán admirándola, o comenzaras con esto, Ed — asentí, prestándole, a regañadientes, un poco de mi atención a Lauren. Su mirada molesta y sus labios fruncidos hacían ver sus fracciones aun más duras de lo que realmente eran. — Irás allí y te presentaras como Edward Bolasani

— ¿Disculpa? — entrecerré los ojos, bufando sin más, indignado por aquel apellido, que, por cierto, ¿Qué clase de apellido era? Edward Anthony Bolasani. ¡Jesús! Siquiera sonaba bien. — Tengo un apellido, y ese es Cullen

— Sabemos lo orgulloso que estás de tu apellido, Edward, pero es necesario que lo cambiemos, podría descubrirte mucho antes de que le digas "Hola" — aseguró, señalando a la distraída muchacha que reía junto a una chica de cabellos negros. Puse los ojos en blanco, dudando seriamente aquella afirmación, la castaña no se veía como aquellas personas desconfiadas, por el contrario. — Así que cámbiate el maldito apellido y comencemos esto ya.

— Creo haberte dicho que no te meterás, ¿Verdad? — inquirí, fulminándola con la mirada. James aun no podía parar de reír por el peculiar apellido que ella quería que yo adoptara — Bien — sonreí al verla asentir. — Si tan necesario es que mienta respecto a mi apellido yo… Me haré llamar… Masen. Edward Anthony Masen — repetí triunfante. Al menso el apellido de mi abuela paterna me parecía mucho más adecuado para mí que cualquier otro.

— Genial, ya tienes un nuevo apellido, ahora iré con Victoria a llevarle un café — exclamo James, sonriendo con nerviosísimo mientras se alejaba hacia la barra a pedir un café. Un café. Diablos, todavía seguí queriendo mi jodido café.

Gruñí por lo bajo, sintiéndome más que presionado por Lauren quién había optado por empujarme hacia donde se encontraba la hermosa castaña, en la pared más alejada de la puerta.

Observe a mi espalda, Lauren ya había desaparecido de la escena, largándose de la cafetería mucho más rápido de lo que jamás hubiera imaginado. James y Victoria por su parte, habían optado por sentarse en la mesa más cercana a la pequeña castaña. Entrecerré los ojos, estaba seguro que ambos creían que fallaría con ella.

Me coloque frente Isabella, quién me observo inmediatamente con una de sus cejas enarcadas, curiosa por mi repentina aparición. Su amiga, la chica de cabellos negros y sonrisa conciliadora, me saludo con un escueto y energético ˂˂Hola˃˃, para luego volver centrarse en sus libros.

— Un gusto… — las salude casi con despreocupación, manteniendo mi mirada fija en la castaña, que mantenía sus blancas mejillas sonrojadas. Le sonreí por ello, encontrándolo enternecedor e inclusive divertido.

— ¿Necesitas algo? — preguntó sin más, decidiendo dejar de observarme para centrar su atención, al igual que su amiga, en su libro. Bien. No me esperaba aquello, pero aun así no podía dejar de estar hechizado por aquella voz, suave, melodiosa, cálida…

Joder. Estaba desvariando.

Asentí, comenzando a maquinar rápidamente una respuesta lo suficientemente inteligente o atractiva como para que ella se sintiera atraída de una manera u otra a mí.

La volví a observar. Desde esta distancia podía aprecias cada detalle en ella, como las pequeñas pecas que decoraban su nariz y parte de sus mejillas. Eran imperceptibles, y a diferencia de muchas otras mujeres a las que conocía, ella no utilizaba maquillaje para intentar cubrirles, por lo que lo más lógico era pensar que no le molestaban. Bien. Entonces, aquello querría decir que ella… ¿Se aceptaba tal cual era? ¿No le gustaba maquillarse?

Fruncí el ceño. Mis conjeturas eran estúpidas, estaba haciendo el ridículo para do allí. Debía entrar en acción. La observe aun con más intensidad, por qué diablos no se dignaba a mirarme, aquello haría las cosas más fáciles para mí, al menos al hablar no sentiría que interactuaba con una pared.

Su amiga, volvió su mirada a mí.

Sería estúpido decir que ella no había notado cómo miraba a la castaña, así como también sería estúpido pensar que su casi insonoro murmullo en el que se disculpaba antes de levantarse de su asiento para según ella ir a pedir otro café,no era más que una táctica, una ayuda o cómo quisieran llamarlo para que yo pudiera quedarme a solas con una desconcertada castaña que apenas había levantado la vista de su libro cuando aún me vio allí, sentándome en el lugar que su amiga había dejado disponible.

— Ah — exhaló nerviosamente, enarcando ambas cejas a la espera de una respuesta mía. — ¿Qué haces? — preguntó con nerviosismo, intentando observar por sobre encima de mi hombro a su amiga. Supuse, intentaría que la rescatara de mí. No pude evitar sonreír ante ello. — ¿Te encuentras bien?—inquirió, dudosa.

— Soy invisible.

— ¿Qué?

— ¿Tú puedes verme?

— Si — respondió extrañada, frunciendo su ceño casi con confusión. Enarque una de mis cejas, divertido por su reacción. Se veía tan… inofensiva e inocente. Tal vez fuera virgen después de todo.

— ¿Y qué tal mañana en la tarde? — le sonreí. — Podremos ir a ver una película.

— Lo siento, ya la vi. — aseguró con falsa alegría, comenzando a levantar sus libros uno por uno con un poco más de rapidez. — Adiós. — está vez fue mi turno de observarla extrañado. Ella era rara, normalmente una chica se reiría… no ella. Y lo peor de todo, acababa de dejarme sentado como un idiota, observando hacia la nada misma mientras las risas de James resonaban en el local. Mierda, no, por supuesto que no se iría, al menos no tan fácilmente.

— ¡Oye! ¡Espera! — salté rápidamente en su búsqueda. Poco tarde en verla encaminarse hacia la parte sur del campus junto a su amiga. Unos segundos corriendo y yo ya las había alcanzado — ¡Hey! — la volví a llamar, está vez interceptando su camino y el de su amiga. Ella me rebasó rápidamente, pasando de mí.

Sonreí. Me encantaban los desafíos.

Nuevamente, volví a colocarme frente a ella, está vez caminando en reversa para así poder observarla. Su amiga se reía intentando ser disimulada, no le preste atención después de todo parecía que al menos a una le caía bien.

— ¿Qué quieres? — estaba molesta, pero aun así no dejaba de verse adorable. Un tierno puchero adornaba sus labios mientras sus ojos marrones me fulminaban con la mirada de y tal manera que helaría la sangre de cualquiera. Tierna y peligrosa, fatal y atractiva combinación, pensé.

— ¿Me puedes dar tu nombre?

— ¿Por qué? ¿Tú no tienes uno?

— Claro que sí. Me llamo Edward Masen — dije, obviando su perspicaz comentario. Ella era inteligente. — Entonces… No crees que es injusto que yo no sepa tu nombre y tu si el mío.

Ella negó.

— En realidad no.

Siseé fingiendo dolor. Su amiga rió, esta vez, abiertamente, ganándose una mirada de Isabella. Era un lindo nombre a decir verdad, algo anticuado, aunque claro, yo era el menos indicado para tachar un nombre de anticuado, después de todo el mío era un legado de mi tátara abuelo.

Enarque una de mis cejas, observándola a los ojos. No necesariamente necesitaba saber su nombre, ya lo sabía, Lauren me lo había dicho, aun así era casi primordial que al menos ella quisiera presentarse.

— Mi nombre es Ángela Webber y ella es Bella Swan. — se presentó su amiga, aunque claramente se notaba que estaba haciéndome el gran favor de ayudarme a saber el nombre de Bella.

Bella. Un apodo, o tal vez un diminutivo, supuse; y por primera vez en mi vida no puede estar más de acuerdo con quién fuera la persona que la llamo por primera vez así. Ella era realmente hermosa.

— Isabella, para ti.

— Me gusta más Bella. Te queda. — su rostro se sonrojo al obtener aquella sencilla respuesta de mi parte. Detuve mis pasos, caminar en reversa podrá ser divertido pero aun así podría terminar con mi trasero en el asfalto en cualquier momento. — Entonces que dices. Bella. ¿Saldremos éste sábado?

— Me dolerá la cabeza éste sábado.

— Prometo llevar un analgésico. Te mejorarás.

— ¡Eres desesperante!

— ¿Y qué es lo que hay en los hombres desesperantes que te excita tanto?

Invierno 2004 – Harvard

Masen.

Cerré los ojos fuertemente, reprimiendo mis ganas de soltar un grito. Sabía que la amaba mucho antes de acostarme con ella, sabía que era especial, mucho antes de perseguirla por todo el campus para que me diera número, así como también sabía que en cuanto ella descubriera este pilar de mentiras me odiaría, se alejaría de mí.

Todo se había salido de control.

Yo no debía de haber sentido nada por ella. Nunca. Pero aun así, sería hipócrita decir que me arrepiento de amarla, porque si, Edward Cullen, el mujeriego empedernido sé había enamorada ella, de su torpeza, su sagaz sentido del humor. Y mierda, ¡Eso estaba jodidamente mal!

Esto debía parar. Yo debía hablar con Lauren, cancelar esta estupidez, proteger a Bella de esa desquiciada, decirle la verdad en algún momento e intentar que ella me perdonara.

Suspire, cerrando los ojos, aquello sonaba más fácil de lo que realmente era.

— ¿Qué sucede? — inquirió Bella, observándome con sus ojos chocolates entrecerrados y su voz más ronca de lo normal. — ¿Te duele la cabeza, amor? — sonreí con ternura, acariciando sus cabellos. Esta vez fue su turno de suspirar, cansada, para luego volver a acomodar su cabeza sobre mi pecho. Fruncí el ceño divertido al sentir un fuerte manotazo sobre esa zona de mi tórax en un intento desesperado por parte de Bella, para que esté se ablandara.Indudablemente, ella un continuaba entre dormida.

— Auch — mascullé divertido— Bells, cariño, aunque lo intentes con fuerza, mi pecho no se sentirá al igual que una almohada. — me fulmino con la mirada, indignada, para luego voltearse, dándome la espalda, dispuesta a dormir cómodamente abrazada a su almohada. Reí entre dientes, abrazándola por detrás — Aunque siempre que quieras puedes intentarlo — susurré en su oído, depositando un húmedo beso en su cuello. Ella rió, acariciando mi mano, que se encontraba envuelta en su cintura.

— Te amo.

— Yo mucho más —aseguré, estrechándola aún más cerca de mi cuerpo, ocultando mi rostro entre su cuello, para escapar de los suaves rayos de luz que se filtraban por la ventana. — Duerme, más tarde te ayudare a estudiar. — cerré los ojos. Sabía que debía de solucionar muchas cosas, sin embargo, en este momento lo único que quería hacer, era dormir junto a ella, entre mis brazos, sin que nadie pudiera incordiarnos.