Les agradezco a todos los que están al pendiente de este relato, sobre todo a Sg91, tanto por prestarme su relato del cual parte este, e igualmente por apoyarme con la redacción, gracias


En la gran inmensidad del mar, desconociendo cuanto había pasado, el pony que caminó con su familia ahora navega solo; despojado antes de nacer de la cumbre del poder real, sin rango ni riqueza material, desamparado, sin un país, sin esperanzas. Su alma confundida, como los vientos fríos y olas violentas que lo azotan, es impulsada hacia adelante, siempre hacia delante, por una fuerza desconocida hacia una tierra no vista. Cada noche trae consigo el negro abrazo de la soledad, en el murmullo desafiante del viento oye las voces resonantes de la oscuridad. Su mente atormentada se pregunta si proclama el recuerdo de su vida pasada, o son presagios de cosas que están por suceder. Conforme pasan los días, no puede calmar la ardiente sed que siente en sus labios, ni refugiarse de la furia del hambre; por todas partes hay soledad, no puede maldecir ni alabar el poder que lo motiva, ya que no sabe de dónde viene. A sabiendas que puede ser más terrible vivir que morir, continua hacia adelante, ante el ardiente crisol del mar donde aquellos son limpiados, purificados, para el gran propósito que Él escribió. Hasta que al fin, cuando ya no tenía fuerza, tendido en las maderas del bosque de dónde provino, el metal está listo para la mano del creador. Por fin podía ver las costas de las tierras de los hombres, sobre todo la ciudad portuaria que se alzaba ante él. Con las últimas fuerzas de su alma, sin más, tomó rumbo al puerto, no tardando mucho en llegar. Cuando por fin llegó desembarcando, solo para ser recibido por media docena de guardias que le apuntaban con lanzas.

-¡Quieto, poni! –exclamó uno de los guardias, apuntándole con una lanza

-Solicito una audiencia con su rey–murmuró calmadamente.

Los guardias lo escoltaron, desconfiados, hacia la cima de la ciudad donde se alzaba un imponente castillo. Entraron velozmente, notó como los hombres afilaban sus espadas y uno de ellos sostenía un hacha gigante, el cual la afilaba mirándolo siniestramente. En el patio de armas acabó ante otros guardias, los cuales lo llevaron al interior del castillo hasta llegar al salón del trono, donde una gran multitud de personas lo miraban con una mezcla de miedo y odio. Finalmente lo dejaron frente al rey, un hombre mayor que lo observaba con una adusta indiferencia.

-Majestad, una bestia del otro lado del océano ha llegado a nuestras costas y solicita una audiencia con vos.

-¿A qué has venido, poni? –inquirió éste indiferente, observando como éste se acercaba al centro del salón.

-He venido a ponerme a su servicio, mi noble señor–anunció él, inclinándose ante él.

Los miembros de la corte lo miraron tanto asombrados como intrigados.

-¿Y por qué debería confiar en tu palabra, cuando fueron los tuyos los que mataron sin razón alguna a aquellos que solo querían vivir en paz? –respondió él, con voz tomada.

Los presentes aguardaron silenciosos.

-Si tenían razón, mi señor–exclamó él–ya que fue por mi padre y mi madre que destruyeron su ciudad.

El rey desenvainó su espada, listo para golpearlo con furia.

–Mi madre Alicornio se enamoró de mi padre hombre, quedando preñada de este–añadió entonces él.

Ante semejante anuncio, los presentes se calmaron.

-Explícate, poni.

-Mi señor, le pido que no me llame poni, no tengo relación alguna con aquellos que arrojaron a mi madre, esperando que muriera de hambre. No soy un pony, soy un Alicornio… soy un hombre, no un poni.

-¿Cómo te llamas, muchacho? –inquirió el rey, envainado su espada y sentándose en su trono –porque debes tener nombre ¿no?

Algunos miembros de la corte rieron un poco excepto el propio rey, que no dejaba de mirar al Alicornio.

-Alejandro, mi señor.

Con su magia sacó el pergamino sellado, los guardias por instinto le apuntaron con sus lanzas, dispuestos a atravesarlo; sin embargo, con un movimiento de la mano del monarca, volvieron a ponerse firmes.

–Mi padre me envió con esto, pidiéndome que se lo entregase a usted y sólo a usted.

Se lo tendió al rey, el cual lo tomó, abriéndolo con lentitud. En cuanto leyó un poco, levantó una ceja, mirando de reojo a Alejandro.

-¿Cómo dijiste que se llama tu padre?

-Nunca lo dije, pero se llama Will de Liongate, mi madre se llama Cadenza.

El rey lo miró con intriga, mas suspiró.

-Así que eres el nieto de Zacko de Liongate…

Los murmullos no se hicieron esperar.

–Conocí a tu padre cuando era apenas un bebé, supongo que no sabrás nada de tu abuelo…

Alejandro negó con la cabeza rápidamente.

–Tu abuelo me ayudó a unificar a la gran mayoría de nuestros pueblos del norte, no con la espada, sino con la palabra–el rey hizo una pausa, levantándose y mirándolo intrigado–no sé qué te ha traído hasta aquí, pero veo en tus ojos un odio hacia los ponis casi tan alto como el de cualquiera que sobrevivió a esa masacre.

Observó a un grupo de sirvientas que esperaban alguna orden.

–Llévenlo a una habitación del palacio, denle lo que solicite, agua y comida.

-Sí, majestad.

-Y tú, Alejandro, espera ahí hasta que te mande llamar.

-Sí, señor.

Fue detrás de las sirvientas, las cuales lo condujeron a una habitación del segundo piso por donde se podía ver la calle principal. Ahí estuvo por un tiempo hasta que una de ellas le informó que el rey lo vería en los jardines.

–Mi señor –murmuró, inclinándose frente al monarca.

-Alicornio, he discutido con mis generales y casi todos consideran que debería encerrarte o devolverte a tu tierra, sin cabeza.

Ante eso, Alejandro tan solo levanto la cabeza solemnemente.

–Sin embargo, permitiré que te unas a mi ejército ¡Zephon!

Un hombre ataviado con una gruesa armadura blanca se acercó a los dos.

-Aquí estoy, mi rey –exclamó, realizando una reverencia–su general a su humilde servicio.

-Su abuelo te instruyó en el arte de la batalla, ahora tú instruirás a su nieto.

El general asintió sin decir nada más. El alicornio giró la cabeza hacia el rey.

–Yo soy Pedro II, tu rey a partir de ahora, y espero que me sirvas con honor, como lo hiciera una vez tu abuelo. Ahora ve y recoge tus cosas que a partir de hoy estarás en una barraca con el resto de tu unidad, soldado.

-Así será, mi rey, honraré a mi familia–murmuró con vehemencia, dándose la media vuelta.

1 año después

-Joven Alejandro–llamó un sirviente al Alicornio, el cual estaba practicando en uno de los patios del palacio con el resto de su unidad. No muy lejos, su maestro observaba la practica con tranquilidad–nuestro rey lo manda llamar.

-Voy en seguida –asintió al ver como Zephon le indicaba que fuera.

Corrió con rapidez hasta llegar a un enorme jardín repleto de flores, donde él se encontraba.

–Mi rey–murmuró, inclinándose ante él.

-Acompáñame.

Ambos comenzaron a caminar lado a lado, seguidos de cerca por la guardia, lista a prestar auxilio a su rey si lo requiriera.

–Muchacho, te diré algo, mi padre me dijo una vez una cosa muy importante, algo que nunca se me debe de olvidar, y quiero que tú la sepas.

-Le escucho, mi señor.

-Solo vemos la organización social de las naciones, no más que los resortes de la máquina, y no al sublima obrero que la hace andar; no conocemos más misiones que las añejas a nombramientos firmados por un ministro o por un rey, y se escapa a la vista de los hombres que Dios ha creado seres superiores a los ministros y a los monarcas, encargándoles que cumplan una misión en vez de desempeñar un empleo. Eso es lo que veo en ti, tú estás llamado para algo grande.

-Como ocurre a todo ser en la vida–respondió Alejandro–fui conducido por el caos una vez al punto más alto. Una vez ahí, me mostro el universo entero–murmuró con nostalgia, recordando a su padre y su madre.

-Por algo la providencia te ha traído hasta aquí.

-Siempre he oído hablar de la providencia y, sin embargo, nunca la he visto, lo cual me hace creer que no existe. Quisiera ser la providencia, porque lo más bello y grande que puedo yo hacer es recompensar y castigar.

El rey lo miró, sabiendo a qué se refería.

-Te engañas–le anunció–la providencia existe, pero tú no la ves, porque como hija de Dios es invisible como su padre. Nunca he visto nada que se le parezca, porque procede por resortes ocultos, y marcha por caminos oscuros.

Alejandro tan sólo observó cómo se ocultaba el sol.

–A todos los hombres nos llega el momento de tan amarga decisión–respondió finalmente, mirando el cielo estrellado–hay cosas de este mundo que aún no comprendemos del todo.

-Así es, su majestad.

-Escucha Alejandro, tal vez te digas mil veces que eres un hombre, pero no lo serás hasta que lo demuestres –en ese momento dio media vuelta, retirándose–pronto tendrás que demostrar si en verdad puedes con la carga de ser un hombre.

-Sí, señor.

3 años después

El día estaba nublado, símbolo del duelo que la tierra hacía, ya que sobre ella había un campo de batalla; dos enormes ejércitos se disponían a combatir con furia y sin cuartel.

-¿Estás listo, muchacho?–inquirió Zephon, contemplando el campo.

A su lado estaba Alejandro, preparado para la batalla con una armadura blanca con bordes negros.

-Todos estamos listos, general –respondió él, al ver detrás suyo al grueso del ejercito–todos estamos listos.

-Tres años, muchacho–sonrió calmadamente Zephon –muchas cosas han pasado desde entonces, ésta es tu oportunidad de demostrar que eres un hombre y no poni, no me decepciones.

Se acercó detrás de Zephon, donde los dos reyes discutían.

-¡No lo haré!

-¡Elijah de Medina, te pido de la manera más amena posible que te retires de mis tierras!–exclamó Pedro ante un hombre algo más viejo, que llevaba una armadura de diseño árabe.

-¡Veo que los rumores son ciertos!–exclamó éste, al ver a Alejandro– ¡tienes una mascota de las tierra sin Dios! pero no importa, ¡sólo he venido a decirte que no dejaré que tomes a mi gente sin pelear!

-¡Tú has venido con tu ejercito a mi reino, y reclamas algo que no ha pasado!–grito Pedro con furia–hemos respetado tus tierras, Sarraceno, no niego que te pedí que te unieras a los demás reinos ¡pero jamás he marchado hacia Jerusalén!

-¿Cuánto tardarías en marcharte?

-Si así lo deseas, no me dejas otra opción.

La comitiva parlamentaria se retiró, cada uno junto con respectivo ejército. El rey hizo sonar una trompeta, y el ejército marchó hacia el enemigo, el cual se abalanzó sobre ellos sin organización alguna. Alejandro esperó hasta que estuvieron cerca.

-¡Picas al frente!

Las picas surgieron desde la parte superior del destacamento, sorprendiendo a la estampida de hombres, los cuales fueron atravesados, siendo los primeros en caer.

-¡Axios! –gritó el general.

Al punto, todos desenvainaron sus espadas, adentrándose en la batalla. Alejandro miraba el espectáculo, aun dudando de luchar; repentinamente, un enemigo se acercó a él, dispuesto a golpearlo con su espada. El Alicornio lo esquivó con rapidez, sosteniendo su espada sin pensar lo cortó por el pecho, para luego clavársela en la cabeza con tan profundidad que no pudo sacarla. Al ver que lo había hecho tan solo contempló la escena con una adusta indiferencia, por fin templado al nivel que quería; sin embargo no tardó mucho antes de darse cuenta que otros dos hombres se acercaban a él, ambos con espadas. Sacó de su lomo un par de hachas de doble filo, que con gran maestría arrojó a los incautos, clavándose en sus tórax. Las horas pasaron, ya anochecía y por todo el campo los buitres comían los restos de la batalla; en medio de la masacre, Alejandro seguía contemplando el cadáver del primer hombre que mató.

-Alejandro, ven–indicó uno de sus compañeros, mirándole extrañado.

Uno se acercó a él, tocándolo en el hombro.

–Vamos, ya terminó.

Pero Alejandro tan solo se quedó ahí, mirando el espectáculo. En su mente los pensamientos le llegaban como una onda de luz, por fin estaba templado. Levantó su pezuña, aun sosteniendo la espada que cubierta de sangre brillaba con la luz de la luna. Salió de su trance, encaminándose a donde estaba el campamento; apenas puso una pata en él, fue convocado a la carpa central. Al entrar en ella, contempló a los dos reyes en medio de los generales.

-Alejandro, ven, es mejor que escuches esto–le indicó su maestro, poniéndose a su lado.

-Has perdido, Elijah–murmuró el rey con simpleza–sin embargo, te voy a dejar ir. Jamás he deseado una guerra con tu gente, dignos del valor que los tuyos mostraron, vuelve a Jerusalén y dile a tu pueblo que deseo que se unan a nosotros por su propia decisión.

-Tu palabra confunde mi mente ¿Por qué?

-Hay un enemigo aún más peligroso, uno como jamás hemos visto, y ya es hora de que las armas que con tanto ahínco creamos para contener nuestro más primitivo instinto sean apuntadas, no contra nosotros mismos, sino contra un mal todavía peor. Por ello, tenemos que estar unidos como una sola nación.

-¿Y qué maldad te hace actuar así?

-La que habita en las tierras más allá del océano infinito.

Elijah se dio la vuelta, escoltado por algunos de sus soldados sobrevivientes. En cuanto se marchó, Pedro miró a Alejandro.

–Lo hiciste bien.

Todos salieron de la carpa, para ver cómo un trote de caballos avanzaba hacia el desierto, alejándose del campamento.