I
San Mungo
Despertó sintiendo un olor a antiséptico. Toda la habitación estaba pintada de blanco y creyó, al menos por un segundo, que había cruzado el umbral hacia la otra vida, pero aquella hipótesis fue descartada cuando un hombre ataviado con un uniforme de color verde lima extendió su varita hacia sus ojos. La varita tenía su punta encendida.
—Siga la luz —instruyó el sanador.
No sabía por qué le dolía tanto la cabeza, tampoco por qué tenía tanto calor. No obstante, siguió la luz, tal como le había instruido el sanador. A continuación, el sujeto pareció extraer algo que estaba alojado en su axila derecha y lo examinó con detenimiento.
—Treinta y ocho. Todavía tiene fiebre, señor Malfoy. —El sanador hizo desaparecer el termómetro con su varita e indicó a un asistente una serie de instrucciones. Draco todavía estaba demasiado aturdido para comprender las intenciones del sanador.
—¿Puede oírme? —preguntó el sanador al cabo de un rato.
—Sí —repuso Draco lacónicamente. Estaba buscando cualquier excusa para irse de San Mungo y volver al trabajo.
—Debo hacerle unas cuantas preguntas, señor Malfoy —dijo el sanador, conjurando un rollo de pergamino, una pluma y una botella de tinta negra—. Facilitará el diagnóstico, por lo que le pido que sea honesto. De este modo, podremos formular un tratamiento más pronto y le daremos de alta lo antes posible.
—Eso sería bueno —dijo Draco, tratando de acomodarse, pero sentía sus extremidades como si estuvieran hechas de granito—. Siento mis brazos y piernas muy rígidos.
El sanador hizo una anotación en el pergamino.
—¿Cómo se sentía antes del desmayo?
—Tenía calor, mucho calor. Pensé que los encantamientos de climatización estaban funcionando mal.
El sanador frunció el ceño, haciendo otra anotación en el pergamino.
—¿Es normal sentir un mareo después de perder el conocimiento?
—Es lo que siempre ocurre. Su mareo fue común. ¿Algún otro síntoma de consideración?
Draco negó con la cabeza. El sanador volvió a hacer otra anotación.
—Bien, si eso es todo, creo que su enfermedad no es algo difícil de curar.
—¿En serio?
—No lo va a creer, pero a menudo síntomas dramáticos esconden enfermedades muy comunes —explicó el sanador en un tono tranquilizador—. Estamos hablando de un parásito que se aloja en el hipotálamo. El hipotálamo se encarga, entre otras cosas, de regular la temperatura corporal, y este parásito altera su funcionamiento. Como es un parásito mágico, no tiene cura para los muggles, pero a usted le basta una simple pócima para eliminar el patógeno de su sistema.
Draco frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo —repitió el sanador—, pero es parte de mis deberes como sanador mencionarle cuáles son los efectos secundarios de la pócima que va a beber.
—¿Y cuáles son?
—No son graves, solamente molestos —contestó el sanador—. Podría tener comezón en sus partes íntimas, ardor en la garganta, somnolencia y, en algunos casos, vómitos.
—Eso suena más complicado de lo que me explicó. Soy un hombre muy ocupado y necesito estar en pie lo antes posible.
—No debería preocuparse, señor Malfoy. Aquellos síntomas no ameritan hospitalización. En caso que usted vomite, basta con consumir líquidos, de preferencia aquellos que contengan electrolitos.
Draco se encogió de hombros.
—Si usted lo dice…
El sanador dio media vuelta y abandonó la sala. Draco se quedó quieto, pensando en cómo había contraído ese parásito. Luego se sacudió esos pensamientos. Eso ya no importaba. Estaba enfermo y lo que necesitaba en ese momento era una cura, de preferencia, una inmediata. Aquel había sido un comienzo poco auspicioso para su negocio, y necesitaba ese negocio para echar a andar su otro asunto, el de la expansión de la raza mágica. Por último, se resignó a esperar que el tratamiento diera resultado, aunque debiese esperar en una cama que distaba mucho de la comodidad de la suya.
Diez horas habían transcurrido desde que comenzó el tratamiento y Draco ya se sentía mucho mejor que cuando llegó al hospital. Ya no sentía sus extremidades rígidas y la fiebre había disminuido considerablemente. Comía de forma normal y no había padecido ninguno de los efectos secundarios que le había mencionado el sanador. Para coronar la torta, su sanador apareció en la sala, quien venía con buenas noticias.
—Señor Malfoy, he venido a comunicarle que su temperatura ha vuelto a la normalidad y que no hay rastros del parásito en su sistema. Puede irse.
De hecho, Draco se sentía mejor que nunca. Se puso de pie sin ninguna dificultad y cogió su ropa, la cual había sido guardada en un cajón cercano. Pidió un poco de privacidad para cambiarse de atuendos, pensando en los jugosos tratos que iba a obtener el día de mañana.
Mientras recibía el tratamiento, uno de los miembros de la junta directiva había venido a visitarlo, diciendo que ya había un potencial trato en proceso y que solamente necesitaba su autorización por escrito para continuar con el siguiente paso. Draco había firmado los papeles, no sin antes leerlos concienzudamente, y el negocio siguió su curso. Lo único que faltaba era una reunión de las juntas directivas de ambas empresas para anudar el trato.
Y la reunión iba a tener lugar dentro de dos horas.
—Va a necesitar beber de esa pócima por dos días más —le dijo el sanador, tendiéndole dos frascos llenos de un líquido espeso de color verde—. Sé que no tiene buen sabor, pero, ¿qué medicamento lo tiene, eh?
Draco no dijo nada. Arrugó levemente la cara y, sin agradecer al sanador, tomó ambos frascos con poca elegancia y salió como una exhalación de la sala y del hospital. Por fortuna, el edificio estaba a solamente cinco cuadras de San Mungo. Cinco cuadras podía hacerlas en cinco minutos. Draco sabía que cualquier prisa podía hacer que el trato no resultara; las juntas directivas se fijaban en todos los detalles, y si se daban cuenta que Draco había llegado apurado a la reunión, iba a dar la impresión que necesitaba cerrar el negocio a toda costa. Y no había nada más pernicioso para los negocios que la ansiedad por conseguir uno.
Tranquilamente, Draco entró al vestíbulo, nuevamente recibiendo saludos de sus empleados, y entró al ascensor. En esa ocasión, sin embargo, no tenía calor. Los encantamientos de climatización funcionaban sin problemas. Se sentía como un tiburón que hubiese olido sangre, y no iba a desaprovechar la oportunidad de ganar mucho dinero. En todo caso, eran pocos los empresarios que obtenían un negocio importante en sus primeros días a cargo de una empresa, pero Draco no se iba a dejar amedrentar por eso. Se decía a cada momento que su negocio le servía para concretar su real propósito.
—Lo están esperando, señor Malfoy —dijo Heather, su secretaria. Draco la miró detenida y subrepticiamente. Usaba una blusa blanca que no ocultaba muy bien su sostén y una falda roja que le llegaba hasta las rodillas. Tenía el cabello suelto en esa ocasión, pero eso a Draco no le molestó.
Para nada.
—Gracias, Heather —dijo Draco plácidamente. Era típico que la clase de hombres que esperaba en el salón de reuniones cambiaran sin aviso los horarios. Los empresarios hacían eso solamente a modo de táctica disuasoria. Aquello separaba a los auténticos empresarios de aquellos desesperados por conseguir un negocio—. ¿Podrías hacer un hueco entre las seis y las ocho de la tarde?
—¿Motivo, señor Malfoy?
—Tan acartonada, Heather —bromeó Draco, lo que hizo que su secretaria se pusiera un poco colorada—. No, no es una reunión de negocios. Es algo, digamos, personal.
—¿Estará una señorita con usted, señor Malfoy? —preguntó Heather, bien al tanto de las excentricidades de los empresarios cuando se trataba del empleo del tiempo libre.
—Depende de la señorita —dijo Malfoy, dedicándole una mirada penetrante, y Heather supo interpretar correctamente el gesto. "Tú eres esa señorita".
—Lo lamento, señor Malfoy, pero no suelo fraternizar con mis jefes.
—Como quieras —dijo Draco, encogiéndose de hombros—. Pero eso significa que tendré que destinar la champaña, la comida y el postre a otros menesteres. Una pena. Mil Galeones a la basura.
Y Draco entró a la sala de reuniones, con miras a una buena jornada de trabajo.
En el último piso había una habitación acondicionada específicamente para encuentros más personales, a la cual se podía acceder desde la sala de reuniones. Draco quería recrear la comodidad y el aire de la sala común de Slytherin, solamente que con toques más modernos por aquí y por allá. Allí estaba Draco, sentado en un sillón mullido, fumando un puro, pensando en qué hacer con la fastuosa cena que había preparado, o mejor dicho, que sus cocineros habían preparado para él.
La reunión tuvo lugar de acuerdo con lo esperado. Al final, era el otro empresario el que estaba desesperado por hacer el trato y Draco se dio cuenta temprano de ello. Gracias a eso, se ahorró varios millones de Galeones e iba a obtener muchos más a partir del negocio que había concretado hace una hora atrás.
—¿Puedo pasar, señor Malfoy? —dijo una voz delicada. Draco miró a la puerta de vidrio y notó que su secretaria esperaba con una expresión que hablaba claramente de sus nervios.
—Por supuesto.
La puerta se abrió por su cuenta y Heather entró con un poco de tiento, notando cómo la puerta se cerraba tras ella. Tomó asiento a una distancia prudente de Draco, mirando la cena, dándose cuenta en ese momento que tenía hambre.
—¿Por qué cambió de opinión, si puedo preguntar?
—Como dije, no suelo fraternizar con mis jefes, pero ninguno de ellos me ha ofrecido una cena de mil Galeones de manera tan atenta.
—Entonces sírvete —le animó Draco con una sonrisa de lado—. Come lo que gustes.
Heather se sintió más tranquila al ver que su jefe le estaba instando a entrar en confianza y comió, primero con un poco de tiento, luego con más calma. El fuego que crepitaba en la chimenea ayudaba a que se sintiera más tranquila.
—Por cierto, estuve revisando mi cuenta de Gringotts y noté que hay un depósito de cincuenta mil Galeones a su nombre. ¿Puedo preguntar por qué lo hizo?
—Sabes por qué lo hice —dijo Draco con aplomo, mirando a Heather intensamente, como diciéndole "soy tu dueño y voy a hacerte el amor" de manera incesante e insistente—. No te preocupes. No voy a hacer nada que no quieras.
—Lo siento, señor Malfoy, pero no puedo aceptar su dinero —dijo Heather, aunque había vuelto a lucir nerviosa—. No es que no lo quiera, pero no siento como que me lo haya ganado.
—¿En serio? —Draco seguía taladrándola con la mirada, con la misma intención y con la misma insistencia—. ¿Y qué estarías dispuesta a hacer para sentirse como si te hubieras ganado ese dinero?
De pronto, Heather comenzó a sentir mucho calor. De forma involuntaria, agitó su mano derecha como si ésta fuese un abanico. Tenía sus mejillas coloradas.
—¿Hay un problema con los encantamientos de climatización? —preguntó Heather, como tratando de defenderse de lo que estaba comenzando a sentir, bien al tanto que no había nada malo con ellos.
—Tú me dijiste que no había ningún problema —dijo Draco, encogiéndose de hombros—. Yo estaba equivocado. ¿O acaso es otra la razón por la que tienes calor?
—Yo… debería irme, señor Malfoy…
Pero Draco no permitió que se fuera. La tomó por la cintura y la jaló hacia su cuerpo, notando que sus temblores eran más notorios cuando él estaba cerca de ella.
—Señor Malfoy, por favor…
—No tengas miedo —le dijo Draco al oído—. Como dije, no te haré nada que no quieras. Y podrás tener ese dinero, sin importar lo que hagas esta noche… o mejor dicho, en estas dos horas. Decide pronto, porque el tiempo vuela y tengo otra reunión después, así que aprovecha.
Heather ya no pudo soslayar por más tiempo la razón de su repentino calor. Una voz dentro de ella clamaba que todo iba demasiado rápido, pero otra voz, una que provenía de la parte de atrás de su cabeza, le insistía en que se dejara llevar de una vez, que Draco era un buen partido y que ya no pusiera más barreras.
Draco supo que su secretaria había capitulado cuando notó el brillo de sus ojos. Mientras la besaba con delicadeza, hizo un gesto con las manos para oscurecer todas las ventanas.
Te haré mía de formas en que no podrás imaginar.
Los gemidos se filtraban por las ventanas mientras el atardecer oscurecía la ciudad de Londres.
El sanador que había dado de alta a Draco estaba a punto de terminar su turno. Lucía taciturno y molesto por el trato que le había dado el multimillonario. Era algo que detestaba de la gente con mucho dinero en sus cuentas bancarias; se creían el centro del mundo y que todos debían rendirles pleitesía. En su opinión, las enfermedades no distinguían entre ricos y pobres y, cuando uno y otro estaban entre la espada y la pared, la diferencia entre ambas clases sociales desaparecía.
El sanador exhaló de alivio cuando su turnó acabó. Se dirigió a los vestidores para colgar su uniforme y marcar horario, deseando que jamás volviera a encontrarse con ese engreído de Draco Malfoy. No obstante, mientras iba por el pasillo que conducía a los vestidores, unos sanadores irrumpieron en el corredor, llevando una camilla, sobre la cual iba el cuerpo inanimado de…
—¡Por Merlín! —exclamó el sanador con indignación—. ¡No puede ser!
—¡Lawson! —increpó uno de los sanadores que llevaba a Draco Malfoy en la camilla—. Él fue tu paciente, ¿no es así?
—Mi turno acabó, Preston.
—Tú lo diagnosticaste —insistió Preston, plantándose delante de Lawson—. Es tú responsabilidad, así que nos vas a acompañar.
—Ya le lo dije —dijo Lawson cansinamente—. Mi turno acabó.
—Tu turno se acabará cuando hayas corregido tu metida de pata.
—¿Qué metida de pata?
Lawson, por pura curiosidad, se acercó al cuerpo de Draco Malfoy y entendió de inmediato por qué su colega hablaba de una metida de pata de su parte.
—¿Dónde lo encontraron?
—Estaba en su penthouse —repuso Preston, quien siguió a la carrera, seguido de cerca por Lawson—. Su secretaria dio el aviso. Simplemente volvió a colapsar mientras tenía una cena de trabajo.
—Sí, entrevista de trabajo mi trasero —murmuró Lawson, al tanto de que los ejecutivos no se comportaban exactamente como unos santos con sus empleados, sobre todo con sus secretarias—. Bien. Llévenlo a la misma sala en la que estuvo. Pero, ¿por qué diablos sigue enfermo? Los exámenes fueron concluyentes.
—Los exámenes nunca son concluyentes cuando se trata de parásitos mágicos —dijo Preston, jadeando a causa del esfuerzo—. Mira, si no quieres hacerte cargo del paciente, otro sanador lo hará.
—Bien —dijo Lawson, deteniéndose a las puertas de la sala—. Buena suerte.
—Está bien —dijo Preston, abriendo la puerta de la sala—. Dejaré que ella se haga cargo de todo.
Lawson arrugó el entrecejo. Sabía muy bien quién era ella, pues se trataba de la jefa del departamento de diagnóstico de San Mungo, pero no tenía muy buena opinión de ella, más que nada por un asunto que había ocurrido en la escuela de medicina mágica. Resopló de resignación.
—De acuerdo, de acuerdo. —Y Lawson entró a la sala, deseando que le pagaran las horas extras que iba a pasar en compañía de ese desgraciado empresario llamado Draco Malfoy.
