Capítulo 15

Avenida de Tragedia

Ninguno de los dos, ni Inuyasha ni Ichigo, sabían cómo habían acabado en aquella casona antigua, ni cómo se adaptaron a su primera noche allí como si nada. Esa noche había sido de lo más tranquila, estando los dos en una habitación en la que se quedaron el uno frente al otro mirándose de rato en rato, al no ser capaces de dormir en tal situación. Y todo luego de que Ichigo aceptara quedarse en la casa, al no tener otro curso, ni rumbo, ni plan de acción. Ni tampoco dónde regresar, a pesar que el apartamento de Ichigo estaría por algún lugar, ya que sabían que estaban en Tokyo. Seguramente la hospitalidad de Nurarihyon habría tenido algo que ver para haber tomado esa decisión.

Al parecer también esos niños humanos solían pasar las noches en el lugar, lleno hasta la bandera de Youkais que iban y venían de la casa como hormigas. Pues cuando Ichigo se levantó en la madrugada, y fue al baño a hacer lo suyo, con una pequeñísima resaca, al doblar por una esquina chocó a la primera con la niña castaña de la noche anterior, que se cayó al suelo de espaldas.

—¡Perdone! Es que iba distraída con…

Kana de pronto se dio cuenta de que quien la estaba mirando con una mano extendida hacia ella y una expresión algo culpable era el chico de cabello naranja y vestido todo de negro.

—Perdóname tú. Debí ser más cuidadoso —le respondió Ichigo, incómodo, sin apartar la mano.

—No… Yo…

La chica se levantó y echó a correr. Ichigo se rascó la cabeza viéndola irse y pensando en que otra vez su sempiterna expresión de disgusto en las cejas le traía problemas con las chicas.

—¿Qué tenía la mocosa?

—No lo sé.

Le respondió Ichigo a Inuyasha, que acababa de llegar detrás de él. El día era esplendido y soleado, y lo único que veían era a Youkai madrugadores saliendo básicamente de todos los sitios.

—¿Cómo pasaron la noche? —les preguntó Nurarihyon, ambos miraron a su alrededor y lo localizaron dentro de una habitación con la puerta corrediza abierta.

—Ah… bien.

Era cierto. La noche había sido tranquila, si quitaban a los Youkai y sus ruidos nocturnos. Era difícil de creer todavía cómo habían terminado en un lugar así.

—Me alegra oírlo.

—Buenos días —los saludó una voz.

Se trataba de un chico con cabello castaño, con lentes y expresión amable. Vestía igual que el actual líder del clan la noche anterior.

—¿Rikuo? —quiso saber Ichigo.

—El mismo.

—¡Keh!

—¿Cómo es posible? —se extrañó Ichigo, dándole un codazo a Inuyasha—. ¿Te cortaste el pelo?

Ichigo no lo podía creer. Rikuo se veía como un joven humano normal ahora.

—Esta es mi forma diurna —explicó Rikuo, mientras Inuyasha llevaba los brazos detrás de su cabeza, indiferente—. La que vieron anoche era mi forma nocturna.

Aun hablando de ello, todos fueron de regreso a la misma sala de la noche anterior, donde ahora se hacía las de desayuno. Allí ya estaban Yuki Onna y la hermosa mujer mayor que estaba con Nurarihyon la noche anterior. Ambas estaban ajetreadas con los preparativos para el desayuno.

—Tsurara-chan, por favor ve a ver si están listas las tortillas. Y el café —le estaba diciendo a Tsurara aquella bella mujer mayor.

—¡Hai! Wakana-sama… ¡Ah, Rikuo-sama!

Tsurara saludó a Rikuo con una brillante sonrisa y él le devolvió el saludo. Luego ella saludó a Nurarihyon con respeto y…

—Días, Mikan-kun e Inu-kun —les dijo Tsurara a Ichigo e Inuyasha con algo de burla, que les pasó inadvertida a todos los demás excepto a ellos. Los estaba llamando al uno mandarina y al otro perro, literalmente.

—Pequeña sabandija…

—Sabe dónde duele —coincidió Ichigo con una vena en la sien, viendo a Tsurara alejarse.

Nurarihyon les presentó a la bella señora de la noche anterior que estaba vestida en un kimono amarillo. Era Wakana, madre de Rikuo y viuda de Nura Rihan, el Segundo Comandante del Clan y Lord del Pandemónium.

—Vaya. ¿Cuántos años tiene su clan? —preguntó Ichigo dirigiéndose a Rikuo, mientras estaban todos sentados y Tsurara les servía a Inuyasha e Ichigo con una expresión de fastidio.

—Por lo que me dijeron, más de cuatrocientos años —respondió Rikuo.

Ichigo se quedó pensando en las sucesiones del clan. Si Nurarihyon fue el primero hacía más de cuatrocientos años, luego Rihan y ahora Rikuo, ¿cuánto les había tomado para tener descendencia? Los Youkai al parecer tenían todo el tiempo del mundo, como los Shinigami de pura cepa.

El desayuno transcurrió sin mayores situaciones, a menos que se contara la llegada de los muchachos humanos que ahora deberían partir a la escuela a pesar de estar en verano todavía. Estaban todos vestidos de uniforme escolar. Rikuo se había ausentado un rato y regresó vestido igual que los varones.

—Bueno, nosotros nos vamos a clase —se despidió Rikuo de Inuyasha, Ichigo y los demás cuando terminó su desayuno—. ¡Nos vemos en la tarde!

Se dio vuelta y se dirigió a la puerta principal afuera en el patio, que alguien había reparado durante la noche. Sus amigos lo siguieron, despidiéndose alegremente de Inuyasha e Ichigo, excepto por Kana, que casi se tropezó otra vez cuando se dio vuelta para seguir a sus amigos.

—¡Waka! ¡Espere!

Tsurara también se había vestido con su uniforme escolar, llevando su bufanda alrededor el cuello a pesar del calor que hacía. Ella corrió detrás de los chicos que la esperaron. Al llegar junto a ellos Tsurara se dio la vuelta y les sacó la lengua a Ichigo e Inuyasha, y ellos una vez más sintieron la pequeña molestia que la chica de las nieves les causaba.

—Disculpen a Tsurara —les dijo Nurarihyon, riendo al notar lo que pasaba—. Es que esa chica es muy protectora y celosa de Rikuo. Lo cuidó desde que nació.

—¿Ella es mayor que Rikuo?

—Sip. Rikuo debe tener unos doce años, y Tsurara debe tener una o dos décadas más que él.

—Rikuo tiene catorce años, Nurarihyon-sama —le aclaró Wakana.

—¿Ya tiene catorce? El tiempo vuela.

Terminaron de desayunar e Ichigo se levantó de la mesa, haciendo que Inuyasha se levante también.

—Gracias por su hospitalidad, pero nosotros ya nos vamos —les dijo Ichigo, mientras Inuyasha se desperezaba estirándose.

—¿Ya se van? —preguntó extrañado Nurarihyon—. ¿No le dijeron a Rikuo que lo verían en la tarde?

—Bueno, es que no hubo tiempo de decirle que nos iríamos.

—Sí, ya perdimos mucho tiempo aquí… ¡Ouch!

—Gracias por todo —les agradeció Ichigo una vez más, sobándose los nudillos mientras Inuyasha se sobaba la cabeza.

—Bien, veré que los acompañen hasta la calle concurrida más cercana —les dijo Nurarihyon.

—Ah, no es necesario —le respondió Ichigo, apenado.

Pero Nurarihyon no le hizo caso, y de la nada salieron dos Youkai con forma humana. Kubinashi y Kurotabou: que se habían enfrentado a Inuyasha e Ichigo la noche anterior.

—Acompáñenlos a la salida —les ordenó Nurarihyon, y ambos Youkai se inclinaron y asintieron—. Y ustedes no duden en regresar a visitarnos —les dijo a Ichigo e Inuyasha.

—Cuídense mucho —los despidió Wakana sonriendo.

Ichigo e Inuyasha les correspondieron con un asentimiento de cabeza y salieron afuera al patio, donde los esperaban Kubinashi y Kurotabou. Luego los cuatro salieron de la casa a la calle.

—Sí que fue un cambio tenerlos en casa, después de todo este tiempo —les dijo Kubinashi, mientras caminaban hacia la calle que estaba más allá en la esquina de enfrente.

—Eso me dijo Rikuo —les dijo Ichigo. Rikuo también pensó que había sido bueno un cambio luego de noches y noches de farra—. ¿Pero por qué insistió Nurarihyon-san con que nos acompañaran? —les preguntó Ichigo.

—Por si acaso —le respondió Kurotabou—. No hemos tenido problemas desde que vencimos a Nue, pero siendo el clan algo así como una especie de mafia, o una familia así, siempre se puede esperar cualquier cosa.

—¡Keh! ¡Como si pudieran afectarnos sus asuntos! —rezongó Inuyasha. Tenía alguna vaga idea de lo que el Nue podría ser, pero no le interesaba. Al menos ellos ya se habían encargado de ello.

Y ahora sí que no sabía qué hacer. Había confiado en que Tessaiga cumpliría lo que debía hacer y los llevaría a donde deberían ir. Sin embargo, no estaban mejor que cuando saltaron sin mirar atrás hacia el Meidou la noche anterior. Tanto él como Ichigo estaban muy desorientados.

Kurotabou y Kubinashi se despidieron de ellos y los dejaron en una calle concurrida, donde las personas sólo veían a Inuyasha y a ellos, y regresaron a la casa por donde vinieron. Inuyasha e Ichigo se miraron, parados en aquél lugar.

—Ahora sí que no sé qué haremos.

—Si…

Pero, como si fuese un regalo del cielo, el teléfono de Ichigo comenzó a sonar.

—Rayos, olvidé que traía esto…

Ichigo sacó el celular desde los pliegues de su Shihakushou y contestó la llamada. Casi se cae al suelo cuando oyó la voz de Urahara al otro lado de la línea.

—Kurosaaaki-saaaan, ¡ha pasado tiempo!

—¡Sólo han sido unas horas! —rezongó Ichigo.

—¿En serio? Aquí ha parecido como si hubiera sido mucho más…

Esta vez Ichigo no dijo nada, porque notó la tristeza en la voz de Urahara, y obviamente no era por ellos, sino por las dos mujeres que ambos habían dejado allá, en la era Sengoku.

—¿Cómo están? —preguntó Ichigo, mientras Inuyasha lo miraba con seriedad, en medio de aquella calle concurrida.

—Muy tristes, Kurosaki-san. No hemos intentado nada porque no parece apropiado. Ni siquiera les dije que contactaría con ustedes.

—Hiciste bien…

Inuyasha lo oía todo y sentía como las tripas le dolían por la impotencia. Kagome estaba sufriendo y él no podía hacer nada al respecto. Por ahora.

Ichigo lo sentía igual, aunque ninguno lo expresara más que por la expresión de su rostro. Era una sensación muy jodida.

—¿Y cómo están? ¿A dónde los llevó el Meidou? —preguntó Urahara, en parte para olvidar un rato el tema.

—No sabemos —respondió Ichigo—. Nos trajo a Tokyo, al Tokyo actual, a las puertas del Clan Nura. Es un clan de Youkais.

—Vaya. ¿Al clan Nura? —preguntó Urahara con interés.

—Sí. ¿Lo conoces?

—He oído de ellos. Han tenido algunos días… muy movidos recientemente, pero como siempre la Sociedad de Almas no se entremete en asuntos de los vivos.

Algo más en la voz de Urahara le dijo a Ichigo que había mucho más que sólo unos días muy movidos.

—Ya lo creo que no —afirmó Ichigo con desconfianza.

—¿Y qué hicieron allí?

Ichigo le contó a Urahara lo que les pasó desde que salieron del Meidou hasta que Kubinashi y Kurotabou los dejaron en aquella calle.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿Me dijiste que los trataron bien, a pesar de haber tirado su puerta principal?

—¿Raro, no?

—Es más raro el comportamiento de Tessaiga —se oyó una voz alejada en el teléfono. Era Totosai—. ¿Por qué los llevaría allí?

—Respóndenos tú, viejo imbécil —le ladró Inuyasha a la bocina, haciendo que algunos transeúntes lo vean con curiosidad—. Ni Naraku ni Aizen están cerca por lo que podemos sentir, y ya estoy perdiendo la paciencia.

—No seas tan impaciente Inuyasha. En ningún momento pensé que Tessaiga haya funcionado mal guiándolos por el Meidou —dijo Totosai desde el otro lado—. Si están allí es porque definitivamente es esencial para su viaje.

Ichigo miró a Inuyasha y éste le devolvió la mirada con desconcierto. Eso significaba que debían quedarse por el lugar esperando por cualquier eventualidad o algo que les diera alguna pista sobre Aizen o Naraku.

—Al menos ahora sabemos que los dos pasaron por el Meidou sin problemas —siguió Urahara, desde el otro lado de la línea.

—Bueno…

Era verdad. Había sido un salto de 500 años y ambos pudieron sentirlo en sus cuerpos mientras corrían por el Meidou. Pero podrían acostumbrarse a la sensación con el tiempo.

—No, no fue tan grave.

—¡Keh!

—¿En serio? —inquirió otra voz en el teléfono.

Ichigo frunció aún más el ceño e Inuyasha lo imitó. La voz era de Mayuri, capitán de la Doceava División del Gotei 13.

—Ya que los puedo oír, podemos asumir que lograron atravesar el Meidou sin caer en su oscuridad, ¿verdad?

¿Cómo diablos sabría ese loco sobre eso?

—Si pudimos —respondió Ichigo, cauteloso.

—Yo estaba esperando que se cayeran en las profundidades de esa cosa. Como siempre, eres muy obstinado Kurosaki Ichigo. Pero tú no te quedas atrás… I-

—¡Vete a la mierda! —ladró Inuyasha, sin embargo no pudo esconder la sonrisa que le asomó en la cara, y al alzar la vista vio una similar en la cara de Ichigo.

—¡Bien! Entonces esto será hasta la próxima —les dijo Urahara, terminando con prisa aparentemente—. No sean impulsivos y no se vayan a meter en problemas con nadie.

—¿Por qué haríamos eso?

Pero la conexión se había cerrado.


Inuyasha e Ichigo se sentaron en la banca de un parque cercano durante muchas horas. Los habitantes de Tokyo miraban con curiosidad al chico que hacía cosplay vestido de rojo, con orejas de perro en la cabeza, con largo cabello plateado y que estaba sentado solo en una banca. Antes de resignarse, él e Ichigo habían estado caminando por las calles cercanas a la zona donde estaba la casa del clan Nura, buscando por alguna pista en el aire, olor o presencia, pero nada llegó a ellos. Ahora, sentados en aquella banca, estaban casi totalmente derrotados con esa situación.

—Qué conveniente es para ti que los humanos no puedan verte —le recriminó Inuyasha a Ichigo, notando con creciente molestia, cómo la gente no se cortaba al mirarlo.

—No es mi culpa. Así funcionan las almas.

—¡Keh!

El tiempo iba muy lento, los minutos parecían horas, el sol estaba arriba sobre ellos y no los estaba ayudando en absoluto.

—Mierda…

—Y… —comenzó Ichigo por hacer conversación—. ¿La sentiste también?

—¿De qué hablas?

—La presión dentro del Meidou.

—Sí. Sí que la sentí —reconoció Inuyasha.

La presión del día anterior había sido mucho, muy pesada, y como ambos habían sentido el reiatsu al nivel de un capitán antes, lo único con que podían comparar la sensación de estar dentro del Meidou era eso.

—Ya estoy algo acostumbrado a cosas como esa —dijo Ichigo.

—Ya lo creo —concedió Inuyasha, recordando muy bien su propio encuentro con cinco capitanes de la Sociedad de Almas…

Ambos miraron hacia el frente y suspiraron. Desde el sitio donde estaban sentados podían ver hacia adelante, donde los autos y vehículos iban y venían en la avenida. La gente también iba de aquí para allá, ajetreada. Nada de lo que tenían enfrente podía motivarlos a hacer su espera más soportable. Ya no sabían qué hacer y la falta de acción los estaba matando de aburrimiento e impotencia.

Por ello casi agradecieron cuando, de pronto, un vehículo negro se detuvo en medio de la avenida que estaba delante del parque y la banca donde estaban sentados, y cinco tipos se bajaron de inmediato, interrumpiendo el tráfico que venía por la izquierda de Ichigo e Inuyasha, que lo observaban todo aburridos. Aquellos hombres vestían trajes negros con corbata y llevaban armas modernas en las manos. Ichigo no se había metido jamás en un lio así porque no se le presentó la oportunidad, pero esta vez… Ahora, como eventos de toda clase ocurrían a cada hora en Tokyo, era cuestión de ver si esos tipos hacían eso de verdad o sólo era algún tipo de juego o evento. Por ello Ichigo e Inuyasha se quedaron sentados a ver cómo irían las cosas.

Los tipos abrieron fuego al aire cerca de la furgoneta de la que habían salido en plena avenida, para poner sobre aviso a los transeúntes y vehículos que transitaban y todos armaron un gran alboroto, con la gente corriendo y los vehículos derrapando para evitar la ruta y ocasionando un montón de choques. Y todo en una concurrida avenida del mismísimo Tokyo.

—Esos cabrones son Youkai —le advirtió Inuyasha a Ichigo, luego de que ambos confirmaran las intenciones de los trajeados.

—¿Qué?

—No me puedo equivocar, su olor los delata.

—Mierda, ¿y por qué no los sentimos?

—Son Youkai de pacotilla. Sus Youki no son gran cosa. Pero son más hábiles que los humanos por lo que veo —observó Inuyasha al ver que los humanos ponían pies en polvorosa con los tiros.

Ichigo e Inuyasha se levantaron y se lanzaron al encuentro de los pistoleros, pero al acercarse lo suficiente para ver la razón por la que habían armado tanto alboroto, ambos se quedaron de piedra.

Rikuo estaba entre esos tipos, en su forma humana y atrapado entre dos sin moverse, pues uno de ellos tenía a Kana sujeta por un brazo torcido hacia atrás. De un salto, Inuyasha e Ichigo llegaron y encararon a los maleantes.

—Hoy estoy de muy mal humor, y como no hagan lo que les digo los aplastaré a todos —advirtió Ichigo sonando molesto. Kana los miró aterrada.

—Ichigo-kun, Inuyasha. ¡Váyanse!

Ella no acababa de decir eso cuando un tentáculo enorme salió desde adentro de la furgoneta y golpeó a los desprevenidos Inuyasha e Ichigo, que salieron volando muy lejos para estrellarse contra la pared de un alto edificio, haciéndolo temblar con el impacto. Los dos resbalaron hasta el suelo por las paredes de la estructura, totalmente aturdidos por el golpe. Entonces…

—Kukuku, Inuyasha… ¿Qué podrías estar haciendo tú en este lugar? —se burló una voz conocida y odiosa.

—¡Mierda! ¡NARAKU!

Ichigo vio cómo Inuyasha sacudía la cabeza, se levantaba y cargaba contra la furgoneta, a varios metros por delante de ellos. Ichigo lo siguió y se preocupó cuando Inuyasha sacó a Tessaiga de su funda y la esgrimió contra uno de los que habían corrido a interceptarlo, cortándolo en dos.

Kana cerró los ojos con la sangrienta escena, mientras Rikuo aprovechaba la confusión y se libraba de los que lo sostenían. Sacó también su katana recta y delgada, luego Rikuo saltó hacia Kana y la libró del agarre del que la tenía atrapada. Los tentáculos de carne lo notaron y lo atacaron, pero él los cortaba como podía. Su forma humana tenía muchas aberturas y pronto un tentáculo lo golpeó con fuerza y lo tumbó sin conocimiento sobre el suelo de asfalto.

—¡Rikuo-kun! —se preocupó Kana. El tentáculo la atacó con una punta peligrosa y puntiaguda, dispuesto a atravesarla, pero una hoja enorme y negra lo cortó y repelió antes que pudiera llegar a la llorosa chica.

Kana levantó la mirada y ante ella, con el sol de la tarde bañando su figura, estaba Ichigo, y Kana podría jurar que la rabia que Ichigo expulsaba se sentía como una presión sobre todo su cuerpo. Sin embargo a pesar de ser persistente y pesada, a Kana aquella sensación no parecía ahogarla, como veía incrédula que si les pasaba a los tipos restantes. Ichigo se dio vuelta y cargó a Kana en un brazo, decidido a ponerla a salvo. Ichigo se llevó a Kana con él de allí tan rápido que ella no lo hubiera creído posible antes de ese momento.

—¿Qué hacían aquí? —le preguntó Ichigo bajándola en la seguridad de una fuerte rama de un árbol alejado, mientras oía los gritos y los bocinazos de la gente cerca.

—Nosotros…

Kana no sabía cómo hablar. O más bien no sabía cómo hacerlo delante del misterioso y gentil chico de cabello naranja.

—Mejor me lo dices luego. ¿Qué hay de los otros?

—Siguen en la escuela. Rikuo-kun y yo vinimos a buscar cosas que comprar para algo que… —Kana calló otra vez al sentir la atenta mirada de Ichigo sobre ella. La cálida sensación sobre su cara y su cuerpo le parecía una fiebre. Una fiebre muy agresiva.

—Quédate aquí. Vendré a recogerte después.

E Ichigo desapareció literalmente. Desde lo alto de su rama, Kana se quedó viendo la nada que ahora era el sitio donde Ichigo estuvo flotando un segundo antes.

Inuyasha estaba cortando los tentáculos que salían de la carroza metálica. El Youki de Naraku era claro pero algo diferente a como Inuyasha lo recordaba. Y eso lo preocupaba. ¿Qué diablos habría hecho ese bastardo con la Shikon no Tama?

Divisó a Rikuo inconsciente en el suelo, más allá de su posición. Inuyasha saltó hacia él pero los tentáculos le dificultaban la carrera. Si tan solo pudiera destruir la carroza… pero ese curso de acción no era recomendable por si lastimaba a alguien con la onda expansiva. Naraku había sido inteligente al aparecer en un sitio tan lleno de gente.

—¿Cómo va todo?

Ichigo había aparecido a un lado de Inuyasha. Y ambos miraban ahora la grotesca escena, mientras las largas extensiones de carne de Naraku salían de las destruidas puertas de la furgoneta, y mientras los aterrados Youkai que habían estado de mercenarios hacía rato temblaban de miedo.

—También estas aquí, Kurosaki Ichigo —reconoció la voz de Naraku a Ichigo.

—Si Aizen está contigo no descansare hasta destruirlos a ambos —declaró Ichigo mirando enojado a la furgoneta. No podía destruirla con Zangetsu, por si terminaba hiriendo a la gente cerca que no dejaba de gritar, pero que paradójicamente hasta tomaban fotos con sus móviles. O también podría lastimar a Rikuo, inconsciente y tirado un poco más allá de ellos.

—Mierda, ¿Se te ocurre alguna forma de sacar al mocoso de allí? —le preguntó Inuyasha a Ichigo con preocupación, mirando a Rikuo en medio de tanta carne cortada.

—Si pudiera acercarme lo sacaría volando. Pero ese cabrón no me dejará. Esas bolas de carne están por todo el lugar.

—Si le tiro un…

—No.

—Mierda.

Ambos estaban impotentes, sin mover un músculo, hasta que un grito de horror les llegó a los oídos. Maldiciendo sus suertes, Ichigo e Inuyasha giraron calle arriba para ver a Tsurara corriendo por la avenida hacia Rikuo, espantada, con el resto del Club de lo Paranormal por detrás de ella.

—¡Waka! ¡WAKAAA!

—¡Al carajo con estos críos! —gritó Inuyasha lanzándose hacia ellos, mientras oía la risa de diversión y burla de Naraku.

—¿Te son importantes, Inuyasha? Vamos a ver…

Un montón de tentáculos salió por la ventana frontal de la furgoneta y cargó contra los chicos, siendo Tsurara la primera en la trayectoria de los tentáculos para ser atravesada por ellos. Pero Inuyasha llegó tan rápido como pudo y sólo con el aura de su espada repelió a los tentáculos de Naraku.

—¡Kaze no….!

—¡No lo hagas!

Ichigo había agarrado a Inuyasha por el hombro, que ya tenía a Tessaiga sujeta por detrás de su espalda, mientras que con la otra mano intentaba mantener a Tsurara con ellos. La chica estaba desesperada por llegar con Rikuo a cualquier costo.

—¡WAKA! ¡WAKAAA!

—Tranquilízate, Yuki Onna —le dijo Inuyasha—. Lo sacaré de allí.

Inuyasha se lanzó una vez más contra los tentáculos saltando y girando en el aire, mientras cortaba los que se le acercaban. Tsurara estaba cada vez más desesperada e Ichigo se quedó con ella para detenerla, pues estaba decidida a ir por Rikuo. Ichigo no podía dejar que ella y los otros se metieran en ese embrollo, y les complicaran las cosas.

Inuyasha ya había llegado a Rikuo y se agachó a su lado, clavando a Tessaiga sobre el asfalto que se abrió como mantequilla.

—¡Oye! ¡Despierta, mocoso! —le gritó, golpeándolo con la palma en la cara.

—Tsurara… —fue lo que Rikuo logró articular.

—Ella está a salvo, así que muévete…

—¿Está aquí? —le preguntó Rikuo, ganando más fuerza al oír que Tsurara estaba cerca, abriendo los ojos.

—Está allá —le respondió Inuyasha. Rikuo miró en la dirección que Inuyasha señaló y la vio al borde del colapso nervioso. Se maldijo a sí mismo y se levantó, cortando con su delgada espada lo que podía mientras tanto.

—Bien. Ahora ve tú para allá. Yo distraeré a Naraku —le ordenó Inuyasha.

—¿Esa cosa se llama Naraku?

—Ahora no es el momento. ¡Haz lo que te dije!

Inuyasha se lanzó contra la furgoneta con tentáculos, que agarraron a los asustados Youkai vestidos de traje que quedaban y los arrojaron contra Inuyasha. Él no pudo atacarlos al ver sus caras de miedo, de modo que los esquivó como pudo mientras Rikuo cumplía su parte y salía del peligro.

—¡Waka!

Tsurara se lanzó a los brazos de Rikuo, aliviada y feliz por verlo a salvo.

—Tranquila Tsurara.

—¡Waka!

Ella escondió la cara en el pecho de Rikuo, e Ichigo gruñó.

—Bien, quédate con ellos. Yo iré a ayudar a Inuyasha —dijo Ichigo desapareciendo, y sólo mostrando su sombra al acercarse hacia Inuyasha, que luchaba por llegar hacia la furgoneta sin lograrlo.

—Es hora de mostrarles lo que la Perla hace por mí ahora —les dijo la voz de Naraku, sonando fastidiado—. Ahora que han logrado perjudicarme.

En aquél momento, todos sintieron el peso de algo horrible y pesado sobre ellos. ¿Qué diablos era?

—¿Qué es esto? ¿Reiatsu? —se extrañó Ichigo deteniéndose y mirando alrededor. Vio a los chicos alrededor de Rikuo, que los había reunido a todos y con los brazos sobre ellos lograba aliviar en algo la presión, para que no fueran aplastados sin remedio.

Ichigo estaba a punto de ir contra Naraku, pero se acordó de alguien que no tenía quien la protegiera de esa presión, y se lanzó con su Shunpo más rápido que nunca en su dirección. Y se asustó más al ver cómo la gente que estaba todavía cerca se moría por el peso de la presión. No era presión espiritual. Era Youki, usado como presión en el mismo aire. Seguramente Aizen le había enseñado a Naraku cómo hacerlo…

Ichigo llegó al árbol, y vio a Kana sujetándose apenas al tronco, con una afligida y asustada expresión. Estaba roja por el esfuerzo en su lucha contra lo que tenía sobre ella y parecía estar a las últimas. Ichigo la vio caer de la rama y la atrapó al vuelo justo a tiempo para evitar que se lastimara en el suelo. Con ella en brazos, Ichigo desplegó su propio Reiatsu a su alrededor sin lastimarla. Notó aliviado que ella respiraba un poco mejor y el color de su piel se restablecía. Sin soltarla, Ichigo regresó a la avenida donde estaban los demás.

—¡Cabrón, detente! —estaba gritando Inuyasha, preocupado por los mocosos.

—Tú lo ocasionaste Inuyasha. Si no hubieras entremetido tus narices en mi camino otra vez…

—¡Vete a la mierda! ¡Tú estabas aquí antes que nosotros, bastardo!

—Y modera tus modales, maleducado. ¿No quieres que los niños copien tus maneras o sí? —se burló Naraku.

—Inuyasha, ¡Destrúyelo! ¡Todos alrededor están muertos! —le gritó Ichigo, que llegó con Kana segura en sus brazos.

—Mierda. ¡Esta la pagarás, Naraku! ¡Kaze no Kizu!

De la espada de Inuyasha salieron raudos los rayos de energía Youkai cortantes, que impactaron la furgoneta, la cual explotó de inmediato y la raíz de los tentáculos se destruyó con un gran estruendo, mandando piezas de ardiente metal y carne alrededor. Naraku sólo se rio.

—Ya nos veremos, Inuyasha —se despidió, como las veces en que era perseguido por Inuyasha y su grupo hacía tanto ya.

—¡CABRON!

Inuyasha llegó hacia los restos ardientes de metal y carne quemada, maloliente para su olfato. Y encontró al culpable de todo ese embrollo: un simple muñeco de madera con algunos cabellos chamuscados en su cabeza.

—¡Maldición!

La presión se había ido. Ichigo no había sentido la peculiar presencia que sabía que la perla poseía. Sólo el Youki de Naraku, ahora aplastante de alguna manera y letal para los humanos. Vio los restos de la furgoneta y a las personas alrededor, muertas. Apretó las manos, olvidando por un instante a quién llevaba en brazos.

—Uuughhh…

Kana se quejó un poco, notando un malestar general en el cuerpo y dolor en su brazo y muslo derechos. Abrió los ojos y vio a Ichigo mirándola apenado.

—Lo lamento. Apreté sin querer…

—No… No importa…

—¿Qué rayos fue eso? —le preguntó Rikuo a Inuyasha que se había acercado a los chicos. Tsurara estaba abrazada a Rikuo mientras los demás temblaban con la apocalíptica visión que se les presentaba y jadeaban por la sensación de asfixia recientemente experimentada.

—Ese fue… —Inuyasha pudo terminar la oración, porque estaba molesto y contrariado por cómo había ido las cosas.

—Continuemos en casa. Volvamos —le dijo Rikuo, oyendo junto a los demás el ruido de sirenas de policía, a varias calles de distancia.

Ichigo asintió, todavía con Kana en brazos, y luego la bajó. Él e Inuyasha los acompañaron como autómatas. Los chicos no sabían cómo expresar todos los sentimientos que los embargaban en ese momento, mientras regresaban derrotados a casa.