Hola,
Lo prometido es deuda.
El capitulo llega a ustedes gracias a mi Beta.
DISCLAIMER: No poseo los derecho de ninguno de los personajes ni del universo de Hey Arnold!
Capítulo II
Sábado 07:28 AM, Casa Pataki.
Helga estaba terminando de alistarse con la única ropa que tenía desde que por un error en el aeropuerto su maleta fue intercambiada por la de un desconocido. El que había deducido, por el contenido de la maleta, era un muchacho del tamaño y contextura de Wolfgang porque las ropas eran realmente enormes y todo le quedaba demasiado suelto para su figura.
Aunque por el momento todo lo que podía hacer la joven era encogerse de hombros y finalizar sus habituales coletas, las que, por cierto, ahora caían por sus hombros debido al peso de su largo cabello.
—Linda, ¿estás lista? —preguntó su madre desde el otro lado de la puerta.
—Ya voy, mamá —respondió Helga mientras tomaba su bolsa y verificaba que no le faltara algo—. Bien, creo que está todo —susurró para sí misma.
La joven salió de su habitación y caminó por el pasillo para poder tomar su desayuno antes de salir, pero antes de pisar el primer escalón la voz de su padre llamo su atención.
—¡Olga!
—Es Helga, papá —corrigió rodando los ojos ante el incurable mal hábito de su padre.
—¡Helga! —rectificó rápidamente el hombre intentando llamar la atención de su hija menor.
La joven dio un bufido molesto antes de bajar corriendo las escaleras y responder a su padre que miraba una y otra vez el reloj en su muñeca.
—¡Criminal! ¿Dónde está el incendio, papá?
—No te pongas rezongona, pequeña dama. Recuerda que te estoy pagando por tu ayuda.
—Sí, lo sé, Bob. Todo por veinte míseros dólares, pero recuerda que este sábado solo hasta el mediodía porque tengo que estar en la escuela antes de la una de la tarde.
—Sí, sí… Lo recuerdo. Toma tu desayuno mientras voy por el auto —pidió el hombre antes de dirigirse a la cochera.
—Aquí tienes, Helga —dijo su madre con voz cantarina y una enorme sonrisa mientras servía una gran porción de panqueques a la chica que se estaba acomodando en uno de los asientos libres.
—Gracias, mamá.
La joven dio un gran bostezo antes de tomar el cubierto, sintiendo los párpados pesados después de haberse quedado leyendo hasta las altas horas de la madrugada. Helga tenía la impresión de que no había logrado dormir más que un par de horas y ahora sentía un ligero dolor de cabeza por la falta de descanso.
—Alguien despertó de mal humor esta mañana… —canturreó la mujer al notar el tono amargado de la jovencita.
—Y al parecer alguien está de buen humor y por eso no pude dormir bien anoche —mintió la joven, encontrando la oportunidad de hacer una travesura, así que mientras esbozaba una pequeña sonrisa picarona, agregó:
—Por favor, Miriam, cuando Bob y tú hagan sus cochinadas, lo mínimo que les pido es que se preocupen de poner una almohada entre la cama y la pared.
Al escuchar ese último comentario, Miriam, quien se había sentado frente a ella para terminar de beber su café, lo escupió sintiendo como se sonrojaba e intentó decir algo, pero lo único que logro pronunciar fueron balbuceos incomprensibles.
Helga no pudo evitar soltar una risita maliciosa al ver a su madre ser incapaz de hilar las palabras, y ya de mejor humor se llevó un gran trozo de su desayuno a la boca; en tanto su mente divagó entre sus recuerdos comparando la situación actual con lo que era hace algunos años.
Antiguamente rara vez había algo para comer, su madre estaba siempre dormida en la encimera y su padre miraba el televisor solo esperando el momento para poder salir a trabajar a su imperio con el único propósito de seguir siendo un patán ambicioso y despreocupado. Sin embargo, para bien o para mal de Helga, llegó el momento en que todo cambió debido a una enfermedad que la llevo directo al hospital.
Esto sucedió en las vacaciones de invierno de sexto grado, exactamente una semana después de que el gran Bob Pataki recuperase su antigua casa junto con todas sus comodidades.
Para todos fue volver a la rutina normal, excepto para la joven chica que tenía el corazón roto a causa de su reciente ruptura con el amor de toda su joven vida. Durante toda esa semana, Helga se había sentido aletargada, pero se negó a darle alguna importancia e incluso culpó a su corazón roto, y sus padres, quienes estaban preocupados de sus propias banalidades, no notaron el cayado humor de la preadolescente hasta que fue demasiado tarde.
Fue una época especialmente dura para la familia Pataki. El hecho de no poder saber si su hija pasaría esa noche o la siguiente, el estrés y el dolor de verla inmóvil en una cama, de la unidad de cuidados intensivos, luchando entre la vida y la muerte conectada a tubos y máquinas, sin poder hacer nada más que rogar en el lúgubre ambiente de la sala de espera rodeados del aroma característico del hospital, fue realmente agotador física y emocionalmente.
La imagen sería algo que nunca se iría de sus padres, en especial el momento que uno de los doctores se les acercó para decirles una dura verdad.
Lo más probable es que su hija no pase de esta noche y sería bueno para ustedes despedirse de ella en estos momentos.
Ambos padres se sintieron desconsolados al escuchar las palabras del hombre; habían desahuciado a su hija menor. Su pequeña de tan solo doce años estaba a punto de morir y ellos no podían hacer nada más que rogarle a un Dios que no habían recordado que existía hasta ese momento.
Y llámese milagro o no, la joven que no vería nuevamente la luz del sol ahora tenía quince años y era una jovencita completamente plena y pícara.
Bob ahora sabia lo importante que era la fe, pero también sabía que de eso no vivían las personas y que todo conllevaba un equilibrio, por lo mismo decidió reevaluar su vida y cada día se esforzaba para que todos fueran felices, incluyéndose. Aunque para eso se necesitaron realizar importantes cambios.
Uno de los primeros que realizó fue disminuir sus horas de trabajo. Ganar dinero estaba bien, pero el trabajo en exceso no le permitía cuidarse ni cuidar a su familia, así que los viajes de negocios los delegó hacia sus mejores empleados, y a pesar de que tuvo miedo de volver a perder el negocio, fue gratamente sorprendido cuando las ganancias comenzaron a duplicarse.
El tiempo adicional le permitió reencontrarse con su esposa, la que aún cargaba con la culpa de la enfermedad de su hija. Ella le admitió tener un grave problema con el alcohol, el que diariamente disfrazó con batidos de frutas y tazas de café cargado y el que solo había dejado desde la estancia de Helga en el hospital, sin embargo, también admitió que cada día la tentación de volver a beber para olvidarse de todo era muy fuerte.
A pesar de la gran culpa que invadió al hombre, por no haberse percatado de lo que estaba pasando en su hogar, no se dejó caer; ya que él sabía que no sacaba nada lamentándose y solo seguir adelante los ayudaría a superar lo que había pasado.
Ellos necesitaban ser buenos padres para su hija. Ellos realmente se amaban y amaban a sus dos hijas, solo que en algún momento ambos habían perdido el rumbo y caído en la rutina, sin importarles lo que pasara a su alrededor más que avanzar sin un fin, y por eso ambos decidieron buscar ayuda profesional porque los dos tenían problemas que resolver para ser los buenos padres que siempre desearon ser.
Y una de las últimas cosas, pero por eso no menos importantes que cambiaron fue…
—¡Hermanita bebé!
Bueno en realidad eso no había cambiado mucho; Olga seguía siendo un fastidioso rayito de sol, pero…
Miriam había dejado de balbucear algo inentendible, aunque podría jurar haber escuchado algo sobre pájaros y abejas. Como si tuviera diez años, pensó mientras rodaba los ojos y llamaba la atención de su hermana mayor.
—¡Estamos en la cocina!
En cuanto la joven mujer vio a su hermana, corrió a abrazarla acunando su rostro entre sus brazos.
—¡Hermanita, te extrañé tanto! —exclamó Olga casi llorando de manera exagerada, como solo ella sabía hacerlo—. Perdón por no haber venido antes —se disculpó para luego dirigirse a abrazar a su madre.
—De todas formas, ¿a qué hora llegaste? No te oí entrar.
—Eso fue porque cuando yo llegué estabas babeando en tu cama, tontita —respondió con una sonrisa a la vez que le daba un toque en la nariz con el dedo índice.
Después de haber acompañado a su joven hermana de vuelta a su hogar (alegando que no estaría bien que una señorita viajase sola), Olga regresó para continuar con sus clases en la paradisiaca isla de Hawái.
Olga se sirvió una taza de café cargado mientras observaba a su hermana prácticamente devorar su desayuno, aunque se alegró de verla tan fuerte y sana. Ella era una hermosa jovencita que florecía día a día, aunque frunció el ceño porque la jovencita no vestía como le hubiese gustado que lo hiciera.
—Hermanita querida, ¿qué haces vestida de esa manera? —preguntó observando como la chica se limpiaba la boca con el puño de la camiseta.
—Ol-ga, querida hermana —dijo con una falsa sonrisa como si le estuviera hablando a un niño pequeño y muy molesto mientras intentaba juntar la escasa paciencia que poseía para recordarle lo que había pasado en su última visita—. ¿Recuerdas el asunto de mi maleta?
—¡Oh! Es cierto, pero hermanita… No es como si te hubieses llevado toda tu ropa.
—No, pero recuerda que la otra ya no me quedaba bien. Y por si lo olvidas ahora soy casi tan alta como mamá y tú.
Era verdad, su hermana ya no era una pequeña niña pálida y flacucha a la que parecía que el sol nunca tocaba a pesar de sus largas horas en la calle, pero no queriendo pensar en la negligencia de sus padres, con voz animada dijo:
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¡Vamos de compras! Podrás elegir lo que más te guste y por supuesto que yo pagaré lo que quieras.
Helga suspiró cansada, sin embargo, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa satisfecha porque ahí estaba el "pero". Olga ya no era tan inconsciente con ella, en verdad se preocupaba de lo que le gustaba o no. Claro, había ocasiones en las que se dejaba llevar e intentaba imponerle sus gustos, pero ella también había aprendido a ceder y se dio cuenta que tenían más cosas en común de lo que pensaba cuando ella era niña.
—Por ahora paso, Olga.
—Pero, hermanita…
—¿Qué pasa contigo, Helga? Si quieres salir temprano, debemos llegar temprano —habló Bob con las manos en la cintura.
—Vamos, querido. Sabes que Olga siempre quiere acaparar la atención de su hermanita —comentó la madre de las muchachas para luego ponerse de puntilla y besar la mejilla de su esposo ganándose un ¡puaj! por parte de Helga y un suspiro enternecedor de Olga.
El hombre se sonrojó por el afecto de su esposa y avergonzado habló nuevamente.
—Olga, después puedes seguir cuchicheando. Ahora nosotros tenemos que salir. Vamos, Helga.
—Bueno. Ahí lo tienes, el jefe ha hablado —señaló Helga a su hermana en tanto tomaba su bolso desde el sofá, se lo cruzó en el torso, tomó sus llaves y salió tras su padre hacia el vehículo.
Sábado 07:37 AM, SunsetArms.
A través del techo de cristal Arnold podía ver las nubes moverse por el cielo pausadamente hasta desaparecer en el horizonte.
El muchacho estaba sobre su cama con las manos sobre el estómago, ya vestido con un par de vaqueros azules, una camiseta verde y su usual camisa roja a cuadros encima, y aunque a primera vista parecía listo para iniciar lo que sería una larga jornada de actividades extracurriculares en la feria escolar, su mente era un completo caos en busca de respuestas a preguntas que no tenían respuestas.
Arnold, sintiéndose molesto consigo mismo, se giró hasta quedar de frente a su repisa, pensando que aún estaba a tiempo para seguir intentando descifrar a la única persona que era capaz de tranquilizarlo como de llevarlo a la locura.
A él siempre lo habían señalado como un soñador totalmente ajeno a la realidad, y de cierta manera las personas que decían esas palabras estaban en lo correcto, y a la vez no, y por muy confuso que sonara, las cosas eran así.
Él era un soñador que elucubraba distintas realidades, ya sea dormido o despierto, a veces fantaseaba con safaris en el que era perseguido por animales salvajes, unas tantas que era un buceador de un mundo submarino en el que nadie se había atrevido a nadar y en otros sueños era un piloto que surcaba cielos azules en busca de aventuras, pero a pesar de todas esas increíbles y fabulosos sueños había uno que nunca se hacía realidad y en el que su mente siempre lo forzaba volver a la realidad.
Helga G. Pataki,le susurró su subconsciente bajándolo de su nube con gran pesimismo dejándole un amargo sabor en la boca.
El nombre de la chica a la que nunca comprendería y la que lo volvía pesimista, su mente intentaba imaginar una situación en el que él lograba comprender lo que pasaba entre ellos, divagando entre todas sus aventuras y sus momentos juntos, sin embargo, nunca lograba llegar tan lejos para poder lograr ponerle un nombre a su relación y eso lo hacía sentir nuevamente como un niño huérfano de nueve años.
Estaba por levantarse para poder acomodarse los zapatos y bajar antes de que se le hiciera demasiado tarde, cuando un par de golpes en su puerta lo alertó e inmediatamente le indicó a la persona que podía entrar.
La puerta se abrió mostrando a su abuelo, el que se sentó a los pies de su cama al igual que lo hacía cuando él era un niño más pequeño.
—¿Qué pasa, hombrecito? —le preguntó a su único nieto mientras lo veía amarrar las agujetas de sus tenis—. ¿No tienes que ir a ayudar a esa extravagante feria escolar tuya? ¿O tu alarma no sonó?
—Sigue funcionando igual que siempre, abuelo. Desperté hace más de una hora y aún me queda tiempo para estar temprano allá. Es solo que me quedé pensando en cosas…
—¿Problemas con la escuela?
—Algo así…
—No me digas, déjame adivinar… —dijo el hombre con voz perezosa mientras fruncía el ceño buscando una respuesta a la pregunta que el mismo había realizado, pero que su joven nieto por algún motivo esquivó—. ¿Qué puede ser lo que a mi guapo y joven nieto lo puede poner de mal genio tan tapidamente que ni siquiera es capaz de responderle a su apuesto y fornido abuelo de la manera que se merece?
Arnold solo rodó los ojos mientras terminaba de ponerse los zapatos para luego estirar un brazo y coger su billetera y teléfono de uno de los cajones de la repisa.
—¡Ya sé! ¡Tienes problemas con las chicas! —dijo el hombre mientras entrecerraba los ojos y observaba que su nieto seguía en lo suyo antes de volver a hablar—. O más específicamente, con tu amiguita del gran moño rosa y una ceja que se la pasa haciéndote bromas.
Al escuchar la descripción con la que llamó a Helga, Arnold suspiró antes de sentarse en los escalones que daban a su cama.
—Helga ya no tiene una ceja, abuelo. Pero sí podría decirse que tengo un problema con ella, o más bien la falta de problemas con ella. No sé si me explico bien.
—¿Quieres la verdad? —preguntó el hombre rascándose la nuca, pero antes que el adolescente pudiera responder, continúo:
—No se te entiende nada.
Arnold soltó un bufido molesto antes de intentar explicarse.
—Lo que intento decir es que ella ya no me molesta y por muy absurdo que suene, eso me irrita y también me confunde porque siento que me ha estado evitando y no puedo entender el porqué.
—Entonces ya no tienes problemas.
—Sí, no. No lo sé —suspiró cansado porque si bien era cierto que cuando eran más pequeños hubo momentos en el que dijo que Helga era su persona menos favorita y rogaba para no tener que hacer equipo con ella… ahora le avergonzaba haber tenido semejante pensamiento y más con una buena amiga que a pesar de los insultos, los empujones y las bromas, siempre estuvo ahí para él—. No sé qué le pasa, ha estado triste, ya no me trata como antes, ahora es solo una fría cortesía, es como, como si… si me temiera… como si volviéramos a aquella época... —recordó de manera sombría el chico.
—Quizás solo ya creció y piense que no es femenino tirarle bolas de papel con saliva a un chico. Yo no le daría tanta importancia —dijo el hombre a la vez que sacudía la mano restándole importancia al asunto—. Ya sabes, ustedes están en esa edad. Las niñas maduran más rápido y quizás solo esté avergonzada y hayas dejado de gustarle…
—Sí, quizás es solo eso —asintió Arnold con un suspiro antes de caer en cuenta del resto de la oración de su abuelo—. Espera, espera. ¿Quién dijo que yo le gustaba?
—Vamos, Arnold. ¿Crees que soy tan duro como tú y no me di cuenta de que ustedes dos tuvieron un pequeño noviazgo después de volver de San Lorenzo?
—Pero, pero… Nunca dijiste nada, abuelo.
—Por supuesto que no diría nada, no estaban haciendo nada malo —declaró mientras se encogía de hombros—. Además, Pookie y yo decidimos que ustedes dos eran la cosita más adorable de ver con sus pequeños sonrojos y manitas sudadas.
—¿La abuela también? ¿Y mis padres?
—Si me preguntas por Miles estoy seguro de que no. Ese hijo mío es tan lento, pero de lo que si estoy seguro es de que tu madre sabía, aunque nunca tuvimos la oportunidad de hablarlo.
Arnold no sabía cómo sentirse ante esa declaración y aunque para los adultos no fuera gran cosa para ellos, en su momento lo fue todo, o por lo menos para él, ya que según Helga fue simplemente otro calor del momento.
—Siempre es lo mismo con Helga… Avanzo un paso y retrocedo dos hasta el punto de que a veces pienso que lo mejor es olvidar todo e intento convencerme de que es lo mejor —le contó al hombre exponiendo algunos de sus pensamientos—. La primera vez que me confesó sus sentimientos hasta me sacudió para que los entendiera, pero estaba tan confundido y asustado que no sabía qué pensar. Lo último que imaginaba era que su actitud y su acoso era porque estaba enamorada de mí… —Arnold recordó el sentimiento de incredulidad al escucharla confesarse como si no hubiera mañana y aunque no estaba arrepentido de haberla presionado, aún no estaba seguro si fue el momento correcto—. Después pasaron cosas y a pesar de que no éramos nada ella sabía que yo lo sabía y yo sabía que ella sabía que yo lo sabía, y sin darnos cuenta llegó el final de quinto grado y con eso el comienzo de las pesadillas en las que soñaba que jamás lograba alcanzar a mis padres.
—Entiendo, Arnold. Nunca fue el momento correcto, ¿no?
—Sí.
—Lo mismo me pasó con tu abuela, hombre pequeño. Lamentablemente eran otras épocas y yo estaba demasiado entusiasmado con comerme al mundo —El hombre mayor soltó un suspiro melancólico antes de agregar:
—Aunque al final las cosas salieron bien y aquí estas tú, chaparrito —le dijo a la vez que le despeinaba el cabello—. Ahora sígueme contando lo que pasó entre Helga y tú.
—¿Ya sabes que ella fue la que convenció a todos para que crearan el video ganador que nos llevaría a San Lorenzo? —El adolescente esperó a que su abuelo asintiera antes de continuar—. Bueno, pues eso no fue lo único que hizo porque a pesar de que no me comporté de la mejor manera con mis amigos e ignoré su confesión, ella fue la primera en darme el beneficio de la duda y buscar la manera de rescatarme. Solo gracias a su gran corazón, y no me estoy refiriendo al relicario, sino a sus sentimientos por mí, fue que todos los adultos en la ciudad de los Ojos Verdes se salvaron. Ella arriesgó todo por mí, y para mí no había mayor prueba de que ella estaba realmente enamorada de mí, y a pesar de que nuevamente ella intentó eludir y escudarse bajo su dura fachada, me armé de valor, y con la prueba física de su relicario, a ella no le quedó de otra que aceptarme —Arnold se sonrojó al recordar el dulce beso que ambos habían compartido, el cual fue presenciado por su mejor amigo y sus recién reencontrados padres—. Al sentirme correspondido pensé que lo único que quedaba era que las cosas mejoraran desde ese momento, pero sin darme cuenta todo comenzó a ir cuesta abajo hasta que de la peor forma todo se rompió, pero aun así, de alguna manera todo volvió a la extraña normalidad de antes del viaje, y a pesar de que nos seguimos juntando con los muchachos, siento que cada vez nos distanciamos más y más y eso me está volviendo loco.
El abuelo del chico solo pudo observarlo notando su frustración y de cierta manera empatizando con su dilema, porque después de todo a él también le había costado mucho tiempo llegar al corazón de su terca esposa.
—En esta ocasión el único consejo que te puedo ofrecer es…
—Ya sé, abuelo. ¡Nunca comas frambuesas! —bufó fastidiado el muchacho.
—Esta vez no. Como te decía, Arnold. El único consejo que te puedo ofrecer es: recuerda que no debes confundir el amor con el agradecimiento y el que le gustes a alguien no significa que estés obligado a corresponderle, por eso debes pensar con calma en tus sentimientos y ser claro en transmitirlos —El hombre soltó un par de carcajadas mentalmente viendo como sus palabras llegaban a buen puerto en la enorme cabeza de su nieto.
—Gracias, abuelo. Eso me sirve y perdón por ser tan irritable.
—No te preocupes, hombrecito. Ahora apresúrate para que puedas desayunar con el resto de la familia.
Sábado 07:55 AM, Emporio de los superlocalizadores.
Una vez que Helga y su padre llegaron a la remodelada tienda de artículos electrónicos que aún conservaba el nombre de "Los localizadores del Gran Bob", ambos bajaron para comenzar a trabajar.
—Helga, ve con las muchachas para que te pasen tu uniforme y luego toma los volantes que están cerca de la entrada y los repartes fuera de la tienda —dijo el hombre para luego alejarse a las bodegas y poder verificar la recepción de unos drones que llegaban a primera hora de la mañana.
Helga estaba caminando hacia el que era el camerino de los empleados, cuando un joven trabajador la llamó.
—¿Sí?
—Aquí tiene su uniforme —el muchacho dejó caer sobre sus manos una bolsa con ropa.
La joven le dio un vistazo al contenido del empaque, notando que contenía unas prendas de colores llamativos, y dándole una mirada recelosa pensó que nunca la habían hecho usar algo así.
—¿Estás seguro de que este es el uniforme que tengo que utilizar? —preguntó desconfiada.
—Completamente —asintió el joven rápidamente.
—Muy bien —suspiró resignada para dirigirse al tocador de chicas y poder cambiar su ropa. Helga pocas veces era tan dócil y confiada, sin embargo, le había rogado a su padre permitirle trabajar con él en sus tiempos libres, y aunque él se había ofrecido a darle el dinero de buena gana, ella se había negado con la fuerte convicción de que el objeto que necesitaba comprar debía ganarlo por su propio esfuerzo, y bajo esa lógica el gran Bob no pudo seguir negándose, pero a la vez le dejó en claro que ella no tendría ningún favoritismo y que el trabajo sería duro y que a la vez no podía fallar en sus estudios o sino no le quedaría de otra que despedirla.
Helga se sintió encantada de que su padre la tomara en serio, por eso se propuso ser la mejor trabajadora y la más dedicada estudiante, y por esas metas no tenía tiempo para andar con remilgos con la ropa que utilizaría para trabajar.
El motivo por el cual Helga se estaba esforzando tanto era porque en el viaje de regreso de sus últimas vacaciones no solo había perdido su maleta, sino también el relicario que tanto atesoraba desde niña. Y a pesar de que estuvo a punto de darse por vencida, seguía esforzándose, aunque eso no quería decir que de vez en cuando actuara extraño con Arnold las veces que lograba encontrarse con él, principalmente por vergüenza.
Sábado 07:56 AM, en algún lugar de Hillwood.
—¿Qué tal resultó?
—El objetivo fue entregado.
—Excelente. ¿Y Mantecado?
—Aún nada.
—Excelente. Mantengan sus posiciones e informen en todo momento.
—Copiado.
Continuará...
NA2: Espero que les haya gustado la reedición del segundo capitulo.
Nos leemos en tres días mas.
Bye ~ Bye
