Ni Hetalia ni los personajes me pertenece y prácticamente las historias base tampoco, yo sólo las adapté a esta serie.
~ Piano ~
Yo soy el grandioso Gilbert Bilchmirts y estoy en segundo año de Música. Es la segunda carrera que escojo porque la anterior no era lo suficientemente asombrosa como para tenerme ni sacaba a relucir mi estupenda personalidad. Además que toco la guitarra eléctrica de maravilla. Pero bueno, no estoy aquí para nombrar mis innumerables talentos.
Todo comenzó cuando conocí a ese señorito podrido, pero tengo que contarles cómo ocurrió aquello.
Cuando llegué el primer día no esperé ver tanta gente que estudiarían lo mismo que yo, por lo que tuvieron que dividir a todo el alumnado en cuatro grupos de los cuales no veía a todos por estar en clases separadas.
Al comienzo todo fue normal, nada que el año anterior no haya visto. Me hice de un grupo de amigos (más bien compañeros que me agradan y tenían el honor de que estuviera con ellos, porque amigos no lo son), conocí a mis maestros y cada lugar del que vendría siendo mi segundo nuevo hogar. Nada salía de lo común hasta aquel martes.
Encontré un lugar del que rápidamente me adueñé: eran un pasillo con no más de tres salones apenas utilizados y un pequeño patio que había al final de este, esos eran los mejores lugares para alejarme de la sociedad y adentrarme en el mundo de mis maravillosos pensamientos. Allí me gustaba pasar el rato cuando tenía algún problema familiar o simplemente quería saltar clases. En esta ocasión era lo primero.
Como ya me era costumbre, tuve una discusión con mi abuelo de qué haría con mi vida siendo músico, que cambiara de carrera a algo que me dé para comer. Pero no quiero, me gusta mucho la música como para dejarlo.
Sumido en mis pensamientos avancé por el pasillo esperando que la banca que me pertenecía estuviese libre para no tener que sacar a golpes a los invasores que no hacían más que cogerse al primero que se les cruce por el camino e irse allí ya que es poco concurrido y difícil que sean descubiertos.
Faltaba poco para llegar cuando desde el último salón se podía escuchar el melodioso sonido de las teclas de un piano siendo tocadas por un experto. Me quedé parado frente a la puerta escuchando aquella hermosa canción que no podía reconocer, ¿acaso quien tocaba la había compuesto? Sea así o no, era maravilloso, como si con sólo escucharlo pudiese olvidar todos los problemas. Aquel compositor debería sentirse orgulloso que sea yo el que lo haya escuchado y apruebe su canción.
Sigilosamente, para no interrumpir a esa persona, intenté ver de quién se trataba, pero no vi más que la espalda de un joven castaño, bien vestido, con un mechón de cabello flotando desde su flequillo. No recordaba haberlo visto antes, pero tenía el presentimiento que era de primer año al igual que yo. Debía ser del grupo con el que no tengo clases.
Tocaba de una forma inigualable junto a sus agraciados movimientos al ir de un lado a otro golpeando las teclas.
¿Cuánto tiempo habré pasado de pie inmóvil hipnotizado por todo aquello? No lo sabía y no quería saberlo. Sólo supe que salí de mi trance al verlo tomar sus cosas para dejar el salón. No quería ser descubierto espiando, así que sin pensarlo corrí hacia el patio para sentarme y hacer como si nada mientras veía cómo el muchacho se alejaba.
Durante lo que quedaba de semana pasé por allá para escucharlo nuevamente, pero no pude encontrarlo. No fue hasta el siguiente martes que lo vi. Me encontraba sentado en mi banco y el pianista caminando hacia ese salón.
Pude verlo de frente: piel clara, ojos violáceos protegidos por un par de anteojos y de facciones algo finas. No parecía ser muy sociable, de seguro le enseñaron a mirar en menos a los demás, porque sus ojos no decían otra cosa. Era justo del tipo de personas que no me agradaban para nada, o sea, ¡nadie es mejor que yo! Y su físico tampoco me gustaba, los prefiero más sencillos al vestir, no tan sofisticados, y con un cuerpo más trabajado como el mío. Aun así, al oír unas cuantas notas de aquel instrumento, me dirigí al pasillo para escuchar mejor, sentándome a un lado de la puerta.
Nuevamente me dejé llevar por la música que tocaba aquel tío. Aunque no me agradaba su presencia, no podía negar que escucharlo era como estar junto a un coro de ángeles, hasta me permití cerrar los ojos para ignorar todo lo que había a mi alrededor y dedicarme a pensar sólo en lo que escuchaba.
Cuando sentí el rechinar de su asiento contra el piso, me incorporé a toda velocidad para volver a mi lugar de siempre.
Así repetí la rutina cada martes obviamente sin ser descubierto. En ciertas ocasiones cuando él salía del lugar, su mirada chocaba con la mía, sólo nos observábamos por unos escasos segundos para que luego él siguiera su camino. Pasé alrededor de dos mes de esa forma y hubieran seguido igual si no fuera que por azares del destino pudimos tener otro encuentro.
Era jueves por la tarde, ya no había más clases por lo que muchos se estaban marchando a sus hogares, pero no era mi caso. Como ya muchas mañanas, tuve una discusión con mi abuelo, pero esta vez no lo soporté y me fui antes de que pudiera terminar su discurso, dejándolo gritando para que no me vaya, cosa por la que no quería volver. No sabía cómo hacer hora; mis supuestos amigos de clases ya se habían marchado y por una extraña razón ninguno aceptó que fuera a su casa a pasar un rato, de seguro estaban muy ocupados y no querían interrumpir mi hermoso tiempo libre.
Caminé dejando que mis pies me guiaran y, como si ya memorizaran el camino, me dirigieron a mi tan amado patio, donde, como era de esperarse, no había nadie, lo cual no me molestó, de hecho, ¡mejor para mí! Di vueltas por el lugar hasta que decidí sentarme en mi banca favorita, estiré la cabeza hacia atrás y miré al cielo, cómo las nubes se movían y el sol lentamente se ocultaba dejando todo de un color carmín.
Mis párpados lentamente se iban cerrando a causa del sueño hasta que escuché unos suaves pasos. Desperté de inmediato para ver de quién se trataba, y no era nadie más que aquel tipo de los martes, pero ¿qué hacía un jueves por ahí? La duda me estaba matando, por lo que me levanté del asiento y caminé hasta el salón en el que ya se encontraba sacando unas cuantas partituras de su bolso. Antes no se me habría cruzado por la mente el entablar alguna conversación con él, pero ya estaba dentro y no había vuelta atrás. Esos ojos violetas me examinaban de arriba abajo, mientras sentía el silencio incómodo que se apoderó del lugar.
-¿Qué quieres?- espetó al verme inmóvil frente a él.
-¿Esa es tu forma de saludar a alguien tan asombroso como yo?- dije entre risas. Su actitud ya no me parecía tan mala, hasta me daban ganas de molestarlo más seguido al verlo fruncir el ceño de esa forma. Caminé hasta quedar al lado de él.
-No veo a nadie con esas características aquí- dijo siguiendo con su tarea de ordenar las hojas.
-¡Cómo que no! Si tienes al magnífico Gilbert en frente tuyo- me miró sin ninguna gracia y volvió a lo que hacía- Bien, bien, dejemos las presentaciones y vayamos a lo que importa. ¿Qué tocarás hoy?
-¿Hoy? Quiere decir que me escuchas a menudo, ¿o me equivoco?
-Vamos, ambos sabemos de la existencia del otro, para qué mentir. También sabemos que sólo vienes los martes, ¿qué te trae por aquí un jueves?
-Nada que te importe. Ahora déjame tocar solo.
-¿Tanto llevas sin un buen polvo que te complaces con la mano?
-¿De qué estás ha…- no pudo evitar que un sonrojo apareciera en su rostro al notar cómo había tergiversado sus palabras- ¡No me refería a eso, idiota! Y eso tampoco te importa- desvió la mirada para dirigirse al banquillo y comenzar a tocar.
-Pues estaba dispuesto a ayudarte con tu tarea, pero ya que no quieres…- giré sobre mis talones para ir lentamente hacia la puerta cuando lo escuché hablar.
-S-será… sólo por hoy, ¿cierto?- dijo casi en un susurro mientras que con un mano ocultaba sus mejillas sonrosadas.
-A excepción de que quedes con ganas de más- sonreí lascivamente al volver a su lado.
Se quedó sin habla. ¿Para qué iba a mentir? Se moría de ganas de hacerlo conmigo desde que me vio sentado en aquella banca. Y de paso admito que yo también tenía muchas ganas, no me lo podía sacar de la mente. Pero no sería capaz de decírselo.
Al no recibir una negación decidí comenzar. Lo tomé de la cintura atrayéndolo a mi cuerpo con brusquedad, lo cual hizo que diera un pequeño salto de sorpresa, eso lo hizo salir de su ensimismamiento. Me tomó del cuello de la camisa para plantarme un fogoso beso. Nuestras lenguas luchaban por poder recorrer la cavidad bucal del otro.
Una de sus piernas se posó entre las mías para comenzar a frotar de una manera tan excitante. No pasó mucho rato para que las prendas empezaran a volar dejando así nuestros torsos completamente desnudos.
Lo tomé para posicionarlo sobre el piano en el cual él solía componer canciones.
Al separar nuestros rostros pudimos notar que ya era más que obvio el calor que invadía nuestros cuerpos al mismo tiempo que nuestras erecciones se hacían más notorias. Él bajó el cierre de su pantalón y luego el mío para liberar nuestros miembros y masturbarlos juntos. Posé mi mano junto a la suya para ayudarlo en la tarea.
Los gemidos ya se comenzaban a escuchar y nuestras manos cada vez se movían más rápido cuando oímos cómo la puerta se abría.
Ambos giramos nuestros rostros para ver quién había intervenido en nuestro maravilloso acto.
-Disculpen por… interrumpir, pero tengo que llevarme el piano- señaló con el dedo el lugar en que había sentado al castaño. No era más que un auxiliar.
Saliendo de la sorpresa, me alejé del otro para arreglar mi pantalón y dirigirme al señor. El de lentes hizo lo mismo para seguirme.
-Vale, ahí está libre.
-Gracias- el hombre fue hacia el instrumento e intentó levantarlo sin conseguirlo.
-¿Le ayudamos?- pregunté algo inseguro de querer prestar mi ayuda.
-Se los agradecería mucho- sonrió ante lo dicho- Tomen de ese lado y yo de acá.
Me coloqué donde me indicó pero antes de tomar el objeto, como vi a aquel tío quieto de brazos cruzados, pregunté.
-¿Y tú no piensas ayudar?
-No haré ese tipo de trabajos- espetó mientras se acomodaba las gafas.
-Vamos, señorito, sacamos esto y continuamos con lo que hacíamos.
Bufó para luego ir a ayudar. Entre los tres levantamos el piano y lo llevamos hasta una plataforma con ruedas que estaba afuera.
-Mil gracias, chicos. Ahora no los interrumpo más. Y por favor, no ensucien mucho ni desordenen- pidió antes de alejarse.
Ambos estábamos un poco sonrojados de vergüenza por la petición. Aun así decidimos continuar. Él tomó la iniciativa. Me besó ferozmente al mismo tiempo que me guiaba a una mesa que se encontraba en una esquina. Me acorraló y volvió a la tarea de masturbar nuestros penes.
Después de un rato ya no podíamos más, estábamos tan extasiados escuchando nuestros gemidos y sintiendo esos toques que sin previo aviso me giró para penetrarme. Dolió como mil demonios, pero al cabo de un rato sólo podía sentir placer. Las estocadas iban aumentando su velocidad. De todas las veces que lo había hecho ninguna se comparaba con esa. Era tan excitante sentir como salía y entraba de mí. Podía ver su rostro desde la ventana que teníamos en frente -tenía cortinas a todo esto, no es que cualquiera nos pudiera ver desde afuera-, se veía tan sensual que sólo lograba calentarme más.
Ya no podíamos más. Él se corrió dentro de mí mientras yo lo hacía sobre su mano que no dejaba de tocar mi erección. Cansados, nos apoyamos sobre la mesa, intentando regularizar nuestra respiración. Pude notar cómo evitaba mirarme directamente, así que fui yo el que rompió el silencio.
-¿Y? ¿Quieres quedar para otra vez?
Me miró de cierta forma que no podría describir para después sonreír y decir "Tengo novia". Creo haber quedado algo choqueado porque no dije nada a pesar de que mi cabeza no dejaba de increpar aquellas palabras porque, por favor, ¿cómo me sale con que no quiere hacerlo de nuevo porque tiene novia si ya lo hicimos? ¡Es ilógico!
Finalmente nos arreglamos y salimos del lugar. No volví a verlo más. Ya no pasaba por ahí porque no estaba su amado piano, supongo, o no quería toparse conmigo y que vuelva a ocurrir lo inevitable -obviamente 'inevitable' porque después de probarme nadie se resiste a no volver a tenerme-.
...
-Ojalá haya salido del closet ya. Kesesese.
-¿Por qué no nos habías contado eso?- preguntó el español algo apenado por no haber escuchado la historia antes mientras su amigo asentía apoyándolo.
-Pensaba hacerlo, pero sólo lo olvidé.
Todos quedaron sin palabras al escuchar la primera historia creyendo que quizás la de ellos no podría superarla, por lo que nadie era capaz de contar la suya.
-Y bien, ¿quién se anima?- preguntó sonriente el rumano.
-¡Yo!- Antonio levantó su mano ya con ganas de dar a conocer su anécdota.
