Peter, Edmund y Lucy volvieron a Inglaterra por la puerta que abrió Aslan y regresaron a la estación de tren de la que se despidieron tan repentinamente.

Los tres seguían algo impresionados por lo que había decidido su hermana, pero, tal como dijo ella, debían seguir con su vida. Quedaban otros tres meses para explicarles lo ocurrido a sus padres, ya que en el internado en el que estaban no se permitían visitas. Lucy sería la encargada de decirles a los profesores que Susan había contraído una enfermedad que la tendría postrada en la cama durante todo el trimestre.

Sin embargo, cuando llegaron al colegio y las clases comenzaron, algo raro sucedió. Nadie preguntaba a los chicos por su hermana desaparecida, no parecía haber cama para ella en el internado de las niñas, y los profesores no estaban preocupados porque les faltara una alumna. Parecía que aquel mundo nunca hubiera conocido a Susan Pevensie.

Las sospechas de los chicos se convirtieron en hechos cuando su madre telefoneó un día.

- ¿No vas a preguntarme por Susan? – Dijo Lucy al cabo de un rato de conversación.

- ¿Susan? ¿Es tu nueva amiga? – Preguntó la Señora Pevensie.

- Mamá… ¿Es que no te acuerdas de ella?

- Mmm… Lo siento, cariño. Creo que nunca me has hablado de tu amiga.

Lucy decidió dejar ahí la conversación. Oficialmente el mundo había olvidado a su hermana mayor.

En realidad eso hacía un poco más fácil la situación. Ellos echaban de menos a Susan, pero no tenían que dar explicaciones sobre nada.

Pasaron las semanas, hicieron nuevos amigos, aprobaron exámenes, y un día, poco antes de que acabara el trimestre se encontraban en la estación de tren de Londres recién llegados de Narnia. Susan estaba sentada entre Edmund y Lucy.