Capítulo 1.

A pesar de que esto lo he vivido muchas ocasiones, nunca termino por acostumbrarme. Ni lo voy a hacer, dicho sea de paso.

El sacerdote dice un par de plegarias, la gente responde murmurando por lo bajo, todos se ven sombríos y tristes, el ataúd comienza a descender en tierra mientras el viento frío sopla con fuerza, llevando al ocupante a su morada final.

Y si bien esto es algo deprimente, el final de una vida, la pérdida de un ser amado, yo no puedo evitar sentirme aliviada.

Una vez que la tierra recién excavada ha cubierto por completo el ataúd de roble, los dolientes comienzan a dispersarse y yo me quedo en donde estoy, semiescondida entre un par de árboles que son mis guardianes. No me gusta formar parte de este tipo de eventos, al menos no en primera fila, motivo por el cual me escondo siempre que puedo, a menos que un familiar me pida que esté a su lado en toda la ceremonia, cosa que no ocurrió en esta ocasión, afortunadamente. El estar presente siempre en un funeral me deja una curiosa sensación, pero quizás lo único que realmente me agrada es cuando el familiar del fallecido viene a darme las gracias, y esta vez no fue la excepción. La hija del recién fallecido se acerca a mí con un intento de sonrisa en el rostro a manera de agradecimiento.

- Gracias por todo lo que hiciste por nosotros, Lily.- me dice, tomando mis manos.- Ayudaste a mi padre a morir tranquilo.

- Solo intentaba ayudar.- murmuré.

- Y lo hiciste.- dijo ella.- Gracias.

Después de un breve pero cálido abrazo, la mujer se va y me deja pensando en lo recientemente sucedido. El hombre que acaba de fallecer era un importante hombre de negocios que nunca tuvo tiempo ni para su familia ni mucho menos para divertirse, hasta el día en el que le diagnosticaron cáncer de pulmón por ser fumador empedernido. Ese día, como él mismo me lo dijo, el mundo se le vino encima y se amargó por el hecho de darse cuenta de que desperdició su vida en cosas sin importancia. El hombre se amargó, se encerró en sí mismo y pasaba todo el tiempo insultando y humillando a cualquiera que tuviese la desgracia de ponérsele enfrente, incluyendo a su propia familia, cosa que lo amargaba más por el hecho de saber que eso no iba a acercarlo más a sus seres queridos, que era lo que él más deseaba, por lo que comenzó a pensar que iba a morir solo…

Eso, por lo menos hasta que llegué yo.

Me llamo Lily Del Valle, tengo 26 años y soy médico, más específicamente especializada en clínica del dolor, esto es, que estoy capacitada para ayudar a personas que sufren de terribles dolores causados por largas y penosas enfermedades, además de tener una especialidad en psicología, por lo que se podría decir que estoy capacitada para ayudar a personas que sufren dolores indecibles causados por penosas enfermedades y ayudarlos a superar la depresión que esto conlleva. A mí me llaman cuando un paciente ha pasado ya por varios médicos y psicólogos, quienes no han podido hacer gran cosa para ayudar al paciente, para que yo busque la manera de darle a la persona una muerte digna y sin tanto sufrimiento, cosa que no es para nada una tarea fácil, por cierto, sobre todo para mí, porque créanme que no es sencillo saber que todos tus pacientes van a terminar por morirse.

Así pues, en el caso de este señor, aparecí de la nada en su vida para ayudarlo a aceptar su irrevocable destino y reconciliarse con su familia, que al final era lo que verdaderamente importaba. No fue nada fácil, pero al final conseguí que el hombre pasara sus últimos meses de vida en compañía de sus seres queridos, disfrutando de cada instante de vida que le quedaba, como él quiso hacer desde un principio.

Suspiro al darme cuenta de que todos se han ido y me han dejado sola, pero no me muevo porque sé que alguien está por llegar a mi encuentro, quizás para darme una nueva misión, quizás solo para decirme hola. De repente, de algún lado algún perro comienza a ladrar como desesperado y empiezo a sentir escalofríos, los cuales nunca puedo contener por más que lo intento. Detrás de un árbol, aparece una mujer joven, de largo cabello negro y tez extremadamente pálida, que sostiene entre sus manos una guadaña. La mujer va vestida de negro, con mucho estilo debo reconocerlo, y me mira lacónicamente mientras yo me arrebujo en mi abrigo de lana, intentando controlar los escalofríos.

- No dejas de ser friolenta.- comenta ella, con voz suave.

- Soy flor tropical.- bromeo.- Además, madrina, creo que tu encantadora personalidad tiene mucho que ver en esto.

- Lo sé.- esto la hace a ella sonreír.- Eso me agrada.

Su sonrisa disminuye mis escalofríos aunque no los detiene y yo bufo, ya que pareciera que ella disfruta de ver cómo los humanos temblamos ante su sola presencia, y la verdad es que no es para menos, ya que esta mujer, mi madrina, es nada más y nada menos que la mismísima Muerte.

Es algo ilógico de decir, imposible de contar y difícil de creer, pero soy la ahijada de la Muerte. Así como lo oyen, mi madrina no es ninguna amiga querida de mamá, ninguna tía de papá, mi madrina, la mujer que vela por mí en ocasiones es nada más y nada menos que la Muerte, quien en estos momentos me mira fijamente, como tratando de adivinar lo que estoy pensando.

- Buen trabajo.- me dice ella, tranquilamente.- No fue un caso fácil.

- Ninguno lo es.- repliqué.- Y gracias. ¿Eso me hace merecedora de algunas buenas vacaciones?

- No.- negó ella.- Hay mucho trabajo pendiente.

- ¿Por qué nunca tengo vacaciones?.- protesté.- Debería poder descansar aunque sea una sola vez.

- La Muerte nunca tiene vacaciones.- replicó mi madrina.- No veo por qué tú sí.

- Touché.- suspiré.- Ya no digo nada.

- No deberías de quejarte, viajas por todo el mundo.- replicó la Muerte.- Y para tu próxima misión, voy a mandarte a Alemania. Querías ir para allá, ¿no?

- ¿Próxima misión?.- exclamé.- ¿Tan pronto? Acabo apenas de cumplir con ésta, estoy exhausta.

- Me imagino.- asintió mi madrina.- Pero no queda mucho tiempo y esta misión es importante.

¿Cómo fue que yo llegué a ser la ahijada de la Muerte, un ser del que todos huyen? Según lo que sé, todo comenzó el día en que nací: yo tenía el cordón umbilical enredado en el cuello desde que me encontraba en el vientre de mi madre, lo que me asfixió durante el tiempo suficiente para que mi vida peligrara; los médicos que me atendieron no me dieron esperanzas de sobrevivir, pero mi padre algo hizo que me salvó la vida; nadie supo jamás qué había hecho, qué medicina milagrosa me había dado, ni siquiera mi madre sabía este dato, lo único que todos pueden constatar es que me tomó en brazos y desapareció conmigo un momento. Al volver, yo ya había comenzado a respirar mejor y lloraba como nunca lo había hecho desde que nací, sin que nadie pudiera creer el milagro que se operó en mí. Todos querían saber qué me había dado mi padre para que yo mejorara de esa manera, pero él guardó el más absoluto silencio, hasta el día en el que yo cumplí los 21 años, fecha en la que comenzó a marcarse mi destino.

Para esas fechas, estaba yo en el penúltimo año de la carrera de Medicina, profesión que decidí seguir por influencias familiares (mi padre es médico; mi madre, enfermera), y recuerdo perfectamente que ese día yo no quería tomarme un tiempo para festejar, tenía muchos asuntos pendientes, exposiciones, trabajos y demás, así que cuando mi padre me dijo que quería verme acepté, pero le dije que no podía quedarme mucho tiempo con él.

- No te preocupes.- me dijo.- Lo que te quiero decir no me va a tomar mucho tiempo.

Después de una breve explicación de mis malas condiciones al nacer, mi mal pronóstico y mis pocas esperanzas de vida, mi padre me dijo que en su momento de desesperación, al andar conmigo en brazos por el hospital, comenzó a pedirle a la Muerte que me dejara vivir a cambio de su vida. Cuando llegó al mortuorio, él sabía muy bien que ella lo estaba esperando, ya que todo médico se ha enfrentado en más de una ocasión cara a cara con la Muerte y la conoce perfectamente, incluso se podría decir que son como viejos conocidos, rivales eternos, por lo que papá esperaba que ella quisiera darle tregua en esa ocasión y aceptar su trato. Papá me contó entonces que la Muerte aceptó no llevarme con ella a cambio de que aceptara convertirla en mi madrina y poner mi vida a su disposición, cosa que mi padre aceptó en un momento de desesperación, por lo que al cumplir los 21 años, la Muerte llegaría por mí, a consumar la parte del trato que papá había aceptado. Cualquier persona podría haberse reído con este cuento o hubiese tirado a su padre de loco o bromista por semejante explicación, pero yo no lo hice. ¿Por qué? Porque como les dije antes, todo médico se ha enfrentado con la Muerte por lo menos una vez en su vida y ha hablado con ella. Así pues, una vez que mi padre me contó esto, me entregó un anillo negro, el cual brillaba de manera sobrenatural con la luz del sol.

- La Muerte me pidió que te entregara esto cuando tuvieras la edad.- me dijo mi padre.- Ella después va a ponerse en contacto contigo y te dirá lo que hay que hacer. Y perdóname por esto, no quería perjudicarte así, solo quería que estuvieses con nosotros.

Creo que cualquiera se hubiese molestado mucho con su padre tras enterarse de que ofreció tu vida sin tu consentimiento, pero yo no hice. No puedo ni imaginarme la difícil decisión que él tuvo que tomar, si dejar morir a su hija recién nacida o ponerla al servicio de la Muerte en persona, estoy segura de que yo no hubiese podido tomarme las cosas con tanta calma estando en su lugar. Así pues, simplemente abracé a mi padre y le dije que no había nada qué perdonarle, al contrario, le agradecía que me hubiese dado la oportunidad de vivir. Curiosamente, lo que pasó por mi mente en esos momentos era que ahora ya sabía el por qué mi madrina nunca estaba presente.

Después de eso, la Muerte hizo acto de presencia ante mi padre y ante mí, diciendo que había estado esperando a que llegara el momento en el que había de cumplirse lo convenido. Lo primero que pensé al conocer a mi madrina era que los comentarios y representaciones que se hacían sobre ella no le hacían justicia en lo más mínimo, tras pintarla siempre como un ser sombrío, esquelético y tenebroso, me sorprendió mucho ver a una mujer de rostro hermoso y joven, con un toque de picardía y se podría decir que hasta de buen humor. La Muerte se acercó entonces a mí y, sonriendo, me habló con total seriedad:

- Al fin tenemos el gusto de conocernos.- dijo.

De ahí, la Muerte me explicó más o menos cuál iba a ser mi trabajo: cansada de ser rechazada por cortar la vida de muchas personas, mi madrina deseaba que alguien ayudara a las personas próximas a morir a aceptar su irremediable destino, y ahí era donde entraba yo. Mi misión básicamente consistiría en acercarme a aquellas personas amargadas por una sentencia cercan de muerte y convencerlas de que no sería tan malo irse al otro mundo. No iba a ser nada fácil, pero por la promesa que mi padre hizo iba a tener que intentarlo. Una vez que mi madrina me puso las reglas del juego, se retiró diciéndome que era una mujer muy ocupada y que no le quedaba mucho tiempo disponible, cosa que nunca puse en duda por ser quien era, y partió, dejándome a solas con mi padre. Él de inmediato me abrazó casi llorando, murmurando una disculpa en voz baja:

- Perdóname.- murmuró.- Perdóname por involucrarte en esto, pero deseaba tano que tú vivieras…

Yo no dije nada. ¿Quién no habría hecho lo mismo estando en lugar de mi padre? ¿Podría alguien culparlo por querer salvar a su hija recién nacida? Yo no, al menos, así que no tenía por qué odiarlo. Después de eso, no recuerdo mucho, solo que a partir de ahí mi vida ya no fue la misma…

Volviendo al presente, miré fijamente a mi madrina, tratando de contener los escalofríos que me invadían, y suspiré. ¿Qué nueva misión iba a encomendarme esta vez? Fue entonces cuando recordé el nombre que ella usaba cuando se aparecía a cumplir sus labores de madrina, el nombre con el que fue bautizada una representación mexicana de ella misma, una calavera vestida al estilo de la época colonial, y que en México se conoce como "La Catrina". Así se hacía llamar mi madrina, Catrina, y curiosamente nadie la relacionaba con su imagen esquelética porque realmente no se le parecía.

- Como te dije antes, tienes una misión nueva.- dijo Catrina.- Fue algo repentino, este joven no iba a morir tan pronto pero su terquedad lo condenó.

- ¿De quién se trata esta vez?.- quise saber.

- De un joven, tiene 28 años.- respondió ella.- Un jugador de fútbol muy famoso.

- ¿28 años?.- yo hice una mueca.- ¡Qué joven es!

Entre mis múltiples tareas ya había tenido yo contacto con adultos, ancianos e incluso niños, y éstos eran por supuesto los que menos me gustaba atender, no porque me molestaran sini por uqe me entristecía saber que estaban próximos a morir. A nadie le agradaba la idea de dejar una vida, pero en el caso de una persona que ya la ha vivido largamente puede aceptarse, más no era así en el caso de alguien que está apenas comenzando a disfrutar la vida, y los niños y sobre todo los que tenían más o menos mi edad eran los que más trabajo me costaba ayudar.

- ¿Por qué pones esa cara?.- me preguntó Catrina.

- No me gusta que muera la gente tan joven.- musité.- Ya lo sabes, madrina.

- Eres igual a tu padre.- suspiró Catrina.- Creo que es por eso por lo que estamos aquí hablando.

- Lo sé.- murmuré.- En fin, dime quien es, por favor.

- Como te dije antes, es un jugador de fútbol talentoso, juega como portero, es japonés y juega con la selección de su país.- continuó ella.- En un partido amistoso contra la selección de Australia, él se golpeó la cabeza contra el poste de su portería y se lesionó de gravedad. Él aun no lo sabe, pero ese golpe le ocasionó un aneurisma (favor de ver notas aclaratorias) que en cualquier momento va a reventarse y ocasionarle una hemorragia cerebral.

- Que es lo que lo va a matar, supongo.- suspiré.- Al menos espero que sea una muerte rápida.

- Lo será.- dijo Catrina.- Va a morir en la mesa de quirófano, cuando intenten salvarle la vida. El asunto con este joven es que está muy amargado porque ese golpe le cortó su sueño de toda la vida, que es ganar la copa del Mundo y convertirse en el mejor portero de todos. Esa lesión lo va a dejar fuera de todo, cosa que lo tiene muy amargado. Tú debes ayudarlo a aceptar su destino para que pueda morir en paz.

- Es una lástima.- dije.- Otro gran sueño cortado, pero entiendo. ¿Quién es este joven?

- Se llama Genzo Wakabayashi, vive en Munich, Alemania.- me respondió Catrina.- No tardes mucho en ir, que no le queda mucho tiempo. Si necesitas algo, ya sabes cómo localizarme.

Yo asentí con la cabeza y entonces mi madrina se retiró, dejándome muy pensativa. Con lo ocupado de mi trabajo rara vez tenía tiempo para ver la televisión, así que no conocía a ese tal Wakabayashi, pero mi madrina decía que era famoso, así que me supuse que no me costaría trabajo localizarlo y no me equivoqué. En poco tiempo me encontraba yo viajando hacia Munich, con la esperanza de que acercarme al portero no fuese a ser un problema. Para mi buena suerte, sin embargo, el médico que atendía a Genzo, el Dr. Stein, y su neurólogo, el Dr. Jean Lacoste, eran amigos de mi padre, de manera que lo único que necesitaba era decir que ya me había enterado de que Genzo Wakabayashi estaba sufriendo y que yo quería ayudarlo. Tanto el doctor Lacoste y el doctor Stein estuvieron de acuerdo en presentarme con Genzo, al parecer el muchacho necesitaba ayuda en verdad y ambos sabían cuál era mi buena fama ayudando a enfermos terminales.

Mi primer encuentro con Wakabayashi, sin embargo, no fue del todo exitoso, ya que en cuanto él me vio, me lanzó tal mirada de desprecio que me hizo al punto detestarlo. El muchacho no era feo, debo reconocerlo, y me pareció tremendamente joven y muy, muy triste, pero esa tristeza la cambió él de inmediato por una franca hostilidad. No bien el doctor Lacoste nos presentó cuando ya él me había dado la espalda sin hablarme siquiera.

- Genzo, qué bueno que estás aquí.- dijo el doctor Jean.- Mira, quiero presentarte a la doctora Lily Del Valle, ella es experta en enfermedades terminales y quiere ayudarte.

El tan famoso porterito volteó para mirarme de arriba abajo, como si fuera yo una res en venta, y sin decir nada se dio la vuelta y se marchó, dejándome con la mano extendida y la boca abierta. ¡Qué patán tan más presuntuoso! No me importaba si él estaba por morir, era nada más ni nada menos que un perfecto idiota.

Sin embargo, ése fue apenas el primer encuentro. Faltaba ver lo que iba a pasar después...