Capítulo 1: Recuerdos de niñez.

Muy buenas gente. Sé que queréis matarme por haber tardado tanto. Pero ya os avisé que el Prólogo lo subí en un alarde de valentía. Y aunque aun me quedan muchas cosas por perfilar, sentí la necesidad de subir ya este capítulo, que me ha quedado creo un poquito largo. En cualquier caso espero que lo disrfuteis tanto como he disfrutado yo escribiéndolo. Este en especial se lo dedico a AmaterazuHime, para que me perdone por mi ausencia y por que me parece una de las mejores escritoras que hay por estos lares. Un besazo guapa.

Disclainer: Ninguno de los personajes ni la historia de Dentro del laberinto me pertenece, aunque me encantaría que eso cambiara xD.

Capítulo 1: Recuerdos de niñez.

Sarah tenía ya 24 años, había dejado atrás su infancia. Ahora era una guapa camarera con el pelo largo de color marrón y unos ojos verdes que transmitían un aburrimiento descomunal. Aquella tarde el café se encontraba vacío, lo que no era normal un domingo por la tarde, pero entre el tiempo que hacía y que la mayoría de los clientes eran personas mayores, era de esperarse.

Sarah miró por la ventana una vez más. Sí, seguía lloviendo. Y a ella se le había olvidado el paraguas, por lo que o descampaba o iba a llegar empapada a casa de sus padres. Aquella noche su "madre" le había pedido que fuera a casa a cenar. Sarah sabía que sólo era una excusa para que fuera a casa a recoger las cosas que le quedaban allí.

Hacía unos pocos meses que había empezado a vivir sola en el centro, en un pequeño apartamento que conseguía rentar gracias a su sueldo de camarera y a las propinas que conseguía. Se sentía bastante cómoda trabajando en aquel café, la jefa la trataba como a una de sus hijas y los clientes habituales, que eran todos señores mayores que jugaban al dominó, eran muy agradables con ella y siempre le dejaban abundantes propinas, sobre todo cuando el sitio estaba más vacío y jugaba con ellos alguna partida. Casi parecía que aquel bar era más familia suya que su auténtica familia.

Sarah suspiró. Llegaba la hora de cerrar el bar y seguía cayendo una buena tormenta.

- Los dioses me odian. – Sarah empezó a apagar las máquinas del café. Como no había venido nadie en toda la tarde, no tardó mucho en terminar de recoger el sitio. Se cambió el uniforme en el vestidor y tomó su bolso.

Cuando salió a la calle ya empezaba a oscurecer, y la lluvia caía de forma implacable. Tomó fuerzas y empezó a correr calle abajo, sujetando su bolso fuertemente contra el pecho para evitar que se mojara. La casa de sus padres no se encontraba lejos del café, pero tampoco estaba cerca. Sobre todo cuando tenías que atravesar el parque con aquella tormenta. El parque se encontraba vacío y embarrado. A punto estuvo de resbalar más de una vez, pero consiguió mantener el equilibrio. Al fondo consiguió ver el puente, ya se encontraba cerca de casa. Aquel sitio había sido su favorito cuando era una niña, aunque no recordaba exactamente por qué… Tampoco se paró a pensarlo. Atravesó el puente sin miramientos, sólo preocupada por la lluvia que hacía tiempo que se le había empezado a colar por dentro del abrigo.

Cuando llegó al portón de la casa, estaba completamente empapada de la cabeza a los pies. Su bolso también estaba completamente mojado a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, pero esperaba que su contenido estuviera a salvo. No tenía dinero como para poder comprarse un nuevo móvil.

Tocó al timbre, y en seguida le abrió la puerta un chaval de 13 años, rubio y con ojos azules.

- ¡Sarah! Ya era hora de que llegaras – Dijo Toby – He estado esperándote para que juegues conmigo. – Detrás de Toby apareció Karen con un trapo de cocina en las manos.

- Toby, ve a lavarte las manos. Sarah, querida, pasa. La cena está ya casi lista, ¿Por qué no se sientas en el comedor con tu padre? Te ha echado mucho de menos.

- Gracias Karen.

Karen hizo una pequeña mueca a la que Sarah no le prestó atención. Karen le había dicho muchas veces que le llamara mamá, pero Sarah jamás había consentido llamarla de aquella manera. Si bien su relación había mejorado ligeramente cuando Sarah creció, sabía que ella no la consideraba su verdadera hija. Tras entrar al recibidor, Karen cerró la puerta de entrada y se dirigió al Salón. Sarah la siguió.

- Cariño, ha llegado Sarah. – Su padre levantó la vista del televisor para verla.

- Bienvenida hija, ven, siéntate conmigo.

Karen volvió a entrar en la cocina, desde donde salía un olor delicioso, dejando a Sarah a solas con su padre en el salón. Estaba viendo en la tele el famoso partido del día, por el que había tenido un día de trabajo tan aburrido. Cuando Sarah se sentó en el sofá enfrente de su padre, la situación se volvió un poco tensa. Un silencio incómodo se había adueñado de la habitación donde sólo se escuchaba al comentarista del partido.

- ¿Cómo te está yendo en la cafetería? – preguntó de golpe su padre. Parecía que a él tampoco le gustaban los silencios incómodos.

- Bien, me gusta trabajar allí.

Tras aquella pregunta pareció que el silencio volvió a asentarse entre ellos. Sarah miraba nerviosa la televisión. Cada vez que llegaba a aquella casa no podía dejar de sentir que estaba fuera de lugar, que ella no pertenecía allí. Sabía que su padre en el fondo la quería, pero su forma de demostrarlo dejaba mucho que desear.

- ¿Has vuelto a escribir? – Con aquella pregunta Sarah dejó de mirar la tele para fijarse en su padre. – No sé porque te interesaste tanto en ser escritora si al final no escribes nada. Tener una carrera de periodismo para terminar trabajando en una cafetería no es lo que se llama tener éxito. – Ahí estaba. Cada vez que su padre tenía alguna oportunidad le sacaba el tema de las profesiones. Aún estaba dolido porque no hubiera elegido empresariales como él.

- Papá, no he venido a discutir. Me gusta trabajar en la cafetería y punto. Tengo todo lo que necesito. Cuando quiera escribir, escribiré.

- No deberías hablarle así a tu padre. Hija… tan solo me preocupo me preocupo por ti, no quiero que eches tu vida a perder.

En aquel momento entró Karen al salón diciendo que la comida estaba lista. Sarah se levantó corriendo para ayudarla a llevar los platos de comida a la mesa, para así no tener que seguir hablando con su padre.

Lo cierto es que su padre tenía algo de razón. Desde que era pequeña le habían entusiasmado las historias fantásticas. Le encantaba imaginarse aventuras y contárselas a su hermano pequeño. Cuando creció pensó que podría dedicarse a transmitir aquellas historias en forma de libros de aventuras, y al principio escribió muchas cosas, desde historias de hadas, hasta historias de piratas y caballeros. Pero cuando llegó a la universidad, tenía la sensación de que todo lo que escribía estaba vacío. Las asignaturas le fueron bastante bien y consiguió muy buena nota en la mayoría pero escribir cada vez le costaba más trabajo. Todo lo que escribía terminaba por hacerlo una bola de papel y tirarlo a la basura. Hasta que al final, se rindió. Fue entonces cuando empezó a trabajar de camarera.

A pesar de la tensión que había entre Sarah y su padre, la cena terminó siendo muy animada gracias a Toby. Se sentaba enfrente de Sarah y no paró de contarle historias del colegio y sus amigos y Sarah se alegró porque su hermano fuera una persona tan popular y tan querida entre sus compañeros. La verdad es que su hermano era todo un encanto, si bien era también un alborotador, se le hacía de querer. Tenían una conexión especial como hermanos, aunque al crecer Sarah las cosas habían cambiado, Toby seguía buscándola para jugar con ella.

Cuando terminó la cena su padre se retiró al salón a seguir viendo la tele mientras que Karen y ella recogían la mesa ayudadas por Toby.

- Ah, he estado limpiando tu habitación. He metido toda tu ropa vieja en una caja, no sé si querrás llevártela o donarla a la Iglesia. Dudo que nada de lo que haya te sienta aún bien, pero es tu decisión. – Karen soltó aquello como quien no quiere la cosa. "Qué poco tacto tiene" pensó Sarah.

- No, está bien. Supongo que habrá niñas que necesiten esa ropa más que yo. Puedes donarla si quieres. Toda la ropa que me entraba ya me la llevé a mi apartamento. – Dijo, sintiéndose un poco nostálgica pensando en sus vestidos.

- También encontré una caja bajo la cama. Te la he dejado en el recibidor para que te la lleves. Son cosas de cuando eras pequeña, pero me imaginé que te interesaría conservarlas. Dentro de poco desmontaremos tu habitación para montar una sala de Spinning. - Spinning, cómo no. Esa era la Karen de siempre. Sarah sintió un poco de pesar al pensar en que su habitación desaparecería, pero se repuso rápidamente. No es que la vida terminara, y ella ya no vivía en esa casa, por lo que era normal que sus padres aprovecharan la habitación para otras cosas que no guardar un montón de peluches y juguetes.

Cuando terminaron de recoger, Sarah se despidió de todos ellos y se marchó con la caja que Karen le había dejado en el recibidor. Se había hecho bastante tarde y aún tenía que coger el autobús antes de que pasara el último. Desgraciadamente seguía lloviendo a mares, pero al menos ahora tenía un paraguas que le había dejado su hermanito.

Llegó a casa sin ningún problema. Bueno, tener que andar llevando una caja de cartón con un paraguas de niño en medio de la lluvia no es que fuera fácil, pero al menos esta vez no se mojó tanto. Cuando entró en el apartamento, dejó la caja encima de la mesa de la cocina y corrió a ducharse. No aguantaba un minuto más con aquella ropa húmeda, o seguro pillaría un resfriado.

La ducha caliente pareció devolverle todas las fuerzas que se le habían ido tras hablar con su padre. No le gustaba discutir con él, pero era inevitable, su padre jamás la comprendería. Nunca había podido comprenderla desde que su auténtica madre los abandonó. Quizás por eso se había sentido siempre tan desplazada en aquella familia. Tras la ducha fue a la cocina a prepararse un té caliente y mientras la tetera se calentaba, posó su vista sobre la misteriosa caja. La verdad es que no recordaba por qué aquella caja se encontraba debajo de su cama ni se acordaba de lo que contenía.

Cogió un cuchillo de la cocina y se acercó hasta la mesa. Cortó el papel adhesivo que cerraba las solapas y abrió la caja. No pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su cara.

Dentro, sobre todas las cosas se encontraba su peluche Lancelot. Aquel peluche había sido uno de sus favoritos cuando era niña, que recuerdos. Al cogerlo, Sarah hizo un mohín. "Por dios, que sucio está" pensó Sarah "Ese mocoso de Toby lo ha maltratado completamente". Al peluche apenas se le distinguían ya los colores y uno de los ojos se encontraba un poco suelto. Aquel peluche era el Karen siempre le cogía para que Toby dejara de llorar en la cuna, y ella siempre terminaba enfadada y encerrándose en su habitación.

Apartó al peluche con cuidado, pensando en que lo metería en la lavadora y le cosería el ojo para que volviera a ser el mismo de antes. Siguió observando en el interior de la caja y encontró un montón más de peluches de los que tenía bastantes recuerdos, si bien no se acordaba del nombre de ninguno de ellos, y de otros tantos no recordaba ni siquiera que hubieran sido suyos. Pensando que habían sido de Toby y que habían terminado por error en aquella caja, Sarah los sacó y dejó junto a Lancelot. Debajo de aquellos peluches encontró algo que había olvidado hacía ya mucho tiempo. Con cuidado sacó un vestido blanco y madreperla precioso, de princesa. Aquel había sido su vestido favorito para disfrazarse e irse a jugar al parque de al lado de casa. "Con razón todos los niños pensaron que era rara" se dijo para sus adentros Sarah, "En aquella época me pasaba casi todos los días disfrazada". Cogió el vestido y lo pegó a su cuerpo a la altura del cuello. No pudo evitar una mueca cuando comprobó que el vestido le quedaba por las rodillas, cuando debería haber llegado hasta los tobillos.

- Las maravillas que tiene crecer. Qué pena…el vestido era precioso – Se dijo Sarah.

Apartó el vestido y siguió intrigada por todas las cosas que había en aquella caja. Sacó también un montón de cuadernos y folios con dibujos, historias que había escrito cuando era pequeña y que había olvidado hacía ya mucho tiempo. Abrió el primer cuaderno que encontró y leyó por encima. Una sonrisa enorme apareció en su cara cuando se dio cuenta de la cantidad de faltas de ortografía y de expresión que tenían aquellas historias. ¡Pero qué mala escritora había sido desde el principio! Pero al menos, había tenido ilusión. Aquellas historias eran originales y auténticas, con la imaginación que da la inocencia. Sintió envidia de sí misma de pequeña, pues hacía muchísimo tiempo que no había conseguido volver a escribir de aquella manera. "Parece que de pequeña gasté toda mi imaginación" pensó Sarah cogiendo uno de los folios que había dentro de la caja. Había dibujado un ser extraño, con el pelo rubio alborotado y sonrisa de malvado que vestía como un príncipe de cuento de hadas. Aquel ser era enigmático pero no dejaba de ser un dibujo hecho por una cría de 13 años.

Sarah no le dio mayor importancia a los dibujos ni a las historias. Apenas recordaba haber hecho ninguna de aquellas cosas. Tenía una memoria malísima por lo que parecía. Siguió sacando cuadernos y cosas de la caja, hasta que vio lo que se encontraba en el fondo, y algo pareció removerse en su interior. Dentro de la caja había un libro con las tapas de color rojo.

Sarah cogió el libro y acarició la portada con el dedo como si fuera un tesoro precioso. Aquel libro le sonaba muchísimo, pero no sabía de qué.

- Labyrinth…. – Leyó Sarah en voz alta. Aquel libro había sido importante para ella, de eso estaba segura, pero no lograba recordar nada acerca de él. Las tapas, que antaño habían sido de color rojo oscuro se encontraban ahora algo descoloridas por el paso de los años.

La tetera entonces empezó a pitar, avisando de que el agua estaba ya hirviendo. Sarah dejó el libro encima de la mesa y fue a prepararse el té. Cuando estuvo con la taza en las manos, cogió de nuevo el libro rojo y se fue hasta el salón donde se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y el libro en su regazo. Tenía mucha curiosidad sobre la historia que contenían sus páginas. Estaba segura de que había sido su libro favorito cuando era pequeña, pero no recordaba el por qué.

Dio un sorbo de su taza y abrió el libro por una página al azar.

"Tan sólo témeme, ámame, haz como te digo y yo seré tu esclavo."

Algo en su interior se contrajo sin saber por qué. Aquellas palabras eran importantes, muy importantes, pero ¿Por qué? No se acordaba de nada y empezó a sentir un poco de miedo… pero ¿de qué? Sin poder evitarlo cerró el libro de un golpe. Aquello no podía estar pasando.

"Tranquilízate, es sólo tu imaginación y un montón de recuerdos de la niñez. Ha sido demasiado para tu cerebro" Pensó Sarah. Pero aquella sensación de haber olvidado algo importante no desaparecía. Tenía aquella sensación horrible en la barriga, como mariposas, la misma sensación horrible que tenías cuando hacías alguna trastada y sabías que tus padres te iban a regañar. La misma sensación que te entraba cuando ibas a clase con los deberes sin hacer y sabías que la profesora te iba a preguntar precisamente a ti. Esa misma sensación de que algo iba a salir horriblemente mal. "Mejor acuéstate, mañana será otro día".

Sarah terminó de beberse el té y dejó la taza encima de la mesa del salón junto al libro, sin preocuparse siquiera por llevarla a la cocina. Se levantó y se fue a la habitación a acostarse. Tumbada en la cama no dejaba de dar vueltas y pensar en aquel misterioso libro. Poco a poco se fue quedando dormida.

En sus sueños volvía a ser una niña de 15, vestida como una princesa. "Que extraño, no es el mismo vestido de la caja" pensó Sarah. Aquel vestido era también blanco, pero era mucho más bonito y sofisticado. Su pelo estaba peinado y adornado con hilos de plata y bisutería con forma de hojas. No parecía ella.

A su alrededor, apareció una multitud, vestida de época que bailaba en parejas. Parecía un baile de reyes y reinas. Todo el mundo tenía una máscara que le ocultaba el rostro menos ella, y todos la miraban. Empezó a sentirse extraña en aquel lugar por ser la única que destacaba. Pero entonces lo vio.

Era rey de dibujo. "¿Rey? ¿Cómo lo sabía?" Se preguntó Sarah. Era extraño porque aunque aquel sujeto no tenía corona, ningún papel le pegaba más que el de rey. Aquel rey llevaba una máscara de aspecto aterrador con cuernos, pero se la quitó cuando vio que ella le miraba. Era muy apuesto, a pesar de su sonrisa ladina que le daba un aspecto malvado.

Una canción empezó a sonar en el baile alarmándola y haciéndole perder de vista al rey. Una canción que le era muy dolorosa, aunque nunca la había escuchado antes. O eso creía… era una canción preciosa. Cuando volvió a dirigir su mirada al rey, este había desaparecido. Intentó buscarlo entre la multitud pero este no aparecía. De repente, el baile empezó a desaparecer, como si de un sueño se tratara. ¿Qué estaba ocurriendo?

Ahora se encontraba en una habitación extraña. Trozos de paredes y escaleras flotaban en medio de la nada. Era una nada oscura, con resplandores violetas, como si de un atardecer se tratara. Se giró y vio a su misterioso rey, sentado en su trono. Estaba pálido y desmejorado. Cuando levantó la vista hacia ella, sus ojos no trasmitían alegría ninguna, como si un gran pesar atenazara su alma. A Sarah se le encogió el corazón sin saber por qué. ¿Por qué le afectaba tanto aquel rey? ¿Por qué se le rompía el corazón al ver su desdicha?

Sarah sintió como las lágrimas le corrían por el rostro. Se llevó la mano a la cara sin apenas creérselo ¿Acaso estaba llorando? ¿Pero por qué? ¿Quién era aquel rey? ¿De verdad era un rey? Sarah estaba segura de ello, pero no sabía cómo. Entonces aquel rey dijo algo que le desgarraría el alma en dos.

- Adiós… mi Sarah…

Entonces todo se sumió en la oscuridad.

Bueno espero que os gustara. Igual que siempre, si queréis dar alguna opinión, comentario, declaraciones de amor, amenazas de muerte...etc tan sólo escribis un Rewiew, que me hacen mucha ilusión ver que os gusta la historia. Intentaré sacar el siguiente capítulo lo antes que pueda, pero conociéndome puede que tarde un pelín. Pero no os preocupéis por que estoy empeñada en escribir esta historia. Así que espero que seais buenos conmigo.

Un saludo, Izzimon.