CAPÍTULO 1: La mente herida
Quiero llorar, pero mi voz no sale
Quiero sonreír, pero no puedo hacerlo.
Como el reflejo de un espejo,
estoy atrapada en este falso mundo.
—KOKIA, DOUKE
Nada podría romper la concentración que tenía en el pizarrón. Ni siquiera los susurros de los estudiantes, los chirridos de los zapatos al arrastrarlos, ese avión de papel nómada, o incluso la mancha que tenía el profesor justo en medio de la frente, casi saludando... Nadie ni nada la separaría de su libreta, lápiz y los problemas de aplicación de derivadas. Esta era una lucha en la que ella se había propuesto no perder. E iba muy bien... hasta, que con un sonido de ruptura, su hilo de la continuidad fue roto.
Sólo Kagome Higurashi, por medio de gritos, pudo romper su trance.
Derivadas, 1. Sango, 0.
La clase había acabado y era hora del almuerzo.
—En serio, Sango —la morena comenzó a reprenderla mientras caminaban en el pasillo—. Sólo tú puedes no darte cuenta de que ya tocaron. Éramos las únicas en el salón.
—Perdón, Kagome —se disculpó aunque, en realidad, no lo sentía. Ella estaba tan cerca de lograrlo—. Sé que desde la segunda clase tienes hambre, pero era una lección muy importante.
—¡Y muy aburrida! —la chica alzó la voz, pero, al estar solas en el pasillo, no hubo quién les reclamara—. No sé para qué nos van a servir las derivadas en la vida diaria. Es decir, no me imagino ir a la tienda y decir: "Oh, gentil señora, ¿podría darme una derivada de un kilo de chocolates?" ¡Pues no! En una de esas hasta me insultan.
—¿Y cómo sabes eso? —estaba tratando de verse seria, pero era difícil seguir molesta con ese tipo de comentarios—. No subestimes las capacidades de las personas.
—Lo sé porque ya lo intenté un vez con la señora de la cafetería. ¿No recuerdas que una vez me preguntaste por qué me miraba feo? Ahí está la respuesta. —Ambas comenzaron a reír.
—Hay que apurarnos, Kagome. Cuando tienes hambre, dices tantas tonterías. —Entonces, con los brazos entrelazados, entraron a la cafetería, dentro de un desfile de personas.
Démonos apoyo mutuo.
La fila no era tan extensa, teniendo en cuenta que ya habían pasado más de diez minutos después del toque, así que tomaron sus bandejas y se unieron a la cola. Siempre era difícil el elegir qué comer. Siendo esta la escuela que era, había una diversidad increible de comida qué elegir. Siendo ellas quienes eran, sólo había una pequeña fracción que podían comprar. Siempre resultaba difícil el observar claramente en qué nivel se encontraban.
Esta vez se decidieron por unos simples sandwiches de ensalada de pollo y un jugo de manzana, como se estaba convirtiendo en costumbre. «Tal vez si seguimos comiéndolos, rompamos algún record y eso trae dinero, ¿no?» solían comentar. Entonces se imaginaban en su tipo de riqueza: comiendo sandwiches del pollo de la mejor calidad y bebiendo jugo de manzana recien hecho por un sirviente que sólo se dedicara a hacer eso. El mayordomo de las manzanas.
—¿Tiene chocolate? —Kagome pidió, aleteando sus oscuras pestañas a la señora del almuerzo.
—No para ti, linda. —La empleada le sonrió con maldad. Vaya, así que era verdad.
—Ella te odia. —Le comentó Sango a la pobre chica que se había quedado sin su delicioso postre, mientras buscaba su tarjeta y la pasaba en esa máquina. Ahora todo estaba pagado. Parecía más fácil de lo que era.
—Te lo dije. Creo que pensó que la estaba insultando, o algo así. Debería disculparme. —Y ahí estaba la Kagome que se preocupaba por todos. En verdad tenía suerte de haberla conocido y convertirse en amigas. Ambas compartían ideas, pensamientos y, de vez en cuando, formas de ver la vida. Además, como ambas tenían la misma nacionalidad, podían hablar japonés y practicar el idioma de un lugar que abandonaron por razones que jamás se dirían.
—No te preocupes. De seguro se le pasará —trató de animarla—. Además, si no pasa eso, siempre puedo comprar por ti.
—¡Oh, te quiero Sango! —Su amiga se avalanzó hacia ella y la abrazó. Sin embargo, eso provocó que ella derramara el vaso de agua que traía una de ellos, mojando su bonito y caro uniforme.
—Perdón, no fue intencional. —Se disculpó en nombre de Kagome, quien hasta ahora no se había percatado de su daño. La muchacha las observó, suspiró y se fue hacia donde sus amigos la esperaban.
Otro día más en el Instituto Aurum.
—Odio que nos ignoren. —Pronunció mirando hacia el brillante suelo y apretando los puños. Kagome siempre se había quejado de eso, pero ya se había percatado de que las palabras no cambiarían toda una estructura delicadamente planeada.
—Eso es mejor a que si nos insultaran. Cada quien tiene su espacio. —Caminaron al lugar de siempre.
Como el país en el que se encontraban, las escuelas eran más parecidas a una pasarela de nacionalidades. Sin embargo, la diferencia con los otros mortales de otros institutos radicaba en que esta gente era extremadamente rica. La isla de Cathar, como una nación desconocida, atrae a mucha gente que quiere iniciar una nueva vida y, en ese caso, a los hijos de personalidades famosas que no desean estar en medio del ojo público. Así que esta escuela resultaba perfecta para ellos: llena de lujos, buenos profesores y la posibilidad de ir a exelentes universidades del mundo.
Pero también había un pequeñísimo porcentaje de estudiantes que podían ser becados y disfrutar de la mayoría de los privilegios en cuanto a educación se refería. Esa era clase a la que pertenecían Sango y Kagome. Personas que no son victimizadas, pero tampoco son tomadas en serio por los otros estudiantes. Fantasmas que estudian y son ignorados. Ese era el estilo de vida al que estaban acostumbrados, o al menos intentaban hacerlo.
—Te digo que lo haré. Algún día destruiré esta estructura y todos seremos iguales. —La morena no olvidó el asunto así de fácil.
—¿De qué hablan? —Una pequeña y bonita muchacha ya las esperaba en la mesa. Sus grandes ojos mostraban confusión y su típico brillo de inocencia.
—Nada, Rin —Sango comenzó a explicar—. Es sólo que Kagome aún piensa convertirse en la líder de una revolución de estudiantes becados. Yo digo que debe de dejar de leer libros sobre distopías. —Ahora era su turno de regañar.
—Pero yo estoy de acuerdo con ella —dijo la otra chica mientras le daba un mordisco a su perfecto durazno—. No me agrada que esos niños pretenciosos no sean amables y nos ignoren.
—¡Yeah! —Las estudiantes con aires de libertadoras chocaron sus manos, ignorando a la castaña.
—Un momento, no están pensando bien —Sango, siendo la más sensata, no permitiría que se hiciera algo poco inteligente—. Kagome, es imposible que, ¿cuántos somos? ¿veinte becados? Podamos contra niños ricos. Sería muy fácil expulsarnos y ya —la morena de ojos chocolate pareció analizar las cosas—. Y Rin, te recuerdo que tú eres una de esas personas que pagan. No deberías meterte en problemas por nosotros.
—Perdón, sólo quería ayudar. —La chica más afortunada hablaba en serio, porque, como solía contar, desde hacía poco tiempo había sido como ellas o hasta de un nivel económico mucho más bajo. Sin embargo, tuvo la suerte de encontrarse con una persona extremadamente amable que decidió ayudarle. O al menos esa era la historia que les relataba con regularidad.
—Lo sabemos. Eres buena persona. —Kagome volvió a levantarle los ánimos a la chica más pequeña—. No hay una regla que diga que ellos deban actuar como si no existiéramos, sólo que no deben insultarnos. Ellos pueden ser amables como tú, pero no lo son. Si hubiera una revolución, debería ser mental. —Así que Kagome siempre lo tenía en cuenta. Bueno, no era malo hablar, expresarse.
—Ya lo sabía, pero no quería quedarme de brazos cruzados. Es como si no tratara de hacer algo.
—Sé lo que sientes —Sango habló. Ella lo sabía, lo sentía, y aun así no podía hacerlo—. Cambiando de tema, ¿alguien comprendió la lección de cálculo de hoy? —Las otras dos chicas se miraron y no pudieron suprimir las carcajadas. La castaña se dio por vencida—. Bien, comprendo. Entonces, ¿de qué quieren hablar?
...
Estaban en otoño y ya se sentía la baja temperatura. Sango se dio cuenta de que había sido mala idea dejar su abrigo. Sólo va a estorbar. Sí, claro, déjenle el problema a la Sango del futuro.
—¿Cuántas horas vas a trabajar hoy? —Kagome, quien también estaba temblando, dejó que el vaho saliera de su boca—. Quería que saliéramos un poco.
—No puedo. Me he propuesto trabajar tiempo extra. Desde hoy comenzaré a ahorrar para emergencias. —Recordó: a partir de hoy, estaría más ocupada que de costumbre.
—¿Emergencias? —Kagome pareció alertada, como si ese dinero extra estuviera profetizando una desgracia.
—Sé que aún falta, pero se acerca el momento de los exámenes para las universidades. Quiero ir a la Universidad de Tokio, que es pública, pero eso significa muchos gastos, como boletos de avión, hospedaje y esas cosa. —Habló sobre sus planes. Era la primera vez que lo hacían. Pensar en el futuro cada vez era más difícil y frustrante. Sentirlo tan serca, susurrándole al oído, la paralizaba. Pero estas no eran cosas que podías dejárselas al tú del futuro.
—¿Japón? Piensas irte de aquí. —Como ella, su amiga tenía pocos recuerdos de su país natal y la idea de volver le resultaba imcomprensible, algo anormal. Por algo estaban en Cathar.
Esperando ser olvidados.
—Aunque no es seguro —la castaña vio preocupación en el rostro de su amiga y decidió dejar el tema de lado—. Muchas cosas pueden pasar.
Kagome permaneció en silencio. Las pisadas de ambas sobre el asfalto eran las únicas que se comunicaban. Los pasos de la morena se hicieron más rápidos, hasta quedar frente a su amiga. Así que sí tenía algo qué decir al respecto.
—Por cierto, Sango —comenzó, sin saber si las palabras que diría serían las indicadas—. Pronto serán vacaciones de invierno, ¿a dónde vas a ir? —No era lo que Sango esperaba, por suerte para ella. No sabía qué responder si comenzaban a hablar sobre los años venideros. Ella nunca miraba tan lejos. Ya se había acostumbrado a seguir una rutina. Comenzar un día y terminarlo, eso era todo.
—No sé, lo más seguro es que vaya a Suza a visitar a mi familia. Imagino que tú vas a ir a Iza para pasar tiempo con la tuya. —Iza y Suza, pequeños pueblos de Cathar que se caracterizaban por haber sido fundados por asiáticos, generalemente japoneses. Ahí era donde Sango había vivido hasta hacía casi dos años y medio, hasta que tuvo que mudarse a ese lugar, la ciudad de Rémini, para tomar una gran oportunidad.
—Oh, bien. —Y volvió a quedarse en silencio.
—¿Qué ocurre, Kagome? —Sango se percató de inmediato de la conducta antinatural por parte de Higurashi. Más de dos años juntas y ya sabían reconocer cuándo algo estaba mal.
—El tiempo está pasando muy rápido. En un mes no te veré, y después, cuando menos nos demos cuenta, ya nos habremos graduado. No te volveré a ver.
Ante ella se presentó una realidad que siempre supo: Adiós a lo más parecido a la amistad que tenía y que tal vez no volvería a conocer. Adiós a una de las pocas cosas que le hacían divertido el día. Era hora de conocer el futuro y luchar contra el mundo verdadero. Sola. Y Sango odiaba estar sola. También le aterraba.
—No te preocupes —ella trató de animarla, a ambas, aún cuando no supiera si eso era verdad o no—. No me iré lejos. Siempre estaré aquí. —Sango no tuvo tiempo de ver la reacción de Kagome. La vista de su reloj le robó toda la atención—. ¡Diablos, me va a dejar el autobús! Amm... me tengo que ir. Hasta mañana, Kagome. ¡Adiós!
—Sí. Hasta mañana. —Higurashi también se despidió.
Ella corrió, llegando justo a tiempo para tomar el autobús. Desde la ventanilla de su asiento pudo observar cómo Kagome, su amiga, se alejaba en una fría escena de un país desconocida. Algún día debería de acostumbrarse a las despedidas porque esta, siendo una tan común, extrañamente la había resultado dolorosa.
Y el dolor siguió ahí, aunque reducido en tamaño, en sus horas laborales.
—Aquí está su cuenta. ¿O es que desea algo más? —El cliente no le respondió, sino que mantuvo su vista hacia abajo, viendo su celular. Así que Sango tuvo que repetir la pregunta nuevamente. Aún en inglés, francés, alemán, y hasta finés (¿Cuándo había aprendido frases en finés?), no hubo respuesta. Entonces decidió ir hacia la barra, abandonando al cliente.
—¿Qué ocurre? —Una de sus compañeras de trabajo acababa de llegar y había observado el rostro de cansancio en la japonesa.
—No responde.
—Qué extraño. Déjame intentar —la otra chica de delantal tomó el lugar de Sango y regresó hasta ella con una sonrisa, después de haber recibido el dinero.
—¿Qué idioma hablaba? ¿Ruso? Ese aún no lo sé muy bien. Siempre me trabo. —Sango había aprendido varias frases y palabras útiles en diversos idiomas desde que había llegado a la isla. Bueno, al menos se sentía políglota.
—Nada de eso —su compañera permanecía sonriendo—. Hablaba español. Lo que ocurre es que traía audífonos.
—¡Habiéndolo sabido antes! —La otra muchacha comenzó a reír por el gesto que había hecho Sango, de una forma tan sonora que la gerente salió a ver qué era lo que ocurría.
—Tranquilízate. Estás en horas de trabajo —La mujer se mostró estricta. La otra chica no hizo otra cosa que obedecer y atender a una pareja que acababa de entrar—. Sango.
—¿Qué ocurre? —La chica tembló un poco. Su jefa solía intimidarle, aún cuando era extremadamente joven.
—Ya pasó tu turno y yo no te autoricé más horas extra. Vete. —La mujer le dio la espalda, alejándose. Sí, Kikyou solía provocarle escalofríos, pero también se preocupaba por ella. En su extraño idioma, esa frase había significado un «No quiero que te exijas demasiado».
Después de vestirse otra vez con su uniforme, Sango salió hacia la calle. Era algo tarde, en verdad, pero aún habían personas caminando por ahí. En Rémini —y también en un buen porcentaje de Cathar—, era extraño algún robo armado o parecido. Sólo la gente tonta desperdiciaba la oportunidad de crearse un nuevo futuro.
La castaña miró hacia al rededor: tantos desconocidos y ella era una más.
Después de que se mudara a Cathar, una pequeña se había percatado de que vivir ahí traía muchas cosas buenas, tales como una nueva oportunidad, y en verdad lo había apreciado. Pero, cuando era un poco mayor, también comprendió una de las grandes deficiencias del sistema (tal vez la única que sabía con seguridad): No había confianza entre los ciudadanos. Al no haber registro de antecedestes anteriores a la llegada a la isla, la gente no sabía con quién estaba conviviendo. Una persona no sabía si su vecino era un rico que había cometido fraude, o un ladrón, o un asesino... Podía ser amable, ya que él mismo debía tener sus secretos, pero eso no significaba que confiaría en él.
Sango había vivido todo este tiempo en un lugar donde la gente se mentía. ¿Cómo saber que ella no hacía lo mismo?
Muchos pensamientos filosóficos provocaron que chocara contra alguien. Rapidamente se disculpó: —Perdón... Koharu. —Sango reconoció a una de sus compañeras de clase y también de situación de becada. Una chica un poco impulsiva con la que había hablado un par de veces.
—Kuwashima —La muchacha le habló por su apellido. Ella también era japonesa, al menos la mitad de ella—. Oh, no te preocupes.
—Sí, bueno. Hasta mañana, Koharu.
—Nos vemos en clases —Continuaron caminando y se percataron de que sus caminos no se habían apartado—. ¿Acaso me estás siguiendo?
—No, claro que no. Sólo voy a esperar mi autobús. Supongo que tú también, así que... —La otra muchacha asintió, ya no había necesidad de explicaciones. Sólo caminarían juntas hacia la parada de autobuses. Y, luego, otra despedida. Pero Sango estaba segura de que ésta no le pesaría. Koharu era otra de las personas que no tenían su confianza.
—Mira. —la chica la sacó de sus pensamientos, señalando a un trío de chicas. A ellas también las conocía, sólo que en esta ocasión ellas pertenecían al grupo de los que pagaban.
—Sí. ¿Qué estarán haciendo aquí? —Ya era tarde, además de que esta no era el área más glamorosa de la ciudad. Entonces, a su mente se le vinieron algunas memorias de conversaciones con voces distantes que decían que varias de las estudiantes gustaban salir a divertirse con placeres mundanos.
—No me refería a eso. Se les cayó un bolso —Ambas llegaron hasta el objeto perdido, uno muy caro y de seguro con cosas aún más caras adentro—. ¿Qué hacemos? ¡Kuwashima!
Sango ya estaba corriendo hacia las chicas. Debía darse prisa o las perdería de vista. Por suerte, las encontró.
—¡Esperen! —estaba agitada, su cabello se encontraba despeinado y tal vez estaba sudada, pero la atención de las muchachas se encontraba en lo que sonstenía entre sus brazos—. Tú bolso, lo estabas olvidando.
—¡Oh, gracias! —una chica pelirroja y de bonitos ojos verdes hizo algo increíble: hablarle—. Te debo la vida... ¿Sango, verdad?
—Sí. —Aún más sorprendente era que supiera su nombre.
—Bien, gracias. En verdad. —Sus ojos color esmeralda eran sinceros, y también brillantes.
—No fue nada.
—¡Vamos, Ayame! —Otra chica llamó a la pelirroja, comenzando a caminar. A pesar de que se estaban alejando, Ayame continuó sonriéndole ampliamente.
Una agitada Koharu apareció a su lado.
—Has logrado lo impensable —al parecer, había estado presente cuando ocurrió el milagro—. Tal vez haya esperanza en el mundo.
—Silencio, estamos detrás de ellas. —Las chicas siguieron su camino.
—Pero no pueden decirnos nada.
—Eso es en la escuela. Además, no creo que haya esperanza en el mundo.
—¿Qué quieres decir? —La mirada de confusión de Koharu le recordó a la tierna Rin. Fue eso lo que evitó ella pusiera los ojos en blanco.
—Está ebria. —Esas sonrisas bobaliconas y mejillas sonrojadas, sumado al hecho de que les costaba caminar, rebelaban su estado.
—Vaya. Entonces los rumores son verdaderos. Así que ellos deben ser sus novios, ¿no?
Unos chicos atractivos estaban al lado de las muchachas. Ellos hablaban y ellas se sonrojaba aún más, retorciéndose como si algo les picara. Para Sango, esas acciones le resultaban incomprensibles. Después de todo, ella no sabía lo que era tener una vida social fructífera o al menos normal.
—Tal vez. —Era algo probable, o al menos serían un grupo de jóvenes coqueteando. Pero, extrañamente, su voz pareció dudarlo.
A pesar de que la escena era tan común e inofensiva, no podía dejar de sentir una opreción en el pecho. Tal vez son sólo celos, sí, puede ser. ¿Quién no podría sentirlos sabiendo su tipo vida? O quizá, yo me preocupo por ellas, cuyas preocupaciones se trasladaron a alguien que ya se acostumbró a eso.
Sango y Koharu pasaron justo al lado de donde se encontraban los dos muchacho y las tres chicas, manteniendo su mirada al frente, sin querer molestar. O al menos eso fue lo que intentó Kuwashima. La castaña desvió la vista hacia el lugar tentador. Pero ya no había nadie. Sólo estaba un callejón demasiado oscuro como para ver dentro de él. Y ella quizo volver a preocuparse, mas algo se lo impidió.
Una voz entró a sus oídos y le causó un escalofrío en todo el cuerpo: —Hola.
¿Qué?
Todo fue tan rápido como para recordarlo. Sólo hubo tiempo para registrar acciones cortas.
Una fuerza la inmovilizó física y mentalmente. ¡No, cómo! ¡Pensé que era más fuerte!
Unas manos acercaron algo. No lo vio, sólo lo sintió. Es... ¿Qué es?
Un olor extraño llegó a su nariz y boca. Debo mantener los ojos abiertos... pero no puedo.
Se adentró a una oscuridad más intensa que la del propio callejón.
«Hola»
¿Dónde estás? ¿Por qué no me salvas?
Las personas seguían transitando como siempre en Rémini, una ciudad de Cathar. Ignoraban la mochila color negro y rosa y un saco escolar que habían sido despojados de su dueña en una gélida noche de otoño. No sentían la suficiente confianza como para tomar la iniciativa.
...
CORTE INFORMATIVO: Se tiene noticias de que hace unas horas, unas estudiantes del Instituto Aurum han desaparecido. Se presume que fueron secuestradas.
La ciudad donde las flores no florecen, la rotonda donde los polluelos no cantan.
La mariposa falsa silencia sus enmohecidas alas.
El suelo de cenizas firmemente pisado,
este lugar de seguro te recuerda.
—exist†trace, HANA NO SAKANAI MACHI
¡Wola!
No conozco la geografía japonesa, y considero que la mayoría tampoco, por eso la historia está localizada en una isla ficticia que he creado (¡Madre, mírame, soy presidente!). No hay tanta ciencia, a excepción de los nombres de los lugares pueden tener un significado relacionado a la historia. Ejem. "Rémini" es de "Reminiscencia" —¿Por qué será?
El próximo episodio será publicado pronto (al menos eso quiero creer. Después de todo, ya terminé mi semana de exámenes ¡wiii!).
Loops Magpe les agradece sus comentarios (?)
P.D.: Sí, amo poner citas de canciones. Amo la música.
P.D.D.: El nombre del capítulo hace referencia a otro capítulo, pero de un libro (exactamente el que tengo que leer para Expresión Artística -_-)
