Capital.
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Y el mar tiene memoria, sin embargo se resiste a compartir sus hallazgos.
La capital no era más que un espacio grande refundido en alguna parte del océano. Increíble y majestuosa periferia rellena de todo lo que alguien pudo desear. Enormes construcciones con recovecos de cristal y coral, suntuosos adornos de piedras preciosas y materiales divinos adornaban las coletas de todos los que quisieran vestirlas.
Pulcra, sensata, ordenada. La vida era perfecta, o casi.
Había un infinito campo que se perdía en la oscuridad del mar, en las tinieblas, en los bordes. ¿Dónde iniciaba y donde terminaba? ¿Hacia lo alto, lo bajo o lo ancho? Recorrer el mar era impensable, era la única prohibición no directa del mundo donde se residía, de la capital no había nociones de fuera de, escasas ideas que se perdían entre conversaciones banales, superfluos problemas sobre las ornamentas o los deberes de todo buen ergmen.
Entre las reglas de todo buen ergmen, estaba recordar y honrar a los antepasados que hicieron posible la burbuja de cristal templado y resistente que cubría la capital; la segunda era no dudar de los beneficios de vivir resguardados de lo noconocido que se presentaba extendido en el mar, lo que los antepasados ya habían descubierto y puesto en los libros de su patria bastaba para reconocer que salir más allá de las zonas bajas de los productores, era peligro mortal; y en tercera que en ese contexto la violencia siempre sería denunciada. Eran seres de extrema paz. Por si fuera poco, la última ley era ser feliz. Cada ergmen velaría por su felicidad y la felicidad de todos.
— Tienes que conseguirlo Helga — dijo ella a sí misma, sentada en una de las protuberancias del mar, a su orilla, cegada por la impresionante luz que reflejaba el capo de cristal — Has de conseguirlo, un ergmen protector. — se reprendió con amargura.
Su territorio tenía machos, hembras y hermafroditas. Las combinaciones entre parejas eran irrelevantes y libres en apariencia, sin embargo Helga lo veía todo con contrariedad. Mientras movía su larga aleta color jade, se preguntaba si alguna vez encontraría el ornamento para ella, ese que no tuviera que ver con la protección.
Las ergmen hembra eran las más desprotegidas, tenían menor resistencia y fuerza física lo que las orillaba a sentirse en constante peligro ante el mar y su abismo, por ello con fuerza férrea buscaban ergmen machos o hermafroditas que fuesen capaces de brindarles seguridad.
En el fondo, Helga sentía que aquello parecía un intercambio contractual, su especie tendía por periodos a altas necesidades sexuales que tenían que ser satisfechas con otro de su especie y una hembra se volvía atractiva y adictiva para ellos. Era como cambiar sexo por protección.
Su corazón se estrujó mientras veía desde lo lejos aquél al que todos llamaban paraíso. Pensó en eso que se le negaba con constancia… libertad. Todos creían tenerla pero en realidad ¿Qué era ser libre?
Desde que nació tuvo un oficio designado, como todo el mundo. Ella fue designada para bordar, era una artesana de hilos dorados y perla. Su posición estaba en el segundo escalón de la jerarquía social, tan solo debajo de los gobernantes de la capital, encargados de mantener las cosas en control. Y principalmente: forjar ergmen felices, pacíficos y adiestrados.
Porque si algo le hacía más mella a ella, era que su especie renegaba sus raíces salvajes, naturales… Veía su cola larga y brillante, se comparaba con otras de las variopintas especies del mar y no lograba captar en qué momento ellos se habían autoproclamado superiores.
Si hay aleta, cola… branquias. ¿Por qué negar de dónde venimos? ¿Por qué pensar que la naturaleza no era para ellos?
— Instinto negado, aventura clausurada… ¿qué es realmente ser feliz?
Se despegó de la roca, nadó hasta la capital mientras su largo cabello rubio se deleitaba en el agua. Realmente no quería volver a la cúpula, sabía que apenas entrase todo el mundo se sentiría con la obligación de recordarle que debía encontrar un macho pronto (o un hermafrodita), que debía tejer los más maravillosos ornamentos de colas porque eso hacía feliz a todos (aunque extraña vez a ella) que tenía que sonreír, no sufrir…
Se apretó el pecho, cuanto daría por escapar. Sin embargo, volteaba su cara y lo único que percibía más allá de las colonias de trabajadores, era la nada. Una nada azul que avanzaba hacia lo largo y ancho. ¿Habría un fin para esa cosa que parecía eternidad?
Al entrar a la capital lo único que vio fue caos. Por vez primera caos. Las colas llenas de ornamentos se mezclaban dejando caer en el proceso todo lo que colgaba de ellas, porque en realidad todo eso pesaba… pesaba y no dejaba avanzar.
Ante ella apareció su padre, corpulento y alto con la cola más ornamentada de todas, escamosa con asperezas, con su color rojo brillando con dureza casi cegadora. Se veía aturdido, molesto.
— Olga ha desaparecido, creemos que fue secuestrada.
El frío le recorrió la espalda. Su hermana mayor, siguiente al mando de la capital: secuestrada. Fuera de la cúpula ¿Pero a dónde si el mar es tan basto? ¿A dónde y por qué?
— La buscaré.
Sus ojos brillaron, su cola tembló. Su hermana, la perfecta, la adorable, la dirigente. Perdida en el mar.
— No hay tiempo para eso Olga
— ¡Soy Helga! ¿Recuerdas?
— Bien, no hay tiempo, serás tú nombrada la siguiente dirigente.
La boca se le secó. No sabía si por la frialdad de su padre o por la obligación fácilmente adquirida. ¿No era el destino de cada ergmen indiscutible? Si el suyo era tejer, no dirigir, no lo asumiría con tanta confianza.
— La buscaré por todo el mar, y la traeré de vuelta.
— La prioridad es evitar el caos de todos, sin seguridad de quién guiará sus pasos, todos se vuelven locos. Debemos reestablecer esa paz, ya.
Nadó aprisa, desoyendo las órdenes. Nadó hasta su concha, buscó entre los revestimientos bordados y dio con eso. Con la única llave que la ligaba a un futuro diferente: Su trinchete.
Era delgado, pero afilado. Liviano pero al mismo tiempo con el suficiente peso.
— Iré — repitió para sí, sin saber si su motivación nacía del cariño a su hermana, o por el contrario a su odio reprimido, oculto bajo la culpa de en realidad estar feliz de su desaparición. ¿Qué podría ser?
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No quiero prometerles nada con esta historia. Apenas la voy armando, es la primera vez que escribo ficción, no tengo idea de qué hago. Experimento ahora, y lo comparto con ustedes. Comentarios y más siempre siempre bienvenidos.
