Personajes: Koushiro y Miyako

Concepto inicial: botella

Concepto final: sábanas

Autora: SkuAg

Ella al exponente

―¿Me compras una botella de agua?

Koushirou la miró, incómodo y extrañado. Miyako sonrió inocentemente y le apretó con fuerza el brazo que había enlazado con el suyo

―La máquina expendedora está aquí enfrente... ―indicó, nervioso―. Además, tu botella asoma de tu bolso...

―Se me acabó ―mintió―. Yo iré contigo, no es necesario que camines solo.

―Son solo tres pasos, Miyako. ―Pero como ella solo sonrió más, Koushirou desistió―. Está bien... vamos ―dijo, confundido.

Se pararon al mismo tiempo. Difícilmente hubieran podido hacerlo de otra forma, visto que ella no había soltado su brazo desde que lo había abordado fuera de su salón al iniciar el descanso. No le pasó desapercibido que, mientras caminaban hasta la máquina expendedora, Miyako mirara incesantemente en todas direcciones.

―¿Buscas a alguien?

―Claro que no ―respondió rápidamente―. Tan solo a la máquina expendedora. ―La cual, tal vez gracias a la implacable labor de búsqueda de Miyako Inoue, ya se encontraba frente a ellos. Y exactamente a tres escasos metros de donde habían estado sentados anteriormente.

Koushirou se detuvo frente a la máquina y la miró, esperando. Ella, expectante, le devolvió la mirada.

―¿Y...? ―preguntó; ella lo interrumpió enseguida.

―No traje dinero. Pero te lo devolveré mañana ―agregó.

―Está bien...

Koushirou insertó un billete en la máquina, dejó que Miyako eligiera su bebida ―agua, como de costumbre― y, luego de escucharla hacer ruido y caer con un golpe, él se agachó para sacarla de la expendedora y pasársela. Miyako sonrió mientras la recibía, pero no fue una sencilla sonrisa de agradecimiento: abrió los labios, dejó entrever sus dientes y, sin previo aviso, cortó la escasa distancia que ya de por sí los separaba ―Miyako en ningún momento había dejado de sostener su brazo― y lo besó en la mejilla.

Fue un beso casi al pasar: tan corto y fugaz que Koushirou hasta pensó que no había sucedido. Pero al rubor que sentía en sus mejillas ardientes lo vio reflejado en Miyako, quien había vuelto la vista al piso sin cruzar su mirada con la de él ni por un momento, y ya reemprendía la marcha hasta su banco arrastrándolo del brazo.

Aunque decir "su" banco era una exageración, ya que era la primera vez que lo usaban (Koushirou esperaba que también fuera la última). Usualmente, pasaban sus descansos juntos en el salón de computación, adelantando tareas del club (era un secreto a voces que el año siguiente, cuando Koushirou marchara a la universidad, Miyako lo reemplazaría en la presidencia) o investigando cualquiera fuera el último motivo de inspiración o curiosidad de Koushirou. Ella era muy útil en estas tareas, porque aunque tal vez por libre iniciativa no investigaría sobre las corrientes marinas o las técnicas para la investigación de Lijphart, todo le resultaba interesante y era muy buena filtrando páginas de internet de amateurs de las de verdaderos investigadores.

Hasta ese día, cuando Miyako lo había abordado fuera de su salón y lo había forzado a sentarse en el patio, porque estaba muy blanco y necesitaba recibir algo de sol, según ella. Koushirou sabía que su tono de piel tenía tanto de genético como de sedentario, y era indudable que nadie le ofrecería pasar un fin de semana en un parque; incluso aunque pudiera llevarse su laptop, él y el sol simplemente no tenían una relación estrecha.

Eso le hacía recordar que nunca había investigado el sol del digimundo, el que les había producido calor insoportable pero ninguna quemadura, a pesar de que pasaron meses caminando bajo él sin haberse puesto protector solar ni una vez.

―Miyako, si vamos ahora a la sala de computación tal vez tendremos tiempo de enviarle un correo al señor Gennai. Me ha surgido una duda: ¿por qué crees que el sol del digimundo no nos broncea?

―¡No me interesa! ―protestó, en un tono imperativo que Koushirou no terminaba de relacionar con ella―. ¡Y ahora toma un poco de agua! ―y con el mismo tono desconocido, le insertó la botella entre los labios.

Koushirou no compartía recipiente desde sus épocas del digimundo, y aunque no le resultaba asqueroso, sí le parecía raro tener que hacerlo siendo que él tenía su propia botella de agua, y Miyako tenía otra extra en el bolso que (sospechaba) estaba llena.

Pero, si era honesto consigo mismo, simplemente esa mañana no tenía ningún sentido. Así que tomó.

Y el timbre llegó cuando más lo esperaba.

―Te veo a la salida, Miyako ―dijo, levantándose apresurado. Tal vez si había alguna computadora prendida, podría enviarle dos líneas al Señor Gennai para anticiparle su duda antes de entrar a clase…

No se alejó ni dos pasos: Miyako otra vez había enganchado su brazo con el suyo.

―¿No me acompañarás a mi salón? ―demandó.

―¡¿Acompañarte a tu salón?! ―Koushirou no quería ser irrespetuoso, ¿¡pero de dónde había salido eso?!

―Los amigos se acompañan a sus salones, sobre todo si eres mi senpai ―explicó, tranquila.

―Nunca me has llamado senpai ―aclaró.

―Senpai Koushirou, acompáñame a mi salón.

Si Koushirou hubiera tenido poder sobre alguna de sus manos, se hubiera apretado la cabeza. ¡¿Qué era esta situación tan ilógica en la que Miyako lo había puesto?! Incluso se preguntó si algún digimon habría poseído a su amiga, de alguna manera desconocida hasta ahora. Porque esta no era la Miyako de todos los días.

(Ahora ya no podría explicarle su duda en dos líneas al Señor Gennai, porque también quería saber si algún digimon maligno tenía la capacidad de poseer personas y hacerlas actuar como siempre, pero al exponente).

―¿Nos vemos a la salida? ―Koushirou se tocó la sien al escuchar esta pregunta. Siempre se veían a la salida. ¿Por qué Miyako de repente se lo preguntaba a los gritos fuera de su clase?

―Si… ―murmuró, asintiendo a la vez.

(Koushirou nunca hacía o decía redundancias. Estaba muy confundido de él mismo).

Y ahí, ¡zas! Miyako le zampó otro beso en el cachete y, sonriendo como una colegiala (lo cual, de hecho, era), ingresó ágil en su aula. Antes de alejarse, la vio conversar con dos amigas que él no conocía, agarrándoles las manos.

Volvió a su aula tocándose el cachete, en vez de la sien. No se dio cuenta de cuando su mano, traidora, se deslizó sin su permiso.

¿Se había besado antes con Miyako? Probablemente, en algún cumpleaños, o en alguna fiesta en especial… le parecía más probable que ella lo hubiera besado a él, porque él no recordaba cómo se sentían sus cachetes, que no eran muy acolchonados pero imaginaba que Miyako tenía la piel suave. (O tal vez alguien se lo había dicho porque él, él no podría diferenciar una piel suave de un elefante).

Si la hubiera besado antes, recordaría la sensación. Creía. Y probablemente por eso mismo ella no lo había besado antes de esa mañana: Koushirou no era tonto y era muy consciente de que de a ratos se tocaba el cachete, no la sien, el cachete.

Se sentía extraño, por eso lo tocaba. Era una sensación que no reconocía y a él además de conocer cosas, le encantaba reconocer. Tal vez podría hablar con alguna de sus amigas sobre eso, pero en definitiva la amiga con la que hablaría de eso sería Miyako. Mimí no lo dejaría en paz y hasta le preguntaría cosas al respecto por la noche. Hikari sonreiría y le haría algún comentario enigmático que añadiría a su lista de dudas. Sora probablemente era la mejor opción, pero también era una opción a la que le temía, porque Sora sabía muchas cosas. Por A o por B, siempre volvía a Miyako.

Siempre volvía a Miyako.

Y volvió ese día también, cuando terminó su clase y se arrastró hasta su aula. Usualmente se encontraban en la sala de computación, pero sospechó que esta exponente de Miyako estaría esperando ser escoltada, mínimo (si le pedía que la llevara en andas, juraba no sorprenderse).

No se equivocó. Pero sí se equivocó.

Miyako, efectivamente, estaba esperando fuera de su salón. Pero se negó a ir al club de computación.

―Hoy no iremos, ¡me niego! ―protestó.

Koushirou suspiró. Él sabía mejor que nadie que a una duda, o a un misterio, hay que seguirlo para desentrañarlo.

Así que la siguió, y paso a paso recogieron sus cosas (enlazados de los brazos, claro), paso a paso avisaron en el club que ese día no se pasarían, y paso a paso enfilaron naturalmente hacia la casa de Koushirou, aunque él pensaba que lo caballeroso hubiera sido acompañarla a ella primero. Yoshie era pura alegría cuando los vio llegar, pero también puro nerviosismo, porque no había terminado de limpiar la habitación de su hijo.

―Mamá, yo puedo hacerlo ―protestó, tímido, mientras ayudaba a Miyako a dejar sus zapatos en el genkan. Koushirou quería mostrarse caballeroso delante de su madre, por eso la ayudaba con una tarea tan cotidiana. Y también quería mostrarse caballeroso delante de Miyako, por eso le ofrecía ayuda a su mamá.

(Eso no era cierto. Koushirou siempre ayudaba a su mamá).

―Al menos déjenme prepararles una sana merienda ―rogó, casi afectada por no poder limpiar la habitación de su hijo―. Lo lamento, los esperaba un poco más tarde.

Los esperaba, aunque Miyako no aparecía en día de semana más que dos o tres veces al año (el fin de semana era otro tema).

Miyako sonrió, hizo una reverencia algo torpe y, luego de que Yoshie jurara y volviera a jurar que no necesitaba ayuda, emprendió sola el camino a la habitación de Koushirou.

―Solo falta poner las sábanas en tu cama ―indicó.

―Lo siento ―se disculpó―. Si me das un minuto…

―Yo puedo hacerlo por ti ―se ofreció.

Eso era por lo menos… raro.

―¿Poner las sábanas? Yo sé hacerlo.

―Yo también. A veces tengo que hacer las camas de mis hermanas, porque como están en la universidad tienen menos tiempo libre. O al menos eso dice mi mamá.

Koushirou se confundió; por suerte una de las máximas de su vida era no guardarse una duda por demasiado tiempo.

―¿Por eso quisiste venir a casa? ¿Porque en tu casa siempre hay mucha gente?

―Sí ―contestó. Era una mentira, pero para Koushirou era prácticamente imposible descubrir algo así.

―Emm… voy a ver si mamá ya tiene la merienda lista. Pero no me hagas la cama, por favor ―pidió, incómodo.

―Koushirou ―llamó, antes de que se fuera―. Tu mamá va a traer la merienda cuando esté lista ―indicó, lógicamente―. ¿Por qué no te sientas conmigo? ―e indicó la cama, vacía de sábanas.

Era la primera vez que a Koushirou le daba vergüenza su colchón, con pájaros verdes descoloridos. De hecho, era la primera vez que veía que su colchón tenía pájaros, descoloridos o no. Su mamá le había ofrecido cambiarlo varias veces, pero él aún lo encontraba cómodo y era de la idea de que las mentes brillantes trabajan mejor cuando conocen todo su ambiente circundante a la perfección.

Lo de la mente brillante eran palabras de Yoshie, por supuesto. Ahora pensaba que su madre había previsto toda esta situación: que él traería a una amiga a su habitación, esta vería el colchón cuyos pájaros seguramente ya no cantaban, y él sentiría vergüenza y se daría cuenta de que su mente brillante no lo era tanto (y que en realidad, todo eso de la mente brillante Yoshie lo había dicho para que un día, este día, regresara a ella: la verdadera mente brillante detrás de toda esa cotidianeidad doméstica).

―¿En la cama? ―pero Miyako ya se había sentado. Y él recordó que la mejor manera de sacarse una duda, era sacándosela―. Miyako ―comenzó, apenas se sentó junto a ella. Miyako enseguida volvió a entrelazar sus brazos―. ¿Por qué no quisiste ir al club de computación? ―Cuando tenía muchas dudas, también era de la idea de que se podía empezar por cualquier lado, con tal de ir quitándoselas (y aún no le mandaba ese mail al Señor Gennai).

―Nunca pasamos tiempo juntos ―respondió.

Koushirou nunca la había escuchado tan honesta.

Se sorprendió.

Koushirou nunca la había escuchado tan ilógica.

―¡Si nos vemos todos los días! ―levantó el tono, un poquito, por la sorpresa.

―¡Para cosas del club de computación! ―protestó―. O del digimundo, o de cosas que nos importan a ambos pero que pasan dentro de una computadora. ¡Nunca hablamos!

Si Koushirou hubiera tenido habilidades para el melodrama, se habría apretado el corazón con vehemencia. ¡Ella era su mejor amiga! ¿Qué pensarían de él los demás si ella sentía que no le prestaba la atención suficiente? Miyako era su amiga más importante y.

Miyako era más que su amiga más importante. Era, después de su madre, la mujer más importante en su vida, la única cuyas opiniones lo afectaban y cuyas ideas buscaba como jirafa las hojas más altas de los árboles (Miyako era, también, bastante más alta que él).

―Miyako… ―murmuró, porque no tenía idea de qué se decía en esas circunstancias.

Yoshie llegó con la merienda.

―¡Déjame hacerte la cama! ―pidió, rogó, al ver que continuaba sin hacer.

―Por favor, a mí me gustaría hacerla ―repitió Miyako.

Y ahí estaban, las dos mujeres de su vida ofreciéndose para… hacerle la cama.

Este día era muy extraño.

―No, querida, ¡con todo lo que trabajas en la tienda de tus papás! Cuando vienes a casa tiene que ser de visita, ahora cómete una tostada ―le sugirió (ordenó) Yoshie, incrustándosela en su boca como más temprano ella misma había hecho con la botella de agua en la boca de Koushirou.

―Gracias, mamá ―dijo Koushirou, haciendo una leve reverencia―. Enseguida ordenaré la habitación.

Yoshie se retiró. Antes, sonrió, acarició el cabello de Miyako, pasó el dedo por la repisa para ver si quedaba polvo (nunca quedaba polvo) y sonrió bastante más. Koushirou se puso nervioso, porque ese desfile de sonrisas seguro significaba muchas cosas de mujeres de las que él no tenía idea.

Y nuevamente, quiso ir directo al grano.

―Lo siento, Miyako. Nunca quise que nuestras interacciones te parecieran insuficientes. Pensé que lo estaba haciendo bien ―suspiró. Volvieron a sentarse sobre el colchón de los pájaros que ya no cantaban. Esta vez, fue él quien enlazó sus brazos, por incómodo que eso fuera―. Siento que ―rara vez empezaba una frase con esas dos palabras― estaba, en forma egoísta, muy cómodo con tu compañía y por eso no me preocupé demasiado por pensar si era recíproco, si tú lo vivías de la misma forma. ―No recordaba cuando había sido la última vez que había hablado introspectivamente con alguien que no fuera Tentomon―. No fue mi intención incomodarte.

―No me incomodas, ¡tonto! ―protestó Miyako, pero sonrió, lo abrazó y lo miró a los ojos. Y aunque Koushirou estaba muy sonrojado, y confundido, supo que no había ningún digimon maligno coaccionando el accionar de su mejor amiga.

Y Miyako volvió a darle un beso en el cachete. Koushirou lo estaba esperando, y reconoció algunas de esas sensaciones tan extrañas que había estado sintiendo durante toda la mañana.

―¿Amigos aún? ―preguntó, sonrojado.

―Todos piensan que somos novios ―dijo de repente. Él se sonrojó, pero ella también. Y Koushirou supuso que no era esa la manera en que pensaba soltar esa información.

―¿Nuestros amigos? ¿Taichi, Sora…? ―preguntó, súbitamente palideciendo.

―No, ¡tonto! Claro que nuestros amigos no.

Koushirou suspiró aliviado. No entendía por qué tanto alboroto.

―No entiendo por qué tanto alboroto, entonces.

―¡En la escuela piensan que somos novios! ¿No piensas nada de eso?

Koushirou se encogió de hombros. Bebió un largo trago de su té antes de contestar.

―Esas personas no me conocen, Miyako. Ni te conocen a ti.

―Eres un insensible. ¡Me voy! ―teatralizó, pero él sabía perfectamente que ella jamás se iría mientras aún pudieran sacarle jugo a un tema. Intelectualmente, claro.

―Lo siento. Creo que de vuelta estoy siendo insensible ―respiró hondo―. ¿Lo piensan por lo de hoy? Por… ¿los besos? ―susurró, bien bajito. Y deseó que de verdad, de verdad, el día de hoy hubieran sido sus primeros besos, porque si Miyako se daba cuenta de que no lo recordaba se convertiría en un digimon maligno.

―No. Lo piensan de antes.

―¿Es porque vamos juntos al club de computación? En general, nadie sabe que somos digielegidos, ¿no?

Miyako negó con la cabeza.

―Tu mamá le da un toque especial hasta a poner un pan en la tostadora y esperar cinco minutos. ¡No sé cómo lo hace!

―¿Por qué me dijiste que esas personas piensan que somos novios? ―intentó, otra vez. ¡Demasiadas preguntas!

―No sé por qué lo piensan. Pero luego de hoy, lo pensarán mucho más.

―¿Por los… besos? ―volvió a preguntar, aunque con un poco más de seguridad que antes.

―No solo por eso. Yo le dije a algunas compañeras que somos novios.

A Koushirou se le cayó la tostada al piso; la mermelada para arriba, porque él sí tenía esa suerte.

―¿Tu… qué? ―no quería sonar desagradecido, ni dar la impresión de que la idea le desagradase, pero por lo que él tenía entendido y por lo que veía entre sus amigos, los novios tenían relaciones bastante distintas a la de él y Miyako.

―Lo siento, sé que hice mal. Por eso quiero hacerte la cama, para disculparme. Y te devolveré la plata de la botella y mañana arreglaré todo el malentendido. Que no es un malentendido, en realidad, porque es algo que yo misma dije.

Miyako quiso moverlo de la cama a la fuerza, pero él la detuvo sosteniendo su muñeca. La miró a los ojos, ella corrió la mirada. Koushirou pensó que para las personas con anteojos debía ser más sencillo rehuir miradas directas.

―Miyako ―dijo, con firmeza.

―¡A veces hablan de ti, y a mí me da tanta bronca! ―soltó, cayendo desarmada sobre el colchón―. Nadie te conoce como yo, como nosotros, y piensan que pueden hablar de que no has tenido novia o de que nadie te ha gustado, ¡como si eso fuera importante para todo lo que tienes para dar, para la persona que eres en realidad!

Miyako interrumpió su diatriba tan de repente como la había empezado. Ambos se miraron, y hubo algo en el rostro de Koushirou, tal vez sus cejas alzadas, sus ojos profundos o su boca de confundido que la hizo continuar:

―Ahora pásame una almohada, me asfixiaré aquí mismo pero sin ensuciarte las sábanas ―concluyó, hundiendo su rostro sobre el colchón.

Esa fue la primera vez en el día que Koushirou rio.

―Temí que te hubiera atacado un digimon maligno ―dijo, tocándola intencionalmente para zamarrearla. A Miyako el contacto físico pareció despertarla de sus ansias teatrales, porque se irguió inmediatamente.

―Jamás, ¡jamás! ―exclamó, porque en realidad no sabía bien que decir.

No enlazó su brazo con el de Koushirou, tampoco lo miró. De reojo, vio que él sonreía.

―Reaccioné en forma desmedida, ¿no? ―preguntó, mientras se arreglaba los anteojos que se habían deslizado por su nariz.

Koushirou, a quien de repente esto del contacto físico no le parecía tan malo, apretó su pierna suavemente.

―No lo sé. Pero ha sido divertido. Y educativo ―agregó.

Miyako no supo a qué se refería. Koushirou no la soltó. Ella no se quejó.

―¿Te pongo las sábanas?

Koushirou olvidó enviar el correo al Señor Gennai.

Notas: Me inspiré en una pequeña imagen de Kou con mucha gente. Miyako lo agarra posesivamente del brazo y eso me pareció tierno. Mis palabras fueron "botella" y "sábanas".