CAPÍTULO 2
Hola a todos, disculpen mi tardanza!
De nuevo, muchas gracias por acompañarme, leer y comentar! Un abrazo!
Durante varios minutos, Lulú se quedó mirando fijamente el diario, sin hacer nada más que contemplar una y otra vez el nombre allí escrito. Candice White Andley, ese era el nombre de su dueña. Algo la incitaba desesperadamente a pasar la hoja y descubrir que más había en el diario, pero se detenía al pensar en Candice White, seguramente ella no habría querido que sus diarios fueran profanados por una extraña.
Pero entonces cientos de preguntas se agolpaban en su mente, ¿Habría sido Candice una estudiante del San Pablo? ¿Por qué escondió allí los diarios? ¿Querría compartir sus secretos? ¿Tendría algún mapa? ¿Había un tesoro escondido en el colegio?
Dios, necesitaba leerlo.
¿Pero cómo hacerlo sin insultar la memoria de Candice? Por otro lado, si estaban allí, tal vez era porque el destino así lo había querido, tal vez nadie había visto antes los diarios, de lo contrario ya no estarían allí, y habían estado escondidos en esa trampilla al menos cinco años, porque aquella había sido su habitación desde su llegada al San Pablo.
No, no podía asaltar atrevidamente las confidencias y secretos de otra chica, sencillamente devolvería el diario a la trampilla… Mañana.
Decidió olvidar todo el asunto y se dirigió a la ducha, se lavó y desenredó su cabello, se aplicó la loción humectante desde el cuello hasta los talones, técnicamente, la relajaría y la ayudaría a dormir, vistió su mameluco de felpa y se metió en la cama. Clavó los ojos en el techo lleno de estrellitas fosforescentes de plástico, que en un verde muy galáctico, brillaban iluminando su habitación.
Casi cuarenta minutos después, las cigarras habían empezado a cantar ensordecedoramente, exasperada se levantó a cerrar la pequeña ventila del baño.
—¡Demonios, tengo que leer el bendito diario!—
Olvidando la ventila, se giró hacía el buró y tomó el diario en sus manos. Corrió hasta la cama y encendió la lamparita en su mesita de noche, se metió bajo las cobijas, y con un profundo suspiro volvió a abrir el diario. Se encontró de nuevo con la reveladora fecha, continuó, y otra vez estuvo frente a la bella caligrafía con el nombre de la dueña del diario.
—Bien, Candice— Resopló Lulú —Hagamos esto juntas—
Conteniendo la emoción pasó la página.
La letra era preciosa.
Octubre 12 de 1913
Hoy por fin me he decidido a escribir. He tenido el diario por casi dos semanas y aún no le hallo ningún sentido a consignar mis asuntos personales en este libro. Pero ha sido un dulce regalo de Stear, me ha dicho que me podría ayudar a lidiar con todo el dolor que parece destruir mi corazón cada día un poco más
Lulú levantó la vista del diario, allí terminaba la escritura de la primera página, realmente había sido muy breve, no parecía una gran diarista. Pero ¿Qué podría ser aquello tan doloroso? Tendría que seguir.
Pasó la página de nuevo.
Octubre 14 de 1913
Aquí estoy de nuevo, espero conseguirlo esta vez, sin embargo, tan sólo pensar en escribir los horribles sentimientos que me embargan, hace que mis ojos se llenen de lágrimas.
Anthony nunca más estará con nosotros, nunca más estará conmigo. Es lo que todos dicen, yo aún no consigo creerlo. Tuve fiebre durante una semana entera después del accidente, no recuerdo muy bien esos días, todo es confuso y doloroso. Recuerdo a Dorothy tejiendo en mi habitación, a Stear y Archie vestidos de negro, y el enorme silencio que inundaba la casa.
Luego todo se vuelve extraño en mi mente, y se funden mis sueños y mis recuerdos. Las horribles campanas estrepitosas en la capilla de Lakewood aún resuenan en mis oídos, me asustan, las detesto.
No fui a su entierro, quiero creer que estaba demasiado enferma para siquiera levantarme de la cama. Pero la verdad es que no tuve el valor suficiente. Ya nunca más lo volveré a ver, Anthony nunca más me responderá, nunca más escucharé su voz, o veré su sonrisa. No puedo creerlo, no puedo creerlo.
Todo ocurrió tan absurdamente rápido. Recuerdo que los dos galopábamos hacia la colina, Anthony quería conocer todos los lugares en donde yo crecí...
Lulú pasó los dedos por la hoja arrugada, la tinta estaba llena de manchas y las letras estaban corridas. Las lágrimas de Candice habrían caído en el diario mientras escribía. Se sintió profundamente conmovida y sintió mucha pena por la muerte de Anthony. Suspirando profundamente volvió a pasar la página.
Octubre 15 de 1913
¡No soporto a los Leagan!
Hoy Neal ha entrado en la habitación de Anthony, ha tomado sus cosas, vistió sus ropas y se llevó con él algunas de sus pertenencias. ¿Cómo puede hacer tal cosa? Ha irrespetado su memoria, no le ha importado que apenas han pasado unas pocas semanas desde el accidente. Ha sido un grosero indolente. Ha dicho que la tía abuela le ha dado el consentimiento para llevarse las cosas de Anthony.
Esta misma tarde, Eliza ha querido también llevarse las rosas de Anthony a su casa. Desplantar los rosales secos y trasladarlos a la mansión Leagan. Parece no entender que cada vez que las rosas florecen, Anthony está con nosotros. Él cuidó de los rosales haciendo honor a la memoria de su madre, nosotros debemos hacerlo en memoria de él. Anthony siempre vivirá entre sus rosas.
Por fortuna el señor Whittman se ha negado a trasplantarlas, y Eliza ha tenido que irse con las manos vacías a su casa.
He hablado con la tía abuela, ella está de acuerdo con que se las lleven, quiere olvidar, quiere olvidar a Anthony, deshacerse de sus recuerdos. Yo no puedo hacerlo, yo no puedo tirar todos sus recuerdos y olvidarlo, Anthony vivirá por siempre en mi mente y en mi corazón. Aunque los momentos que vivimos pesen tanto en mi memoria.
Octubre 16 de 1913
Annie ha venido a verme. Lo ha hecho a escondidas para no enojar a su madre, su padre y el señor Whittman nos han ayudado a reunirnos. Me ha hecho mucho bien la visita de Annie, a pesar de que Stear y Archie están conmigo todo el tiempo, ver a Annie de nuevo me ha reconfortado de una manera diferente.
Annie me ha aconsejado que vuelva al hogar de Pony, tal vez allí pueda encontrar un poco de paz y mi mente pare de dar vueltas y vueltas en el sufrimiento.
Octubre 19 de 1913
He decidido dejar Lakewood y romper mi vínculo con los Andley, le he enviado una carta al abuelo William disculpándome, y notificándole mi decisión. No puedo estar más en esta casa, mañana mismo regreso al hogar de Pony. Debo hacerlo, debo volver al hogar, como Anthony volvió con su mamá.
Octubre 22 de 1913
"El hombre muere pero vive eternamente en la mente de quien lo ama" Esas eran tus palabras Anthony. Pero encuentro que es una carga muy pesada vivir con tu recuerdo en mi mente, te extraño más de lo que puedo soportar.
Octubre 23 de 1913
Me he encontrado con Albert. Sus palabras me han hecho sentir más fuerte. Ha tenido razón en todo lo que me ha dicho, y me ha asegurado que lo veré de nuevo cuando vuelva a sonreír. Los niños me ayudan mucho, quiero enseñarles, quiere quedarme en el hogar para siempre, quiero estar el resto de mi vida con la señorita Pony y la hermana María, quiero quedarme para siempre con los niños.
Octubre 30 de 1913
El señor Cartwright quiere adoptarme. Parece una buena noticia, pero algo dentro de mí se niega a romper los lazos con los Andley. Eso sería muy desagradecido de mi parte, sería como renunciar a Anthony para siempre.
Stear y Archie me han dicho que volverán a Inglaterra, deben volver al internado, el abuelo William los quiere lejos de Lakewood. Comprendo su decisión, la mansión es ahora un lugar lleno de demasiado dolor.
Noviembre 26 de 1913
No he tenido tiempo de volver a escribir, los niños me mantienen ocupada y con la mente alejada de cosas que no quiero recordar. Jimmy se ha hecho muy cercano a mí, todo el tiempo me llama "Jefe", es muy gracioso y lleno de energía. Los niños me hacen mucho bien, realmente haber vuelto al hogar de Pony, es la mejor decisión que he podido tomar.
—Casi un mes sin escribir— Musitó Lulú —Realmente te mantienen ocupada, Candice— Dijo pasando la página, imaginando el enorme privilegio que era deambular por los pensamientos y recuerdos de una chica que había vivido hacia cien años, era realmente abrumador, increible, casi mistico.
Noviembre 30 de 1913
No puedo parar de llorar, me siento desolada. George ha venido, ahora mismo está afuera con la señorita Pony y la hermana María. Me ha dicho que el abuelo William ha dado la orden de que me vaya a Londres, aseguran que estoy obligada a hacerlo porque él tiene mi custodia, y yo soy una Andley. No quiero hacerlo, no quiero irme del hogar, quiero quedarme aquí para siempre, por qué no pueden entenderlo, sencillamente quiero estar aquí tranquila y olvidarlo todo.
Diciembre 09 de 1913
Ayer embarcamos, viajamos a Nueva York y luego tomamos el Mauritania para marchar a Londres. Dejar el hogar de Pony fue muy difícil para mí, despedirme de Jimmy me rompió el corazón. La hermana María y la señorita Pony, me dicen que debo estudiar, que debo esforzarme por ser mejor y aprovechar esta oportunidad que me da la familia Andley. Creo que tienen razón, si de verdad quiero ayudar a los niños, debo esforzarme en aprender más, en ser mejor para ellos.
El viaje en barco es muy aburrido, estoy rodeada de gente estirada y pretenciosa, y no pasa nada, así que no tengo mucho que escribir en el diario, salvo que al parecer, he conseguido controlar las náuseas.
Diciembre 16 de 1913
Me aburro como ostra…
Diciembre 22 de 1913
No puedo alcanzar a describir con palabras, lo maravillosamente bien que George se porta conmigo. Es un muy buen hombre, ha cuidado de mí con paciencia, me respeta y siempre está dispuesto a responder a todas mis preguntas. Él ha hecho que este viaje sea mucho más fácil, y me ha ayudado a comprender todas las cosas extraordinarias que podría hacer si obtengo una buena educación. Me ha hablado de Londres y de lo magnífico que es el Real Colegio San Pablo, estoy emocionada, ya quiero llegar, ya quiero encontrarme con Archie y Stear.
—¡Santos calzones de Batman, sí viene para acá!— Chilló Lulú.
Le dio una rápida y atemorizada mirada a su reloj despertador, y con un enfurruñamiento creciendo en su garganta, cerró el diario y lo puso en su mesita, ya era pasada la media noche, y la jornada empezaría muy a las siete de la horrible mañana londinense.
El reloj daba las siete y seis minutos, y Lulú aún no conseguía encontrar la maldita media. Revoloteó como loca por toda la habitación, escarbando bajo la cama, entre sus libros y en cada cajón. No pudo encontrarla. La bendita media blanca con dos franjas azules en la parte superior no aparecía, y sus otros pares estaban apestosamente sucios. ¡Era viernes por todos los santos!
Por completo desahuciada, sacó el horripilante uniforme de gala y se vistió con él, calzando el único par de medias que había tenido la decencia de aparecer. Sus medias negras. Bajó corriendo a la cafetería, con el corazón latiéndole en la garganta, desesperada por alcanzar un poco de la deliciosa tortilla española que siempre se acababa demasiado pronto.
Divisó a Amaia, Felicity y Marissa en la fila, y se dirigió corriendo en su dirección. Un ensordecedor abucheo frenó su carrera, todos en la fila le gritaban y le exigían ir hasta el final de la línea. Resignada indagó el contenedor con la tortilla, y los ojos de Felicity alcanzaron los suyos al tiempo que se pasaba con fatalidad el índice por la garganta, indicándole que definitivamente, hoy no habría tortilla para ella. Con la cabeza gacha avanzó hasta el final, esperando al menos obtener té caliente.
Cinco minutos después, se encontraba frente a Wilhemina, la señora encargada de servir su desayuno, quien muy a su manera, le ofreció lo único que quedaba, tostadas, bacon, huevos estrellados y té frío. Sin leche.
Mientras esperaba su bandeja, suspiró apesadumbrada y elevó su mirada sobre la persona tras ella en la línea.
¡Santas calzonarias de Batman! Era Zacharias.
Con el apetito de viaje a Tanzania, se quedó mirándolo como si no fuera lo suficientemente ridícula ya llevando su uniforme de gala.
—¿Qué quieres?— Le gruño Wilhemina a Zack.
Él la miraba a los ojos, directamente, como lo había hecho ya en dos ocasiones esa misma semana, sin vacilar, sin ceder, sin parpadear —Té, huevos y tostadas— Habló sin dejar de mirarla.
Por alguna maldita razón, la bandeja de Zack estuvo lista antes. La recibió, le dio una última mirada curiosa y se marchó.
—¿Vas a recibir tu bandeja o qué?— Chilló Wilhemina.
Sacudiendo la cabeza, Lulú tomó la bandeja y se fue hasta la mesa donde la esperaban sus amigas.
—Otra vez te estaba mirando de esa manera tan escalofriante— Cuchicheó Marissa.
—¿Creen que sea un asesino serial?— Especuló Felicity.
Amaia y Lulú le dedicaron miradas enojadas, mientras Marissa se apachurraba asustada en su asiento.
—Lo que creo es que disfruta burlándose de mí— Les dijo Lulú resignada —Soy más patética de lo habitual cada vez que lo tengo cerca—
Todas asintieron de acuerdo.
Rápidamente terminaron sus desayunos y se dirigieron hacia la capilla a la misa habitual de cada viernes. En el camino, la hermana Aurora, les pidió a Marissa y Amaia, asistirla en la recolección de los diezmos, respirando hondo, se despidieron de sus amigas y caminaron al lado de la religiosa rumbo a las sillas junto al atrio. Justo frente a las puertas de la capilla, Felicity desapareció.
Profundamente acongojada, pensó Lulú, su destino no podía ser peor, entró sola a escuchar la eucaristía. Tomó asiento en una de las bancas de la derecha, cuidándose de quedar al final de la hilera, completamente alejada del resto del alumnado de cuarto, quinto y sexto año. Varios otros estudiantes se sentaron a su lado, arruinando sus posibilidades de tomar una breve siesta. Tomó el himnario de pasta verde y buscó los himnos indicados en el programa, pasó las páginas, y las letras y los pentagramas danzaron en sus ojos, adormeciéndola con fuerza.
Los ojos enfurecidos de Brittany llamaron su atención sacándola de su adormecimiento. La mujer la miraba con verdadera ira letal, de haber podido apuñalarla con los ojos, tendría más agujeros que un colador. No terminaba de comprender de donde venía toda aquella animosidad, jamás le había hecho nada a la odiosa pelirroja, pero estaba claro que la detestaba más que al acné. La mujer la impacientaba, desde su asiento, vio como empezó a cuchichear con sus amigas mientras se burlaba abiertamente de ella.
Maldita fuera.
La incomodaba y la intimidaba mientras atraía la atención de otros estudiantes sobre ella. Pudo sentir como sus mejillas se encendieron seguidas por el resto de su cuerpo. El sofocante y odioso escrutinio la ponía nerviosa, haciéndola sudar, acalorándola. Con ganas de llorar, empezó a abanicarse con el himnario, intentando ocultar el tonto rubor de su cara. Sin poder controlar sus nervios, el himnario de deslizó entre sus manos, cayendo estrepitosamente contra la barra de madera sobre la que los feligreses se arrodillaban. Se inclinó y lo levantó fingiendo indiferencia, pero con el rostro resueltamente más rojo. Sin poder evitarlo, volvió a abanicarse con más y más fuerza cada vez.
Quería salir corriendo de la capilla.
El bendito himnario volvió a resbalarse entre sus manos, luchando por no dejarlo caer, el librillo saltó entre sus dedos, y en su desespero se quedó con varias de las hojas entre las manos. Un amortiguado y seco gemido salió de su garganta, aterrada de que alguien expusiera su torpeza, al tiempo que el bendito himnario volvía a caer contra la madera.
Antes de que pudiera sobreponerse, sintió como la persona a su lado se inclinó y recogió el mancillado libro y se lo entregó sonriéndole.
—¿Siempre actúas tan extraño?— Le preguntó Zacharias en un susurro.
Lulú se quedó congelada en su silla, con los ojos muy abiertos, sintiendo el calor y la cercanía de Zack a su lado, olisqueando otra vez su colonia, percibiendo de nuevo, rastros de cigarrillo en él.
Él se inclinó acercándose a su oreja —Estás chiflada—
—¡Claro que no!— Masculló Lulú furiosa entre dientes. No permitiría que se siguieran burlando de ella.
—Chiflada— Repitió Zack malvado.
—Tengo un nombre— Le dijo ella perdiendo el valor.
—Lo sé— Murmuró Zack con aquella dulce voz mientras buscaba su mirada —Lulú—
El aire le hizo un doloroso nudo en la tráquea.
¡Santas tangas de Batman! Su nombre había salido de aquella preciosa boca.
—No es Lulú— Atinó a decir con la voz hecha un hilo luego de un par de minutos.
Zack volvió a mirarla fijamente sin decirle nada mientras embelesaba sus ojos, haciéndola perderse en aquellas profundidades de extraños y cambiantes colores.
—Lo sé— Susurró de nuevo —Es Lousiana Lorenz— Dejó de mirarla —Ahora no me distraigas, estoy entregado a la oración— Le dijo con absoluta seriedad.
Lulú se quedó allí, tiesa y casi sin respirar. Sin terminar de creerse que Zacharias estaba a su lado, queriendo por primera vez en su vida, que la bendita misa no acabara jamás.
Unos minutos después, Marissa pasó por su banca con la bolsa de las limosnas, mirándola con los ojos muy abiertos al encontrar a Zack sentado a su lado. Los dos ignoraron la bolsa de terciopelo, y Marissa recorrió de vuelta el largo pasillo hacia el atrio.
Antes de que pudiera volver a tomar el aliento, la eucaristía había terminado, y el sacerdote los despedía con la acostumbrada bendición. Ella no esperó a que las palabras terminaran de salir de la boca del anciano, y prácticamente salió corriendo de la capilla. Zack la observó sonriendo y murmurando para sí mismo una vez más: "Chiflada".
Las clases se sucedieron aburridas unas a otras, entre cotilleos y especulaciones acerca de los acontecimientos de la mañana, preguntándose por qué Zack había decidido sentarse a su lado, por qué le había hablado y por qué era tan insufriblemente lindo.
Felicity se lamentó una y otra vez por no haber asistido a la misa y haber presenciado directamente todo lo ocurrido. Lulú por su lado ya estaba mareada de tanto pensar en lo mismo, y lo único en lo que podía concentrarse, era en volver a su habitación y dormir largamente hasta el mediodía del sábado.
Al terminar la jornada, Amaia se despidió de sus amigas, pues pasaría el fin de semana con sus padres en Londres. Felicity, Marissa y Lulú residían en York, así que las visitas a sus familias estaban reducidas a encuentros mensuales.
En el instante en que Amaia dejó el colegio, un elegante auto negro aparcó cerca del portón de hierro forjado, casi de inmediato, apareció Zack, la miró a los ojos, le sonrió y se metió en el auto. Lulú aún no podía creerlo, Felicity y Marissa tenían las bocas completamente abiertas, llenas de incredulidad y emoción.
Después de un par de horas de más especulaciones y risas nerviosas, todas volvieron a sus cuartos. Lulú tomó un largo baño, reunió toda la ropa sucia en el cesto, vistió de nuevo su mameluco de felpa y se metió en la cama. Sólo en ese momento, recordó el diario de Candice, que silencioso reposaba en su mesita de noche.
Llenándose de emoción, lo abrió y empezó a leer.
Diciembre 26 de 1913
No han pasado muchas cosas. El mar me aburre… No hay mucho que hacer aquí, y George me impide hacer otras tantas cosas que podrían divertirme. También está este horrible hombre, el señor Staford, que ha contrariado al buen capitán, después de que éste intentara ayudar a unos pobres hombres que habían naufragado. Por fortuna, los han rescatado y todos están bien.
Salvo por ello, nada ha ocurrido…
¡Oh, sí! Fue navidad, bueno, fue navidad. George me ha regalado un bello cofre de madera que tiene tallado en la tapa la insignia de la familia Andley. Me dijo que él mismo lo había hecho, es un tesoro para mí.
Yo no tuve nada que obsequiarle a George, espero poder compensar su gentileza en el futuro.
Diciembre 31 de 1913
Aún me siento un poco achispada, bebí mucho champaña y la cabeza me está empezando a retumbar. Aun así, debí correr hasta aquí y dejar la celebración de noche vieja para otro momento.
Estuve deambulando en la cubierta, buscando un poco de aire fresco. Todo estaba cubierto de niebla… Y me he topado con el más exasperante de los seres humanos, un muchachito engreído que se ha burlado de mis pecas, de mi nariz, de mis rizos y hasta de mi acento. ¡Es insufrible!
El chico estaba llorando, puedo jurarlo, pero en cuanto me acerqué a él, se rio histéricamente como un lunático. No está bien de la cabeza, habla muy raro y pretencioso, como algunas de las personas en el barco. Su voz es demasiado grave y me molesta, me molesta mucho.
Tenía el cabello demasiado largo y era demasiado alto, tanto que lucía extraño. No lo quiero volver a ver en mi vida, nunca más.
—¿Quién es ese chico?— Quiso Lulú saber inmediatamente.
CONTINUARÁ…
