Las Flores abrían, los botones de estas parecían felices ante la dicha del acontecimiento tan esperado por muchos y principalmente por el Coronel, su impaciencia y nerviosismo así como su felicidad era visible desde ya días antes de la boda hasta que el momento finalmente llego.
Largos minutos habían pasado desde la hermosa salida de Marianne a través de la vieja capilla de Barton Cottage. Como si se hubiera tratado de una boda de una hermosa ensoñación , al salir no podía creer lo que había sucedido, finalmente la había desposado; Brandon un hombre que la amaba a pesar de todo, que si bien ella no correspondía completamente a su afecto de igual manera, él lo sabia más aun así ante este hecho el no perdía esperanzas de poder ganar finalmente la totalidad de su corazón; su ahora esposo estaba consciente del muy profundo y absoluto afecto que ella le profesaba y sin embargo, su fortaleza era tal que no dudaría en guardar la esperanza de que este pudiera convertir la admiración respeto y cariño con el tiempo en un profundo y bien correspondido amor.
A pesar de estas circunstancias en las que Marianne se había visto envuelta en el pasado, ella se encontraba igualmente dichosa ya que el Coronel con sus atenciones se convirtió en algo más que un protector: Era un amigo en el cual había depositado la esperanza en lograra hacerla olvidar, de una vez y para siempre al pasado y doloroso objeto de su afecto cuya presencia estaba latente en el corazón de la joven aun.
La fiesta transcurría alegremente. Los cordiales deseos de un próspero futuro no se hicieron esperar hacia la dichosa pareja augurando un futuro feliz por parte de quienes se regocijaron con ellos en el sonado acontecimiento.
Ella caminaba del brazo feliz y radiante. El… orgullosamente llevándola del brazo, dichoso de sentir la felicidad que alguna vez, años atrás, sintió robada y pensaba hasta un tanto resignado que en su vida jamás volvería a recuperar.
-¡Felicidades a la maravillosa pareja!- externaba la muy feliz, frondosa, oportuna (aunque no siempre muy atinada en sus comentarios, avanzados para su época pensarían algunos) y simpática Señora Jennings, con su siempre y característico buen humor acompañando a Marianne y Brandon mientras se pavoneaba orgullosa de su logro del otro brazo de este.
– Fui yo quien los presentó y lo sabía, si yo tengo muy buen ojo en asuntos del corazón- comentaba orgullosa a cuanta persona veía y a todos y cada uno de los que se acercaban a ofrecer sus afectos y felicitaciones a la recién casada pareja.
El coronel apenado y con una tímida y cálida sonrisa pensaba:
-"¡muy cierto mi estimada señora Jennings!"
- Siempre tendré mucho que agradecerle Mi Lady- respondía el muy feliz coronel.
- Si no hubiera sido por usted tal vez seguiría mi rutinaria y monótona vida en Delaford - exclamó el coronel mirando embelesado a su bella esposa y posando en su mano un tierno y cálido beso. El hombre ya no podía esperar por el momento en que tuviera a Marianne únicamente para él.
-Y triste vida coronel, rutinaria, monótona y triste vida- Acotaba la señora jennings mientras daba una suave palmadita en el brazo del apenado Coronel
-Por favor Mi Lady, no diga eso – comentaba Marianne asida del brazo del coronel -Seguro que la vida del coronel seria muchas cosas, pero no creo que triste fuera una de ellas-
-"Mi muy amada Marianne"- pensaba este mientras esbozaba una cálida sonrisa.
- Lord Middleton y la Sra. Jennings llevan largo tiempo acogiéndome entre sus amistades y créeme en ocasiones hasta yo mismo me sorprendo de las ocasiones en que me doy cuenta que me conocen mucho mejor de lo que yo mismo creo conocerme- respondía el coronel esbozando nuevamente es pequeña sonrisa donde se podía apreciar lo apenado que se sentía ante aquel acertado y sincero comentario, sonando así su profunda voz un con un dejo melancólico ante aquellos recuerdos de lo que fuera su triste soledad.
-…coronel- La dulce voz de Marianne llegó a sus oídos reconfortándolo pues su emisora le enviaba un mensaje de comprensión absoluta hacia lo que se refería. Era como si la joven pudiese penetrar en el alma misma de su ahora esposo, como su ella pudiese leer sus más profundos sueños. El coronel la miró con la misma dulzura con que ella le había hablado, se perdió en su mirada y la atrajo hacia él con delicadeza.
-Crea lo que le dicen señorita Dashwood- se escuchaba una ronca voz detrás de ella. La joven esposa se estremeció por la frialdad y crudeza que matizó el timbre de esa voz. El coronel, por cortesía y caballerosidad no pudo ignorar al hombre que se aproximaba al grupo inoportunamente.
-Coronel Fellow-
-Coronel Brandon- dirigiéndose el uno al otro con un saludo militar seguido por un muy obvio forzado saludo de manos.
-Como ha estado usted Coronel? Me alegra que haya podido venir- El Coronel Brandon debía cumplir con la cortesía de dar la bienvenida a tan grotesco caballero.
-No podía perderme este "acontecimiento" Coronel Brandon –dijo sin poder evitar el sarcasmo cuya única finalidad era la de herir e incomodar al recién casado. -Muchas felicidades señorita Dashwood- El recién llegado tomó la suave y blanca mano de Marianne para colocar un delicado beso en esta. La muchacha sintió un terrible deseo de liberarse del desagradable militar. Habría deseado tener agua y jabón a la mano para borrar cualquier huella de aquél beso sucio y forzado.
-Gracias Coronel Fellow- respondió con una sonrisa un tanto forzada, sin embargo, sus ojos no pudieron evitar lo repugnante que le resultaba la sola presencia de Fellow. Su esposo notó cuán incómodo era esa situación para Marianne y se disculpó con el único propósito de alejar a la joven y a la señora Jennings del lugar.
Ambos coroneles no gozaban de su mutua simpatía ya que el coronel Fellow, como muchos otros, conocía la historia amorosa de Marianne y Willoughby. Y no cesaba de molestar al coronel Christopher con sus comentarios acerca de que en cualquier oportunidad la pareja reanudaría su relación, o bien, que ella y la familia de esta únicamente estaban interesados en su fortuna y su buena posición social. Si bien al Coronel Brandon no le era desconocido que no era el afortunado poseedor del total afecto de su amada, tenía la confianza y la infinita esperanza de poder lograr un afecto aun mayor que el de puramente amistad. Eso no lo exentaba del terrible malestar que le provocaba este tipo de comentarios el cual acrecentaba los temores de perder a Marianne. En ocasiones, los constantes comentarios, lograban su objetivo: Incomodar y martirizar los más profundos anhelos del Coronel Brandon. El deseaba totalmente ser el único en el corazón de su esposa y haría todo por conquistar su aun abatido corazón.
Toda la familia Dashwood estaba muy feliz. Por una parte estaba el compromiso finalmente aprobado por los Steele ya que al haberse casado una de las Dashwood con alguien tan rico y poderoso como el Coronel Brandon la familia se volvía a colocar en un círculo social elevado y esto era suficiente para que la Señora Ferrars aceptara el compromiso de Edward y Elinor.
Pocos días antes de la boda, la familia Dashwood había dejado la pequeña casa donde vivían. El Coronel Brandon había sido muy persuasivo al insistir con vehemencia en su solicitud de que se mudaran a su mansión en Delaford pues era lo suficientemente espaciosa para ellas y debido a que su convivencia era muy amena y próximamente se convertirían en familia también pensaba sería la excusa perfecta para que aceptaran. Y así fue, no paso mucho tiempo ante la insistencia y ellas pasaron a ocupar la mansión del coronel, sin embargo no se sentían del todo cómodas, así que Brandon ofreció nuevamente una pequeña mansión muy cerca de Delaford, y ante la constante insistencia del Coronel e intentando demostrarles que ellas para el se habían vuelto su familia, Las Dashwood aceptaron el ofrecimiento por lo cual la mudanza hacia esta se llevaría efecto después de realizada la boda.
Y los preparativos comenzaron en la mansión Delaford. Esta era muy grande y en uno de los salones era donde en pocos días se celebraría la boda, así que de esa manera podían supervisar los detalles de la misma.
Grandes ramos de Flores blancas, entre rosas y orquídeas, enormes y gloriosos candelabros de estilo francés, cortinas de seda blanca, largas y suntuosas velas, hermosas vajillas francesas de porcelana blanca con mesas de hermosos manteles con brocados hechos a mano. Todo era hermosamente lujoso y espectacular, una boda que jamás nadie había visto y de la que estaban todos seguros por generaciones se habría de hablar. Una pequeña fortuna que el coronel sin dudarlo dos veces estaba dispuesto a gastar aunque realmente el costo de esta no afectaba en lo más mínimo la fortuna personal de este, sus posesiones materiales, las extensas tierras de las que era propietario y mucho menos la fortuna familiar la cual era también en extremo cuantiosa.
