El perro gana, otra vez

Otra vez lo mismo. ¿Por qué su querido amo le dejaba a su cuidado a esa cría insoportable? Él, quien se esforzaba día a día por cumplir al pie de la letra las órdenes de su amo, que le acompañaba ya desde hace tanto tiempo, que era capaz de dar la vida por Sesshomaru, ¿Por qué tenía encomendadas tareas tan bajas como las de cuidar a esa mocosa?

Jaken refunfuñaba sentado bajo la sombra de un árbol, sin perder de vista a una alegre Rin que correteaba de aquí a allá, persiguiendo mariposas y recogiendo flores.

Sí, sin duda alguna aquella era una tarea demasiado bajar para el gran Jaken, pero no podía negar ni aunque quisiera que sí era una tarea difícil el mantener a esa muchacha a salvo, y es que la débil humana se lastimaba con absolutamente cualquier cosa, cualquiera. Es decir, caía sobre una planta con espinas y ya terminaba llena de heridas en sus mano, cara y piernas. Por su puesto, el culpable siempre resultaba ser el pequeño demonio verde que debería de velar por su seguridad.

Como el destino siempre parece estar en contra de todos, hoy no fue diferente. No pasó más de una hora desde que Sesshomaru se marchó antes de que se escuchase el agudo grito de Rin y junto con ello, el sonido del metal golpeándose entre sí. Un suspiro irritado dejó escapar el demonio al predecir la escena que se encontraría cuando llegase hasta donde estaba Rin. Con el entrecejo fruncido se puso de pie, caminando en dirección hacia donde había visto a la pelinegra, sin embargo, lo que se encontró al llegar fue peor de lo esperó e inmediatamente corrió para socorrer a la niña, quien había caído sobre viejas espadas cuyo dueño dejó olvidadas, probablemente, al morir.

Rin estaba sentada sobre ellas, pues seguramente cayó de espaldas, con las manos apoyadas una sobre el césped y la otra en el mango de la espada. La mirada de Jaken se dirigió automáticamente hacía el filo de ésta, notando al instante que había lastimado el tobillo de la infante.

Oh mierda. Eso estaba mal, muy mal. Seguramente Sesshomaru ya se encontraba en camino debido al olor de la sangre de Rin. Maldición, ese era el último día de vida de Jaken, a no ser que aprovechara los escasos minutos que le quedaban y escapara… no, su muerte iba a ser peor si abandonaba a la muchacha a su suerte.

Su mirada viajó nuevamente hasta el rostro de la pelinegra, encontrándose una mueca afligida: sus labios fuertemente apretados el uno contra el otro, mientras sus ojos se esforzaban por contener las lágrimas que querían resbalar por su rostro. Dejándose de pensar tonterías se acercó y la agarró del brazo, ayudándole a ponerse de pie para sentarla nuevamente el césped.

—Niña tonta, estas cosas suceden sólo porque no te fijas por donde vas. ¿Quién tiene luego la culpa de todas las idioteces que te pasan? Además, ¿Por qué los humanos tienen que ser tan condenadamente débiles?

Y así continuó quejándose y culpándole de todo mientras que tomaba un trozo del bello kimono que portaba Rin, regalo de Sesshomaru, y comenzaba a envolver su tobillo lo más rápidamente que podía. Debía de apresurarse, al menos tener a la muchacha vendada para cuando llegara su amo, éste tendría menos cosas que recriminarle. Sin embargo, en su apuro, no realizó la actividad con el cuidado necesario para una chica, sólo se preocupó de dejar bien apretada la improvisada venda, lo suficientemente apretada como para infringir más dolor aún en la herida de la pequeña, que hasta entonces no había emitido palabra o sonido alguno, intentando hacerse la fuerte.

—Bien, ya puedes seguir correteando, pero intenta no matarte en el proceso, o sino mi muerte estará más que asegurada.

Así sin más se puso de pie para volver al lugar en el que estaba, con el fin de dejar a un lado ese nerviosismo que le había asaltado desde que vio la herida de la niña, quien por cierto apenas había dado un asentimiento.

Ella igualmente se puso de pie, claro que con notoria dificultad y dolor, pero lo logró. Aun así no tenía idea de qué hacer ahora, si apenas podía caminar, no iba a ir de un lado para el otro, lo único que le quedaba era sentarse y esperar a la vuelta de su Señor. Caminó con dificultad hasta el árbol más próximo, para poder apoyarse en él mientras se sentaba. Fue a penas cuando se sentó que logró divisar a Sesshomaru salir de entre los árboles, caminando parsimoniosamente en su dirección.

En su interior se alegró muchísimo, pero no pudo evitar que en su rostro aún se viese aquel gesto de incomodidad y dolor, es más, sus ojos aún estaba cristalinos por la presión que ejercía el improvisado vendaje en su tobillo.

Instantes después el majestuoso demonio se arrodilló frente a Rin, fijando su mirada en la fuente de aquel olor a sangre que había percibido ya desde hace unos minutos atrás. Con sus manos tomó el tobillo de Rin y desató aquel vendaje mal hecho, entonces Rin ya no resistió más y liberó sus lágrimas ante la atención de su Señor, quien rápidamente cortó un trozo de sus propias vestimentas para envolver con amabilidad y firmeza aquella delgada extremidad, sin infringir el más mínimo dolor en la chica.

—Rin.

Su grave voz resonó en los oídos de la niña, captando de inmediato sus ojitos llorosos observándole con un deje de curiosidad.

Con el cuidado necesario dejó su pie en el césped para luego alcanzar con uno de sus largos dedos las mejillas de Rin y poder limpiarlas de aquellas traviesas lágrimas que cada vez salían con menos frecuencia.

—No llores.

Minutos más tarde ya ninguna lágrima salía de aquellos ojos chocolate, en cambio se curvaba una sonrisita tierna en sus labios dirigida a su Señor.

—Gracias, Sesshomaru-sama.

¿La razón por la que Jaken continuaba en completo silencio? Simple, desde antes de llegar al lado de Rin, Sesshomaru ya había dejado inconsciente al pobre demonio por no cumplir con la sencilla tarea que le había encomendado. ¿Qué tan difícil podía ser cuidar a esa chiquilla que estaba sonriéndole tan tiernamente? Nadie le sacaba de la cabeza que su lacayo era un inútil.

En un breve instante de distracción por parte del demonio perro, Rin se le abalanzó, atrapándole en un abrazo con aquellas pequeñas extremidades que poseía, dejando anonadado al peli plateado y la vez agradecido de que el pobre Jaken estuviese inconsciente en el suelo. Ante aquella cercanía no sólo pudo escuchar el latir de ese acelerado corazón, lo pudo sentir, retumbando en el pecho de la castaña, vibrando en el propio, entonces la suave e infantil voz llegó a sus oídos en forma de suaves susurros.

—Sesshomaru-sama, ¿Quiere ser mi esposo?

¿Qué? ¿Acaso una niña de unos diez años estaba pidiéndole matrimonio? ¿A él? ¿Al gran Sesshomaru?

Por primera vez considero seriamente el esbozar una sonrisa ante la tonta pregunta de la niña, pero en su lugar frunció el entrecejo y le separó de su cuerpo. Definitivamente Sesshomaru no era un hombre, perro, ni demonio de impulsos.

—¿De qué estás hablando?

—Es que Inuyasha-sama siempre cuida mucho de Kagome-san, cuando se lastima, él siempre corre a ver qué le sucedió, y ellos son esposos. Kagome-san me explicó que un esposo es alguien se preocupa mucho por ti, y Sesshomaru-sama se preocupa mucho por mí, por eso debe ser mi esposo.

El peli plata comprendió de inmediato que la culpa de ello la tenían su hermano y su humana esposa. Cómo detestaba que le metiesen cosas tontas y de humanos a Rin en la cabeza, luego era él quien tenía que tener los cojones de explicarle palabra por palabra todo aquello que quedaba volando en la mente de esa chiquilla.

—Eso lo hacen los adultos.

Aunque todos sabemos que Sesshomaru no es un hombre de muchas palabras, y de todos modos a Rin le es suficiente.

—¿Entonces cuando sea mayor será mi esposo?

¿Cómo podía decir un tajante no a esos ojitos chocolates brillantes de ilusión, anhelantes de un esperanzador sí?

—Cuando seas mayor lo hablaremos.

Y también es un buen manipulador de las palabras, no dice más ni menos, lo justo para que Rin se quede tranquila.

...

Rin corría apresuradamente con sus cabellos al aire, moviéndose de un lado al otro, con las mejillas arreboladas debido al esfuerzo que le significaba aquella carrera hasta llegar al lugar de encuentro de su señor.

—¡Sesshomaru-sama, lo siento por llegar tarde!

Se detuvo hasta alcanzar su objetivo: el imponente demonio, quien no se detuvo a preguntar la causa de su tardanza, estaba más que seguro que se debía a su hermano y sus críos. ¿Por qué Rin tendría la manía de andar jugando con esos renacuajos? Si seguían así esos cachorros iban a terminar robándole a la muchacha, y eso no podía suceder. Frunciendo el entrecejo inició una caminata lenta, lo suficiente como para que Rin se recupere de aquella pequeña carrera, mientras seguía dándole vueltas y vueltas al asunto.

—Sesshomaru-sama~

Llevaban ya un buen rato en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos, pero sin perder de vista la compañía del otro. Recién ahí Rin se dio cuenta de la ausencia del demonio verde, pero no cuestionaría nada por ahora, de hecho, era mejor así.

El demonio dirigió su mirada hacia la humana de ya quince frágiles años. Notó cómo el breve paso del tiempo había dejado ya una huella en la muchacha, en apenas cinco años la niña que ni a la cintura le llegaba ya era toda una mujer, físicamente, y mucho más alta que antes, pero igual de menuda a su lado. Un leve asentimiento le dio a entender a la castaña que podía hablar.

—Quizás ya no se acuerde, pero hace muchos años usted… —Los ojos café de la niña se dirigieron al cielo, esbozando una sonrisa nostálgica en la breve pausa.— Usted dijo que cuando fuese una adulta, se casaría conmigo.

Claro, ella tenía diez años en ese entonces y no prestaba total atención a las palabras específicas que su Señor empleaba, y que éste con tanto cuidado escogía.

—Hoy Kagome-san dijo que ya soy toda una mujer, una adulta.

Sesshomaru enarcó una de sus cejas, rememorando aquel día en su mente, sí, habían hablado algo de un tal matrimonio, pero su excelente memoria le mostraba las cosas diferentes a como seguramente las veía Rin.

—Dije que lo hablaríamos entonces.

La muchacha en un infantil gesto infló sus mejillas antes de volver a hablar, provocando una muy breve deformación en las facciones de Sesshomaru, de las que por desgracia, no se percató.

—Entonces hablémoslo.

¿Cómo tomarla en serio si continuaba realizando aquel tipo de gestos tan infantiles? Pero si no lo hacía iba a tener que lidiar con una de sus pataletas.

—Aún eres una niña.

Esta vez fue el turno de Rin de fruncir el entrecejo ¿Es que ese hombre no escuchaba? ¿Acaso el ser un demonio perro no significaba un mejor sentido auditivo? ¡Acababa de decirle que Kagome-san dijo que ya era una adulta!

Y claro, Sesshomaru sí hacía captado aquellas palabras, pero nunca dijo que tomaría en cuenta el criterio de cualquiera para hacerla su esposa o considerarla una adulta. Eso lo decidía él, y nadie más que él.

—¡Pero…!

—Yo digo que eres una niña.

—¡No soy una niña!

—Lo eres. Fin.

Esta vez empleó aquel autoritario tono que no dejaba lugar a más discusión, pero si Rin aprendió algo en todos esos años que llevaba conviviendo con Kagome y Sango, es que siempre debe tener la última palabra, aunque la disputa sea con el mismísimo Sesshomaru.

—¡Qué no lo soy!

Pero el Lord no era como Inuyasha o Miroku, no cedía tan fácilmente, de hecho, simplemente no cedía.

Veloz y brusco acorraló a la muchacha contra un árbol, apoyando una de sus manos al costado de su cabeza. Su mirada se afiló, su rostro se posicionó a la altura del ajeno, provocando una curvatura bastante notoria en su espalda. Rin pareció verse intimidada ante la inesperada cercanía del Lord, de hecho, ante los ojos de Sesshomaru, se volvió más menuda, y no pasó desapercibido el hecho de que intentó apegar su espalda aún más al árbol, queriendo mantener distancia entre ambos.

Su rostro se aproximó unos centímetros más al de la muchacha, y ésta bajó la mirada apenada, casi temerosa, sintiendo su rostro arder de la vergüenza, de los nervios que le causaba el poder sentir la respiración de aquel demonio tan cerca. Otro centímetro menos, e inconscientemente Rin puso una de sus pequeñas manos en el pecho de su Señor, pero él no se detuvo, eliminó la distancia que quedaba sólo para susurrarle con un tono entre burlesco y severo.

—Eres una niña.

Se apartó igual de rápido que cuando le acorraló, dejando a una pelinegra colorada y avergonzada contra el árbol, como si aún no notase su ausencia.

Y otra vez el perro obtuvo la victoria. Por ahora…