Capítulo 2: Maldito cabrón afortunado


Cuatro días. Habían pasado sólo cuatro días desde que Lovino había cogido su maleta para instalarse en el piso de Govert. Este miró con curiosidad las pertenencias de su nuevo compañero de piso, pues le parecían escasas. Pero lo cierto es que lo único que tenía el joven italiano eran un par de pantalones y varias camisas y camisetas distintas, además de su teléfono móvil y el cepillo de dientes. No tenía ni libros, ni cámaras, ni nada de valor. Total, ¿para qué las iba a necesitar alguien como él?

Aunque el carácter de Govert era un poco complicado en ocasiones, Lovino parecía satisfecho con su nuevo hogar, a pesar de que tenía alguna que otra queja que hacer. Por ejemplo, su compañero se despertaba a horas inhumanas y, dado que estaba acostumbrado a la soledad, no se preocupaba en intentar no hacer ruido. Y aunque lo tachasen de vago y dormilón, a Lovino no le gustaba despertarse a las seis de la mañana. Simplemente no le gustaba. Otro aspecto que le incomodaba de aquel lugar era el olor que emanaba el cuarto de Govert. Lo mejor sería no hacer preguntas al respecto. En cuanto al resto, podría decirse que iba viviendo más o menos bien. El rubio se encerraba en su habitación y apenas salía, así que Lovino era libre y podría hacer lo que le saliese de dentro. ¡Tenía la televisión sólo para él y encima no tenía que soportar a unos tortolitos manteniendo relaciones carnales!

No obstante, Govert no estaba tan feliz con Lovino. Uno de los requisitos básicos para que se quedase en su piso era que cocinase. Hasta ahí todo bien. Lovino era un cocinero excelente, tanto que Govert no pudo evitar preguntarse a sí mismo cómo Ludwig había estado tan deseoso de librarse de su cuñado. La respuesta no tardó en aparecer.

—Aquí tienes, spaghetti alla puttanesca —vaciló durante unos instantes, pensando en si traducir el nombre del plato o no.

Si bien parecía una comida sencilla, a Govert le encantó, aunque su rostro no daba pista alguna al respecto. Lovino estaba acostumbrado a que nadie le alabase por sus habilidades culinarias —al fin y al cabo, su hermano siempre había sido mejor en todo— y tampoco se esperaba que ahora aquel mastodonte lacónico fuera la excepción.

Cuando hubo terminado de comer, Govert se levantó con la intención de lavar los platos. Notó que el italiano se había puesto un poco nervioso. Govert no le dio mayor importancia al asunto y entró en la cocina, encontrándose con... con… con aquello.

Su cocina, su delicada y ordenada cocina, ahora estaba más sucia que el palo de un gallinero. Había un tomate aplastado en el suelo, un cuchillo sobre el microondas, gotas de aceite de oliva desparramadas por doquier, ¿y eran anchoas eso que veía en el frutero? Había muchos cajones abiertos, botellas sacadas del frigorífico y, en resumen, un caos general. Govert no se lo podía creer, así que su reacción inicial fue observar el panorama con la boca ligeramente abierta. Cuando recuperó la consciencia, se volteó con parsimonia a la vez que se crujía los nudillos y lanzaba su mirada inyectada en sangre a Lovino, quien ya estaba temblando como un flan. Govert daba mucho, muchísimo más miedo que Ludwig, ¡no había punto de comparación!

—¡¿Qué mierda has hecho en mi cocina? —gruñó tal y como lo haría un ogro.

—C-cocinar… ¡¿Q-qué más podría hacer?

Govert pensó en ordenarle que limpiase el desastre, pero sabía que no se podía fiar de aquel patoso. ¡Menudo cuñado tenía Ludwig! Aunque el suyo no es que fuese mejor, pero al menos no armaba tales desórdenes. Resignado, consideró que lo mejor sería que él mismo se pusiera a limpiar (tenía claro que no iba a permitir que su cocina siguiese así), pero el reloj le avisaba de que tenía que regresar al trabajo. ¿Limpiar o trabajar? He ahí la cuestión. Tras mucho devanarse los sesos, llegó a la conclusión de que lo mejor sería que otro se encargase de poner algo de orden. Y ese alguien no sería Lovino, obviamente.

—Voy a llamar a mi hermana para que venga a limpiar todo esto —encendió un cigarrillo para calmarse, aunque ante los asustados ojos de Lovino no parecía furioso—. Chaval, no sirves para camarero.

Genial, ya le estaban volviendo a echar en cara lo inútil y torpe que era. ¿Tenía él la culpa de haber nacido así? Cruzó los brazos y frunció el ceño, más enfadado consigo mismo que con Govert, que estaba demasiado ocupado llamando por teléfono a su hermana para arreglar el estropicio. En cuestión de segundos ya se había encerrado de nuevo en su habitación para continuar con su trabajo.

Lovino, agotado psicológicamente, se echó en el sofá y encendió la televisión. La suerte decidió sonreírle un poco y le dejó ver aquella serie tan genial llamada Tomás, el Tomate Rebelde. No es que le gustasen los dibujos para niños pequeños, sino que le agradaba solamente Tomás, el Tomate Rebelde porque estaba plagado de valores dignos de admirar, una animación fluida y una banda sonora soberbia. Y porque el protagonista era un tomate. Sobre todo por esto último. Justo cuando Tomás estaba hablando con la Chuga la Lechuga sobre la intransigencia de Pollo el Repollo a la hora de no dejarle ser el protagonista de la próxima obra de teatro escolar, alguien llamó a la puerta, dejando a Lovino bastante molesto. ¡Ahora que todo se había puesto tan interesante, había venido alguien a fastidiarlo todo! Supuso que se trataría de la hermana de Govert, así que se levantó de mala gana para abrir la puerta.

Aunque… había que pensarlo fríamente. Govert tenía pinta de ser de la zona central o septentrional de Europa, en otras palabras, lugares repletos de mujeres preciosas. Y a Lovino pocas cosas le gustaban más que las féminas rubias y despampanantes. Sólo esperaba que no fuese tan estúpida y tétrica como su hermano. Practicó una sonrisa seductora y fue a recibirla de la forma más encantadora posible.

Nada más abrir la puerta, se topó con una preciosa chica rubia que podría ser más o menos de su edad. Un punto a su favor. Tenía una sonrisa bastante gatuna que hacía que se viera bastante adorable, además sus ojos también eran bonitos y almendrados. Otro punto a su favor. Vestido largo y verde, al igual que la diadema que adornaba su pelo. Sí, otro punto más.

Una chica que alcanzaba los tres puntos era digna de ser tratada por el rey de la seducción: Lovino Vargas.

—Buenas tardes, signorina. ¿A qué se debe su visita? —preguntó Lovino con un tono dulce y meloso.

La chica se rió. No sabía si de él o con él, pero no le gustaba aquella reacción. ¿Quizás ella pensaba que estaba siendo demasiado cursi o ñoño?

—¡Vaya, conque tú eres el nuevo inquilino de mi hermano! —sonrió— Soy Emma, la hermana de Govert. ¿Me dejas pasar? Me ha dicho que le has destrozado la cocina.

—«Destrozar» no es la palabra adecuada… —susurró él, sonrojándose un poco. Mierda, mal empezaba. ¿Por qué aquel maldito armatoste tenía que ser tan explícito a la hora de contarle a su hermana lo ocurrido en la cocina?

La chica aprovechó el espacio que había entre el brazo —estratégicamente colocado en el marco de la puerta para parecer interesante— y el cuerpo del italiano para colarse y entrar en el apartamento. Lovino, algo disgustado por ver que ella pasaba de él, cerró la puerta y la siguió.

Cuando llegaron a la cocina, Emma fue más expresiva que su hermano a la hora de demostrar su asombro ante aquel desastre.

—¡Pero qué caos! —dijo casi asustada— ¡¿Se puede saber que has hecho?

Spaghetti alla puttanesca...

Emma suspiró y se dispuso a limpiar aquello. Lovino volvió al sofá para no perderse las aventuras del tomate Tomás, aunque de vez en cuando miraba furtivamente a Emma. Qué mona era. Y cómo limpiaba, desbordaba energía por los cuatro costados. ¿Y si mudarse al piso de Govert no fuera más que una excusa por parte del destino para que se encontrase con Emma? A lo mejor podrían comenzar a salir juntos.

Aunque para qué mentir. Una chica tan simpática como Emma nunca podría interesarse en un fracasado como él.

Tras muchos minutos luchando contra la suciedad, la hermana de Govert terminó su tarea. Entró en la sala de estar y se percató de que Lovino cambió el canal de televisión inmediatamente. Se sentó a su lado y lo miró con curiosidad.

—¿Qué estabas viendo? —esbozó una sonrisilla felina— ¿Algo prohibido?

—¡Q-qué va! —se puso más rojo que el tomate Tomás— Era un documental sobre los volcanes, pero ya ha acabado.

Se negaba a decirle que estaba viendo una serie para niños pequeños que tenía como protagonista a un tomate con gafas de sol, así que tenía que cambiar de tema inmediatamente. Tímidamente le devolvió la mirada a Emma, mostrando algo que podría interpretarse como una sonrisa nerviosa.

—Me gusta tu diadema —comentó Lovino. Mierda, eso sonaba de todo menos interesante y seductor. Estaba perdiendo práctica en el sagrado arte del ligoteo.

—A mi novio también —respondió con una sonrisa tonta.

¿Novio? ¡¿Dijo novio? La palabra prohibida y desmotivadora por excelencia: novio. Lovino sintió como todos los posibles sentimientos románticos que le podría producir Emma se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. Lovino, como buen cobarde que era, temía que viniera el novio de Emma a darle una paliza o algo así. ¡Ligar con chicas con novio era lo peor que se podía hacer! ¿Y si el de Emma encima era un armario peligroso, como Govert? ¡Vade retro Satana! Lovino deseaba con todo su ser no tener que encontrarse con algo así.

Eso sí, no sabía quién diablos era el novio de Emma, pero Lovino ya lo odiaba con toda su alma. Maldito cabrón afortunado.

—¿Te pasa algo? —preguntó la muchacha— Por cierto, aún no me has dicho cómo te llamas.

—Lovino. Lovino Vargas —su tono ya era algo más seco y decaído.

—¿De dónde eres? Tu nombre es bastante peculiar.

—De Italia, ¿y tú? —tenía curiosidad por saber de dónde eran Govert y Emma. Esperaba que no fueran alemanes.

—De Bélgica —respondió ella—. Hablando de todo un poco, me dijo el otro día mi hermano que estás interesado en aprender idiomas, ¿no? Verás, yo estoy estudiando Filología Francesa y mi sueño es ser profesora. ¿Podrías ser mi alumno? Sería beneficio mutuo: tú aprendes de balde y yo practico.

Sopesó la idea. Tal y como le había dicho Govert días atrás, el conocimiento de idiomas era imprescindible para encontrar un trabajo en una ciudad tan turística. Y encima Emma se lo estaba ofreciendo gratis… Pero tenía miedo. ¿Y si se enamoraba de ella? No quería que ningún novio malhumorado de ocho metros de altura y cinco de ancho le rompiera los huesos. O ni siquiera tenía que sentir algo por ella, porque quizás tenía un novio celoso y ya le daría la paliza de todos modos.

Pero joder, eran clases gratis. Y él necesitaba rellenar su currículum fuera como fuera.

—Me parece bien —contestó tras varios segundos de meditación.

—¡Genial! —dio una palmada— Mira, como siempre estás libre, ¿te parecería bien que viniera a buscarte a las siete y media? A la hora de la cena podrías ya venir aquí y prepararle la cena a mi hermano.

—No tengo nada mejor que hacer —reconoció, por mucho que le doliera.

—¡Ah, otra cosa! Me temo que cuando tenga exámenes no podré prestarte tanta atención, pero no te preocupes, que siempre podré tener un hueco para dejarte ejercicios.

—Lo veo lógico.

Menuda mierda de vida. Tenía la oportunidad de pasar tiempo a solas con una chica monísima, pero sabiendo de antemano que no podría intentar nada con ella. El mundo era injusto y ruin. Ojalá pudiera convertirse en un personaje de Tomás, el Tomate Rebelde para vivir trepidantes aventuras y tener un buen grupo de amigos con los que pasarlo bien.

Un rato después, Emma fue a despedirse de su hermano y se marchó. Lovino permaneció tirado en el sofá, pensando en qué estaba haciendo con su vida. Su hermano ya estaba casado y con un buen trabajo como cocinero en un restaurante de prestigio, ¿pero él? ¿Qué tenía él? Soltero, en paro y conviviendo con un hombre cuyo peinado parecía un repollo —o un tulipán, depende de cómo se mirase—.


Al día siguiente, Lovino salió a hacer la compra para prepararle la dichosa comida a Govert. Intentaría preparar una hamburguesa casera —tan difícil no podía ser— y, ya de paso, se agenció una libreta y unos cuantos bolígrafos. Hacía tanto tiempo que no cogía una libreta… Y menos mal. Sus recuerdos en bachillerato no habían sido buenos, precisamente. El tiempo pasaba increíblemente rápido y otras asquerosamente despacio; para Lovino aquel día había pasado demasiado deprisa. Antes de darse cuenta, estaba esperando a que Emma viniese a buscarlo. Él preferiría ir directamente a casa de la chica a estudiar, no que lo viniesen a buscar como si fuera un niño pequeño, pero se tuvo que conformar. Y la opción de dar clase en casa de Govert estaba más que descartada por el mismísimo propietario, quien quería silencio para trabajar en… lo que diablos estuviera haciendo.

Alguien llamó a la puerta. Lovino se levantó para abrir antes de que Govert se empezase a quejar por la ausencia de silencio. Además, ya daba por hecho que se trataba de Emma. Abrió la puerta y comprobó que no se había equivocado.

—Buenas tardes —saludó ella—. ¿Listo para aprender francés?

Yes, of course —respondió con orgullo.

—Parece que tendremos que empezar desde cero, ¿eh? —se rió— Venga, no hay tiempo que perder.

Minutos después ya estaban en casa de Emma apuntando algunas frases básicas en francés. Joder, el tiempo tenía las alas más largas que una compresa. El pisito de Emma era bastante acogedor, mucho más que el de su hermano. Posiblemente se debía a que el de Govert era tan espartano que casi parecía que nadie habitaba allí, mientras que el de la joven estaba decorado con pósters, jarrones, cuadros, peluches… Y otro montón de trastos inútiles.

De vez en cuando y para que el cerebro de Lovino no explotase por recibir un exceso de información, Emma hacía una pausa para charlar y tomar algún aperitivo. «Ojalá los profesores del instituto hubieran sido así», pensó el italiano. Uno de los motivos por los que Lovino no continuó con sus estudios fue por los profesores, que siempre estaban lanzándole indirectas sobre lo incompetente que era. Así cualquiera se desanimaría.

—¿Y vives sola? —preguntó Lovino con curiosidad.

—Qué va, vivo con mi novio —su alumno puso una mueca de disgusto ante eso—, aunque ahora mismo está en el trabajo.

Con una novia genial y un empleo. Maldito cabrón afortunado.

Las semanas pasaban y Lovino pudo llegar a aprender muchas cosas, y no todas relacionadas con el idioma francés, precisamente. Aprendió que a Govert le encanta el queso de cabra y el anime de niñas con poderes mágicos. Lovino quería reírse de él, pero no podía. Al fin y al cabo, a él le gustaba un tomate llamado Tomás, que era casi tan patético como lo de las niñas mágicas. También aprendió que Emma era mucho más que una chica mona y con novio: era inteligente, preparaba unos dulces maravillosos y no parecía importarle ser amiga de Lovino. El italiano sonrió para sí mismo al pensar en tener una amiga, en alguien con quien pasar el rato y contarse cosas. Por muy estúpido que sonase, él nunca había tenido un amigo.

Y en aquel momento estaba en una cafetería con Emma y no tenía nada que ver con las clases de francés. Era simplemente que había salido a tomar algo con una amiga.

—Esta cafetería es una de mis favoritas —sentenció Emma con una sonrisa—. Sin duda, aquí tienen el mejor café de toda la ciudad.

—No está mal —contestó Lovino sin apartar la vista de la taza.

—¿Te pasa algo, Lovino? Pareces decaído.

—No es nada… —suspiró.

—Si tú lo dices… —continuó bebiendo el café, sin apartar la mirada de Lovino— Oye, ¿y tú llevas mucho tiempo en esta ciudad?

—Seis años o así —qué rápido pasaba el tiempo, ya se sentía viejo.

—Pues ya habrás hecho muchos amigos, ¿no? —se acarició un mechón de su cabellera dorada— Como siempre que te llamo estás disponible, a veces pienso que no tienes a nadie…

—Bueno… —se sonrojó. Joder, qué patético parecía— Tengo a mi hermano, pero se acaba de casar y siempre sale con su «maridito» —su mohín denotaba asco— y yo a mi cuñado no lo puedo ver ni en pintura.

Emma se incomodó un poco al escuchar las palabras de Lovino. Sentía como si hubiese metido la pata al sacar aquel tema de conversación, aunque a decir verdad Lovino le recordaba bastante a su propio hermano: ambos solitarios y enemigos de sus cuñados. Pero era una pena que un chico tan joven como Lovino no tuviera ninguna amistad, no se merecía estar solo ya que, al fin y al cabo, no era mala persona. Tenía que hacer algo al respecto, ¿pero de qué se podía tratar? La idea apareció por arte de magia en su mente, haciendo que una sonrisa felina y juguetona se esbozase involuntariamente en su rostro.


Otro día más había pasado y Lovino continuaba con su rutina de cocinar y ver la televisión. Dado que era sábado, no retransmitían su serie favorita ni tenía clase con Emma, así que tuvo que conformarse con una película barata que echaban por el canal público. El tictac del reloj le estaba atormentando de mala manera y casi podría jurar que hasta le estaba provocando un dolor de cabeza terrible.

De pronto, alguien llamó a la puerta. Al principio se pensó que podría tratarse de Emma y que quería ir al cine o algo así, pero aquella forma de llamar no era propia de ella.

Cuando Lovino se iba a levantar del sofá para abrir, Govert salió de su cuarto y se acercó sigilosamente a su compañero, lanzándole una de sus miradas asesinas.

—Si es para mí, di que no estoy —susurró de forma casi imperceptible.

—Entendido —respondió Lovino del mismo modo—, pero no hace falta que me mires así, maldita sea.

Con la cautela mostrada segundos atrás, Govert regresó a su habitación de modo que generase el menor ruido posible. Lovino no pudo evitar pensar que aquel tipo era raro. Lovino se encogió de hombros y fue a recibir a quien diablos estuviese llamando con tanto brío.

Si bien se esperaba encontrarse con aquella encantadora chica rubia y esbelta, se topó con un hombre joven moreno, de cabellos desaliñados y de sonrisa tan brillante que Lovino sintió por un momento que debería ir a coger unas gafas de sol. Si no fuera porque el aspecto de aquel muchacho daba pena, se habría pensado que se trataba de un vendedor de seguros o de enciclopedias.

—¡Hola, Lovino! —amplió aún más su sonrisa— ¿Está Govert por ahí?

—No, no está —frunció el ceño. ¡¿A qué coño venía tanta alegría?— ¿Quién eres tú y por qué sabes mi nombre?

—¿De veras no está? —insistió, borrando esta vez su sonrisa y adoptando un gesto curioso.

—Te estoy diciendo que no —su ira aumentaba cada vez más. No le gustaba la gente pesada—. Repito: ¿Quién eres y por qué sabes mi nombre?

—Pero juraría que antes oí unos murmullos… Hasta pegué la oreja a la puerta para comprobar si era la voz de Gov —señaló su propia oreja, como si fuera una prueba evidente—. En fin, tampoco es que me importe mucho —recuperó su sonrisa—, sólo quería saludarlo.

—Deja de ignorarme y dime quién eres, sujeto.

—¿Ah? ¿Yo? —sus ojos refulgían con confianza. El idiota aquel debía de creerse importante, y eso que tenía pinta de asqueroso— ¡Soy Antonio! ¡Puedes llamarme Toni o Toño, como prefieras!

El tal Antonio extendió la mano para que Lovino la estrechase; lástima que él no estuviera por la labor. Para mayor inri, Lovino cruzó los brazos y lanzó una mirada despectiva a aquel hombre tan parlanchín y —posiblemente— sordo.

—Muy bien, Antonio —pronunció su nombre con cierta saña—, ¿podrías decirme de una puñetera vez cómo sabes mi nombre?

—Es que soy el novio de Emma —contestó despreocupadamente, como si fuera lo más obvio del universo.

A Lovino pronto se le esfumó la expresión seria y malhumorada para dar paso a su faceta más cobarde. Estaba ante el novio de Emma. Fijo que había venido para darle la paliza de su vida. ¡Aquella cara tan jubilosa era sólo una máscara! ¡Claro que lo era! Lo iba a matar allí mismo, lo sabía. Estaba convencido de que así sería, aunque Antonio no parecía estar dispuesto a tal atrocidad, ni mucho menos.

—Lovino, ¿podrías acompañarme a un sitio? —preguntó Antonio con una mirada enigmática.

Lovino tragó saliva, más asustado que un corderito rodeado de lobos. Estaba jodido, estaba bien jodido.


Notas: Que conste que esto no es un RomaBel ni mucho menos, ¿eh? Como ya he dicho en el capítulo interior, esto se irá transformando paulatinamente en un Spamano~ Ah, lo de Tomás, el Tomate Rebelde obviamente no existe xD

Contador de palabrotas: ¡14!

Ahora a los reviews~

OhMyGodHappy: ¡Muchas gracias! :'D Espero que este capi te guste, aunque ya advierto que los primeros capítulos son bastante serios xD ¡Muchas gracias por el review!

Mikaelaamaarhcp: En realidad, quien de verdad se entromete en una relación será el propio Lovino :3 ¡Otro beso para ti y muchas gracias por el review!

Random: No te preocupes, Bélgica en sí no será un obstáculo ;3 Eso sí, será un personaje importante~ ¡Muchas gracias por el review!

¡Hasta el siguiente capítulo~!