Capítulo 1: "Quisiera huir"

*1 "Quisiera huir de la tortura que asfixia y silencia mis florantes murmullos. Huir de la nostalgia que deambula de día y de la tristeza que pernocta en mis sueños. Huir de los pájaros brunos que acechan mi carne, buscan secarme las huellas de tus labios y arrancarme tu sendero escrito en mis pies. Huir de las lágrimas mustias que deja el viento, del eco de tus pasos en letanía envuelto en la grilla y no avanza en aquel perenne calvario nocturno. Y, en la velocidad de esta huida, grito tu nombre para que no perezca en mi garganta y renazca en el albur de un nuevo amanecer sin ti".

Las calles grisáceas como boceto a lápiz de carbón fue lo primero que miró. El fragor de un despertar ajetreado entre automóviles, conversaciones lejanas, los cascos de los caballos sobre el asfalto resonó en sus oídos. Los apresurados hombres que zigzagueaban la vereda camino al trabajo codearon su brazo y le murmuraron una palabra de desdén para que saliera del medio, lo devolvieron a la realidad. Percibió las miradas arrobadas de las féminas que detectaban su atractivo así que escondió su rostro bajo una bufanda, dejando sólo sus enigmáticos ojos azules al mundo. Ese día caminaría, aunque fuese un extenso trecho, sería el permiso que se daría para despejar sus pensamientos, liberarlos a vivir entre los rascacielos que observó por última vez. Respirando una bocanada de aire citadino murmuró: "Nueva York, aquí estoy. Dispuesto a redescubrirte, pero ésta vez completamente sobrio" y con una sonrisa, abrió sus brazos hacia una nueva oportunidad.

Tiempo atrás, meses quizá. Bajó al fondo del abismo, conoció cada paraje, deambuló errático y sobrevivió a pesar de la falta de oxígeno que le sofocó; para luego de esa tormenta en que sucumbió su ser, volver a flote una mañana cualquiera. El alcohol le regaló minutos de armisticio, asfixió el dolor y los incansables murmullos del pensamiento, pero al despertar su existencia era mucho más siniestra que el ayer. Como una vez se lo advirtió un viejo beodo de la calle: "El alcohol no soluciona los conflictos, ya que a esos demonios les da oxigeno para vivir tranquilos en las fauces de la nada y en la aparente calma ellos sólo dormitan para fortalecerse. Mañana, despertarás con el mismo demonio todavía más gigantesco, rondando tu alma y succionando tu energía. Busca otra forma de sacar eso que llevas dentro, hijo. ¿O es que realmente quieres ser como yo?" Verseó con voz aguardentosa y esa autoridad que le otorgaban las calles, las personas anónimas que le confidenciaban su vida y el pasado acuestas que nunca dejó de penarle, hasta la noche en que ya no le vio en el bar de siempre. La noche anterior, el barman le comentó de su deceso que nadie lamento, sólo él. Entonces le quedaron unas preguntas rodando por días: ¿realmente quería ser como él? ¿Buscar la forma de salir? ¿Cuál?

Lamentarse por lo que no fue y por aquello que ya no sería; y es que en ciertos momentos ya ni siquiera lamentarse era bueno. De ahí en adelante, sobrevivir sería su consigna. Tenía opciones, sí. De hecho las tenía desde hace tiempo y una en especial venía con la nueva compañera de trabajo que no perdía oportunidad para buscarle conversación. Sus insinuaciones eran cada vez más osadas; sin embargo su corazón estaba alejado de los instintos básicos que pudieran ser despertados por aquella despampanante fémina que no solo su cabello era de fuego.

—Buen día —saludó sin dejar de pestañear y dejando su estela de llameante perfume en el recinto.

Él sonrió.

—Buen día, Janelle —respondió de espaldas mientras buscaba entre sus pertenencias las llaves del Roll Royce.

—Llegó esto para ti.

Él volteó y miró el sobre que la mujer agitó en una de sus manos, ascendió desde su escote hacia su mirada lasciva y se lo dio sin apartar sus verdes ojos de sus maleables labios. Él lo recibió. Frunció el ceño al ver la dirección y lo arrojó encima de la mesa.

—¿No la abrirás?

—No.

—Pudiera ser importante —trastabillando cerca de él y tocando su brazo.

—No lo creo —dijo alejándose de su cercanía.

—Ni siquiera sabes de quien es.

—Vi el remitente y no me interesa ver su contenido —respondió con voz inflexible mientras se enrollaba la bufanda.

—¿Ya te vas? —preguntó con voz melosa.

—Sí, con tu permiso.

—Nos vemos —prometió con un suspiro.

Él no respondió y se marchó.

¿Cuál eran las otras opciones? Asumir el compromiso con temple o desviarse en el camino sin retorno, nada remediaría el ya no tenerla. El infierno era el mismo, con distinto paisaje, sólo eso. Tomó las llaves de su Roll Royce y condujo rumbo a la cita ineludible.

El almuerzo se llevaría a cabo en ese acogedor restaurant: Keens Steakhouse ubicado en Manhattan, cerca de la quinta avenida. Un recinto discreto que visitó muchas veces, en especial el bar. Pocas personas pululaban entre los íntimos pasillos, el bar y los comedores; el sonido ambiente se disipaba entre paredes revestidas de tostada madera y el vasto espacio del corredor. Su mesa, para seis personas, se encontraba en un exclusivo comedor donde la luz del sol apenas iluminaba el techo tapizado de pipas de ilustres personajes. En su costado derecho aquella llamativa litografía que estudió con detenimiento lo distrajo del tiempo y la espera de los comensales.

La elegante dama se presentó con un discreto traje sastre marengo, jugando nerviosa con un bolso de tela en sus largas manos enguantadas y una pamela con aplicaciones de plumas, en el intento por ocultar su rostro; pero de inmediato fue reconocida por unas jóvenes, se escabulló siendo guiada por el administrador a quien agradeció y le pidió que los dejara a solas. Lo observó: cabizbajo, mucho más delgado y abstraído; con los dedos de una mano reproducía en esa fina copa con agua una melodía imitando el son del piano Pleyel y con la otra anotando algo en las hojas de un cuaderno. Suspiró, se llevó ambas manos a su rostro anguloso y su mentón enmarañado en una escasa barba de días que le hacían ver como un adulto con alma de niño indefenso. Esa visión conmovió una vez más su corazón maternal. Lo conocía lo suficiente, parecía leer en sus pensamientos con nula posibilidad a equivocarse. Terry, no era feliz.

Eleanor se acercó poco a poco, él no le sintió pese al sonido de sus tacones sobre el piso, entonces carraspeo y logro capturar su atención. Buscó a los demás, no habían llegado, situación que le favorecía para abordar la conversación que tenía pendiente desde hace mucho tiempo. Se levantó y la asistió para sentarse, luego lo hizo él frente a su inspección maternal.

—Madre, ¿va a hablarme o sólo se dedicará a desaprobar mi apariencia? —preguntó sacando su cigarrera.

—No desapruebo tu apariencia, solo que no puedo quedarme impávida ante tu deplorable estado que obedece a tu infelicidad —respondió esperando alguna reacción. Nada. Le arrebató la cigarrera de sus manos y con una caricia arregló su mechón rebelde sobre sus ojos —.Vine porque tú lo has pedido. Aunque no entiendo qué es todo esto.

—La reunión que solicitó mi padre, ya sabe, le preocupa mi futuro —respondió sin mirarla y llamando al camarero.

—¿Desea algo el señor? ¿La señora? —preguntó, sacando su libreta para apuntar.

—Sí, tómele la orden a la señorita Baker, por favor.

—No, no se moleste. Aún no ordenaré nada, muchas gracias —dijo quitándose la pamela y arreglándose las hebras de su rubio cabello.

—De acuerdo —dijo el hombre dejando el menú en manos de Terry.

—Gracias.

Cuando notó que el camarero se alejó, habló.

—Dime. ¿Vas a quedarte así toda la vida? Te conseguí una audición y no te presentaste. ¿Por qué? —reprendió con severidad, pero solo en su tono de voz.

—Ya le dije que no necesito su ayuda en esas materias. De cualquier forma ya conseguí trabajo por mis propios medios —contestó ordenando con una mano su flequillo rebelde.

—¿En serio? —preguntó incrédula.

—Sí, le dije que lo haría. Estoy en la compañía Bennington hace… poco más de un mes —dijo contando mentalmente el tiempo que para él se había detenido.

—Entonces…

—Ya no estoy en las calles, ni me subo a los escenarios de teatros de mala muerte en estado de ebriedad y ya tengo un trabajo estable. ¿No era eso lo que le preocupaba? Ya no tiene un hijo vago que manche su reputación… más todavía.

—Por favor, Terry. ¿Crees que eso me ofende? —preguntó y él, respondió con un movimiento de sus hombros —. Lo que me ofende es tu pasividad para aceptar lo que dice tu padre. ¿Me dirás qué aún continuas con Susana?

—¿Por qué la pregunta?

—Porque no es eso lo que tú realmente quieres.

—Querer o no…¿Realmente usted cree que puedo eludir mi responsabilidad con ella?

—Ya que mencionas "responsabilidad" y no la palabra amor, seré más clara. ¿Qué sucedió con Candy?

Pareciera que el nombrarla fuese como dejar colar una ventisca fría de invierno que en su vida se volvió eterna. Su nombre. Lo había dejado de decir a viva voz cuando creía que la estaba olvidando y ahora secretamente lo pronunciaba. A veces al sol, otras a la luna o a las estrellas que le contaban de romances, amor eterno y que en ocasiones le ahuyentó el sueño. No podía mentirle a su madre, pero haría el esfuerzo. El olvido toma su tiempo, aunque no sea contabilizado en horas o meses. Cuando menos podía hablarle de resignación al destino tan mezquino.

—E - eso… se terminó…—balbuceó con pesar y bajando la mirada al suelo.

—Pero yo creía que…tú…

—¡Muy buenas tardes! —dijo la voz del Duque que irrumpió con su presencia.

Respiró con alivio, no por la presencia que lo inquiría con severidad a él y al recinto, sino que el no tener que responder al interrogatorio de su madre.

—Buenas tardes —saludó Eleanor con una ademán de su cabeza.

—Buenas —respondió escueto, Terry.

—¿Éste es el lugar que has escogido para formalizar tu noviazgo ante sus padres? —preguntó con desdén mientras dejaba que el administrador le ayudara con el abrigo negro y se arreglaba su corbata. Esperó a que se retirara y prosiguió expresando su inconformidad —. Debí imaginar que elegirías algo como esto, debí hacerme cargo yo mismo.

—Siento que no esté a su altura, padre. Pero es lo que puedo pagar —justificó con una reverencia de una de sus manos, como si fuera unas líneas de algún parlamento de una obra.

—Si se trataba de dinero, debiste decirme —alegó quitándose los guantes y dejándolo en la silla contigua.

—Creo que sería prudente que mis futuros suegros sepan desde ya qué puedo ofrecerle a su hija. Nada de falsas expectativas —replicó desafiante.

—Lo haces para molestarme. ¿No es así? —rugió frunciendo el ceño y sus espesas cejas se arremolinaron dándole un aspecto temible.

Eleanor los miró a los dos, tan parecidos e incapaces de llevarse bien aunque fuera por unos minutos.

Terry, estuvo a punto de responder: "No, ya no está entre mis prioridades, de eso bien se encarga su flamante esposa", pero recordó que desde el año pasado no era su esposa y que hace unos meses, estaba solo. Su padre, había quedado viudo y sin hijos al morir la Duquesa Eduviges de Grandchester en un accidente lamentable. No daría golpes bajos y menos con personas fallecidas.

La hostilidad del ambiente era palpable para cualquiera. Terry, no perdía ocasión para fastidiar a su padre con sus ironías y el Duque criticaba cada actuar de su hijo, desaprobando desde sus decisiones hasta su forma de vida. No sería una velada fácil y para colmo recién comenzaba.

—¿No le gusta la carne? Aquí es la especialidad —arremetió otra vez, Terry.

—…

—Cierto, usted prefiere ir a cazarla por sus propios medios, para la próxima lo tendré presente.

—Deja de hablar estupideces. ¡Mocoso desagradecido! —espetó golpeando con un puño la mesa.

—Por favor, caballeros. ¡Basta! No olviden, ninguno de los dos, que estamos en un lugar público. Compórtense —rogó, Eleanor.

La mirada furibunda del Duque sobre su hijo y la intervención de Eleanor apaciguó los ánimos, volviéndolos conscientes de su entorno y tratando de llevar esa velada en paz.

—¿Y tu novia? ¿No ha llegado? ¿No estaba contigo? —interrogó sin parar.

—Es día de semana, acostumbro a trabajar.

—Imagino que vendrá con sus padres, igual hemos llegado antes —acotó Eleanor mirando el reloj del bolsillo de Terry.

—¡Buenas tardes!

La campanuda voz de Lucile de Marlowe les interrumpió, se presentó junto a su esposo Donald y por supuesto, en compañía de la aludida: Susana. De inmediato, Terry se levantó y ayudó a la chica evitando en todo momento la mirada de su madre que observaba cada detalle. Les presentó oficialmente sin esbozar ninguna emoción, como si todo se tratase de un mero trámite más para dejar contentos a todos, menos a él. Ordenaron y el maitre se dirigió al Duque para que aprobara el vino para el almuerzo. Vino francés, aceptado. Todo se dio de manera tranquila, alabando la buena comida y el bajativo con una conversación trivial entre las tres mujeres y los dos varones sobre negocios bursátiles y la guerra que seguía sumando naciones y restando pérdidas humanas. Terry, continuaba en silencio, distante y frío, apenas probó bocado y el postre ni siquiera lo miró.

La señora Lucile insistía en exigir que un periodista publicara en sociales, el compromiso pese a la reticencia de su propia hija.

—¿Por qué no?

—No lo sé…no lo creo necesario —respondió Susana mirando de refilón a Terry notando su ausencia, pese a estar presente de cuerpo, mas no de alma.

—Es necesario que quede claro que estos jóvenes son novios. ¿No lo cree usted, señor Grandchester? —secundó el señor Donald.

—Absolutamente. Yo conozco unos amigos periodistas y sé que estarán encantados de publicar esta noticia —respondió el Duque.

—¡Qué alegría! —exclamó Lucile, aplaudiendo con gran júbilo.

—Y… también pensamos en una fiesta para presentar a la pareja en sociedad —comentó el señor Donald mirando a Terry.

—¿Lo dice en serio? —preguntó Eleanor, completamente sorprendida.

—Sí. ¿Acaso usted no está de acuerdo? —inquirió la mujer con desconfianza.

—El Duque es el señor Richard. No veo la necesidad de presentar a Susana cuando aún no están casados —aclaró mirando a Terry, que parecía no prestar ni la más mínima atención.

—Por ahora, pero con el tiempo, que espero que no sea mucho…

—¡Madre! —reprendió Susana.

—Usted, como madre, comprenderá que no es decente extender un compromiso por toda una eternidad —murmuró cerca de Eleanor —. Y exhibirse por ahí sin sentar cabeza. No es lo adecuado.

—Señora Lucile…

—Dígame Lucy, ya que muy pronto seremos de la misma familia. Yo le diré Ely.

—No, gracias, si no le importa…prefiero mi nombre completo —replicó con cortesía.

—De acuerdo, señorita Baker —respondió más molesta que decepcionada —. Usted no sabe cuánto me alegro que las cosas entre ellos estén saliendo tan bien. Confieso que me preocupaba la salud de Susana después del accidente… pensé que ella… no se recuperaría.

—Me alegra que se haya recuperado…

—No del todo —aclaró de inmediato —. Ella depende mucho de mí, pero por lo menos hoy tuvo ánimo de maquillarse y vestirse hermosa para ser presentada ante ustedes. ¿Cómo se ve?

—Madre, por favor —intervino Susana, avergonzada.

Por fin la mirada indescriptible de Terry recorrió el rostro de la joven. Desde su cabello rubio suelto con ligeras ondas que llegaban por debajo de sus hombros, sus grandes y expresivos ojos celestes y el ligero maquillaje que dejaba sus mejillas rosas. Su vestido de chiffon rosa le otorgaba un aspecto más saludable que lo que vio hace semanas atrás. Le sonrió pero aun sintiendo que se sofocaba y quería huir por un poco de aire.

—Tranquila, Susana. Deje que le explique a la señora Eleanor, ella de seguro comprenderá porque es madre. ¿Cierto? —preguntó la mujer.

—Sí.

—Deje que le cuente que el accidente fue horrible.

La señora Lucile comenzó a hablar sin parar. "¿Cómo olvidar ese momento?" pensó, Eleanor. Se enteró por un anuncio del diario. No pudo hablar con él, solo se fue directo al hospital y con horror supo sobre la delicada condición de Susana. Ella le había salvado la vida a su hijo, de eso le estaría eternamente agradecida. ¿Pero en qué momento él decidió quedarse con Susana? Lo intuía, pero jamás pudo sacarle alguna palabra sobre eso, solo hasta momentos atrás y el Duque les había interrumpido. Lo que vino después se presentaba ante ella como un puzle con piezas faltantes. Supo del abismo en que su hijo había caído y en su intención por ayudar, escribió a Candy para que le fuera a ver. Tenía secretas esperanzas de un reencuentro y ella vino, pero hasta donde entendió fue para despedirse. "¿Él se habría enterado de la presencia de ella?" se preguntó. Su hijo había vuelto a las tablas pero no con la fuerza y pasión que tuvo en algún momento ―el de máximo esplendor de su carrera―, como si en su alma faltase una parte importante para ser el motor de su luz. "¿Cómo ayudarle si lo de él y Candy ya era parte del pasado?", pensó.

Intentó librarse de la conversación pero la mujer insistía en apartarla de los demás comensales, y en su afán por querer reorganizar la vida de su hija, como si no pudiese tomar sus propias decisiones. Susana, se inclinó hacia Terry logrando capturar su atención al tomar el cuaderno que tenía sobre su regazo.

—¿Qué tienes ahí? ―preguntó con curiosidad.

—Nada importante. Sólo son unas anotaciones, parte del libreto —dijo cerrándolo y dejando a un costado.

—Has estado muy callado. ¿Sucede algo?

—Sólo es cansancio, la nueva compañía absorbe mi tiempo y tuve que correr para llegar acá.

—¿Estabas en la compañía?

—Sí.

—Lo siento.

—¿Sientes qué?

—Todo esto… —indicando a su madre que continuaba conversando con Eleanor y su padre con el Duque —. No pude evitarlo y sé que no te agrada.

—Por mí está bien. Tal vez así tu madre se calme —dijo con una sonrisa complaciente.

Susana guardó silencio, no era la respuesta que esperaba, pero tal vez era cosa de tiempo. Eso lo repitió en innumerables ocasiones: "cosa de tiempo". Desde que él terminó el noviazgo con Candy sólo habían pasado un par de meses. Todo era reciente y ahora la relación entre ellos había avanzado al punto del compromiso. No tenía de qué preocuparse; aunque el Duque preguntó sobre fechas posibles de matrimonio, no supo qué decir y le dio la palabra a su novio. Terry, se limitó a anunciar que en un par de meses más saldría de gira con la nueva compañía, entendiendo que deberían esperar. "¿Cuánto más debería esperar?", pensó.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*2 Viajó durante toda la noche en su Roll Royce - Silver Ghost último modelo —conducido por su chofer— y aunque intentó dormir el ajetreo de la ruedas en aquellos caminos empedrados no se lo permitió y solo pudo reclinar por minutos su cabeza. La brisa fresca de la primavera que se avecinaba, alzaba el aroma de las nacientes flores silvestres que le daban la bienvenida a Lakewood y él las recibió como bendición para calmar sus pensamientos. Sonrió ante la fachada de su casa y los recuerdos de infancia feliz. El colorido cerco vegetal escondía el escudo de la familia y al atravesarlo le esperaba una explanada de pasto verde y la conocida estatua de mármol. Arboles en brote, flores coloridas, rosedales y arbustos geométricos fueron desfilando en su ventanilla. Hasta que el chofer se detuvo y le abrió la puerta. Bajó y se estiró. Por fin respiraría por un par de días del acoso de la prensa al que se vio expuesto desde que salió del anonimato. Ahora era un rostro reconocible, invitado a ostentosas fiestas y presentado a jóvenes solteras con esperanzas de llamar su atención; algunos le miraban con reticencia, por considerarlo demasiado "joven" para asumir los negocios y codearse entre los eruditos de más años en temas bursátiles. "Nunca encajaré, pareciera que no soy ni de aquí ni de allá" era lo que lo le comentó a su fiel amigo: George, quien le mantuvo informado de todo lo sucedido en su ausencia. Menos de algo puntual.

Caminó rápido y subió las escaleras de mármol hasta llegar al segundo piso. Al fondo estaba su habitación, se quitó el saco y lo dejó en el taburete de la cama, desabotonó su camisa con dedos agiles. Quería bañarse y dormir por lo menos una hora, y después...

Estaba a punto de pedirle a la servidumbre que llenaran la bañera, cuando entró la tía Elroy, sin anunciarse y como ráfaga invernal. Rato atrás cuando lo vio llegar desde el ventanal de su cuarto, interrumpió su lectura matutina, dispuesta a encarar a su sobrino, se dijo: "Sin preámbulos, sólo hay que comunicárselo".

—Buenos días, tía Elroy —saludó volviendo a vestir la camisa —. Me alegra volver a verle…

—Buenos días, William —respondió con rostro adusto y mirando a un costado.

—Estaba por darme un baño y dormir un poco, pero…

—Eso puede esperar. Yo…no te quitaré mucho tiempo ―balbuceó quedándose de pie.

—Bien. Si es por lo de la fiesta… ya dije que podían hacerla. Por mí no hay problema.

—No, no es eso. Dejamos una conversación pendiente cuando te fuiste.

—¿Si? No lo recuerdo —dijo frunciendo el ceño con gracia.

—Parece que conmigo finges amnesia cuando te conviene.

Sonrió ante la broma, pero al mirar su rostro impasible entendió que no pretendía hacerle reír. Trató de pensar cuál era esa conversación pendiente y sólo recordó el bochorno vivido tras el compromiso que el mismo anuló entre Neil y Candy. Sí, eso fue noticia en varios diarios y fue el reclamo recurrente de los Leegan, pero se repondrían. Se lo repitió muchas veces. Por otro lado, creía que había sido claro con las razones de porqué evitó ese compromiso, por lo menos sonó lo suficientemente convincente para la tía. Si preguntaba más, no sabía qué podía responder, a veces el cansancio le hacía aflorar lo primero que pensaba y eso no era bueno, no cuando tomaba la palabra el corazón.

—Si usted quiere abordar el viejo tema de Neil y el compromiso que yo anulé, no le veo caso. Ya pasó —comentó cruzándose de brazos frente a ella.

—Me impresiona la liviandad con la que hablas de una vergüenza para la familia —espetó sin dejar de batir su abanico.

—Para la familia no, para Neil… tal vez —respondió ocultando su sonrisa con una de sus manos.

—¡Basta! No quiero comenzar una discusión. Sé, para mi decepción, cómo piensas; y tú ya sabes cómo pienso yo.

—Entonces…

—¡No interrumpas! Lo que me trae aquí es que… —titubeó por segundos, pero tomó aire para continuar —. El consejo se ha reunido… y… hemos llegado al acuerdo de que debemos ayudarte a… buscar una buena esposa que esté a la altura de un Andley. Y eso es lo que hicimos. La conocerás dentro de estos días y para que lo sepas, se llama: Isobel Mc Gillivray. ¡No lo olvides! —finalizó con voz de trueno.

Sus celestes ojos se abrieron por el asombro, no podía dar crédito a lo que escuchaba. Parpadeó pensando que tal vez había oído mal o estaba en medio de una pesadilla. La tía abuela lo repitió rápidamente, se fue no sin antes advertirle que no aceptaba negativas porque él tenía responsabilidades que conocía muy bien y que se preparara a conocer a la muchacha. Nada más.

Su mente ralentizó esa información para darle tiempo a reaccionar; lo hizo y se dejó caer con el peso de su incredulidad frente al sitial de su cuarto. El calor del sol de esa primaveral mañana nunca le pareció más frío que ese día.

Todo parecía sacado de un libro, donde los matrimonios eran trámites que decidían los mayores, se patentaban en documentos y en tiempo record. Lo único en que los aludidos se hacían participes, era al momento de probarse el traje, darle la rúbrica al juez del registro y sonreír en la fiesta. ¿Dónde hacia la aparición el amor? Lo desconocía. Nunca escuchó finales felices y sempiternos, no con esos antecedentes. Simplemente imposible.

"¿Y el romance? ¿Cuál?", pensó. Las parejas se conocían a través de fotos o de frías descripciones de terceros y en el momento del enlace apenas se reconocían los semblantes, para en vez de emitir un hola o una declaración de amor verdadera, decirle al sacerdote el sí. Lo demás quedaba ahí. ¿Había algo más? Lo dudaba. Era cierto, aún seguía pasando, pero guardaba la secreta esperanza que esa decisión la tomaría su corazón y no el clan Andley. El clan, aquel grupo de ancianos que siempre dirimieron sobre su vida desde que tenía un año de edad y que lo manejaban desde una oficina como si fuera un simple guiñol. Lo había aceptado porque miles de personas y familias dependían de los buenos negocios de los Andley, porque fue el patrimonio y el legado de sus padres; pero la verdad que toda esa responsabilidad le estaba asfixiando poco a poco y prometía sepultar su felicidad.

—¡Señor, Albert! —llamó por tercera vez su amigo desde la puerta y éste lo miró con sus ojos nublados —. ¿Puedo pasar?

—Sí, por supuesto.

—¿Ya se lo dijo su tía? —preguntó preocupado.

—¿Lo del compromiso? Sí…

—Pensé que no se lo diría hoy.

—¿Tú ya lo sabías y no me lo has dicho?, pero… ¡por qué! —exclamó levantándose del sitial y viendo hacia el jardín.

Irritado ante lo que él creía como una traición, por lo menos su amigo pudo advertirle para estar preparado.

—Me enteré esta mañana y cuando le vi llegar pensaba en cómo decírselo… —explicó y le creyó.

—Esto no me puede estar pasando. Hace muy poco que he recobrado la memoria, me he alejado para reordenar mi vida y… ¿Por qué hacen esto? —preguntó volviéndose a sentar y escondiendo su cabeza entre sus manos.

—Usted está a cargo de un clan muy importante y… ya lo sabe lo consideran demasiado joven para asumir cargos que creen que no dominará —explicó apesadumbrado.

—Eso es absurdo. He tomado decisiones más arriesgadas teniendo 18 años y ahora tengo 24 años. ¿Cuál es el problema? Es la inteligencia lo que debe contar y no mi edad —argumentó seguro de sí mismo y sus habilidades comerciales.

—Lo sé, usted ya sabe que no es lo que yo pienso, sino que lo que ellos piensan y de acuerdo a eso son las decisiones que toman.

—¡Qué estupidez! ¿Y qué tiene que ver la prometida que me buscaron, con la madurez que ellos esperan que tenga? —preguntó irritado.

—Es parte de la "imagen estética" de los hombres de negocios. La mayoría de los inversionistas tienen un estatus, esposas, hijos y… digamos que usted no encajaba con ellos —argumentó su amigo.

—¿Ves? Es lo que te decía. ¡No encajo! Ni aquí ni allá. ¡En ninguna parte! ¿Es que nunca podré desligarme de ésta maldición que significa ser un Andley? La amnesia se marchó y con eso mi felicidad. ¿Cómo me desligo de esto? ¿Muriendo tal vez? —reclamó con desesperación.

—No diga eso, señor.

—¡Lo digo! Es más ¡lo grito! Detesto esta vida —exclamó iracundo.

—Señor, necesita tener la mente fría para solucionar esto…

—¿Y crees que hallaré solución?

—…

Guardó silencio. Conocía los chantajes emocionales de la señora Elroy; sin embargo eso no estaba funcionando con Albert, pero ahora… él debería lidiar con todo el clan y sus razones. Era una carga demasiado pesada.

—¿Sabes, George? Quisiera contarte que hoy estaba feliz, me sentía en paz conmigo… porque… había tomado una decisión...había tomado el valor para… —musitó con gran pesar, pero decidió callar —. Nada en verdad… Nada.

George, lo conocía desde hace años, lo vio crecer y conocía ese rostro afligido y acorralado. No, no era necesario que le contara con detalles lo que había en ese solitario corazón, porque desde hace un tiempo que ya no era solitario. Ya lo sabía. Hizo su mejor esfuerzo por cumplir con obligaciones que no compartía y aún así le seguían imponiendo reglas y condiciones de las que no tenía escapatoria. La encrucijada, esta vez, no tenía salida. Apoyó su mano en su hombro en señal de apoyo silente.

Albert, suspiró y pensó en que la única pausa que le otorgó la vida y que le permitió vivir con libertad fue cuando no tenía memoria. Pareciera que nació en la familia equivocada, fue lo que muchas veces le confidenció a su amigo en su total desconsuelo. Sus pies se agitaban inquietos ante la tentativa de querer correr. Huir, tal vez… donde fuera un perfecto don nadie.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*3 La brisa perfumada de la tarde colaba los rayos del sol por la espesa floresta que admiraron en silencio. Era primera vez que conocía dónde vivía y ante su pregunta le respondió: "Es el palacio de una princesa, era lo que siempre soñaste y estoy feliz por ti", terminando con un fraternal abrazo. La joven, le agradeció sus palabras, visita y su larga plática tomando sus manos y con ojos cristalinos le murmuró con voz emotiva "Te extrañaré". Se sentaron en un escaño, el solemne bamboleo de pétalos de azahar que viajaron despedidos del árbol y que coronó sus cabellos las hizo reír. Eran dos princesas, dos amigas y hermanas. Una de largos cabellos nocturnos, caminar sutil y femenino entre vestidos de alta costura y joyas exclusivas; toda una señorita de alcurnia: Annie Britter. La otra joven, de largos y luminosos cabellos de sol, grandes ojos de pradera, sus pecas que amenazaban con desaparecer de su nívea piel pero que siempre le dieron un aire angelical, pese a la sencillez de su traje sastre: Candice White.

—No tienes que estar preocupada —pidió jugando con sus manos y sonriéndole.

—Lo estaré, no podré verte seguido.

—Solo me voy a otra ciudad.

—Pero está bastante lejos de Chicago.

—Es donde conseguí un buen trabajo y quien sabe la oportunidad de estudiar más —dijo con optimismo.

—¿Y tiene que ser allá? —preguntó compungida.

—Annie. Tendrás cartas seguidas de mí.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —dijo alzando su mano y llevándola al corazón. Promesa de dos hermanas.

—Me preocupa que vivas sola y en una ciudad desconocida.

—Lo será en un comienzo, pero con el tiempo…

Annie, la observó, dudando si debía abordar el tema o no. Tenía serias dudas en relación a su determinación y al comportamiento que demostró desde hace un tiempo. Caminaron hacia la mansión siguiendo la ruta de gravilla y se fueron recogiendo flores silvestres. No pudo aguantar sus ganas por encararla y sin preámbulos se lo dijo:

—¿Lo haces porque quieres estar lo más lejos posible de Terry? Dime, ¿es que has pensado en buscarle?

Se detuvo en seco y la miró.

—No, no es eso. La relación con Terry…Eso…ya se… acabó —respondió arreglando las flores que llevaba en sus manos.

—Eso es lo que dices, pero… entonces no entiendo. Primero renunciar al apellido Andley y lo has conseguido, pese a lo que piensa Albert. Luego, decides dejar la clínica en la que trabajabas y ahora quieres irte tan lejos.

—Solo estoy buscando una nueva oportunidad en mi carrera.

—¿No estarás huyendo?

—¿Huir? Pero de qué…

—No lo sé, dímelo tú —dijo y no apartó la mirada de ella.

La palabra no le parecía descabellada cuando lo pensaba en esas interminables noches, pero de labios de Annie sonaba radical y tan acertada. Debía responderle o estaría mirándola así toda la tarde.

—No, no estoy huyendo.

—¿Y Albert? —preguntó sin rodeos.

—Qué… qué… con Albert…—balbuceó, Candy. Levantó la vista asombrada por la pregunta.

—Que si se lo comunicaste a Albert —rectificó, Annie.

—Le he liberado de toda responsabilidad y se lo escribí… en una carta.

—¿Se lo escribiste? ¿Realmente crees que él se conformará con esa respuesta?

—No lo sé, pero no es justo buscarle más problemas con la tía abuela.

Al llegar a la curva, en las afueras de la mansión de los Britter, la bocina del auto las interrumpió. Ambas jóvenes le reconocieron de inmediato y sonrieron. Él las divisó y orilló el auto para bajarse a saludarles. Caminó con ansiedad, sonrió con melancolía en sus ojos celestes y ordenó en un acto de coquetería tan usual su camisa y su cabello rubio. Al tenerla frente la abrazó avergonzando a Candy, por su efusividad, momento que ella aprovechó para hacer una señal a su amiga de guardar silencio ante su partida. Antes que pudieran hablar, hizo un ademán con la mano, se acercó otro elegante automóvil rojo cereza conducido por el chofer de los Cornwell.

—¿Qué es eso, Archie?

—Un Roll Royce.

—Lindo auto.

—Es tuyo, Candy —dijo batiendo las llaves frente a ella.

—¡¿Qué?! —dijeron ambas chicas.

—El tío abuelo William Andley, te lo regala.

—Albert…

—Me lo dejó encargado antes de irse de viaje, pero como he estado ocupado no había podido traerlo, ahora que me enteré que estarías con Annie. Lo traje hasta acá. Voilá —dijo abriendo la puerta del piloto e invitándola a conocer su nuevo auto.

—Pero… ¿Qué voy a hacer con un auto? —dijo Candy, acercándose a mirar el auto.

—Conducirlo.

—No lo puedo aceptar, ya no soy una Andley —aseguró entregándole las llaves a Archie.

—No, pero si los Andley nos damos esos permisos para hacer ese tipo de obsequios a buenas amigas. ¿Qué hay de malo? —respondió rechazando la devolución de las llaves.

Annie le dirigió una mirada de reproche y él sonrió siendo más claro:

—Bueno, hablo por Albert…—aclaró con una adorable sonrisa a su novia.

—Lo que hay de malo es que si la tía abuela se entera… ¿Cómo justificará el gasto?

—Albert, sabía que dirías algo como eso. Es increíble cómo te conoce bien. ¿No? Me dijo que dirías que no lo aceptabas porque es muy ostentoso. Dime, ¿de verdad lo pensaste?

Candy bajó los ojos al suelo. ¿Era tan fácil saber lo que pensaba y hasta lo que diría ante Albert?

—Tranquila, este auto no es nuevo —aclaró Archie.

—¿No? Pues a mí me lo parece, se ve impecable —dijo Annie mirando los asientos. Podía hasta oler el aroma del cuero.

—Por supuesto que no. Ja, ja, ja. Como son mujeres no saben que las marcas de los autos sacan modelos cada cierto tiempo —la mirada de las dos chicas acabó con su radiante sonrisa —. Bueno, es que no tienen por qué saberlo. ¿No?

—Claro que no.

—Entonces, les explico: este auto es uno de los modelos Silver Ghost Alpine y como nadie lo usa, duerme en la cochera en Lakewood. Albert considera que te puede servir. Además si se fijan los Roll Royce son autos ingleses, y son bastante elegantes, además le llaman fantasmales por lo silenciosos y esto se debe a que…Por favor, acérquense les mostraré el motor de 6 cilindros y como funciona. Tienen una potencia que supera…

Archie las obligó a que miraran las descripciones que detallaba. Su explicación fue extensa y bastante detallada, era evidente que el joven tenía una gran pasión por los automóviles de lujo. Formuló preguntas, pero por supuesto, como ninguna de las dos comprendió lo que decía, las respuestas fueron desacertadas, pero las disculpó. Candy, todavía dudaba si aceptarlo sería lo indicado, con un auto con esas descripciones y belleza era imposible pasar desapercibida, eso era lo que buscaba al marcharse a otra ciudad.

—Candy, acéptalo. Te servirá —instó su amiga.

—Pero es que ni sé conducir.

—¡No hay problema! Yo te enseño. ¿No te quedarás un par de días en casa de Annie?

—Sí.

—Entonces no se hable más. Ven, sube —dijo Archie abriendo la puerta del piloto para que subiera.

—Pero… ¿Ahora?

—Sí, por supuesto, es muy sencillo. Si tienes un buen profesor, aprenderás rápido —comentó mientras él le abría la puerta a Annie para que subiera atrás y él ocupaba el asiento del copiloto.

Sencillo, para quien conocía al detalle las descripciones de un auto. Difícil, para alguien que siempre se adjudicó el apodo de "Torpe". La verdad que nunca se había detenido a conocer un automóvil, solo viajaba en él, así que fue más complejo de lo que su amable amigo creía. Tuvo que repetirle en más de una oportunidad donde estaban las partes esenciales para salir vivo de una lección como esa. Así que antes de que arrollaran a una indefensa vaca que salió en el camino, Archie, intervino desviando la dirección justo a tiempo. El llanto inconsolable de Annie, fue el motivo para aplazar la clase práctica y le aseguró que lo mejor era explicarle la parte teórica. Tenía días para enseñarle y eso haría.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*4El compás de sus tacones en el suelo eran la evidencia de su inquietud, la larga espera y de que sus sueños pendían de un sí o un no. Miró en más de una ocasión por la ventana de su cuarto. Nada. Sintió el carruaje y corrió a ver, pero se trataba de su padre. Contó los minutos en ese reloj de ormulú y se estaba tardando.

Intentó volver a la lectura y de la mano del ruso Tolstói: "La guerra y la paz" recomendación de una amiga. Recién llevaba unas cuantas páginas del soporífero primer tomo, pero debía reconocer que lo único que despertó su curiosidad de la vida de familias rusas inmersas en guerras napoleónicas, fue la aparición de Pierre, el hijo ilegitimo de un Conde. "Deja Vu", musitó y apareció en sus pensamientos la imagen de aquel inglés del San Pablo, Terruce Grandchester llevando de las riendas a su caballo, como solía hacerlo en aquel entonces: alto y con un cuerpo muy bien proporcionado que con su andar pausado e indiferente congelaba los suspiros de las féminas, sus ojos como dos zafiros en aquellas pobladas cejas enmarcaban su mirada atractiva e inescrutable, de su camisa desabrochada centímetros de piel que rogaban por una caricia y largo cabello negro que parecía perfumar de masculinidad el viento. "Dios, ¿qué será de su vida? Cómo me hubiese gustado ser partícipe de tus sueños…o por qué no, cumplirlos…" pensó. Mientras fantaseaba despierta en cuál de los personajes femeninos sería ella, sintió el golpe de la puerta de alguien anunciándose. "¡La convencí!" fue la exclamación de su madre y que estuvo esperando con ansias desde que la vio salir temprano. Hizo un trabajo de joyería y no pudo contener su alegría, corrió, gritó y saltó hasta cansarse. "Siempre consigo lo que quiero" dijo con voz saturada de risa, pero de repente pensó en alguien o tal vez en un pero y su madre que conocía sus más recónditos pensamientos sonrió y negó con la cabeza agregando: "No hay restricciones, ni peros. Él, también accedió". Volvió a explotar en júbilo, desechando sus temores: no hubo peros, ni la excusa de "la aburrida gran guerra" como la tildó y tampoco era una fiesta ridícula para juntar donativos a los soldados del frente. Ya tenía la lista de invitados en su diario donde, en último minuto, emborronó un nombre en particular. Ahora, sólo le restaría transcribirlo a su madre. Con un suspiro se dejó caer en su cama soñando cómo sería esa apoteósica fiesta de cumpleaños. Su cumpleaños número 18.

—¿Y has pensado como quieres la fiesta?

—Sí —sonrió en silencio y dijo—. Quiero una fiesta como si fuese un carnaval veneciano.

—¿Qué? pero, hija. ¿Entiendes lo que era un carnaval veneciano? Creo que los aristócratas llevaban esas mascaras para poder inmiscuirse en fiestas con la gente de… pueblo —musitó lo último con un mueca de asco —. Y lo hacían para no ser vistos por quienes les conocieran. No, no me parece.

—Pero a mí me gustaría llevar antifaz.

—No creo que la tía abuela quiera más escándalos. No accederá a ese tipo de fiestas. Pensemos en algo mejor —sugirió su madre.

—Mhhh. Entonces que sólo se limite a llevar antifaz. El mío debe tener zafiros y diamantes en este sector —sugirió, colocándose frente al espejo de su emperatriz e indicó el contorno de sus ojos.

Todo estuvo preparándose por semanas y gracias a la ayuda de la tía abuela Elroy, sin dudas sería la fiesta más comentada de la sociedad de Chicago y se atrevía a decir que en todo Estados Unidos. Se llevaría a cabo en Lakewood, contaría con la presencia de grandes invitados extranjeros y terratenientes de distintas regiones. Si tenía suerte —y sí, la suerte era su secreta aliada— encontraría un pretendiente a su altura y quién sabe su hermano también. De esa manera la familia dejaría atrás el bochornoso escándalo que provocó esa "estúpida prometida" de Neil, que ya ni quería nombrar.

Los arreglos y el desfile de personas que se ocuparon de cada detalle lo observó desde el cómodo sofá cleopatra de la terraza. Su dulce fiestecita de 18 años estaba en excelentes profesionales franceses y ellos sí que conocían el arte del buen gusto. En pocos días el jardín se reestructuró completo, hermosos jarrones Delft y estatuas de marfil europeo decoraron la sala, cambiaron unas lámparas chandelier en lo que sería el salón de baile y dio órdenes de donde quería unas esculturas de hierro. Las flores no le parecían, olían a cementerio y ella había pedido rosas cuya fragancia deambulara en libertad desde el jardín principal hasta la pista de baile, también exigió una senda de pétalos sobre una alfombra roja que tuviera su nombre bordado en hilos de plata y faroles con velas perfumadas que indicara el camino de entrada. La música por supuesto que no estaba en discusión, debía ocupar cada rincón de la mansión, invitar hasta a los colibríes a danzar y llenar los espacios vacíos de metros a la redonda y para eso contrataron a la filarmónica de Chicago.

Ese día llegó, desde muy temprano comenzó con un ritual de belleza y acababa de darse un baño de pétalos de rosas que perfumaron su piel. Frente a sus ojos marrones y extendido en su cama estaba el costoso vestido elaborado por Poiret. Seda, gasa en tonalidades beige, el contraste perfecto para su piel de arenas del Sahara, el tocado de pedrería coronando su cabello castaño cobrizo y sus zapatos de hebilla e incrustaciones haciendo el juego perfecto. Un diseño: innovador, exclusivo y… extraño, pero sin duda, sería envidiada. Volvió la mirada al espejo de su cuarto, repasó su delicado maquillaje y giró feliz, al ver cómo la dieta a la que se sometió esos días surtió efecto y se reflejaba en esa esplendida figura.

Podía oír desde su cuarto a la filarmónica tocar las primeras partituras que tenían en el repertorio: Bach, Mozart, Strauss, Pachelbel, etc. Los invitados llevaban un discreto antifaz que se les otorgó, el de ella llevaba una pluma de ganso y destellos azules semejando unos zafiros como esas fiestas en Venecia que tanto extrañaba. Bajó las escaleras con garbo y del brazo de su padre, siendo aplaudida. Sonrió a sus invitados y se marchó con sus amigas, deambuló como esbelta mariposa entre mesa y mesa. La fiesta se llevó a cabo como esperaba sin inconvenientes, animada y con sonrientes invitados. El banquete fue de toda su aprobación y alabado por una familia de alcurnia con la que su madre siempre soñó con codearse, prometiendo visitas. Todo iba bien hasta que su mirada se fijó en una chica que no llevaba antifaz, era una compañera del colegio que no esperaba ver, estaba segura de no haberla invitado ya que le desagradaba y mucho. Despampanante, pelirroja, de generosas y bien delimitadas curvas y con ese andar de cisne en medio de un lago refulgente; por supuesto no esquivó las miradas masculinas.

—Feliz cumpleaños —saludó extendiéndole un regalo.

—Qué haces aquí yo no te inv…

Se quedó asombrada al verla agitar la invitación en su rostro. Le llegó como una bofetada y la inspeccionó, todavía tenía su nombre impresa. Esa era una invitación especial que sabía muy bien a quien se la había enviado. "¿Por qué la tenia ella?" se preguntó. Su mente repasó en su atuendo descarado y provocativo, podría ser…. pero eso era imposible. No.

—Él consideró que podíamos venir, pero tuvo un imprevisto así que decidió que viniera yo y te diera esto. Un regalo. Recíbelo querida, te aseguro que te encantara —insistió con esa sorna en sus labios carmesí.

—Eso es imposible, él no te daría la invitación a ti.

—¿Por qué no? ¿No me has mirado bien? —preguntó y giró frente a ella.

—Estúpida… —insultó con arrogancia e ira contenida.

—Soy de su gusto… te lo puedo asegurar —respondió con un descaro que la apabulló.

—¿Entonces vino contigo? ¿Dónde está?

—Tienes problemas para comprender lo que te dicen, no me sorprende —dijo colocándose el antifaz dorado y marchándose para disfrutar de la fiesta.

Iba a responder, pero prefirió albergar la esperanza de que sí vino y solo quiso ver su reacción desde algún ángulo de la fiesta. No sería nada nuevo en él y sus ánimos de molestarla. Le buscó entre el tumulto de rostros nuevos y cuando lo encontrara le haría las preguntas de rigor, además de alegarle por ese atrevimiento. Se quitó el antifaz para que pudiera reconocerle, pero no lo hallaba. Debía cambiar su semblante, porque los invitados le reconocían y notaban su dejo de tristeza y preocupación. Recorrió el jardín con una sonrisa en los labios y llegó con discreción a un costado de la fiesta, cerca de la estatua de hielo estaban los regalos que repletaban dos extensas mesas. Esperó. Sonrió ante la curiosidad por hurgar en ellos, como niña en Navidad, pero no era prudente hacerlo frente a los invitados. Sintió el carraspeo a sus espaldas y volteó para tener frente a ella un impecable rostro conocido. Repasó en lo distinto que se veía, ya que vestía: un traje sastre monocolor gris oscuro que se ajustaba a su silueta varonil, camisa blanca que destacaban su piel dorada, un chaleco cruzado y un corbatón de seda. Cuando se encontró con el cielo que eran sus ojos, desvió la mirada a otra parte. Todavía recordaba cómo le había tratado en el pasado, cuando no conocía su identidad y eso la avergonzó.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—¿Estás disfrutando de tu fiesta?

—Sí, está a mi altura.

—Ya lo creo —dijo con una media sonrisa y recorrió con sus ojos el entorno.

—Mañana volverá todo a como estaba antes, no se preocupe —aclaró de inmediato.

—Lo sé. ¿Contenta con los regalos? —preguntó indicándolos con un gesto de su mano.

—No los he abierto, pero supongo.

—¿Todavía estás enfadada? —preguntó con sus manos en el pantalón.

—…

—No me agrada que me sigas mirando de esa manera.

—¿Cuál manera?

—Con rabia, reticencia… No lo sé.

Ella subió sus ojos castaños hasta mirarlo y se mordió el labio, pero no pudo contenerse de decir lo que pensaba y así lo hizo.

—Se la pasó una vida completa mintiendo e hirió los sentimientos de mi hermano, todo por culpa de esa maldita huérfana hija de…

—Eh, eh, eh. Mide tus palabras, las señoritas no maldicen ni se expresan de manera tan vulgar. No es propio… —reprendió con tono severo.

Sin dudas disfrutaba de ese momento, reprenderla y que ella guardara silencio. No tenía precio.

—La defiende así, que no tengo mucho más que decir —replicó cruzándose de brazos y respingando la nariz.

—Entiende esto: estoy de parte de lo que considero justo. Si te midieras en lo que dices y cómo lo dices…—hizo una pausa al percatarse que sus palabras no eran comprendidas por ella. Tiempo perdido —. Por lo demás no es nada personal ni contra ti ni con tu hermano.

—¿Debería creerle? No. No es necesario que se justifique con argumentos inválidos para mí y mi familia.

—No estoy justificándome.

—Sé que no lo haría, no soy ella. ¿No?

—No sé qué quieres decir —respondió y comprendió que debió quedarse callado —. Creo que mejor sería irme. Buenas noches.

—Sabe muy bien a lo que me refiero… Yo…tengo mis dudas, pero ésas se despejarán. Téngalo por seguro. Mientras puede huir, como es su costumbre.

Albert que estaba a punto de marcharse se volteó para mirarla. Ella solía ser así, pareciera que esperaba el momento para destilar su ira o veneno, de inmediato se arrepintió de haberle buscado conversación. No, no iba a responder a esa provocación, pero prefirió decirle algo más que tenía muy bien guardado por considerar que no era de su incumbencia. Lo diría, así sabría que él aún mandaba en esa mansión y que nada escapaba de sus ojos.

—Afuera hay un joven que está pensando si entra o no a la fiesta.

—¿Quién? ¡¿Terry?! —exclamó con ilusión.

—¿Terry? ¿Grandchester? ¿Por qué él vendría a tu fiesta? No me digas que le has enviado una invitación.

—S…sí —balbuceó complicada, aunque no era la única e inquirió en el semblante de él —. Ahora soy yo la que formula la misma pregunta. ¿Por qué esa cara?—preguntó sin apartar la mirada.

—Él está comprometido…con Susana Marlowe. Es… por eso…

—Já. Le envié una invitación a una fiesta, no le pedí matrimonio.

Un largo e incómodo silencio. Buscó algún gesto para saber cómo interpretar su respuesta, a ella le pareció una violenta aseveración y fue como si estuviese restringiendo el paso a ciertas visitas. "¿Sería eso?", pensó. Deseó tener la facultad de interpretar gestos o mejor aún leer mentes para saber qué pensamientos navegaban en esa cabeza inescrutable a sus ojos. De seguro tendría respuestas interesantes.

—¿Y? ¿Usted le tiene prohibido entrar acá? No entiendo —preguntó nuevamente.

—No, por supuesto que no.

—¿Entonces?

—Siento decepcionarte pero…No, no era él.

—¿Y entonces quién?

—Insisto. Deberías ir a buscar a ese joven, porque hasta donde sé, le conoces y bastante bien. Te he visto con él por los jardines hace unos días atrás —murmuró lo último para que los invitados que estaban cerca no le oyeran.

—¡¿Qué?! —exclamó abriendo los ojos con gran asombro. Sintió como le ardía la cara.

—No te preocupes, por mi parte no diré lo que vi. Suelo ser bastante discreto con la vida de otras personas. Conozco la palabra privacidad y la respeto —dijo en voz baja.

—No sé qué es lo que usted se habrá imaginado, pero déjeme que le aclare que está usted en un error.

—¿Error? Reitero… no diré nada a tu madre. De seguro le vendría un ataque —dijo divertido con su rostro y alejándose de la fiesta.

No podía creer lo que estaba escuchando. Aquellas insinuaciones sobre su honra y reputación que dejaban a segundas interpretaciones. No, ella no era ninguna joven disoluta y por suerte nadie le escuchó. Se marchó rauda a la entrada de la mansión. Lo buscó con la mirada y de manera repentina lo vio aparecer ante sus ojos, no supo descifrar por qué ese brinco en su corazón. Debía ser el susto que se llevo al verlo salir de los arbustos como un delincuente. Eso era. Le vio con esos ojos pequeños de luceros invernales, su sonrisa inocente, esa camisa y ese traje tipo chaqué, ante sus conocimientos eruditos de la moda no calificaba.

—¿Qué parte del no te quiero ver más no entendiste? —espetó cruzándose de brazos.

—Pero…

—¡Pero nada! ―dijo alejándolo de la reja y llevándolo de la solapa tras un árbol ―. Si dices respetarme, no debiste venir. No estás en mi lista de invitados y ya te han visto, eso me pone en aprietos.

—Te traje un regalo.

—¿Un regalo? Dámelo y márchate. Dentro de un rato, cantaran mi cumpleaños y vendrá el pastel…

—Toma ―dijo entregándole en sus manos su obsequio.

—¿Qué es esto? —preguntó viendo una pequeña cajita.

—Tu regalo.

—No puedo creerlo. Como sea…ya vete —pidió enrolando los ojos en blanco y empujándole para que se marchara.

Corrió al centro de la fiesta a seguir disfrutando de cómo excelsos y honorables hijos de terratenientes curioseaban en su atuendo, reparaban en su belleza. Muy pronto tendría que escoger un novio y eso fue lo que pidió al apagar las velas de su pastel ante la ovación de todos. Bailó tanto que le dolieron sus delicados pies, conoció gente nueva y se divirtió mucho. Al día siguiente en los diarios locales los expertos la catalogaban como la fiesta más refinada y comentada de los últimos meses. Abrió sus regalos por horas y todos eran tan finos y dedicados: un tocador portátil de cuero, una lámpara Tiffany, dos juegos de ajedrez chinos de marfil, unos cuantos libros, 7 sombreros, un abanico con plumas de ñandú, un hermoso cofre en bronce ormulú, dos gargantillas de oro, un anillo y zarcillos de diamantes, etc. No sabía cuál usaría primero; pero el que estaba por sobre todos era el regalo que le entregó su padre al final de la fiesta, ante el rostro asombrado de sus amistades: un Roll Royce último modelo que moría por probar.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*5 Tenía sueños que esbozó en su cama la noche anterior y durmió con esa sonrisa prometiendo que desde mañana sus ideas ya no serían un sueño, iría por lo menos a tantearlos y decidiría. ¿Qué había después de eso? No lo sabía. Cuando menos tenía juventud, sentía su corazón latir fuerte en su pecho, quería vivir y sentir la libertad no solo en la brisa arremolinando sus cabellos, sino que en sus venas. Sí, lo que haría era: Huir.

Ése sería un buen día, soleado, con un cielo perfecto y rectificó su promesa a la libertad. Salió en silencio, con temor al ruido que pudiese evidenciar su intención y sin que nadie lo notara, tomó las llaves de su llamativo Roll Royce. Conduciría con la velocidad de sus pensamientos, con la prisa por desenmarañar la razón de sus desvelos. Tomar valor o dejarlo todo atrás, eran las alternativas cuando pensó en ese ahogo inexplicable que no podía descifrar. A veces su mente era tan compleja.

Llevaba muchos kilómetros recorridos y sin rumbo exacto, a veces silbando, otras conversando con la nada. Aceleró al máximo y llegó a una bifurcación. ¿Quién le guiaba? No lo sabía, no llevaba mapa.

¿Derecha o izquierda?

Dejándose guiar por el destino, por aquellas señales que iba interpretando en la hierba que se mecía, en aquellas gaviotas que suspendían sus alas para viajar al antojo del viento demarcando el norte, en esa mariposa que voló con gracia frente a sus ojos y la brisa que le silbaba a favor.

Decidió, izquierda.

Aceleró al máximo. La luz del ocaso que hace mucho no observaba y que por 6 segundos o más contempló con nostalgia; al volver la vista al frente, todo fueron segundos, su fuerza se marchó… y no pudo con el volante.

Continuará…


Lista de música:

*1 Wise up – Aimee Mann

*2 She - Bernward Koch.

*3 To go Beyond – Enya

*4 Elysa - Helen Jane Long

*5 Wait – M83

Notas de autor: aquí les dejo el primer capítulo y ya se va entendiendo un poco la historia, eso espero. El poema del prólogo y el del comienzo de este capítulo es de mi autoría.

Este fanfic fue redactado en el 2008 y no pude presentarlo en la GF de aquel año. Comenzó como un sencillo minific con un solo personaje como eje central y con el tiempo clamaba volverse más extenso. Estuvo ahí guardado, olvidado, perdido por esa abominable pc arcaica que tenía y me lo rescataron para que viera la luz y así poder compartirlo con ustedes.

Sería ideal que escucharan los temas que detallo en la lista de música, porque muchos de ellos son los que escuché o considero que representan lo que escribo; pero entiendo que a veces ustedes leen en circunstancias que no ameritan darse ese lujo. De cualquier forma le pediré a Mayosiete que lo postee los enlaces en la página de FB.

Y sobre el tema de los comentarios. ¿Los leo? Me preguntaron unas chicas. Sí, lo leo todo y en la medida que puedo respondo. Si les apena dar su opinión, como me dijeron algunas personas me reservo sus niksque además me confesaron que les intimidaba. ¿En serio? Changos, ahora soy yo la intimidada. Si es así sus comentarios pueden enviarlos en privado por acá, pero entiendo que para eso deben estar registrados.

Gracias por leer.

Ladyzafiro