Ninguno de los personajes me pertenece, todos son creación y propiedad de Sunrise.
5 de agosto de 1945 — 07:30 hrs
Había tomado la costumbre de atarse el pelo en un moño estilizado. Su edad le requería un cuidado distinto, una visión delicada y femenina cuando la propia naturaleza decaía lenta pero inexorablemente. A pesar de las ojeras y la preocupación que había marcado arrugas en su rostro, intentaba mantener ese semblante tranquilo cada día, era la única manera de seguir enl control.
Tener el poder radicaba bastante en aparentarlo.
Pero la verdad de las cosas es que estaba preocupada, cansada. Dos guerras eran demasiadas para vivir en una sola vida. Más aún cuando su otra mitad seguía allá fuera, cumpliendo su deber con el imperio, ese imperio decadente y roto, debilitado, cruel, fustigado por la muerte, la destrucción, las enfermedades y el hambre. Apretó un puño sin darse cuenta, las vueltas del karma los ponían a todos en una situación muy comprometida, justos y pecadores por igual. Después de todo, la guerra no hacía distinciones, tampoco la muerte. Y Natsuki insiste en mantenerse delante del todo, dar el ejemplo… acarició el anillo en su mano izquierda, el único realmente importante. Esperaba que volviera pronto, esperaba que se acabase pronto.
Era una ilusión seguir la batalla, estaba perdida. Todos lo sabían o caminaban hacia esa realización. Los sacrificios de vidas jóvenes solo habían acrecentado el dolor y la pérdida. La muerte se ensañaba con todas las familias, masticaba ese dolor con suavidad, con gusto, a placer. En tiempos de guerra se transformaba en una criatura omnipotente y omnipresente, ubicada en el alma de todos, en las pesadillas de la humanidad. Sonriendo y masticando, rompiendo huesos y almas, parando corazones y sorbiendo sangre sin descanso. En un ciclo eterno que tomaba fuerzas por cada día que pasaba.
Tenía mucho miedo, tanto que no era capaz de reconocérselo a sí misma.
Observó por la ventana abierta, el sol de verano iniciaba su ascenso por el cielo, dispuesto a quemar todo lo que se interpusiera en su camino, algunas nubes prodigaban una sombra pasajera. Ante él, la ciudad de Tokio, diezmada por los bombardeos incesantes y una manta de miedo colectivo que la envolvía, empezaba su bullicio matinal. A pesar del pavor que detonaban las alarmas antiaviones y las lluvias de bombas que habían llegado a desplazar las lluvias reales, la actividad seguía desarrollándose fervientemente, las casas dañadas se reconstruían con terquedad, los ríos corrían alegremente y los sistemas públicos se esforzaban en ofrecer algún tipo de cotidianidad, de rutina tranquilizadora a la cual apegarse. Se habían trasladado a Tokio hacía 20 años, cuando se hizo claro que necesitaban estar más cerca de los grandes negocios y los tratos internacionales. El cambio había sido una decisión en conjunto, pero aún extrañaba, luego de todos esos años, despertar en su hogar, al jardín que la había recibido de niña, que la había observado de adolescente y acogido de adulta. Seguían poseyendo la casa y cada cierto tiempo viajaban a ella con el objeto de pasar unos días tranquilos, alejadas del mundo frenético.
Ahora se hacía extraño pensar en unos días tranquilos. Se giró, el tocador estaba en su habitación, la cama, la mayor atracción del dormitorio, estaba solo desarmada de un lado, Natsuki no había regresado. Una llamada telefónica rápida le había quitado sus preocupaciones más terribles, pero con los tiempos que corrían y la línea de trabajo de su morena, solo podía sentirse angustiada. Su sueño había sido agitado y liviano, plagado de pesadillas que solo replicaban el horror que se veía día a día en el mundo. Una taza de té verde la esperaba en el comedor, seguramente, junto a su hijo que solía despertarse más temprano de lo necesario para hacer sus ejercicios matutinos —una costumbre que tenía desde que su otra madre lo levantara temprano cada mañana para enseñarle ejercicios de combate y técnicas con la espada— y luego dirigirse a la universidad.
La adopción de Reito había sido muy compleja, al borde de lo que se podía considerar legal, un período turbulento iniciado poco después de su mudanza a Tokio. Pero no se arrepentían, el joven había crecido para llenarlas de orgullo, para reafirmar el sentimiento de hogar. Aunque a veces era otra preocupación más a tener en cuenta. Terminó de arreglarse y trató de componer su rostro más sereno, al menos por su hijo debía ser fuerte. Como esperaba, el joven estaba sentado consumiendo su desayuno, leía el periódico con interés a la vez que se llevaba un bocado de arroz con un gesto cientos de veces ensayado. Levantó la vista al escucharla y le dedicó los buenos días. Sus ojos ámbar eran el contraste que siempre desataba la pregunta, en ocasiones se parecía muy poco a sus "padres" decían, algunos de sus rasgos eran distintos decían.
—«¿Usted cree? Mi familia dice que soy idéntico a mi señor abuelo»—Solía responder, con una mentira trabajada y sabor a verdad. La mujer le sonrió y al pasar le alborotó un poco el cabello, era un digno hijo de ella, sin importar lo que otros dijeran.
—Buenos días, madre ¿Has tenido noticias de mamá?
—Nada desde ayer… —Reito tenía la costumbre de diferenciarlas de esa manera, lo había hecho desde que tuvo la edad para poder llevar un secreto resguardado. No le molestaba, pero nunca le había preguntado el porqué se había decantado por esa distinción. Podía ver cómo Natsuki se regocijaba en silencio cada vez que lo oía, y ella, al principio, sintió una mezcla extraña de cariño y envidia. Ella también deseaba ser tratada así en ocasiones.
—Estoy seguro que estará bien, nada puede con mamá —Una mezcla de orgullo y amor irradió de su mirada. Shizuru le sonrió, pero se removió algo inquieta, Reito había demostrado un amor incondicional por el trabajo de Natsuki, por el gran ejército imperial japonés, y ella no sabía cómo lograr que viera su punto de vista, una opinión que, en muchas ocasiones, la morena compartía. Tenía miedo de que el niño se creyera hombre y decidiera unirse al cuerpo armado, que creyera todo lo que decían del país más grande y honorable del mundo, que creyera que, bajo la bandera de una nación, tenía licencia para matar. Eso lo cambiaría, lo cambiaría por siempre. Un recuerdo de hacía muchos años le asaltaba la memoria.
Natsuki había vuelto a casa temblando esa primera noche, sin dirigirle más que cuatro palabras inconexas se fue a acostar, para luego levantarse a media noche a vomitar y patalear en el baño. Era la primera vez que mataba mirando a los ojos al otro, antes siempre eran solo un número, una silueta que caía o un nombre que anotar en un papel. Lo había sopesado, pero ahora la ponía enferma, con ojos febriles la taladró, lo recordaba con claridad, el reloj contaba los segundos y, luego de esa frase, pareció congelarse eternamente "¿Y si me acostumbro a esto? ¿Y si le encuentro el sabor a esto?".
Él había crecido protegido por ambas, había crecido sin necesidades, sin mayores preocupaciones, y reía al ver a los niños jugar a ser kamikazes. Donde ella se horrorizaba él se llenaba de orgullo. Casarme con una militar fue un poco contradictorio… le había rogado a Natsuki que dejara esa línea y se dedicara a los negocios de lleno con ella, pero había sido inútil. En el fondo, se había acostumbrado a esa sensación que la había sacado de la cama y arrebatado el sueño por muchas noches, no le había encontrado el gusto, pero se había acostumbrado. Algo había cambiado en su mirada hacia los demás, al menos con ella seguía siendo la misma. El paso de los años solo había agrandado sus preocupaciones.
—Eso espero… —Se había tomado unos segundos para contestar, acariciando la taza de té en sus manos. En un par de segundos podían comprimirse muchos recuerdos y muchos pensamientos. Y ella se había perdido en ellos por unos momentos. Lo importante que su hijo estudiaba para ser matemático y no estaba fuera, en el campo de batalla, principalmente por sus conexiones y los esfuerzos de Natsuki de difundir la información que su primogénito estaba enfermo y no podía servir en el ejército. De haber podido, la castaña lo habría enviado al extranjero, como su padre había hecho con ella hacía tiempo.
El teléfono repicó, pero no le dio importancia, una de las pocas personas de servicio que tenían lo atendería. Todas ellas había firmado un contrato de silencio, después de todo, el secreto debía ser guardado. Le dio un sorbo a su primera taza del día, el sabor era reconfortante, al menos eso seguía siendo el mismo.
—Fujino-san… —Se giró, Yuki, la dama mayor, la principal ama de llaves de la casa, la llamaba desde la entrada con un rostro algo tenso. Una mala corazonada nació en su pecho. El joven se giró también a mirar, abandonado su desayuno y el periódico. Shizuru se levantó y, midiendo sus pasos para no correr y su respiración para no agitarla, se dirigió hacia el teléfono que le indicaba la mujer. —, es Kuga-san —agregó, antes de retirarse con una reverencia.
Tomó el teléfono con las manos algo temblorosas, Reito la había seguido hasta la puerta y observaba con una mano apoyada en la puerta corrediza, algo andaba mal, ambos lo sentían. Quizás lo peor era no poder ponerle nombre.
—¿Natsuki?
—Shizuru, escucha, toma a todos en la casa y vayan hacia el norte, hoy mismo, lo más rápido que puedan.
—¿Qué…?
—No hay tiempo, han estado sobrevolando aviones meteorólogos en zonas densamente pobladas, algo viene. Nadie dirá nada, todos quieren mantener la calma. Solo váyanse y llámenme cuando se hayan instalado en alguno hotel pequeño —la comunicación se perdió ligeramente, la voz de Natsuki sonaba cada vez más desesperada, su tono se elevaba de manera progresiva, si no lo regulaba pronto se preguntarían por qué el capitán Kruger subía la voz como una mujer asustada.
—Tranquilízate… Lo haremos, te llamaré de noche, por favor, cuídate…
—Ustedes también… Shizuru —la voz al otro lado se quebró por un segundo—, te amo.
La castaña no tuvo tiempo a contestar, su mujer había cortado la comunicación desde el otro extremo. La corazonada ahora era un presagio maldito que mordía su nuca y hacía que su cabeza diera vueltas. Un mareo la hizo sostenerse contra la pared. El pelinegro se acercó y la envolvió con un brazo, tratando de brindarle algo de estabilidad. Me dijo que me amaba, Natsuki piensa que va a morir dentro de hoy y mañana. La idea la hizo sentir arcadas, no podía ser, no podía creerlo, se negaba a creerlo. Se giró, tratando de recomponerse. Aún no pasaba nada, solo estaban tomando precauciones.
—Madre qué…
—Toma tus cosas, reúne al personal y dile que cierren la casa y se tomen unas vacaciones… una semana, en las montañas —mató las palabras de su hijo que aún no nacían. Con cierta confusión se apresuró a reunir a las personas que empezaban su jornada laboral.
Shizuru estaba en un dilema moral, había mucha gente trabajando que estaba directa o indirectamente relacionada con ella, sus trabajadores o los de sus socios. Era solo un presagio, no podía sembrar el pánico así, sin embargo…
Pasos la distrajeron, las tres personas que trabajaban en la casa se acercaron, la preocupación estaba escrita en sus rostros. La criada más joven le preguntó si debía llevar a sus padres con ella, Yuki preguntó por sus hijos. El jardinero solo miraba el suelo, sus pensamientos divagaban en lo avergonzado que estaba de estar ante la dueña de casa en su ropa sucia de trabajo y su familia en Yokohama, quizás él también tenía que llevarlos lejos.
La castaña respondió positivamente a todas las preguntas y les pidió que esperaran, les pagaría el sueldo de ese mes adelantado. El imperio Fujino ya no crecía, la guerra lo había desacelerado y la economía se tambaleaba, con mucho ingenio y trabajo había logrado que el negocio se mantuviera estable, pero el dinero era algo que habían empezado a cuidar más. Sin embargo, necesitarían el dinero para viajar. Le pidió a su hijo que le trajera el dinero de una de las bóvedas. Mientras ellos cerraban la casa, ponían los pestillos internos y las cortinas externas, la luz del sol de la mañana fue erradicada, las tazas del desayuno se dejaron remojando en agua, las camas de los habitantes deshechas. Reito volvió rápidamente, con el dinero entre sus manos. Shizuru lo contó con rapidez y repartió entre los empleados. Estos se despidieron con una reverencia y la promesa de estar de regreso en una semana. Shizuru los vio alejarse y cerrar la puerta. Una sombra negra se extendía sobre todos.
Entre la llamada de Natsuki y ese momento solo había pasado una hora, la mañana aún era joven, y ellos aún tenían cosas por hacer.
—¿Ya tienes tus cosas? —Reito asintió.— Prepararé mi maleta y saldremos.
La suerte —favorable para ellos— ya estaba echada.
5 de agosto de 1945 — 19:00 hrs
Natsuki se paseaba en su despacho. Era austero, como todo lo que ella podía elegir en su vida, pero el teléfono era una parte esencial de su trabajo, la mantenía en contacto con el resto del mundo. La sala de comunicaciones estaba en la primera planta, las comunicaciones por telegrama y radio se manejaban ahí, pero en su lugar ella podía incluso hablar con su familia. Con el paso de los años eso se había vuelto más importante que ingeniar estrategias para lograr tomar una posición ventajosa. Ahora se daba vueltas con las manos a la espalda. Nada había pasado ese día, pero todos tenían los nervios a flor de piel, el aire olía a tensión, a nerviosismo. Los aviones habían sobrevolado Tokio, Tokohama, Hiroshima y Kokura. Nada había pasado, quizás porque algunas de las ciudades habían tenido días nublados, una espesa capa de nubes que hacía casi imposible el bombardeo directo, el piloto estaría soltando la bomba a ciegas. Pero el siguiente día no tendrían tanta suerte, estaba segura.
No había tenido noticias de Shizuru o Reito, pero quizás llevaban tiempo de ruta o instalándose en una pequeña hostal. Solo quería tenerlos lejos de cualquier zona poblada. Los ciudadanos creían que en grandes ciudades estarían protegidos por los aviones de caza o la artillería antiaérea, los continuos bombardeos los habían acostumbrado al peligro constante, pero no era normal que aviones enemigos estuvieran examinando el clima de ciudades grandes, menos cuando estas ciudades cumplían con una serie de requisitos alarmantes.
Le había enviado un telegrama a Mai, algo enigmático, pero no podía comunicarse con ella de otra manera y no podía ausentarse de su puesto. Se sacó la gorra militar que terminaba en una visera oscura y siempre bien cepillada. Pasó ambas manos por su cabello, lo usaba muy corto, casi al ras en los costados y algo más largo en la coronilla, un corte militar en toda regla. Algunos cabellos blancos empezaban a jaspear su antes oscura melena, cuando aún era una melena y no tenía que interpretar su papel hasta la extenuación. La joven, antes briosa e inagotable, que podía pasar el día entero corriendo y zigzagueando por calles abarrotadas, ahora estaba cansada. Unas vacaciones no suenan nada mal ahora mismo…
Volvió a mirar el teléfono, anhelante, si pudiera escaparía con ellos también. Fantasías, ella estaba en su lugar, cumpliendo su deber, dándole un sentido y un propósito a su vida. Su andar encontró su destino al apoyarse contra el escritorio, esperando. Ahora los brazos cruzados al frente. Afuera el mundo entraba en un silencio engañoso, el respirar le pesaba, la atmósfera le pesaba, el aire estaba contaminado por la inseguridad y la incertidumbre. En esa posición descansó, con la vista fija en algún punto de la muralla, no había dormido, casi no había comido y solo el leve temblar de la mano izquierda, al apretarla, se distinguía como un movimiento voluntario. La gorra seguía sobre el escritorio, todo se congelaba en el tiempo, la tensión tomaba posesión de las distancias y las nociones y cada segundo se estiraba por varios. Cada minuto era tortuosamente lento, cada hora inagotable.
Cuando sus ojos empezaban a cerrarse, sumergida en ensoñaciones sacadas de sus pesadillas, el sonido del teléfono la sacó de su ensimismamiento. El aparato no alcanzó a sonar por segunda vez cuando ya lo había descolgado.
—Kruger —respondió, casi por costumbre.
—Natsuki, estamos en Nikkō.
—¿Quiénes? ¿Tú y Reito? ¿Pudieron hablar con Mai?
—Mai-han insistió en quedarse en la ciudad… —El silencio al otro lado de la línea perduró por unos segundos—, dijo que estaría bien, no quería dejar la ciudad.
Sobrevolaron Kyoto…, pero quizás no esté mal…
—No importa… Ya está. —Dejó escapar el aire, la tranquilidad embargándola— Quédense ahí, yo los seguiré cuando pueda. Dame los datos de contacto. —Garabateó en un papel cercano el nombre del hotel y el número que le habían facilitado los dueños.
—¿Cuándo… eso? —la señal se perdía, tendrían unos segundos más antes de que la poco fiable línea cayera y tuvieran que reiniciar la llamada. Shizuru seguramente la llamaba desde el hotel o un teléfono público
—Una semana, quizás, te lo haré saber. Cuídense. —Colgó y volvió a colocarse la gorra, la parte de su ser que estaba distraída, dispersa, muy lejos de ese lugar había regresado. Ahora podía concentrarse en lo que quedaba. Quizás solo tenían horas, quizás días, quizás estaba exagerando.
Ya lo sabría, y lo que pasara tendría que pasar.
Se dirigió a la sala de comunicaciones, quería recibir los reportes meteorológicos para el 6 de agosto. Muchos serían días con temperaturas agradables, después de todo, era verano.
6 de agosto de 1945 - 05:00 hrs
No había dormido en toda la noche, los surcos en su rostro empezaban a mostrar señales luego de dos días de mal y poco dormir. Pero la noche en sí había estado tranquila, no se había registrado movimiento en el espacio aéreo, no habían recibido alarmas de naves enemigas. Todo estaba tranquilo.
Y eso la molestaba mucho.
Su posición era defender una parte de la ciudad, y ya había ordenado mantener oficiales en las calles por si era necesario llevar a los civiles a refugios de manera expedita, pero había recibido órdenes estrictas para no desatar el caos de la multitud y no realizar evacuaciones preventivas. Además, azotada por la guerra y el miedo, la ciudad ya no respondía a las evacuaciones y las sirenas de la misma manera, muchas personas simplemente seguían su rutina mientras escuchaban las turbinas de los bombarderos acercarse y buscaban algún tipo de refugio cuando empezaban a caer las bombas en el extremo opuesto de la ciudad. Lo encontraba preocupante, la moral del pueblo se perdía poco a poco, y la confianza en el ejército se diluía en un mar de sufrimiento pocas veces visto.
Por otra parte, Shizuru se levantaba en ese momento, luego de una noche de sueño parecida a la de su esposa. El hotel era pequeño, había seguido el consejo de Natsuki al pie de la letra, y habían encontrado habitaciones suficientes, no había movimiento para el placer cuando se estaba en guerra. Las personas que habían querido —y podido— se habían marchado al extranjero hacía mucho, a países neutros o simplemente lejanos. Paseó por la habitación, la cama estaba desordenada luego de su sueño intranquilo, sus pisadas apenas hacían ruido, amortiguadas por el piso de madera pulido. El desayuno se serviría dentro de unas horas, pero no podía volver a la cama. Sentía que ni siquiera podría comer, quizás un baño la calmaría —aunque tampoco confío mucho en eso—, no era solo su estómago, todo su cuerpo era un nudo de nervios y desesperación. Quería sentarse y gritar, gritar muy fuerte, que Natsuki dejara ese puesto que tanto la alejaba y estuviera allí con ella, si estuviera ahí podría aguantarlo mejor, podría tolerar esa calma maldita que anunciaba el desastre inminente.
Se sorprendió al sentir la vista nublada, lágrimas caían lentamente por sus mejillas. Se las limpió con un rápido ademán e inhaló profundamente. Hincándose en el suelo adoptó la postura seiza e intentó controlar los temblores que la recorrían. Practicaba artes marciales para mantener la cabeza despejada en las negociaciones, cuando tenía que sonreír y asentir, mientras intentaba que sus decisiones fueran las que manejaran todos los hilos. A medida que se centraba en su respiración el temblor de sus manos se calmó, sus hombros se mantuvieron más quietos y el rictus serio de sus labios se relajó. Necesitaba estar en control de sí misma nuevamente, no podía ver a su hijo en esas condiciones, no podía dejar que la viera así de vulnerable, de expuesta.
Finalmente el frío que traspasaba ligeramente su bata de dormir terminó por entumecerla y acallar el movimiento involuntario de su cuerpo. Levantó los párpados y posó su mirada cansada en el reloj que colgaba en la pared, había pasado media hora en la misma posición. Debía alistarse y esperar por Reito, él no sabía lo que vendría, no sabía nada, era demasiado joven, demasiado blando y demasiado ignorante. Tenía que estar entera para guiarlo.
Tenía que estar entera porque —en esa tarea titánica—, al caer la tarde, al caer el día, o al finalizar la semana, quizás Natsuki no estaría entera para ayudarle.
Se levantó recogiéndose el pelo en un moño desordenado, con muchos mechones escapándosele entre las manos mientras los apresaba. Sus pasos la llevaron hasta el pequeño baño de la habitación, se preguntaba qué hacía su morena, aunque podía imaginarlo.
Y su imaginación no estaba muy lejos de la verdad, Natsuki, con un gesto serio, mordisqueaba un poco del arroz que le habían llevado para el desayuno. En realidad no tenía hambre y masticaba el mismo bocado desde hacía unos minutos, sin prestarle atención. Miraba a los funcionarios de las radios en sus puestos, sin despegarse por un momento de sus aparatos, con las mandíbulas apretadas y los rostros algo desencajados.
Todos lucían igual, todos sudaban y hedían por igual, muchos hombres empezaban a mostrar signos de una barba mal afeitada. Ella tomaba la precaución de ir cada mañana con los instrumentos para afeitarse, jamás lo hacía, pero era parte de su tapadera. Se pasó inconscientemente la mano por su barbilla, lampiña. El ruido de uno de los controladores aéreos al activarse la sacó de sus ensoñaciones. Le puso la mano en el hombro al operario como una garra de acero, era joven, un muchacho que sabía manejar la tecnología mejor que ella, uno asustadizo que se ponía pálido con rapidez, no fue la excepción esa vez.
—¡Capitán!
—¿Qué pasa? —Le sonó áspera la voz, no le sorprendió aunque pareciera la voz de alguien más. Eso no importaba.
—Los aviones climatológicos no registran aviones acercándose, pero los radares saltaron…
—Mierda… —Una decisión debía ser tomada.
6 de agosto de 1945 — 7:54 hrs
El avión sobrevolaba la isla, acercándose a su objetivo, el subteniente ya había quitado los seguros de esa ballena de metal, el arma secreta de la que no sabían nada.
Solo había instrucciones precisas, su trabajo era cumplirlas. Pero esa bomba le despertaba más miedo que curiosidad, más asco que reverencia. Los once compañeros de flota estaban atareados, todos en silencio, la tensión podía cortarse con un cuchillo, les habían asegurado que ellos acabarían con la guerra.
Toda su vida, todo lo que eran y todo lo que serían, se resumía en los siguientes quince minutos, a lo sumo. Nadie quería fallar, pero, a la vez, existía la vaga sensación de que nadie quería verlo tampoco. Japón había sido un monstruo, uno cruel. Había aniquilado vidas de la manera más depravada que habían podido concebir, China y Corea tendrían cicatrices muy difíciles de sanar, pero ellos habían hecho lo mismo en pos de la paz. O por lo menos eso era lo que ese subteniente creía, eso que jamás podría decir públicamente, eso que, en soledad, sentía miedo de reconocerse a sí mismo.
La ciudad ya se divisaba, tenían órdenes de soltar la bomba y asegurarse a sus asientos. Regresar a la base. Hasta ahora ningún avión japonés había salido al encuentro para bajar su preciosa carga, pero Japón ya no tenía fuerzas, el imperio estaba luchando y abriendo su camino hacia la autodestrucción. Estaban dispuestos a luchar hasta que el último de sus ciudadanos muriera.
Quizás sí valdría la pena ese sacrificio…
—¡En posición! —Todos corrieron, el nerviosismo ahora latente. Una gota de sudor le corrió por las sienes, observó su reloj, poco faltaba para las 8 de la mañana, abajo la gente se preparaba para iniciar el día, desayunarían, se vestirían, saldrían a sus trabajos, quizás dormirían más de la cuenta, tomarían el sol, había muchas posibilidades. Pero ellos traían una verdad inevitable.
El avión abrió su vientre, esta vez cargado solo con una sorpresa, el sol de la mañana —bendito sol que les permitió realizar su misión— los hizo brillar como la única estrella que se movía en el cielo. Ya estaban sobre la ciudad, y estaba seguro que muchos ojos curiosos se posarían en ellos, claro, él nunca podría verlos.
—¡Va!
Y la bomba se deslizó fuera de su carril, de morro hacia el suelo. El avión cerró sus compuertas y siguió su camino, volando siempre a unos confiables 9.855 metros de altitud. Le dio un último vistazo a Little Boy, que se perdía en el cielo como un pequeño punto negro que se achicaba al distanciarse. El avión siguió su camino varios segundos, sin que nada cambiara. Luego, un fogonazo de luz les dio a entender que su tarea había sido completa. Torciendo todo su cuerpo observó por una de las ventanillas. El horror caló lento y seguro por sus ojos.
Ante él el mundo había cambiado.
Y seguía cambiando a medida que la columna de humo se elevaba sobre ellos y se esparcía, como un hongo oscuro y ponzoñoso, estaba vivo. Eso es algo que de lo que jamás se retractaría, estaba vivo. Su centro palpitaba con un rojo sangre fulgente y cordones violáceos lo circundaban, era un corazón maldito. Era una pesadilla, quizás incluso un vistazo al futuro que les aguardaba. La onda expansiva los alcanzó, sacudiendo el avión con violencia. Volvió a mirar su reloj en un gesto inconsciente, las 8:15. Recordaría ese momento por todo lo que durara su vida.
Y quizás lo lamentaría.
Ese sargento, uno de los 12 que presenciaron desde una distancia segura como su carga consumía todo lo que encontraba a su paso, un demonio hambriento y goloso, negro, rojo y violeta, aspirando vidas, carne, edificios y montañas por igual, luego de asimilar qué había sucedido exactamente, juraría no morir en su país, no morir ni vivir en ninguno de esos territorios retorcidos que tanto mal habían traído, que tanto lo habían seducido al desastre.
Viviría y moriría en tierras lejanas, con el recuerdo de la ciudad —viva hacía diez minutos— en llamas quemando su memoria para siempre.
En medio del repentino asco que le subía por el pecho, asco hacia sí mismo, hacia su país, hacia ese país que no detendría la guerra a menos de que lo destruyeran, hacia el ser humano como un todo, una segunda onda expansiva los alcanzó, el avión volvió a sacudirse, antes de volver a un vuelo normal. Aún tenía 6 horas que recorrer para ser recibidos como héroes.
6 de agosto de 1945 — 8:25 hrs
—No hay respuesta desde la central de Hiroshima…
—Intenta de nuevo.
—…
—…
—Capitán…, solo hay silencio —Natsuki se alejó, respiró pesadamente y pateó lo más cercano que tenía, gritando una mezcla de ira, de dolor y de alivio que se arremolinaba en su pecho.
Sus subordinados mantuvieron silencio, una extraña pesadez se adueñaba de todos, un luto adelantado.
—Establezca contacto con la central más cercana a Hiroshima —articuló cuando se recuperó de su exabrupto.— Ustedes, pónganse en contacto con Kioto y el resto de los cuarteles en Tokio.
La agitación volvió a apoderarse del lugar, ella salió de la habitación para seguir dando órdenes con respecto a la ciudad y las medidas cautelares a tomar. Ordenó intentar establecer contacto telefónico con la ciudad, a medida que de las ciudades vecinas empezaba a llegar información confusa e inquietante, todos coincidían sin embargo en lo mismo, una explosión que había hecho estallar los vidrios de edificios a kilómetros de distancia, una expansión de choque que había removido los cimientos de lugares cercanos, la sensación de que un terremoto muy localizado había atacado y un bucle de humo ascendiendo por el cielo.
Dentro de la confusión llegó una orden muy clara.
Y con esa vorágine en su cabeza, con el mundo estallando y resquebrajándose de a pedazos, con el miedo instaurado en la médula de cada soldado y la perdición aceptada por cada ciudadano, caminó por las pistas del aeropuerto más cercano para subirse al avión de reconocimiento y sobrevolar Hiroshima. Esperaban su informe inmediatamente a su regreso. La falta de sueño hacía que su cerebro se sintiera más pesado y su espíritu, si cabía, más devastado. Pero sin quejas se subió a la aeronave y ajustó las correas, el piloto le hizo una seña para mostrarle que ya despegarían.
En esa mañana el sentido temporal estaba distorsionado, y se sorprendió pensando en su conversación con su esposa horas antes, a medida que despegaban y encumbraban dirección hacia Hiroshima.
Muy en el fondo sabían que la guerra se había perdido.
Solo habían transcurrido unas pocas horas desde la explosión. Lo que no se había imaginado había pasado y acelerado el desenlace de un episodio sangriento.
NdA: El próximo capítulo -que espero sea de su agrado, o por lo menos les haga pasar un rato entretenido- de esta continuación estará dentro de una semana. Hasta entonces ¡Saludos!
