Lo sé, he tardado mucho en subir capítulo. En mi defensa, cambié de país, encontré un trabajo que me absorbió la vida en todos los sentidos y estoy tratando de remontar camino. También aviso y pido paciencia, en dos semanas me vuelvo a cambiar de país (lo sé, lo siento, es una enfermedad, no paro quieta, jaja). ¡Los comentarios me van a ayudar muy muy mucho!

CAPÍTULO 2. ANYWHERE OUT OF THIS WORLD

Aunque no era tarde, el clima invernal no ayudaba. El dormitorio de Philip estaba sumido en la oscuridad cuando Shirley abrió la puerta tras llamar casi con timidez, como si tuviera miedo de romper algo. Las gruesas cortinas estaban cerradas y apenas se colaba un resquicio de luz proveniente de la farola de la calle. La silueta de Philip se recortaba sentada en la cama deshecha, una taza de té frío y sin tocar en la mesita de noche. En el escritorio, bañado por la luz del pasillo, una de las flores con las que Amy se adornaba el pelo.

- Kieren ha venido a verte, Philip -dijo Shirley con voz suave mientras encendía la luz-. Trae un amigo. Pasad.

Philip hizo un vago sonido que podía entenderse como un sí, y Kieren entró con Simon siguiéndole el paso. Shirley se marchó a preparar algo de comer con la esperanza de que la visita lo animara lo suficiente para no tener que obligarlo.

- ¿Cómo te encuentras? Tu madre nos ha dicho que no pudiste pegar ojo -dijo Kieren con un tono casual-. ¿Te apetece hacer algo?

Philip negó con la cabeza.

- Me dio pastillas para dormir -respondió, como si fuera la única explicación que necesitaban, y permaneció un rato en silencio. Se veía calmado, demasiado calmado-. Escuché las noticias en la tele.

A pesar del comentario casual, Kieren pudo ver que Philip estaba tenso, sus nudillos casi blancos, la mandíbula apretada, y un fulgor en los ojos que no esperaba ver.

- No está bien -intervino Simon-. Amy nunca tuvo nada que ver con el ELN de esa forma. Era parte de la familia, pero no tenía nada en contra de nadie -Simon sabía que Amy no era de ese tipo de gente capaz de hacer lo que habían hecho otros, como el atentado del tren, y Simon nunca le habría pedido tal cosa-, ni vivos, ni muertos.

Amy había sido como era Kieren, libre. Había buscado refugio en el ELN, sí, al igual que lo habían hecho otros, al igual que lo había hecho Simon al inicio. Amy había buscado una cara amiga, alguien a quien no asqueara o asustara por lo que era, que le apreciara por quién era. Buscaba sentirse cómoda en una piel, en un lugar donde no fuera una paria. Kieren no podía culparla, él habría hecho lo mismo de no ser porque pronto el ELN se había desenmascarado rápidamente como algo de intenciones no tan puras como a él le habría gustado.

- No, no está bien, no tienen derecho. No – comenzó Kieren, pero Philip le interrumpió.

- ¿Quieren limpiar el nombre de Maxine Martin? Pues no lo voy a permitir. No lo voy a permitir. No voy a dejar que manchen la memoria de Amy para dejar libre a esa... Esa loca que debería estar entre rejas.

- Phil, cuenta con nosotros para lo que necesites. Cuando necesites, en serio. Tienes mi número, sólo tienes que llamar, tanto si tiene que ver con Amy, o con el precio de las patatas, estoy aquí -dijo Kieren.

- Si puedo hacer algo para ayudar, estoy disponible en cualquier momento -agregó Simon.

Philip asintió, medio ausente, y se mantuvo callado un buen rato. Era un silencio algo incómodo que ni Kieren ni Simon se atrevían a romper por la situación.

- Mañana iré a verla, a Amy -comentó en voz alta, de repente-. Debería haberle dado su regalo de Navidad, creo que le hubiera gustado. Es una de esas faldas que le gustaban tanto y una horquilla del pelo con una mariposa. Debería haberle dado el regalo en la feria.

A Philip le había comenzado a temblar la voz mientras hablaba y Kieren se estiró para poner la mano en su rodilla como un gesto de apoyo, para hacerle saber que estaba ahí y que también la echaba de menos. Ojalá hubiera conocido a Amy antes de que todo pasara. Ojalá lo hubieran hecho ambos. Amy había sido, durante ese corto periodo de tiempo, un rayo de luz además de una gran amiga, un ser luminoso de fuera de este mundo. Amy había sido una parte importante de su propia recuperación tras la depresión, y por el otro lado Kieren nunca había visto a Philip así. Habían sido amigos en el colegio, los dos un poco marginados. Él había tenido a Rick, y aunque su apoyo era mayormente secreto, Phil, sin embargo, no había tenido a nadie. Incluso Kieren lo había dejado solo, demasiado inmerso en sus propios problemas. Gary, Dean, e incluso Rick todavía lo llamaban Lippy, apodo que sabía que odiaba. Philip miró su rodilla y le agradeció el gesto con un intento de sonrisa, un poco más sereno.

- ¿Vendréis mañana conmigo? Quiero ir temprano a llevarle flores y su regalo. Después tengo que ayudar a mi madre con la cena -ellos asintieron. Ir al cementerio más tarde era buscar problemas. Philip se abstrajo mirando hacia la ventana durante unos segundos y pareció darse cuenta de la hora-. Mejor que os vayáis ahora. No sé quién está de guardia esta noche, pero ninguno os hará ningún bien si las calles están desiertas -comentó mientras se levantaba-. Simon, ¿nos das un segundo?

Si a Simon le molestó sentirse excluido no lo dejó ver, puesto que se levantó con una sonrisa afable sin decir nada y dejó la habitación. Kieren lo escuchó hablar con Shirley en la otra parte de la casa, antes de que Philip atrajera su atención.

- ¿Estás bien? -le preguntó Philip, y él lo miró confundido.

- Sí, ¿por qué lo dices?

- Bueno, te tiemblan las manos -Kieren sacudió la cabeza y se encogió de hombros.

- No te preocupes por eso, he tomado neurotriptilina esta mañana.

Philip lo miró como si no le creyera del todo.

- Oí lo que te hizo Gary. Lo que menos necesita Roarton ahora mismo es otro loco matando gente, ¿vale?

- Iremos directos a casa, descuida.

- ¿Te fías de él? -la pregunta tomó a Kieren por sorpresa.

- ¿De Simon? -susurró- Sí, me fío.

- Entonces ten aún más cuidado -por supuesto que Philip había oído el revuelo del cementerio, con todos aquellos afectados de SPM buscando problemas. Si Simon estaba fuera del grupo, ellos no estarían precisamente contentos.

- Tranquilo -comenzó Kieren, pero Phil lo agarró del brazo, quizá más fuerte de la cuenta, porque lo notó. Se quedó mirando su antebrazo, la mano de Philip cerrada alrededor, hasta que sus palabras lo devolvieron de vuelta.

- No se lo enseñes a nadie, Kieren. Ten cuidado.

Aturdido, sólo asintió y vio cómo Shirley entregaba una caja de neurotriptilina a Simon al salir de la habitación. "Siempre tengo alguna, para emergencias", dijo ella, encogiéndose de hombros mientras Simon le decía que le devolvería el favor en cuanto pudiera. Simon debía haberle contado que iba a pasar unos días en casa de los Walker. El irlandés sonrió agradecido mientras se dirigían a la puerta y se despidieron antes de volver a la calle. No era muy tarde pero ya había anochecido, y ninguno dijo nada durante el trayecto. El temblor era uno de los síntomas de volver al estado rabioso, normalmente por la falta de una dosis de neurotriptilina. Hasta ahora, Kieren no lo había pensado, lo único que podía imaginar era que era un efecto secundario de la medicación o por la dosis de Olvido Azul que todavía le afectaba. Hasta el doctor Russo había dicho que su dolor de ojos por llevar las lentillas a todas horas era producido por la regeneración de nervios que tenía que ver con la medicación. Ciertamente, esperaba que esa fuera la respuesta, porque la alternativa era que la medicación no funcionaba. No quería pensar en esa posibilidad, pero una vez en su mente no había forma de borrarla, y las miradas curiosas que Simon le lanzaba de vez en cuando no ayudaban.

El experimento R217 se despertó en mitad de la noche con la súbita explosión de gritos y corrió hasta las rejas. El clamor se había originado cerca de la puerta principal, y R217 apretó la cabeza contra los barrotes de acero para tratar de ver algo. El clamor se tornó violento y furioso y gritó hasta que el ruido perdió su significado cuando dos personas, cubiertas de trajes de protección desechables, pasó empujando un carrito que a su vez iba dejando un pequeño reguero oscuro. Otro, habían matado a otro.

Hacía tiempo que habían perdido su nombre. R217 aún recordaba su nombre, pero allí no significaba nada, no había nadie con quien hablar. Allí eran todos números. Los científicos no querían conversación, sólo resultados. Muchos habían llegado allí por problemas con su medicación, otros, renegados por sus familias, expulsados por la sociedad en la que habían pensado reencontrar su lugar. Los que menos, miembros del ELN atrapados después de algún atentado, aunque lo normal era que fueran ejecutados. Otros muchos nunca se habían marchado.

Ninguno de ellos allí eran enfermos: eran sujetos experimentales.

Jem suspiró y miró al cielo. No era su primera misión pero sí era precavida, aunque no estuviera sola. La acompañaban Marcus y Lisa. Marcus hablaba siempre como si todo se tratara de la misión más importante de la historia; Lisa, sin embargo, sabía disfrutar del momento incluso en medio de un apocalipsis zombie, y eso era lo que más le gustaba de ella. El supermercado parecía desierto, por suerte, y los dejó a su aire mientras ella montaba guardia en la puerta.

Se preguntó cómo había empezado todo esto. Por qué había cambiado todo de golpe. Ni siquiera se había atrevido a ir a mirar al cementerio para comprobar que la tumba de su hermano estaba vacía. No se lo habían confirmado, pero sabía que era cierto, lo sabía en sus huesos. Bill Macy sí que se había aventurado a mirar entre las lápidas, y por la forma en que la miraba, sabía que un día vería a su hermano, rabioso y muerto, y tendría que dispararle.

Un estruendo seguido de dos tiros la alertó y la hizo correr al interior del supermercado. Las luces estaban encendidas, el hilo musical resonaba entre los pasillos, y avanzó despacio, mirando cada esquina. De repente las luces se apagaron y Jemima Walker frenó en seco para asegurarse de que estaba a salvo mientras se acostumbraba a la oscuridad.

Entonces escuchó ese horrible ruido. Lo había escuchado más veces de las que le gustaría y sabía bien lo que era. El hueso quebrándose, la piel rasgándose, el tímido gorgoteo de la sangre y el bien más preciado del ser humano al alcance; el ser, la vida, el alma, expuestos.

- Lisa no. Lisa no -murmuró mientras avanzaba, la Colt lista y cargada en su mano. Disparó a cada pútrido que se interpuso en su camino hasta que vio a otros dos agachados sobre un cuerpo. La reconoció por el pelo y se mordió el labio para no sollozar. Lisa. Se esforzó en concentrarse y apagar el tremor de sus manos mientras encañonaba el arma hacia el primero, un chico. Entonces, se giró.

Kieren. Era Kieren. Trató de no llorar y de ser valiente mientras él se levantaba y comenzaba a caminar hacia ella, cubierto de sangre caliente que también caía de sus labios, con los dientes expuestos y preparado para atacarla. Ella intentó moverse pero estaba congelada, y Kieren avanzaba con una sonrisa voraz. Podía olerlo, podía oler la tierra en su ropa y las diferentes capas de sangre seca. Podía oler su muerte y la suya propia acercándose. Y debajo de todo eso, de esa mueca cruel, de la tierra, de la sangre y de la muerte, veía a su hermano mientras sentía sus dedos hincarse en sus hombros.

Su hermano, que la ayudaba con los deberes y le grababa discos de música. Su hermano, que sonreía con orgullo y aprobación al verle probarse su primer par de Doc Martens. Su hermano, que apenas tenía amigos por ser diferente y había perdido a su mejor amigo en la guerra. Su hermano, que amaba con el corazón en la mano y había sido herido y empujado a quitarse la vida. Su hermano, el monstruo que la aferraba por los hombros mientras sus dedos se hundían en su carne y notaba la sangre fluir por sus brazos y le sonreía con un rostro extraño y horrible. Iba a matarla. Su hermano ya no existía, su hermano se había rajado las venas y la había dejado sola en aquel mundo terrible, había dejado su familia rota y los había cargado con un peso que no podían soportar. Y aquel ser, aquella carcasa con la imagen de la persona que tanto había querido iba a devorarla. Hasta que escuchó su nombre salir de su boca hedionda.

Y luego, un disparo.

Se encontró a sí misma salpicada de sangre negra, el monstruo frente a ella perdiendo sus rasgos de expresión, aún sostenido por sus dedos enterrados en los hombros de Jem. Su Colt humeaba debajo de la barbilla del pútrido, que cayendo al suelo recuperó las facciones de su hermano, y toda la sangre se tornó roja de repente: Kieren, había matado a Kieren.

Y Lisa, desde el suelo, fría y muerta, comenzó a reír.

Kieren se despertó con los gritos y corrió sin pensar, encontrándose con sus padres en el rellano con los gritos de Jem llamándolo en sollozos y entró en la habitación directamente, llamándola por su nombre y acariciando su brazo. Le tomó unos segundos despertar y algunos más, largos y lentos, en reconocer dónde estaba, pero su gesto se volvió de horror al verlo allí sentado junto a ella mirándola con esos ojos lechosos.

- Me estabas llamando. Si es demasiado y lo necesitas, puedo ir a ponerme el maquillaje, o puedo traerte agua si quieres. Todo está bien, tranquila.

Jem no pareció registrar su ofrecimiento y le tocó la cara. Fría, pálida, suave. Kieren sonrió por el gesto y vio que estaba empapada, pero antes debía asegurarse de que se calmara. Ella le tiró del brazo para mirarle la parte trasera de la cabeza y comprobar que todo estaba bien.

- ¿Otra pesadilla? -preguntó, mientras asentía a sus padres, que esperaban en la puerta, para hacerles saber que él se hacía cargo y que podían volver a la cama. Aún era muy temprano- ¿Quieres hablar de ello?

Durante un momento pensó que no iba a hacerlo, pero Jemima suspiró.

- Empezaba como un recuerdo. Cuando te vi en el supermercado, cuando Lisa -Jem lo miró con cuidado, viendo el dolor y la culpa en su cara-. Pero en el sueño tú venías hacia mí y yo te disparaba.

- Tranquila, eso nunca pasó -le sonrió suavemente-. Mi cabeza está intacta, ¿ves? Y tú también. No me acerqué aquel día.

Jem contempló las arrugas del pijama de Kieren, queriendo preguntar. Nadie hablaba mucho de aquellos tiempos, mucho menos si era con alguien con SPM. No muchos miraban hacia otro lado, sin embargo: los de la FVH habían sido tan sangrientos como los mismos rabiosos, o incluso más. A un integrante de la FVH sólo le hacía falta una escopeta bien cargada para deshacerse de unos cuantos pútridos en cuestión de minutos. El pútrido cazaba con sus propias manos, era menos letal si había que hacer una comparación. Jem había oído hablar a Dean de un hombre pútrido protegiendo a una niña en el mismo estado cuando los acorralaron.

- ¿Recuerdas haberme visto?

La respuesta no se hizo esperar.

- Sí -Kieren desvió la vista e hizo una mueca mientras pensaba, como si se estuviera mordiendo la comisura del labio-. Sin medicación era diferente, la forma de pensar, la forma en la que los pensamientos fluyen. No hay una capa de prioridades y convenciones y formalidades como... como lo que conocemos, supongo. Sólo tienes hambre, o sueño, o curiosidad. Sobre casi todo recuerdo las cazas y nunca me perdonaré a mí mismo por lo que hice, pero hasta cierto punto sí había cierto reconocimiento. Sabíamos lo que éramos, sabíamos que éramos diferentes. Amy y yo éramos compañeros, nos cuidábamos el uno al otro. Sabía quién eras, y qué eras. Humana, y enemiga. Pero de alguna forma no eras una presa, ni recuerdo haber sentido necesidad de protegerme.

- No habría sido capaz de dispararte.

- Yo no habría sido capaz de atacarte -afirmó, casi seguro de que era una mentira. Jem también lo sabía-. Y siempre voy a estar aquí cuando me necesites. Esta vez sí.

Jem sonrió.

- Sabes, no estás tan mal sin maquillaje. Das un poco de miedo, pero no estás tan mal. Al menos ya no pareces una naranja.

- Bueno, tengo tanto pulso como una. Por cierto, ¿no crees que deberías cambiarte la ropa? Vas a pillar un resfriado.

Ella asintió y se levantó para abrir la cajonera y sacar ropa limpia.

- Vuelvo en tres minutos.

Mientras no estaba, Kieren deshizo su cama y echó la toalla al cesto de la ropa sucia y después cambió la sábana de abajo. Jem volvió cuando estaba quitando la funda del edredón.

- ¿Has estado teniendo estas pesadillas desde hace mucho?

Ella se encogió de hombros.

- Un tiempo, supongo.

- Todavía es temprano. Deberías intentar dormir.

- ¿Puedes quedarte? Si a Simon no le importa.

Kieren sonrió.

- Simon estará bien. Más espacio en la cama -resolvió, y Jem soltó una risilla mientras ponían la funda nueva en el edredón y ella se metía debajo. Kieren la miró sin saber qué se suponía que hiciera.

- Métete dentro, idiota -gruñó su hermana, y Kieren obedeció.

- Te voy a dar frío.

- Kier, cállate.

La mañana los sorprendió con una gruesa capa de nieve, todo cubierto hasta donde alcanzaba la vista, y los Walker iniciaron su rutina matutina: Steve planchó su camisa y la ropa de trabajo de Sue mientras ella preparaba el té y las tostadas, y Kieren se despertó cuando Jem se desenredó de él para levantarse.

- Espabila, necesito que me ayudes con la corbata -dijo ella mientras consultaba el reloj y soltaba su uniforme sobre la cama.

Kieren refunfuñó, demasiado cómodo para querer moverse, pero Jem le soltó una mirada furibunda, y con un suspiro se incorporó y se marchó a su habitación. Simon estaba despierto, ya vestido y sentado sobre la cama recién hecha, y le sonrió afable mientras Kieren se tumbaba en la cama y ponía la cabeza sobre su regazo.

- Todavía tienes cara de sueño -comentó, pero sólo recibió un gruñido por respuesta, y soltó una risilla-. ¿Quieres dormir otro poco?

Simon había empezado a acariciarle el pelo y Kieren se dejó hacer durante unos minutos, disfrutando de la décima parte de lo que su percepción sensorial recogería si estuviera vivo.

- Has pintado muchas veces a la misma persona en tus cuadros -observó, y Kieren miró de soslayo algunos de sus cuadros. Jem, sus padres, pero sobre todo Rick, con quien había compartido tantas historias y tantos sueños rotos. Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en las diferentes posibilidades, las diferentes situaciones a las que les hubiera llevado el tomar un camino distinto, una decisión diferente.

- Es Rick -vio a Simon asentir, ya que conocía la historia por Amy.

- Amy casi se marchó de la comuna cuando se enteró de lo que le había pasado -comentó.

- También te dibujé a ti, pero Gary se quedó con él aquel día.

- Puedo posar para ti, si quieres -Simon ofreció, y Kieren lo miró de repente. Era un ofrecimiento inocente, pero en su cabeza había sonado un poco sucio. Se habría puesto rojo de haber estado vivo. Simon debió notar algo en su cara, porque se rió-. Tampoco así. Si no quieres, claro.

Kieren se incorporó para besarlo, pero la puerta se abrió.

- Gracias a Dios, sigues vestido -dijo Jem con alivio, irrumpiendo en la habitación-. Ayúdame con la corbata. Buenos días, Simon.

- Buenos días, Jemima -respondió, no haciendo comentarios sobre la manera en que la joven evitaba claramente mirarlo a la cara mientras Kieren se levantaba y le ayudaba con el nudo.

Kieren ajustó la corbata dando un suave tirón y le alisó la chaqueta, de repente fijándose en la pulsera de Henry alrededor de su muñeca. Miró a su hermana con una mezcla de sorpresa y orgullo, y ella le sonrió con los ojos un poco húmedos.

- Llevaré el móvil encima todo el día por si lo necesitas.

Ella asintió y se despidió, corriendo escaleras abajo. Simon escuchó a Sue ofrecerle algo de desayunar y protestar por su elección -posiblemente algo poco nutritivo que comer mientras caminaba-, antes de escuchar la puerta principal cerrarse.

- ¿Está tu hermana bien?

- Tiene pesadillas sobre la guerra. Mató a mucha gente en la FVH, cuando no había cura y todo eso.

- Pero siguió en la FVH después, ¿no? -respondió Simon, frunciendo el ceño.

Kieren se giró para mirarlo como si fuera un reproche.

- Sí. Y todos tienen la oportunidad de cambiar, ¿no crees?

Simon cerró la boca porque tenía razón. El ELN luchaba por la protección de los no muertos, la igualdad. A Simon le gustaba pensar que tenía como objetivo la paz y que todos eran intrínsecamente buenos. Los vivos eran diferentes, no te podías fiar de ellos. Pero todos los no muertos estaban disfrutando de una segunda oportunidad en la vida para redimirse de la antigua, y de repente parecía injusto pensar que los vivos no pudieran tener la misma suerte. Claramente, Kieren quería que su hermana se redimiera, y Jem iba por buen camino, se había arrepentido.

- ¿Por qué no me mira? -inquirió con curiosidad, rompiendo el silencio tras un par de minutos. Kieren estaba eligiendo la ropa.

- Son los ojos -explicó con brevedad mientras Simon se agachaba para ponerse los zapatos. Kieren se cambió los pantalones y sacudió su mano tras notar el tremor de nuevo, diciéndose a sí mismo que debía darse prisa en bajar para tomar la medicación, y rápidamente se quitó la camiseta del pijama y se puso la limpia, ajeno a la mirada de Simon clavada en él hasta que se giró y lo vio, sin darle tiempo a Simon para disimular-. ¿Te gusta lo que ves? -preguntó insolente.

- Mucho -aclaró el irlandés con una sonrisa desvergonzada.

- ¿Desayuno? -Kieren no podía parar de sonreír de lado a lado en aquel momento, pero por alguna razón no quería ceder y besarlo. Quizá porque no se veía capaz de parar.

- Oh, por supuesto. Me encanta inyectarme cosas en la nuca.

Kieren soltó una carcajada y le lanzó la camiseta del pijama a la cara.

Philip los miró anonadado al llegar a la puerta del cementerio, mirando a uno y luego a otro como si no entendiera.

- Mi madre nos obligó a llevarlos -explicó Kieren, la voz amortiguada por la gruesa bufanda gris enroscada alrededor de su cuello. Apenas se le veía la cara con el gorro orejero verde y la bufanda. Simon lucía de forma similar, sólo que el gorro parecía haber sido tejido a mano y tenía un pompón arriba.

- También llevamos guantes -puntualizó Simon, agitando las manos frente a él-. Por si sufrimos congelación sin darnos cuenta. No parecía tan molesto con los complementos como Kieren, en parte había sido divertido que Sue les hiciera llevarlos. Se había sentido integrado y cuidado.

En el fondo Sue tenía razón, pensó Philip. Lúgubremente recordó la facilidad con la que los reanimados habían sido cazados el siguiente invierno tras el Amanecer. En el primer invierno, los primeros meses posteriores al Amanecer, la gente había corrido menos riesgos y se habían encerrado en sus casas, esperando al ejército que nunca llegó. No fue hasta que las despensas estuvieron vacías y el hambre acució, que la gente salió a la calle con lo que fuera para defenderse y buscar comida. Sue los había abrigado bien, observó, ya fuera para protegerlos del frío o de los guardas que deambulaban por Roarton con ganas de disparar.

- Al menos a Amy le habría hecho gracia vernos así. Casi puedo imaginármela. "Kieren, guapo, eres un no-muerto, no una momia" -comentó el joven, y a Philip se le iluminó la cara al imaginarlo.

- Habría sido genial, una batalla en la nieve -murmuró Philip. Kieren se fijó en la bolsa de cartulina con un lazo y estampado florido que cargaba.

- ¿No esperarás a Navidad?

- No. Prefiero no esperar.

- Seguro que le encanta -intervino Simon y Philip asintió, sombrío, antes de girarse hacia la entrada del cementerio, abriendo paso.

No había nadie allí, ya fuera porque la mayor parte de las tumbas recientes estaban vacías -los fallecidos después del Amanecer habían sido enterrados en el nuevo cementerio, con excepción de los afectados de SPM - y las más antiguas carecían ya de familiares vivos o que quisieran recordarlos, menos aún con aquel frío. Los árboles mecían sus ramas desnudas al compás del gélido viento y el único sonido que les acompañaba era el crujir de la nieve a sus pies.

Kieren notó algo extraño a medida que se acercaban a la tumba de Amy. Había un montículo junto a la tumba y una hoquedad sobre ésta, una hendidura que era visible aun con la capa de nieve. Todos pensaron lo mismo, pero Philip fue el primero en reaccionar, echando a correr antes de que Kieren o Simon lo hicieran. Escuchó al muchacho llamar a Amy a gritos mientras dejaba caer la bolsa al suelo antes de arrodillarse y comenzar a cavar con las manos para retirar la nieve del hueco, imaginándola debajo. Kieren y Simon hicieron lo mismo haciendo caso omiso a la dificultad. Cavaron durante horas, la tierra menos congelada conforme profundizaban, aunque apenas había sido un metro. Fue entonces cuando se dieron cuenta de la disposición de la tierra. Nadie que hubiera salido de allí por sus propios medios habría dejado así todo aquello. Sólo había que mirar las tumbas abiertas, con un agujero por donde habían escapado los afectados de SPM, como una larva que sale de un huevo. Aunque llegaran al féretro, ya sabían que Amy no estaba allí. Simon finalmente trató de sujetar a Philip, que seguía cavando con las manos destrozadas por el frío y la tierra helada, pero Philip lo empujó para continuar.

- Philip, detente, es sólo tierra.

- Amy. Está dentro, necesita nuestra ayuda -respondió jadeando, desesperado, retirando tierra tan rápido como podía a pesar de que sus músculos le gritaban que parase. Sólo podía pensar en la imagen mental de Amy tratando de salir, gritando, atrapada, y la posibilidad lo volvía loco.

Simon miró a Kieren, que no sabía qué hacer, debatiéndose entre seguir cavando o no. Algo ahí no encajaba.

- Philip, si la tierra está movida de esta forma no ha podido ser ella. Ella se ha ido, aunque no nos guste -continuó Simon, que le puso la mano en el brazo y Philip se sacudió agresivamente- ¡Escúchame! No está ahí. Si ella hubiera salido por sus propios medios la tierra no estaría aquí al lado, ni suelta por toda la extensión del ataúd. Se la han llevado y han hecho un mal trabajo ocultándolo. Créeme que lo único que me gustaría es comerme mis palabras pero Amy no está.

Philip lo empujó de nuevo y Simon se dejó caer al suelo.

- ¿Y qué quieren tus amiguitos del ELN con ella? Si pretendéis canonizarla mártir os podéis ir a la mierda -ladró Philip a gritos. Kieren tuvo que intervenir y colocarse en medio, dándole la espalda a Simon y centrándose en su amigo.

- Phil, no sabemos quién ha sido. Pueden haber sido de Halperin y Weston. Puede que hayan informado de que Amy murió en circunstancias extrañas y el doctor Russo tuviera que hacerlo público.

- ¿Y dónde está la solicitud o el permiso de exhumación? Somos los responsables de sus posesiones y deberían habérnoslo dicho. Esto es ilegal. Halperin y Weston no se rebajarían a robar a alguien, pero el ELN...

- El ELN, ¿qué? -grito Simon- ¿Qué te crees, que tus bonitos Halperin y Weston, con sus batas blancas y relucientes, son ángeles? No podrías estar más equivocado.

Kieren le lanzó una mirada de advertencia, tratando de comunicarle que no era el mejor momento para defender a la organización, pero ni Simon ni Philip le prestaron atención. Philip estaba furioso, y era la primera vez que Kieren lo veía así, dispuesto a pelear si hiciera falta mientras miraba a Simon como si realmente lo fuera a atacar. Simon había dejado de lado su apariencia tranquila y le miraba fijamente, seguro de sus palabras y molesto por la situación.

- Yo sólo sé que tu maldita banda le comió la cabeza a Amy y amenazó a mucha gente, y esa gente la mató.

- ¿Ah, sí? Lo mismo no se hubiera ido de Roarton en primer lugar si los salvajes a los que llamas vecinos se comportaran como seres humanos en lugar de disparar antes de preguntar. Nadie obligó a Amy a volver a Roarton, vino porque quiso.

Philip apretó los dientes y guardó silencio, tenso por la frustración. Kieren se aventuró a tocarlo en el brazo y esperó alguna señal de rechazo, pero no la hubo, así que se acercó un poco más a él.

- Vamos a denunciarlo, los tres, vamos a la policía y lo denunciamos. Y si tienen que venir a mirar, que vengan. Vamos a tu casa a curarte las manos, están sangrando, ¿vale?

- No.

- ¿Qué? ¿Por qué?

- Él no viene -aclaró Philip, señalando a Simon con la cabeza-. Tú dices que ya no pertenece al ELN, y puedo creérmelo si quieres, pero para las autoridades él es ELN, Maxine Martin lo tenía muy claro. Si denunciamos la desaparición de Amy con él será como si el ELN fuera inocente, y si tienen a Amy ni siquiera investigarían.

Simon resopló detrás de él, con un cierto deje de resignación.

- Id a denunciar. Veré si puedo averiguar algo por mi parte.

Kieren quiso convencerlos, pero Philip echó a andar y Simon le hizo un gesto para que se fuera.

- Tranquilo, ve con él. Yo veré si averiguo algo y después iré a casa de tus padres, no te preocupes -agregó, con una sonrisa tranquilizadora. Kieren asintió, todavía no muy seguro, pero aceleró el paso para alcanzar a Philip.

El camino hacia el bungalow fue tranquilo y sin interrupciones. A pesar de haber pasado por el supermercado y por la zona de rehabilitación del alambrado donde trabajaban los afectados de SPM, no pudo sacar nada en claro. La gente andaba comprando y preparándose para los días de fiesta, y aquel día nadie había ido a trabajar en el vallado por lo que, sin mucho que hacer, había decidido volver a por algo de ropa.

Al abrir la puerta se dio cuenta de que alguien había estado ahí, había cosas tiradas en el recibidor y aquello sólo era el principio. Alguien había estado hurgando. El suelo de la cocina estaba pegajoso por el jarro roto que había contenido la neurotriptilina casera, algunos armarios abiertos. Los cojines del sofá del salón habían sido rajados y graffittis que leían "traidor" adornaban las paredes. Habían pintado incluso sobre los cuadros. Descorazonado, primero miró en la habitación de Amy, pero afortunadamente apenas la habían tocado. Al menos habían respetado su memoria. Eso le quitaba todas las dudas de que Amy no había salido de su tumba sola, de que alguien se la había llevado.

Con cuidado, abrió la puerta de su habitación. Si había alguna trampa, era el sitio perfecto para esconderla. La cortina estaba desgarrada, los cajones abiertos y tirados por todos lados, la ropa rajada. Sobre la cama, un hombre sentado leyendo la biblia, que se giró al sonido de la puerta.

Julian le sonrió como siempre lo había hecho pero, por primera vez, Simon se tensó.

- Te estaba esperando.