Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a una mujer rubia inglesa llamada J. K. Rowling.


Capítulo I: Pequeño desastre animal

"Pinto en los espejos personajes de ciencia ficción, que escapan a su otra mitad sin pedirle permiso a el creador" Vetusta Morla


Victoire Weasley, desde hacía unas horas Victoire Lupin, era la novia de boda más hermosa que Albus Potter había visto en sus diecinueve años de vida. Llevaba puesta la tiara que Muriel Prewett —una mujer que, gracias a Merlín, Albus no había tenido el placer de conocer— le había heredado a Bill, el Weasley primogénito. El cabello pelirrojo estaba recogido en un complicado peinado con un chongo que le había hecho tía Angelina. Ted, en cambio, estaba nervioso y un poco más torpe de lo normal. Llevaba el cabello oscuro, de un color normal, pero justo antes de da el «sí», había empezado a cambiar a color turquesa mientras su piel se ponía un poco más roja.

Por lo demás, la boda había transcurrido con total normalidad, con medio departamento de Aurores allí, ya que Ted los había invitado a casi todos. Albus había visto a la jefa de su hermano, Rose Zeller, con su hija, que era la mejor amiga de Eva Longbottom y su prima Lucy; a Alec Holmes con su recién estrenada esposa, que ya estaba embarazada. También había acudido todo el clan Weasley y algunos amigos de Victoire y Ted.

—Hola… —Hestia McGonagall se sentó al lado del solitario Albus, que veía como, de un momento a otro, todos habían conseguido sacar a bailar a sus parejas. Incluso su hermano James, que había conseguido que la snob de Liliane Zabini bailara con él; aunque se notaba que la había llevado a ella porque no tenía a nadie más a quien llevar, claro—. ¿Te han abandonado todos?

Albus se encogió de hombros.

—Algo así, ¿y a ti?

—Rose fue a bailar con el primo de Louis —señaló un punto de la pista donde Rose bailaba con Vincent Quincampoix, un chico que diez años al que le sacaba dos cabezas—. El chico se quejó de que él era demasiado pequeño como para que lo sacaran a bailar, así que Rose fue amable y lo hizo. —Hestia de encogió de hombros—. ¿No trajiste a ninguna chica? ¿Chico? ¿Compañero? ¿Amigo? —preguntó, evidentemente interesada.

—¿Sigues teniendo una red de espionaje con Roxanne y Jordan, como en Hogwarts? —preguntó Albus, con guasa, evadiendo la pregunta de manera muy notoria. Pero se le daba muy bien salirse por la tangente.

—¿Las ves cerca a las dos? —preguntó Hestia sonriendo. Albus se fijó por primera vez con atención en la chica y descubrió que llevaba un vestido color salmón que le sentaba un poco mal por la forma del cuello. Llevaba el cabello medio rizado hasta lo hombros, que se había cortado después de Hogwarts para parecer un poco más mayor—. No. Pues no. Era simple interés… Por ejemplo, Rose me trajo a mí porque no quería traer a ningún chico. Claro que Lily trajo a tu mejor amigo… al cual tu tío Fred no deja de mirar de forma sospechosa. Aunque, ¿tenías otro amigo, no? Un paliducho de barbilla salida y ojos verdes que siempre estaba callado…

—Hestia… —interrumpió Albus, de forma un poco cortante, pero aun con una sonrisa—, ¿nunca te han dicho que hablas demasiado?

La chica frunció un poco el ceño, pero después, al parecer queriendo vengarse, empezó a parlotear otra vez.

—Rose, claro, cada que puede —comentó—, claro que desde que empezó las prácticas en San Mungo en agosto no tenemos mucho tiempo para vernos. Y yo tengo que gastar todas mis energías en convencer a mis padres que no planeo trabajar en el ministerio sino en cualquier escuela de magia. Aunque claro… ¡A Flitwick le parezco muy joven para dar clases de encantamientos! Me dijo que no lo consideraría hasta que la profesora Crouch planeara retirarse. —Se quedó callada un momento, mientras Albus escuchaba. El chico llevaba tiempo sin verla y en aquel momento recordó porque nunca habían tenido una amistad excesivamente estrecha: Hestia McGonagall hablaba mucho—: Aunque he oído que hay una escuela en España… quizá pruebe suerte por allá.

—¿Hablas español? —preguntó Albus, sorprendido.

—Potter, ¿nunca te dijeron los beneficios de hablar dos lenguas? —le preguntó Hestia, sonriendo más abiertamente. La verdad es que tenía unos dientes un poco chuecos, pero la sonrisa más cálida que Albus había visto nunca. Bastante debía tener ya con la nariz medio ganchuda que se cargaba—. Voy a dar clases de encantamientos. Algún día. ¿Y tú? ¿Qué tal se está en el Departamento de Misterios? —le preguntó curiosa.

—Apuesto que desearías conocer todos los secretos de esa sección del ministerio y vendérselos al Profeta.

Hestia se rio.

—¿Piensas tan mal de mí? ¿Venderle los secretos de tu trabajo a un periódico de mala calidad? —Fingió escandalizarse—. Al, si yo hago todo esto sin que me paguen un centavo. —Sonrió, pero su sonrisa se apagó en un momento, convirtiéndose en una mueca de nostalgia—. La verdad es que ya no somos como antes. Kate, Roxanne y yo. Cambiaron muchas cosas. —Se quedó mirando la salida de la carpa que habían montado a detrás de la casa de Bill y Fleur Weasley, al lado de la playa, por donde habían salido Latika y Roxanne hacía unos momentos—. Ya no estamos en Hogwarts y, aunque no lo parezca, mi interés no es enterarme de la vida de los demás. Pasaron muchas cosas.

«Roxanne no volvió», se dijo Albus, completando lo que Hestia quería decir. «Roxanne se quedó sin magia».

—Ya paso el tiempo, Hestia… —murmuró Albus. Alzó la copa que tenía en las manos y tomó otra de una de las bandejas que pasó flotando cerca de allí. Era Hidromiel. Hestia no pudo dejar de notar los dedos faltantes en su mano izquierda—. ¿Brindas?

Hestia tomó la copa.

—Por la tranquilidad… —murmuró Albus. Hestia fue un poco más optimista, como siempre.

—Por la felicidad.

A lo lejos, se oyó el murmullo de las olas.


La fiesta casi había terminado. Victoire Lupin se sentía radiante y hermosa aun, con el vestido blanco de raso de falda amplia y unas mangas hermosas, que se ampliaban hacia abajo. Sin embargo, no pudo dejar de notar que su abuela parecía preocupada por algo. No lo decía, pero se le notaba a leguas.

—¿Pasa algo, abuela? —se acercó a ella, sentándose a su lado.

—Fred y Angelina han dicho que se marchan, porque aún tienen que pasar a casa de los Thomas a dejar a Latika —empezó Molly—, pero Roxanne y Latika no aparecen, así que Arthur fue a buscarlas… Ay, como son, esas chicas… —Meneó la cabeza como queriendo decir «¡hormonas!» sarcásticamente y, por primera vez, Victoire la comprendió—. Claro que tú y Ted eran así también… no podían pasar dos minutos sin besarse.

—Seguro que el abuelo vuelve pronto, abuela… —Victoire sonrió y vio cómo, a lo lejos, tío Harry también se despedía de la mayoría de los invitados. Harry hablaba con la mujer rubia, la que ahora estaba al frente de la División de aurores y que Ted había insistido en invitar. A Victoire le parecía demasiado seca, pero sabía que había sido la mentora de Ted y la que lo había impulsado hacia arriba en la División de aurores, así que no le importaba en lo más mínimo.

Lily seguía pegada a Scorpius Malfoy… ¿pero qué le había visto su prima a ese esperpento con tres metros de frente y cara medio triangular? Claro que había oído decir por allí que tenía el cabello rubio más bonito de todo Hogwarts. Pues en eso tenía que darle la razón, porque no había visto a ninguna chica con el cabello así de liso. Albus hablaba con Hestia McGonagall, aún, una muchacha con poca gracia, pero que a Rose le agradaba desde siempre… casi. James, su primo, al que nunca había sido demasiado unida, había llevado como acompañante a una chica de cara inexpresiva, piel oscura, y nariz un poco volteada hacia arriba. Apenas había hablado con él durante toda la noche y accedido a bailar un poco. Pero se veía de lejos que sólo estaba ahí porque James le caía lo suficientemente bien.

Victoire no pensó mucho y se sentó, por fin, junto a su recién estrenado marido. Ted y ella llevaban tiempo viviendo juntos. Al principio, a Ted le había preocupado demasiado dejar sola a su abuela, pero había acabado por aceptar que algún día tendría que dejar el nido cuando Harry le había cedido a Kreacher a Andrómeda, que parecía tener mejores ideas de cómo tratar a un elfo que él, para que la cuidara y no viviera sola. Tenían un piso en Oxford, porque a los dos les gustaba vivir en la ciudad, no como el resto de los magos, que preferían casas alejadas de la civilización.

Tomó la mano de Ted y suspiró, por fin.

—Sobrevivimos —murmuró.

—Lo sé, ya sobrevivimos a esto… —coincidió él—. Sólo nos queda sobrevivir al resto de nuestra vida juntos…

—Calla —le espetó Victoire, aun con una sonrisa pintada en el rostro, fingiendo darle una colleja—. Hasta ahora nos lo hemos apañado bastante bien.

—Claro, claro…

—Además, ¿no te gustaría ser como mis abuelos? —preguntó Vic, mirando a Molly sentada unas sillas más allá, esperando a Arthur—. Llevan toda una vida juntos y aún están tan enamorados…

Ted Lupin le sonrió.

—Me encantaría terminar mi vida contigo, Vic… —murmuró—. Aunque claro, ¿lo de los niños es negociable? Porque me apetece tener niños, pero te confieso que no estoy muerto de ganas de tener siete hijos.

Victoire rió.

—Pero tendremos niños…

Ted suspiró, con la perspectiva de niños en su futuro. Bien sabía que los niños venían con horas sin dormir, con lloros en medio de la noche. Aunque según contaba su abuela, a la que le encantaba hablar de su madre, también llevaban muchas alegrías. Aunque él, a los veintisiete años, seguía sin estar totalmente seguro de todo.

—Bueno, Victoire Lupin… no seremos una pareja perfecta… —empezó a hablar, con solemnidad—, pero sí, tendremos niños. Niños que correrán por la casa y destrozaran los jardines como gnomos enfurecidos, pero sí, niños… Y, claro, vamos a envejecer juntos.

Y si no funcionaba, no les quedaba de otra: entre los magos ingleses no existía algo llamado divorcio y a menudo quienes tenían más contacto con los muggles se quejaban de que los magos ingleses vivían con dos siglos de atraso, por lo menos. Pero ellos no llegarían a eso, jamás. Entonces se oyó un grito fuera. De mujer. Molly volteó a la salida de la carpa alarmada. Ted se acercó hasta la entrada. Su rubia jefa hizo lo mismo, al igual que otros tantos. Vic fue tras Ted.

—¿Qué ocurre?

No hubo necesidad de respuesta. Su mente lo respondió.

«Algo no está bien».


—Ese grito… —murmuró James—. Roxanne. O Latika.

—Hay algo allá afuera, Potter.

—Aún me llamas por mi apellido.

—Es más sonoro que James —le espetó Liliane—. Ahora, calla. Que hay algo allá afuera. ¿Quién más huyo de la fiesta para internarse en la maleza? —preguntó, sacando la varita.

—Nadie, Hugo y Lysander volvieron hace unos momentos… Y… bueno… mi abuelo fue a buscar a Roxanne y Latika —comentó. Viendo alrededor, se dio cuenta como la atmósfera tranquila había quedado rota, la atmósfera de fiesta. Pero sabía que era algo que pasaba en su familia desde dos navidades atrás.

El miedo a que el pasado volviera y los engullera. Había visto los efectos en casi todo. La obsesión de Albus con ingresar al Departamento de Misterios del Ministerio, porque se sentía culpable de lo que le había pasado a Roxanne y estaba seguro de que, si había alguna oportunidad para ella, estaba justamente allí. La sonrisa cálida y dulce de Rose, acompañada por pesadillas constantes y paranoia continua. Su obsesión por la psicomagia, cuando antes sólo deseaba ser sanadora. Lo había visto en todos por los que habían pasado por los terribles acontecimientos de dos años atrás.

La sobreprotección de Liliane hacia su hermano, Antonin. El taciturno rostro del novio de su hermana, Scorpius Malfoy, siempre alerta. Pero lo peor había sido ver a Roxanne despertar en cuidados intensivos en San Mungo, sin magia, como si siempre hubiera sido squib. Ver como tía Audrey la enseñaba a acostumbrarse a ese mundo, le pagaba clases de bachillerato intensivas para que pudiera ingresar a una universidad y ser alguien en la vida.

Ver a Roxanne mirando al cielo, sabiendo que lo único que había deseado nunca era volverse golpeadora de las Holyhead Harpies y ver en su rostro la certeza pintada de que nunca podría volver a volar.

Y ahora, ese grito. Había sido Roxanne o Latika, que seguían juntas pese a todo, pero, ¿qué lo había causado? ¿Qué había allá afuera?

—¡Chispas rojas! —gritó entonces Ted señalando a un punto cerca de allí, donde aun quedaban los destellos—. ¡Hay alguien en peligro! —James no lo pensó más y salió corriendo hacia allá, al cabo de unos metros notó que Liliane, descalza, lo seguía. Rose Zeller hizo lo mismo. Ted igual. Alguno aurores más, también. Ni siquiera la noche de la boda iba a ser tranquila.

—¡James! —gritó Liliane, detrás de él—. ¡¿Esa no es tu prima?!

James se fijó en la lejanía y se dio cuenta de que Roxanne estaba allí. Sin zapatos, con el vestido chueco y mal puesto, pero aún bien. Cuando se fijó detrás de ella, corría Latika.

—¡Roxanne! —La tomó por los hombros en cuanto estuvo a su altura, aliviado de verla allí—. ¿Qué ha pasado? ¿Latika lanzó las chispas?

Liliane y Ted también se acercaron, pero Roxanne negó con la cabeza frenéticamente antes de calmarse y respirar.

—No… No fuimos nosotras —jadeaba. Latika la alcanzó unos momentos después, también tan agitada como ella, y la misma mueca asustada.

—Eran animales… —musitó Latika.

—Animales enormes… —corroboró Roxanne—. Cambiaban de forma, a voluntad… a veces osos… a veces leones… dos. Salimos corriendo…

—¿No lanzaste tú las chispas, Thomas? —preguntó Ted, hablándole a Latika, pero la chica morena negó con la cabeza.

—No… nosotras empezamos a correr en cuanto los vimos… lancé un par de hechizos hacia atrás… pero… no vi nada… —Respiró hondo un momento y se calmó de nuevo—. Estaba preocupaba por Roxanne.

—Entonces…

—…esas chispas…

James fue el primero en darse cuenta de quien más seguía allí afuera.

—¡Mi abuelo! —gritó—. ¡Fue él!

Zeller fue la que reaccionó más rápido.

—Vuelvan a la carpa lo más rápido que puedan —le espetó a las dos chicas—. Ustedes dos… —se fijó en Liliane entonces, con una mueca de fastidió. Las nos mujeres no se soportaban—, tres… —corrigió—. Vamos allá.

—Fue por allá, Rose —le dijo Ted y los cuatro se encaminaron hacia allá, temiendo lo que pudieran encontrar.

—Animales que cambian de forma… —murmuró Liliane—. Eso no existe. Al menos, no en Reino Unido…

Dejó las palabras flotando en el aire, pero todos entendieron lo que quiso decir. «¿Contra qué peleamos?», y si algo había aprendido James junto a ella, era que no había nada más peligroso que luchar contra lo invisible o contra lo desconocido. Se acercaron hasta unas rocas que estaban cerca de la playa, y James, oyendo sólo el mar, temió lo que pudieran encontrar allí.

Y sus temores se cumplieron.

—¡Allí! —señaló Ted.

Al distinguir la figura de su abuelo, fue James quien corrió más rápido y se dio de bruces contra el cuerpo. Un cuerpo mordido por unos enormes dientes, y la sangre desparramándose sobre el suelo. Los ojos abiertos, y la varita con la que había lanzado las chistas, aun en la mano firmemente cerrada.

Y Liliane alzó la mano para señalar lo que se alejaba por la lejanía.

James intentó ir hacia allá, pero Zeller lo frenó. Era animales enormes corriendo por la arena. Animales que no hacían ni un ruido.

Y que, como Latika había dicho, cambiaban de forma.


¡Holaaaa!

Ahora sí, este es el verdadero comienzo de Morte.

Nos situamos: después de unas discusiones y un dulce final, dos años después Victoire decide adoptar el apellido Lupin y casarse con Ted. Estamos en diciembre de 2025, para que se centren, dos años después de Vendetta. Nota aparte: el hecho de que entre los magos no exista el divorció no es canon, simplemente, viendo lo purista que es la sociedad inglesa, que parece estancada en el siglo antepasado, lo puse como dato y como homenaje a El Hacedor de Reyes.

¿Qué ha pasado con los personajes?

James ya es auror, y por lo que se ve, se lleva bastante bien con Liliane después de todo. Albus ingresó al departamento de misterios y Hestia sueña con dar clases de encantamientos. Roxanne no tiene magia y Audrey Weasley pretende ayudarla para que ingrese a la universidad muggle. Ella y Latika siguen juntas…

Pero…

No todo es felicidad y bodas.

La boda se ve interrumpida por unas extrañas criaturas que cambian de forma animal. Enormes, y que no hacen ruido. Y bueno… la boda ha acabado mal para todos los Weasley cuando James se ha topado con el cuerpo de su abuelo. ¿Qué son esas criaturas y qué las llevó hasta allí? ¿Por qué ese día? ¿Por qué atacaron? ¿Molly estará muy triste? Ya lo creo…

La canción se llama Pequeño desastre animal, de Vetusta Morla y es una muestra de mi hijoputismo de siempre, empezando Morte como he empezado. La cita, también es una pista de lo que pasa por allí… ( www . youtube watch ? v = sqG5AR – c A F4 Sin espacios)

No olviden…

Ave atque vale

Andrea Poulain

a 21 de octubre de 2013