Capítulo 2

Arthur no fue consciente de cuánto tiempo había estado caminando sin rumbo fijo durante la noche. Cuando los primeros rayos de sol le sorprendieron, se dio cuenta de que estaba demasiado lejos de la Ciudad de Halloween. Sin embargo, no le apetecía nada volver aún, por lo que prosiguió yendo hacia delante.

De repente, su camino se vio interrumpido por un claro de árboles. Sin embargo, no eran árboles corrientes...

―¿Qué es esto, Flying Mint Bunny? Nunca había estado aquí―dijo Arthur a su mascota mientras se adentraba en el claro―. ¿Qué es?

Se fijó que cada uno de los árboles tenía una especie de puerta con una figura distinta a las demás. Todas le resultaron curiosas. Sin embargo, la que más le llamó la atención fue la que tenía forma de árbol y estaba decorada de cositas de colores. Con pasos firmes, Arthur se acercó a ella. Alzó la mano y tomó el pomo dorado de la puerta, que parecía ser un adorno más del árbol. Contrario a lo que Arthur se había esperado, dentro del árbol todo era oscuridad, siendo totalmente hueco. Se giró a su mascota, que le estaba mirando con la cabeza ladeada, flotando junto a él.

―Vaya. No hay nada…―murmuró el Rey del Mal, alejándose de la puerta.

Sin embargo, apenas había dado un par de pasos cuando una ráfaga de viento frío, con motitas blancas que no supo lo que eran le envolvió, tirando de él hacia dentro del árbol. No pudo siquiera resistirse, viendo cómo la puerta se cerraba tras él y se sumía en una profunda oscuridad.

Durante unos momentos, que no se le hicieron demasiado largos, Arthur sintió cómo caía en un vacío, gritando. Vio que las motitas blancas seguían ahí, cayendo, lo que le produjo curiosidad. Finalmente, se sintió caer en una superficie blandita. Mareado, apretó los ojos, sin saber qué había pasado. Cuando los abrió, se vio rodeado de blanco por todas partes. Las motitas blancas seguían cayendo, y Arthur supuso que eso era lo que formaba lo blanco del suelo. Con curiosidad, tomó un puñado de eso blanco y se lo llevó a la boca, masticándolo, y se sorprendió al sentir que estaba muy frío.

Alzando la vista, Arthur se dio cuenta de que estaba en una colina, encima de lo que parecía ser una colorida ciudad. Sonriendo, se echó hacia delante, cada vez más interesado en ese lugar al que había llegado. Vio que esa ciudad era completamente distinta a la ciudad de Halloween, y no parecía haber monstruos por ninguna parte, sino niños pequeños que reían y jugaban. Todo eso era realmente curioso para Arthur, quien siguió observando desde ahí arriba la ciudad. Sin embargo, el cuerpo se le fue hacia abajo y cayó rodando colina abajo.

Cuando se puso en pie, en las mismas afueras de la ciudad, Arthur vio por primera vez y en primer plano cómo era la ciudad a la que había llegado a parar. No se parecía a ningún lugar en el que hubiera estado nunca, y sintió cómo muchos sentimientos comenzaban a aflorar en su interior. Sentimientos que creía muertos salieron a flote, y el Rey del Mal dibujó una sincera sonrisa en sus labios, mirando alrededor de él cada simple cosa que había. Comenzó a gritar de alegría, preguntándose en voz alta qué era eso, y dónde estaba. También se planteó el porqué de que allí no hubiera monstruos ni ningún ser como él. Todos allí eran niños que, al contrario de lo que Arthur acostumbraba a ver, sonreían y reían, felices y tranquilos, sin nada que temer.

Entre tanto jolgorio, Arthur se distrajo, mirando a todas partes sin fijarse en qué tenía delante. Fue cuando se giró hacia delante, cuando ya había recorrido casi toda la ciudad, que se comió, literalmente, a una persona que estaba delante suya y era de su misma altura (casi todos los habitantes de esa ciudad eran o niños o personas de muy baja estatura). Arthur acabó tirado en el suelo, boca arriba, sintiendo cómo se le había hundido un poco más el puñal en el corazón, lo cual era motivo de preocupación… aunque no parecía que se hubiera hundido demasiado. Alzó la vista y vio cómo la otra persona se giraba a él, sorprendiéndose mucho al verle ahí.

―Buenas noches―dijo el joven mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara―. ¿Llegas tarde a algún lado?

Arthur se lo quedó mirando con curiosidad, antes de ponerse en pie y acercarse a la otra persona, examinándole.

―¿Dónde estamos?―preguntó, sin responder a la otra pregunta. Se fijó en los rasgos del otro hombre, quien al igual que el resto de los habitantes de esa ciudad estaba vivo y se veía contento.

Ahora fue el turno del otro chico de estudiar al extraño con la mirada. Sus ojos se quedaron fijos en el extraño adorno que llevaba en la zona del corazón, aunque no dijo nada.

―¿No lo sabes?―preguntó, sorprendido―. Estás en la Ciudad de la Navidad, por supuesto.

―¿Ciudad de la Navidad?―repitió Arthur, sonriendo levemente―. Y... ¿qué es la Navidad?

―Que qué es la Navidad―murmuró para si―. Eso no puede explicarse con palabras, la Navidad es un sentimiento. Es el reunir a toda la familia junto al fuego, cantar villancicos y comer turrón y caramelos. Es... será mejor que te lo enseñe―hizo un gesto con la mano para que le siguiera―. Aunque no estaría de más conocer tu nombre. El mío es Francis.

―Yo soy Arthur―se presentó, siguiendo a Francis―. ¿Un sentimiento?―preguntó, curioso, con muchas ganas de conocer esa ciudad tan distinta a la suya y, por supuesto, descubrir qué era la Navidad exactamente y por qué parecía tan... especial.

―La Navidad es lo más parecido a la felicidad colectiva que podrás encontrar―Francis se giró a mirarle, sin dejar de caminar―. Los niños son felices porque pueden jugar con la nieve y con nuevos juguetes. Los adultos son felices porque las risas de los niños alegran a cualquiera―Francis señaló unas luces que colgaban de una farola a otra―. ¿Ves las luces de distintos colores? Son... bueno, siempre son los mismos colores porque son los más alegres que hay.

Arthur siguió con atención la explicación de Francis, sin perderse detalle.

―No son colores oscuros y fríos―murmuró para sí, emocionado―. Todo lo contrario a mi ciudad…

El otro dirigió sus ojos azules a Arthur con curiosidad. Quizás demasiada.

―¿De qué ciudad vienes tú? Las luces tienen que ser alegres para que los niños sean felices.

―La ciudad de Halloween―respondió con orgullo―. De hecho, es mi ciudad, por decirlo de algún modo.

―¿Tu ciudad? ¿Eres el alcalde o algo similar?―volvió a preguntar, curioso. Apenas había escuchado nada sobre esa ciudad tan contraria a la de la Navidad.

―¿Alcalde? No, ese es Ludwig―negó, muy seguro de lo que decía―. Soy el rey de allí. El protagonista.

―Sí que sois raros allí―miró de nuevo lo que fuera que tuviera clavado en el pecho―. Aunque aquí también hay alguien que sobresale del resto en cuanto importancia, no va por ahí llamándose a sí mismo rey de la Navidad.

―¿Raros? ¿Nosotros? ¡Pero si los raros sois vosotros!―Al ver que Francis le miraba al pecho, Arthur arrugó el ceño, sintiéndose levemente intimidado. Nadie solía escrutarle el puñal que llevaba clavado al pecho con tanto descaro―. Y si no es el rey, ¿qué es?

―Tienes que estar bromeando al decir que no sabes quién es―Francis se paró debajo del haz de luz de una de las múltiples farolas―. Ya sabes, siempre vestido de rojo, que lleva regalos a los niños en Nochebuena. Con una risa más que característica―a medida que iba hablando, el rubio iba ensanchando su sonrisa―. Tienes que conocerle.

Arthur alzó una ceja, sin tener idea de lo que Francis decía, pero encontrándolo realmente interesante.

―Eeeh no. ¿Quién es? ¿Y por qué hace eso?

―Hace eso porque... bueno, pues porque tiene que compensar a los niños por portarse bien durante todo el año―sonrió al extraño―Ven, hay más cosa que aún no te he enseñado―dijo, comenzando a buscar en las distintas ventanas hasta que, colgada de una de ellas, vio la planta que buscaba.

―Eso es muérdago y es una de las mejores cosas de esta ciudad.

―¿Muérdago?―repitió Arthur, mirando la planta―. Nunca lo había oído...―murmuró, girándose a Francis―. ¿Y por qué es de las mejores cosas?

―Porque permite a las personas demostrar su amor a los demás, no todo gira en torno a los regalos de los niños, al fin y al cabo―dejó sus ojos fijos en la planta unos segundos más antes de volverlos hacia Arthur y sonreírle, pero éste frunció el ceño.

―No entiendo. ¿Qué hace el muérdago para que la gente se demuestre su amor?

Francis se rio.

―No es el muérdago. Por sí solo no es más que una planta bonita. Son las personas, ya que todas quieren creer la leyenda que dice que, si besas a alguien bajo una de ellas, encontrarás el amor―el de ojos azules se quedó un poco pensativo―. Quizás sea algo más relacionado con la Ciudad de San Valentín. Pero en Navidad los deseos tienen la capacidad de hacerse realidad, no hay que desperdiciar una oportunidad como esa.

―Vaya...―murmuró Arthur, pensativo. Si hubiera estado vivo, se hubiera sonrojado antes de preguntar una cosa como la que estaba a punto de preguntar―. ¿Y... qué es el amor, exactamente? ¿Y por qué le das tanta importancia?

―¿No sabes lo que es el amor?―preguntó estupefacto, volviendo a dirigir sus ojos hacia el corazón del otro, pero esta vez apartando la mirada rápidamente.

Arthur negó, avergonzado.

―Bueno, el amor no es algo fácil de explicar con palabras, Arthur, incluso puede variar dependiendo de la persona a la que le preguntes. Para mí, sin embargo, el amor es el motor de todo esto―dijo, abriendo los brazos para abarcar la mayor parte del paisaje―. Incluso de ti. Aunque no sepas lo que es, estoy seguro de que más pronto que tarde, un día te darás cuenta de lo que esto significa para ti. Pero tampoco quiero ser yo el que te destroce la sorpresa del descubrimiento de este sentimiento―volvió a sonreírle, convencido de sus palabras, aunque no tanto de que el otro las hubiera comprendido.

Arthur sonrió, levemente, costándole un poco entender todo lo que le acababa de explicar Francis.

―Creo que pillo el concepto―asintió―... Esto es muy distinto a Halloween―dijo para sí, bajando la voz y mesándose la barbilla. De repente, le vino a la cabeza una pequeña idea. No era más que un castillo en el aire. Sin embargo, quizás podría servirle para demostrarle a Francis que había entendido la Navidad.

―¿Todos en Halloween son como tú?―preguntó Francis de golpe―. Quiero decir, nunca he conocido a nadie de otra ciudad.

―Yo tampoco, hasta hoy. Y sí, todos allí son como yo. Monstruos que asustamos a la gente, especialmente a los niños. Pero ninguno es tan aterrador como yo―respondió Arthur, orgulloso.

―Así que allí ser aterrador es motivo de orgullo―murmuró para si―Pero tú tampoco pareces un monstruo a simple vista. Es más no nos diferenciamos demasiado.

Arthur se ofendió con eso.

―¿Que no parezco un monstruo? Eso lo dices porque no me has visto ningún día de Halloween. De haberlo hecho, no dirías eso tan a la ligera.

―No lo digo como algo malo. Solo es que tenía entendido que son, sois―se corrigió mientras hablaba―seres con formas raras... desagradables para el resto y bueno, tú no lo pareces.

―¿Qué parezco, entonces?―preguntó Arthur, pensando que eso podría ser divertido...

―Una persona normal―se lo pensó un momento―. O casi. Quizás algo chapado a la antigua pero nada más. Bueno, sin contar eso―señaló el mango del puñal en su pecho―. ¿Qué es?

―E-Esto...―murmuró, ignorando eso de que parecía una persona normal, y dirigiendo la mirada a su pecho―. Es una larga historia... dudo que quieras oírla.

―No tengo gran cosa que hacer hasta Navidad―dijo, encogiéndose de hombros―. Y siempre me han gustado las historias junto a la chimenea.

―Vale... Para empezar, no puedo quitarme el puñal del corazón. De lo contrario, me desintegraría. Diría que me moriría, pero ya estoy muerto―rio macabro.

Francis abrió mucho los ojos, no esperando algo como eso dicho tan a la ligera.

―¿Y cómo sabes que no lo puedes quitar? ¿Y hace cuanto tiempo que estás...? bueno, ya sabes.

―Es una maldición que me echaron cuando morí. Lo he intentado varias veces, pero me empiezo a encontrar fatal y desisto―explicó, tocando suavemente la empuñadura del arma―. ¿Que cuánto tiempo llevo así?―preguntó, pensativo―. Mmm es una curiosa pregunta. Llevo tantos años muerto que ya he perdido la cuenta...

―No entiendo cómo puede haber seres capaces de algo así―el de ojos azules negó con la cabeza―. Nadie en su sano juicio maldeciría a alguien, y menos después de muerto.

―No me maldijo después de morir, sino mientras moría―suspiró Arthur―. Mi muerte fue lenta y dolorosa, y en los últimos momentos de mi vida humana fue cuando me hicieron esto...

―Vale, vale. Está bien, eres el más terrorífico de los monstruos. Pero para―le cortó Francis, notando que su estómago se cerraba en un nudo al saber la historia de la muerte del otro―. Tampoco necesito todos los detalles.

―Eres tú el que ha preguntado. Yo ya dije que dudaba que quisieras oírla―dijo Arthur, encogiéndose de hombros.

―No pensé que pudiera ser tan cruel. Cosas como esas ni siquiera pueden imaginarse aquí.

―Pues allí eso es lo normal...aunque no solemos dañarnos los unos a los otros, sino a los demás―explicó, pensando que la ciudad de Francis era demasiado diferente a la suya...

―Pero sigo sin entender el porqué de dañar a los demás o asustar a los niños ¿acaso eso os hace algún bien a vosotros?

Arthur se pensó su respuesta antes de hablar.

―No lo sé, realmente. Halloween es nuestra fiesta, y consiste en asustar... Siempre hemos sido así, y estamos orgullosos de ello.

Francis asintió, dando a entender que lo entendía (cosa que no hacía en realidad).

―Bueno, pero ahora estamos en la ciudad de la Navidad ¿hay algo más que te llame la atención para ver?―preguntó, animándose de nuevo.

Arthur miró todo lo que había alrededor de ellos, antes de negar con la cabeza.

―Ya entiendo todo de la Navidad... creo que es hora de volver a mi ciudad―dijo sonriendo de lado, pensando en cuáles serían sus próximos movimientos en la Ciudad de Halloween.

Francis hizo una mueca, sintiéndose algo decepcionado al saber que el otro pensaba irse ya.

―Bueno, pues entonces supongo que la visita guiada termina aquí.

Arthur le dio la razón, asintiendo.

―Ya nos veremos...―se despidió, enigmático, con ganas de llevar a cabo todas esas ideas que se habían ido formando en su cabeza.

Bastante lejos de allí, en la Ciudad de Halloween, las cosas eran muy diferentes.

―¿P-Puedo… preguntar por qué estoy aquí?―se atrevió a preguntar Lily, tímidamente.

Gilbert, quien estaba hasta ese momento demasiado absorto en unos planos que, por lo que la muñeca pudo ver, parecían ser de Vash (robados, en todo caso), alzó la mirada y la clavó en ella con desinterés.

―Meh, me aburría―respondió, encogiéndose de hombros―. Y como no tenía nada mejor que hacer, decidí molestar un poco a ese loco de Vash…―sonrió levemente―. Y qué mejor manera de hacerlo que quitándole su más preciado tesoro.

Lily asintió suavemente, agachando la mirada a sus manos. Se sintió decepcionada con esa respuesta, ya que había albergado la esperanza de que Gilbert sintiera lo mismo por ella y esa fuera la razón por la que la había hecho ir a su guarida. Volvió a mirar a su captor, quien había devuelto la atención a los planos. Quiso preguntarle de qué eran exactamente y para qué los quería, pero temía una respuesta brusca que la deprimiera más, por lo que decidió quedarse callada, sin hacer ni decir nada.

Pasaron unos minutos en silencio, hasta que Gilbert dejó los papeles en la mesa.

―¿Siempre eres así de aburrida?―le preguntó a la muñeca, escrutándola con la mirada.

Lily hizo una mueca, dolida por la pregunta y los pocos modales que parecía tener el albino.

―Bueno, como sea―siguió hablando, apartando los planos de un manotazo y provocando que se unieran al desorden general de la casa―. Ven, siéntate.

La chica le hizo caso, tomando asiento frente a él.

―¿Por qué eres tan importante para Vash?―le preguntó de nuevo en cuanto la muñeca hubo tomado asiento.

―Bueno, él me creó. Y le ayudo en casa, le preparo la comida, limpio...

―Y le drogas para poder escapar de casa―la interrumpió, con una sonrisa divertida.

―¿Cómo sabes eso?―le preguntó, más concentrada en la sonrisa del albino que en la conversación.

―Me gusta saber lo que pasa en la ciudad. Y tampoco es difícil de adivinar, solo hay que escuchar a ese idiota de Vash gritarte cada vez que se despierta.

Lily bajó la mirada, dejando los ojos clavado en sus manos, las que abría y cerraba de manera frenética.

―¿Qué usas?

―Belladona. A veces se la echo en la comida y la disimulo con otros ingredientes como aliento de sapo.

―Quizás seas más lista de lo que aparentas. Tendré que tener cuidado si algún día me das algo de comer.

La muñeca levantó los ojos, sintiendo más orgullo del que debería por el simple hecho de haber conseguido que Gilbert la halagara.

―Aunque tampoco creo que te convenga usar eso conmigo―Gilbert aprovechó que ella había levantado la vista para fulminarla con la mirada―. No me creo capaz de ser todo lo delicado que se debería ser con una muñequita hecha de frágil porcelana. Sobre todo si estoy disgustado contigo.

La chica asintió. No iba a decírselo, pero tampoco es que tuviera ganas de escapar de aquella casa.

Ambos volvieron a quedarse en silencio. Para no quedarse embobada mirando al hombre del saco, Lily se dedicó a mirar a todos lados.

Se notaba que la prioridad de Gilbert no era la de mantener la casa ordenada, y la muñeca supuso que el tener a esos tres niños por ahí destrozando todo, tampoco sería de gran ayuda.

―¿Dónde están Wendy, Erland y Peter?―preguntó la muñeca al darse cuenta de la ausencia de los tres niños.

Gilbert se encogió de hombros.

―Estarán por la ciudad molestando al resto de monstruos, no es algo de lo que tengas que preocuparte. Es más, seguramente estés mejor cuando ellos no anden por aquí dentro.

―Son molestos pero los tienes aquí contigo.

―Tú también eres molesta y ahora mismo te tengo aquí conmigo―le sonrió burlón―Me son útiles, si te interesa saberlo. Se enteran de todo lo que ocurre en la ciudad y me lo cuentan.

―¿Utilizas a los niños pequeños?―le preguntó de nuevo, sorprendida.

―Ellos se entretienen y a mí me sirve lo que me cuentan, es beneficio mutuo―le contestó, encogiéndose de hombros.

A medida que iba pasando la noche, Lily iba sintiéndose más cómoda en presencia de Gilbert. Llegó un momento en el cual era capaz de ignorar las múltiples borderías del albino, y centrarse solo en los escasos gestos amables que parecía tener hacia ella. Estos pequeños gestos, como enseñarle rápidamente la casa y mostrarle que tenía una habitación confortable y exclusiva para ella, hicieron que la muñeca fuera notando la atracción que sentía hacia Gilbert crecer a pasos agigantados. Cuando apenas quedaban unas horas para el amanecer, la muñeca no pudo soportar más el cansancio, quedándose dormida en uno de los raídos sofás del salón de la casa.

Un golpe sordo seguido de varios gritos y risas hicieron despertar a la muñeca varias horas después. Estaba completamente desorientada. Sin duda, no estaba en su cuarto, ni en casa de Vash. Tardó unos segundos en recordar todo lo que había pasado la noche anterior. Y otros cuantos en darse cuenta de que, aunque se había quedado dormida en el salón, ahora mismo estaba en la habitación que Gilbert le había enseñado como suya.

Lily no pudo reprimir ni la sonrisa, ni la vergüenza, al comprender que solamente el albino la podría haber llevado hasta la habitación. Salió de ella (aún algo avergonzada), para curiosear a qué se debía el alboroto que la había despertado.

En el salón se encontraban Peter, Wendy y Ernald hablando a gritos con Gilbert. Bueno, realmente hablaba Wendy mientras Ernald se peleaba con Peter, a quien estaba tapando lo boca.

―...así que todos están desesperados―estaba diciendo Wendy.

―¿Entonces no se sabe nada de él desde ayer?―preguntó Gilbert, escrutando con la mirada a la chica.

―Desde anoche―dijo Ernald, que seguía forcejeando con el otro chico.

Lily se quedó en la puerta, pendiente de la conversación para ver si podía captar lo que pasaba.

―No seas tímida, muñequita―dijo Gilbert de repente, mirándola―. Pasa, creo que esto te puede interesar.

Lily se acercó avergonzada con pasos cortos, sin mirar al albino, sintiéndose pillada en seco escuchando la conversación ajena.

―¿Podéis resumir lo que acontece ahora mismo en la ciudad?―le preguntó el hombre del saco a los chicos, para que Lily pudiera enterarse de todo.

De nuevo, fue Wendy la que tomó la voz cantante.

―Arthur ha desaparecido. Nadie sabe nada de él desde anoche y el pueblo está desesperado―resumió la chica, antes de echarse a reír.

Lily sintió que se paralizaba, recordando todo lo que le había escuchado decir al desaparecido la noche anterior. Sin embargo, no dijo nada, y se dedicó a asentir.

―El que está peor es Ludwig―habló Peter, que se había conseguido zafar del agarre de su amigo―. Dice que ahora no puede planear nada para el Halloween del año que viene.

―Y les está pegando la preocupación a todos en la ciudad. En serio están todos como locos.

Gilbert asintió, sonriendo.

―Volved a la ciudad y enteraros de todo lo que pase. No os quiero ver por aquí hasta que no podáis decirme todo lo que hizo Arthur antes de desaparecer como si nada.

Los tres chicos salieron de la casa corriendo y gritando cosas sin sentido, o por lo menos para Lily.

―Bueno, parece que esto se pone interesante―dijo Gilbert, con ese brillo peligroso en los ojos que cautivaba a la muñeca de porcelana.