Capítulo 2

— ¿Trajiste el café que te pedí? — preguntó Tamaki desde su lugar en el gran sillón estilo francés que ocupaba junto a una de las "princesas".

Haruhi le extendió la bolsa con el contenido solicitado; el rey abrió bien grande los ojos y llamó a todos.

— ¡Miren! Es el famoso café de los pobres.

— Oh, así que es cierto que los pobres no tienen tiempo de moler los granos — exclamó Honey.

— Disculpen, ya voy a comprar del otro… — musitó Haru, al tiempo que ponía los ojos en blanco. Los ricos eran un caso aparte definitivamente.

— ¡NO! — gritó Tamaki — Esta es la oportunidad perfecta. Ven Haruhi, haz la demostración de cómo se prepara el café de los plebeyos.

Pronto, se congregó una pequeña multitud alrededor de una mesa, para ser testigos del increíble ingenio de la clase baja. Resignada, tomó la pava con agua caliente y la vertió sobre el café instantáneo. Luego lo revolvió y le tendió la taza al rey.

— Wow, es genial. Ya veo por qué los pobres recurren a esto.

— Me da un poco de miedo… — murmuró una de las clientas.

— Pues a mi padre no le va a agradar que beba esto — comentó otra.

Tamaki se acercó a ambas y con su sonrisa característica comentó:

— ¿Qué te parece si te lo doy de beber desde mi boca?

Las dos se ruborizaron y muy entusiasmadas bebieron el líquido. Haruhi no podía creer lo que veía, todos aquellos ricachones volviéndose locos por un poco de café instantáneo. Se preguntaba por qué no estarían todos ellos encerrados en un loquero. Aunque, tenía que admitir, le resultaba un poco divertido a la vez.

— ¿En qué piensas Haruhi? — preguntó Tamaki

— En que están todos ustedes un poco zafados…

— Qué imprudente resultas ser. El Host Club se nutre de nuestra belleza sin comparación y nuestro espíritu libre — se acercó un poco más —. De todos modos, ¿por qué usas estas gafas tan feas?

— Oh, son de mi abuelo. Perdí mis lentillas el día de la ceremonia de ingreso.

Tamaki le quitó los anteojos y se quedó pasmado. Al instante chasqueó los dedos y comenzó a repartir órdenes a todos los miembros.

— Kaoru, Hikaru, tijeras. Kyōya llama a la sastrería y encarga un uniforme. Mori, trae un par de lentillas…

— ¿Y yo? ¿Y yo? — preguntó entusiasmado Honey.

— Tú puedes ir para allá a seguir comiendo torta.

Decepcionado, ya que quería participar en todo aquel revuelo, Honey se retiró a un rincón a comer sus dulces.

A Haruhi la mandaron a ponerse el nuevo uniforme, y luego los gemelos le cortaron el pelo y le dieron un nuevo look. Realmente no se sentía muy cómoda con tanta gente dando vueltas a su alrededor, pero tenía que admitir que el Host Club se tomaba muy en serio las órdenes del autoproclamado rey Tamaki.

Al verse en el espejo no se reconoció, habían emparejado su corte de pelo y el uniforme le quedaba a la perfección. Como no tenía dinero para comprar el uniforme de la escuela, había estado usando un suéter viejo de su padre y unos pantalones desgastados.

— ¡Excelente! — exclamó Tamaki — Ahora sí. Si consigues que cien clientas te soliciten podrás considerar que tu deuda esta saldada.

Pese a que aquel grupo estaba bastante chalado, no podía dejar pasar la oportunidad de saldar aquella deuda. Ni en ochenta años lograría reunir la suma que le solicitaban.

— Está decidido — decía el rey en ese momento —, te entrenaré personalmente para que puedas convertirte en un host.

No le quedaba otra opción que resignarse, así que tomó una larga bocanada de aire y enfrentó a Tamaki con una sonrisa torciendo la comisura de sus labios.

— Será un placer trabajar contigo desde ahora, Tamaki-senpai.

— Q-qué… ¡Su talento es natural! — respondió este al tiempo que la tomaba por los hombros y la abrazaba efusivamente.

— ¡Alguien que me ayude por favor! — gritó, aun cuando no tenía mucho sentido.

Acto seguido, sintió como la tomaban por la cintura y la alejaban del lugar. Su salvador gentilmente la depositó en el suelo.

— Muchas gracias, eh… — comenzó, volteándose para encontrarse con su salvador, que no era ni más ni menos que Mori.

Él la observaba con extrañeza, como si tratara de darle voz a un pensamiento surgido en lo profundo de su mente. Haruhi sintió como el rubor se extendía por su rostro, y cómo su piel quemaba en donde Mori la había agarrado.

¿Por qué se sentía así?

— Gracias, Mori-senpai — murmuró y se escabulló del lugar.

Takashi se quedó parado, analizando la situación. Lo cierto es que el Host Club había dado por sentado que Haru era un muchacho, sobre todo porque el aspecto que ofrecía no era para nada femenino, vestido con esas ropas que le quedaban bastante grandes, y con lo desaliñado que iba. Pero ahora él había descubierto que Haruhi Fujioka, el becado del instituto, era en realidad una chica. Estaba seguro; ningún hombre tenía una cintura tan estrecha como la que de aquel muchacho… Muchacha, se recordó Takashi.

Pero no podía decirles a los demás del club, porque eso representaría un problema para ella, que tenía que conseguir las cien clientas para poder saldar la deuda que, de otra manera, le resultaría imposible.

Otra cosa que lo dejaba pensando era la sensación de hormigueo que le recorría ahora las manos. ¿A qué se debía?

— Takashi, ¿te sucede algo? — le preguntó Honey.

Él negó con la cabeza y acompañó a su primo a la mesa donde esperaban los dulces y las clientas.

Pensaría luego qué hacer en cuanto al problema de Haruhi, aunque no creía que a los demás miembros del club les tomara mucho más tiempo en descubrir, al igual que él, la verdad.