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-¡María! ¡María! ¿Dónde estás, pichoncito exótico?
Antonio empezaba a ponerse nervioso. Hacía más de dos horas que su pequeña no daba señales de vida en toda la casa; trataba de calmarse diciéndose a sí mismo que la niña estaba bien, que quizá se había quedado dormida en algún recoveco de los salones, o que estaba vagando por los jardines, pero la verdad es que no se sentía muy seguro de que, al menos, ella estuviera dentro de la casa.
En la playa, encaramada sobre una gran piedra que sobresalía de un acantilado, la pequeña escuchaba con los ojos como platos a Arthur, que estaba contándole con muchos ánimos historias de piratas. El hombre, sentado con las piernas cruzadas y palmoteando en el aire al ritmo de su charla, se sentía muy a gusto con su minúsculo público, y le sorprendía ver cómo aquélla criatura tan pequeña escuchaba sus relatos con la doble virtud de mostrarse sorprendida y tranquila a la vez.
-Entonces la Marina Real cayó sobre Edward, y ¡Bam! Estallaron los cañones, una y otra vez… Por un momento creyeron ganada la batalla, pero, ¡ay! Los navíos de la Marina Real avanzaron, sin amilanarse por los disparos. Volaron las bombas a las cubiertas, balas de cañón y de pistolas, pero cuando menos lo esperaban… ¡Ya estaban ahí! Edward luchaba con toda su valentía contra el enemigo… ¡una, otra, y otra vez! Destellaban sus espadas en el aire, cortando hasta el aliento de quienes los miraban… Y entonces… -una silenciosa pausa, durante la cual María abría más y más sus ojos, y entonces, Arthur dio un manotazo violento en el aire. -¡Ah! Entonces una lluvia de balas salieron disparadas hacia Edward. No una, ni dos, sino veinte balas.
-¿Veinte balas? –dijo María.
-Ni más ni menos, mi pequeña dama. La espada del comodoro cayó… -Arthur hizo ademán de cortarse el cuello de lado a lado con un dedo. –Y el gran Edward Titch perdió la cabeza… Pero claro, eso no lo detuvo. Su cuerpo nadó alrededor de su propio barco tres veces antes de hundirse, y solo así… terminó la increíble vida del gran Barbanegra. –con un suspiro solemne, Arthur se quitó el sombrero, llevándoselo al pecho, e hizo una afectada reverencia. María aplaudió.
-¡Quiero otra historia! ¡Quiero otra!
-Quizá luego, pequeña. Ya es muy tarde y debo volver a mi barco.
-Oooh… -los ojos de la niña se llenaron de lágrimas. Arthur fingió no darse cuenta, y se levantó sacudiéndose el polvo y acomodándose el sombrero.
-Bueno… que tengas una buena noche, Nueva España. –el inglés se dio media vuelta.
-No me digas así.
Arthur se detuvo y miró a la niña. Todavía sentada en su roca, el rostro de la pequeña había cambiado bruscamente; sus mejillas estaban encendidas de rabia, y sus pequeños puños estaban fuertemente apretados encima de su regazo.
-¿Porqué no? Ése es tu nombre, ¿no es así?
-No. Papá me puso ese nombre, pero no es el mío.
-¿Y cómo te llamas entonces?
María alzó la vista, suplicante. Arthur se sintió algo cohibido.
-Si te lo digo, ¿no le dirás a papá, verdad?
-Yo… claro que no. Lo prometo.
-¿De verdad?
-Te doy mi palabra de caballero… -era una frase suelta, claro; en ésos momentos, Arthur podía ser todo, menos un caballero. Simplemente su situación era demasiado delicada para permitirse actuar por medio de la diplomacia, pero María era una nación joven y noble, y traicionar sus sentimientos era lo más peligroso que podía hacer ahora.
-Bien… -María se puso de pie sobre la roca, y con una mano le hizo un gesto a Arthur para que se acercara. Él lo hizo, y tuvo que inclinarse un poco para llegar a la altura de la pequeña; ésta miró primero a un lado, luego a otro, y cuando pareció convencida de que nadie los escuchaba, acercó su boca al oído de Arthur y musitó: -Mi nombre… es México.
-¿México? –Arthur sintió un estremecimiento. México… era un nombre muy… corto, pensó, muy sencillo, apenas compuesto por tres sílabas, y seis letras. México no parecía un nombre muy imponente para un país, y aún así… aún así no entendía porqué el tan sólo pronunciarlo le provocaba tal ardor, casi doloroso, en el pecho. México… bueno, en todo caso sonaba mil veces mejor que Nueva España, pero aún así…
-Entonces no se lo dirás a nadie, ¿verdad? –rogó María, juntando sus pequeñas manos en señal de súplica. Arthur asintió secamente.
-A nadie. Bien… debo irme, hasta luego… pequeña M.
La pequeña sonrió, y saltó de la roca echando a correr de vuelta a su casa. Arthur la siguió con la mirada y luego, todavía sintiendo el ardor en el pecho, volvió a su barco.
…
Todo había concluido para él. De un día a otro, su hermanito menor había crecido, y no sólo eso. Lo había expulsado… sí, expulsado del páramo donde se conocieron, donde él, Arthur, le había jurado que lo protegería por siempre, sin importar lo que pasara…
-Crecen tan rápido… -pensaba él mientras su barco se acercaba a la ya conocida costa de la casa de Nueva España. No sabía hacía cuánto tiempo había dejado de visitar a la pequeña, inocente y brava chiquilla, pero le mataba de curiosidad verla nuevamente, saber cómo estaba… Tal vez podrían volver a su sitio encima del acantilado, y le contaría muchas historias encantadoras sobre piratas, o sobre magia…
-No seas idiota. –se regañó, dándose un golpe en la cara con la mano. ¿Sentimentalismos, él? ¡Jamás! Y mucho menos por alguien tan pequeña como ella. Un país tan joven puede ser manipulado, pero cuando crecen… se olvidan de quienes los cuidaron, de quienes se preocuparon por ellos, y los echan a patadas. ¿Qué tal si ella hacía lo mismo? No hay que poner las manos al fuego por nadie, mucho menos por una nación infantil.
Tan inmerso estaba en sus amargos pensamientos que no notó los cambios que había en la costa. Ya no era el territorio tranquilo en el que conociera a la pequeña hija del tonto España; una gigantesca muralla de piedra rodeaba la playa, vigilada desde dos altas torres apostadas en cada extremo. Cuando por fin se dio cuenta, apenas frenó el barco antes de irse a estrellar con el muro.
-¿Pero qué…? –sacó su catalejo y miró a todas partes. La bandera de España ondeaba en las torres. -¡Idiota de los tomates!
De pronto, notó una pequeña figura que corría a toda prisa por encima del muro. No alcanzaba a visualizarla muy bien, pero notó que era una mujer; primero le pareció extraño ver a una chica corriendo ahí, pero algo le advirtió que no lo hacía por gusto. Siguió a la figura con la mirada y notó que saltaba ágilmente hacia la torre más próxima, trepando por ella hasta alcanzar el acantilado, el único sitio donde el muro había encontrado su final, y luego vio cómo aquélla misteriosa persona se desplomaba sobre las rocas, cubriéndose el rostro con ambas manos.
Fascinado por aquél misterio, Arthur tomó el timón y navegó hacia el acantilado, acercándose lo más posible a él; cuando la proa estaba a un escaso metro de distancia, echó el ancla al agua y luego, con tanta agilidad como le era posible, correteó por la proa y de un salto llegó al acantilado. Ahí, a pocos pasos, se encontraba la mujer; llevaba una falda azul, un delantal atado a la cintura y una blusa blanca de una tela que no podía reconocer; los cabellos sueltos caían hasta la altura de los codos, lacios y negros, en contraste con su piel morena.
Intrigado, Arthur alargó una mano y tocó suavemente el hombro de la mujer. Ella se sobresaltó y se puso de pie bruscamente.
No lo podía creer. Pero tenía que creerlo ahora que lo veía; ésa piel, ése cabello y ésos ojos sólo podían ser de una persona… sólo que la última vez que la vio, podía tomarla en brazos sin ninguna dificultad…
-¿P… Pequeña M? –preguntó Arthur, desconcertado.
La joven asintió. Sí, había crecido mucho, aunque no tanto como América; al parecer, la presencia de España le impedía crecer más; aún parecía una chiquilla, sobre todo –y cuando lo pensó se sonrojó –por la escasez de pecho que tenía.
-Niltse. –saludó ella con voz débil. Parecía triste, muy triste. Eso no le pareció normal a Arthur.
-¿Te pasa algo? –preguntó delicadamente.
María lo miró, con una furia antinatural brillando en sus pupilas.
-Me pasa todo, Inglaterra. ¡Todo! Padre dice que un tal Francia ha estado molestándolo, y como no puede ganarle en batalla se desquita conmigo. Últimamente me grita mucho, dice que nunca seré una buena nación y que… que… debería ser como… como América… -su voz se quebró, y volvió a cubrirse el rostro con las manos. No emitió ningún sonido, pero Arthur supo que estaba llorando.
-Oh, Pequeña M. –murmuró él con pesar. –Desearía poder ayudarte…
-¿Puedes hacerlo? –dijo ella de pronto, mirándolo con anhelo. -¿Qué podrías hacer?
-Bueno, yo… -Arthur se puso muy serio, sonriendo con arrogancia. –Tengo un ejército muy capaz. Podría acabar en un solo día con el idiota de España, ¿sabes?
-¿Me prestarías a… tu ejército? ¿De verdad?
-Bueno, bueno, pero no puede ser gratis. –el inglés negó con un dedo, sonriendo aún más. –Nada es gratis en este mundo, Pequeña M. Yo diría que… mi precio es… digamos… un poco de tu precioso oro.
-¿Es todo? –María alzó una ceja, denotando confusión.
-Sería estúpido de mi parte pedirte otra cosa… -Arthur desvió la mirada. Años atrás, su precio habría sido más alto; echar a España de la casa de María y tomarla para sí, como su hermana menor. Sería rico, inmensamente rico… pero eso no importaba ahora. No quería saber nada de hermanos menores nunca más.
-Si ése es tu precio, Inglaterra… me encantaría aceptarlo. –María le tendió una mano a Arthur. Por un segundo, él pareció dispuesto a hacer lo mismo, pero… su mano se quedó quieta a la mitad del camino. Él y la joven se miraron fijamente por largo rato, con sus manos a pocos centímetros de distancia. Lentamente, él bajó su mano, y ella, desconcertada, retrajo la suya.
-No… no puedo hacer eso, Pequeña M. Lo siento.
-Pero… ¿porqué no? –y murmuró algo que le caló en el alma a Arthur: -Creí que eras mi amigo.
-¡No! ¡No es por eso! –replicó él sintiéndose ofendido. –Pequeña M, escucha. He tenido muchos problemas en mi casa, con Francia y con España. Entregarte mi ejército me dejaría vulnerable a Francia, y España se aliaría con él y sería mi fin… Lo lamento mucho, pero de verdad, no puedo… Perdóname por ilusionarte así…
-Ah… bueno… -María desvió la mirada, mordiéndose un labio. Arthur suspiró; no le gustaba faltar a su palabra, últimamente sus andanzas como pirata comenzaban a decaer, y lo único que quería era dejar los problemas de lado y engrandecer su casa. Pero aún así, la mirada de desesperanza de la jovencita no lo dejaría en paz, por más noches que pasaran.
-Bueno… hay algo que sí puedo hacer.
-¿Ah sí?
-Sí, yo… ¿sabes usar… un… arma?
-Pues… la verdad no.
-Bien, puedo regalarte una, bastante buena.
-¿Y eso de qué me servirá?
-Pues aprenderás a combatir, claro. –Arthur sonrió de nuevo. –Y podrás expulsar por tu propia mano al idiota de los tomates de regreso a su ridícula casa.
-¡Suena bien!... pero… ¿qué quieres a cambio?
¿A cambio? El inglés meditó aquélla pregunta… ¿cuál sería su precio? Tal vez oro, pero bueno, eso ya se sobreentendía… ¿una parcela de fértil tierra? No, la agricultura no se le daba muy bien, y menos en aquélla época… ¿algo que él quisiera y que ella pudiera darle?... pues… sí, quizá había algo… pero… en ése momento no se le ocurría qué…
-Sólo… dejemos que el tiempo decida, ¿sí, Pequeña M?
La jovencita parpadeó, conservando el semblante muy serio. Luego, con un suspiro, asintió.
-Gracias, Inglaterra. Eres un buen amigo.
-No me agradezcas, Pequeña M.
…
La última vez que la vio, mientras navegaba en un gran buque de vapor que recién había construido, notó que la bandera de España ya no flotaba en el acantilado. En su lugar, una bandera verde, blanca y roja, con un águila estampada en su centro, ondeaba orgullosamente.
Ya no era la Pequeña M. Ahora debería enseñarse, como las otras tantas naciones, a llamarla por su nombre. México.
Notas históricas: Según varios archivos procedentes más que nada de Gran Bretaña, varios grupos rebeldes en México desde el siglo XVIII habían intentado en vano iniciar la guerra de Independencia con apoyo de los ingleses, quienes enviarían tropas a México a cambio del intercambio comercial y una cuota monetaria, prometiendo no intervenir en los asuntos políticos de la nación libre. Sin embargo, aunque dicho trato nunca se llevó a cabo, sí se sabe que los ingleses introdujeron de contrabando armas usadas en el siglo XIX por el Ejército Insurgente.
