Capítulo 2

Un intruso en el acorazado

Una maraña de pensamientos de diversa índole se había formado en la cabeza del ahora Crash capaz de hablar al descubrir que la chica gótica, Nina Cortex, gustaba de él. Hacía mucho que él no pensaba acerca de estas… ¿cosas del amor? Ya que su primera novia, Tawna, se encargó de destrozar su corazón en miles de pedazos, convirtiéndolo en un ser incapaz de amar de nuevo. Por eso no se dio cuenta antes de las señales que tenía frente a su cara. Por eso no le buscó una explicación racional ante semejante traición por parte de ella con su equipo de malvados científicos y la preocupación y amabilidad que le estaba ofreciendo.

Mientras que el mutante contemplaba el océano desde la cabina del capitán, o más bien del almirante, pensaba en todo lo sucedido. Al principio, él sostuvo que todo ese cambio en el comportamiento de la de los dientes de conejo fue que simplemente ella no quería seguir el camino del mal como su tío, dándose cuenta de los verdaderos enemigos. Él seguiría con esa teoría de no ser porque la cyborg no quiso que regresara a N. Sanity, con su familia. Ahora el anaranjado se encontraba en un gran aprieto: tendría que admitir que la revelación le hizo darse cuenta de que gustaba de la de piel azulada pero eso lo pondría en un gran problema.

El Bandicoot se veía tan diferente de lo acostumbrado; estaba sentado en uno de los pocos asientos que había en el lugar, mirando el horizonte, totalmente sumergido en sus cavilaciones. Al parecer la nueva dosis del rayo evolutivo cambió un poco al bicho inquieto y medio bobo, arruinador de planes que siempre parecían estar destinados a fracasar. Verlo así al marsupial asustaba, podría estar planeando el peor de los crímenes, por eso N. Gin debía estar preparado para cualquier cosa. Centrando su atención a los miles de interruptores y botones de la consola que controlaba el barco gigante, luego de una hora el del misil escuchó la voz de su acompañante.

—Quiero a Nina.

—Por un momento, creí que dirías algo aterrador —dijo el doctor con una risa nerviosa al final. Por su parte, el chico lo miraba confundido—. Olvídalo... Vaya, eso sí que es grave.

—¿Eh? —preguntó el joven un poco enojado.

—No me malentiendas —se apresuró a contestar—, es sólo que ya sabes lo que pasará si esto llega a saberse. No creo que ni tu familia y ni hablar del viejo Cortex lo aceptarán.

—Ya lo sé —sollozó el de los ojos verdes, poniéndose muy triste—. No sé qué hacer.

—Creo que será mejor olvidarlo... No tiene caso empezar algo que simplemente no se puede dar —habló, mostrándose pensativo, apenas levantando la voz pero fue suficiente como para que el oyente estuviera de acuerdo con ello. Lo sucedido le hacía recordar que él también estaba en una situación similar: tenía algo complicado y, por eso, imposible. Antes de que el dueño del acorazado tratara de levantarle el ánimo, aunque eso sería muy extraño para él, se fijó en la cambiada apariencia del evolucionado para peor—. ¿Estás bien?

El adolescente arrugó su cara y llevó sus brazos como si le doliera el estómago. Él se veía bastante mal, retorciéndose en la silla, y cerrando sus ojos con fuerza. Por su parte, el pelirrojo tomó su comunicador, pidiéndole a alguno de sus marineros que le trajera un calmante, pero él tuvo que cambiar la orden cuando se dio cuenta que el visitante se había desmayado. Por suerte, el capitán actuó rápido antes de que el inconsciente se diera un fuerte golpe contra el suelo y, como no podía esperar más, lo llevó arrastrando hacia la enfermería. Sin embargo, a pocos pasos que dio, un rinoceronte apareció y trasladó fácilmente al paciente.

Nadie sabía lo que pasaba, y se descartó que el causante fuera una indigestión por la comida si sólo él era único afectado. Lo que sí era seguro era que estaba adolorido, así que una inyección fue dada luego de que lo acomodaran a una camilla. El rinoceronte doctor se encargó de examinar rápidamente al inconsciente y sugirió mientras tanto someterlo bajo los efectos de algún sedante hasta que tuviera los resultados. Por otro lado, el cyborg permaneció al lado de la camilla, pensando en alguna explicación para este hecho repentino. Él se quedaría allí más tiempo de no ser porque uno de sus marineros le avisó que alguien del N Team trataba de comunicarse con él.

Ahora sí se venían los problemas: quizá ellos ya se enteraron de todo y sólo le avisarían que ya no pertenecía al equipo y que será tratado como el peor de los enemigos. Mientras pensaba en esto, el almirante también se le vino a la mente otra idea: que le harían miles de preguntas acerca del paradero de la víctima de sus torturas. Un poco dudoso, él agarró el teléfono y se dio cuenta que del otro lado de la línea estaba Neo Cortex. Este preguntaba por su sobrina, así que se descartaron las anteriores opciones, por suerte. Como respuesta, dijo la verdad y, en lugar de seguir con el interrogatorio, el barbudo le comentó lo sucedido en el laboratorio.

—¿Podrías preguntarle a Nina si vio al idiota de Bandicoot? —dijo el casi calvo sonando raro, como si estuviera nervioso o algo atemorizado.

—La llamaré de inmediato —respondió de manera automática, aunque para lo que seguía no sabía si estaba bien entrometerse o no, pero tal vez podría explicar el porqué del sufrimiento del mutante—. ¿Por qué es tan necesario dar con Crash? ¿Qué es lo que pasa?

—Porque hemos investigado bien, un poco tarde —gruñó eso último, como echándole la culpa a los demás—, que el Evolvo-ray y el Cortex Vortex estaban más que dañados, con lo que suponemos que aquella peste podría sufrir unos cambios con el correr del tiempo.

—¿Qué clase de cambios? —preguntó algo asustado el pelirrojo, al recordar la capacidad de hablar y el dolor de hacía rato.

—La verdad, no lo sabemos bien. Tal vez sólo su cerebro va achicharrándose, eso espero, o quizá se vuelva más mutante con la mente descontrolada, convirtiéndolo en un monstruo.

¿Un monstruo? Mientras que resonaba en su cabeza esa pregunta, el del misil preguntó si eso se trataba sólo de una broma, no escuchó nada y supuso que la comunicación se había cortado por alguna extraña razón. Acto seguido, la energía eléctrica también se fue al demonio; sólo funcionaban unas pocas luces de emergencia de un color rojo, que sólo hacía meter más miedo. Sólo había que ver qué andaba mal con la energía, pensaba él y, tratando de hacer como si nada malo hubiera ocurrido, salió de la habitación en busca de la sala de máquinas.

Los pasillos estaban terriblemente en calma y en silencio, que sólo se escuchaban sus pisadas, sin embargo, N. Gin sintió que alguien venía tras él. Eran pasos pequeños, no de sus secuaces, y al ver de quién se trataba descubrió primero unos ojos azules, propiedad de la joven Cortex. Ella, con una voz agitada, demandó explicaciones acerca de lo que estaba ocurriendo y el científico le comentó sobre la llamada telefónica reciente. Después de eso, la chica quiso ir por el marsupial antes que nada, y como la enfermería quedaba de camino, ambos fueron hacia allá pese a que ya había un médico cuidando del chico.

Algo raro estaba pasando: por ningún momento se cruzaron con alguno de los marineros, y las anormalidades seguían al ver que la puerta del sanatorio estaba abierta y con marcas de garras. Los rinocerontes no tenían garras, entonces ¿quién pudo dejarlas? Dejando de lado la pregunta, aquellas dos personas entraron a esa sala a medio iluminar, para luego arrepentirse de esa decisión. Ellos pudieron observar que el anaranjado no estaba.

Lo que llamó más la atención en el lugar, aparte de la ausencia del paciente, fue que los instrumentos y máquinas estaban desparramadas por el suelo. Lo peor que descubrieron fue que encontraron al doctor, también tirado, dentro de un gran charco de sangre. Los dos se encontraron con un escenario macabro, y los zarpazos de la puerta también estaban en el cuerpo, sólo que más profundos. Fue extraño que alguien tratara de atacar y matar a un mutante de más de dos metros con otros dos de ancho. La adolescente quedó paralizada, fue entonces que el almirante la sacó a rastras de allí.

Nina exigía una respuesta ante qué fue lo que sucedió ahí, pero N. Gin le tenía una idea desagradable: por alguna extraña razón, Crash se volvió un monstruo y mató a ese secuaz. Obviamente, la teoría fue rechazada por parte de la gótica y quería demostrar lo contrario buscando al anaranjado por cada rincón del gran barco. Fue así que ellos dos salieron en busca del desaparecido, esperando no encontrarse con su perdición. Con mayor cuidado, el científico y la aspirante en serlo hallaron salpicaduras de sangre por todas partes y, cada tanto, algún que otro cadáver. Eso sí que era grave: al parecer aquella bestia suelta atacaba sin razón y, lo peor, era que tenía una fuerza descomunal.

—Nina —llamó en voz baja el del misil—, si los marineros no tuvieron oportunidad ante esa cosa, ¿por qué crees que nosotros sí? No tenemos nada para defendernos.

—Yo cuento con mis manos de acero —dijo ella con un poco de confianza, enseñando sus puños; se sintió así ya que participó en la batalla contra los Gemelos Malvados.

Mientras que el del ojo mecánico se decía que eso no era suficiente, por fin dio con la puerta de los generadores de energía. La entrada estaba entreabierta y eso no era una buena señal. Como lo suponía: había otra escena del crimen ahí y, lo más desagradable fue que encontró la razón de la falla eléctrica: el equipo estaba dañado. Él se puso a arreglarlo inmediatamente, oyendo las quejas de la chica quien sugería hacer algo más importante, como encontrar armas. El constructor de robots siguió adelante con su trabajo, ya que si lograba reparar la máquina, enviaría a la estudiante a su casa y él se encargaría de los problemas.

Ella no quería escucharlo, porque si se trataba del Bandicoot, sería en parte su culpa por haberlo traído hasta aquí, y por los destrozos y las bajas. Ninguno de los dos quería ceder y la discusión se hacía más escandalosa, olvidando por un momento que había una bestia por ahí que los podría escuchar. El pelirrojo puso fin a la discusión en el mismo tiempo que consiguió reestablecer la electricidad y, cuando él quería salir de ese lugar para concretar su plan, algo enorme entró apresuradamente, tomándolos por sorpresa. Ese alguien tenía la respiración agitada y su cuerpo muy lastimado; la expresión en su rostro era de completo terror y se acercó a esas dos personas buscando refugio.

—¡Almirante! —gritó el mutante, poniéndose de rodillas, viéndose desesperado—. ¡Afuera hay una cosa que está matando sin piedad! ¡Nunca había visto algo semejante!

—Cálmate un poco, Handy —le respondió al rinoceronte tratando de verse tranquilo, aunque era imposible—. Crees que podrás decirme cómo era esa cosa.

—Era… —comenzó diciendo el herido tartamudeando ya que le venía a la mente cómo eran destrozados sus compañeros de trabajo; el recuerdo hizo que se llevara sus manos a su cabeza y cerrando sus ojos con fuerza—. ¡No puedo recordarlo! Sólo vi que tenía dientes y garras como cuchillas. No sé cómo llegó ese animal anaranjado hasta aquí.

—¿Anaranjado? —exclamaron al unísono los cyborg, confirmando sus peores temores.

—Escuchen —trató de calmar un poco las cosas el capitán, aunque todos estaban asustados—, tenemos que llegar a la sala de control así podemos saber dónde está Crash con las cámaras de vigilancia y ocuparnos de él. Allí también podremos llamar a los demás.

Aquel extraño equipo puso el plan en marcha, teniendo en mente que podrían encontrar la muerte en cualquier momento. El camino de regreso fue distinto al poder ver lo que la oscuridad ocultaba, pero lo que se mantuvo fue el tratar de no hacer ruido alguno. En una ocasión dejaron de caminar sólo para darse cuenta que unas fuertes pisadas y una serie de gruñidos se oyeron muy cerca de ellos. Sólo siguieron adelante una vez que el silencio volvió y, por suerte, no escucharon de nuevo esos sonidos que les hacían poner la carne de gallina. Cuando llegaron por fin a la cabina del capitán, el secuaz se apresuró por cerrar las puertas.

—Tenemos a Crash —dijo N. Gin en el instante en que se comunicó con Cortex, oyéndose como si fuera un secuestro—. Le enviaré lo que captaron las cámaras de seguridad.

Luego de eso, el cyborg le fue contando lo sucedido en cuanto a lo que hizo la gran alimaña y que lograron milagrosamente encerrarlo en un pasillo, tras las gruesas puertas metálicas.

—Jamás creí que dos máquinas en mal funcionamiento pudieran provocar semejante atrocidad —comentó Neo seriamente, mientras observaba el video en su laptop.

—Tío, espero que fabriques alguna clase de antídoto —se metió Nina.

—No lo sé —respondió él, muy pensativo—. Creo que irá Tropy a acabar con este asunto.

La chica le expresó su desacuerdo, con groserías de por medio, pero los doctores trataban de convencerla de que aquella bestia ya no era más el sonriente marsupial. También le hicieron recordar las muertes y destrozos ocasionados, así como el hecho de que ella era la responsable de llevar al enemigo a ese lugar. Ella se sentía de lo peor y, con una voz apagada, finalmente accedió a esa decisión extrema. Mientras que el maestro del tiempo se preparaba con su armadura y su arma diapasón, quienes estaban encerrados en la cabina observaron los intentos fallidos del monstruo por escapar.

Sucedieron horas que parecían una eternidad, hasta que las cámaras captaron a los nuevos tripulantes del acorazado. Eso sí que fue extraño, porque pensaron que sólo el de la barba oriental se aparecería por allí. No tardaron en estar en la sala contigua a la futura escena del crimen y, tras el ojo de buey que tenía la puerta, se turnaron para ver con sus propios ojos a su creación inesperada. Era tan alto como los rinocerontes, y su pelaje anaranjado se volvió más oscuro y había crecido un poco más. Si Nega Crash ya era aterrador, esta evolución era mucho peor ya que parecía que tenía una especie de rabia y sus ojos eran completamente blancos. No sucedió como Hulk; la ropa del bicho quedó en quién sabe dónde.

Llegó el momento de darle fin a todo esto y, desde la ventana que el mismo Bandicoot rompió, el inventor de la máquina del tiempo apuntó su diapasón hacia el enemigo, el cual no tenía donde ocultarse. La estudiante no quería ver cómo lo desintegraban, así que miró hacia otro lado y cerró sus ojos con fuerza hasta que escuchó el disparo. Al volver la vista al monitor, vio que el anaranjado seguía en una pieza y completamente inconsciente en el suelo. Al parecer, Nefarious no fue quien disparó sino Neo y con un potente somnífero.

Ya no había más peligro y las pesadas puertas se abrieron. Al rato aparecieron Tiny Tiger y Dingodile y, entre todos, se llevaron a semejante bestia al Iceberg Lab. Por días mantuvieron al enemigo bajo fuertes sedantes hasta que encontrasen una cura. Mientras tanto, la de manos robóticas se preguntaba por qué decidieron salvarle la vida, después tantos de años de intentar destruirlo. Cuando tuvo la oportunidad, ella buscó respuestas una vez que recibió la noticia de que el de los ojos verdes difícilmente volvió a la normalidad.

—En verdad que sí queríamos enviarlo al otro mundo, pero eso sería demasiado fácil —fue explicando su tío, oyéndose no muy creíble—. Cuando se recupere, fraguaré un nuevo plan para que sufra de verdad.

—Sí, claro —susurró ella y fue saliendo de la habitación. Antes de irse, él habló de nuevo.

—Ah, otra cosa: te perdonaré por hacer todo esto, pero será mejor que te olvides de él.


Fin

Bien, ¿qué les pareció? Espero sus comentarios.