Disclaimer:Twilight ni sus personajes me pertenecen, solamente los utilizo para entretenerme. La historia es producto de mi imaginación, por lo que necesitan de mi autorización para su uso.
Segundo Capítulo bastante meloso, en Edward POV y con Lemmon.
Felicidad/Happiness
No podía creer que después de tanto tiempo, finalmente había llegado el día de poder convertirla en mi esposa. Mi esposa. Cualquier hombre estaría nervioso de dar este gran paso, pero lo único que había deseado, desde el primer momento en que mis labios tocaron los suyos, fue llegar a esta gloriosa oportunidad.
Después de pasar prácticamente toda mi vida a su lado, estaba seguro que era ella con la que quería compartir el resto de mi existencia. Primero fue su sincera amistad, que me acompañó desde mi infancia, la que me atrajo a ella. Nunca pensé encontrar una persona con un alma tan pura, sencilla y preocupada por los demás. Después, mis sentimientos superaron una simple amistad, pero el miedo a perderla me impedía darme cuenta de que la amaba desde hacía bastante tiempo. La resignación se abrió paso al conformarme solamente con su amistad, hasta ese glorioso día. A pesar de que mi corazón se contrae cada vez que una sola lágrima sale de sus ojos, algunas veces vale la pena. Aquel día descubrimos los sentimientos del otro, siendo mágicamente iguales. Desde entonces, nos volvimos inseparables, y me juré a mi mismo no dejar que nadie o nada la hiciera sufrir. Solamente habría cabida para lágrimas de felicidad en nuestras vidas.
Y ahí estaba yo, de pie junto al altar, esperando el momento en que la vería cruzar el pasillo, vestida como el ángel que era. Gracias a mis meditaciones, casi no me doy cuenta que la marcha nupcial había comenzado y que todos se ponían de pie, esperando a la novia. Mi mirada rápidamente se fijó en la entrada, dándome el primer vistazo de mi ángel. Vestía un inmaculado vestido blanco, ceñido a su cuerpo, proporcionándome una idea de las curvas que adornaban su cuerpo en los correctos lugares.
Mi mirada no podía desconectarse de la de ella. Solamente cuando Charlie Swan, el padre de Bella, colocó la mano de su hija sobre la mía, logré hacerlo por algunos segundos, para fijarme en como sus dedos se entrelazaban con los míos. Un pequeño movimiento que representaba que nuestras vidas estarían entrelazadas, no sólo para nosotros, sino también para todos aquellos que nos rodeaban.
-Cuídala con tu vida – susurra Charlie, apretando suavemente nuestras manos – si le haces el mínimo daño, te mataré.
-No esperaba menos. La cuidaré con mi vida, señor.
Charlie lentamente retrocede y yo sólo me dedico a mirarla sonreírme, mostrándome la sonrisa que probablemente estaría pintada en mi rostro. Me permito unos segundos para contemplar su deslumbrante rostro, sumergirme en sus ojos chocolatados, antes de girarme junto a ella hacia el juez de paz que esperaba proceder con la ceremonia. Todo procedió de forma sencilla y expedita, ya que a ninguno de los dos nos gustaban las cosas ostentosas, y no podíamos esperar a demostrarle al mundo que nos pertenecíamos para siempre. Al momento de nuestros votos, volvimos a mirarnos, demostrándonos todo el amor que nos profesábamos mutuamente.
Su voz se oyó quebradiza y emocionada cuando pronunció el 'Si quiero'. La felicidad rebozaba sus ojos. Mi voz se oyó fuerte y segura cuando dije esas mismas palabras, pues estaba seguro de lo que sentía por ella, de mis deseos de permanecer toda la vida junto a ella. Lágrimas de felicidad seguían corriendo por sus mejillas al momento en que nos declararon marido y mujer. Suavemente acuné su rostro con una mano, envolviendo su cintura con mi brazo libre, al mismo tiempo en que ella envolvía mi cuello con sus dos brazos. Nos sonreímos mutuamente antes de fundirnos en un beso que sellaba nuestra unión. Todo desapareció a nuestro alrededor; yo sólo era conciente de la mujer que estaba en mis brazos. Al culminar el beso, la alegría de nuestros amigos y familiares nos envolvió. Nos giramos hacia ellos, exhibiéndonos como Bella y Edward Cullen.
Las tradiciones estuvieron a la orden del día, más que nada para hacer felices a nuestros parientes, puesto que lo más importante para nosotros ya había ocurrido. Tras recibir las felicitaciones de todos los presentes, llegó el momento de nuestra primera actividad como marido y mujer. Al momento en que Carlisle nos presentaba como el Sr. y la Sra. Cullen, y la música comenzaba a sonar, tome la mano de mi esposa y suavemente la encaminé al centro de la pista de baile.
-Luce peligrosamente hermosa esta noche, Sra. Cullen – susurro sobre su oído, causando que se estremeciera en mis brazos.
-Eso no fue muy amable, Sr. Cullen – me dice antes de rozar sus labios contra los míos, sin besarme del todo.
Sonreí ante su actitud, siempre demostrándome que lo que yo comenzaba, ella podía terminarlo aún mejor. Pero la impaciencia de probar nuevamente sus rosados labios, impidió que siguiera su juego. Mientras nos fundíamos en un beso, miles de flashes nos rodeaban.
-Odio ser el centro de atención – murmuro al separarnos, escondiendo su rostro en mi pecho.
Antes que pudiera responderle lo hermosa que era, y lo difícil que era para los demás apartar su mirada de ella, su padre se acercó a nosotros, reclamando su correspondiente baile. Luego de dejarla en los brazos de su progenitor, me acerqué a mi madre y enseguida comenzamos a bailar.
-Estoy tan orgullosa de ti, Edward – sollozo Esme intentando no llorar.
-Gracias, mamá. No sabes lo que significan tus palabras en este momento para mí.
La celebración continuó su curso, mientras bailábamos con nuestros parientes más cercanos, disfrutábamos de anécdotas o simplemente permanecíamos uno junto al otro, siempre con nuestras manos entrelazadas. En cada oportunidad que tenía, besaba sus labios, mejillas, párpados o cuanta porción de su piel tuviera a mi alcance. De igual manera, recibía sus caricias, sus sonrisas y esos sonrojos que tanto me cautivaban.
Al llegar el momento de abandonar la celebración, Bella se fue junto a mi hermana, mi madre y la suya a colocarse algo más cómodo, mientras yo me encargaba de los últimos detalles. En unas horas más tomaríamos un avión que nos llevaría a Hawai por dos provechosas semanas de luna de miel. Dos semanas en que nos amaríamos como tantas veces ya lo habíamos hecho y, sin embargo, sería una experiencia totalmente distinta. Ahora éramos marido y mujer. Mis hermanos me ayudaron a colocar nuestras en el maletero, mientras yo me acercaba a la entrada principal a esperarla.
Me volteo al escuchar mi nombre, sonriendo al encontrarla esperándome en donde terminaban las escaleras. Apresurando el paso me acerqué a ella y la besé en los labios, olvidándome por un segundo donde me encontraba, hasta alguien aclarándose la garganta nos hizo separarnos entre nerviosas risas. Claramente había sido mi querida hermana Alice, quien, con dos dedos sobre su muñeca izquierda, me recordaba lo justos que estábamos en el tiempo.
Rápidamente me despedí de mis padres y hermanos, mientras que Bella hacía lo mismo con su padre, madre y padrastro. Simplemente sonreímos a los demás invitados, pues sólo pretendíamos despedirnos de las personas más cercanas a nosotros. Luego, tomando su mano, la ayudé a subir al coche que nos llevaría al aeropuerto, sin antes tomarme unos segundos para admirarla, vestida de un sencillo pero hermoso vestido azul cobalto, que dejaba una perfecta vista de sus hermosas piernas, provocándole casi inmediatamente un sonrojo. Reí sutilmente mientras me sentaba junto a ella, no queriendo incomodarla de ninguna manera.
-No tiene de qué avergonzarse, Sra. Cullen – susurré antes de besarla – cualquier hombre quedaría anonadado al verte, amor.
-Pero tú eres el único con derecho a hacerlo, amor – me responde uniendo nuestros labios nuevamente.
El resto del camino al aeropuerto y el viaje en el avión se mantuvo casi excluido de palabras, pues con sólo mirar a los ojos del otro, sabíamos con exactitud que el amor que veíamos era el mismo que sentíamos. Nos dedicábamos a besarnos suavemente, apasionadamente, o simplemente a admirar nuestras manos entrelazadas, que permanecieron de esa forma durante todo el viaje, hasta nuestro descenso en tierras hawaianas.
Al salir del aeropuerto tomamos un auto que nos esperaba y transportaría hacía la cabaña con vista al mar que había reservado para nosotros. Aún no le había dicho nada a Bella, y el chofer tenía total conocimiento de las indicaciones, además de mi preferencia de mantener todo en secreto. Sabía lo mucho que odiaba las sorpresas, casi tanto como odiaba ser el centro de atención, pero era necesario mantenerlo todo de forma confidencial, pues ansiaba de sobremanera ver su reacción.
-¿Adónde vamos? – susurra Bella, recargada en mi hombro, luego de varios minutos de viaje.
-Es una sorpresa, si te dijera dejaría de serlo.
-Sabes que odio las sorpresas tanto o más que ser el centro de atención.
-Lo siento cariño, no lograrás convencerme – explico besando su cabeza – ya falta poco, sé paciente por algunos minutos.
Al llegar a la cabaña, dejé que Bella se maravillara con el paisaje que se alzaba a nuestro alrededor, mientras yo me dedicaba a darle las últimas indicaciones a nuestro chofer, señalándole donde debían ir nuestras cosas. Una hermosa playa estaba frente a nosotros, iluminada por la luz de la luna, acompañando a la majestuosidad de la cabaña donde pasaríamos nuestras dos primeras semanas como marido y mujer. Luego de entregarle una propina y despachar al chofer, me acerqué a Bella y rodeé su cintura con mis brazos.
-¿Te ha gustado mi sorpresa? – pregunto en su oído.
-Edward, es realmente hermoso. No debiste hacer todo esto por mí – rápidamente se dio vuelta en mis brazos y me rodeó con los suyos.
-Mírame y escúchame bien – ordeno tomando su mentón y conectando mis ojos con los de ella – vales todo esto y mucho más. Grábalo en la hermosa cabecita que tienes. Ahora vamos, quiero mostrarte el interior de la cabaña.
Tomé su mano y juntos traspasamos la puerta, inicialmente fijándonos en las instalaciones, pero, al paso de los minutos, dejamos de darles importancia y nos dirigimos al único lugar donde realmente queríamos estar: nuestra habitación. Entramos tomados de las manos, y luego de besarnos por algunos minutos, Bella se separó de mí, tomo una pequeña maleta y entro al cuarto de baño, susurrándome que no tardaría mucho.
Para hacer de la espera medios tediosa, conecté mi I-pod al reproductor y dejé que Claro de Luna inundara la habitación. Pasé mis manos por mi cabello, despeinándolo un poco más, en un torpe intento de calmar la ansiedad que corría por mis venas. Encendí algunas velas antes de acercarme al interruptor y apagar la luz, sin darme cuenta que a mis espaldas una puerta había sido abierta.
-Edward – escuché un susurro y me volteé, encontrando al más hermoso ángel que mis ojos habían tenido el privilegio de ver.
Bella me esperaba en el marco de la puerta, apoyada sobre él y visiblemente sonrojada, pero con la más provocadora sonrisa en su rostro. La blanca lencería que cubría su cuerpo era una invitación al pecado; una que no iba a dejar pasar.
Rápidamente me acerqué a ella, uniendo nuestros labios, disfrutando de la fricción de nuestras lenguas entrelazadas, luchando por dominar a la otra. Comencé a retroceder hacia la cama, sin separar nuestros labios, mientras Bella se encargaba de quitarme el saco. Ninguno de los dos tuvo la mínima intención de separarse cuando lo escuchamos caer al suelo en un suave sonido sordo. Una vez que mis rodillas golpearon el borde de la cama, me recosté suavemente, llevando a Bella conmigo. La sensación de la firme tela blanca bajo mis manos, del corsé y todas las cuerdas que me separaban de la suavidad de su pálida piel, estaban volviéndome loco.
Colocando sus piernas a los costados de mi cuerpo, Bella se irguió, dándome una exquisita vista de su cuerpo.
-Te amo – susurra inclinándose nuevamente sobre mí, atrapando en su boca el lóbulo de mi oreja.
-Yo también te amo, Sra. Cullen – dije antes de enredar mis dedos entre su sedosa cabellera, acercando su boca a la mía, devorándola con ansias.
Al separarnos, Bella tiro de mi corbata, incitándome a incorporarme. Velozmente la quitó de mi cuello y comenzó a trabajar con los botones de mi camisa, mientras yo besaba su cuello, sus hombros y toda porción de piel que estuviera a mi alcance. Una vez que me encontré libre de mi camisa, intercambié lugares, colocando a Bella debajo de mi cuerpo, haciéndola chillar por la sorpresa.
Lentamente, comencé a recorrer y besar su piel, disfrutando de los jadeos y gemidos que provocaba en ella. Las cuerdas de su corsé comenzaban a desesperarme, separándome de sus cremosos senos, de la tersa piel de su vientre. Como si tuviera la habilidad de leer mi mente, tomó mis manos y me indicó como liberar su piel. Rápidamente desaté lo que ella me indicó, hirviendo en el deseo de librar el obstáculo que me separaba de ella.
Cuando por fin pude desatar el corsé, me detuve unos segundos a admirar su cuerpo, dotado de una hermosura que no tenía punto de comparación. Observé sus hermosos ojos castaños, sus mejillas sonrojadas y sus labios, rojos e hinchados, invitándome a besarlos. Contemplé su fino y largo cuello, sus redondeados y níveos pechos, su estrecha cintura y sus provocativas caderas, cubiertas por una delicada pieza de lencería blanca. Sus piernas, blancas como el marfil, ahora rodeaban mi cuerpo, obligándome a tumbarme y adorar con mis labios toda porción de piel que estuviera a mi alcance.
A medida que los minutos pasaban, nuestra excitación crecía más y más. Nuestros nombres, en forma de gemidos, se mezclaban con suaves palabras de amor y la música clásica que aún se reproducía. Los dos estábamos completamente desnudos, sudorosos y calientes, mientras mecíamos nuestros cuerpos en la danza más antigua del mundo. Hacíamos el amor de manera lenta, pausada, provocándonos un tortuoso placer que nos consumiría durante toda la noche.
Una vez que alcanzamos la cúspide, rozando el cielo con nuestros dedos, gritando en el más alto éxtasis, besamos nuestros labios antes de recostarnos uno junto al otro, intentando regular nuestras respiraciones.
-Te amo más de lo que alguna vez pensé fuese posible – susurra Bella, sonriendo y colocando una de mis manos sobre su pecho, haciéndome sentir el frenético golpeteo de su corazón.
-Te amo más de lo imaginable – musité alejando mi mano de su pecho, para acariciar suavemente su rostro. Ella cerró sus ojos, disfrutando del contacto – gracias por permanecer a mi lado.
-Gracias por amarme – dice, recostándome y sentándose a horcadas sobre mí.
Volvimos a juntar nuestros labios. Volvimos a demostrarnos mutuamente el amor que sentíamos por el otro, una y otra vez, hasta que con los rayos de sol de un nuevo día, caímos en los brazos de Morfeo.
Al despertar, la luz del crepúsculo intentaba colarse por las cortinas que protegían las ventanas. Bella permanecía dormida, desnuda y sobre mi cuerpo, sin ningún indicio de despertar pronto. Su cabeza descansaba cómodamente sobre uno de mis hombros, mientras su respiración acompasaba causaba un ligero y agradable hormigueo sobre mi cuello. Volví a cerrar los ojos unos momentos, más por inercia que por sueño. Afiancé el agarre que tenía alrededor de su cintura, asegurándome que por ningún motivo nuestras pieles se separaran. Abrí los ojos y la contemplé su rostro sereno y la arrebatadora sonrisa que permanecía estampada en sus labios. Besé su frente y me acomodé un poco para volver a dormir, con la felicidad de tener a la mujer que amaba en mis brazos, a mi amiga, amante y esposa.
Alguien comentó por ahí que venía drama. Lamento decir que en este capítulo no. Cuando lo escribí, quise algo extremadamente meloso (aunque no creo haberlo conseguido del todo). Tal vez en los siguientes haya algo de drama.
Gracias por sus comentarios y espero que les guste este capítulo.
Si alguien leyó "Cura Médica para el Engaño", un one-shot que publiqué el fin de semana, informó que estoy pensando seriamente en escribirlo en versión Edward POV, como un comentario propuso. Si a alguien le interesa, pido que me lo diga.
Cuidense.
~Merlina.
