Advertencias: Ammm…Violencia…ammm, mis intentos de describir una batalla? Oo…ah si! Y algo de incesto xD

=CAPITULO 2=

Justo cuando la primera llama del reloj se estaba apagando, el grupo de jóvenes abandono el templo de Aries, continuando su ascenso. No demoraron su llegada a Tauro.

Saga no se encontraba preocupado. Conocía a Aldebarán a la perfección. Sabía que no estaba en él dañar a los jóvenes, mucho menos matarlos. Máxime si sabía que sus intenciones no eran turbias ni oscuras. El segundo templo sólo sería una prueba para mostrarle a los jóvenes la fortaleza que necesitarían para proteger a Athena, hasta que aquella lograra su objetivo.

El verdadero reto iniciaría al llegar al tercer templo, a Géminis.

Saga estaba seguro que Kanon había reconocido el cosmos de la joven, al igual como él había hecho, pero no sabía que decisión tomaría su gemelo, provocándole temor al gemelo mayor. Temor por el alma de Kanon.

¿Kanon reconocería por fin que su lealtad debía pertenecer a la diosa, o se dejaría arrastrar por su agradecimiento, manteniéndose firme al lado del dios usurpador?

Esperaba con todo su corazón, que Kanon tomara la decisión correcta. Sin embargo, después de aquella noche, no estaba tan seguro. Él ya no podía decir que alguna vez había conocido a su hermano.

-.-.-.-.-.-.-

Después del asesinato de Shion, la paz en el Santuario regreso de manera lenta y pausada. Aioros canceló cualquier intento de búsqueda del asesino, dando como excusa, que le brindarían una falsa quietud y confianza.

Pero el gemelo sospechaba que Aioros no tenía intenciones de seguir aquella búsqueda, aunque no estaba seguro de los verdaderos motivos. Sólo pudo acatar la orden obedientemente, al igual que sus compañeros, aunque, no había día en que, la promesa hecha al pequeño Aries, le permitiera un descanso. Su promesa hecha a Mu jamás lo abandonaría hasta que encontrara al asesino, y solucionara aquella falta de justicia.

No demoraron en organizar la formal toma de posesión de Aioros delante de toda la orden, para afianzar su autoridad como Patriarca, consolidando de nueva cuenta la jerarquía del Santuario. La recién llegada bebé Athena no podría estar más segura.

Cada caballero se encargaría de mostrar su respeto hacia el nuevo Patriarca, renovando sus votos hacia la pequeña Athena, asegurándole que sus vidas le pertenecían.

Al final, quedo la orden de caballeros dorados.

En su mayoría, ya eran viejos, entrenando a sus futuros sucesores para la Guerra Santa que estaba cada vez más próxima, faltando sólo los caballeros de oro de Aries, Libra y Sagitario. El primero y el último por obvias razones, sin embargo, no hubo justificación por el caballero Dohko de Libra, y varios no tardaron en expresar su molestia.

Una discusión había iniciado, la cual, tuvo que ser interrumpida por Aioros, antes de proceder con la ceremonia, pero el gemelo no prestaba mucha atención a lo que ocurría alrededor de él.

Saga se sentía fuera de lugar. Aioros y él eran los caballeros más jóvenes, y en las reuniones siempre buscaban la cercanía del otro para brindarse confianza ante semejantes veteranos. Ahora que el caballero de Sagitario era quien dirigía la junta, Saga se sentía más solo que nunca. Y más, al ser imposible de identificar la apacible mirada del Sagitario, gracias a la oscura mascara que cubría su rostro y distorsionaba su voz, de una manera macabra, dotándolo de una autoridad que por momentos, al gemelo le parecía diabólica.

Ni siquiera la obvia presencia de su hermano, escondido entre las sombras del lugar, lograba apaciguarlo. Es más, temía reconocer que aquello sólo contribuía a su malestar.

No entendía las razones de Aioros para haber citado a Kanon, pero, debió suponer que no tendría que esperar mucho para averiguarlo.

"Kanon, acércate, por favor", dijo el nuevo patriarca, cuando la orden de caballeros dorados termino de dar sus votos a Athena.

Los murmullos no se hicieron esperar, y casi todas las miradas se situaron en el gemelo menor, que salía de las sombras tratando de ocultar el temor que aquel giro de acontecimientos le había generado.

Casi todas las miradas, menos la de Saga, quien se encontraba atento a las acciones del Sagitario.

El secreto que eran Kanon y Saga era conocido por pocos. El mismo Shion le había reafirmado a Saga la importancia que tenía que el secreto siguiera así, cuando le informó que Aioros sería el próximo Patriarca. Y el gemelo mayor creía que el sucesor electo de Shion, mantendría aquel deseo.

Cuan equivocado estaba.

"Dime, Saga, ¿cuál es el nivel de preparación de Kanon?", pregunto Aioros, atrayendo la atención hacia el mencionado, quien asintió, tomándose algunos segundos para pensar su respuesta.

"Su cosmos tiene el nivel de un caballero dorado, y es un excelente estratega", informó Saga. "Sus habilidades en batalla igualan a las mías", agregó, antes de formular su petición. "Sería un digno santo de Athena, haciéndole honor a cualquier armadura que decida brindarle su protección", no importaba el rango. Bronce o plata, ya que oro quedaba descartada, o eso creía Saga. Nunca se había escuchado de dos guardianes de Géminis, aunque ese había sido el anhelo de los gemelos cuando niños. Ahora, eran conscientes de la realidad.

"Y dime Kanon, ¿te crees digno de portar cualquier armadura?", el tono usado por Aioros era uno enigmático, que provoco escalofríos en los dos gemelos. Los demás guardianes seguían desconcertados por el giro de los hechos. Sólo podían ver el intercambio de palabras como mudos testigos. No podían contradecir al Patriarca, cuando ni siquiera eran conocedores de la gran traición que este cometía hacia los deseos del difunto Shion.

Kanon entendió la pregunta. El sólo era digno de portar a Géminis. Otra armadura sería poca cosa para él, pero no lo diría en voz alta, y eso lo sabía la persona que estaba atrás de la mascara.

"¿Podré contar contigo, Kanon?" volvió a preguntar. Y en aquel momento, el gemelo menor lo entendió.

Kanon se acerco con los demás caballeros, su paso reflejando confianza y superioridad. Todo gracias al reconocimiento que le había hecho la criatura que estaba delante de él.

"Le juro que tiene mi lealtad, Patriarca"

"No esperaba menos, Kanon de Géminis"

Los murmullos no se hicieron esperar. Otros, no dudaron en mostrar su descontento. Otros, sencillamente, seguían demasiado sorprendidos para reaccionar, como Saga.

Aquel se sentía entumecido. Sentía enojo, sentía tristeza, y sentía alegría, por Kanon. Y por Aioros, sentía gratitud, y a la vez, un dejo de rencor. Le estaba quitando el lugar que le correspondía por derecho. Los dos le estaban arrebatando su responsabilidad.

"Saga, tu también serás caballero de Géminis", explico Aioros, después de acallar los murmullos con un movimiento de sus manos. Cómo adoraba tener el control. "Pero, serás más necesitado a mi lado, para ayudarme a guiar este santuario", dijo, permitiendo que cierta calidez abandonara sus labios y se mostrara en sus palabras.

Los ojos del peliazul se abrieron de sorpresa al volver a reconocer a Aioros. Y todos sus sentimientos negativos se fueron en un santiamén. No dudo en inclinar su rodilla, y aceptar la voluntad del otro.

"Como lo desee, patriarca", acepto el gemelo, dando por terminada la discusión. Si el caballero más afectado acataba la orden, no había nada que los otros pudieran hacer.

Y realmente, no es como si de verdad pudieran negarse. Después de todo, los designios del Patriarca, eran las decisiones de la misma Athena. No podían decirle que no a su diosa.

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Saga recorría con cansancio los pasillos del salón del Patriarca.

Sabía que cuando había aceptado la petición de Aioros de ser su mano derecha, aumentarían sus responsabilidades, sin embargo, había ocasiones en que sentía que él llevaba a cabo todo el trabajo que le correspondía al Sagitario.

Y aquello se debía, gracias a la actitud de Aioros, quien había comenzado a generar cierto temor en los habitantes que aun quedaban en el Santuario.

Los caballeros de oro había salido hacia una semana, por ordenes del Patriarca. Cada uno entrenaría a sus alumnos en ambientes diferentes y más adversos que el mismo Santuario, para aumentar sus fortalezas. Quedando como únicos guardias, Kanon en el tercer templo, Saga y Aioros. Cierto que aun había caballeros de plata, bronce, los guardia y la servidumbre, pero aquellos no habían tardado en ser intimidados por el mismo Aioros, provocando que, cualquier necesidad que hubiera en el Santuario, fuera dirigida a Saga, y fuera él quien se encargara de resolverla.

Ya pasaban de la una de la mañana, y el peliazul apenas se dirigía a la habitación que le habían prestado en el salón, para hospedarse en situaciones como la actual. Sin embargo, el gemelo trataba de no pensar en aquel detalle, ya que, al recordar el lugar donde se hospedaba, un dejo de decepción se formaba en su ser.

Cuando acepto, por un momento, creyó que pasaría tiempo con Aioros. Y, aunque era consciente que los deberes del castaño habían aumentado, la sensación de que, aquel se encontraba evitándolo, se acrecentaba cada día, afectando el estado de ánimo del Géminis.

Extrañaba los besos de Aioros, y sus caricias, y la tranquilidad que aquel siempre le brindaba. Ahora se debía conformar con un sencillo intercambio de palabras, y quizás un esporádico encuentro de miradas.

Suspiro, deteniéndose por un momento frente a una ventana, decidido a ignorar sus pensamientos y sentimientos de nostalgía. Permitió que el frío aire agitara sus mechones azules, repartiendo suaves caricias a las porciones de su piel que se encontraban descubiertas, libres de la molesta túnica que se veía obligado a usar, en su función como ayudante del Patriarca. Las caricias no se parecían a las del Sagitario, pero si le brindaban a su alma de cierto sosiego. Sus cansados ojos se mostraron para ver el firmamento lleno de estrellas que había en aquella noche, esperando sentir paz, ante la magnifica imagen que siempre proveían los cuerpos celestes en la oscuridad del cosmos.

Sin embargo, en lugar de sentirse reconfortado, Saga sintió una ansiedad asfixiante.

Las estrellas le estaban hablando. Le gritaban que actuara, que detuviera lo que estaba a punto de suceder. Y Saga, no podía entenderles debido a la manera apresurada en que expresaban su sentir. Sus pupilas bailaron temblorosas en sus esmeraldas, al sentirse agobiado por las emociones que mostraban las estrellas, mientras su mente trataba de dar sentido a lo que se encontraba viviendo, a la vez, que se esforzaba por comprender el lenguaje milenario, que, hasta ese instante, había ignorado su existencia.

Pero todo tuvo sentido cuando escucho el llano de un bebé que iba aumentando en intensidad.

Athena, su diosa, estaba en peligro.

Corrió sin reparos, ignorando el cansancio de su cuerpo, hasta que estuvo en la entrada de los aposentos de Athena.

No sentía ningún cosmos amenazante, sin embargo, la urgencia en el llanto del bebé le decía que algo terrible le estaba sucediendo. Algo no tenía buenas intenciones.

Y lo confirmo al abrir la puerta de la habitación.

Una figura de cabellos negros como la noche, se alzaba imponente delante de la cuna de Athena, con un brillo dorado resaltando en su mano derecha.

Era una daga, una daga que apuntaba hacia el delicado cuerpo de Athena, que había dejado de llorar, ingenuamente distraída por el brillo del arma mortal.

Saga sintió a su cuerpo volverse pesado por momentos, mientras escuchaba sus propios latidos, acelerándose por la adrenalina que inundaba su torrente sanguíneo. Su mente llena de advertencias y deseos de proteger a la infanta, mientras un conocimiento emergía con mayor fuerza.

Delante de él, tenía al asesino de Shion, el cual, pensaba terminar su terrible tarea al acabar con la vida de la bebé.

Su cuerpo reacciono a la par que la daga descendía con fuerza hacia la pequeña, alcanzando a taclear a su enemigo, quien, debido a la sorpresa, perdió el equilibrio y agito la daga, alcanzando a dañar al gemelo con un leve roce en la mejilla, que sin embargo, se sintió como si hubiera sido hecho con fuego. Aquella daga no era normal. Esa daga estaba investida con un poder antiguo y demoniaco. Un poder para asesinar a dioses.

Ignorando su propio dolor, Saga tomo a la bebe, cubriéndola con sus brazos, extrañando la protección de su armadura que se encontraba en Géminis, pero consciente que, de ser necesario, su propia piel, sería el escudo para la indefensa criatura que había en sus manos.

"¡Cómo te atreves!", gritó molesto su adversario, dejando ver un temible cosmos, lleno de ira y odio. Fue entonces que Saga se animo a fijar sus orbes en el rostro del asesino de Shion.

Y fue en ese momento, que todo el mundo de Saga se vino abajo.

Porque, a pesar de que el color de ojos era diferente, al igual que el cabello, el rostro seguía siendo el mismo. Aquel hombre era Aioros, aunque su cosmos dijera otra cosa.

"No…no es posible", susurro Saga, retrocediendo unos pasos, tratando de negar la crudeza de la realidad. "¿Aioros?", preguntó, mientras su corazón parecía comprimirse dentro de su cavidad torácica, su cuerpo temblando por las emociones que amenazaban con volverlo loco, y sus extremidades resentían su propio peso, despertando en el gemelo, un malestar y debilidad descomunal.

Aquel ser sólo se rió, al ver la desesperación en los ojos de Saga, no molestándose en ocultar el placer que le provocaba la angustia del otro. Su voz resonando entre aquellas paredes, aumentando el sentimiento que, algo estaba terriblemente mal.

El peliazul lo observo desconcertado, no reconociendo aquella voz, como la del Sagitario, que siempre sonaba gentil y dulce. Aquella voz parecía la de un demonio. Delante de él, sólo tenía el cuerpo del arquero, pero el alma de Aioros…Su alma no se encontraba allí.

"¡¿Dónde esta Aioros?!", exigió, mientras las lágrimas abandonaban sus ojos, producto de la impotencia y furia que sentía hacia si mismo. ¡Era un idiota, cómo fue posible que no se diera cuenta de la realidad!

"¿Aioros?", pregunto con sorna el rostro del arquero, antes de avanzar unos pasos hacia Saga, el mismo numero de pasos que el peliazul retrocedió. No se permitiría bajar la guardia. "Él ya no existe…sólo quedo yo", dijo con orgullo, disfrutando del dolor que se hacia presente en el rostro del caballero de Géminis. Era su oportunidad.

"…Pero, puedo hacerlo regresar…", dijo enigmáticamente, ganando la atención esperanzada del gemelo. "Sólo debes darme a la bebé. Júrame lealtad, Saga de Géminis, y puedo darte aquello que tanto deseas…Kanon es libre, tienes el poder que siempre has querido, y puedo permitirle a Aioros volver a tu lado…Sólo tienes que entregarte a mi", dijo con un tono seductor, sabiendo que aquello movería al otro, suavizando su rostro como lo haría el arquero, debilitando la fortaleza del gemelo.

Saga se sentía morir. Su lealtad a Athena le exigía que abandonara aquel lugar, que diera aviso de la traición que se había llevado a cabo, y que pusiera a salvo a la bebé que tenía entre sus brazos. Pero su amor por Aioros lo tenía sopesando aquella posibilidad.

"Dame a la bebé, Saga", pidió el otro, estirando su mano, mostrando una sonrisa cálida que se parecía a la de Sagitario, despertando en Saga, el amor y cariño que tenía por el otro. Sin embargo, a pesar de que poseía su cuerpo, sus facciones, e incluso, sus gestos, su mirada distaba de la calidez que el otro siempre tenía.

Y aquello fue suficiente para hacer reaccionar al ojiverde.

Si realmente amaba a Aioros, no permitiría que aquel condenara su alma derramando sangre santa. Salvaría a Athena, y después, buscaría una forma de salvar a Aioros.

El pelinegro pudo ver la determinación en los ojos de Saga, entendiendo que aquel no entregaría a la niña. Debía tomar otras medidas.

Elevo su cosmos, lanzándolo directamente contra el caballero dorado, quien en su desesperación por salvar la vida de Athena, hizo lo más seguro para ella. Le dio la espalda al ataque, recibiéndolo por completo, protegiendo a Athena con su cuerpo.

Pudo sentir como su piel era destrozada por el ataque, y como su cuerpo temblaba por seguir el impulso de la energía lanzada para dejarse caer hacia el frente, pero debía resistir, no podía dejar que algo le pasara a la pequeña.

Cuando el ataque por fin ceso, Saga sentía a cada uno de sus músculos protestar de dolor y cansancio. Su consciencia también amenazaba con abandonarlo. Aquel no era el poder normal del Sagitario. Aioros era fuerte, pero Saga no se quedaba atrás, incluso en ocasiones se sentía más fuerte que aquel, por eso lo tomo por sorpresa la potencia del ataque. Algo no estaba bien. El ente que se había atrevido a usurpar el lugar del Sagitario, no era uno cualquiera.

No pudo seguir cavilando al sentir una ruda mano tomar su cabello, para obligarlo a levantar el rostro, extendiendo su cuello de una manera dolorosa, hasta que pudo tener en su campo de visión a aquel par de rubíes llenos de malicia, que no dudaban en mostrar lo mucho que disfrutaban la situación.

"¿Quién eres?", pregunto con dificultad el peliazul, tratando de alejar la atención del otro de la bebé, su mente trabajando al mil, buscando una salida.

"¿Yo?..."interrogo, causándole gracia la situación. De ser otro quien se lo preguntara, no dudaría en destruirlo. Un simple mortal no merecía conocer su nombre. Sin embargo, el muchacho que tenía delante de él le intrigaba, por eso había tratado de mantenerlo a su lado hasta ese día, y por eso, no dudo en darle su nombre. "Yo soy Ares", no necesito decir más. El terror en la mirada del otro fue suficiente para llenarlo de orgullo y una dicha enfermiza. El temible caballero de Athena, aquel que tenía el poder de destruir galaxias enteras, se encontraba temblando debajo de su mano, dejando ver su debilidad mortal, y la inocencia de sus años. Saga sencillamente no tenía oportunidad.

Y justo cuando levantaba su mano con la daga lista para enterrarla en el cuerpo que el joven trataba de ocultar con sus brazos, una nueva fuerza se hizo presente. Una que no había sentido por días, hasta hoy.

"Hu..Huye…Saga", susurro con urgencia la voz de Aioros, mientras su cabello se debatía entre el castaño y el negro, aflojando con trabajo su agarre sobre el gemelo, dándole valiosos segundos para huir.

Saga observo dolido la escena. El dolor de Aioros era palpable, al igual que su angustia y desesperación. Y él se prometió que la lucha de aquel no sería en vano. Haría valer el regalo que le estaba dando en aquel momento, poniendo a salvo a la infanta.

"Perdóname", dijo Saga, mientras cerraba sus ojos, haciéndose ciego a la tortura del otro, mientras las lagrimas surcaban su rostro, para después salir por una de las grandes ventanas que había en la habitación. Debía alejarse lo más pronto posible de allí.

Lagrimas brotaban de los ojos rubíes, mientras una efímera sonrisa sincera aparecía en sus labios, gesto que fue borrándose lentamente, para volverse uno lleno de ira.

"¡Maldito!", grito Ares, a la par que liberaba su frustración con una de las paredes del templo, mientras su mente analizaba la situación. No podía permitirse perder su fachada de Patriarca, por lo que, no podía salir detrás del otro y darle caza. Necesitaba un nuevo peón.

Y su respuesta vino de inmediato, al evocar un rostro semejante al que momentos antes había abandonado la habitación. Sus facciones volvieron a adquirir confianza, mientras elevaba su cosmos, llamando al otro muchacho.

Era hora de cobrar la deuda que Kanon tenía con él.

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Las estrellas continuaban llorando, al igual que un par de orbes verdes que pestañeaban con fuerza para evitar que las lagrimas empañaran su visión.

La bebé Athena había dejado de llorar, como si fuera consciente de la tristeza que embargaba al joven que la llevaba en brazos. Incluso, Saga casi podía afirmar que la bebé trataba de tranquilizarlo con su cosmos. Aun así, el dolor que sentía en su ser, era uno muy difícil de ignorar.

Pero aquello no evitaba que corriera con maestría entre las ruinas que abundaban en aquel rincón de Grecia.

Desgraciadamente, Ares había logrado dañarlo, y su cuerpo no se había encontrado en las mejores condiciones cuando se enfrentó al otro. También su medio de escape no había sido el más indicado. Y todo ello se encontraba repercutiendo en su estado físico actual. El emocional no valía ni siquiera la pena el tratar de evaluarlo. Su mente era un caos que se movía gracias a un solo pensamiento: Debía poner a salvo a Athena y después salvar a Aioros.

Agradeció a los dioses el hecho de que Ares no fuera tras él. No sabría si sería capaz de sobrevivir a otro ataque del dios. No quería averiguarlo. No hasta que la bebé ya no corriera peligro. Después, gustoso daría su vida, si con ello lograba sacar a Aioros del sufrimiento en el que se encontraba atrapado.

Saga se permitió perderse en sus pensamientos. Buscando una solución para Aioros. No lo podía abandonar a la merced del dios de la guerra, debía haber una manera de rescatarlo de aquel sufrimiento.

Ignorando sus alrededores. Pronto se dio cuenta de su error.

Un cosmos se acercaba velozmente hacia él, sólo teniendo el tiempo suficiente para esquivar el ataque directo de su enemigo.

Kanon portaba la armadura de Géminis, y sonreía con superioridad al ver el estado lamentable de su hermano. La sangre brotaba de una herida de su mejilla, y, por el estado maltratado de sus prendas en la parte posterior, era obvio que tenía serias heridas en la espalda, dificultándole sus movimientos.

"Quién lo diría. Jamás pensé que llegaría el día en que, sería yo el que te viera desde arriba, Saga", dijo con orgullo el gemelo, acercándose amenazadoramente a su hermano. Incluso, al ver el dolor reflejado en los ojos del otro, sólo le provocaba un mayor placer, que se reflejaba de inmediato en sus facciones.

Saga pudo sentir las emociones de su hermano, como si fueran las propias, y aquello, sólo acrecentó su temor. Por su mente había pasado la posibilidad de buscar a Kanon, creyendo que en su hermano tendría un aliado para salvar a Athena.

La verdad se mostraba ahora, delante de él, como una más cruel y peligrosa.

Aquella noche, Kanon no había jurado lealtad a Athena. Su lealtad había sido dirigida a aquel que le había concedido libertad, y sobre todo, reconocimiento. Su lealtad estaba con Ares.

"¡Kanon, espera!", trato de razonar Saga, pero un nuevo ataque de Kanon se lo impidió.

"No vale la pena que lo intentes, Saga", Kanon no tenía pensado cederle un poco de control a su hermano. Su futuro estaba en sus manos, y tenía pensado explotar aquel momento lo más que pudiera. "Sólo entrega a la niña, y quizás el Patriarca te dé una muerte rápida"

"¿No lo entiendes, Kanon?, el Patriarca trató de matar a Athena, ¡él no es Aioros!", gritó desesperado el peliazul, mientras renovadas lagrimas salían de sus ojos, aferrando con mayor fuerza a la bebé.

Era obvio que no entregaría a la niña por las buenas.

"Mejor para mí", pensó Kanon, una sonrisa cruel adornando su semblante. No mostraría compasión por su hermano. "¡Genma Rou Ken!", gritó, dirigiendo su ataque contra Saga, quien por la sorpresa, sólo alcanzo a reaccionar por reflejo.

Kanon sintió un golpe de cosmos energía de parte de su hermano, y a pesar de que aquel fue lanzado sin la suficiente potencia y preparación, logro destantearlo por segundos.

Segundos que Saga utilizo para huir.

"¡Maldición!", se quejo Kanon, buscando con la mirada a su hermano. Saga era rápido, pero Kanon siempre había sido el mejor, cuando de buscarlo se trataba. Además, había logrado golpearlo con su técnica. Saga ya había sido vencido. Sólo era cuestión de tiempo para que los hermanos se volvieran a ver.

El problema era, que Kanon debía encontrar a su gemelo, antes de que alguien más lo hiciera y le diera ayuda.

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El dolor en su cabeza era insoportable.

Su hermano se encontraba luchando por derribar sus barreras mentales para apoderarse de su voluntad. Y el hecho de encontrarse suprimiendo su cosmos para evitar el ser encontrado, dificultaba su defensa.

De seguir así, Kanon no sólo lo encontraría, sino que, además, lo podría obligar a hacerle daño a la bebé.

Saga debía pensar rápido. No le quedaba mucho tiempo.

Con paso inseguro, se dirigió al área turística del Santuario.

Ese espacio no se encontraba bajo la jurisdicción del Patriarca, aunque se mantenía vigilado por centinelas para evitar la entrada de gente común. Aun así, no importaba que tanto se vigilara, siempre había gente por esos alrededores. La única posibilidad de Saga de poner a salvo a Athena.

Y a pesar de que, la distancia que debía recorrer era corta, sintió que había caminado kilómetros cuando llego allí.

La presión ejercida por su hermano comenzaba a hacer mella en sus sentidos y pensamientos. Su vista se distorsionaba cada vez que una nueva punzada de dolor se hacia presente en su cabeza, como si su masa encefálica amenazara con explotar.

Y fue durante uno de esos ataques que no vio una piedra, provocando que callera estrepitosamente, provocando un nuevo llanto de parte de la infanta.

Logro mover su vista, hasta fijarla en Athena, asegurándose que estuviera bien, para después, escuchar unos pasos acercándose veloz hacia él.

Cerro sus ojos por un momento, temiendo lo peor.

"¿Te encuentras bien?", escucho decir a alguien, generando una reacción en él. Elevo su mirada, buscando el rostro de la persona que le hablaba. Sin embargo aquel se revelo borroso y distorsionado.

Después, todo se volvió oscuridad.

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Kanon comenzaba a desesperarse. El Patriarca había vuelto a comunicarse con él, y sonaba impaciente. Debía llevar a Saga y Athena cuanto antes.

Pero el cosmos de su hermano había desaparecido por completo. Incluso su conexión gemelar había menguado, a tal punto, que llego a creer que Saga había muerto. Sin embargo, su influencia mental, gracias a su golpe de cosmos, le indicaba que su gemelo seguía vivo, sólo un tanto indispuesto.

Dispuesto a tomar medidas drásticas, comenzó a elevar su cosmos para potenciar su técnica mental, con riesgo de llamar la atención de algún miembro de la orden, sin embargo, se detuvo, al sentir el cosmos de su hermano recuperar vida.

Y las emociones que salieron de él, lo golpearon de lleno, aturdiéndolo por momentos.

Saga no solo se encontraba angustiado. Ahora estaba confundido, desorientado y lleno de desesperación.

Dirigiéndose en una loca carrera hacia Cabo Sunion.

No tardo en tomar el mismo rumbo, decidido a terminar lo que había empezado.

Cuando llego a la parte más alta, se sorprendió de la imagen que encontró.

Su hermano era la viva imagen de la desesperanza. Su mirada se observaba salvaje y aturdida, cualquier indicio de cordura, perdido. Su rostro y cuerpo estaban llenos de raspones, indicando que había sufrido ya varías caídas, gracias a su entumecido cuerpo.

"¡La deje caer! ¡La deje caer!", gritó desesperado, mientras se acercaba a la orilla del precipicio, decidido a lanzarse. Kanon actuó por reflejo, y lo abrazo, imposibilitando cualquier acción de parte de este. "¡La deje caer!", siguió repitiendo, luchando por escapar del atrape en que el otro lo tenía sometido, hasta que se deshizo en sollozos y palabras inentendibles.

Su gemelo lo tuvo así por unos momentos, analizando la escena que tenía delante de él.

Podía observar algo de sangre en el suelo de piedra, y marcas que indicaban que alguien había resbalado cerca de la orilla. Y por la actitud de Saga, no era difícil el saber que había pasado. Sin embargo, quiso estar seguro, y, aprovechando la conexión mental que tenía con Saga, gracias al Genma Rou Ken, indagó en los recuerdos de este, hasta encontrar lo que buscaba.

..Saga se había encontrado confundido, sus sentidos comenzaban a fallarle. Sólo pudo escuchar a lo lejos el sonido de las olas, sin embargo, era incapaz de ubicar esa información con algún recuerdo, aumentando su sentimiento de desorientación.

Sus pies se toparon con un terreno inestable. Había piedras sueltas en donde sea que pisara. Sintió como su pie resbalo con una de ellas, provocando que cayera de frente. El preciado bulto que llevaba en sus brazos se vio libre, y la ausencia de aquel, le basto para recuperar un poco de control.

Vio con horror como la pequeña Athena caía por el precipicio, su llanto perdiéndose con el sonido de las olas indómitas chocando contra las afiladas piedras que se encontraban bajo ellos. Su frágil cuerpo golpeando el manto azul, que se observaba más terrible y salvaje que nunca. La desesperación inundo cada uno de sus sentidos, provocando que, un solo pensamiento dominará en su mente.

"¡La deje caer!"…

Aquello le basto a Kanon para sonreír triunfante.

"Shhh, no llores más, hermano", susurro Kanon, acariciando la espalda de su reflejo con falsa gentileza. "Pronto te liberare de tu sufrimiento", completo, mientras la misma mano que momentos antes trataba de confortar, se iluminaba gracias a la acumulación de su cosmos energía.

Saga guardo silencio por un momento, permitiendo que su rostro fuera levantado por la otra mano de su hermano, para permitir que sus ojos se encontraran.

Su rostro se encontraba marcado por los surcos que habían producido sus lagrimas, arrastrando un poco de la sangre que ensuciaba su blanca tez. Sus ojos se observaban más brillosos por el efecto de las mismas, y la angustia palpable en ellos, era tan real, que Kanon se sentía asfixiar por ella, dotándole de una euforia que parecía imposible.

Acerco el rostro al de su hermano, que lo veía sin entender, confundido y cegado por la lluvia de emociones que invadía su alma, permitiendo que su cuerpo se tensara cuando su gemelo termino la distancia que los separaba, uniendo sus labios en un beso.

Kanon se limito a acariciar de manera suave los labios de su gemelo, saboreando la confusión que se adueñaba de sus gestos, imposibilitándole responder de alguna forma, dotándole a Kanon de más poder, poder que el gemelo menor no desaprovecho, reflejado en las caricias que daba la mano que momentos antes sostenía el rostro de Saga, en el cuello de su hermano, para continuar un recorrido hacia abajo, solo siendo disturbadas por la maltrecha ropa del otro.

Aquella era la despedida de Kanon. El adiós a ese rostro y cuerpo que había odiado y amado con toda su alma.

Pero justo cuando pensaba liberar su poder sobre su confundido hermano, sintió el cosmos del Patriarca hablándole.

"No te atrevas a tocarlo, Kanon", habló el nuevo líder de la orden. Su voz llena de amenazas y promesas de dolor para el gemelo si se atrevía a poner una mano encima de Saga.

Y Kanon supo, que no estaba errado al pensar que no sólo se refería a la vida de aquel.

Se aparto de su gemelo, sabiendo que ni a Athena, ni a él le pertenecía. Saga era de alguien más.

"Levántate", ordenó, mientras jalaba con fuerza del brazo de su hermano, impulsándolo a pararse sobre sus temblorosos pies. Evitando fijar sus ojos sobre las del otro, que no dejaban de verlo con duda.

"Tráelo al salón del patriarca", volvió a ordenar la voz, para después dejar a los dos hermanos.

Kanon debió arrastrar a su gemelo, y obligarlo a caminar, ya que aquel, después de recuperarse del shock en el que había entrado, había comenzado a pelear, para evitar llegar a su destino. Sólo fue gracias a su débil condición, que Kanon pudo controlarlo sin problemas.

Sin embargo, no lo culpaba. Debía ser terrible enfrentarse a la ira de un dios.

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Por fin habían llegado al templo que Saga temía.

Y aunque, por algunos minutos, pareció que nada importante pasaría. El peliazul estaba consciente, que sólo se trataba de una ilusión. Al igual que el laberinto que ahora debía dominar en el templo de Géminis.

Y su temor se volvió realidad, al sentir como varios cosmos despertaban en una cruenta batalla.

El cosmos de su hermano sobresalía más que el de los jóvenes. Sin embargo, la pureza que se sentía en los cosmos más débiles, dotaban de una fuerza oculta a los guerreros que acompañaban a Athena.

Contaban con la bendición de la diosa de la sabiduría, por ello, no se podían permitir el perder. La debían proteger, a costa de sus propias vidas.

El cosmos de Pegaso se elevo hasta despertar el séptimo sentido. Opacando por mucho, el corrompido cosmos de Kanon. Y aun así, aquel no se rendía.

Luchaba por una creencia falsa.

Su hermano siempre creyó que Ares le había dado libertad, y que lo había exaltado al reconocerlo como el guardián de la tercera casa. Más equivocado no podía estar.

Kanon, sin querer darse cuenta, se había vuelto un rehén más, atrapado en la red de corrupción que Ares había tejido con cuidado en derredor del Santuario. Un rehén más, al igual que Aioros, y el mismo Saga.

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Saga cerró los ojos, tratando de ocultar el dolor que su cuerpo sentía, al recibir otro golpe dado por aquel que había amado con tanta devoción.

Ares lo sostenía del cuello, cortando así, su suministro de aire, dificultándole el resistirse, o el siquiera pensar en defenderse. Se encontraba desprotegido, y no podía hacer nada al respecto.

El pelinegro sonrió, notando su debilidad, antes de soltarlo, permitiendo que su desvalida figura cayera de lleno en el piso, sin ocurrírsele meter las manos para evitar golpear su rostro. Estaba tan cansado.

"Te lo preguntare una vez más, ¿dónde esta la niña?"

Saga debió inhalar varías veces, parpadeando para obligar a sus ojos el recuperar el foco, y ser capaz de ver a su interrogador. Trato de hablar, pero sólo logro desencadenar un ataque de tos, que sacudió a su, ya de por si, maltratado cuerpo.

"M…Muerta", logro decir, entre susurros, tratando de encogerse en si mismo. Todo su cuerpo le dolía, y este, buscaba una forma de huir de ese dolor.

Ares lo observo, estudiándolo, antes de mostrar una sonrisa autosuficiente en sus labios.

"Veo que torturar tu cuerpo no es suficiente…Eres fuerte, Saga, y veo que no temes por tu vida…", no le avergonzaba reconocer al otro. Como dios de la guerra, siempre tendría buen ojo para reconocer a un excelente guerrero. "Quizás…usando otras técnicas…¿Me pregunto si Kanon será igual de resistente que tú?", pregunto con sorna, ganando una mirada asustada del otro, la cual, a pesar de todo, le sorprendió.

Para este punto, creería que Saga odiaría a Kanon por la traición que este había cometido, sin embargo, sus ojos indicaban todo lo contrario. Aun tenía fe en su hermano y deseaba protegerlo.

"¡Esta muerta! ¡Muerta!", volvió a repetir Saga, ocultando su rostro. La angustia apoderándose de su lenguaje corporal. "No metas a Kanon en esto", exigió, provocando una risa burlona en el otro.

"Yo soy el que toma las decisiones, Saga, no tú…", sin embargo, detuvo su interrogatorio, sumido en sus reflexiones.

Kanon le había informado lo que había visto en la mente de su hermano. El pelinegro se encontró con lo mismo, al realizar su propio sondeo. Aun así, jamás se podría estar totalmente seguro. Lo que había sucedido no era propio de Saga. El Géminis era más listo de lo que aparentaba.

Pero su angustia y dolor era algo que no se podía fingir. Su sufrimiento era tal, que incluso Ares se sentía intoxicado.

Athena estaba muerta. Todo parecía apuntar a ello.

Y entonces, rió como nunca. Se sentía victorioso. Había derrotado al llamado mayor bien de este mundo. Ahora, era tiempo de una nueva era de oro para los dioses. Para los dioses más fuertes. Dioses como él.

Saga guardo silencio, siendo testigo del festejo del otro. Su corazón oprimiéndose con cada fantasía retorcida y planes malévolos que abandonaban aquella boca, que antaño, sólo hablaba bondad.

No había un solo rastro de Aioros. Y aquello dolía más que nada.

"Sólo me falta saber una cosa", interrumpió Ares los pensamientos del otro, al dejar oír su voz una vez más. "¿Qué harás, Saga? Puedo acusarte de traidor de la orden sin problemas. Nadie dudará de mi, después de todo, siempre me tuviste celos. Y el que yo obtuviera el Patriarcado, fue el detonante para desatar tu locura…Seguramente, tú eres el responsable de la muerte de Shion", concluyó su ficticia historia el dios de la guerra, soltando una leve risa, divertido por su propia ocurrencia. "Estoy seguro que Kanon me apoyaría", volvió a sacar al otro gemelo, sabiendo que aquello lastimaba al joven que tenía delante de él. "Mejor aun, puedo hacer que lo sentencien a él también, por ayudarte"

Saga no respondió. Sabía que el otro no había terminado. Sólo le había mostrado lo que sería si continuaba con su rebelión.

"O…puedes seguir a mi lado", terminó, permitiendo que sus rubíes recorrieran el cuerpo del otro sin pudor, trasmitiendo su deseo con su mirada. Y el temblor que noto en el cuerpo de Saga, le hizo concluir que el mensaje correcto había sido recibido.

El peliazul tenía miedo de responder. Por un lado, deseaba escupirle al otro lo mucho que lo odiaba al arrebatarle todo lo que amaba en este mundo.

Por el otro, aquel le había ofrecido un lugar demasiado estratégico para ser desperdiciado.

Athena era pequeña, y se encontraba indefensa. En un futuro, no sabría con cuantos caballeros aquella contaría para luchar en la guerra santa. Y conociendo a Ares, aquel se encargaría de destruir la orden a la primera oportunidad.

Si estaba en las manos de Saga, el podría cuidar de la orden, al mantenerse al lado de Ares. No sería fácil, más al saber lo que aquel tenía planeado para él. Y lo que no sabía, era peor. Pero era un sacrificio que debía sufrir por Athena.

Además, estaba Aioros.

Si dejaba a Aioros, probablemente, Ares sería descubierto, y el Sagitario sería condenado, sin ser realmente consciente del crimen que estaba cometiendo.

Si él dejaba a Aioros, no habría nadie que supiera la verdad, cuando el momento fuera indicado.

No habría nadie tratando de salvarlo.

Y si, para salvar el alma de Aioros, el debía vender su alma al mismísimo demonio, así sería.

"Lo hare…Me quedare contigo…"sus palabras le supieron a sentencia. Y lo corroboro al sentir el cosmos de Ares envolverlo, marcándolo como suyo.

"Sabía que no me decepcionarías", escucho susurrar en su oído, antes de perder el conocimiento, incitado por aquella fuerza que lo agobiaba y asfixiaba.

Condenándose así mismo, por Aioros.

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Espero que este capi haya sido de su agrado! :3, nos leemos en el siguiente!