Vriska Serket y el primer cigarrillo de la mañana

Sentada en el borde del edificio, rebuscó entre los bolsillos de su pantalón y sacó un pequeño mechero negro con un dibujo de una bola de billar del número 8. Con parsimonia, como si disfrutase del acto en si, se encendió el cigarro que llevaba tras la oreja y aspiró una fuerte calada. El aire matutino la atontaba, y había adquirido la costumbre de saltarse las primeras clases solo para ir allí arriba y fumar tranquilamente.

El último piso del edificio no estaba permitido para los estudiantes, pero ella se las había apañado para conseguir la llave casi desde que había empezado allí hacía un año.

El cielo todavía estaba oscuro, y podían distinguirse las siluetas recortadas de los edificios de habitaciones al otro lado de la avenida. Era el puto peor sitio del mundo.

Desde que había llegado no había hecho más que ir cogiendo asco por cada cosa de aquel lugar. La cantidad angustiante de niñatos pijos y nerds sin remedio la ponía enferma. Estaba acostumbrada a otro tipo de compañías, desde luego, y aunque era la única de su grupo que había llegado a la universidad (cosas de superación personal y de dejar a todos los demás a la altura del betún) se había dado cuenta de que aquella presión la estaba agobiando más y más cada día.

Provenía de un ambiente cerrado y poco recomendable. Su familia estaba más que rota y sus amistades se reducían a una pandilla que había conocido con trece años y que no se dedicaba a otra cosa que a perder el tiempo en gilipolleces, la mayoría de veces ilegales. Pero no tenía nada mejor, ni quería nada mejor. Podía valerse por si misma, y a pesar de haber crecido en un ambiente más bien inhóspito había podido permitirse a base de esfuerzo el acabar allí. No lo hacía tanto por su futuro como por demostrar que no todos los pandilleros barriobajeros estan destinados a la calle de por vida. No tenía mucho dinero ni tenía buenas compañías, pero era inteligente y exprimía esa cualidad hasta la última gota. Si no, no se explicaba como podía estar cursando ingeniería naval saltándose la mitad de las clases y aun así obteniendo unas notas más que suficientes para restregarselas por la cara a cualquiera que tuviese el valor de replicarle cualquier cosa.

Aunque eso no quitaba el resto, desde luego.

Pegó la última calada del cigarrillo antes de lanzarlo sin mucho miramiento hacia abajo. Le daba igual si caía encima de algo o de alguien, no era su problema. Se levantó estirando las piernas todo lo que pudo y se ajustó la sudadera antes de bajar de nuevo por las escaleras que la devolvían a los pasillos de la facultad.

Mientras caminaba hacia su aula miraba al frente, esperando que alguien le devolviese la mirada. Nadie lo hacía.

No era por miedo, ya que no era la típica que se dedicaba a meterse con quien se cruzase en su paso, pero había aprendido con los años que una persona solitaria y misteriosa asustaba a cualquiera lo suficiente como para ni siquiera intercambiar un simple contacto visual. Estaba acostumbrada, aunque en el fondo le decepcionaba que nadie, ni siquiera los que eran mayores que ella, lo hiciesen.

No se sentía parte de aquel lugar, mayormente porque no encajaba en aquel lugar. ¿Desde cuando podías encontrar a una pandillera de clase baja en una universidad? Exácto, la respuesta era nunca.

Entró sin prestarle atencióna nadie y se sentó en una de las últimas filas. Sacó un cuaderno y un bolígrafo negro y sin muchas ganas empezó a tomar apuntes.

No le hacía falta estudiar, tan solo con escribir o leer las cosas un par de veces tenía toda la información en su cabeza. Pero se le hacía una tarea insoportable.

Su teléfono sonó de repente, provocando que la mitad de la clase (incluyendo el profesor) se diesen la vuelta para mirar con reprobación al propietario de aquel sonido. No tardaron en volver a su posición cuando vieron que se trataba de ella.

Cogió el móvil y vió que tenía un nuevo mensaje. A saber.

"3ST4 NOCH3 T3N3MOS PL4N. T3 4PUNT4S O 3ST4S D3M4S14DO OCUP4D4 CON TUS B4RQU1TOS?"

Suspiró.

Terezi.

La conocía desde que eran apenas unas crías, y había acabado entrando a la pandilla con ella. Su corta estatura y mente no le habían impedido hacerse un hueco entre toda aquella morralla. Así como su parcial (aunque ella estaba convencida de que era completa) falta de visión no le impedía el hacer pleno uso de su gran carisma y personalidad. Y aunque era una persona que se hacía querer, a veces tenía unas salidas como aquellas de lo más insufribles.

"Estúpida. Claro que me apunto."

Le respondió sin estar muy segura de lo que estaba haciendo, pero poco importaba. No esperaba más que alguna gamberrada de las típicas sin mucho peligro.
Antes de guardar el teléfono le envió otro mensaje.

"Y mis "8arquitos" van a sacarme de la calle, así que mantén la boca tan cerrada como tus ojos, Pyrope."

Ahora si.

Se recostó sobre el asiento y aguantó con tranquilidad el resto de horas que se le venían encima antes de salir de aquel edificio claustrofóbico y largarse a la ciudad.

No solía llevar mucho encima, y tampoco era una persona de gastar dinero o necesitar absolutamente nada, así que con el teléfono, el paquete de tabaco y poca cosa más podía sobrevivir al menos un par de días.

Cuando llegó a su barrio lo primero que hizo fue ir a su casa. Las calles estrechas y mal pavimentadas habían sido su patio de juego desde que tenía memoria, y las personas que vivían alrededor no habían cambiado un ápice, excepto las que habían muerto. No pasaba mucho por allí, pero se obligaba a si misma a poner un pie en aquel antro al menos una vez al mes para comprobar que todo iba bien; con la residencia de estudiantes no solía tener la necesidad de volver a lo que había sido su pequeño infierno particular hasta los dieciocho años más que para un par de tonterías aquí y allá.

Su madre no estaba en casa, como casi siempre. Bueno, mejor, así podría hacer lo que tenía que hacer rápido. Cogió un par de cosas, ordenó lo poco que era ordenable en aquel cuchitril y volvió a salir, notando como la peste del lugar empezaba a acumularse en sus fosas nasales y a hacer que sintiera angustia.

Genial, se le había quitado el hambre.

No tuvo que caminar mucho antes de llegar al piso de Terezi. Estaba un par de calles más abajo de donde se encontraba ella ahora mismo, y había sido la casa de su familia hasta hacía bien poco, cuando su padre la había abandonado definitivamente. Ella se empeñaba en que era algo bueno, y que ahora tenía una casa para ella solita sin tener que aguantar al "gilipollas de mi viejo". Obviamente, las condiciones del sitio eran una mierda, pero era mejor que nada.
Llamó al timbre sin muchas ganas, y en pocos segundos le respondió la voz chillona, estridente y anormalmente aguda de su amiga.

-¿Quien es? -el interfono emitió un pitido de acoplamiento de lo cerca que debería estar del micrófono.

-¿Qué más te da, si no vas a poder verlo? -contestó con un tono cínico.

No es que fuese dada a burlarse de las incapacidades de los demás, pero tenía que admitir que burlarse de Terezi y su ceguera era de las pocas cosas que podían estimular su mente y alegrarle un poco el día.

El sonido de la puerta abriéndose la sacó del torbellino de chistes que se le estaban ocurriendo sobre su discapacidad, e intentó memorizarlos mientras subía las escaleras hasta encontrársela en la puerta esperando como si fuese su madre.

-No te esperaba tan pronto -comentó con un tono serio.

-Bueno, tampoco tenía nada mejor que hacer -ciertamente, no tenía nada mejor que hacer.

Terezi la miró con un aire dudoso, antes de abrir la (no precisamente pequeña) boca y empezar a soltar una carcajada que sobrepasaba la frecuencia normal de un ser humano.

-Anda va, entra, que si no te van a salir telarañas por la cabeza, Vriska.