Capítulo 1: Contratiempo
Septiembre, 1783
Dyagohgwenni se detuvo y respiró hondo. Podía escuchar el crujido del manto de hojas otoñal bajo las botas de su perseguidor tras ella. Silencio. Ya no estaba sola. Si se había equivocado y las cosas se ponían feas no podría escapar trepando por la pared de roca que tenía delante. Bien.
Se dio la vuelta. Un hombre robusto, más grande que ella y como ella, preparado para atacar. Se descubrió el rostro y adoptó un ademán más relajado esperando que él hiciera lo mismo, pero comprobó irritada que mantenía su postura.
—Creía que los hombres de ciudad seguirían sus propias normas de cortesía. —habló ella con cierta ironía.
—¿Qué estás haciendo?. —afirmó más que preguntó él. Definitivamente no parecía tener ningún interés en dichas normas.
—Busco al anciano que vive en la casa de la colina. Tal vez lo conozca.
—¿Quién lo pregunta?
—Una vieja amiga.
—Una vieja amiga no se iría ocultando por el camino ni saldría corriendo de repente.
—Usted me estaba siguiendo.
—Te estabas comportando de forma extraña.
—Mi gente no es apreciada por aquí —la conversación le estaba cansando—. Mire, puede que usted tenga tiempo para perderlo pero yo necesito hablar de manera urgente con el señor Davenport. —dijo mientras lo rodeaba, dejando entre los dos una distancia considerable.
—Si querías hablar con él llegas tarde. —repuso él parándola en seco.
—¿Qué quiere decir? —inquirió, temiéndose lo peor.
—Achilles murió hace dos años.
Con esas palabras, ella sintió que a su pueblo acababan de sentenciarlo. Incapaz de sostenerse, trastabilló, pero consiguió mantener el equilibrio.
—¿Por qué no me acompañas? —dijo el extraño de repente, apiadándose de ella sin duda y hablando en su lengua. En su lengua. Ella alzó la cabeza sorprendida, y se fijó mejor en su rostro. Un mestizo.
—Achilles fue mi maestro. Tal vez pueda ayudarte como él hubiera hecho. —añadió viéndola dudar.
—El señor Achilles sabía muchas cosas. La ayuda que yo necesito no es una ayuda corriente. —constestó ella mirándolo inquisitivamente.
—Sígueme. Este no es lugar para tratar estos temas.
Dyagohgwenni siguió al extraño y este la llevo a través de una aldea. Aunque era pequeña, ella no pudo evitar tensarse al ver los altos edificios de ladrillo que construían los hombres blancos. Al caminar junto a ellos se sentía más lejos de casa que nunca.
Llegaron a la hacienda rápidamente y sin percances, escuchando a lo lejos los primeros cantos de un gallo que daba la bienvenida a un nuevo día.
Al entrar a la casa, el hombre se descubrió el rostro -por fin, pensó Dyagohgwenni-, y ella pudo apreciarlo mejor. Era mayor que ella y parecía bien entrado en la veintena. Se fijó en su mandíbula y en el ángulo que sus pómulos describían, y distraída, pensó que era atractivo de un manera poco convencional.
—Mi nombre es Connor —dijo él mientras encendía la chimenea sacándola de su ensoñación—. Vivo en estas tierras junto a la gente de la aldea que has visto. Achilles me acogió como su discípulo hace años. ¿Es eso lo que buscabas?
—Connor es un nombre inusual para un Haudenosaunee —dijo ella evitando su pregunta. Observó como sus ojos oscuros se endurecían.
Aprovechó el momento de silencio para mirar a su alrededor. Estaban en un comedor grande presidido por el retrato de una familia de buen aspecto, según su inexperto ojo crítico. Mientras se movía por la habitación, observándolo todo con curiosidad, podía sentir la mirada fija de Connor en su nuca. Estaba empezando a ponerla nerviosa.
—¿Has terminado ya de examinarlo todo? —habló él con algo parecido a sorna en su voz.
—Como estoy segura de que comprenderás, no tengo por costumbre entrar a casa coloniales. Todo esto es nuevo para mí. —dijo un poco molesta.
El asintió por toda respuesta, y ella esperó con todas sus fuerzas que lo que pugnaba por abrirse su paso por su cara no fuera una sonrisa, porque…
—Será mejor que me expliques qué haces aquí. Ya no hay asentamientos de nuestro pueblo cerca, así que has debido de hacer un largo viaje.— la ira de Dyagohgwenni se disipó en un instante. Suspiró, preparándose para hablar.
—Mi nombre es Dyagohgwenni, de los Onyota'a:ka. Vengo de una aldea al noroeste de Nueva York —respondió mirándole a los ojos.-. O venía, pues puede que a estas alturas ya no quede nada de ella.
—¿Os intentan comprar las tierras?
—¡Intentan robarlas! —repuso ella con rabia— Tras la guerra los hombres de ciudad nos prometieron que conservaríamos nuestro hogar, ¡pero ahora lo quieren vender al mejor postor! Como si fuéramos animales a los que pudieran echar sin más de sus madrigueras —añadió dolida.
—¿Qué es lo que querías de Achilles, Dyagohgwenni? —preguntó con suavidad Connor, intentando ocultar la impotencia que sentía al ver como la misma historia se desarrollaba una y otra vez.
—Una vez el señor Achilles pidió el apoyo de nuestro pueblo. Mi padre y él lucharon juntos contra una amenaza de la que nadie me ha querido hablar. Si estoy aquí es para que ese favor sea devuelto —declaró ella con toda el valor del que pudo hacer acopio—. Nuestro hogar y nuestras vidas dependen de esta ayuda, como estoy segura de que ocurrió aquella vez.
Connor se cruzó de brazos, pensativo. Sabía que en el pasado, cuando la Orden de los Asesinos de las colonias estaba en todo su esplendor, Achilles se había aliado con algunas tribus de su pueblo para combatir a los templarios. Mientras él se perdía en sus cavilaciones, Dyagohgwenni lo miró fijamente, en sus ojos una súplica que no se veía capaz de poder expresar en voz alta. Durante un rato, la quietud en aquella gran casa solo se vio rota por el crepitar del alegre fuego que tanto contrastaba con el gesto grave de sus dos ocupantes.
Connor contuvo un suspiro. Por mucho que dudara e intentara tomarse un momento para pensar sabía que no era capaz de negarse a una petición de auxilio tan clara como aquella. A pesar de su tono y de sus maneras orgullosas, podía ver la angustia pintada en los ojos oscuros de esa chica que tanto le recordaba a sí mismo cuando apenas era un muchacho confundido que había salido de Kanatahséton por primera vez.
La decisión se había tomado sola. Con un firme asentimiento, Connor le dio a entender que podía contar con su ayuda. Ella hizo todo lo posible para no desplomarse allí mismo, notando por una parte el alivio al saberse escuchada y por otra cómo el viaje empezaba a pasarle factura de golpe.
—¿Sabes algo de las personas que quieren vuestras tierras? —preguntó él una vez la vio tranquilizarse.
—Conozco un nombre que mencionan en el consejo muchas veces, Harold Louis, pero no sé nada más.
—Bien, entonces buscaremos información sobre ese tal Louis. Tú…
—Yo iré con usted —afirmó ella, de nuevo con esa determinación en los ojos—. Soy capaz de pelear y estoy segura que podré arreglármelas —al ver que Connor fruncía el ceño, añadió rápidamente—. Le seré de ayuda y, después de todo, no puede esperar que me quede en este sitio esperándole mientras usted trabaja. Por favor.
Él la miró con atención. Era alta y aunque no parecía tener mucha fuerza ya sabía de primera mano lo veloz y sigilosa que era. Intuía al ver su mirada que no lo dejaría en paz hasta acceder a todas sus peticiones. Un tanto molesto, se preguntó cuántas concesiones más debería hacer ese día para estar tranquilo.
—Si quieres acompañarme tendrás que demostrarme tus habilidades —repuso Connor—. Lo haremos esta tarde, al anochecer. Haz lo que tengas que hacer hasta entonces, aunque te recomiendo que descanses. Puedes quedarte aquí si quieres.
—¿A dónde va usted? —preguntó ella curiosa, vigilándolo mientras rodeaba la larga mesa y se dirigía hacia la entrada.
—Debo atender unos asuntos. Si me necesitas, pregunta a cualquier persona con la que te cruces; no me alejaré mucho de la aldea. Descansa. —con esas últimas palabras cerró la puerta, dejando a Dyagohgwenni allí sola observando las danzarinas llamas del fuego hasta que este terminó por consumirse.
¡Hola a todos! Gracias por tomaros el tiempo de leer esta historia, la cual, además de ser mi primer relato largo, es la historia con la que me estreno en este fandom al que llevaba tantísimo tiempo siguiendo.
Espero que la disfrutéis. Si tenéis cualquier comentario o crítica que hacer, ¡adelante!
