¡Muy buenas! ¿QUé tal os va la Semana Santa? ¿En vuestras respectivas ciudades cómo se celebra? La mía ahora mismo es un caos de turistas y procesiones bastante importante, así que voy a todos lados como una moto.
Os quería contar muchas cosas, pero como no tengo ni tiempo sólo os digo que disfrutéis del capítulo ^^
Capítulo uno: Un matrimonio feliz (año 12 de la era Meiji)
Un hombre tiene la edad de la mujer a la que ama
(proverbio chino)
Kenshin y Yahiko tiraron a la vez del shoji, abriéndolo de golpe… y arrepintiéndose en el acto.
Una vaharada de un olor inclasificable golpeó a ambos haciendo al más joven retroceder dramáticamente como si de un enemigo temible e imbatible se tratase.
−Sólo huele a cerrado…
−ESO no huele a cerrado. Huele a… huele como… −hizo aspavientos con ambas manos, intentando representar algo a Kenshin, que le miraba sin entender pero cada vez más divertido. –Huele peor que la comida de Kaoru.
−Si huele tan mal, ¿por qué insistes tanto en venir a vivir aquí? No es como si no te quisiéramos en el dojo.
−Oh, venga, Kenshin ¿qué hago yo en una casa de recién casados? Necesitáis intimidad y si yo estoy en medio…
Kenshin no sabía si Yahiko era despierto o si las nuevas generaciones pegaban fuerte, pero estaba bastante seguro que el chico estaba más espabilado que él a su edad. Él tardó bastantes años en saber por qué diantres el maestro le mandaba dormir a la intemperie cada vez que iba alguna amiga a visitarle, y el casi adolescente a su lado no sólo sabía de qué iba la cosa, sino que lo decía claramente… al menos todo lo claramente que alguien con una educación medianamente decente lo haría. De verdad agradecía que fuera Kaoru, y no Sano, quien se hubiera hecho cargo de Yahiko.
Sacudió la cabeza y, con una inhalación, entró en la vieja vivienda del luchador observándola con ojo crítico. Una casa de una sola habitación, un fogón en medio y poco más.
−Algo exiguo, para lo que estás acostumbrado.
−Cuando no esté en el dojo, trabajaré en el Akabeko para pagarme los gastos y tener algunos ahorros. Será suficiente para empezar.
Ahorros.
Ese parecía un tema central en los matrimonios, ya que tanto en su boda con Tomoe como en la que le había unido a Kaoru había sido parte implícita del discurso del sacerdote. Kaoru le había dicho que Yahiko tenía una mirada rara durante la ceremonia, pero como después se comportó como siempre ambos lo dejaron pasar creyendo que fue algo pasajero sin la menor importancia.
En fin… Tampoco es algo tan extraño. Sea con quien sea, es cierto que empezar una nueva familia necesita algo de sustento. Es una suerte que Yahiko haya caído en eso tan pronto.
−Sí, es tan bueno como cualquier otro. –Miró con ojo crítico todo. –Necesita una buena limpieza en profundidad… Tal vez cambiar alguna madera, y hay que hacer algo con ese shoji. –Se giró sonriente hacia el pupilo. –Pero algunos empezamos con menos.
−¡Esto está hecho un desastre!
Ambos se giraron hacia la puerta de golpe para ver a Kaoru con una mano en la nariz, la otra sujetando un paquete y el ceño fruncido. El pelirrojo se imaginó que estaba haciendo una lista mental de todas las razones por las que Yahiko no debería vivir en esa habitación, y que le costaría mucho convencerla de que tarde o temprano todos los polluelos abandonan el nido. La chica tenía un pequeño problema con las separaciones.
La morena les miró a los dos y suspiró resignada.
−Al menos decidme que comeremos en la calle.
−Podemos dejar la puerta abierta.
Suspiró de nuevo y entró mientras se remangaba el kimono azulado sin mirar demasiado a ningún punto de la casa. Mientras menos viera, menos tardaría en aceptar que Yahiko se fuera de casa.
Con cuidado, depositó el paquete en el suelo y deshizo los nudos que lo ataban. El olor a comida empezó a fluir por la habitación, reemplazando el leve tufillo a cerrado y humedad que ya había empezado a desvanecerse merced al shoji abierto, y abriendo el apetito a todos los presentes.
Yahiko miró los alimentos con ojo crítico. Sabía que Kenshin no los había preparado, había estado con él toda la mañana hasta que salieron a dar una pequeña vuelta por el río para luego dirigirse a su nueva habitación, así que sólo podía ser obra de Kaoru. Su estómago se cerró de golpe. Sí, ciertamente la morena había mejorado sus dotes culinarias mediante la vieja técnica del ensayo y error y llevándose por medio media despensa, pero aún no se fiaba de su maestra tanto como para dejarla alimentarle.
−Por mucho que trabajemos ahora aquí, cuando volvamos a casa debemos pasar por el Akabeko, para darle las gracias a Tae por prepararnos la comida. Podemos ir a cenar ahí, así no tenemos que estar pendientes de irnos pronto a casa para preparar nada, esta casa necesita un trabajo a fondo.
El alivio recorrió la cara de Yahiko ante la diversión de Kenshin, que agradecía el hecho de que su mujer estuviera demasiado atareada colocando la comida para darse cuenta del cambio de actitud de su pupilo aventajado. Honestamente, él también prefería la comida de Tae por mucho que Kaoru hubiera mejorado en la cocina, y lo había hecho. Las viejas costumbres, suponía.
−Tae-dono es muy amable con nosotros, sin duda.
El Akabeko siempre era bullicioso, con independencia del día o la hora, siempre había gente en su interior o cerca de la puerta esperando la hora de volver a entrar. Parte se debía a la buena comida a precios asequibles, claro, al fin y al cabo era un negocio de comida, pero otra parte también era gracias al ojo negociador de Tae, que era capaz de adular a cualquier persona que se le pusiera por delante y conseguir algo a cambio de modo que al pobre cliente le pareciera que se lo daba por voluntad propia… Y de verdad lo hacía, pero siempre con un pequeño empujón por parte de la mujer de negocios.
Siendo un local tan popular, era extraño por tanto que los dueños de un dojo modesto de las afueras de la ciudad siempre tuvieran mesa disponible. No obstante, a nadie parecía importarle que Tae o la encantadora Tsubame les metieran prisa para acabar la comida cada vez que alguien del dojo Kamiya decidía comer ahí. Kaoru era popular desde hacía muchos años, Kenshin se había ganado las simpatías de la mayoría de los vecinos y todos los parroquianos habituales habían tomado el pelo a Yahiko cada vez que se ponía el delantal de trabajo, así pues todos estaban complacidos con el orden impuesto tácitamente en el local.
Esa noche sin embargo parecía más ajetreado que de costumbre por alguna razón.
Cuando lograron entrar, vieron a Tsubame corriendo de un lado para otro intentando atender a los clientes mientras se organizaba como podía con otra compañera que parecía tan apurada como ella.
Se sentaron en una mesa vacía y esperaron con paciencia a que Tsubame reparara en ellos y fuera a atenderlos. La parte mala de tener la confianza suficiente con la dueña para tener siempre mesa era justamente que si había mucho barullo, solían atenderles a ellos los últimos porque sabían que no tendrían problema después.
Apenas unos minutos después, Tsubame se asomó a su mesa, avergonzada.
−Siento el alboroto.
−¿Dónde están las camareras? ¿Y Tae?
−Sayuri y Hana están enfermas, así que Akane, Tomoyo y Chidori están cuidando de ellas. Tae-san se fue poco después de la hora de comer, recibió un telegrama urgente y se fue corriendo.
Pero no quiero distraeros más ¿qué os sirvo?
Kenshin y Kaoru se miraron preocupados mientras Yahiko miraba alejarse a Tsubame algo avergonzado por hacerla trabajar ese día. Un telegrama urgente no solía suponer una mala noticia, no al menos en el Akabeko, donde Sae escribía a veces a su hermana para tenerla al día sobre lo que pasaba en Kyoto. Pero que se fuera de improviso sin avisar a nadie en un día donde sólo estaban tres no podía si no significar algo malo.
Cenaron en silencio cada uno sumido en sus pensamientos. El primero en terminar fue Yahiko, que prácticamente engulló la comida para luego bajar de un salto y ponerse a ayudar a las dos chicas que no daban abasto todavía, intentando hacer el doble para compensarlas por no haberse puesto manos a la obra nada más llegar. El matrimonio tardó un poco más pero no se entretuvieron demasiado, aún había gente esperando por una mesa y, cuanto antes entraran, antes acabarían las sufridas empleadas.
Se despidieron de las chicas y Yahiko y volvieron al dojo dando un paseo tranquilo.
−Ha sido un día ajetreado.
−Sin duda. Me pregunto… ¿Qué le habrá pasado a Tae?
Kenshin negó.
−Preocuparnos no va a ayudar a Tae-dono. Mañana a primera hora puedes pasarte por el Akabeko a ofrecerle tu apoyo y amistad, pero por ahora no deberías hacer nada más.
Kaoru asintió y se agarró de su brazo.
−¿Cansada?
La miró divertido, mientras ella reposaba la cabeza en su hombro y cerraba los ojos.
−Un poco. –Abrió los ojos y le miró preocupada. −¿Crees que Yahiko estará bien ahí?
−Aún no se ha ido de casa y ya le echas de menos. Estará bien, no es un mal lugar para vivir, todos sus vecinos son amigos de Sano, conocen a Yahiko y no le van a hacer daño. No podrían ni aunque lo intentaran.
−Sólo es un crío…
−Todos somos unos críos cuando nos vamos de casa.
Kaoru se soltó de su brazo y le miró con los ojos entornados.
−Pero él lo es de verdad.
−Kaoru…
−Está bien. Pero el dojo siempre será su casa.
−Lo sabe. Él lo sabe, y eso es lo único que nos debería importar ahora.
La noche no acompañaba demasiado para estar en el jardín contemplando el cielo, pero Kenshin estaba aún acostumbrado a dormir a la intemperie aunque hacía tiempo que no era necesario.
Kaoru se había dormido hacía un rato, pero él no era capaz de conciliar el sueño. No estaba inquieto, nada de eso, le pasaba con cierta frecuencia aunque desde que se casó no le había vuelto a suceder. Era una especie de recuerdo de sus días en la guerra, mitigado por el paso de los años y la expiación, pero aún presente como la cicatriz y su espada, y tan bien recibido como ambas.
Nada que debiera inquietar a nadie, aunque no creo que Kaoru entienda que de vez en cuando me guste no dormir.
Sacudió la cabeza, divertido. Claro que lo entendería, a su modo extraño y encantador lo entendería y le dejaría hacer. Esa era una de las cosas que le habían gustado de Kaoru desde el principio y una de las razones que habían hecho que se enamorara de ella como… bueno, como un crío de veintiocho años.
Rio entre dientes.
Una casa tranquila, un vecindario agradable y un matrimonio feliz con una mujer que le entendía casi mejor que él mismo. No sabía a qué dios le había caído en gracia, pero de verdad estaba agradecido por ello.
Tae corría ajetreada de un lado a otro de su casa. A pesar de estar acostumbrada a servir comidas, lo cierto es que la cocina de su casa era una gran desconocida para ella. Raramente hacía alguna comida fuera del Akabeko y, cuando lo hacía, era sólo para ella, por lo que sabía que se podía llevar alguna sobra del trabajo sin más.
Pero ese día no cocinaba sólo para ella y la expectación y los nervios de hacer algo mínimamente mal la estaban estresando demasiado.
−Eso huele estupendo, Tae-chan.
Sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, sonrió mientras se ruborizaba.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo Kaoru (después de reñir con Yahiko, arreglarse y volver a reñir con el chico) fue irse corriendo al Akabeko.
Había dormido mal la noche anterior, intranquila, despertándose cada poco tiempo y registrando que Kenshin tampoco estaba donde debería y como debería. Sabía que también era responsabilidad suya preocuparse por su esposo, pero Tae le preocupaba más y, a esas alturas de su relación, que el pelirrojo de vez en cuando tuviera comportamientos poco comunes no era exactamente algo por lo que alarmarse demasiado.
Así pues, llegó al Akabeko como una exhalación y, sin preocuparse por haberse manchado el kimono debido a la carrera, entró en el negocio de su amiga… que estaba limpiando las mesas mientras cantaba una sonata que la morena no escuchaba desde hacía años con una sonrisa resplandeciente.
−¿Tae?
−¡Kaoru! –Corrió hacia ella. –Me imaginé que vendrías, Tsubame-chan me contó que te preocupaste mucho por mi ayer.
−¿Cómo no iba a hacerlo? Te fuiste sin avisar a nadie y no regresabas. Pensaba que le había pasado algo a alguien de tu familia.
El rostro de Tae se entristeció de golpe.
−¡Lo siento! Pensé que apenas iba a tardar, pero se nos fue el tiempo hablando y, cuando nos dimos cuenta, ya era tarde y Tsubame había cerrado el Akabeko.
−¿Nos?
−¡Oh, Kaoru, ha pasado algo estupendo! ¡Ha vuelto por fin! ¡Hajime-san ha vuelto a Tokio!
Kaoru querría haber dicho simplemente "oh", quizás un "no es razón suficiente" incluso algo semi hiriente para que Tae lo pasara tan mal como lo había hecho ella esa noche, aunque inmediatamente la perdonara y todo volviera a su cauce.
Lo que no quería Kaoru, porque no estaba bien, porque se había prometido que eso nunca le volvería a pasar, fue que, de pronto, todos sus nervios parecían mucho más despiertos que nunca. Su columna lanzó un cosquilleo desde la base de su cráneo hasta su espalda y más allá y notó cómo se le secaba la garganta mientras susurraba, sin ser consciente a penas de lo que estaba haciendo…
−Touya…
Espero que os haya gustado, muchas gracias por leer ^^
