Lexa
He estado pensando, mientras me esfuerzo por salir de un atascadero de dos manzanas, qué haré si Gustav y yo ganamos hoy el juicio. Luego de dos tediosos años de audiencias, entrevistas, investigaciones y papeleo he perdido un poco de perspectiva. Considero que este largo viaje en carretera sería útil para tantear las infinitas alternativas que nos invitan al presente y al futuro, pero no estoy segura de querer divagar sobre esto ahora mismo.
Debería apaciguar la violencia con la que proyecto mis emociones con el timón del auto, noto que tengo los nudillos de las manos bastante blancos y aún no me he movido ni un metro, pero es el primer objeto que encontré en el que puedo aplicar fuerza sin lastimar a nadie, tampoco creo que pueda romperlo.
Tampoco he bebido café.
No sé si seré lo suficientemente fuerte sin un poco de cafeína en mi organismo.
Bajo del auto para fijarme qué o quién ha provocado esta impertinente congestión vehicular y puedo notar entre la multitud a un grupo de mujeres con trajes exóticos y a unos hombres de chaquetas negras siendo esposados y marchándose en diferentes direcciones, parece haber sido una dura pelea ya que hemos tardado mucho en movernos.
Son sumamente extrañas las situaciones de violencia en Providence, sobre todo hacia la comunidad LGBT, he escuchado al copiloto del auto que está a mi derecha mencionar sobre una agresión a las Drag Queens del 'I Fell So Gay' una de las discotecas más famosas del lugar. Confío en la capacidad de las autoridades distritales para castigar como es debido estas intolerables situaciones.
Luego de indignarme subo al coche y me coloco el cinturón de seguridad con un movimiento bastante brusco.
Por fin puedo avanzar, he perdido 20 minutos. ¡Bien, todo muy bien! ¡Mierda!
Vuelvo la vista y los sentidos hacia la carretera, parece que el siguiente camino estará despejado, enciendo el aire acondicionado y el reproductor de audio con la esperanza de que pueda distraerme de la mezcolanza de pensamientos que amenazan con volver a inquietarme.
He encendido el aire acondicionado aunque el clima afuera ronde casi los 10 grados, tengo el cuerpo demasiado caliente y nervioso que no paro de sudar y ahogarme, abrir las ventanillas del coche me parece un poco insensato y agresivo.
Un breve rugido retumba en mi vientre, podría ser por el cambio brusco de temperatura, pienso, pero inmediatamente caigo en cuenta de que no he comido nada desde ayer así que debo tener hambre.
Aunque muy bien podrían ser los nervios, otra vez.
Inclino mi cuerpo cuidadosamente sin apartar la vista de la carretera y busco mi mochila en el asiento trasero. Recuerdo que ayer por la tarde pasé por la cafetería de la facultad y compré un emparedado de jamón antes de regresar a casa, iba a comerlo mientras conducía pero Octavia me llamó diciéndome que su vuelo se había adelantado y que estaba esperándome en el aeropuerto y ya no pude pensar en cualquier otra cosa.
Por suerte el emparedado aún es comestible. No sabe tan mal.
Cuando estoy en medio del proceso de ingestión siento el móvil vibrar en mi bolsillo trasero del pantalón, me sobresalto y consigo sacarlo de un tirón con mi mano izquierda y lanzarlo al asiento del copiloto mientras apoyo mi brazo en el timón para no perder el control del auto, casi como un acto reflejo vuelvo la vista a la carretera y veo cruzando a un mapache, logro esquivarlo con una maniobra sorprende y luego detengo el auto, y con la inercia con la que mi cuerpo vuelve a estabilizarse sobre el asiento por el violento movimiento, doy un pequeño brinco que provoca que tire el emparedado en mi pecho ensuciando mi camisa con la salsa y el jamón.
No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Por un dem...!
No puedo terminar de maldecir porque el móvil vuelve a vibrar en el segundo en que trato de limpiarme, tardo en reaccionar mientras pienso como puedo atenderlo si tengo las manos sucias y llenas de grasa y aceite. Miro el móvil y luego mis manos, miro el móvil y miro mis manos de nuevo, vuelvo a mirar el móvil y luego mis manos por última vez. No sé qué hacer. Finalmente se corta la llamada.
La imagen de mi misma, viéndome tan absurda y seguramente con una expresión tan agobiada es muy risible, así que tras reírme unos instantes de mi propia desgracia, decido limpiar mis manos en mi camisa y terminar de estropearla.
Miro por el rabillo del ojo el móvil que aún tiene la pantalla encendida y puedo ver que las llamadas perdidas son de Octavia.
No debe ser muy importante.
