Capítulo II
Fue hace tanto tiempo atrás. Tanto, que mis recuerdos son borrosos, y los sentimientos que debería tener sobre esos recuerdos parecen más vagos todavía. Es extraño no tener una idea clara sobre cómo uno se debería sentir en tal situación o sobre sí la emoción correcta, concuerda con el evento en particular. Es difícil tratar de explicarlo. Es como si se exigiera a alguien que exprese con palabras lo que explota dentro de él cuando mira por primera vez la bastedad del mar o tratar de exponer cómo es esa cosa reconfortante y despreciable que se siente cuando se acostumbra a estar a solas consigo mismo. Pero estos sentimientos en mi corazón, son sentimientos que guardan relación con cierto momento de mi vida, o al menos con lo que queda de ella. Sin embargo, son tan difusos al punto de confundir la tristeza con la felicidad, la felicidad con la nostalgia y la nostalgia con el odio, dando así el extraño resultado que la tristeza y el odio son cosas semejantes; a saber, algo como un perene enredo de felicidades y nostalgias que terminan por envolverse sin un fin. En mis momentos más oscuros, he llegado a imaginar que puede ser verdad, es decir, la tristeza induce al odio y la nostalgia es un vano recuerdo de felicidad; entonces, el recordar ese recuerdo, lo que llamaríamos nostalgia, provoca tristeza y, por tanto, siguiendo el razonamiento: odio. ¡No lo sé!, ¿qué puede saber alguien que va olvidando cómo se siente la tristeza, la felicidad o el odio? A pesar que, si aún cabe un sentimiento en mí, es la nostalgia. Por ende, a pesar que mis recuerdos son difusos y muy probablemente estén mal, me rehúso a aceptar la conclusión que me sugiere tal razonamiento. Estoy completamente seguro que la existencia de alguien no puede ser vista como un enredo que no consigue desenredarse. Incluso una existencia como la mía entiende que las personas son mucho más de lo que sus acciones dicen de ellas. Es imposible conocer plenamente la naturaleza humana porque es cambiante, mutable, impredecible. Nunca comprendí aquello de que alguien no puede cambiar. ¡Es absurdo! La vida misma es un incesante cambio, y lo que hace a los humanos seres raros es esa aptitud para adaptarse. Ese algo especial que les permite reír cuando quieren llorar y les hace dar un paso al frente cuando todo instinto de auto conservación les dice que corran. Siempre me hace sonreír el hecho de tener fe en las personas, quizá es esa fe lo que me hace aún humano, y por ello no me permito abandonarla. Al fin y al cabo, no puedo sino pensar en que mi sacrificio es por una causa mayor; e ir olvidando mi esencia, mi ser, es algo insignificante. De todas formas, no me puedo quejar. Sin una clara percepción del tiempo el tiempo no existe. Toda noción que se tiene del tiempo está concebida por los días, las noches, las horas, los meses, los años. ¿Al estar en un mundo en el cual la tierra dure más su rotación, como en algunas dimensiones, el tiempo pasaría mucho más lento? No, quizá no. Pero imaginar un espacio donde la continuidad de las horas está fijado por un avanzar y un retroceder, un ir y venir como el de un péndulo, es concebir un espacio donde el tiempo trascurre y la vez no trascurre, porque lo trascurrido vuelve al punto de inicio y lo iniciado ya ha trascurrido; y sin embargo este mecanismo no significa que el tiempo se detenga, únicamente todo es rápido y no-rápido a la vez. No comprendo muy bien cómo funciona. Tampoco es que me importe demasiado. Igualmente, no consigo explicar mi estado actual. Tengo la seguridad de estar vivo, al menos mi cuerpo físico lo está. La prueba es que me percibo dentro de él y puedo sentir las manos, los pies, las piernas, los latidos suaves pero constantes de mi corazón. Alcanzo a escuchar mi respiración y, de quererlo, podría abrir los ojos y ver el espacio que me rodea: un cuarto hecho de roca blanca y negra; estoy en una especie de templo donde mi cuerpo descansa en un armazón de mármol hueco, relleno con un líquido semitransparente que brilla en azul fosforescente. A pesar que no hay techo, aquí no existe día ni noche, viento ni lluvia, pero puedo observar miles de estrellas en el firmamento, aunque no significa que mi entorno esté oscuro o que necesite abrir los ojos para divisar esta realidad. No sé cómo explicarlo. Es un espacio de cosas improbables mas no imposibles. A veces, cuando el hastío de la estancia indefinida me lleva a una espiral de aburrimiento sin fin, pienso en el yo distante, el propietario absoluto de sus memorias y sentimientos, y trato de ponerme en su situación y lo que debió sentir cuando tomó la decisión de condenarse a estar aquí. En otras ocasiones, al minuto que el rostro de una mujer aparece de improvisto en mi mente y la veo tiernamente desnuda a mi lado, diciendo en sueños que me ama y que no me dejará ir, me imagino al yo que la sostiene firmemente entre sus brazos y pienso si él tiene alguna idea que un día, en un suspiro despreciable de un segundo inexistente, estará pensando en aquel momento tratando de recordar no a la mujer ni el rostro ni porque le dice que no lo dejará ir, sino tratando de entender eso del amor. Supongo desde mi limitación, estado y situación. Y caigo en cuenta que todos esos pasados yo eran yo que en algún punto se reemplazaban por otros yo, y esos otros yo no eran el mismo yo de hoy; lo sé porque cada lapso que trascurre los yo paulatinamente van muriendo, dejando atrás un cascaron que aún respira, mira el firmamento sin necesidad de abrir los ojos, se pregunta por la identidad de esa mujer de cabello hermoso y se cuestiona si la calidez que siente en el pecho es lo que ella no quería dejar ir, pero al final no pudo evitar su partida. Debió ser doloroso. Tan doloroso como el saber que fue hace tanto tiempo. Tanto, que los recuerdos se borran un poquito más y el yo de ese instante es el real y el yo perdido en un tiempo de péndulo es una sombra que apenas existe con un fin tan olvidado como el olvidado cuerpo dentro del armazón de mármol en un cuarto hecho de roca blanca y negra.
Estoy cansado de mis divagaciones. Es decir, exponer un punto sin llegar a una conclusión es lo que se llama divagación ¿no?; aunque en mi defensa no puedo sino divagar sobre todo cuanto me rodea y lo único que me es propio: mis memorias. Así pues, con cierto orgullo, digo que no soy otra cosa más que recuerdos, imágenes variadas de muchas experiencias. Porque las experiencias, y los recuerdos de las experiencias, nos hacen quienes somos, incluso si estamos desfragmentados en tantos pedazos que la montaña en verano dominando el valle, se confunde con una vasta llanura en invierno o con el lago de un bosque en primavera rebosante de preciosísimas flores. Así voy esbozándome, con la sutil diferencia que a veces soy joven, en otras tengo mi cuerpo actual y en otras pocas mi mano es tan pequeña que no puede sostener con facilidad una naranja. Mas, a pesar de ello, la razón de mi sacrificio está muy clara. Quizá será lo último en desaparecer dentro de mí.
Lo siento, nuevamente divago. Esto de la divagación es más complicado de lo que cualquiera pensaría. Siempre es más sencillo exponer todo con una estructura, con un guión que va explicando paso a paso y no deja lugar a dudas. Es lo más correcto. Una historia, por caótica que sea, debe exponerse sobre una base y de ahí ir subiendo hasta llegar a expresar lo que se quiere decir. Pero espero puedan comprenderme. La única forma de contar mi experiencia es prestando atención a la forma cómo transcurre todo aquí, en medio del espejismo y la realidad improbable. Lo hice otra vez, lo lamento. Pero esto de la divagación es más complicado de lo que cualquiera pensaría. Pasado, futuro, presente no son realidades, más bien son rieles convergentes conectadas, a veces con una bellísima tarde crepuscular de color carmesí y otras idénticas, con la variación que la mujer de cabello largo y hermoso me acompaña en tanto estamos sobre una montaña dónde se hallan esculpidos rostros gigantescos, y mientras la mujer se recuesta sobre mi hombro y me abraza como suplica, admiramos el sol en la línea distante, regalando sus últimos rayos de luz sobre un poblado que parece sumergirse en una lánguida timidez. Sí, ahí está un yo. Un yo que desprecio porque es él el autor de éste artilugio escabroso. Ni siquiera lo odio por estar sonriendo. Lo detesto porque sabe que no es él el que está aquí, ahora. ¿Qué piensa? Quizá demasiado. Se nota en su sonrisa un desdén amargo y el cansancio propio de un gran líder obligado por las circunstancias y las responsabilidades. Tal vez él no lo sabe, pero yo sé muy bien el peso de sus responsabilidades, y es lo único en lo cual puedo sentir afinidad y hasta compasión por él. No obstante, en otras ocasiones, rememoro a otro yo en plena batalla, sucio hasta en los poros más recónditos, lleno de lágrimas y lanzando gritos iracundos al ver los cientos, miles, quién sabe si millones de personas muriendo sin cesar a su alrededor, sin que él pueda hacer algo para evitarlo, y, mientras mueren personas que para mí no tienen rostro, va provocando en él sensaciones iguales a dagas candentes atravesándole el corazón. E incluso a ese yo mutilado por la tristeza y la rabia, lo envidió y lo compadezco porque al menos él está en un fin, en un ciclo, y tiene trazado en su corazón los sentimientos que mi yo actual no consigue comprender del todo. Entonces veo un crepúsculo carmesí, montañas de cadáveres y una tierra envuelta en llamas, y sobre un alcor hecho con los millones de cuerpos está otro yo que grita como loco, se rasga las ropas y gruñe como león malherido. Quizá es ese yo el que tomó la decisión de estar aquí; debería odiarlo más que a cualquier otro, pero no puedo.
Fue hace tanto tiempo. Tanto… ¿Qué es ese sonido de pisadas que se acercan? Se escuchan familiares. Son grandes, muy fuertes y demandan autoridad. ¿Mis parpados están abriéndose? ¿Estoy despertando? ¿Otra divagación? Es... es como si el tiempo volviera a un cauce. Siento nostalgia, demasiada nostalgia por algún momento que no existe más; quizá… ¡Sí! Esto se llama tristeza.
Carmesí. Veo un crepúsculo carmesí. Veo una tierra teñida en llamas.
—Es hora de despertar, compañero. Lo peor ha sucedido—. Dijo el inmenso y majestuoso zorro de pelaje rojizo al estar frente al cuerpo de un hombre de cabello rubio, dormido en un armazón de mármol lleno con un líquido azul resplandeciente.
La voz gutural del animal retumbó como un soliloquio solemne, y al terminar de resonar por doquier, el hombre de cabello rubio abrió los parpados dejando apreciar irises azules tan profundos como las glaciares galaxias de más allá del horizonte conocido.
—Ha sido un largo, largo tiempo, Naruto.
—O—
Los mundos eran un completo caos. Y ningún mundo era consciente de lo que sucedía. El caos, por tanto, en sí mismo tenía un problema mayor, pues su origen era desconocido. Y eso atemorizaba a las tres grandes fracciones al punto de cometer demasiados errores de juicio. Las batallas se detuvieron al instante. Una tregua general se pactó ante la singularidad sentida. Era impresionante observar cómo el miedo en común hacía a todas las razas aliarse con lo conocido para vencer a lo desconocido. Pero no era para menos, la fuerza que sintieron en el mundo demoníaco, humano, celestial, el Hades, el Valhala y otros, hizo a los máximos líderes de cada facción sentirse como niños sacudidos violentamente por una pesadilla. Sin tiempo para planear una defensa o plantear una teoría, muchos fueron testigos de la brutal destrucción de ocho espacios dimensionales, por suerte todos inhabitados. Sin embargo, cuando la brecha dimensional apareció en el mundo demoníaco, fracturando el cielo con grietas monstruosas que se explayaron sobre toda la superficie de su inmensa geografía, entendieron que el terror sentido no estuvo ni por un momento a la altura del que debieron sentir al concebir por primera vez la singularidad. Rayos escarlata de proporciones espeluznantes caían como lluvia, destruyendo todo a su paso y obligando a los demonios a buscar refugio. Los grandes demonios, lords y jefes infernales, que anteriormente estaban batallando contra los monstruos que azotaban la ciudad, también se vieron obligados a refugiarse, pues uno solo de esos rayos escarlata tenía el poder para pulverizarlos. Prueba de su poder fue que la más grande de las quimeras gigantescas creadas por Shalba Belcebú de la Facción de los Antiguos Reyes Demonios se desintegró al recibir el impacto de dos rayos; el primero lo frió al punto: carne carbonizada, y el segundo lo desintegró al nivel: ni cenizas. Turbador. Pero aquel espectáculo no fue nada a comparación de la metamorfosis sufrida en el cielo púrpura del inframundo. En un sentido amplio, se podía asegurar que el cielo se caía a inmensos trozos, como si un espejo descomunal se hubiera roto. Pero, a parte del fenómeno inimaginable, no consiguieron divisar algo hostil. De cualquier forma valía ser precavidos. Todas las facciones se mostraron cautas, y los grupos designados para las peleas contra las quimeras gigantescas se replegaron a esperar los eventos. Sin el Rey Demonio en el Inframundo, estaban en peligro inminente. Por supuesto, no podían saber que, en la tierra de los muertos, el imperio de Hades, una situación absurda estaba por darse.
El Rey Demonio, Sirzechs; el Líder de los Ángeles Caídos, Azazel y el Dios Olímpico, Hades; tras ponerse de pie al sentir la titánica energía, especularon de forma vertiginosa tratando de sacar conclusiones. Sin embargo, jamás en su larga existencia habían calificado tal cantidad de energía, suficiente como para envolver los mundos conocidos un par de veces. Si hace contados minutos Sirzechs había expulsado el glorioso poder que lo llevó a ser poseedor de su título actual, la energía dispersada sentida fue equiparable, y comprender que la singularidad sucedió en algún espacio desconocido muy lejano, los llenó de ansiedad. Azazel, astuto como él solo, empezó a hacer conjeturas e hipótesis. Podía caber la posibilidad de un engaño o una distracción. ¿La facción de los Héroes? ¿Los Antiguos Reyes Demonios? ¿La Brigada de Caos? ¿Un nuevo enemigo? Su experiencia y astucia lo llevaba a imaginar escenarios que cabían en la posibilidad, pero siempre encontraba un callejón sin salida a las teorías cuando intentaba imaginar un Sacred, Longino o ser, es decir, la escala superaba a los Dragones Celestiales. Ensimismado en sus pensamientos, Azazel no tuvo oportunidad de reacción al momento que un poder descomunal lo empujó hacia atrás. Apenas alcanzó a observar, en cámara lenta, cómo el fuego de la explosión se acercó a su rostro, y, milímetros antes de que las llamas le alcanzaran, una poderosísima onda de choque le empujó fracturándole algunos huesos y eyectándolo con tal rapidez, al punto de concentrar todo su poder para únicamente no perder la consciencia. Al dispersarse el polvo, miró aterrado el templo de Hades destruido, y no solo eso, todo en un rango de millas fue reducido a cenizas. A unos cuantos metros a su derecha, alcanzó a ver le aura rojiza de Sirzechs, más allá el comodín enviado por el arcángel Miguel, su subordinado y Hades también se levantaban, aunque no estaban en mejores condiciones. Una vez el polvo se asentó, casi se atraganta con su propia saliva. A poca distancia el Dragón Rojo Emperador se encontraba de pie, expulsando una cantidad de poder que dejaba en vergüenza al Rey Demonio y su grupo. ¿Qué estaba sucediendo?
—Al parecer me equivoqué—enunció con voz grave el Rojo Emperador.
— ¿Iseei -kun?
—Hyoudou Iseei…—balbuceó Hades con desprecio.
—¿Iseei, eres tú?
La pregunta de Azazel parecía una confirmación. A pesar de la armadura innegable, la voz y la contextura física, nada en la actitud era propio de Iseei. A ese individuo se le escapaba una frialdad jamás sentida. Y su poder, su poder como pistones hidráulicos que lentamente asfixiaban las voluntades de los presentes. Sirzechs de inmediato comprendió que estaban en peligro y liberó el máximo de su poder. El instinto le decía que debía pararlo ahí mismo. La presión del poder puro de destrucción del actual Lucifer apareció con mucha más potencia que minutos antes, cuando demostró su capacidad a Hades. La presión a su alrededor presagiaba un cataclismo, y a él se le sumó Hades dejando advertir un aura tan grande como para rivalizar con el Rey Demonio. Sin embargo, en un santiamén, Hades fue hecho nada por un violento puñetazo, y al mismo tiempo, Sirzechs caía de rodillas sosteniéndose el abdomen. Azazel no logró ver nada. Un momento estaban expulsando su poder el Dios y el Rey Demonio, y al otro el primero fue fulminado y el segundo estaba a merced del Rojo Emperador. Sin decir nada, Iseei sotuvo por el cuello al Sirzechs y exclamó:
— El poder de Kurama corre dentro de ti, ¿por qué?... A pesar de eso, qué intentas hacer con tan bajo nivel de chakra. Eres una mala imitación del Kyūbi. ¿Qué eres? Jamás vi humano con alas. ¡No importa! Me dirás dónde está Naruto—dijo, y apretó más su agarre al cuello. Sirzechs estaba por perder el conocimiento—. ¡Habla! ¿¡Dónde está ese malnacido shinobi!?
—Le romperás el cuello, ka...ka —alcanzó a decir Azazel. El Rojo Emperador regresó la mirada al origen de la voz—. Primero, sabemos que no eres Issei. Eso está claro. Me pregunto por qué tienes su Sacred y su cuerpo, pero ahora hay cosas más importantes. Imagino que la expulsión de energía de hace minutos fue cosa tuya, ¿verdad? No tienes que responder, eso también está claro. Por otra parte, eliminaste a ese asqueroso esqueleto como si fuera una mosca, así que no podemos hacer mucho contra ti. Te lo agradecería si no estuviera preocupado de tener un fin igual. En segundo lugar, al que tienes ahí es el Rey Demonio, y está al borde de la muerte. Eres una inmensa amenaza, pero no pareces buscar pelea a no ser con ese shinobi que nombraste.
—Ho… eres interesante.
—Gracias por el cumplido. Pero me gustaría más que soltaras a mi compañero. Con nuestra vida en riesgo, puedo jurar que no sabemos nada de aquel a quién buscas. Pero podemos ayudarte, claro, si nos dejas vivir.
— ¿¡Por qué piensas que necesito de tu ayuda!? Únicamente tengo que seguir buscando y destruyendo este enredo de mundos que esos malnacidos biju han creado.
— ¿Biju? No, amigo mío, eso es un mito. Y te lo dice un ángel caído, así que…
— ¿Ángel caído? ¿Es un Clan?
— Vaya, esto es peor de que pensé. No eres de por aquí, ¿cierto? —preguntó Azazel intentando ponerse de pie. El daño recibido era mucho más del que imaginó—.En ese caso, ¿podrías decirme tu nombre?
— ¿Nombre? —En un movimiento, lanzó como basura al Rey Demonio—. Sí, hace mucho tiempo tenía un nombre. Me pregunto cuál era. Creo que no importa ahora. Mi ambición no pudo completarse antes, ni tiempo atrás de ese antes, ni antes de ese antes. Siempre han interferido. Sí, mi nombre es algo que no importa ahora. Lo único que ahora importa es encontrar a ese Hokage. Si le quito de en medio, podré hacer cualquier cosa. Sentí un poder como el de Kurama y viajé hasta aquí, pero me encuentro a estos extraños humanos con alas. ¿Cuánto he dormido? — Una densa cantidad de energía lo empezó a cubrir, y en la cúspide, como si se enojara infinitamente, gritó: — ¿¡Cuántos malditos milenios ese malnacido impidió mi despertar!? ¡Muéstrate Naruto! ¡Muéstrate!
Azazel se resignó a su fin. Sin embargo, un círculo mágico, muy pequeño, apareció en su palma. Miró a su rededor y el mismo círculo estaba en la muñeca del Rey Demonio y los demás sobrevivientes. Antes que el ser desconocido en el cuerpo de Iseei desatara su furia destruyendo ese parte del Inframundo, Ajuka Belcebú los rescató y los trasladó al Inframundo. Pero Azazel comprendió muy bien que ya no había sitio seguro en la existencia. Su única esperanza era encontrar al tal Kurama, que por alguna causa tenía conexión con el misterioso poder de Sirzechs. Y, mucho más importante, encontrar al único ser que parecía poder hacer frente a esa cosa que había poseído a Iseei: el Hokage Naruto. También debía pensar en cómo decirle al grupo Gremory, que muy probablemente el Dragón Rojo Emperador: Hyoudou Iseei, estaba muerto. O peor aún, era su enemigo y debían pelear contra él. Azazel, en muchos años, no sintió tanta rabia y decepción.
