Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a su respectivo dueño.

Advertencias: AU, posible Ooc, menores de edad involucrados en situaciones inadecuadas, violencia, muerte y muchas otras cosas desagradables de la sociedad.

Aclaraciones: La historia está dividida en fragmentos pero sigue una línea temporal.


XI

Pues si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué tales serán las tinieblas!

—San Mateo 6:23.

Mikasa sorbió cuidadosamente el té, todavía tenía un sabor extraño debido a la ausencia de azúcar, pero no se quejó, después de todo lo había preparado Levi, por lo tanto, era especial. El líquido estaba caliente, demasiado para su gusto, entonces, con mucho cuidado, colocó la taza de té sobre el posavasos, en cuanto estuviera lo suficientemente frío, volvería a beberlo.

Sin nada más que hacer, Mikasa apoyó las manos sobre su regazo, la presencia de Levi, quien estaba sentado a su lado, seguía poniéndola nerviosa pero de una manera mucho más agradable. En realidad, su nerviosismo inicial se había convertido en una forma vaga de timidez que nunca experimentó con otra persona, no sentía miedo pero le avergonzaba estar en su presencia. Ese nuevo sentimiento la asustaba pero, al mismo tiempo, despertaba vehementemente su curiosidad.

En esos precisos momentos, la presencia de Levi no era la única cosa que machacaba sus nervios, el modo en que él se encontraba sentado era, por así decirlo, muy invasivo para su propio espacio personal pues tenía el brazo derecho apoyado contra el respaldo del sillón, casi parecía que la estuviera abrazando. Ese solo pensamiento hizo temblar de manera grata el cuerpo de Mikasa. Sin embargo, sus meditaciones se desvanecieron abruptamente de su mente cuando una brillante hoja metálica apareció ante sus ojos.

—¿Un cuchillo? —ella preguntó con suavidad.

—Es para ti, mocosa —Levi respondió, se oía un poco impaciente.

Mikasa parpadeó varias veces, un poco incrédula; de todas formas, tomó el cuchillo, sin mostrar ninguna clase de duda.

—Es un regalo —ella señaló en voz alta, sus palabras no cuestionaban.

Él simplemente se encogió de hombros mientras se agachaba para tomar su taza de té, a su peculiar manera.

—Cuando tenía tu edad lo utilicé mucho.

Las mejillas de Mikasa se sonrojaron. Ese cuchillo formaba parte del pasado de Levi y ahora era suyo. La clase de uso que alguna vez le dio era irrelevante para ella en esos momentos. La felicidad prevaleció sobre cualquier otro razonamiento.

—Lo cuidaré mucho —dijo con voz firme mientras apretaba el mango con sus dedos níveos.

—Úsalo sólo cuando lo sientas necesario —la voz de Levi era solemne.

XII

No tengo amor por los hombres, sino por aquello que los devora.

—André Paul Guillaume Gide, Prometeo mal encadenado.

La luz de la luna besaba con delicadeza la superficie metálica del cuchillo, ocasionando un brillo espectral. Las puntas pálidas de los dedos de Mikasa tocaron la hoja suavemente, como si fuera una pieza frágil de cristal, el metal se sentía frío contra su piel. Acompañado de un suspiro sonoro, el brazo que sostenía el cuchillo bajó lentamente. Entonces, ella se recostó en su cama, ojos grises y cansados observaron con desinterés el techo de su habitación. No quería dormir.

Unos minutos después, sin poder evitarlo, su atención se volvió a concentrar en el objeto cortante que su mano sostenía con fuerza pues no se atrevía a soltarlo. Todavía no podía comprender las razones que tenía Levi para obsequiarle semejante cosa, ¿tal vez era una muestra de cariño? Mikasa bufó, eso era ridículo, ¿quién en su sano juicio regalaría un cuchillo a niña?

Ella sonrió ante esa pregunta, Levi no era exactamente una persona "normal", de hecho nunca, en su corta existencia, había conocido a alguien como él. Por lo tanto, intentar desentrañar las razones tras ese obsequio tan particular era una tarea imposible. Sin embargo, aquello no desanimó a Mikasa, estaba segura que Levi tendría una buena razón.

Sus ojos grises estudiaron con esmero cada detalle del cuchillo, el mango era de madera, pintado toscamente de negro, la pintura estaba desgastada, sin duda por el uso. Se mordió los labios, una incómoda ansiedad se apoderó de ella, ¿Levi usó esto para matar? Y si la respuesta era afirmativa ¿a cuántos mató? No quería saberlo.

Un ruido seco rompió sus pensamientos, muy parecido al crujido que se produce al partirse un trozo de madera. Levantó la mirada y su respiración se congeló. Frente a su cama, un hombre se encontraba parado. No le tomó demasiado tiempo reconocerlo. Era el hombre malo. Se veía casi igual a como lo recordaba, a excepción de su piel que poseía un antinatural color blanco, como si la sangre se hubiese esfumado de todo su cuerpo. La temperatura del ambiente bajó bruscamente.

El cuerpo de Mikasa empezó a temblar, abrió y cerró la boca varias veces pero su delicada voz no pudo manifestarse. Por inercia, su atención se clavó en la mirada vacía de aquella aparición. El hombre malo tenía los ojos hundidos hacia el interior de su cráneo, sus pupilas poseían un desagradable color azul blanquecino, como si estuvieran cubiertas por una extraña niebla opaca.

La piel de Mikasa estaba cubierta por diminutas gotas de sudor, a pesar del frío que se concentraba misteriosamente en la habitación. Un grumo de pensamientos y tinieblas se derramó violentamente sobre su mente. El horror virginal apuñaló su pecho.

La aparición parpadeó un par de veces, el tenue y repentino movimiento fue suficiente para sacar a Mikasa del estado mesmérico en el que se encontraba. Con todo el valor que pudo reunir, apuntó el cuchillo de Levi hacia ese hombre, quien se limitó a realizar una mueca que denotaba burla, entonces, se desvaneció.

La respiración agitada de Mikasa era el único sonido que se podía escuchar en la habitación. Todavía temblando, ella quiso tirar el cuchillo pero no pudo hacerlo, algo la detenía, como si una fuerza invisible agarrara sus brazos con fuerza. Después de unos segundos de vacilación, decidió colocar el objeto sobre su mesita nochera, esta vez no sintió ninguna opresión sobre sus extremidades. Con la mente más calmada, metió su cuerpo entre las colchas, una agradable calidez acarició su piel.

Desde su almohada, podía ver la hoja del cuchillo brillar, la delicada luminosidad reconfortó su mente. Su mente hiperactiva quería creer que parte de la esencia de Levi todavía estaba impregnada en ese objeto, cuidándola, como un guardián silencioso.

Con un débil suspiro, Mikasa tomó una decisión. Ya no pensaría en los usos que Levi le dio a ese cuchillo en el pasado. Después de todo, las manchas de sangre podían ser fácilmente eliminadas, sólo bastaba con limpiarlas.

XIII

Me aterroriza este algo oscuro

que duerme en mí; durante todo el día

lo siento planear en círculo, suave, ligeramente, percibo su maldad.

—Sylvia Plath, Ariel.

Las pequeñas manos de Mikasa sostenían con fuerza la tela fina de su vestido, una pequeña duda luchaba por salir de sus labios rosados. Su fuerza endeble de voluntad no pudo contener las palabras que se acumulaban en su boca y las soltó sin ninguna clase delicadeza:

—¿Tienes novia? —las mejillas de Mikasa se sonrojaron en cuanto aquella pregunta salió de su boca.

—No es tu problema —respondió Levi de manera cortante.

—Pero quiero saber —ella infló las mejillas en un intento infantil de mostrar su disgusto ante la negativa.

—Eres realmente una mierda entrometida —el hombre la fulminó con la mirada.

Mikasa sonrió levemente, las palabras ofensivas de Levi ya no tenían el poder de herirla pues comprendió, después de un tiempo, que eran una parte importante de la personalidad del sujeto junto a ella.

Levi chasqueó la lengua al ver la sonrisa boba de la niña; poco a poco, ella estaba perdiendo todo el respeto que, en un inicio, mostraba hacia él. Entonces, miró directamente a esos ojos grises que reflejaban gran expectativa. No pudo ver ninguna doble intención, sólo había curiosidad en su forma más inocente.

—Tuve una novia… hace mucho tiempo —la voz de Levi perdió fuerza a medida que pronunciaba aquellas palabras.

Mikasa soltó un pequeño suspiro involuntario, en realidad, la respuesta no la sorprendió por completo, alguien tan guapo como Levi debió haber tenido novia en algún momento de su vida. Cuando lo vio por primera vez, en ese callejón oscuro y sucio, Levi le pareció extrañamente lindo pero su belleza no estaba fundamentada en la apariencia física, había un "algo", inclasificable, en él que la atraía con fuerza pero su mente infantil era incapaz de entenderlo por completo.

—¿Qué pasó con ella? —ella preguntó mientras jugueteaba con los volantes de su vestido. Trató, inútilmente, de sonar inocente pero, por alguna razón desconocida, notas maliciosas adornaron sus palabras, probablemente causadas por el repentino e inexplicable desprecio que sentía por la misteriosa mujer que habitaba en la memoria de Levi.

—Se fue —respondió él con brusquedad.

Mikasa se mordió los labios inconforme con la vaga respuesta, que era demasiado abierta a la interpretación. De hecho, ni siquiera explicaba si esa mujer murió o simplemente abandonó a Levi. Ansiaba saber más pero no quería ser una entrometida, en especial con un hombre que cuidaba tan celosamente de su privacidad.

—La conocí en mi juventud —Levi comentó con indiferencia en un intento de aliviar la obvia curiosidad de la niña; su mirada azul se clavó en el techo, parecía que tenía la mente perdida en otro tiempo.

—¿La amabas de verdad? —la voz de Mikasa temblaba, poseída por un temor desconocido.

Levi no respondió, solamente cerró sus ojos, ignorando la presencia de la niña, quien apretó los puños con mucha fuerza, sintiéndose irritada. Es decir, Levi era mucho mayor que ella (a primera vista parecía que tenía más de treinta años), ese pequeño detalle era la causa de su incapacidad para comprender todas las cuestiones que lo atormentaban, después de todo, él vivió experiencias que nunca entendería por completo, esa clase de ignorancia causaba mucha ira en su interior. Por un segundo, deseó, con todas sus fuerzas, ser lo suficientemente mayor para poder empatizar con todo lo que él estaba sintiendo en esos precisos momentos. Sus pensamientos oscuros se quebraron en mil pedazos cuando una mano grande se posó sobre su cabeza, Mikasa abrió los ojos, desconcertada, por lo general, Levi evitaba el contacto físico, casi siempre era ella quien los iniciaba.

Entonces, él sacudió su larga cabellera negra, alborotándola. Acompañada de un bufido poco femenino, Mikasa ordenó diligentemente los mechones oscuros mientras una imprevista y extraña calidez se apoderaba de su cuerpo, algo en su mente le decía que aquello era un gesto de honesto cariño y no una burla descarada. En ese mismo instante se percató de un hecho importantísimo… se encontraba junto a Levi, incluso si sólo era físicamente. Ella, de todas las personas del mundo, tenía el privilegio de ver y sentir su extraña pero agradable personalidad que, seguramente, no mostraba a cualquiera. Era dueña de un don único en el universo, o al menos eso quería pensar. Con esos nuevos pensamientos, su estado de ánimo mejoró considerablemente; a diferencia de esa mujer del pasado, ella era un elemento constante en la vida de Levi. Un extraño y nuevo sentido de orgullo se apoderó de su mente. Para ser honesta consigo misma, repudiaba por completo la idea de que Levi haya amado a otra mujer.

El cuerpo de Mikasa se estremeció al contemplar aquél razonamiento pero no sentía ninguna clase de culpa, después de todo, deseaba, con todo su corazón y sin ninguna vergüenza, ser un elemento único y permanente en la vida de Levi.

XIV

¡Solo por no separarme de ti,

para mí el resto no existe!

—Anna Andréyevna Ajmátova, Réquiem y otros escritos.

El cabello negro de Mikasa estaba completamente cubierto por una extraña sustancia que poseía una consistencia pegajosa y un desagradable color verde, además, despedía un penetrante olor repulsivo. A pesar de eso, ella continuó caminando, envuelta en un halo de indiferencia. Los transeúntes se detenían a observarla sin ningún disimulo, a veces con curiosidad, otras veces con burla pero ella los ignoraba a todos por igual, sin detenerse en ningún momento. Su rostro no mostraba ninguna clase de emoción pero la ira quemaba lentamente su interior.

La pesadilla de Mikasa se inició cuando a sus inmaduros compañeros de curso se les ocurrió la brillante idea de jugarle una broma. Entonces, mientras ella leía distraídamente un libro, los niños le lanzaron una sustancia desconocida que ensució por completo su cabeza y parte de su uniforme. En ese momento, decidió callar pues no deseaba alimentar la malicia infantil con su debilidad, se limitó a salir del lugar, ignorando las voces de sus maestros y compañeros. Su "hogar" se ubicaba relativamente cerca de la escuela por lo que sólo bastaba con caminar para llegar pero su apariencia sucia la convertía en el centro de atención no deseada durante su tránsito por las monótonas calles. De todas maneras, prefería mil veces ser un espectáculo andante a tener que aguantar la inmadurez de sus compañeros de salón.

Caminó y caminó hasta que se detuvo en un cruce de caminos, ¿valía la pena regresar a casa? No había nadie allí. La única cosa que esperaba por ella era el nauseabundo silencio.

Después de unos segundos de silenciosa contemplación, los pies de Mikasa se desviaron de camino. Gracias a su velocidad natural, ella estaba frente a la puerta principal del departamento de Levi en un tiempo sorprendentemente corto. Sin presentar ninguna vacilación, tocó varias veces pero nadie respondió.

—Seguramente salió —pensó en voz alta, un poco desanimada. Sin embargo, en lugar de retirarse, Mikasa eligió sentarse en el suelo, decidida a esperarlo, sin importarle en lo más mínimo su apariencia sucia. A manera de distracción, se dedicó a observar cada detalle del pasillo solitario en el que se encontraba. Al principio, contó las manchas oscuras que se encontraban plasmadas en las paredes color crema, hasta que, inconscientemente, su mirada se perdió en la blancura del cielo raso. Y el tiempo pasó sin que se diera cuenta.

—¿Qué haces aquí, mocosa? —una conocida voz ronca la arrancó de su ensimismamiento.

—¡Levi! —Mikasa se puso de pie rápidamente, sus ansiosos ojos grises observaron la figura estoica del mayor, que se encontraba parado frente a ella, con los brazos cruzados.

—¿Qué mierda te pasó? —él preguntó, había un rastro de molestia en su voz.

Mikasa no respondió, sólo agachó la mirada, avergonzada por ser vista en un estado tan deplorable.

Levi suspiró mientras abría la puerta de su departamento. Después, la observó largamente con una mirada indescifrable.

—Puedes entrar.

La niña asintió, con una pequeña sonrisa de satisfacción; por primera vez en ese horrible día, la alegría calentaba su pecho. En cuanto entró, se quitó los zapatos y los acomodó cuidadosamente en la entrada. Levi le dio un gesto de aprobación, luego se acercó a ella para evaluar su apariencia.

—Te ves y hueles como una mierda —concluyó con una mueca.

Mikasa se mordió los labios, en un intento de evitar el inminente llanto, ella sabía muy bien cómo se veía en esos momentos, todas las miradas que recibió en la calle lo dejaron bien en claro, pero oírlo de él era, de alguna manera, un golpe directo a su corazón.

Sin decir nada, Levi agarró a la niña por la muñeca y la arrastró al baño. Ella se encontraba demasiado aturdida como para reaccionar, así que sólo se dejó llevar.

—Báñate —él dijo sin ninguna delicadeza mientras se disponía a salir de la habitación.

—Espera —la temblorosa voz de Mikasa detuvo sus pasos. Levi la miró con una ceja levantada, era su manera silenciosa de exigirle una explicación.

Ella se removió, nerviosa.

—No quiero estar sola —murmuró tímidamente.

A Levi le tomó un par de segundos entender las implicaciones de ese comentario, entonces, su rostro formó una mueca que destilaba clara incomodidad.

Mikasa supo de inmediato que él estaba a punto de negarse por lo que decidió utilizar un recurso desesperado. De manera lenta, su cara infantilmente redondeada compuso un gesto de tristeza muy convincente, hecha a base de labios temblorosos y ojos vidriosos. En el pasado, aquella máscara siempre había funcionado con sus padres.

—Sólo por esta vez —dijo él con voz monocorde mientras desviaba la mirada.

Ella simplemente asintió en un intento burdo de disimular la ligera sonrisa que se escapaba de sus labios sonrosados.

En completo silencio, Levi la ayudó a sacarse el uniforme de la escuela, desabrochando hábilmente los botones de su camisa escolar. Mientras las delicadas prendas caían con lentitud al piso, ninguno de los dos mostró incomodidad. El acto fluía naturalmente sin malicia alguna.

Mikasa no mostró pudor alguno cuando él la ayudó a meterse en el agua jabonosa de la tina. Estar completamente desnuda frente a Levi no era motivo de vergüenza para ella porque tenía depositada toda su confianza en él.

Mientras la niña se enjabonaba el cuerpo lentamente, las manos de Levi lavaban su sedosa cabellera, a pesar de que él mantenía una mirada desinteresada, sus movimientos eran suaves, casi delicados. Mikasa podía sentir, con espantosa claridad, cómo los gruesos dedos masculinos se deslizaban suavemente sobre su cuero cabelludo, mediante gráciles movimientos circulares. Sus ojos grises se cerraron irreflexivamente, todo pensamiento racional fue derrumbado por una bruma de sensaciones tan calientes como el vapor volcánico.

Después de una considerable cantidad de minutos, el cuerpo de Mikasa estaba libre de la suciedad, entonces, Levi la ayudó a salir de la bañera y envolvió su cuerpo con una toalla verde. Durante todo el proceso, su rostro no mostró ninguna clase de emoción.

—Espera aquí —indicó mientras salía del baño con movimientos fluidos.

En cuanto Mikasa se quedó sola, ella levantó el brazo para observar cómo las pequeñas gotas de agua se deslizaban sinuosamente por su piel pálida. Sonrió, el incidente de la escuela quedó enterrado para siempre por el recuerdo musculoso de Levi ayudándola a bañarse.

La puerta se abrió con brusquedad, revelando la figura baja del mayor.

—Toma —le lanzó una camisa y de inmediato volvió a cerrar la puerta.

No era necesario decir nada más, ella sabía lo que tenía que hacer.

Al anochecer, Mikasa regresó a casa, con su uniforme completamente limpio, gracias a la ayuda de Levi.

Después de varias horas, su madre atravesó la puerta principal de la casa, con el rostro plagado de preocupación aunque todavía mantenía un porte digno.

—Me llamaron de la escuela, ¿Dónde estabas? —la mujer inquirió mientras gesticulaba con exageración.

—Aquí —la mentira salió de los labios de Mikasa con tanta facilidad que ella misma se asombró.

—No vuelvas a hacer eso, podrían expulsarte de la escuela —su madre hizo un gesto de advertencia, a pesar de haberse tragado una mentira tan elemental.

XV

El tiempo es un purgatorio que ha limpiado toda la furia de mis recuerdos.

—Sándor Márai, El último encuentro.

Mikasa se llevó a la boca una cucharilla repleta de flan de vainilla, entonces, cerró los ojos con solemnidad, extasiada por el sabor dulce que acariciaba su lengua. El azúcar recién ingerido la animó a iniciar una conversación:

—¿Sabías que nací en Japón? Mamá visitaba a mis abuelos y de repente aparecí yo —narró alegremente, se sentía muy bien poder contar anécdotas de su propia vida a una persona tan importante como Levi, quien la miraba con una ceja levantada. Él siempre la escuchaba.

—¿Oh? ¿No naciste aquí? Eso explica porque pareces tan fuera de lugar.

Mikasa infló las mejillas, ofendida por esas palabras mordaces, pero no dijo nada, prefirió invertir su energía en algo mucho más productivo, es decir, comer más flan. Entre bocado y bocado, notó que el rostro de Levi presentaba una ligera mueca de diversión. El maldito se estaba burlando de ella.

—¿Sabes? Tú tampoco pareces de aquí —comentó con desdén mientras volvía a tomar otro bocado del postre.

—Tienes razón —él dijo, su voz estaba empapada de aburrimiento.

De repente, los dientes de Mikasa dejaron de masticar. Un par de ojos cenicientos concentraron toda su atención en Levi.

—No soy de este país, nací en Francia —comentó con ligereza.

—¿Eres francés? —ella preguntó, completamente impresionada por ese nuevo dato.

—Podría decirse aunque mi tío sacó a mi madre de ese país cuando yo todavía era un bebé.

Mikasa asimiló cuidadosamente cada palabra, asegurándose de nunca olvidarlas porque eran piezas importantes que podrían armar el rompecabezas que representaba el pasado de Levi, siempre difuso incluso para su imaginación vivaz.

—Ella quería una vida mejor pero nada de lo que hizo pudo mejorar nuestra situación. Daba igual en donde estuviéramos, siempre éramos pobres —Levi escupió con amargura las últimas palabras.

Ante esas palabras, Mikasa recordó aquella ocasión en la que Levi nombró a su madre por primera vez, un nudo horrible y apretado se formó en su garganta.

—De nada le sirvió trabajar tanto, no pudimos salir del basurero en que vivíamos. Al final, mi madre nunca dejó de ser prostituta —el tono de voz de Levi aumentaba dramáticamente de volumen a medida que pronunciaba cada sílaba.

—¿Y en dónde creciste? —Mikasa preguntó con suavidad en un intento bastante pobre de cambiar de tema pues no soportaba verlo tan… triste.

—Después de que mi madre murió, mi tío me llevó de regreso a Francia, allí fue donde me entrenó.

Mikasa frunció el ceño ¿Eso siquiera era una respuesta? Él no mencionó ningún lugar, además… ¿Entrenar? ¿Qué se supone que significaba eso? Había tantas cosas ocultas en esas palabras. Ella quiso preguntar pero la expresión oscura que deformaba el rostro de Levi la obligó a mantener la boca cerrada, en cambio, decidió comentar un detalle trivial:

—Escuché que Francia es un país muy bonito.

—No lo es —súbitamente toda emoción desapareció del rostro de Levi.

—Lo siento —Mikasa murmuró, entonces, impulsada por un sentimiento melancólico, apoyó la cabeza contra el cálido brazo de Levi, en un intento de calmar su tormentoso estado de ánimo.

—Tranquila, todo eso es mierda del pasado —él comentó mientras apoyaba ligeramente su gran mano en la espalda de la niña.

XVI

ya no soy la misma

y mis pasos en la voz

resuenan más oscuros.

—Blanca Wiethüchter, La piedra que labra otra piedra.

Después de mucho tiempo, Mikasa estaba cenando con sus dos padres, como una familia normal. Gracias a la enorme carga laboral de sus progenitores, la única oportunidad que tenía para estar junto a ellos eran los fines de semana pero debido a los constantes viajes de su padre, no era infrecuente que Mikasa se quedara sola con su madre. Por lo tanto, esta era una rara ocasión en la que toda la familia estaba completa.

Mikasa sostenía con fuerza el cuchillo y el tenedor mientras comía tímidamente cada porción de comida. La presencia de ambos padres la intimidaba un poco porque a sus ojos infantiles ellos sólo eran dos enormes figuras autoritarias que estaban atentas a cada movimiento que hacía, listas juzgarla por cualquier error. Ante esa perspectiva, su cuerpo se encontraba completamente rígido pues temía hacer algún ademán que podría causar la desaprobación de sus progenitores.

—Tu madre me dijo que últimamente te ves más contenta —la gruesa voz de su padre siempre mantenía un tono serio, incluso cuando decía cosas positivas.

Mikasa dejó de masticar, un desagradable nudo se formó de golpe en la boca de su estómago. Tragó con dificultad y clavó su mirada en su plato semivacío.

—Hice un nuevo amigo —respondió tímidamente sin atreverse a levantar la cabeza.

—¿De la escuela? —su madre preguntó con una gran sonrisa.

Ella tuvo la tentación de hablar con la verdad pero una voz en su mente le aconsejó que no lo hiciera. Entonces, asintió con la cabeza, un escalofrío recorrió su espalda, mentirle a sus padres se sentía tan extraño… y agradable. Una emoción poderosa apretó su mente.

—¿Y cómo se llama? —su padre quiso saber, su voz sonaba demandante.

—Es un secreto —Mikasa respondió fríamente, luego llenó su boca con un gran pedazo de carne, ante la mirada atónita de sus padres.

XVII

Y lo que brota en mi mente, primero, es la idea de que estoy delante de un fantasma.

—Rubén Darío, Peregrinaciones.

Levi era un personaje interesante, o al menos así lo veía Mikasa. Él poseía hábitos y gestos que nunca había visto en otras personas adultas, quienes siempre destacaban por tener personalidades uniformes. Por lo tanto, según su propia mirada infantil, Levi, sin duda alguna, era un personaje particular, casi fantástico, perdido en un mundo monótono y gris.

Él casi siempre, sin importar las circunstancias, mantenía una mirada aburrida pero en algunos momentos especiales sus ojos azules presentaban matices que manifestaban emociones intensas. Por ejemplo, cuando él mencionaba escuetamente su trabajo, sus ojos emitían un brillo muy afilado, hasta parecía que se tornaban rojizos, como si hubieran sido inyectados con sangre. En otras ocasiones, especialmente cuando Mikasa hablaba casualmente con él, su mirada emitía una tenue y agradable luz, casi parecía que sus ojos azules estuvieran complacidos con su presencia, en esos breves instantes la desidia desaparecía de sus ojos por completo.

Además, la particularidad de Levi no se exponía solamente en su apariencia física, como su baja estatura, también se hacía palpable en su personalidad. Él era una persona extraña, en más de un sentido. Su existencia estaba construida a base de misterios que Mikasa, por más que intentaba, no podía comprender. Uno de ellos, era la completa aversión que el rostro de Levi mostraba cuando ella usaba adjetivos "positivos" para describirlo, en una ocasión recibió una mirada bastante aterradora cuando se atrevió a llamarlo "bueno".

Levi tenía la costumbre de moverse en silencio y rápido, con la misma habilidad que posee un depredador cuando acecha a su presa, él aparecía y desaparecía en momentos inesperados, siempre lograba sorprenderla pues nunca escuchaba sus pasos ni su respiración. De hecho, él parecía un espectro silencioso que podía traspasar paredes y puertas. Había ocasiones en las que Mikasa se preguntaba de qué material estaba compuesto para poder moverse sin emitir ningún ruido. La manera de ser que tenía Levi, tan fría y apática, como si de verdad estuviera aburrido de vivir reforzaba esa idea que a primera vista parecía absurda.

Sí, él era un fantasma, que siempre estaba escondido en su lúgubre apartamento, un espectro que sólo ella podía ver.

Un ser que se movía entre lo material y lo inmaterial, eso era Levi.

XVIII

El infierno es darse cuenta de la realidad demasiado tarde.

—Thomas Hobbes, El Leviatán.

El padre de Mikasa ingresó a su hogar con una gran y atípica sonrisa adornándole el rostro, entre sus brazos se encontraba aprisionado un enorme osito de peluche. Afirmar que se sentía feliz era un gran subestimación a la calidez que acariciaba su corazón. Después de tantas horas sacrificadas, él obtuvo el ascenso que tanto ansiaba aunque eso significaba trabajar el triple pero el dinero lo valía. Aquel suceso extraordinario merecía celebrarse con su familia, en especial con su querida hijita Mikasa.

Echó un vistazo rápido a su costoso reloj de pulsera. Ya eran más de las once de la noche, su hija seguramente estaba profundamente dormida, sin embargo, no podía contener el regocijo que azotaba su cuerpo. Con pasos firmes, subió las escaleras y se dirigió a la habitación de Mikasa. Tocó la puerta un par de veces y esperó.

—Adelante —la voz adormilada de su hija se escuchó a través de la madera gruesa.

Él abrió la puerta lentamente y vio que Mikasa se encontraba sentada en su cama, frotándose los ojos con los puños, como si quisiera espantar el sueño de sus párpados.

—Te traje un regalo especial —el hombre se arrodilló frente a ella, extendiéndole el peluche para que lo tomara. El rostro de Mikasa no mostró ninguna emoción por el regalo, sin embargo, aceptó sostenerlo.

—Gracias —dijo en voz baja.

El padre sonrió, nervioso, ciertamente no esperaba una reacción así, pensó ilusamente que su hija estaría más emocionada, cuando era más pequeña adoraba los muñecos de peluche.

—Me alegra que te guste —comentó mientras se ponía de pie, de repente se le quitaron las ganas de contarle las buenas noticias, seguramente su esposa sería una mejor oyente. Quizás mañana hablarían, cuando su hija se encuentre de mejor humor. En completo silencio, él salió de la habitación.

Mikasa, con una expresión sombría, colocó el peluche en un rincón de su habitación, cubriéndolo por completo con otros muñecos. No quería verlo.

Volvió a recostarse, en ningún momento su rostro cambió de expresión.

—Ni siquiera me dijo buenas noches —murmuró contra su almohada, entonces, vio el cuchillo de Levi resplandecer en la cegadora oscuridad. Algo cálido floreció en su pecho y tranquilamente se volvió a dormir, sintiéndose segura.

XIX

¡Que se hunda el mundo, con tal de que yo pueda tomar té!

—Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Memorias del subsuelo.

Si había una cosa en el mundo que Levi realmente amaba, en el sentido literal de la palabra, eso sería el té. Aquella pasión, que fácilmente podía clasificarse como singular, no pasó desapercibida a los afilados sentidos de Mikasa, quien siempre procuraba memorizar cada hábito suyo, en un intento de obtener una imagen completa de su extravagante personalidad aunque era consciente que tan sólo intentar eso era un completo despropósito.

Cada vez que bebía una taza de té caliente, Levi mostraba una pequeña sonrisa, cargada de honesta satisfacción, un espectáculo bastante inusual que no calzaba con su personalidad usualmente pétrea. Aquella pequeña indulgencia que él se permitía mostraba la veracidad de su pasión por aquella bebida. Mikasa imaginó que esa afición era la única cosa que lo ayudaba a sobrellevar la misteriosa vida que llevaba.

Y era un placer cuidadosamente organizado, Mikasa notó enseguida.

Los lunes tomaban té verde, a Levi le gustaba especialmente el gyokuro, por su color verde pálido y por su sabor dulce. Ella también gustaba mucho de ese té en particular, le recordaba a sus abuelos maternos, quienes solían beberlo habitualmente.

Los martes estaban dedicados al té rojo, Levi lo llamaba Pu-erh. No era exactamente el té preferido de Mikasa pues tenía un singular sabor terroso y su color cobrizo era muy extraño para sus ojos infantiles. Por lo general, solía fingir que le gustaba porque no quería, por nada del mundo, ofender a Levi. Verlo molesto era algo que no soportaba.

Los miércoles se bebía té negro de forma regular; sin duda alguna, ese era el tipo de té preferido de Mikasa pues adoraba su sabor intenso, que podía ser potenciado fácilmente con leche y azúcar o incluso miel. A Levi le gustaba tomarlo sin ningún tipo de endulzante porque, según él, hacían que la bebida perdiera su pureza.

El té blanco se bebía exclusivamente los días jueves, era una bebida que se destacaba por su agradable sabor ligero, en relación a los otros tés, que permitía un placentero descanso para la lengua. Para Mikasa aquella característica no parecía tan llamativa, lo que sí capturó su atención fue su color: Levi lo llamaba té blanco pero el líquido era de un color amarillo pálido. Con esto, era inevitable cuestionar el nombre de ese té.

Los viernes pertenecían al té azul, Mikasa tenía más experiencia con ese té en particular pues su madre adoraba beberlo, aunque ella lo llamaba Oolong. En su humilde opinión, Levi sabía prepararlo mejor, él lograba que la bebida adquiriera un sabor fuerte con un delicado toque dulce. Cosa que su progenitora no podía lograr.

Un misterio que atosigaba la mente de Mikasa con reiteración era sobre la clase de tés que Levi bebía durante los fines de semana pues nunca tenía la oportunidad de visitarlo en esos días específicos y no se atrevía a preguntarle. El té era un tema delicado de conversación para él, que solo podía ser tratado con debida solemnidad y no como una pregunta casual. Mikasa lo descubrió de muy mala manera.

Para ser honesta, en un principio, Mikasa estaba molesta con la actitud casi obsesiva que Levi exhibía con todo lo relacionado al té pero eventualmente la molestia inicial se transformó en alivio pues era bueno saber que había algo en la tierra que podía apartarlo, aunque sea por unos segundos, de su personalidad oscura. No podía evitar preguntarse si ella sería capaz de encontrar un escape parecido.


Notas finales: ¡Y aquí está la actualización ansiada! Muchas gracias por todo el apoyo, ustedes, mis queridos lectores, son lo máximo.

Este capítulo sí que me costó escribirlo, debido a su complejidad, pero la inspiración me pegó inusualmente duro y tenía que aprovechar el bug :D

Quiero utilizar este espacio para poder aclarar el título del capítulo. Parhelio es un fenómeno óptico que se produce cuando la luz del sol atraviesa nubes cargadas de hielo, en ese instante aparecen manchas brillantes junto al astro, con una luz tan intensa que pueden generar la ilusión de que existe más de un sol. Y ese es el tema central del capítulo, lo quimérico, que está presente en casi todos los fragmentos. O al menos esa era la idea, no sé si pude lograrlo, hace mucho que no escribo ficción y estoy un poco oxidada je je je

El próximo capítulo tardará más en publicarse, por desgracia. Este mes tendré que pasar por un doloroso tratamiento médico, no sé si tenga suficiente fuerza física (y ánimo) para poder escribir. De todas maneras, si logro sobrevivir al dolor, nos leemos en el siguiente capítulo.

¡Saludos!