Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, pero la historia si. Y que a nadie se le ocurra decir lo contrario. :P

Lo que está escrito "entre comillas" son los pensamientos de el/la protagonista.

Lo que está escrito en cursiva son conversaciones telefónicas o en la lejanía.

Los protagonistas son humanos.

La historia está escrita desde el punto de vista de Renesmee Cullen.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

2.

Estuve más de media hora buscano por los alrededores, trepando por todas partes, subiéndome a todos los árboles que pude, pero no había ni rastro de él. "Tal vez hayan sido imaginaciones mías. Tal vez he tragado demasiada agua y lo haya alucinado, porque es imposible que fuera él.

Me rendí y fui a por mi bicicleta. Fui hacia la ciudad, pedaleando con calma, evitando volver a mi casa. Al final decidí ir a mi cafetería favorita y me pedí un buen trozo de tarta de chocolate, mi favorita.

- ¿Te gusta? - preguntó la última persona que me apetecía ver en esos momentos.

- Si. La verdad es que si. - dije, terminando de comerme la tarta. "Que rica que estaba."

- ¿Se puede saber que cojones estás haciendo? - dijo , cogiéndome del brazo, pero me solté antes de que pudiera hacer fuerza.

- Comerme un trozo de una deliciosa tarta de chocolate, Rosalie. - dije con calma.

- ¿Y eso por qué?

- Porque hace casi seis años que no provaba el chocolate. - pagué al camarero y me fui, dejando atrás a Rosalie, que me miraba indignada, pero eso ya me daba igual.

- ¿Donde has estado toda la tarde? - me siguió corriendo y se interpuso en mi camino.

- En casa, estudiando.

- Eres una mentirosa. Fui a tu casa y allí no había nadie.

- Rosalie, no le digo a mis padres a donde voy. ¿Que te hace pensar que te lo voy a decir a ti? Alucinas.

Aparté a una sorprendida Rosalie de mi camino, me monté en mi bicicleta y me fui.

Era consciente en todo momento de que Rosalie me estaba siguiendo en su coche, así que intenté ir un poco más deprisa.

Cuando al fin llegué a casa, entré directamente al garaje. Dejé mi bicicleta al lado del coche de mi padre y entré en casa, donde ya estaban mis padres.

Dejé mis cosas en mi dormitorio y me dejé caer en la cama. No podía sacarme de la cabeza el hermoso rostro de mi salvador. "¿Puede ser que realmente fueras tú?"

Toc, toc, toc.

- Cariño, ¿Estás ahí dentro?

- Sabes que si, papá. - dije, sentándome bien en la cama, con mi osito de peluche entre mis brazos.

- ¿Puedo pasar?

- Estás en tu casa.

La puerta de la habitación se abrió y mi padre entró en mi dormitorio. Sonrió al verme y fue a sentarse a la butaca que tenía al lado de una estantería repleta de libros que hacía años que no tocaba.

- ¿Que pasa?

- Quería disculparme por haberte incomodado hoy en la universidad.

- Tranquilo.

- Entiendo que ya es suficientemente duro que tus padres sean tus profesores.

- Papá, ya vale. Ha sido culpa de los dos. - dije, abrazando con fuerza a mi osito, aunque a quien quería abrazar era a mi padre. - Supongo que has venido a preguntarme porque me he saltado la última clase, verdad?

- Pues si. La verdad es que si.

- Fui a pasar la tarde al rio. Ya sabes... A nadar, relajarme un poco...

- No deberías haberte saltado la clase igualmente, pero bueno. - dijo, al tiempo que se ponía en pie. - Un momento.

- ¿Que pasa?

- Tu madre acaba de lavar tu traje de baño y tu toalla. ¿Como te has bañado?

- Ahm...

Por la cara que puso mi padre, me di cuenta de que me había entendido, eso sin mencionar que se puso como un tomate.

- Es que se me olvidó cogerlo y no quería mojar mi ropa interior.

- No hace falta que digas nada más. - dijo, saliendo de la habitación, tapándose las orejas con las manos.

Me puse a reír al momento. Mi padre aun era joven, solo tenía trenta y ocho años, pero era bastante anticuado de mente. Sin embargo, mi madre era mucho más moderna, pero no tenía tanta confianza con ella. No me entendía como mi padre. Él era como un amigo.

Fui a por mi móvil y lo paré. Descolgué el teléfono que tenía en mi mesita de noche. Me vestí con un chñandal de estar por casa; una camiseta de tirantes y unos shorts.

Volví a coger mi osito de peluche y fui al salón, donde estaban mis padres. Me senté en el sofá, al lado de mi padre, y me puse a ver las noticias con él.

Sentía como mi madre no dejaba de mirarme, aunque yo no me atrevía a mirarla a ella. No después del espectáculo que había montado esa mañana en la universidad, pero ya estaba empezando a incomodarme tanta miradita.

- ¿Hay algo que quieras decirme, mamá? - pregunté, cuando ya no pude soportarlo más.

- No. Nada.

- ¿Y por qué no dejas de mirarme?

- Es que hacía muchos años que no te veía con ese peluche. - La miré y me di cuenta de que estaba sonriendo. - La verdad es que creía que lo habías tirado.

- Eso nunca va a pasar. - dije, estrchándole entre mis brazos. - Me lo regaló Jacob el día que nací.

- Recuerdo aquel día. - dijo mi padre, con una gran sonrisa en los labios. - El pequeño Jacob, de dos años. Hace mucho tiempo que no le veo. ¿Y tú? - dijo, volviéndose hacia mí.

- No le veo desde que dejó el instituto. - el osito aun olía a él, o almenos a mí me lo parecía. - Hoy casi me ahogo en el río. - dije, como si tal cosa.

- ¿Qué? - exclamaron mis padres al mismo tiempo.

- Cuando salí del agua le vi. El rostro de un chico parecido a él. Supongo que mi mente creó la imagen que deseaba ver, porque me pasé media hora buscándole y no le encontré.

- ¿Pero tu estás bien? - volvieron a decir al mismo tiempo.

- No os altereis. Solo me dio un calambre. - mentí.

- Ya, pero...

- Papi, por favor. No te preocupes. - dije, tomando su mano. - Estoy bien. ¿Es que no me ves?

- Si. - sonrió.

- Pues ya está. Estoy bien. - besé su mejilla y me volví para mirar a mi madre. Tenía que disculparme. - Mamá, lamento mucho la reacción que tuve al ver la nota de mi examen.

- No pasa nada, hija.

- Claro que pasa. Me aprobeché de que eres mi madre y te la lié. No tenía razón. Lo siento mucho.

- Disculpas aceptadas. - dijo, sonriendo.

- Gracias. Bueno, ya es la hora de cenar. Hoy me encargo yo. - me puse en pie y dejé el osito en el regazo de mi padre. - Cuida de Ephraim por mí. - dije, señalando el oso. - Voy a hacer mi plato estrella. Ya vereis que rico. - dije, yendo hacia la cocina dando brincos.

- Spaguettis. - dijeron mis padres al mismo tiempo.

El baño en el rio y la tarta de chocolate habían conseguido animarme. Y esa noche me sentía muy bien. Preparé mis famosos spaguetti a la carbonara con queso y fui a preparar la mesa del jardín, donde cenamos los tres juntos. Fue en ese momento cuando mi padre me dio la exclusiva.

- ¿Baile de otoño? - exclamé, sorprendida, cuando me lo dijo. - ¿Como los del instituto?

- Más o menos. Habrá cuatro o cinco grupos de música repartidos por el campus, tocando música de dieferentes estilos, y todos tendreis que ir vestidos de gala. - nos explicó. Bueno, me lo explicaba a mí, porque mi madre ya lo sabía. - Es una tontería que se ha inventado la decano Clearwater para que os olvideis de las novatadas.

- Está bien pensado.

- Me gusta la idea. - dije, mirándoles a ambos. - Es la excusa perfecta para conocer mejor a mis compañeros.

- ¿Desde cuando tratas con gente que no es de tu grupito? - dijo mi madre, dejándome paralizada.

. Bella!

- Nada de Bella, Edward.

- No, papá. Mamá tiene razón. - dije, poniéndome en pie, cogiendo mi plato, mi vaso y mis cubiertos. - Pero todo eso va a cambiar. Estoy cansada de ser lo que se espera de mí. Voy a volver a ser la Nessie de siempre.

Dejé atrás a mis padres, fui a dejar las cosas en la cocina y subí a mi dormitorio.

En el momento en que encendí el móvil, este empezó a sonar y a recibir mensajes notificándome todas las veces que me habían llamado. Victoria cinco veces, Tanya cuatro y Rosalie doce. Colgué bien el auricular del teléfono fijo y este comenzó a sonar al instante.

- ¿Diga? - respondí, dejándome caer en la cama.

- Hola, hola!

- Hola Tanya. ¿Que pasa?

- ¿Por qué paraste el móvil?

- Porque me apetecía desconectar y no hablar con nadie. - cogí el osito, que mi padre o mi madre habían llevado de vuelta a mi dormitorio y empecé a jugar con una de sus orejas. - ¿Es que ha ocurrido algo?

- No. Es que Rosalie quería que fuéramos al centro comercial esta tarde.

- Ah. ¿y como ha ido? ¿Te has comprado muchas cosas?

- No. Es que al final no hemos ido.

- ¿Por qué?

- Porque no te encontrábamos.

- Vamos a ver, Tanya. - me senté en el borde de la cama. - Podeis ir al centro comercial o donde os apetezca ir aunque yo no esté. A mi no me importa.

- Ya, pero es que Rosalie dijo...

- Tanya, ya tienes veinte años. Ya es hora de que hagas lo que a ti te de la gana, no lo que le venga en gana a Rosalie.

- Renesmee, me sorprendes.

- ¿Por qué?

¿Desde cuando piensas así?

- Desde siempre, aunque nunca he dicho nada. - admití dándome cuenta de lo idiota que había sido durante los últimos cuatro años. - Rosalie no es nuestra jefa.

- Ya... pero no se... es nuestra amiga.

- Ya lo sé. - suspiré, acariciando mi sien con dos dedos. Estaba empezando a dolerme la cabeza. - Tanya, no me encuentro muy bien. Me voy a dormir.

- Vale. Llamaré a Rosalie para decirle que estás bien. Estaba preocupada.

- De acuerdo. Hasta mañana, Tanya.

- Cuidate.

Colgué el teléfono, me quité el chandal y me metí en la cama. La imagen de mi salvador inundó de nuevo mi mente, unida a varios recuerdos. Era la primera vez en cuatro años que pensaba en Jacob.

Desde el día en que llegué al instituto, me hice muy amiga de tres chicas. Eran todas muy guapas y, según ellas, yo también lo era.

Al principio todo iba muy bien. Solía salir con mis amigas o con mi mejor amigo Jacob, que iba a tercero. Él era el que siempre me llevaba al instituto en su coche, lo que probocaba la envidia de muchos. Ambos éramos bastante populares.

Cuando yo estaba terminando segundo curso y Jacob terminaba el último, me invitó a su baile de graduación. Era la única alumna de segundo que iba a ir. Era todo un honor. Para él, según mis amigas.

En menos de un año, mis amigas y yo nos habíamos convertido en las reinas del instituto y, en segundo, todos se rendian a nuestros pies, lo que me había distanciado un poco de Jacob.

La noche del baile me lo pasé realmente bien. Simplemente, fui Nessie, la mejor amiga de Jacob. Bailamos, hablamos, reímos... estaba siendo una de las mejores noches de mi vida. Bueno, eso hasta que apareció ella. La novia de Jacob. Se llamaba Leah y tenía veinte años. La muy zorra comenzó a comerle la boca en mis narices, aunque a él se le veía un poco incómodo. Todo el mundo nos miraba y murmuraba. Y yo no pude soportar tal humillación.

La popularidad se me había subido a la cabeza y pensaba que todo el mundo tenía que estar a mis pies y, por supuesto, creía firmemente que Jacob me estaba faltando al respeto. Le armé tal escándalo y me dio tal ataque de celos que todos se quedaron flipando. Al final, me fui corriendo y gritando:

- Ojala te partieran esa cara de capullo que tienes.

Dos días despues me enteré de que le habían pegado una paliza.

El curso terminó y nunca más volví a saber nada más de él. No tuve valor de ir a verle al hospital. Me sentía avergonzada por mi comportamiento, pero dejé creer a todo el mundo que pasaba de él, lo que pareció alegrar a mis amigas, sobretodo a Rosalie, y es que llevaban dos años intentando convencerme de que pasara de él porque era un don nadie.

Cuando desperté, sentí que tenía la cara empapada. Pronto descubri que eran lágrimas. Miré el despertador y vi que solo eran las once de la noche. Cogí mi teléfono y marqué el número que no había podido olvidar en cuatro años.

- Hola! Has llamado a la casa de la familia Black. Deja tu mensaje y te llamaremos lo antes posible. Piiip.

- Hola, soy Renesmee. La verdad es que no sé si aun vives ahí, pero... Jacob, no sabes cuanto lo siento. - dije, empezando a llorar de nuevo. - Siento mucho haber provocado que te pegaran la paliza. Siento haber sido tan gilipollas contigo y... bueno... con todo el mundo. Y también siento no haber tenido el valor de pedirte perdón antes, y en persona. Supongo que aun me siento culpable y... - un nudo se había formado en mi garganta y empezaba a costarme mucho hablar.

Me levanté de la cama y comencé a pasearme por la habitación.

- No es necesario que respondas a mi llamada. - lo más seguro es que, después de cuatro años, ya no te acuerdes de mí. Yo nunca he podido olvidarte. Te quiero.

Colgué el telefono y salí del dormitorio. No me molesté en cambiarme de ropa, cogí una linterna y fui a por mi bicicleta. Pedaleé hasta la colina que había sobre el río, por lo que tuve que trepar un poco. Nunca podría olvidar ese lugar. Era nuestro lugar.

La primera vez que Jacob me llevó allí, un par de días antes de empezar el instituto, fue la primera vez que empecé a verle como un chico y, por primera y única vez en mi vida, me enamoré.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Hola, hola!

Espero que este segundo capítulo también os haya gustado.

Muchos besitos.

Espero vuestras opiniones!

Pd: Gracias a todas las que me habeis mandado revews. Ver vuestros mensajes me animan más a seguir escribiendo.