Tanteó la mesilla de noche, buscando sus gafas. Evidentemente, estaba en su dormitorio: aquella cama era su cama, las sábanas eran sus sábanas y la almohada era su almohada.
Por supuesto, ahora lo recordaba: se había desmayado en su despacho.
La figura que estaba acostada a su lado rebulló en sueños; e Integra la miró, de hito en hito. No necesitaba observar detenidamente las formas del cuerpo para percatarse de que era un hombre el que estaba roncando plácidamente, en su cama y a su lado.
Casi inconscientemente, la joven angloindia emitió un grito trepanador; y el hombre saltó inmediatamente del lecho, completamente vestido (aunque descalzo, gracias a Dios) empuñando un revolver con el que empezó a apuntar a todos los rincones oscuros de la habitación.
― En garde, madame! ― gritó el intruso, arrojando al regazo de Integra la pistola que ella guardaba siempre bajo la almohada para poder reaccionar rápidamente ante cualquier ataque nocturno― ¡Nos atacan!
Era el capitán Pip Bernadotte. Integra volvió a gritar, aún más fuerte. Furiosa, cogió la jarra de plata con agua que tenía en su mesilla y se la arrojó a la cara. El capitán, confuso, la esquivó lo mejor que pudo; pero Integra no se arredró: detrás de la jarra vino una tetera de porcelana, y detrás vino el resto del servicio de té con la bandeja correspondiente; y detrás vino la propia Integra en camisón, armada con la almohada, que lo persiguió hasta la puerta misma de la habitación golpeándole sin parar, hasta que el aterrorizado francés acabó huyendo por el pasillo, con la líder de Hellsing persiguiéndole sin parar como un pastor alemán enrabietado, pidiendo auxilio:
― ¡Socorro! ¡Se ha vuelto loca!
― ¡COLARSE EN EL DORMITORIO DE UNA DAMA SIN SU CONSENTIMIENTO! ¡PONER EN ENTREDICHO SU BUEN NOMBRE DE ESA MANERA TAN ZAFIA!
― ¡Walter! ¡Ceres! ¡Schrodinger! ¡Rip! ¡Alucard! ¡QUIEN SEA!
― ¡MALDITO GABACHO PERVERTIDO! ¡TE VAS A ENTERAR DE QUIÉN ES INTEGRA FAIRBROOK WINGATES HELLSING, CARADURA! ¡ACOSADOR! ¡TENORIO DE POCA MONTA!
De pronto, una figura pequeña de cabellos rubios apareció de la nada en la trayectoria de la almohada de Lady Hellsing. Sorprendida, Integra dejó de golpear a diestro y siniestro, mientras el mercenario se asomaba desde la protección de una esquina para ver la escena.
Un chico de unos doce años ataviado con el uniforme de las juventudes hitlerianas observaba detenidamente a su agresora, agitando sus orejas de gato con cara de fastidio.
― ¡Oh, lo siento! ―Se disculpó Integra.
El niño pareció aceptar la disculpa en menos de lo que ella había tardado en pedirla, y le lanzó una sonrisa tan adorable y resplandeciente que a Integra le costó recordar que estaba tratando en realidad con el arma secreta más poderosa de Millenium.
― Alucard está peleando todavía con la crema pastelera; y el mayordomo está muy ocupado recibiendo a los invitados. Me ha pedido que le diga que su baño y su vestido ya están listos.
― Muchas gracias, Schrodinger.
El niño-gato agitó alegremente las orejas, sonrojado; antes de hacer una reverencia y desaparecer de nuevo.
Que niño más dulce, se dijo Integra. Qué pena que ese doctor chiflado lo hubiera creado con la única finalidad de poner fin a la no vida del único hombre medianamente interesante que había en todo un país a la redonda…
¡Pero bueno! ¿En qué rayos estaba pensando?
― ¿Qué se supone que hace un maldito suboficial nazi en mi casa? ―Vociferó, a nadie en particular.
― Invitado de honor a la ceremonia, me temo ― respondió una voz suave y comedida, cerca de ella. Integra se dio la vuelta, sobresaltada, dejando caer la almohada.
Una silueta femenina envuelta en asexuales hábitos oscuros y tocada con un velo de monja salía en aquel momento del baño, limpiando con un trocito de muselina inmaculada unas grandes gafas de montura fina, muy parecidas a las suyas. Integra se terminó de olvidar por completo de Pip, que aprovechó el momento de distracción para poner pies en polvorosa escaleras abajo: la líder de Hellsing encontraba creíble que la paradoja viviente de Schrodinger pudiera entrar a su mansión como Pedro por su casa, pero toparse con una monja católica usando su baño le resultaba aún más surrealista que la imagen de Alucard horneando una tarta nupcial.
La hermana pareció adivinar sus pensamientos.
― Tampoco yo podría tolerar en mi casa la presencia de estos descreídos, pero me temo que hay que respetar los deseos de los novios ¿No? Además, será sólo por unas horas.
Por cierto, señorita Hellsing… le recomiendo que se ponga algo de ropa. Hay varones en la casa.
Aquello hizo que Integra recordase que llevaba varios minutos corriendo de un lado para otro en camisón de hilo. Además de que le reventaba que una berseker con trastorno de personalidad le diera lecciones de decencia.
En ese momento se oyó una voz desde las escaleras.
― ¡Yumiko! ¿Estás ahí? Dile a Lady Hellsing que el novio ya está esperándola en su despacho para…
Ambas chicas miraron hacia el lugar de donde venía la voz. Integra creyó que se iba a desmayar otra vez: el apuesto hombre de mediana edad con cabellos plateados y ojos violáceos, vestido elegantemente y tocado con una estola púrpura bordada de oro que indicaba su dignidad de arzobispo, no podía ser otro que…
― Arzobispo Maxwell… ―saludó Integra, con educada frialdad.
― Lady Hellsing…―
Enrico Maxwell recorrió con una mirada de desaprobación el austero camisón de Integra, como si encontrara pecado e impureza en cada hebra de hilo. De no ser porque el muy arrogante consideraba que su dignidad de príncipe de la iglesia le colocaba muy por encima de la sencilla tarea de "corregir al que yerra", así como que su tarea se limitaba a enviar almas al infierno más que a intentar salvarlas de él, la hubiera sermoneado también. ¿Dónde diablos estaba Alucard cuando realmente se lo necesitaba? ¡Ah, sí! Revolviendo libros de recetas en busca de maneras de cocinar truchas españolas.
― Lejos de mi intención está faltar a las normas de la hospitalidad inglesa. Pero, sin ánimo de resultar descortés, no recuerdo haber invitado a Iscariote XIII a venir a mi mansión ni a hospedarse bajo mi techo.
Maxwell le dedicó una sonrisa despectiva. Evidentemente, no pensaba tratar a Integra como su rango lo requería hasta que no estuviera su sirviente delante. O hasta que no se vistiera "adecuadamente". Asco de obispo.
― Si lo prefiere, utilizaré otro tipo de términos, monseñor ―respondió ella, con tono ácido― Dígame qué demonios hace usted aquí antes de que se me agote la paciencia y decida soltar al perro. Mi sirviente lleva un tiempo sin alimentarse; y seguro que si Iscariote XIII está dirigida por un zombie insaciable y desalmado la diferencia no se notará demasiado.
― La boda, por supuesto― replicó él, pasando por alto la afilada tanda de descalificaciones, como si la respuesta a la cuestión fuese obvia― Personalmente, no le veo ninguna importancia al estado civil en que se ayunten un robot y una vampiresa, carne de cañón para el infierno está soltera o casada ―Integra sintió que le hervía la sangre al oír a aquel hipócrita asesino hablar en semejantes términos de la pobre Ceres, pero se guardó mucho de traicionar su flema inglesa antes de que terminase la explicación― ; pero Su Santidad señala que, habiéndosenos solicitado una ayuda espiritual de esta índole, no podemos negársela a nadie: esa pareja ya ha estado viviendo en pecado y quiere enmendarse recibiendo los sacramentos. Allá ellos.
La joven angloindia tardó un rato en procesar lo que acababa de oír. No tenía nada que ver con lo que el Papa pudiera opinar sobre el sexo prematrimonial, ni con el hecho de que fuera un sacerdote católico el que hubiera aceptado el reto disparatado de casar a un vampiro. Era un dato que le había dado de pasada, como si no tuviera importancia, que estaba empezando a hacerse hueco en su mente hasta casi aplastarla. De pronto tuvo la impresión de que alguien le había atravesado una espada en los intestinos.
Se había hablado un montón de embarazo, de boda y de celebración.
Pero ¿Quién era el novio? ¿Quién podía haber invitado a Schrodinger a la boda?
― ¡AH, NO! ―exclamó, en voz alta, completamente horrorizada― ¡No, no, no, no, no, no! ¡NO!
La monja y el arzobispo se miraron, patidifusos. Integra, salió corriendo en dirección a su despacho, ante la mirada atónita de Maxwell y Yumiko. Una tercera figura acudió rápidamente al oír los gritos de Integra: otro sacerdote de cabello corto y claro, vestido con sotana; que se acercó a sus correligionarios para contemplar de hito en hito como la líder de Hellsing en camisón atravesaba a toda velocidad el largo pasillo, arremangándose la larga falda de la camisola victoriana para correr aún más deprisa.
― ¿Qué mosca le ha picado a la señora de la casa? ― preguntó el sacerdote a la monja.
― Nada serio, Henkiel ―repuso Yumiko, alegremente―. Creo que, simplemente, le cuesta asumir que su pequeña vampiresita ha salido del cascarón.
