Cambio

-Este lugar es… —Dijo en un susurro, incrédula por su descubrimiento. ¿Podría ser? ¿En verdad estaba allí?—

Poco tiempo tuvo para pensar en ello, pues los apresurados pasos de por lo menos tres personas, llegaron a sus oídos. Sintió entonces a Sesshomaru tomar una postura defensiva junto a ella, más la miko sabía que no era necesario, después de todo, reconocería esas presencias en cualquiera parte.

Segundos después y corroborando sus sospechas, la esbelta figura de una mujer conocida se materializó desde lo alto; Kagome no pudo evitar que las lágrimas se acumulasen en sus ojos al reconocerla.

-Mamá…

Sesshomaru no supo cuánto tiempo pasaron en el pozo antes de despertar, mucho menos pudo saber en qué momento habían caído inconscientes; el caso era que, para cuando recuperó la conciencia, estaban ya en un lugar diferente. Apenas podía distinguir la silueta de la sacerdotisa en medio de la penumbra y el aroma del ambiente había cambiado, siéndole imposible distinguir algo salvo un ligero olor a moho. El lugar parecía ser el mismo pero no lo era, de eso estaba seguro.

Pasaron varios minutos antes de que Kagome despertase, minutos en los que el yokai intentaba distinguir algo fuera del pozo, sentir alguna presencia, percibir algún aroma diferente, algo, pero era inútil. Pensó entonces que salir a explorar podría ser la mejor opción y ciertamente lo hubiese hecho, eso claro, de haber estado solo. Muy para su pesar no podía dejar sola a la morena, después de todo, si algo llegase a sucederle a esa mujer Rin lloraría y aquello no era algo que él permitiría.

Cuando la miko despertó, el yokai corroboró lo que venía pensando desde que terminó involucrado con ella en esa extraña e inesperada situación: la mujer de Inuyasha sería una carga. Kagome ni siquiera recordaba lo ocurrido ¿Qué podía esperar entonces? Bufó por lo bajo antes de responder a la desorientada miko, sin embargo, a penas la mujer se orientó lo suficiente, pareció reconocer el lugar; aquello y las palabras que la morena pronunciase, sorprendieron al Lord del Oeste, a pesar de que sus inmutables facciones demostrasen lo contrario.

Era ella, no tenía dudas. Kagome sintió un nudo en la garganta mientras aquella escueta palabra escapaba de sus labios, es decir, ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? Inevitablemente la sacerdotisa dejó escapar un sollozo, intentando vanamente contener el llanto. No se había equivocado, era ella: su madre acababa de asomarse al pozo.

—¡Mamá!

Estar en el fondo del pozo no fue un impedimento para Kagome; el ver a su madre allí, a solo unos metros de ella, le dio el impulso y la fuerza suficiente para salir raudamente de él. Momentos después, la azabache estaba abrazando a su madre como si la vida se le fuera en ello, acción que repitió con su abuelo y hermano, quienes no tardaron en aparecer. Sota no era ya más aquel niño pequeño y Kagome lo supo al momento en que sus brazos lo rodearon; era más alto y su voz resultaba más grave al oído. El abuelo por su parte, había envejecido, todo lo contrario su madre, quien se mostraba tan radiante como siempre.

Atraídos por la intensa luz que emergió del pozo, los Higurashi se habían apresurado en llegar con la esperanza de ver, aunque sea una vez más, a la joven sacerdotisa; por milagro de quien sabe que deidad, la esperanza que guardaban a pesar de los años había dado frutos, Kagome estaba allí, con ellos. No se trataba de una ilusión.

Muchas preguntas surgieron en ese momento. Entre lágrimas, abrazos y demás muestras de afecto, la madre de la miko no pudo evitar pronunciar aquellas palabras, verbalizando así la inquietud que aquejaba a los miembros de la familia Higurashi: ¿Cómo había regresado?

—Es una larga, larga historia, mamá. Aunque para ser sincera, no estoy por completo segura de lo que ocurrió. —Respondió Kagome, sonriendo ligeramente. Sus manos sin embargo, se negaron a aflojar el agarre que mantenía en su progenitora. La había extrañado tanto—. Cuando desperté, ya estábamos aquí.

—¿Estábamos?—Cuestionó Sota, curioso por las palabras de la sacerdotisa— ¿Inuyasha vino contigo, hermana?

Fue solo cuando aquella pregunta salió de boca de su hermano, que Kagome notó la ausencia de Sesshomaru. Dirigió entonces la vista hacia el pozo mientras liberaba al fin a su madre del agarre en el que la mantenía presa y fue entonces que vio algo que la dejó sin aliento. Su mente tardó un par de segundos en procesar la imagen frente a ella y, aún con aquel minuto de tenso silencio, lo único que atinó a decir fue el nombre del albino.

—¿Sesshomaru? ¿Eres tú?

El Yokai no se molestó en responder, en parte tal vez porque él mismo no alcanzaba a comprender lo sucedido; ¿Cómo demonios había terminado así?

Sesshomaru había intentado salir del pozo de un solo salto al oír el ruido que había fuera, sin embargo, gran sorpresa se llevó al percatarse de que no podía hacerlo; apenas un par de metros pudo alcanzar con el impulso tomado, fue entonces cuando supo que algo no iba bien con él.

Al no tener más alternativa, se vio en la necesidad de salir del pozo por la misma escalera que la sacerdotisa había usado y fue solo cuando la tenue luz de luna lo iluminó, que pudo comprender la magnitud del problema. Su apariencia actual no distaba mucho de su porte original, sin embargo, había una gran diferencia, oh, abismal diferencia. Sus garras, colmillos y —muy probablemente— las marcas de su rostro, habían desaparecido junto a la totalidad de su poder. Por esa razón no percibía presencias a su alrededor ni distinguía aromas, mucho menos sonidos; sus habilidades habían desaparecido por completo y, al menos en ese momento, no era más que un patético y débil humano.

A pesar de verlo salir del pozo con aquella apariencia, Kagome todavía no podía creer lo que veía, es decir, nunca le pasó por la cabeza la idea de ver a su cuñado así, tan… humano. Las marcas no estaban más y las garras habían desaparecido, dejando frente a ella únicamente a un joven albino —que no parecía pasar de los 24 años— de ojos dorados y cabello plateado; un personaje casi irreal.

—Kagome… ¿Es un conocido tuyo? —Cuestionó la señora Higurashi, sonriendo como solo ella podía a pesar de la tensión del ambiente—. ¿Por qué no lo invitas a pasar?

La voz de su madre sacó a la sacerdotisa del ensimismamiento en el que había caído. Posó entonces la mirada nuevamente en Sesshomaru y lo vio allí, de pie a unos pasos de distancia, con el rostro inmutable, sin embargo, Kagome lo sabía, aquella aparente seriedad ocultaba la frustración y el desconcierto que el albino debía estar sintiendo, después de todo —y aunque Sesshomaru ya no los detestara como antes— pasar de ser un Daiyokai a ser un simple humano debía de ser por demás incómodo ¿Y por qué no? Traumático. Kagome optó entonces por no decir nada al respecto, al menos de momento, y solo atinó a sonreír ligeramente, buscando así quitarle un poco de tensión al ambiente.

—Perdón, no los presenté adecuadamente. —Dijo al fin la sacerdotisa. Acto seguido, comenzó con las presentaciones—. Mamá, abuelo, Sota; él es Sesshomaru, el hermano mayor de Inuyasha. Sesshomaru, ellos son mi familia.

—Oh, ahora entiendo… —Respondió la madre de Kagome, viendo a su vez al albino. Sonrió luego, como quien hace un gran descubrimiento—. No se nota a simple vista, pero cuando lo ves detenidamente, no queda duda. El mismo color de cabello y ojos… son muy parecidos.

Kagome supo que su madre estaba pisando terreno peligroso cuando notó la afilada mirada del albino sobre ella. La sacerdotisa sabía mejor que nadie lo mucho que Sesshomaru odiaba ser comparado con Inuyasha —y viceversa—; ya no se odiaban, es verdad, pero no llevaban una relación "fraterna" propiamente dicha, se toleraban y eso era decir demasiado.

—¿Por qué no entramos a la casa? —Se apresuró a decir Kagome, tratando de cambiar el rumbo de la conversación—. Está haciendo bastante frío y no creo que eso sea bueno para la salud del abuelo.

—Tienes razón, hija. Lo mejor será que entremos, así podremos hablar con más calma. —Dijo la mujer, ayudando a su anciano padre a sostenerse con la ayuda de su hijo menor—. Prepararé algo de té.

Kagome asintió ligeramente mientras veía a su familia salir de la habitación; segundos después ella se dispuso a hacer lo mismo, sin embargo, se detuvo al ver que Sesshomaru no la seguía. Recordó entonces que, incluso cuando el albino iba a la aldea a visitar a Rin, se mantenía alejado de las personas; ya no odiaba a los humanos, pero tampoco se mezclaba con ellos.

Un cansado suspiro escapó de entre los labios de la sacerdotisa mientras volvía sobre sus pasos; lidiar con su cuñado "humanizado" no sería nada fácil.

—¿No vienes? —Cuestionó la azabache una vez estuvo frente al albino, manteniendo sin embargo, una distancia prudente en todo momento—. Con este frío, un poco de té no suena tan mal.

Kagome no pudo evitar retroceder un paso al sentir la fría mirada ajena sobre ella pues si bien Sesshomaru parecía no contar sus poderes, aquella imponente presencia con la que contaba lograba intimidarla.

—Patético. —Fue la escueta respuesta del albino a las palabras de la sacerdotisa.

—Intentaba ser amable ¿Sabes? —Replicó la azabache, frunciendo levemente el ceño. Ciertamente no tenía mala relación con su cuñado y hasta cierto punto le temía, pero cuando tomaba esa actitud, no podía evitar que su carácter saliese a flote—. ¡Pues quédate ahí y muere de frío!

—¿Te preocupa más el frío que encontrar la forma de volver?

Y es que sí, hace rato ya que Sesshomaru había asimilado la idea de que no estaban más en sus tierras. Si bien no podía percibir las cosas como cuando contaba con sus poderes, sus limitadas habilidades humanas le habían permitido percibir el cambio en el ambiente; ese no era el mismo lugar del que procedía. Posó entonces la mirada en la sacerdotisa, que había permanecido en silencio desde que hiciese aquel cuestionamiento y, al ver como el color se iba lentamente del rostro femenino, Sesshomaru supo que ella había comprendido la gravedad de los hechos.

Aquella pregunta aplacó toda molestia dentro de la sacerdotisa y no solo por el hecho de que Sesshomaru le dirigiese más de tres palabras, era la magnitud del significado de las mismas lo que le heló la sangre. Emocionada como estaba por el reencuentro con su familia, Kagome no se había detenido a pensar en la situación en la que se encontraba. Había vuelto a su época a través del pozo, pero si éste no volvía a activarse ¿Cómo volvería con Inuyasha? La sola idea bastó para asustarla.

—¿No se puede… volver por el pozo? —Cuestionó casi por inercia, posando la vista en el hombre frente a ella. Sabía que Sesshomaru no bromeaba, pero una parte de sí anhelaba que lo hiciese.

—No.

Esa simple respuesta bastó para derrumbar a la sacerdotisa. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo se supone que volvería? Inuyasha la esperaba, sus amigos… toda su vida estaba allá. Al instante sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas, todas pugnando por salir y exteriorizar el miedo y el dolor que sentía; ella quería volver. Posó entonces la mirada en el albino frente a ella, buscando tal vez alguna solución al problema, un mínimo de esperanza, pero lo que encontró fue únicamente al ex yokai allí, de pie junto al pozo y con la vista fija en el interior del mismo. Fue entonces que lo comprendió, no solo ella estaba atrapada, él también lo estaba. La abismal diferencia, sin embargo, radicaba en que Kagome estaba de vuelta a su época, conocía el mundo en el que se encontraban y tenía una familia que la respaldase; todo lo contrario Sesshomaru quien —además de estar atrapado en un mundo desconocido— había perdido sus poderes y estaba completamente solo; si alguien debía estar pasándola mal, definitivamente era Sesshomaru, ella no podía echarse a morir.

Limpiando con el dorso de su diestra el rastro que las lágrimas habían dejado en sus mejillas, la azabache procedió a palmearse las mismas en un intento de recobrar la compostura. Acto seguido, se acercó con paso firme al albino y mantuvo la vista fija en él antes de sonreír ligeramente, buscando tal vez darle —y darse a sí misma— la serenidad y seguridad que en ese momento tanta falta hacía.

—Encontraremos la forma de volver, Sesshomaru. No importa cómo. —Dijo finalmente, con toda la seguridad que le fue posible. Aquello sin embargo, contrastaba con el ligero temblor de sus manos; necesitaba calmarse—. Por ahora… vayamos dentro, por favor.

Con esto dicho, la sacerdotisa dio media vuelta y comenzó a andar con dirección a la casa; para su sorpresa y satisfacción, Sesshomaru la siguió en silencio.

Al menos era un buen comienzo.

Fin del capítulo