Sobredosis de T.V.

Hacía varias semanas que la televisión nacional no cejaba en su intento por aturdir e invadir la opinión pública respecto a los otrora loados Vengadores. La opinión pública se mostraba, como siempre, sensible y quisquillosa, como un rebaño llevado de las narices según los vientos de las voces de las autoridades, y los últimos acontecimientos no habían ayudado a la imagen pública del grupo tampoco.

Desde los programas frívolos y de dudoso carácter intelectual hasta los reportes de noticias, pasando por magazines livianos que habían optado trocar sus recetas para galletas por encuestas callejeras, o espacios de debate de actualidad propiamente dicho; todos hablaban de ellos. La inquietud era macerada en el caldo turbio del periodismo amarillista y sus agentes más sensacionalistas, y la gente se mostraba recelosa y molesta respecto a la vaga confianza que podían profesarle a ese grupo de truhanes.

Como cereza del pastel, la intranquilidad parecía esparcirse como reguero de pólvora y, en el extranjero, el resto de la humanidad normal pedía a gritos hacer algo al respecto. Se reunían y manifestaban a través de la web, iniciando campañas burlescas en contra de los héroes, campañas democráticas en contra de quienes estaban en contra de los héroes de manera burlesca, y campañas en contra de quienes estaban en contra de manera burlesca o democrática, exigiendo sangre. Quienes habían sospechado siempre de la pureza de sus intenciones clamaban a viva voz sus razones, y quienes les habían amado comenzaban a flaquear.

Recostado en el ángulo de un mullido sofá rústico, con la televisión encendida pero la mirada perdida en un mañoso cubo rubik, Scott Lang descansaba sus pies a medio descalzar, uno a lo largo sobre el sofá y el otro sobre la alfombra roída de la sala. Los chillidos de los locutores parecían tenerle sin cuidado, más ofuscado por ese endemoniado aparato y al filo de decidir si hacerlo añicos contra el suelo o cambiarlo por algo más interesante en cualquier esquina oscura. ¿A qué demente se le ocurriría tener esa porquería en casa?

- Hice café… - Wanda Maximoff se acercó tímidamente con dos tazas humeantes de un delicioso capuccino; abandonó una sobre la mesa baja, improvisada con tocones y una rebanada de pino, que reposaba frente al sillón y conservó la otra, con esperanzas de despertar alguna respuesta en su compañero aquella tarde. Scott no respondió. Emitió un gruñido a modo de afirmación. Wanda se mordió débilmente el labio inferior y se sentó, en el otro extremo del sofá, algo frustrada. La oscura cabaña perdida en la nada era algo fría y húmeda; con el grupo fragmentado y la apatía general, se tornaba más desértica y sombría por momentos. Espacios pequeñitos, suelos de madera chirriante y comodidades modestas; tecnología casi nula y ningún vecino en kilómetros a la redonda; nada de vehículos y sólo pertrechos humildes. Así habían escogido vivir, en la gran sabiduría del capitán Rogers. Ocultos y en secreto; libres del acero, temiendo huir en cualquier momento.

Wanda suspiró. El silencio… el silencio era brutal. La naturaleza que los rodeaba a menudo se le antojaba excesiva, - después de todo, deseaban mantenerse tan lejos de la civilización como fuese posible – pero todo eso y más hubiese sido sencillo de tolerar si hubiesen habido allí más personas para suplir esa soledad. Esa feroz soledad.

A muchos de sus amigos no les había vuelto a ver, – algunos por razones obvias, a otros por motivos desconocidos – y lo cierto era que a veces se sentía perdida en el océano, un océano de viento y vacío.

De Tony no habían vuelto a saber nada en lo absoluto. Algunos cuchicheaban, desdeñosos, que seguramente estaría enconado en el emprendimiento de alguna otra mansión, como la que alguna vez supiera tener en Malibú. Y por eso no habrían vuelto a verle en meses. O quizá tramando alguna cacería masiva de Vengadores, como siempre rebuznaba Lang. Tenía la extraña costumbre de hallar placer en exponer cualquier idea demente sobre Stark cada vez que se lo pidieran. Desde ejércitos privados hasta manipulación de drogas, pasando por secuestro de niños especiales y experimentación de híbridos de toda la clase. Pero sus habladurías morían a escasos segundos de su boca, ya que por regla general, nadie le oía.

Tony nunca había telefoneado, jamás había devuelto un e-mail. Era como si se hubiese evaporado. Casi como Bruce Banner. Los más prudentes, como Vision, intentaban explicar el hecho señalando su evidente resentimiento, pero los más osados objetaban aquello con una retahíla de defectos, culpas y vicios del magnate que parecía justificar que fuese hijo del mismo infierno. Durante aquellos efímeros debates, Wanda optaba por guardar silencio al cabo de un rato. Podía aportar una crítica o dos, - aunque en mente tuviese cientos – pero no le era placentero exhibirlas todas; no se sentía a gusto juzgando a otros. Mucho menos en el caso puntual de Stark; su resentimiento hacia él era de público conocimiento, como también lo era el ataque a su mente que ella perpetrara, motivo que encima desatara el desastre de Ultrón. Y Wanda Maximoff era demasiado inteligente como para pretender jugar el papel de ángel inocente. Sabía que si Stark le oteaba a rabillo de ojo era únicamente por recelo; Tony jamás se había repuesto del todo a la manipulación sufrida, por mucho que se empeñara en negarlo. Y ella a su vez no había sanado las heridas profundas de su pasado: del corazón de aquella industria había nacido el monstruo que había engullido a su familia. En resumen, ninguno se fiaba del otro y así era muy incómodo trabajar mancomunadamente en algo. No era nada extraño que les dejara atrás para seguir con su vida.

Tampoco volvieron a ver a Steve. Ni a Falcon. Ni a T'Challa. Pero ellos al menos contestaban el teléfono. El resto del equipo iba y venía esporádicamente; Barton había vuelto con sus niños a casa; Natasha husmeaba aquí y allí pero nunca decía nada.

Un leve suspiro de la muchacha bastó para que Scott abandonara el artefacto perverso que traía entre manos y oteara la taza de café, que tan consideradamente le habían dejado. Estiró los dedos para tomarla, mientras Wanda hacía lo mismo con el mando de la televisión.

Brincara donde brincara, cada emisora tenía su punto de vista que dar sobre Vengadores; algunos eran crueles, otros desopilantes. Lo único que tenían en común es que nunca confiarían sus vidas en sus manos.

- Estoy tan cansada… - musitó Wanda, con hastío. Una leve jaqueca le impulsó a rozarse las sienes con los dedos.

- ¿Qué tiene de malo ser famoso? – inquirió Scott con indiferencia. Dio un sorbo al capuccino y regresó a su inútil esfuerzo por doblegar el cubo.

- No es ésta la fama que deseaba. – respondió ella. Él se encogió de hombros.

El silencio subsiguiente amenazó con tornarse espeso. Lang no daba visos de involucrarse de manera consciente con el mundo real, al menos de momento. Algunas mujeres clamando sobre el micrófono del periodista sobre la 5ta Avenida provocaron una sudoración fría en la espalda de Wanda. Lo atribuyó a los nervios.

- ¡Es horrible! ¿Cómo podemos esperar andar seguros por las calles? Ya es suficiente con terroristas y malhechores, ¡además debemos temer ser aplastados por el Empire State si uno de ésos se encuentra "trabajando"!Wanda tragó saliva y suspiró, arrellanándose en su asiento de nuevo. Un adolescente desaliñado enseñó todos los dientes a la cámara, burlón:

- No lo sé, yo pienso que no volveré a salir a la calle. Viviré en el sótano, comeré comida enlatada y ordenaré mis compras por internet. Y que se vaya a la mierda todo.

Una mujer exacerbada le arrebató el micrófono al cronista.

- La escuela de mis hijos está a sólo tres calles de donde estos desgraciados se lucieron haciendo desastres. Yo sólo quiero que sepan una cosa, bastardos: si creen que pueden ir por la vida haciendo lo que les plazca vamos a meterles un bozal en el culo. Si algo llega a pasarle a mis hijos mientras están en la calle, ¡yo misma los cazaré, de a uno por uno!Scott levantó la vista; Wanda sudaba.

- ¿Estás bien? – preguntó el muchacho. – Apaga esa basura.

Una jovencita salió al cruce durante los últimos segundos de transmisión.

- ¡Eres una maldita hipócrita! ¡Todos ustedes lo son! ¡Se quejan del destrozo pero no piensan que todos ustedes podrían estar muertos si no hubieran intervenido nunca!- ¡Cállate!

- ¡Ojalá uno de esos gusanos aliens te hubiera aplastado!

- ¡Mi hijo murió así!

Ambas mujeres se trenzaron ante cámaras. Ante la perplejidad de Wanda, Scott tomó el mando de la televisión de un salto y la apagó.

Iba a responder; Wanda inspiró y abrió la boca, pero las palabras murieron en un suspiro.

- ¿Te sientes bien? – Lang no le proveyó tiempo para pensar en nada.

- Sí. – respondió ella, pero confirmó que no le creían ni una palabra cuando observó la expresión preocupada en su compañero.

- ¿Estás segura?

- Sí, sí, claro.

- Estás tiritando.

- Siento algo de frío.

- ¿De veras? ¿Aquí? – Scott paseó su mirada encantada en derredor. A pesar del frío de los bosques en invierno, ahí adentro el ambiente era por demás acogedor.