JULY UPDATE/2017: Notas actualizadas; documento editado

HOLA. Otra vez yo, Anonimato, esta vez trayendo el capítulo dos de este feo y estereotipado AU que por más emo que sea, me gusta. perdonen.

Algunas cosas que olvidé señalar es que: Allura tiene el cabello corto porque soy fanático de verlo con el corte de Lord Faarquad; utilicé los apellidos de las versiones originales (Kogane/McClain/Garret) para Keith, Lance y Hunk porque los suyos todavía no son canónicos; no hay una trama detrás o algo parecido, pues este fic es un completo PWP (Plot? What Plot?, no Porn Without Plot... Aunque no me molestaría escribir uno).

Acuérdense que este fic es una basura por lo mismo: sólo son escenas que me gustaron de la película del AU correspondiente, por ende, no hay mucha historia. No estoy tratando de justificarme, si no que namás son escenas que bien pueden considerarse crack. Lamento el que sea tan largo también, es que soy bien detallista y se me olvida acortar las situaciones además de que pongo mucho diálogo pendejo, jeje.

En fin, espero disfruten. Cualquier duda, mándenme un mensaje. Grax por tanto.


2

"Se cayó un tornillo"

La ventaja de estar en detención un viernes por la tarde siendo custodiado nada más y nada menos que por el consejero escolar, era que Coran te dejaba ser tú mismo durante el rato que pasaba contigo.

No era cotidiano que los alumnos del Colegio Altea fueran a detención la mayoría del tiempo, pero para desgracia de Keith, parte de sus fines de semana los pasaba en compañía del amable hombre. A veces, le divertía asistir a su castigo porque, cuando era él la única alma en pena en el aula que osaba utilizar Coran —la diez, aquella que quedaba arriba de las oficinas de Alfor y tenía un atajo a la cafetería—, no hacían nada más que relajarse y platicar. En ocasiones, el hombre le contaba viejas anécdotas o también solían jugar al póker a escondidas de Allura.

Pese a ello, Keith sabía que Coran no estaría presente para cuidarlo en el castigo, haciéndose la idea de que además de aburrirse, tendría que lidiar con otras personas a su alrededor. Llamándosele entonces "nuevo" a la experiencia de estar en la biblioteca para detención, Keith Kogane pensaba en cómo su vicerrectora podía cambiar sus planes.

La costumbre de entrar al aula soñada donde podía hacer desastre a su antojo ya no era posible una vez estando de pie en el centro de la biblioteca.

Se dedicó a inspeccionar el recinto y sus mesas, poniendo atención más tarde a los tres alumnos que lo miraban expectantes —dándose cuenta que al parecer su propia presencia sí era de importancia, por extrañeza—. Y caminando lentamente con las manos en los bolsillos de la chaqueta, siendo el genuino ruido el de sus botines con la pañoleta carmesí atorada en la suela lo que surcara los oídos de los otros sujetos, antes de llegar hasta su mesa pudo fijarse en las insignias de metal que se mantenían sujetas a la mochila caqui de la chica a su lado. Sin consciencia alguna, se paró junto a ella y observó el dibujo del extraterrestre con el sombrero mexicano y soltando una risita que hizo eco en la habitación, le habló.

—Me gusta tu pin, se ve genial —fue lo único que le dijo, indicándole con la mirada el diminuto objeto.

Luego, él tomó asiento en la mesa de atrás y se cruzó de brazos. Ella giró su torso y acomodó su codo en el borde de la silla para que sus grandes ojos avellanas se encontraran con los malva; Keith la observó de cabeza a pecho, siendo el resto del cuerpo tapado por el mueble: en su cabello había algunos broches amarillos y rosas, en sus dedos curitas de colores pastel y, lo que más le llamó la atención, la camiseta grisácea con la frase «el universo fue hecho para ser visto ».

—Gracias —escuchó al mismo tiempo en que le dedicaba una sonrisa, por lo que Keith le devolvió el gesto.

Cuando la chica volvió a su posición inicial —sosteniendo su barbilla con la palma de la mano, recargando el codo sobre la mesa—, Keith fijó la mirada hacia enfrente. En uno de los primeros escritorios yacían los otros dos tipos restantes murmurando algunas cosas entre ellos. Figurando con su cansada vista como uno de ellos trataba de verlo con el rabillo del ojo, lo que Keith hizo primero fue arquear una de sus cejas, llamando la atención de su contrincante que ahora se dirigía a su acompañante y volvía a quejarse sobre algo que, con sinceridad, a Keith no le importaba.

A las siete con cuarenta y cinco minutos, Allura entró a la biblioteca seguida de Shiro. Ambos hablaban en voz baja para que los alumnos no los escucharan, y no fue hasta que la mujer de corto cabello plateado se sentó arriba de una de las mesas cuando soltó un cansado suspiro antes de comenzar su discurso.

—Bien, veo que ya están todos aquí —concentrándose en lo que salía por la pintarrajeada boca de Allura, Keith miró hacia un lado—. Entonces, vamos a comenzar con… —y se detuvo, dirigiendo su confuso semblante al muchacho de ojos azules que levantaba su mano para poder hablar— ¿Sí, McClain?

—Antes de que empieces a sermonearnos —dijo, ganándose la atención de todos en el salón—, me gustaría decir que todavía hay tiempo para que cambies el castigo al siguiente sábado. ¿Te parece?

Allura frunció el ceño y rodó los ojos, ya tenía suficiente con escuchar tal y tonta oración. La chica más joven soltó una diminuta pero alta risa al igual que Shiro mientras el muchacho grandulón se golpeteaba la cara con la palma de la mano.

—Por favor, no le haga caso —comentó éste, rodeando a su amigo con uno de sus brazos—. Se levantó de malhumor y no sabe lo que dice.

—No te preocupes, Tsuyoshi —dijo Allura—. De todas formas, el castigo no cambiará.

—¡Oh, por favor! —levantó sus McClain con exasperación— ¡Vamos, Allura!

Lance —se metió Shiro a la conversación, recriminándole con un tono grave.

Lance McClain. Presentía haber escuchado ese nombre anteriormente en algún lugar.

—Pero podría cambiar la fecha y ya, no creo que alguien sea tan idiota como para ser castigado otra vez —siguió luchando el nombrado, intentando en vano convencer a ambos profesores.

Un silencio apareció en la atmósfera en cuanto Shiro ladeó la mirada de Lance hasta su hermano. En un par de segundos todos los ojos pararon en dirección a Keith, que con los orbes entrecerrados les hizo la señal del pájaro aún con la enguantada mano.

Tanto Tsuyoshi como la chica arquearon sus cejas con la sorpresa plasmada en el rostro; Lance puso una de sus manos en el pecho con indignación actuada, y ambos adultos le sonrieron falsamente.

Carajo, los odiaba. Bueno, tenían razón al referirse con sutileza que era un idiota por ser castigado cada semana. Pero los odiaba.

—Como decía… —Allura siguió con su tranquilo pero cansado tono de voz, esperando no ser interrumpida de nuevo— Vamos a comenzar con una nueva dinámica el día de hoy. Sé que ni ustedes, inclusive el Profesor Shirogane o yo, queremos estar aquí sentados perdiendo tiempo…

—Entonces podríamos ir a desayunar, ya que nos estamos sincerando —subió sus hombros la de alborotados cabellos castaños. Todos los demás asintieron, estando de acuerdo con su comentario.

—Eso es... en realidad una buena idea —la mujer acarició su propia barbilla, y sus ojos vieron el techo como si estuviese meditándolo—. Shiro, ¿te parece si salimos a desayunar?

—Por supuesto —el hombre se acercó lo suficiente como para recargarse a su lado en la mesa de madera, y cruzándose de brazos, le dedicó una suave sonrisa.

—Ella —Keith señaló con la barbilla a la jovencita de enfrente cuyo nombre todavía era un misterio— se refirió a todos. No sólo a ustedes dos.

—Sí, pero ustedes están castigados.

Las miradas de los tres alumnos recayeron en Keith, quien bufó en cuanto la chica frente a él le dirigió una sonrisa apenada.

—Traté de defender tu argumento y te fallé, lo siento —bromeó él.

—Aprecio tu esfuerzo, cadete —se burló ella—. Casi los convencemos, lo sé —ahora fue su turno para seguir la broma, y Keith le sonrió.

—Como decía antes de ser interrumpida, otra vez —volvió a retomar palabra Allura—; dado a que Coran no está por el momento y se llevó consigo las llaves de la décima aula, tenemos dos opciones: que ustedes se queden aquí en la biblioteca o laboraren en los servicios escolares.

—Yo digo que nos quedemos —dijo de nuevo la pequeña ninfa, volteando a sus lados para dirigirse al resto de los chicos—. Qué flojera estar haciendo trabajo a ésta hora.

—Estoy de acuerdo contigo, nerd —habló Lance, y ella le arrugó la nariz y le sacó la lengua—. Ni loco salgo con este frío.

—Yo tampoco quiero estar afuera —negó con su cabeza Tsuyoshi.

—A mí me da igual —Keith no fue la excepción.

—Entonces, si se quedan aquí —Allura se levantó, y tomó unas cuantas hojas de papel al igual que un botecito lleno con lápices del escritorio de la ausente bibliotecaria—, tendrán que hacer una dinámica.

Otorgó entonces a cada uno de los desdichados alumnos un lápiz y una hoja, y ellos mostraron rostros estupefactos al borde de la confusión.

A Shiro sólo le parecía graciosa la situación entera.

—¿Que, qué? —fue Lance el primero en voltearse hacia Allura con bastante molestia— ¿Un ensayo?

—¿O un examen? —preguntó Tsuyoshi— Porque no estudié, te lo recalco.

—No, no es un examen —Allura regresó a pararse junto a su compañero de trabajo—. Un ensayo, tal vez.

—Sí, me quedó claro —la chica de mochila caqui bufó—; pero, ¿ensayo de qué?

Uhm… Escriban quiénes crean que son.

Keith resopló cansado. Ni siquiera había empezado el castigo y ya se estaba aburriendo.

—Oh, por supuesto —la voz de Lance llegó a sus oídos como un taladro—. ¿Quién creo que soy? Déjame pensarlo… Oh, sí: soy un jodido alíen que busca abducirlos a todos. Eso soy.

—Tu sarcasmo casi logra hacerme llorar —le respondió Allura en contra, con claro, sarcasmo también. Keith y Tsuyoshi rieron al igual que Shiro, y la pequeña ninfa sólo mantuvo una sonrisa en su socarrón semblante.

—Si eres un alíen, ¿por qué pareces humano? —ella preguntó, recargando su barbilla en los nudillos— Aunque tu argumento es falso, déjame decirte que ellos existen.

—No pregunté tu opinión, nerd.

—Lance, Katie, ya basta —paró el hombre antes de que comenzara una guerra—. Olviden lo del ensayo, sólo escriban cómo se sienten.

Ante las miradas molestas de los cuatro chicos, Allura tomó una caja de cartón que reposaba en el mismo escritorio de la biblioteca y la puso en la mesa de enfrente, esa misma donde Shiro estaba recargado en uno de los lados.

—Ahora —con su elegante porte se cruzó de brazos—, dejen sus teléfonos celulares u otros aparatos electrónicos aquí.

Atónitos, los cuatro muchachos abrieron los ojos y trataron de dar pelea. Todos a la vez hablaban, por lo que no se entendía ninguno de sus reproches. Allura mostró la palma de su mano para parar todo ese desastre, pero sorpresivamente, las voces exasperadas se detuvieron en cuanto Shiro se irguió y tomó la caja entre sus manos.

Keith debía reconocerlo: desde que recordaba, Shiro había tenido ese poder sobre otros para que le hiciesen caso; algo en él irradiaba respeto y seguridad, y muchas veces hasta él mismo lo sabía.

Pero a Keith muchas veces le molestaba tal cosa. Se fijaba en los demás y a él, el Keith que creció en el mismo hogar a su lado, lo hostigaba.

—Es un castigo, se supone que no pueden tener ningún medio de entretenimiento —el tono pacífico de Shiro los hizo calmarse sólo un poco—. No estén molestos, se los entregaremos en cuanto se termine la jornada.

Cuatro celulares no muy diferentes y dos pares de audífonos fueron lo que llenaron la cajita de sorpresas.

—Como colofón —Allura pasó su peso de una pierna a otra, y sus temibles ojos se encontraron con los de Keith—, vacíen sus bolsillos.

Algo en Keith hizo a la boca del estómago revolverse cuando escuchó el tono autoritario, aunque desde un principio esperaba el intento patético de orden. Allura lo hacía, Shiro lo hacía. Para ser sinceros, debió suponerlo desde que se enteró que tenía detención con la vicerrectora del Colegio Altea.

Dado a que no podía hacer otra cosa más que obedecer los mandatos de su superior, Keith se levantó para dar caso a las indicaciones, mirando ambos rostros de los adultos. En un dos por tres los demás le siguieron el paso. Nada más que paquetes de chicles, envoltorios de caramelos, pelusas y unos cuantos centavos se mostraron en los tablones de las mesas.

La excepción llegó cuando el sonido del hule en una cajetilla de cigarros impactó contra la de Keith, luego el metal del encendedor, terminando con unas cuantas monedas y una pequeña navaja del mismo material que el encendedor. El muchacho se cruzó de brazos y mostró un semblante indiferente aún estando parado. Los chicos lo vieron atónitos, Allura le sonrió complacida y se acercó a la mesa para tomar los objetos, poniéndolos en la caja.

Shiro únicamente le dedicó una mirada seria.

—Ya tienen conocimiento de las reglas: no hablar en voz fuerte, no levantarse sin permiso, no moverse de sus asientos y tampoco pueden salir o dormirse —se quedó al lado de Shiro, y éste comenzó a caminar hacia la salida todavía con la caja entre las manos—; pero como sé que no me harán caso, sólo les pido que no se comporten como locos. No den problemas, muchachos —por última vez, se dirigió a Keith, y siguió al hombre frente a ella hasta que salieron de la biblioteca.

Los chicos volvieron desparramarse en sus sillas. Ninguno tenía los ánimos activos como para comenzar una conversación o algo parecido.

Keith miró el reloj en la pared antes de soltar un bufido: siete con cincuenta minutos.

Carajo, iba a ser una larga mañana.

.

Pidge lo reconoció en cuanto lo vio entrar al recinto. Tenía el mismo aire de superioridad inconsciente que el Profesor Shirogane en su propia atmósfera, y pese a que escuchaba rumores sobre su desastroso expediente académico, Katie Holt nunca lo observó recorrer los pasillos de la escuela, por lo que le creía un rotundo mito —exagerado, tal vez; pero cierto— . Parecía hasta una broma que en aquel instante se encontrase a espaldas suyas y hasta hace apenas unos minutos se habían dirigido la palabra.

Por encima del hombro se atrevió a mirarle, viéndosele fascinante, interesante, simplemente gracioso creerle en carne y hueso allí sentado con los brazos cruzados, los ojos cerrados, el ceño fruncido y la cabeza agachada.

Pidge tomó su propio lápiz y comenzó a hacer garabatos en la hoja de papel porque, claro, no haría el ensayo a menos de que le pusieran una calificación por ello.

Trazó primero círculos, luego rayas y después cuadrados que rellenó con esas mismas rayas; terminó por cansarse y dejar sus cosas a un lado, con la finalidad de girarse hacia la mesa de atrás y llamar la atención del que sería su nuevo compinche de detención.

La curiosidad le picaba en la punta de la lengua como si hubiera comido algo picante: ¿será o no será?

Se mordió el labio inferior y dio una última miradita alrededor para cerciorarse que los otros dos muchachos no la escucharan, y una vez que estuvo lo suficientemente concentrada, se aclaró la garganta para comenzar a hablar.

—Kogane —afirmó con la áspera voz, captando al muchacho que levantó la vista y parpadeó varias veces—. Vaya, entonces sí eres él.

—¿Perdón? —le cuestionó éste, pareciendo no tener idea de lo que hablaba; pese a ello, Pidge no se tragaría un barato cuento como aquel.

—Ya sabes, el hermano del Profesor Shirogane —volvió a decir. Keith frunció el ceño y le arqueó una ceja—. Había escuchado cosas sobre ti, pero nunca pensé que fueran verdad.

—Parece que llevo una reputación que no conocía —su cara volvió a la estoicidad, y Pidge comenzó a reír muy bajito—. No lo grites, por favor.

—Tranquilo, sólo quería asegurarme de que fueras tú —ella recargó su pecho en el borde de la silla, dejando que Keith mirase sus delgados dedos encintados con colores como el rosa y el lila pastel—. Mi hermano mayor conoce al Profesor Shirogane.

—¿De verdad?

—Se juntaban en la secundaria —dijo ella, lamiéndose los secos labios—. Ya sabes, durante la era prehistórica.

Keith soltó un ruidito antes de taparse la boca con la mano para no reírse. En Pidge una diminuta sonrisa apareció.

En definitiva, iba a llevarse bien con ese sujeto.

—Quizá fue a nuestra casa y yo ni cuenta me he de haber dado.

—Quizá —repitió Pidge, golpeteando los dedos contra la madera en el borde de la silla.

No es que fuese entrometida, pero desde hacía un buen tiempo que tenía muchas preguntas atoradas en la garganta cuya respuesta no podían ser resueltas por la boca de Matt. Por ejemplo, desde su ingreso al colegio, todo mundo hablaba sobre un tal accidente ocurrido entre los últimos días de vacaciones; se corrió el rumor de que el Profesor Shirogane estuvo presente, por lo que quedó incapacitado los primeros meses del ciclo escolar —cosa que le resultó difícil a Pidge, pues en su horario tenía clase con el hombre a quien tuvo que ver hasta la mitad del año, resultando ser amigo íntimo de su hermano mayor—. Shiro le había enseñado mucho, dándole consejos y ayudándole cada que obtenía problemas en los diferentes clubes a los cuales asistía.

Sólo en una ocasión había visto a Shiro perder la compostura —cuando ella, debajo de uno de los carísimos autos en el que se escondía de los bastardos que querían golpearla, lo escuchó maldecir entre dientes—: discutía por teléfono con alguien, de sus labios saliendo con un tono autoritario y molesto el nombre de quien Pidge conocería meses después como Keith Kogane.

—Escuché que tu nombre es Katie —cortó el silencio el muchacho, sacándola de sus pensamientos. Ella le asintió—. El mío es Keith.

—Ya me hacía una idea —trató de no ser obvia y él rodó los ojos, pero su sonrisa permaneció en el estoico semblante—. Llámame Pidge.

—¿Por qué Pidge? —alzó sus dos cejas, y Katie no hizo otra cosa más que morderse el labio superior.

—Mis amigos así me llaman, el apodo se quedó. Nada del otro mundo.

—Cool.

—Sí, cool.

Siguieron con su pequeña plática, hablando sobre qué tan aburridos estaban.

Al otro lado de la habitación, las palmas de las manos de Hunk pegaban en la mesa con un sonoro ritmo. Lo único que hizo a Lance despabilarse, fue el suspiro que pronto su mejor amigo soltó al mostrarse carente de emoción.

Por el contrario de él, que se mantenía tranquilo y callado, Lance movía sus pies con desesperación al estar sentado sin hacer nada. No era divertido, mucho menos podía pensar en aquellos momentos cómo habría de explicarle a su cita de aquella noche que estaría castigado por dos semanas, lo que significaba que no asistiría a la lluvia de estrellas —evento que estaría exhibiéndose en uno de los baldíos abandonados fuera de la ciudad—. Y no era por nada, pero ya se estaba preparando para el rechazo que le daría ésta para una próxima salida.

Se halló pronto rompiendo el silencio en la gran habitación al tener un cosquilleo entre los muslos y la entrepierna, diciendo sin pensar en voz alta lo primero que le llegó a la mente:

—Oh, viejo —se dirigió a todos, primero viendo a Hunk y después girándose hacia Pidge y Keith—. ¿Qué se supone que haremos si tenemos que orinar?

El muchacho de cabellos negros le entrecerró los ojos con bastante confusión, la chica alzó sus cejas sin saber que responder, pero Hunk sólo rodó los ojos con exasperación y se sobó el puente de la nariz.

—Por favor, no empieces —le dijo, ahora acariciándose las sienes con el afán de parar un próximo dolor de cabeza.

—Hunk, si debes hacerlo entonces tienes que hacerlo —contestó, bajándose un poco la bragueta e inclinándose sobre la mesa—. No me quedaré con las ganas.

—¡Mierda, Lance! —se quejó éste, tapándose la cara con fastidio— ¡Hazlo donde no pueda verte!

Aunque Pidge bajó la vista hasta los vaqueros del muchacho, lo único que su rostro expresó fue un semblante de indiferencia.

—¿Así de aguada la tienes? —haciendo referencia al amiguito de Lance, él encogió el cuerpo para taparse.

—¡Hey! —un poco abochornado le habló, pero luego intentó bromear— ¿Se te antojó o qué?

—Asco —hizo una mueca Pidge—. No gracias, soy vegetariana.

—No vayas a mearte aquí, cabrón —espetó Keith. El tono molesto hizo a Lance voltear la mirada en su dirección, arqueándole una ceja.

—No veo ningún baño presente —subió sus hombros, y el chico le chistó con la lengua.

—¿Por qué no simplemente vas a los que están afuera del pasillo? Baboso —se metió Pidge a la guerra de miradas asesinas que ambos sostuvieron.

—¿Por qué será? Nerd —frunció el ceño él, haciendo obvia la razón del por qué no podían salir, y Pidge bufó.

—Vuelves a llamarme nerd y te pateo la cara.

—¿Tú solito?

Tanto Hunk como Keith se miraron desconcertados ante la palabra. Ambos se giraron hacia la chica que en primer lugar asintió, y en segundo, se tronó los dedos.

—Sí, yo solo.

—Mira nomás, si te ves tan sensual cuando te molestas.

Hey —volvió a espetar Keith, ganándose la atención de un serio Lance—, déjala y cállate.

—No te pongas celoso, tú también te ves guapo así de enojado —la sonrisa se plasmó por algunos segundos hasta que reaccionó por las palabras de su contrincante; pronto abrió los ojos como platos, dándose cuenta de la revelación—. Espera, ¿déjala?

—Muchachos, deberíamos estar haciendo lo que dijo Allura —señaló Hunk el papel en sus manos.

—Un momento, amigo —se volteó hacia Hunk—; estoy debatiendo aquí algo importante —y después volvió hacia Pidge y Keith—. ¿Eres un ella?

—Viejo, literalmente dijeron su nombre hace como media hora… —le negó éste.

—¿En verdad no se nota? —ella sonrió socarrona, y de Lance salió un dudoso «uhm».

—No. No eres nada femenina.

—¿Y eso es un problema o qué?

—Algo.

—¡¿Algo?!

—Maldición, ya cállate —Keith bufó, y se dejó recargar en la silla.

—A ti nadie te habló, pelos necios —Lance pretendió acariciarse la imaginaria melena de león, imitando el look de Keith—. Esto es entre nosotros dos.

—Ahora es entre los tres —los dientes le chirriaron e intentó levantarse, pero Pidge lo detuvo tomándole el antebrazo—. Pidge, suéltame.

—Lamento tener que ser la voz de la razón —comenzó Hunk—, pero me gustaría que no haya problemas tan temprano y podamos estar en paz por al menos cinco minutos. Cálmense, por favor.

—Él tiene razón, Keith —frunció el ceño ella. El muchacho le gruñó, todavía mirando a su molesto contrincante—. Éste tonto no tiene nada que hacer y por eso dice idioteces.

—¡Gracias! —el grandulón alzó los brazos— Oh, y por si no quedó claro: soy Hunk. Un placer.

—Pensé que eras "Tsuyoshi".

—Y yo pensé que tú eras "Kamila", no Pidge.

—Katie —corrigió ella.

—Perdona.

—Descuida. Además, Pidge sólo es un sobrenombre.

—El mío también, pero en fin —se aclaró la garganta—. Como amigo de Lance, puedo decir que sólo trata de molestarlos. Está aburrido, lo sé.

—Me siento traicionado y a la vez decepcionado de que te expreses así de mí —se giró el aludido. Hunk le dedicó una sonrisa y le palmeó la espalda.

—Es la verdad, ¿qué quieres que haga?

—Te lo dije —le señaló con la barbilla a Lance—. No le hagas caso.

—Bien. Lo ignoraré.

—Oigan, no hablen como si no estuviera aquí —pero ellos le fruncieron el ceño—. Y Keith, amigo: aunque quisieras ignorarme, no podrías.

Él entrecerró sus malvas orbes y apretó los puños. La vista volvió hacia enfrente, evadiendo cualquier otro contacto.

Un silencio en el ambiente apareció hasta que Lance fue quien de nuevo, lo rompió.

—Espera, creo que ya me hago una idea de lo que pasa entre ustedes —señaló el toque entre ambos chicos, y la misma sonrisa socarrona siguió en sus labios—. Están juntos, ¿no? Así como novios.

Keith iba a golpearlo si seguía hablando sin pensar. Lance sólo quería sacarlo de quicio, figurando qué tanto aguantaría hasta que el tapón en su subconsciente explotara y se saliera de control. Pidge por su parte se mantuvo callada con la misma estoica expresión cansada. Ni siquiera Hunk quiso seguir tratando de convencerlos en no hacer tonterías porque ya era muy tarde.

La joven, entendiendo apenas porqué Lance insinuaba tal cosa, se dio cuenta de que todavía mantenía el agarre en la manga contraria. La chaqueta de Keith tenía una textura un tanto dura, y aunque sus dedos lo sujetaban con cuidado, él tampoco hizo un ademán para alejarla.

De acuerdo, debía admitir que era atractivo, pero no por eso dejaba de ser un total emo según describían en los pasillos.

—Están juntos —afirmó Lance en un tono bromista que llegó a los oídos de ambos muchachos, picando el hombro izquierdo de Hunk—. Seguro hasta ya saben cómo es la ropa interior del otro.

—¡Cállate de una puta vez!

—¡Vete al diablo!

Los dos habían gritado al mismo tiempo, haciendo a Hunk dar un saltito por la sorpresa y a Lance quitar la coqueta sonrisa de su semblante. Mientras Pidge tenía las mejillas sonrojadas por el bochorno, el ceño fruncido de Keith les advirtió a los tres que él también estaba molesto hasta los huesos.

"¡Hey, muchachos! ¡¿Qué ocurre por allá?!"

La voz de Allura sonó por el otro lado del pasillo. Pidge y compañía habían olvidado en su totalidad que la puerta de la biblioteca se encontraba abierta al igual que la entrada en la oficina de la vicerrectora.

—¡Lance! —le llamó la atención Hunk, enojado como sus compañeros— ¡¿Qué te dije?! ¡¿Qué les dije?! —después se dirigió a los otros dos chicos.

Otro silencio transcurrió en la sala y los cuatro suspiraron conforme el enojo en sus pensamientos descendía.

No es que Lance lo hiciera a propósito, él solo trataba de bromear pero al parecer los dos incultos que ahora serían sus compañeros de castigo no estaban de humor o algo parecido. Pudo observar por el rabillo de su ojo una vez que se acomodó en su silla como Keith se centró en Pidge: de corto cabello castaño y avellanas orbes brillantes; con incomodidad ella se giró de nuevo al asiento para desparramarse en la mesa, dejando caer sus brazos en la mochila, usándola como almohada.

Un rato más y Lance se levantó con cautela, pero aunque se recargó en el escritorio de la bibliotecaria, sus ojos pararon de nuevo en el marcado semblante del copetudo. Le vio los finos rasgos: labios delgados pero curveados, un cabello ébano extrañamente sedoso, la piel blanca…

Suficiente, hizo la mirada a un lado para quitar ese raro pensamiento.

—De acuerdo, si vamos a estar aquí todo el día, deberíamos cerrar esa puerta —señaló con su delgado pulgar hacia atrás, sentándose en el mueble para después poner los bolsillos dentro del grisáceo suéter—. No podemos tener una fiesta si Allura nos echa el ojo a cada rato.

—Sabes que debe de permanecer abierta, ¿no?

—¿Y eso qué?

—¿Quieres cerrar la boca de una vez? —preguntó ahora Keith— Tu sugerencia apesta.

—No veo que aportes ideas tú tampoco.

—Te propongo una: ¿por qué no mejor te callas y te sientas? Deja de molestar.

—Tu plan me aburre —y se irguió para cruzarse de brazos—. Si no hago algo, terminaré dormido.

—Mira, haz lo que te plazca con tal de que no sea estúpido —rodó los ojos por último.

Lance se mordió el labio inferior. No llevaba ni una hora con él y ya lo estaba odiando. Al diablo su guapura, si ese bastardo quería guerra, Lance le daría guerra.

—No porque tú vivas aquí quiere decir que puedes decirme algo así —le tocó ahora a él dirigirle un semblante serio.

Keith, con una de sus cejas arqueadas, inhaló aire con profundidad.

—¿Perdón? —quiso asegurarse de que el peor pensamiento que le atravesó la mente fuese erróneo, pero lastimosamente ya se estaba haciendo una idea de lo siguiente que diría el idiota aquel— ¿Vivir aquí?

—Ya sabes a lo que me refiero —y se dedicó a mirar cualquier otra cosa con tal de evitar los púrpura ojos que trataban de ahorcarle con sólo una mirada—. Allura dice que tiene problemas de conducta contigo, todos los días estás aquí castigado.

—No es cierto —fue lo único que dijo antes de que Lance soltara una risotada.

—¿Que no?

Ambos se miraron fijamente por lo que la tensión creció. Pidge, incómoda, se aclaró la garganta al igual que Hunk.

—¿Alguno de ustedes está en un club? —rompió la chica el silencio del ambiente.

—Orgullosamente, sí —Lance rompió el contacto visual con Keith y le sonrió a su mejor amigo.

—¿En qué club estás? —Pidge se irguió para quedar a la altura de la silla, recargada también.

—Él está en natación, yo estoy en gastronomía —se volteó Hunk hacia ella.

—¿Eres nadador? —Keith subió sus pies a la mesa, y Lance la asintió— Nah, ¿en serio?

—Hasta la pregunta ofende, pelitos —de nuevo, refiriéndose al ridículo corte de cabello en el muchacho contrario.

—No puedo creerte —éste entrecerró los ojos con confusión—. Es que no tienes… ya sabes.

—¿Qué? —el tono pareció ser más golpeado, y una sonrisa en la cara de Keith se presentó— No, no lo sé.

—No tienes cuerpo de nadador —dijo. Lance se llevó una mano al pecho— Pensé que estabas en algo así como atletismo o básquetbol.

—Sólo porque soy alto, ¿no?

—No —se acomodó en la silla—. Es porque estás tan delgado que no se te ven músculos.

—Oh, gracias por la sinceridad —comentó con sarcasmo.

—Tampoco se te ve trasero.

—Qué comediante saliste, casi me reí —pese a que le mostró un semblante molesto, Keith le guiñó un ojo. Lance se lamió los labios, nervioso—. Bien, niño bonito…

—¿Qué?

—¿Estás en un club?

—No.

—¿Por qué? —fue Pidge quien se metió ahora a la conversación.

—La gente parece idiota.

—Qué directo —Hunk hizo una mueca—; y también grosero pero sincero.

—Yo estoy en el club de matemáticas —dijo Pidge, buscando algo entre el interior de su mochila.

—¿Quién te crees para juzgar a alguien? —Lance pasó por alto el comentario de la chica, viendo como Keith le dirigía una mirada de pocos amigos—. ¿Al menos te metiste a alguno para interactuar? Creo que ni siquiera conoces a alguien que asista a uno.

—No —negó él con la cabeza—. Tampoco conozco a los skaters pero no voy a unirme a uno de sus torpes clubes.

—Al menos podrías decirlo de una linda manera —Hunk hizo una mueca, algo incómodo.

—También estoy en el de física —continuó la joven en su propio mundo.

—Espera, ¿de verdad estás en el de física? Viejo, ese club es increíble —Hunk paró el drama entre los dos chicos.

—Oh, sí —asintió—. La gente es genial. Muy amable —luego se volteó hacia Keith con una sonrisa, como si quisiera probarle un punto.

El chico primero rodó los ojos antes de dirigirlos a Lance, quien burlón le murmuró palabras inaudibles, pretendiendo hacer mímica con sus labios.

"¿Lo ves? No son idiotas, imbécil."

—¡Seguro lo es! —se rascó la mejilla el grandulón—. Yo me quise unir pero cuando fui a las inscripciones me dijeron que ya estaban llenos los cupos.

—Bueno, si todavía deseas unirte —ella se recargó en la mesa, sujetando su barbilla con la palma de su mano—, creo que te puedo dar un espacio. Soy la vice-presidenta.

—Estaría encantado.

—También estoy en el de lenguajes, por si deseaban saberlo.

—¿Ese club existe? —la voz de Keith sonó con un tono sorprendido.

—Sí, esta semana estamos practicando latín.

—¡Eso suena demasiado genial! —un emocionado Hunk giró por completo su atención a la chica.

—Les recuerdo: si desean entrar a alguno de los tres clubes, pueden decirme —y tronó sus dedos, orgullosa de sí misma.

—Suena fascinante pero paso —habló Lance, sentándose en la mesa donde Hunk yacía—. Seguro Keith quiere unirse a alguno.

—¿Te unirías si te lo pidiera?

El aludido miró el techo, pensando por algunos momentos hasta que una sonrisa le surcó los húmedos labios.

—Podría intentarlo.

—¿Qué? —Lance no se inmutó a esconder su confusión.

—¿De verdad? —al igual que éste, Pidge se sujetó de la silla con tal de no caerse.

—Entonces, podrías pasarte por el de gastronomía —Hunk arrugó el papel otorgado por Allura y lo hizo bolita en su mano—; la verdad, nos hace falta gente.

—Lo pensaré, Hunk.

—Hey, hey —llamó su atención Lance—. Entonces pásate también por el de natación.

—Ni drogado voy, Lance —volvió a guiñarle un ojo—. No quiero usar tanga.

Otro silencio corto perduró hasta que Hunk se tapó con la mano restante la boca para no soltar la gran carcajada que amenazaba con salirle estrepitosamente. Pidge, sonriendo, volteó hacia Lance para confrontarle.

—¿Usas tanga? —le miró socarrona, y el semblante serio con el ceño fruncido le advirtió que quizá estaba molesto.

—No, uso el uniforme oficial.

—Por eso —habló Pidge, mirando como Hunk ya se había soltado riendo—: tanga.

—Cállate —mencionó, y luego vio de vuelta a Keith—. Voy a ignorar tu comentario como si nunca hubiera pasado.

—Haz lo que quieras, primor.

La sonrisa pícara por alguna razón no molestó a Lance. En cambio, en él creció un ansío de seguirle el juego al que entonces vendría siendo su contrincante.

¿Seguía siendo su contrincante, si quiera?

—Cómo sea —hizo un ademán con la mano—. Insisto, deberíamos cerrar la puerta y comenzar una fiesta.

—Lance, te dije que sin problemas.

—Si Allura viene, nos va a sermonear otra vez —Pidge sacó de su mochila un bloc de notas en el cual comenzó a escribir.

—Por una vez en el día escucha a Hunk —Keith se levantó de su asiento y se posó enseguida de Pidge, quien se recorrió a la silla de alado para que el muchacho se sentara con ella en la misma mesa.

Sí, definitivamente seguía siendo su contrincante. Su no-otra-mitad. Su rival.

—¿Qué? ¿Te da miedo estar encerrado conmigo? —el mismo tono coqueto hizo a Keith bufar.

—¿Miedo? —y una risita salió de él— Pffft.

—Eso es un sí en cubierto, ¿no?

—Por supuesto que no.

—Entonces si cierro la puerta, no pasará nada.

—Sólo nos castigarán otra vez.

—Miedoso.

—No soy miedoso.

—Entonces, cierra la puerta tú mismo.

—Lance, basta.

—¿Quieres callarte?

—Keith, rayos…

—De acuerdo, me callo —Lance se sentó enseguida de Hunk, murmurando bajo su aliento algo que fue audible hasta para Keith—. Miedoso.

Pronto, los botines de Keith resonaron ante los pesados pasos que dio conforme avanzaba hasta la puerta de la entrada. Lance entró en pánico al igual que Pidge y Hunk, quienes no perdieron tiempo en mirar más allá del escritorio para darse cuenta de que Keith asomaba el cuerpo por fuera de la biblioteca, cerciorándose de que Allura o Shiro no estuviesen por los corredores.

—Keith, ¿qué haces? —la voz temblorosa de Hunk al verlo pararse de puntillas pegado a la puerta haciendo quién sabe qué con la bisagra superior fue suficiente para que Lance se irguiera de su asiento y mirara también los rápidos movimientos del muchacho.

—Amigo, era broma —le dijo, también con los nervios de punta—. ¡Sólo bromeaba! ¡Ya deja eso!

—¿Qué carajo haces, Keith? Eso es propiedad de la escuela, tarado —inició quejándose Pidge.

Ignorando los comentarios de sus compañeros, el muchacho se volteó con la misma sonrisa y guardó el pestillo que había quitado de la bisagra —aquel que detenía el seguro de la puerta—, obteniendo en el proceso de su caminar apresurado que dicha entrada se cerrase tras su espalda.

De nuevo los impulsos le habían ganado, pero con extrañeza, no se estaba arrepintiendo de nada cuando la cara asustada de Lance se le dirigió con drama, acelerado.

—Muy gracioso Keith —le sonrió por unos cuantos segundos antes de refutarle—. Anda, repárala..

—¿Quién es el miedoso ahora?

—¡Sigues siendo tú, pelos necios!

—¡Oh, vamos! ¡Cerré la maldita puerta justo como querías! —y comenzó a reír— Ahora abstente a las consecuencias.

—¡No lo haré si eso significa tener que lidiar con Allura una vez más!

—¡Nos van a castigar! —Hunk comenzó a comerse las uñas.

—¡Keith, demonios! —le codeó Pidge—. ¡Devuelve lo que sea que le hayas quitado a la bisagra!

—Qué divertido soy —se habló así mismo Keith con una sonrisa mientras se acomodaba en la silla.

—¡Nos meterás en problemas! ¿Podrías devolver esa cosa a su lugar? —trató de convencerlo Hunk, pero el muchacho ya no estaba escuchando.

—¡Keith, te patearé el culo si no abres la maldita puerta! —bramó Lance.

—¿Quieren callarse? He aplicado esto varias veces con Coran —y Pidge se dio un palmazo en la cara—. Ella no lo notará.

—Por supuesto que lo notará —Lance intentó levantarse para golpearlo, pero Hunk lo detuvo por la espalda—. ¡Ahora repara eso, carajo!

—Cálmate, miedoso —bromeó él, y éste quiso zafarse del agarre de su mejor amigo.

—Te voy a…

"¡¿Qué pasó aquí?!"

Los gritos se detuvieron cuando el tono alarmante y cabreado de Allura resonó ante el pasillo. Los cuatro muchachos se acomodaron en sus asientos antes de que en la entrada resonara el portazo y los tacones de la vicerrectora, que con pasos enfurecidos se postró delante de las mesas en la biblioteca para mirar fijamente a cada uno de los alumnos que se dedicaba a juguetear con sus propias manos.

—¡¿Por qué está cerrada la puerta?! —preguntó furiosa, cruzándose de brazos. Ninguno contestó, por lo que Allura inhaló profundamente para volver a hablar con más calma— ¿Por qué está cerrada la puerta? —repitió.

—Ni idea —fue Keith quien habló primero—. No podemos movernos, ¿recuerdas?

Ella caminó hasta la dirección de Pidge, y le levantó una ceja. La chica se puso nerviosa, pero no mostró debilidad alguna.

—¿Quién la cerró, Katie? —le dijo en un bajo tono, pero ella sólo pudo hacer una mueca.

Uhm… —de reojo observó a Keith agachar la mirada— ¿C-Cómo saberlo si todos estamos sentados?

—¿Me van a decir que se cerró sola, acaso? —preguntó en general la de platinados cabellos, recargándose con elegancia ante el mueble, poniendo una de sus bonitas manos con esa perfecta manicura en la parte del tablón de Keith.

—Podría ser —subió sus hombros éste. Allura se aclaró la garganta, pero no le hizo caso.

—¿Tsuyoshi? —se volteó hacia el joven para recurrir apoyo por su parte, pero éste se mordió la lengua y también bajó la mirada con bastante pena— ¿Realmente nadie ha de contestarme?

—Creo que se le cayó un tornillo, Allura —volvió a decir el de bonitos ojos malva, ganándose la atención completa de la mujer.

—No quieras verme la cara, Keith —su tranquilo semblante se tornó a uno molesto—. Sé que Coran te deja hacer cientos de cosas mientras no estoy, por lo que ésta será una completa excepción.

—Pero si él está diciendo la verdad —espetó Lance, girándose para confrontarla—. La puerta se cerró sola, tal vez se le cayó un tornillo.

Aunque Allura entrecerró los ojos con enojo, Keith vio disimuladamente a Lance y viceversa; le sonrió, concentrándose después en la mesa. Lance sólo pudo lamerse los agrietados labios con los nervios en el estómago.

Por un momento creyó que lo echaría de cabeza, pero hele allí cubriendo su pequeña mentira creada por el capricho de McClain.

La mujer frunció la boca y comenzó a caminar por las mesas. Se detuvo atrás de donde yacían Pidge y Keith, enfocando la mirada en el castaño y el bruno pelo respectivo. La punta de los dedos en la mano derecha atravesó el cabello del muchacho, que nervioso se agarró de la esquina de la mesa. La mano izquierda con el caro anillo de plata en el dedo anular se posó en el hombro izquierdo de la joven, que dio un brinquito por la sorpresa.

La vista de ambos recorrió cada pedazo en la biblioteca y pararon en la mirada de los alumnos restantes sentados en la otra mesa, impactados.

—No me están ocultando nada, ¿cierto? —la boca de Allura se metió entre el hueco que sus dos cuerpos dejaban en medio, y el susurro hizo a ambos perder el control hasta que las manos de Keith pararon en su propio regazo, bufando.

Pidge, por otra parte, siguió mirando hacia enfrente con el sudor corriéndole por la nuca. Allura estaba tan cerca de ambos que podía oler el fuerte perfume que se desprendía. Dando un suspiro, giró su rostro apenado hacia Keith que seguía mirando hacia un lado.

—No —mantuvo contacto visual ella con la mujer, pero ésta le asintió y apretujó su hombro sólo un poco antes de que Pidge negara de nuevo con la cabeza.

—Bien —asintió ésta. Sin embargo, se volteó hacia Keith y con la palma de su mano extendida frente al muchacho, le murmuró lo siguiente—. Dame el pestillo, Keith.

—No lo tengo —le habló con seriedad.

Allura no perdió tiempo y se irguió lo suficiente como para caminar hasta la entrada, mirando expectante la manera en que pudiese mantener la puerta abierta. Luego, regresó con los brazos cruzados, mordiéndose un labio.

—Bien, dado a que misteriosamente la puerta se ha cerrado —dijo, parándose frente a los alumnos—, no tengo de otra más que dejarlos aquí por su cuenta.

—¿Y cuál es el problema? —le murmuró Lance a Hunk, quien le negó con la cabeza.

—Silencio, Lance —volvió a decir Allura. El mencionado asintió—. Esperaba más cosas de ti, especialmente por ser deportista… Ahora tu presencia en detención esta semana será agregada a tu expediente.

El joven miró hacia otro lado, tragando duro. Sí, por supuesto que entendía, al carajo. Su madre le había regañado, su padre hasta le había quitado las llaves de su propio auto, estaba castigado por al menos dos semanas y sus hermanos mayores no dejaban de burlarse.

¿Ahora tenía que escuchar a Allura decirle lo mismo? A la mierda.

Frunció el ceño, con sus acuosos ojos mirando a la mujer que después de aclarar su garganta y exhalar con profundidad, continuó:

—…Y Keith, no me engañas —la escuchó decir—. La próxima vez que caiga otro tornillo, sabré que fuiste tú —lo señaló, y después suspiró para terminar la discusión—. En fin, ya nadie diga nada más.

—Nada más —volvió a decir Keith.

Hunk soltó una risotada mientras Pidge se tapaba la boca para no reír fuerte. Lance por el contrario sólo le dedicó una sonrisa.

Allura recordó allí que no podía hablar seriamente con el cuarteto de adolescentes porque… bueno, eso eran: adolescentes.

—Suficiente, Keith —entrecerró los ojos ella. La mandíbula se le marcó cuando pegó sus dientes—. Te vas a ganar otro castigo… —le advirtió después.

—¿Otro? Espera, tendré que revisar mi agenda si me das otro —le dijo con burla. Pidge y Hunk seguían con sus risitas al fondo mientras Lance observaba la función.

Allura decidió bajarle dos rayitas a la excentricidad en su profesión. Se relajó, y con una sonrisa pícara decidió seguirle el juego al muchacho.

—Allí tienes uno más —Allura puso una mano en su cadera, triunfante ante la mirada paniqueada de Keith.

—Espera, en serio… De veras lo siento —respondió, pero Allura subió sus hombros para restar importancia.

—Allí van tres —le indicó, y Keith confundido frunció el ceño para después dirigirse a Lance que comenzaba a reírse de él—. Tres sábados en detención.

—Pero si se está disculpando —mencionó el contrario, riéndose todavía—. Es decir, de una fea manera, pero se está disculpando.

—¿También quieres uno, Lance? De acuerdo, uno más para ti —se volteó hacia él, y la sonrisa en su rostro decayó.

—¡¿Por qué?! —preguntó con drama. La mujer quería reírse al ver tales caras, pero guardó compostura.

—¡Allí va otro! —repitió, todavía escuchando las risotadas de los alumnos restantes.

—¡Pero si yo no quería otro sábado!

—Tres con éste… ¿Quieres el cuarto?

—¡No, no quiero! —chilló Lance. Pidge golpeteó con su mano la mesa mientras Keith se burlaba silenciosamente de él.

—¡Cuatro sábados a la bolsa! —Allura alzó los brazos emocionada, cruzándolos sobre su pecho después— ¿Vamos por el quinto?

—Carajo, —dijo Keith, entrecerrando los ojos y arrastrando la última palabra. Lance se giró dramáticamente hacia él para recriminarle con la mirada.

—Bien, McClain —la sonrisa de Allura creció conforme las risotadas de Hunk invadían el panorama y los golpecitos de Pidge —. Ya son cinco sábados que tendrás conmigo.

—¡¿Qué?!

—Lance, ya basta —Hunk se limpió las lágrimas pero siguió riendo—. Me vas a matar.

—¡¿Qué?! ¿Baste qué? Fue Keith quien dijo que… —intentó defenderse, pero Allura interrumpió.

—Bastante he escuchado ya —comenzó a tomar camino hasta la puerta para irse de vuelta a su oficina—. Muchachos, recuerden que de igual forma puedo escucharlos por el otro lado del corredor. No hagan estupideces.

Y con una sonrisa victoriosa ella se largó, dejando que las risas estrepitosas de Hunk y Pidge hicieran eco en la biblioteca mientras Lance y Keith intentaban no matarse a puñetazos.