Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de la escritora S. Meyer. La historia es producto de mi loca imaginación.
"Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos". - El principito.
Lo vio partir, en uno de sus flamantes juguetitos, como le gustaba decirles. No podía creer lo que había pasado hace solo unos minutos en aquella caja metálica. Todavía podía sentir su aroma envolviéndola, hechizándola, y su semilla derramándose entre sus piernas. Temblorosa camino hacia su automóvil, con ganas de ir a su departamento, hundirse en la profundidad de su cama y regodearse en lo que había pasado, pero no podía fallarle a Ali, su hermana de corazón, la había conocido hace algunos años en la universidad y desde entonces no se había despegado de su lado. Alice era una pequeña pelinegra, de ojos verdes, facciones delicadas y agradable personalidad. Ya dentro del auto, su celular volvió a sonar y esta vez no dudo en contestarlo.
—Bebé, deja de ser tan trabajólica, tenemos horas esperándote—le dijo Tanya por sobre el bullicio de la música.—Alice ya se está poniendo loca—añadió exasperada y se la imagino rodando los ojos.
—Voy en camino bebé, y deja de rodar los ojos. Tuve un pequeño incidente—le respondió escuchando su típica risita.
Por sobre la música escucho a Tanya diciendo —Espera Al, no te subas en la mesa—.
—Apúrate, ¿quieres Isa!? No creo que pueda controlar mucho tiempo a Alice—la escucho decir antes de colgar. Lanzando el teléfono al asiento del copiloto, se puso en movimiento hacia el pub donde se encontraban sus loquitas.
Iban a ser la 1.30am cuando por fin pudo poner un pie dentro del local. El sitio estaba a reventar y la música resonaba en los altavoces. Divisándolas en una mesa al fondo, se abrió paso entre el gentío hasta llegar a ellas.
—Señoritas—les dijo.
—¡Llegastee!—grito Alice, oyéndose medio borracha.
—Por fiin—secundo Tanya, que la miraba con ojos interrogantes.
—Siento llegar tarde— expreso con voz temblorosa, sentándose en uno de los sofás que rodeaban la mesa y recibiendo el trago que le ofrecía Tanya, quien en esos momentos la miraba con ojos interrogantes.
—Ahora sí, dime ¿qué paso? Tal vez fue ese déspota jefe tuyo, jodiendote la vida como siempre—le dijo, sin imaginarse cuan cierta era la frase, esa noche sí que le había jodido y no precisamente la vida.
Abrió la boca sin saber que responder, Tanya la había tomado por sorpresa; había esperado que Tanya estuviera tan distraída como para pasar por alto su tardanza, pero al parecer no fue así.
—Eh…— justo en ese momento Alice las interrumpió con uno de sus desvaríos. —Es un odiooso, por su culpa no vas a poder ir a mi boda. Como puede haber boda sin ¡dama de honor!—chillo. —Lo voy a matar— y con esto se levanto dispuesta a buscarlo y golpearlo. Alice a pesar de su tamaño era capaz de todo, si lo sabría ella, ¡chiquita pero peligrosa! cuando estaban en la universidad fue capaz de romperle la nariz a un muchacho solo por haber molestado a Bella.
—Espérate nena—le dijo, halándola por el brazo y haciéndola caer de sopetón al sofá. —Sabes que no puedo tomarme días libres para viajar a Kentucky—.
Alice era de Elizabethtown, por lo que su boda se realizaría en la casa de sus padres. —Apenas llevo unos meses en este trabajo y tú mejor que nadie sabes que no lo puedo perder. No todos tenemos un novio con una gran cuenta bancaria—le dijo medio en broma y sintió a Tanya reír a su lado.
Isabella Swan provenía de una familia de clase trabajadora, compuesta por su madre y hermano, su padre había abandonado la foto cuando supo que ella venia en camino. Dejando a su madre con un niño de 3 años y embarazada.
—Bueno basta de dramas, es momento de divertirse—dijo Tanya, y con esto las halo por el brazo a la pista de baile.
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Recorrió la sala con la mirada encontrándola vacía, a excepción del gran espejo que ocupaba la pared del fondo, sintiéndose aturdida avanzo hasta el.
El reflejo en este le devolvía a una chica de cabello castaño y tímida mirada color chocolate, su mirada. Estaba desnuda de cintura para arriba, vistiendo únicamente una falda negra. Su largo cabello cubriendo sus senos y resaltando la blancura de su piel. —¿Dónde estoy?— pensó —¿qué hago aquí?— lo último que recordaba era haber dejado a Alice en su casa. No sabía cómo había llegado a ese lugar, nunca había estado allí. —¿Que paso con mi ropa?— se pregunto. Era una muchacha tímida que no se caracterizaba por andar medio desnuda por la vida. Cerró los ojos con la confusión reinando en su cabeza y un pequeño dolor latiendo en la sien.
Distraída como estaba no se dio cuenta de la imponente figura que irrumpió en la sala, sino hasta que sintió un par de manos envolviendo su cintura y una suave voz en su oído
—Hola nena—le dijo aquel hombre aferrándose a ella. Moviendo sus manos avariciosamente por su cintura, subió una a su seno izquierdo apretándolo.
—Te deseo hermosa. Justo aquí— su voz la tenia embrujada, un gemido escapo de sus labios. Apartando su larga cabellera el hombre dejo húmedos besos en su cuello.
Abre los ojos bebé...mírame... Miramos —le dijo aquel hombre, con su voz rezumando sexo, el deseo recorrió su cuerpo. Lo sentía desnudo tras su espalda, restregando su pene erecto contra ella.
—Abre los ojos bebé—repitió tomando un pezón entre sus dedos y acariciándolo.
—Abre los ojos bebé—insto por tercera vez, dirigiendo la mano libre a las profundidades de su falda.
—Abre los ojos... —su voz escuchándose lejana— Ábrelos...— sintiendo un tirón en su cuerpo por fin abrió los ojos viéndose encandilada por la claridad de la habitación —Abre los ojos Isabella!...—gritaba un histérica Tanya en su oído mientras tiraba de su brazo.
Gimiendo de frustración llevo las manos a su rostro diciendo—Estoy despierta Tany—. En momentos como ese odiaba ser su compañera de piso, solía ser demasiado escandalosa para su propio bien. Tanya era una exuberante rubia con muchas curvas y una personalidad arrolladora. Cualquiera se sentiría menos a su lado, pero conociéndola desde la niñez Bella era la excepción a la regla.
—Apresúrate loquis. Se hace tarde para el trabajo—le dijo.
—Pero si es fin de semana bebé —le respondió ella. — ¿Estás loca Bella?— dijo Tanya, viéndola como si tuviera 3 cabezas— Es lunes, y si no te levantas en este preciso momento llegaras tarde al trabajo— y con esto salió rezongando un — el alcohol te hace mal, mujer—. Respirando profundo y con un agudo dolor de cabeza pulsando, se levanto a toda prisa para ducharse y comenzar la mañana.
Bajo el agua de la ducha no pudo evitar pensar en su sueño; sentía las manos de aquel hombre recorrerla, sus húmedos besos, el calor que irradiaba de su pecho excitándola. Recordando lo que ocurrió el viernes pasado se sintió nerviosa por el inminente encuentro con su demonio de ojos grises, ojos que tenían todo el fin de semana atormentándola.
Con el reloj marcando las 8 menos cuarto se encamino hacia la puerta, vistiendo un entallado traje color vino y sus inseparables Manolos negros. Su cabello en una cola de caballo.
—Bebé me voy, nos vemos en la noche—grito a la nada.
—Cuídate Isa... Y no crees que se me olvido tu incidente del vierneees!—le respondieron desde el pasillo haciéndola reír— esta noche cena y películas—.
Ok Tany!.. Avísale a Alice... Te quiero—dijo, y con esto cerró la puerta tras de sí.
Vivía en un segundo piso así que fácilmente pudo bajar por las escaleras y salir del edificio. Subió a su auto, un Toyota Yaris, y emprendió la marcha hacia el trabajo. El camino se le hizo súper corto; cuando quiso acordar estaba estacionando el auto en su lugar de costumbre. Sintiendo mariposas en su estomago y las piernas fallarle, entro en el ascensor que para ese momento se encontraba vacío; después de unos minutos la molesta campanilla le indicó que estaba en su piso.
Eran las 8:25am para cuando por fin pudo sentarse en su escritorio—justo a tiempo—pensó. El jefe todavía no llegaba.
—Buenos días Bella—la saludo Ángela de recursos humanos, era una chica agradable con la que a veces solía salir por un café.
—Buenos días Ang. ¿Qué tal el fin?—le contesto.
—Todo tranquilo— le dijo—todavía no llega Don gruñón?—añadió— No, pero no debe faltar mucho—contesto viendo su reloj.
A las 8.30 en punto las puertas del ascensor se abrieron mostrando a Edward Cullen, el jefe, su demonio. Portaba un traje azul a medida y la mirada glacial de siempre.
Sin dirigirles una mirada paso a su lado diciendo —Srita. Swan a mi oficina— y con esto cerró la puerta.
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Cambio y Fuera
