Disclaimer: Saint Seiya es propiedad de Masami Kurumada, yo sólo he tomado a sus encantadores personajes para divertirme a costa suya.

Advertencia:

1. Esta historia mezcla dos líneas de tiempo: el pasado (LC) y el presente (post Hades). Para evitarles semejante confusión he puesto el pasado en cursivas.

Estado: En progreso...


Capitulo 1


Estaba ansioso. Demasiado. ¡Atenea! ¿qué le pasaba? Ni el más peligroso de sus enemigos había conseguido causarle ese tonto nerviosismo en el pecho. Sentía su corazón bombear alocado como las alas de un colibrí y sus dedos hiperactivos no dejaban de golpetear la piedra del brazo del trono al que había decidido pegarse como imán con mera fuerza de voluntad para no asustar a Sagitario.

— ¿Puedo preguntar que es lo que le tiene tan alterado, su alteza? — Aioros le dedicó una de esas sonrisas afables que suelen brindarse a un desahuciado a punto de exhalar su último aliento (o eso imaginó) —porque, si me lo permite, parece que será el anfitrión de varias y muy perversas bestias mitológicas en lugar de un pequeño niño.

Shion rió. Tenía razón. Estaba sobreactuando. Aún así… pensar en cómo podrían ser sus rasgos faciales, pensar si sus ojos serían color miel o… de un azul similar al mar antes de la tormenta…

Sacudió su cabeza, alejando los recuerdos porque ¡por todos los dioses! No vería a un hombre atravesar las puertas del templo principal, sino a un niño. Un niño que pronto aprendería a odiarse y a alejar al mundo por culpa de la técnica que todo portador de Piscis debía ejecutar. Y no era que Aries no hubiera visto ir y venir cantidad de caballeros capaces de hacer danzar remolinos de rosas venenosas con una habilidad asombrosa y llevando la maldición a cuestas con diferente actitud… pero ninguno era él.

Y ahora, sí.

El ciclo se había completado. Dohko y él lo supieron como una punzada en el alma cuando las estrellas anunciaron el retorno de Géminis. Sus amados compañeros de armas por fin regresarían uno por uno a formar las filas de élite de la diosa Atenea. Otra vez se enfrentarían a Hades. Otra vez darían su vida. Como un círculo vicioso del que jamás escaparían por la lealtad que le tenían a la diosa de la guerra justa y a sus amigos.

—Lamento preocuparte en vano.

Aioros asintió. —Descuide, pero sería un honor que pudiera confiar plenamente en mí, señor. Estoy aquí para aliviar su carga. ¿Hay algo malo con las misiones en curso?

—No. Los santos de plata lo están llevando bien. Quizá sólo bebí demasiada cafeína.

—Claro —asintió, con clara muestra de escepticismo.

El sonido de las pesadas puertas abriéndose le hicieron dar un respingo. Su cuerpo se irguió completamente, recordando todo el protocolo que había adoptado tras su nombramiento como Patriarca, hacía más de doscientos años.

Antes incluso de pasar la mirada de Aioros al invitado, sabía que hallaría a Saga caminando hacia él con la capa blanca siguiendo su movimiento elegante y con la atención puesta en Sagitario aunque su voz, su frente, todo él intentará dirigirse hacia Shion. Un nudo se formó en su garganta, pero estaba feliz. Aquellos dos retomaban sus antiguos sentimientos sin saberlo.

Y sonrió porque recordó la vocecita de Dohko advirtiéndole con voz cansada "—Deja de hacer comparaciones, porque más de la mitad será mera fantasía tuya."

El gemelo hincó una rodilla en el suelo, mostrando su respeto. —Honorable, Patriarca.

—Géminis, has llegado días antes de lo esperado.

—No hubo contratiempos. El niño cooperó bastante bien.

Aioros soltó una risilla traviesa, le encantaba cómo Géminis hablaba con un hilillo de fastidio en la voz. Todo aprendiz en el Santuario se sentía inexplicablemente encariñado con aquel santo. Aunque Saga intentaba no quedar involucrado entre mocosos, siempre caía en misiones como tales.

—¿Por qué no le dices que pase? —sugirió Shion, alcanzando a distinguir unos pocos mechones celestes que sobresalían del marco de la puerta.

Géminis sobó su cuello —Me parece que es algo tímido. No quiso entrar y fue bastante difícil hacerlo subir las escaleras después de que se topara con su templo. No quiere hablar con nadie… —miró a Sagitario —quizá tú puedas hacer que deje de llorar.

—Válgame el cielo, ¿no lo has consolado? —le recriminó Aioros y Saga frunció el ceño —a estas alturas debe pensar que lo has secuestrado para entregarlo a una secta.

—Oh, por favor, el niño comprendió su destino, sólo no puede dejar de llorar —se cruzó de brazos.

Shion negó, suspirando. —Es natural.

—Puedo llamar a Aioria como primer frente para que confíe en nosotros —sugirió, lleno de orgullo al pronunciar el nombre de su hermanito.

—No, yo me encargo — Shion se levantó del trono con un primer paso lleno de duda. Alisó su ropa y salió al pasillo.

Lo encontró recargado sobre la pared, con los ojos rojos e hinchados fijos en una grieta del suelo y sus manos cruzadas sobre el pecho. Temblaba levemente por el llanto.

—Hola.

El pequeño saltó por la sorpresa.

Tras un minuto sin respuesta, era claro que pretendía ignorarlo. Encogía sus hombros y estaba tan pegado a la pared que a Shion le pareció divertido su intento por camuflarse entre la construcción del templo. Era adorable.

—¿Cómo te llamas? —se acuclilló frente a él.

Todos sus nervios irracionales se habían esfumado con sólo ver aquel parecido. No era una replica exacta como Saga y los gemelos, no obstante, aquella diferencia no pudo más que agradarle. Estaba aliviado de tener un hilillo que tirara de él para plantarlo en su nueva realidad.

El niño frunció sus labios.

—Yo soy Shion, el Patriarca del Santuario de Atenea —. Más silencio.

Piscis comenzó a enrollar un mechón de cabello entre sus dedos. Shion supuso que había iniciado una guerra de voluntades. —Está bien. Ojalá te agrade este lugar, pronto harás nuevos amigos y...

Alzó la vista. Sus ojos eran celestes, como el cielo matutino. Fue entonces cuando lo comprendió. Él ya no era Albafica.

Albafica era mar. Dohko tenía razón.

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Su futuro moretón en la pierna no era culpa de la hora: plena madrugada. Tampoco los golpes insistentes sobre la puerta que daba a los privados de Aries tuvieron que ver con el tropezón que se llevó tratando de desenredar las sábanas de sus pies. Ni mucho menos había sentido miedo por el ataque de un supuesto enemigo. Pero sí estaba preocupado y mucho.

Al despertar, instintivamente había buscado identificar el cosmos de su inesperada visita.

Descubrir que era Piscis, a quien la guardia le pertenecía aquella noche, quien vivía al otro extremo de las Doce Casas, quien por nada el mundo llamaría a su puerta a menos de que el mismísimo infierno se hubiera congelado y los espectros decidieran hacer de la Tierra su pista de baile. Ay, dios... No. Ni siquiera por ello lo molestaría. ¿Entonces por qué? ¿El fin del mundo?

Bajó corriendo, apenas acordándose de ponerse un pantalón.

Su armadura, alarmada con su estado, se apresuró a adherirse a su cuerpo un segundo antes de que abriera de par en par y contemplara a un empapadísimo Albafica. —¿Qué ocurre? —casi invoca un muro de cristal para protegerlos de la nada, pero su vista fue más veloz que su mente. Él no estaba herido.

—Nada —. Piscis lo miró confundido, preguntándose si acaso el lemuriano dormiría con la armadura puesta.

He ahí su desbocado corazón, a punto de un infarto. Y no ocurría nada. —Oh… —carraspeó, intentando no sonrojarse por aquella aparición tan dramática. —¿Necesitabas algo? —con desconfianza inspeccionó la oscuridad del pasillo, aún sin creerse ese milagro.

—Yo... de hecho sí.

—Ok… pasa —se hizo a un lado para dejarle espacio. Él no se movió. —Entra, hace menos frío adentro.

—Pon tus brazos a noventa grados y no te muevas —ordenó. Shion alzó el puntito que tenía por ceja.

—¿Eh?

—Hazlo.

Aries asintió, obedeciendo.

Todo ello era de lo más extraño, sin embargo, no fue capaz de negarse tras sentir una leve inquietud en el cosmos de Piscis. ¿Cuánto autocontrol le estaría costando aquella conversación?

Entonces le entregó su capa hecha bolas, como si fuera el tesoro más valioso y más frágil del planeta. —Sujétala con cuidado.

Shion abrió la boca para preguntarle qué rayos significaba aquello, pero casi muere por segunda vez de un bonito infarto cuando algo dentro de la prenda se empezó a mover.

—¡No lo sueltes! —gritó Piscis, con una expresión de terror.

—¡¿Qué es esto, Albafica?!

—Una ave pequeñita, un gorrión.

—Ah... —ya estaba comprendiendo. Casi le dieron ganas de reír por la situación, pero se aguantó por respeto al chico.

—Un rayo impactó su nido y se rompió un ala. O eso creo. Esperé un rato, pero no quiso volar.

Escuchó la explicación con total interés, desenvolviendo a la pobre criaturita entre sus brazos. Quizá estuviera más aterrada que nunca por aquella capa mojada. Acarició su cabecita cuando logró hallarla. Era una bonita bolita de plumas y pico.

Ese caballero dorado sí que los había asustado a ambos con sus buenas intenciones. —No sé mucho de animales —confesó.

—Oh… bueno, ¿podrías buscar a alguien que sí? — sus ojos azules no se apartaron ni un segundo del gorrión.

—Podría preguntarle a Dohko.

Albafica asintió —Gracias.

—Oye, tengo curiosidad, ¿por qué decidiste salvarlo? —preguntó, mas ya no había nadie frente a él. Se había esfumado.

Shion a veces se preguntaba si la tele transportación no formaba parte de sus secretísimas técnicas de combate. Era rarito. Pero adorable. —¿Verdad? —le preguntó al gorrión. —Tuviste mucha suerte, hoy por poco le toca guardia a Kardia.

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Lo miró por el rabillo del ojo, cerrando con fuerza ambas manos a cada costado. Qué iluso fue al creer que luego de esa larga hora en la que había desaparecido en la bañera, el poseedor de la técnica del Yomotsu se iría a apestar el ánimo de otro santo de Atenea. A veces odiaba ser su blanco preferido. ¡Qué maldita suerte la suya!

—¿Intentas provocarme Aphrodite? Porque con sólo verte ya la tengo bien dura.

Piscis ni siquiera se inmutó con el comentario. Continuó paseándose desnudo en busca de algo que ponerse, después de todo, aquella era su habitación y podía hacer lo que se le diera en gana, inclusive, ignorar al idiota de Cáncer.

—Ya… —Death Mask chasqueó la lengua y volvió a tumbarse sobre la cama. Era obvio que su amigo seguía enfadado con él, pues luego de miles de intentos por desesperarlo seguía sin pronunciar sílaba alguna que lo insultase o mandara derechito al infierno de donde los habían sacado. Era un caso grave. —Sólo olvídalo ¿Quieres? Volverán a crecer.

Esa fue la gota que derramó el vaso y por fin un atisbo de ira infinita se hizo notar a través de esa venita palpitante sobre la frente del sueco. Toda esa fachada de acritud e indiferencia se transformó en rabia. Si no había explotado antes, era porque quería llevar las cosas en paz por una vez en su vida, pero eso, eso era el colmo.

Tomó un bóxer y, luego de ponérselo, le arrojó al pecho un viejo zapato que encontró tirado por ahí. Máscara no se esperaba ese movimiento después de horas sin resultados visibles, así que no consiguió eludirlo a tiempo.

—Mierda, Aphrodite —se quejó, sobándose el estómago. —¿Qué demonios tienes en la cabeza? Es sólo una estúpida flor.

—¿Una estúpida flor? —se rió con sarcasmo, acortando la distancia entre ambos a grandes zancadas.

Death Mask se sentó en el filo de la cama, juntando en el centro sus pobladas cejas. Ok. Quizá debía admitir que todo era culpa suya y pedirle un par de disculpas, y bla bla bla, pero ¡condenar!, que era terriblemente inútil para ese tipo de cosas. Así que lo único que le quedaba era hacerse el cínico hasta que el pez se cansara. Nunca duraba demasiado.

—Sí.

—¡Aaah! ¡Cangrejo de pacotilla! —se jaló los cabellos totalmente desesperado y luego le señaló con el índice. —No fue una estúpida flor, por una estúpida flor no estaría así, una estúpida flor no me importaría en lo absoluto. Eso a lo que llamas estúpida flor, fue todo mi estúpido jardín de rosas y es el mismo estúpido jardín de rosas que te hice prometer que cuidarías por mi cuando partí a la estúpida misión. ¡Pero no! ¡Tú maldito culo perezoso ni siquiera pudo hacer una simple tarea como lo era regar las estúpidas flores! ¡Y ahora no es más que un desastre que me tomará semanas en arreglar!

Máscara ahogó un bostezo en la palma de su mano, gesto que terminó por hartar a Aphrodite.

El santo de Piscis le lanzó un puñetazo directo a la cara que no llegó a estamparse, sino que fue aprisionado y detenido por la mano de Cáncer. De algún modo el italiano consiguió jalarlo hacia él y robarle un beso antes de que cayeran ambos a la cama y se apoderara del control de la situación colocándose arriba del sueco.

Aphrodite se retorció para alejarlo y dañarlo lo más que pudo, pero aquellos brazos bronceados funcionaron como unos perfectos grilletes que lo mantuvieron casi inmóvil.

—Questa è una sciocchezze perfetto.

—Jódete…

Cualquier otro insulto que hubiera querido pronunciar fue ahogado por besos toscos que buscaban ser correspondidos por sus labios, con pequeños mordiscos llenos de malicia y lujuria sobre su cuello, y sugestivas succiones en su oreja.

Death se sintió victorioso cuando las piernas de Piscis se enredaron en su cadera y con aquella tentativa buscó nuevamente sus labios, pidiendo una recompensa a sus caricias.

Decidió dejarle libre las manos para que hicieran el trabajo de recorrer cada parte de su cuerpo y le brindaran el placer que sólo ellas conseguían al tacto de puntos estratégicos.

El italiano ahogó un gemido cuando los finos dedos del sueco recorrieron su espalda, ejerciendo la presión necesaria sobre la línea de su columna vertebral y llegaron a perderse entre los cabellos de su nuca. Máscara lo veía jadear de rabia y de gozo. Vaya que le encantaba ser el causante de tal contraste de emociones, mas nunca esperó que el sueco le mordiera el labio tal como lo hizo, ni que lo jalara de sus cabellos para quitarlo de encima.

Aphrodite lo escuchó bramar toda clase de sandeces por el dolor.

—Ay, por favor, no fue tan fuerte — Piscis ironizó con una sonrisa pícara, poniendo un dedo sobre sus pálidos labios en una pose de fingida inocencia. Máscara sólo atinó a alzar el dedo medio de su mano libre. —No seas un llorón.

El sueco se colocó unos pantalones de mezclilla desgastados y rotos, y una vieja camisa a cuadros que dejó desabotonada. Cuando salió se aseguró de azotar la puerta para impregnarle un dramatismo extra a la escena.

Enfurruñado, subió al ático a buscar algunas herramientas de jardinería para arreglar el desastre del estúpido cangrejo, regresando a tope con cubetas, mangueras, guantes, palas y demás cosillas que le serían de utilidad por el resto del día.

Ni siquiera se tomó la molestia en ver si Death Mask seguía en la habitación, pues había advertido que un cosmos colérico había salido hacía minutos de su Templo con dirección a Acuario. Se encogió de hombros. Mejor para él, así no seguiría riñendo con Cáncer… aunque le hubiera gustado que por una vez en su jodida vida se hubiera ofrecido a ayudarle a reparar el daño. O para hacerle mera compañía.

Colocó en el suelo todo lo que llevaba entre brazos y sopló su flequillo con desgano. Pasó una mano por su cabello celeste para acomodarlo en una coleta. Se acercó a las flores que más le gustaban y empezó a hacer un recuento detallado de los daños.

Sus largos y delgados dedos las acariciaron con sutileza, no quería causarles más dolor.

—Perdónenlo, Death Mask es un tonto —se agachó para besar los pétalos de una de ellas. Levemente encendió su cosmos y lo expandió hacia rosas. Quería decirles que había vuelto, que él las cuidaría.

Entonces lo percibió.

Genial. Justo cuando se proponía olvidarse del mundo, venían a interrumpirle.

—¿Se le ofrece algo, Patriarca? —se irguió para terminar con el protocolo y despacharlo cuanto antes hacia Acuario.

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Shion le había estado observando desde hacia varios minutos, atento a cada preciso movimiento de Albafica.

Ya había tenido que entrar a aquel espacio íntimo en busca del guardián del doceavo templo por ordenes de su maestro. Sin embargo, era la primera vez que llegaba por voluntad propia y cuando Albafica estaba completamente abstraído en sus pensamientos.

No había pretendido espiarlo ni nada cuya definición pudiera parecérsele. Tenía una explicación sumamente razonable para estar casi escondido entre las macetas y la pared de vidrio más cercana a la entrada, una que (por supuesto) después se le ocurriría, cuando se alejara del aroma tan dulce que emanaba de las rosas y el cálido cosmos que flotaba sobre el invernadero privado de Piscis, y sus sentidos dejaran de estar como embotados por aquella maravilla colorida.

Un gusanillo en su cabeza no paraba de decirle que no debería estar ahí, mucho menos tenía que haber ocultado su cosmos para ganarse segundos junto a él. Sus labios volvieron a prepararse para pronunciar un cortés saludo y, de nuevo, fue incapaz de romper aquella armonía que no se parecía casi en nada a la calculadora y metódica actitud que él conocía de su compañero.

Una serendipia. Eso era.

Lo miró acomodarse por enésima ocasión un mechón tras su oreja, pues el cabello más corto terminaba escabulléndose de la liga y ocurría ese divertido tic que le embarraba la cara de tierra y que combinaba con su ropa tan manchada como su piel.

Tomó aire y se acercó. Desplegando lentamente el cosmos que había ocultado.

Albafica lo notó en un segundo.

—¡Aries! —se puso de pie, dando tres pasos hacia atrás y arrebatando al aire el cosmos con que mimaba a sus flores.

—Buenos días.

Albafica intentó sacudirse la tierra de su ropa, para lucir un tanto más presentable, aunque sólo se embarraba más. Inclinó la cabeza, a modo de respeto y saludo, y esperó a que le diera las nuevas órdenes del Patriarca.

—¿Cómo estás? —preguntó Shion para romper el embarazoso silencio.

—¿Bien?

—Qué bueno que no pescaste un resfriado —sonrió, genuinamente aliviado —es que… como no has ido a verme desde la tormenta, creí que habías enfermado.

—No. Estoy bien. ¿Cuál es la nueva misión que se me ha asignado?

—Ninguna. Vine a darte noticias de tu pequeño amigo.

—No era necesario. Lo había olvidado —mintió, había pensado en el gorrión unas veinte veces desde entonces. Y veinte veces se había obligado a no bajar hasta Aries para proteger a su guardián de una muerte dolorosa.

—¿De verdad? —Shion acarició los pétalos de una rosa blanca a su costado. Ninguna de aquella habitación de vidrio era venenosa.

—Sólo es una criatura del bosque.

—Por la que casi me das un infarto —rió. Albafica lo miró sin comprender. —Olvídalo. La cosa es… bueno, en unos cuantos días su ala estará como nueva y podrá volver a volar.

—Me alegro por él.

—Podrías pasar a visitarlo. Está ansioso por agradecerte.

—Las aves no hablan —apuntó. Aries estaba un tanto loco.

—Ya lo sé. Era un eufemismo para invitarte a mi templo —entonces se dio una palmada mental en la frente por el doble sentido con que aquello podría malinterpretarse. —¡No! No para eso, digo, sí te invito —se trabó. ¿Qué sucedía con él? —Pero para que te despidas antes de que se marche —se mordió la lengua.

Albafica volvió a sentarse frente a las rosas amarillas que estaba plantando. —Es muy amable de tu parte, pero no iré.

—¿Por qué no?

—Es peligroso.

—No te haré daño —metió las manos dentro de los bolsillos de su pantalón para poder parecer lo más inocente e inofensivo del mundo.

Albafica casi sonrió.

—Tú no, pero hay infinitas posibilidades de que yo pueda dañarte.

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Nota: Muchas gracias por leer. Ojalá les haya gustado pues se vienen muchos enredos, risas y lágrimas, y más.

Ya saben que cualquier cosa que quieran escribirme es bienvenida, ya sea por MP o por un lindo/gracioso/crítico review.

Y, como me encanta platicar con ustedes, cualquiera que le haya dado flojera iniciar sesión o no tenga cuenta podrá leer su respuesta aquí abajito:

Sección:

...::: Herse responde ::...

Andy:¡Hola! gracias por darle una oportunidad a mis divagues y te cuento, el promedio de mis capítulos es de 3,000 palabras en word, pero no sé si eso cuente como largo o corto para ti jaja. Todo es relativo (Herse acaricia su barba imaginaria). ¡Saludos!

Fin de la sección

Nos leemos pronto con una actualización el viernes que viene ;) ¡No se lo pierdan!