Capítulo Segundo: Confesándole a Alice
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— ¿Hace cuánto que estás aquí?
— Hace como una hora.
— Qué lenta eres para desayunar, ¿Por qué te levantaste tan temprano? ¿Por qué tienes esa cara?
Alice acababa de llegar al Gran Comedor muy sonriente, pero al ver la inefable expresión de su amiga, la sonrisa de desvaneció.
Lily seguía muy pálida y le habían aparecido ojeras, y aún en su plato quedaban algunas hojuelas de maíz mezcladas con leche, ya blandas.
— Por nada, yo…
— ¿Te sientes bien? — Alice le tocó la frente.
— Sí, me siento bien…
— Lo que pasa, Lily — interrumpió la muchacha de cara redonda — es que te esfuerzas mucho, tus trabajos, más tu cargo de prefecta, y para peor, duermes poco. Tienes que buscarle un novio —Lily se sobresaltó levemente —, o quizá debas salir a tomar aire fresco y distraerte… Eh, Lily, ¿dónde vas?
—A tomar aire fresco, sí, lo necesito —respondió con voz de autómata.
— Pero hace mucho frío, yo lo decía como ejemplo, ¡Lily!
La jovencita no se volteó, y salió hacia el vestíbulo a paso rápido. Bajó las escaleras sin prestar atención a los mocosos que estaban jugando con bombas fétidas, y atravesó las grandes puertas de roble. Caminó por el húmedo césped, frotándose las manos, hasta llegar al haya más grande, y se colocó bajo ella, con pose de indio.
Realmente, no tenía que por qué sentirse así, estaba exagerando demasiado.
"Pero… lo que en realidad te preocupa no es el beso en sí" le susurró una voz maliciosa en su cabeza "lo que te tiene así, es que no te desagradó ni un poco"
— Claro que me desagradó — rebatió en voz alta, testarudamente.
"No, no me mientas, te conozco perfectamente para saber que te gustó, y si tuvieras la oportunidad de obtener otro, la aprovecharías".
— Qué absurdo, a mí no me gusta Snape, me llevo muy mal con él… es… ¡lo odio!
— ¿A quién odias tanto, Evans? — preguntó una voz muy varonil, sacándola de su lucha interna de su Ello contra su Súper Yo.
Asustada miró a su derecha y vio a James Potter que la observaba detenidamente, sin ningún aire de presunción alguna.
— A nadie — contestó muy nerviosa y no se atrevió a comenzar una pelea, por miedo a que le ocurriera algo similar con James, pero al menos, ya sabía que James andaba babeando por ella (hablando modestamente) y no sería sorpresa o novedad si la besara. Pero claro, ella no lo dejaría.
— ¿Segura? ¿No estarás pensando en mí? Creí que yo ya te estaba cayendo mejor.
— No, no es eso — se apresuró a corregir la pelirroja, afligida —, no tiene que ver nada contigo, James.
El chico, que se estaba aproximando a ella, se detuvo en seco y la miró boquiabierto.
— ¿Desde cuándo me llamas James?
— Así te llamas, ¿no?
— Qué graciosa… sí, pero… No tiene importancia. — acabó diciendo alargando la mano — te ves muy linda hoy — agregó acariciándole la cara.
A Lily le caminaron hormigas en el estómago. Se apartó.
— Me tengo que ir, lo siento — concluyó dando media vuelta y dejando al buscador del equipo de Quidditch de Gryffindor plantado bajo el haya.
No sabía si era porque el día estaba frío y nublado y necesitaba alegría y calor, pero a Lily le parecía que le estaban coqueteando de manera masiva.
Prefirió irse a la sala común y hablar con Alice. A alguien tenía que contarle eso, y ella era su mejor amiga, muy madura, comprensiva y cariñosa.
Por suerte la encontró haciendo sus deberes atrasados de Transformaciones en la mesa cercana al fuego.
— ¡Volviste!
— Sí, es que debo contarte algo — confesó bajando la voz.
— Ah, lo supuse — corroboró su amiga invitándola a sentarse.
La pelirroja miró alrededor de la tranquila sala común — solo estaban Remus y Annika en un rincón, conversando animadamente, y un par de niños de segundo jugando a los Gobstones — y se sentó al lado de Alice, quien le lanzó una penetrante mirada, como queriendo adivinar qué le ocurría.
—Lo que sucede es que…
— Mm... ¿Tiene que ver con James?
Lily se sonrojó, pero lo negó.
— No, bueno… no —confirmó —, tiene que ver con otra persona, y de las que no me agradan.
— Déjame adivinar… ¿Tendrá que ver con…? Mmm, no sé, ¿las hermanas Black?
— No, nada que ver, es un hombre.
Alice se mordió el labio, y luego de reflexionar un par de segundos, abrió los ojos como platos y le tomó la mano a Lily.
— ¿No tendrá que ver con…?
— ¿Sí? —farfulló temerosa la pelirroja.
— ¿… Severus Snape?
A Lily se le fue el alma a los pies, ¿cómo podía ser que adivinara tan de prisa? ¿A qué punto alguien puede conocer a una persona como para poder saber lo que le pasa?
— ¿Y bien? Supongo que te trató de sangre sucia, lo que no es novedad.
— Sí —afirmó — pero eso no es todo.
— Entonces, no se me ocurre nada. Dímelo tú —se rindió suspirando.
— Te lo contaré, pero no quiero que grites, ni nada, y que me jures que no dirás ni una sola palabra —suplicó.
— ¿Qué crees que soy? ¿Un vociferador humano? ¡Sabes que no contaré nada! Se nota que no confías en mí.
— Perdón, lo siento… bien, lo que sucedió es que… nos besamos — Alice se cubrió la boca con los ojos como huevos —, quiero decir, me besó — aclaró Lily, sintiendo cómo la sangre se le iba a la cabeza y le ardían las mejillas.
— ¿Pero por qué? — indagó casi sin voz.
Lily, colocándose cada vez más roja (y en realidad de todos colores), le contó lo ocurrido, pasando por todos los detalles, excepto lo que había sentido.
— Vaya, quizá fue una manera de callarte, pero podría haber usado la varita, ¿no crees? — dijo Alice con picardía.
— Yo pienso que fue un intento desesperado de…
— Conquistarte.
— ¡No! Me refiero a callarme, no creo que signifique nada especial.
Alice bufó y puso los ojos en blanco.
— Deja de hacerte la ciega, Lily. Desde quinto año que ese idiota viene tratando de llamar tu atención, y la única manera de que lo sigas tomando en cuenta, es ocupando insultos.
Con sus llamativos ojos verde esmeralda, Lily miró el suelo.
No sabía que pensar, pero en parte sí era cierto, aunque no quería reconocerlo. Y de todas maneras, ¿qué importaba si sentía algo? A ella no le ocurría nada con Quejicus, y tampoco le ocurriría nada. Ni con nadie. Ella, en ese entonces, apoyaba la soltería para la concentración plena en sus estudios.
— ¿Qué tal si intentas acercarte a él?
— ¿Qué? — chilló Lily.
—Quizá…
— Por supuesto que no. No voy a acercarme a alguien que me grita e insulta.
— Bueno, haz lo que creas conveniente, pero te digo desde ya que quedarás con la curiosidad de saber qué piensa en realidad Snape de ti.
