Disclamer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S Meyer, y la trama de LyricalKris, sólo nos adjudicamos la traducción.


My Biggest Mistake, My Greatest Salvation

By: LyricalKris

Traducción: Sarai GN

Beta: Yanina Barboza

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Capítulo 2: Sorpresa.

—Estamos casados.

Edward parpadeó, preguntándose si habría tomado alguna droga fuerte la noche anterior de la que no se acordara.

—¿Podrías… repetir eso? —Su voz era ronca debido al sueño y a la madre de todas las resacas.

Sin decir nada, Bella levantó su mano izquierda. Efectivamente, había una alianza de oro de mala calidad en su dedo anular. Desconcertado, Edward imitó su movimiento y encontró una alianza igual en su dedo.

—Oh —jadeó, observando tontamente al objeto.

Cuando levantó la mirada, la joven bajó la cabeza hasta sus rodillas, su respiración aumentó de esa forma que le indicaba que iba a echarse a llorar otra vez.

—Sí. Yo también lloraría si me despertara casado conmigo —pensó él en voz alta. Aparentemente, su filtro estaba ausente debido al latido punzante e incesante en su cabeza.

—No es eso —dijo ella, levantando la cabeza—. Lo siento muchísimo. Todo esto es mi culpa.

Edward decidió que lo primero que haría, antes de considerar todo esto del Sagrado Matrimonio, era ver si se podía sentar. Lo intentó. La habitación giró ligeramente.

—Se necesitan dos para bailar un tango —señaló despreocupadamente, frotándose los ojos. Un pensamiento cruzó su mente y miró al otro lado de la cama. Estaba desarreglada—. ¿Hicimos…? —preguntó, ligeramente horrorizado—, bailar, quiero decir…

—¡Oh! Oh, no. No. Tú… —Ella se sonrojó furiosamente, soltando un suspiro y resoplando antes de intentar hablar otra vez—. Anoche, me abrazaste —admitió con timidez—, fue muy dulce. —Su sonrisa se desvaneció casi tan pronto como apareció—. En realidad, has sido tan amable conmigo —soltó un suspiro tembloroso—, y yo me aproveché de ello, ¿no es así…?

—Quizá sería mejor si pudieras aclararme algunas lagunas —sugirió Edward gentilmente—. Recuerdo que dijiste que estabas embarazada.

Ella se mordió el labio y asintió.

—Eso… Yo… Sí —sollozó—. Te conté mi triste historia. —Su sonrisa era leve pero parecía genuina—. Y entonces, te ofreciste a casarte conmigo, y aunque sabía que estabas borracho… lo sabía y aun así dije que sí.

Edward se habría ruborizado si no hubiese estado tan confundido y fuera de sí. Sonaba muy tonto, tanto por su parte como por la de ella.

—Mira —dijo ella, mirándolo a los ojos con una expresión sincera—, no hay excusa para lo que hice. Ninguna. Estaba… Estoy muy, muy asustada ahora mismo. Cuando me encontraste anoche, me acababa de enterar de… —dejó de hablar, señalando su abdomen—. Realmente no sé qué voy a hacer —susurró con la voz quebrada.

—Anoche me ofreciste una solución, y me permití creer que eras la respuesta a todos mis problemas. Fue estúpido y egoísta. Lo siento muchísimo.

Antes de que él pudiera pensar en responder, ella se apresuró a añadir:

—Yo no… no voy a causarte ningún problema. Podemos anular el matrimonio y puedes olvidar que alguna vez me conociste.

—Espera —dijo él, levantando una mano. Cerró los ojos, intentando pensar a pesar de los latidos de su corazón que martilleaban en su cabeza. Respirando profundamente, trató de averiguar qué se suponía que debía hacer en esta situación—. Vamos a pensar en esto un momento —murmuró, más para ganar tiempo que otra cosa.

—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —preguntó ella, sonando desesperada y confundida—. Yo estaría enfadada conmigo.

Él rio, levantándose y cruzando la habitación hasta un pequeño refrigerador. Abrió la puerta, sacando una botella de agua y bebiéndosela entera sin respirar.

—Estar enfadado con una mujer embarazada y que está llorando me parece… descortés. —Se apoyó en la pared y miró al techo—. Además de eso, puedo ver que estás en problemas. Creo que puedo entenderlo.

Ella agachó la cabeza, la mirada en su cara delató su vergüenza.

—¿Tienes familia? —preguntó él en voz baja.

Ella dudó un momento antes de contestar.

—Mi madre.

—¿Necesitas ayuda para volver a casa? —supuso él. Quizás se había escapado de casa y no sabía cómo volver.

Bella continuó mirándose los dedos de los pies.

—No puedo volver a casa —murmuró en voz baja, con la voz tan débil que él casi pensó que lo había imaginado.

Edward le dio vueltas a lo que había dicho. Agachándose, tomó dos botellas más de agua del pequeño refrigerador y se acercó a ella. Sentado en el extremo opuesto del sofá, le ofreció el agua, notando la manera cautelosa en la que miraba entre él y la botella antes de tomarla.

—Si no puedes volver a casa —comenzó él lentamente, pensando mientras hablaba—, entonces estás huyendo de algo. —Miró a su abdomen que todavía era plano—. O de alguien.

Ella desvió la mirada rápidamente, mordiéndose el labio. Él se dio cuenta que ella estaba tratando de no comenzar a llorar de nuevo. Esperó, y después de un momento, ella finalmente asintió.

—Es el padre del bebé, ¿no es así? —supuso de nuevo, al poner en contexto las pistas que le había dado.

Ella tembló y se encogió.

—Sí —susurró.

Actuando por instinto, él extendió la mano, queriendo consolarla. Ella retrocedió, sus ojos asustados por el movimiento, se abrazó a sí misma, luciendo paranoica y cohibida. Ella se estremeció con el frío de la habitación, el aire acondicionado estaba alto para combatir el sofocante calor del verano.

Dejando caer su mano, Edward se volvió a levantar, tomando el edredón de la cama y envolviéndola con él antes de regresar a su extremo del sofá.

—Si me lo cuentas, te prometo que te escucharé, y prometo que haré todo lo que pueda para ayudarte. —Cuando menos, tenía una responsabilidad con esta mujer, aunque inverosímil, su mujer.

Edward siempre había sido un hombre paciente, y aunque estaba desesperado por conocer la historia de esta mujer en particular, no la presionó. Esperó mientras ella respiraba hondo. Varias veces, ella abrió la boca como si hubiera encontrado las palabras que estaba buscando, sólo para cerrarla de nuevo, porque sus ideas todavía eran un embrollo.

—Fui una estúpida —dijo con un hilo de voz—. Él, el padre del bebé, siempre ha sido... —miró hacia arriba, buscando las palabras adecuadas—, raro conmigo. Posesivo. Siempre hablaba como si tuviera que ser suya, pero no de una manera normal, como si quisiera que estuviéramos juntos. Más bien como si tuviera que pertenecerle, como si quisiera poseerme.

Ella sollozó de nuevo, tomando un momento para calmarse antes de continuar.

—Nunca estuve interesada. En todo el tiempo que nos conocimos, cuando él hablaba del tema, yo decía que no. No, no, no. Hasta que un día, no sé… Fue hace seis semanas. Estaba triste y sola. Él estaba siendo comprensivo y reconfortante, por una vez, pensé que me haría sentir bien si decía que sí.

Edward asintió, recordando la noche anterior.

—Así que lo hice —dijo ella con un suspiro.

Se puso las manos sobre los ojos, arrugando los labios y temblándole la barbilla. Respiró entrecortadamente una, dos veces, antes de calmarse otra vez.

—¿Qué pasó entonces? —preguntó Edward en voz baja, con tono gentil.

—Se puso realmente aterrador —murmuró ella, secándose una lágrima—. Se lo dije. Le dije antes de que hiciéramos nada que aquello no significaba que quisiera estar con él. Se lo dije y él dijo que lo entendía.

Ella estaba balbuceando, y Edward estaba alarmado por la manera en que la sangre abandonó su rostro. Su cuerpo estaba temblando. Se deslizó sobre el cojín que había en medio de ellos y puso sus brazos alrededor de ella. Esta vez, ella se giró y hundió la cabeza en su pecho, dejándole abrazarla mientras lloraba.

Una semana antes

La situación era cien veces peor porque su amigo estaba allí.

Cómo un policía podía ser tan amigo de un ex convicto, era algo que Bella nunca entendería. Sin embargo, ellos siempre estaban juntos, pero más que nada Bella odiaba este lado del hombre al que consideraba un amigo. Tal vez podía ser un dolor en el culo, pero tenía un buen corazón.

—Prometiste que no ibas a hacer esto —masculló con los dientes apretados—. No sé por qué has tenido que contárselo.

—No sé por qué has tenido que contárselo —la imitó James, en un tono agudo que resultaba odioso.

Bella dio un golpe con la palma de la mano en la mesa que había entre ellos.

—Cállate. —Negó con la cabeza—. No entiendo por qué insistes en hacer de esto una situación incómoda. Sabías que era cosa de una sola vez. Si no puedes asumirlo, no voy a volver a venir nunca más.

—¡Oh! Lo quiere por detrás, Alec —dijo James riéndose.

Alec rodó los ojos.

—No sé por qué te haces la tímida. Todos sabemos que te gustó.

—Ugh. —Bella se alejó de la mesa, asqueada—. Me voy de aquí. A lo mejor podamos hablar cuando dejes de comportarte como un cerdo.

Ella se dio la vuelta, buscando las llaves en su bolso, solo para que él la girara un segundo después, agarrándola por el brazo con violencia.

—No vas a conseguir alejarte de mí, Bella. Nunca más. —Cuando la empujó hacia él, Bella se dio cuenta que su aliento apestaba a alcohol, haciendo que arrugara la nariz.

—¡Al diablo! —dijo ella entre dientes, intentando que la soltara del brazo—. ¡Suéltame! Ahora mismo.

Todo ocurrió en un borrón. Mientras luchaba, los dos la tenían agarrada entre ellos.

—Esto es lo que pasa cuando dejas que tu mujer se pase de la raya, cuando le dejas creer que ella es la que manda.

—¡Quítame las manos de encima! —exigió ella, un segundo antes de que una mano le tapara la boca con un agarre castigador. Ella gritó contra su palma, moviendo la cabeza, intentando liberarse del agarre.

—¿Crees que es lindo? ¡Mírate! Pareces una maldita loca.

Se sintió que no podía pensar. Esto no podía estar pasando. Él era su amigo, ¡era policía! Y su amigo no era un criminal violento, por lo que ella había entendido.

Pero lo era. Con un tirón le pusieron los brazos detrás de la espalda, sintió el frío del metal y el ruido de un juego de esposas cuando se cerraron.

—Me estás haciendo daño —trató, pensando que podría disuadirlos de esta locura inducida por la testosterona. Probablemente pensaban que estaban siendo graciosos—. Por favor, para. Me estás asustando de verdad.

Ella estaba de rodillas, con los brazos sujetos a la espalda como si fuera un criminal a la espera de que se lo lleven. Ambos se alzaban sobre ella, haciéndola sentir aún más pequeña.

—¿Vas a terminar con esta mierda? Estoy harto de eso, Bella. Estamos bien juntos. Ambos lo sabemos. —Él la agarró del brazo, haciéndola levantarse—. Eres mía, ¿lo entiendes? Ya no voy a aguantar más tus estúpidos juegos.

Cuando lo miró a los ojos, pudo ver que él de verdad creía lo que estaba diciendo.

—Eres un maldito loco —susurró con incredulidad.

Su mirada se endureció. Cuando empezó a arrastrarla hacia el fondo de la casa, Bella empezó a forcejear, ahora muerta de miedo de que realmente fueran a hacerle daño.

—Dios, cállate de una puta vez —masculló James. Había encontrado un rollo de cinta adhesiva, y el sonido que hizo al arrancar un trozo no presagiaba nada bueno. Golpeó la tira sobre su boca, silenciando con eficacia sus gritos. Alec la empujó al suelo del armario.

Estaba terriblemente asustada a la vez que indignada de furia mientras los miraba, tirando inútilmente de sus ataduras.

—Cálmate. Cálmate y luego quizá podamos hablar como personas civilizadas.

Cerró la puerta de golpe y la dejaron sola en la oscuridad.

Ahora

Para cuando hubo terminado su relato, Bella se había aislado en sí misma, con las piernas dobladas y pegadas al pecho. Su voz era débil y monótona, con los ojos muy abiertos pero la mirada desenfocada.

Edward no recordaba haberse sentido tan furioso.

—Cuando volvió —continuó ella, su tono desprovisto de vida—, estaba solo. Me preguntó si me arrepentía. Fingí para que me quitara las esposas. Empezó a besarme… —Su voz tembló y Edward apretó sus brazos alrededor de ella—. Le di un rodillazo en la ingle y corrí.

—Bien —espetó él con vehemencia—. Créeme, yo hubiera hecho algo mucho peor, si hubiera podido.

Ella tomó una respiración profunda y temblorosa.

—Sí —dijo, apoyando la cabeza en las rodillas y mirándolo—. Yo también, pero estaba segura de que él me haría daño si tenía la oportunidad, así que corrí.

Edward asintió rápidamente.

—No, absolutamente lo que hiciste fue lo correcto. —Frunció el ceño—. Pero todavía no entiendo. ¿Por qué no fuiste a la policía?

La risa de ella fue cruda y llena de dolor.

—Él es la policía. —Sacudió la cabeza—. Mi padre era el jefe de policía. —Su boca se movía como tratando de formular una palabra pero no pudo—. Él-Él era el protegido de mi padre —finalmente murmuró.

El corazón de Edward se estrechó al ver que ella ni siquiera era capaz de pronunciar su nombre. No era de extrañar. Había sido su amigo y la traicionó de la peor manera después que ella había compartido su cuerpo con él. Edward solo podía imaginar lo enfermo de la situación.

—El pueblo de donde soy es muy pequeño —Bella continuó con la voz triste y derrotada—. Es el tipo de lugar donde todos se conocen y él es el héroe de la ciudad. Verás, hace alrededor de un año, volcó un autobús. La situación era grave; había muchos niños heridos pero él y mi padre los salvaron. —Dejó caer la cabeza—. Y él trató de salvar a mi padre cuando el autobús…

Ella cerró los ojos con fuerza, dos lágrimas cayendo de sus párpados. El corazón de Edward se rompió por ella, al suponer lo que no había dicho. Se preguntó si fue el aniversario de la muerte de su padre lo que la entristeció lo suficiente como para ceder al consuelo que ese hombre le había ofrecido.

—De todas formas —continuó con voz temblorosa—. Todo el mundo lo ama. No te podría decir cuánta gente me dijo que estaba loca por no querer estar con él —sollozó, y se rio de nuevo de manera irónica—. Mi madre lo adora. Claro. ¿Por qué no lo haría? —dijo Bella con amargura—. Puede ser encantador cuando quiere serlo. A veces, incluso me hizo creer que estaba loca por verlo tan… persistente y molesto, supongo. Tal vez por eso continuaba perdonándole por su… avidez. Tiene una habilidad para cegar a la gente a la verdad.

Sacudió la cabeza, mirando hacia abajo.

—No me creerían. Nadie lo haría. —Levantó la vista, rogándole con la mirada que la comprendiera—. ¿Lo ves? No puedo volver. Está loco, su amigo está loco y nadie lo sabe. Sé que me hará daño, lo vi en sus ojos y ahora hay un bebé… —Su voz se quebró, y enterró la cabeza en las rodillas, meciéndose hacia adelante y hacia atrás.

Por un largo momento, Edward no dijo nada, pero frotó la mano en su espalda haciendo círculos, intentando calmarla. Su mente era un caos. Se le rompía el corazón por ella. Quizás no la conocía, pero no podía imaginar lo que se siente al tener que huir de casa, lejos de todo lo familiar, sola y aterrorizada no solo por ella sino por la vida inocente que lleva dentro.

No era de extrañar que la proposición de un extraño amable, aunque algo borracho, le hubiera parecido una bendición en un momento tan sombrío.

—Ven conmigo —dijo espontáneamente, sin pensar en la oferta antes de hablar.

Ella volvió la cabeza, mirándolo con los ojos llorosos.

—¿Qué?

Esta vez pensó las palabras antes de hablar, asegurándose que de verdad lo que pensaba era lo que quería decir. Lo era.

—Ven a casa conmigo —repitió, aclarando.

Ella se rio y resopló.

—Como te dije, eres muy dulce, pero no soy tu responsabilidad. No tienes que preocuparte por mí.

Él negó con la cabeza antes que ella terminara de hablar.

—No te voy a dejar ir sin nada, sin ningún lugar a dónde ir. Eres mi esposa, después de todo —señaló él, infundiéndole a su voz toda la sinceridad que pudo para que ella supiera que no estaba bromeando—. Ven a casa conmigo y yo te ayudaré.

Bajo su palma, la espalda de ella se puso rígida, su respiración se aceleró con un ritmo entrecortado. Repasando las palabras en su cabeza, Edward se dio cuenta de la forma en que debieron sonarle a una mujer que le acababa de contar la historia de un hombre que creía que era su dueño.

—No. Bella —se atascó él—, no… Sin presión, ¿de acuerdo? No quiero que suene como que estás obligada. Lo que te estoy ofreciendo es una casa y estabilidad mientras decides qué vas a hacer.

Bella lo miró fijamente, parpadeando como con escepticismo.

—No tienes por qué hacer eso —dijo con tono de incredulidad.

—Es solo lo que cualquier persona decente haría —reflexionó él.

Ella soltó una pequeña carcajada, abriendo los ojos de la sorpresa.

—No. Definitivamente eso no es cierto. —Una vez más se lo quedó mirando, buscando sus ojos—. Estás loco. Ni siquiera me conoces.

—Bueno, hay tiempo para eso —razonó él. Al ver que ella estaba a punto de protestar otra vez, continuó rápidamente—: Sé que realmente no nos conocemos, pero eso no cambia el hecho de que ahora estoy involucrado. Digamos que dejo que te vayas. ¿Entonces qué? ¿Me voy a preguntar el resto de mi vida qué fue de ti y de tu hijo?

—Podrías olvidarte de mí —sugirió ella sin rodeos—. Eso sería lo más fácil.

Ahora fue él quien se echó a reír.

—Para lo bueno o para lo malo, me casé contigo. No voy a olvidarme de ti, especialmente ahora. ¿Cómo podría vivir conmigo mismo si te dejara de lado?

Al darse cuenta que él hablaba en serio, Bella se levantó, envolviendo el edredón con fuerza alrededor de ella.

—Esto es… solo… yo no… No.

Él la siguió con la mirada mientras ella se paseaba por la habitación.

—No estoy loco, Bella —aseguró en voz baja—. No estoy tratando de decirte que vamos a vivir felices para siempre, o que pertenecemos el uno al otro ni nada parecido. Tú misma dijiste que no tenías a dónde ir, ¿cierto?

Ella se detuvo en seco y lo miró con recelo.

—Tengo una casa grande donde vivo solo. Puedes elegir en qué habitación quedarte, lejos de la mía, si eso es lo que quieres. —Hizo una pausa, tocándose la barbilla—. Pero creo que deberíamos permanecer casados, aunque solo sea porque mi seguro es fantástico. Tendrías la mejor atención prenatal.

Gimiendo, Bella se sentó en el extremo opuesto del sofá.

Estás loco —masculló ella.

—Tal vez —concedió él—. Pero también hablo en serio.

Ella parecía perdida mientras estaba sentada allí, con el labio inferior entre sus dientes.

—Mira —dijo él, frotándose los ojos con cansancio—. Realmente tengo que levantarme, vestirme. Tengo que dar una presentación hoy. ¿Por qué no te quedas aquí, pides algo al servicio de habitaciones y piensas en mi oferta?

—Tú también deberías pensar sobre tu oferta —contestó ella, mirándolo de manera cautelosa.

Él sonrió.

—Bueno, sí. Me parece justo. —Tentativamente, se inclinó sobre el sofá y le estrechó la mano—. ¿Así que, te quedarás, al menos hasta que vuelva de mis reuniones?

Ella parecía dolorosamente insegura, pero suspiró profundamente. Dando vuelta a su mano, estrechó la de él brevemente, imitando su gesto.

—Sí, me quedaré hasta entonces.


Próxima actualización: 11 de marzo