Era una buena mañana aquella, aunque se podría decir que todas las mañanas eran bunas en la España filipina. Siempre pensé que era eso lo que tanto nos atraía, que el buen clima y el aspecto exótico nos hacía levantarnos un día de la cama para abandonar la comodidad de nuestros hogares y tratar de buscar aventuras y fortuna en las Indias Occidentales. Bueno, eso seguramente eso hubiera estado bien como un cuento de piratas y corsarios que le contábamos a los niños pero teníamos que afrontar la realidad.
El siglo XIX se estaba acabando, España ya no quería probar fuerzas con Inglaterra y lo único que podíamos conseguir si veníamos aquí eran enfermedades, hambre y cólera por alguno de nuestros compatriotas. Joder, incluso una joven filipina no valía el riesgo de mortalidad que suponía la cortesana vieja y fea del burdel de La Plaza Mayor.
Pero me temo que ese no es mi caso. Yo no había venido a Baler en busca de aventuras, no. El motivo de mi viaje era un poco más complejo que eso. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! Aún no me he presentado. Mi nombre es Joel Antonio Fernández del Águila, y al igual que lo han sido varios de mis antepasados…Soy un asesino.
...
La patrullera surcaba las olas de una manera brutal haciendo que se levantase un poco de espuma y permitiendo que algunos de los tripulantes pudiesen disfrutar de la suave y fresca brisa marina que producían aquellas aguas.
En la cubierta superior, se podían apreciar las figuras de dos hombres; uno más viejo que el otro; que apreciaban por medio de sus binoculares lo que parecía ser la costa de Baler.
-Tierra a la vista, capitán.-Habló el más joven de los dos mientras quitaba las lentes de su cara y se dejaba apreciar su cabello negro, un bigote y su tez tostada que reflejaba que tenía que estar entre una edad entre los treinta y los cuarenta.
-Estupendo teniente. Me muero de ganas de poder bajar de este maldito barco.-Contestó el más vejo revelando que la barba que tenía ya mostraba canas al igual que su pelo.
Se trataba del Capitán Enrique las Morenas, conocido especialmente por su servicio en las campañas en La Habana y Manila. La misión que le habían ordenado llevar a cabo estaba hecha para un hombre como él pero al mismo tiempo no se podía negar sentir un poco decepcionado. El hombre más joven era el teniente Martín Cerezo Saturnino, con poca experiencia de combate pero la suficiente para aquello. Los encargados al mando de la tropa se tomaron su tiempo para echarle un vistazo a los miembros de la escuadra que tenían.
-Son todos muy jóvenes. Espero que estén preparados para esto.-Afirmó el teniente con un tono serio.
-No son tan jóvenes como yo lo era cuando me enviaron a luchar por primera vez.-Contestó el capitán tratando de tranquilizar al teniente. Lo que le faltaba es que su segundo al mando dudara de su propia tropa.-Lo que me sorprende es toda la paella de hombres que tenemos aquí. Nos han enviado de todos: Madrileños, valencianos, catalanes, vascos, andaluces…
-¿Y ese de ahí? ¿De dónde ha salido?-Preguntó el teniente refiriéndose a una figura que estaba apoyada en la barandilla de la proa del barco.
Era la figura de un joven encapuchado que vestía un abrigo de tela negra con detalles rojos. Aquella tela debía de ser muy fina ya que el joven no parecía tener rasgos de sudor o molestia ninguna. Él era el único que podía ser diferenciado entre toda la tropa simplemente por el hecho de no llevar el uniforme oficial del ejército que consistía en la camisa, los pantalones y el par de arneses que sujetaban el cinturón.
-Ha venido con nosotros todo el viaje. Se ofreció voluntario en el último momento.-Trató de explicar el capitán a pesar de tener las mismas incógnitas que el teniente.-No sé…debe de ser alguna clase de misionero.
-Capitán, con el debido respeto, los misioneros no van armados y mucho menso llevan las mismas armas y equipamiento que nosotros.
Enrique tuvo que hacer caso esta vez a la réplica de su segundo al mando y comprobar el inventario de aquel muchacho. Llevaba la misma cantidad de bolsas que ellos solo que en vez de arneses poseía una única correa que le llegaba desde la cintura. Tenía el mismo fusil que toda la tropa acompañado por la misma bayoneta en el cinturón. Una cosa que no pasaba desapercibida era el sable que llevaba al otro costado que el de la bayoneta, no era como la espada ceremonial que tenía Enrique sino como una especie de sable que solían usar los zares. Y por último tenía un revolver justo después de la funda para el sable, eso podía hablar mucho de las capacidades que tenía ese chico ya que aquella arma tan solo era dada a aquellos soldados que sobresalieran de manera positiva en las pruebas de reclutamiento. Lo único que parecía tener aquel muchacho era un machete como el que tenía el teniente y varios de los soldados de la tropa.
-No sé qué decirle, Martín. ¿Por qué no me dice usted lo que piensa?
-No me fío de él.-Contestó de manera rotunda el teniente.
-Vaya, no sé dónde puede tener su evidencia teniente. Desde que salimos hace tres semanas a lo único a lo que nos hemos dedicado usted y yo ha sido a comprobar los suministros, revisar tácticas y jugar a las cartas. Apenas hemos hablado con los soldados.
-Capitán, seré franco. Esto huele a espionaje a la legua.-Afirmó Martín.-Es decir, Baler es atacado y masacran a las tropas que teníamos allí. Nos ordenan a nosotros partir y recuperar el pueblo y días antes de que partamos un misterioso muchacho aparece y trae toda la documentación necesaria para embarcarse con nosotros. No es muy común que digamos.
Los dos comandantes no tuvieron tiempo de ponerse a discutir acerca de ese asunto debido a que ya habían recorrido la distancia suficiente para desembarcar. Había que recordar a lo que habían ido a hacer allí. El encargado de esa operación sería el teniente junto con aproximadamente un tercio de los hombres, incluido el joven encapuchado.
Una vez en los botes, el teniente pudo disipar la figura de un hombre en la playa. En caso de que aquel hombre fuera un tagalo, los soldados ya tenían los rifles apunto y preparados en caso de una posible emboscada. Por suerte, ese no fue el caso.
-Soy el teniente Martín Cerezo, del segundo batallón de cazadores, el capitán Las Morenas está al mando de estos hombres. Vendrá ahora pero mientras tanto, ¿quién es usted?
-Fray Guillermo, estoy al mando de la parroquia del pueblo.-Habló el hombre de la playa. No se trataba de más que de un simple sacerdote de unos cincuenta años. Tenía un ojo tuerto y una túnica raída y estropeada por el paso del tiempo.-Llegan tarde, los rebeldes se marcharon hace semanas y los tagalos que viven aquí son muy pacíficos.
-Eso déjeme que lo decida yo, Padre. ¿Podría conducirnos por el río, por favor?
-¡Por supuesto! Conozco un atajo que está libre de cocodrilos y serpientes.-Contestó con emoción.
-De acuerdo, ¡calen bayonetas!-Ordenó Martín a sus hombres.
Una vez que las hojas ya estaban puestas, el teniente se tomó la libertad de tomarse unos segundos para mirar fijamente a su soldado desconocido y encapuchado. Martín pensó en ese momento que era su imaginación pero le pareció ver un leve brillo azul en la oscuridad de sus ojos azabaches. Unos ojos que tenían la mirada fija en un águila que estaba volando no muy lejos de allí.
