Agarró su arma y se apoyó el cañón sobre un hombro.
No tenía puesto el seguro.
Avanzó.
Nadie superaba su poder. Nadie había mostrado más coraje que ella al enfrentarse al mismísimo apocalipsis que asolaba su hogar para desterrarlo… tras desvalijarlo. Sí… había que ser fuerte, había que ser despiadada y astuta para imponer cierto «orden» que gobernar en medio del caos.
Se detuvo frente a su sala del tesoro. Se apartó la punta de la trenza, limpió una mota de polvo imaginaria de los pinchos que decoraban sus hombreras metálicas y lanzó una patada. Derribó la puerta y encañonó a Junkrat (¿qué otro iba a ser tan idiota como para intentar robarla?).
—Largo de aquí, rata despreciable. No vuelvas a husmear entre mi oro.
—¡Majestaaaaaaaad! —comenzó a excusarse él con zalamería. Harta, la reina hincó su bota en el pecho de Jamison y derribó sus casi dos metros en cuestión de segundos. Descargó su peso sobre él—. ¡Aggh! ¡Las monedas están heladas!
—No eres más que piel, huesos y una joroba asquerosa. Lárgate de Junkertown, y no te atrevas a volver… a menos que estés dispuesto a contarme lo de tu tesoro.
